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"Mientras
haya gente que vive mal, nadie puede estar seguro" -
De Telma Luzzani
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tluzzani@clarin.com
La premiada ecologista kenyana contó a Clarín sus inicios en la lucha por
mejorar la calidad de vida. Y reflexiona sobre los desafíos que enfrentan
los países pobres en un mundo que tiende a concentrar la riqueza
Wangari Maathai es una precursora. Hoy es la primera mujer africana en
recibir un Premio Nobel. Pero también fue la primera en Africa Occidental en
recibir un doctorado universitario (de Biología en Atchinson, EE.UU.) y la
primera decana de la Universidad de Nairobi, Kenya.
Nació en la ciudad de Nyeri (a 150 kilómetros de Nairobi) en 1940. Tiene
tres hijos y una energía infinita para su lucha por los derechos humanos y
por lograr una vida más digna para los kenianos. África la conoce muy bien.
Sobre todo por su demanda permanente por la condonación de la deuda externa
en el Tercer Mundo y por su larga lucha contra el sangriento régimen del
dictador kenyano Daniel Arop Moi (1978-2002), lo que le valió varias veces
la cárcel. En el actual gobierno democrático, Mathaai es viceministra de
Medio Ambiente y, aunque con algunas disidencias, ha decidido seguir en él.
También en su vida privada, Wangari tuvo que romper barreras culturales y
abrir caminos. Enfrentó en 1980 el pedido de divorcio de su marido, un ex
legislador de Kenya, quien alegó que ella tenía "demasiado carácter, era
demasiado educada y demasiado exitosa como para ser controlada".
Vestida siempre con trajes típicos de colores brillantes, cálida y
expansiva, con una sonrisa enorme que le da todavía más brillo a sus ojos,
Wangari se muestra siempre segura de sí misma y de su derrotero.
En entrevista exclusiva con Clarín, durante una reunión organizada
por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) en
Nairobi, contó cómo inicio el arduo camino que la llevó a recibir el Premio
Nobel de la Paz 2004.
"Hace ya casi 30 años, en 1975, empecé a averiguar entre las mujeres cuáles
eran sus principales necesidades. La mayoría mencionó la falta de madera
para combustible, la necesidad de energía, de comida, de agua. Acá, gran
parte de los kenyanos vive gracias a los cultivos tradicionales de
subsistencia. Y muchas de estas mujeres venían de una zona donde prosperaba
lo que llamamos 'cultivos en cash', es decir, productos como el café o el
té, que son un buen negocio para el mercado y por eso fueron invadiendo más
y más regiones y desplazando a sus habitantes. Al dejar de cultivar sus
alimentos estas familias tuvieron que empezar a comprarlos pero no tenían
ingresos suficientes para eso", dijo Mathaai con su hablar cadencioso,
aunque firme y con una tonalidad de voz que por momentos recuerda a las
famosas cantantes negras de jazz.
—¿Ahí nació la idea de plantar árboles?
— Sí, así tendrían suficiente madera para combustible. Pensé, además, que si
sembraban frutales tendrían comida y que todo esto sería el beneficio
colateral de proteger el suelo y evitar la desertificación. Así nació, en
1977, Green Belt (Cinturón Verde), un movimiento que desde su inicio se
involucró en los problemas cotidianos como la comida, el agua, las
enfermedades. Nació con la conciencia de que estos problemas existen porque
el medio ambiente está tan deteriorado que ya no puede sostener la vida. Si
falta agua es porque los bosques han sido destruidos sin control: cambió el
régimen de lluvias, bajó el nivel del agua y se redujo peligrosamente la
cantidad de alimento.
8—¿Esto y su lucha por la democracia la llevaron a convertirse en la enemiga
número uno del régimen dictatorial?
—La dictadura nos persiguió desde el comienzo. Ciertos gobiernos tienen
miedo cuando los pobres se organizan. Lo sienten como una amenaza. Por eso
luchamos por la democracia.
—¿Y ahora hay democracia?
—Seguimos trabajando para eso. Tenemos un sistema multipartidario, un
parlamento que funciona y un gobierno que escucha a los ciudadanos. En
términos generales podemos decir que hoy pueden expresarse muchas voces
distintas. No es un gobierno cien por ciento perfecto pero vamos hacia
adelante.
