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Entrevista a Adolfo Pérez Esquivel, Nobel de la Paz 1980

"Mientras haya gente que vive mal, nadie puede estar seguro" - De Telma Luzzani - tluzzani@clarin.com

La premiada ecologista kenyana contó a Clarín sus inicios en la lucha por mejorar la calidad de vida. Y reflexiona sobre los desafíos que enfrentan los países pobres en un mundo que tiende a concentrar la riqueza

Wangari Maathai es una precursora. Hoy es la primera mujer africana en recibir un Premio Nobel. Pero también fue la primera en Africa Occidental en recibir un doctorado universitario (de Biología en Atchinson, EE.UU.) y la primera decana de la Universidad de Nairobi, Kenya.

Nació en la ciudad de Nyeri (a 150 kilómetros de Nairobi) en 1940. Tiene tres hijos y una energía infinita para su lucha por los derechos humanos y por lograr una vida más digna para los kenianos. África la conoce muy bien. Sobre todo por su demanda permanente por la condonación de la deuda externa en el Tercer Mundo y por su larga lucha contra el sangriento régimen del dictador kenyano Daniel Arop Moi (1978-2002), lo que le valió varias veces la cárcel. En el actual gobierno democrático, Mathaai es viceministra de Medio Ambiente y, aunque con algunas disidencias, ha decidido seguir en él.

También en su vida privada, Wangari tuvo que romper barreras culturales y abrir caminos. Enfrentó en 1980 el pedido de divorcio de su marido, un ex legislador de Kenya, quien alegó que ella tenía "demasiado carácter, era demasiado educada y demasiado exitosa como para ser controlada".

Vestida siempre con trajes típicos de colores brillantes, cálida y expansiva, con una sonrisa enorme que le da todavía más brillo a sus ojos, Wangari se muestra siempre segura de sí misma y de su derrotero.

En entrevista exclusiva con Clarín, durante una reunión organizada por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) en Nairobi, contó cómo inicio el arduo camino que la llevó a recibir el Premio Nobel de la Paz 2004.

"Hace ya casi 30 años, en 1975, empecé a averiguar entre las mujeres cuáles eran sus principales necesidades. La mayoría mencionó la falta de madera para combustible, la necesidad de energía, de comida, de agua. Acá, gran parte de los kenyanos vive gracias a los cultivos tradicionales de subsistencia. Y muchas de estas mujeres venían de una zona donde prosperaba lo que llamamos 'cultivos en cash', es decir, productos como el café o el té, que son un buen negocio para el mercado y por eso fueron invadiendo más y más regiones y desplazando a sus habitantes. Al dejar de cultivar sus alimentos estas familias tuvieron que empezar a comprarlos pero no tenían ingresos suficientes para eso", dijo Mathaai con su hablar cadencioso, aunque firme y con una tonalidad de voz que por momentos recuerda a las famosas cantantes negras de jazz.

—¿Ahí nació la idea de plantar árboles?

— Sí, así tendrían suficiente madera para combustible. Pensé, además, que si sembraban frutales tendrían comida y que todo esto sería el beneficio colateral de proteger el suelo y evitar la desertificación. Así nació, en 1977, Green Belt (Cinturón Verde), un movimiento que desde su inicio se involucró en los problemas cotidianos como la comida, el agua, las enfermedades. Nació con la conciencia de que estos problemas existen porque el medio ambiente está tan deteriorado que ya no puede sostener la vida. Si falta agua es porque los bosques han sido destruidos sin control: cambió el régimen de lluvias, bajó el nivel del agua y se redujo peligrosamente la cantidad de alimento.

8—¿Esto y su lucha por la democracia la llevaron a convertirse en la enemiga número uno del régimen dictatorial?

—La dictadura nos persiguió desde el comienzo. Ciertos gobiernos tienen miedo cuando los pobres se organizan. Lo sienten como una amenaza. Por eso luchamos por la democracia.

—¿Y ahora hay democracia?

—Seguimos trabajando para eso. Tenemos un sistema multipartidario, un parlamento que funciona y un gobierno que escucha a los ciudadanos. En términos generales podemos decir que hoy pueden expresarse muchas voces distintas. No es un gobierno cien por ciento perfecto pero vamos hacia adelante.

—¿Cuál es hoy el principal desafío de Kenya?

—Erradicar la pobreza y la desigualdad. Nuestra riqueza en recursos naturales debe ser compartida en forma equitativa. Sabemos que hay quienes se hacen excesivamente ricos a expensas de los demás que, generalmente, son la mayoría y son pobres. El problema es que en los 24 años que duró la dictadura de Moi fue destruida toda la infraestructura; la gente se empobreció y perdió su capacidad de influir y exigir; la corrupción se adueñó de todo. Nos va a llevar un tiempo normalizar el país. Ahora el desafío es ése: reconstruir Kenya.

—Usted habló de recursos naturales. Africa y Sudamérica tienen en común su enorme riqueza, por ejemplo, de reservas de agua potable, un bien cada día más escaso. Hay quienes temen que ciertos países poderosos busquen saquear esos recursos