—¿Cuál es hoy el principal desafío de Kenya?
—Erradicar la pobreza y la desigualdad. Nuestra riqueza en recursos
naturales debe ser compartida en forma equitativa. Sabemos que hay quienes
se hacen excesivamente ricos a expensas de los demás que, generalmente, son
la mayoría y son pobres. El problema es que en los 24 años que duró la
dictadura de Moi fue destruida toda la infraestructura; la gente se
empobreció y perdió su capacidad de influir y exigir; la corrupción se
adueñó de todo. Nos va a llevar un tiempo normalizar el país. Ahora el
desafío es ése: reconstruir Kenya.
—Usted habló de recursos naturales. Africa y Sudamérica tienen en común su
enorme riqueza, por ejemplo, de reservas de agua potable, un bien cada día
más escaso. Hay quienes temen que ciertos países poderosos busquen saquear
esos recursos como en el pasado se hizo, por ejemplo, con el oro.
—En Africa ése es un problema bien conocido. Sabemos que nos han extraídos
los recursos y que el beneficio de esa explotación no quedó para los
africanos. Eso fue posible porque nuestros líderes no estuvieron
involucrados con la gente sino con sus propios intereses y mantuvieron a
nuestra población en la ignorancia sobre lo que pasaba. Por eso es tan
importante la democracia. Ahora podemos tener esperanzas de que Africa sea
de los africanos, que sea protegida de la expoliación. Por eso pedimos a la
comunidad internacional que promueva la justicia y la equidad. No sólo en
sus países sino en todos.
—Mirando un poco lo que está pasando mundialmente pareciera que la comunidad
internacional tiene exactamente la intención opuesta.
—Es ciertamente mas difícil en el actual proceso de globalización que tiende
a concentrar capital, tecnología y poder en unos pocos y para eso necesitan
de nuestros recursos. Por eso hay que recordarles a los líderes
internacionales que tienen un deber moral con el resto. Hay que machacarle a
las potencias que la fuerza no les da derechos y que si no se toma
conciencia, el mundo entero, pero sobre todo nuestras poblaciones, tendrán
un futuro ominoso. La designación del Premio Nobel tiene ese mensaje:
"Ustedes, los desamparados, no sucumban frente a los poderosos y los ricos.
Sigan la pelea".
—¿Qué les va a decir a los líderes internacionales cuando reciba el premio
en Oslo?
— No lo pensé todavía. Pero tengo claro esto: mientras haya en el mundo
gente que vive mal, nadie puede estar seguro. Esto vale tanto en el plano
internacional como en el local, es decir, mientras haya kenyanos
abandonados, desprotegidos por el Estado, nadie puede estar seguro.
—¿Cómo ve el futuro?
—Tengo esperanzas porque aún en países como Estados Unidos hay una enorme
cantidad de gente que lucha por las injusticias que hay en otros lugares del
mundo, elevan su voz por la desigualdad y están de nuestro lado. Veremos qué
pasa en noviembre con las elecciones. Pero creo que nosotros tenemos que
agradecer a aquellos ciudadanos norteamericanos que se preocupan por
nosotros, hacerles saber que apreciamos sus esfuerzos. Es bueno que EE.UU.
no sea una dictadura y que la gente pueda todavía elevar su voz para decir
que no. A pesar de que es un país tan poderoso, hay muchos norteamericanos
que saben que EE.UU. no puede vivir aislado, que necesita al resto del mundo |
Wangari Maathai
nació en 1940, en Kenya, y con destino de pionera
Fue la primera doctora
en biología de su país, es docente universitaria y defensora de las causas
ambientales reconocida en todo el mundo. Hoy, después de haber luchado
contra una dictadura que retuvo el poder por 24 años en su país, es
viceministra de Medio Ambiente y asegura que la democracia es uno de los
mejores antídotos contra la ignorancia de los pueblos. Divorciada y madre de
tres hijos, Wangari Mathaai es la primera mujer africana que recibe el Nobel
de la Paz
Su marido, un
antiguo parlamentario, se divorció de ella en 1980 con el argumento de que
"era demasiado educada, con demasiado carácter y demasiado éxito para
poder controlarla", según recoge la Enciclopedia de Biografías de Gale.
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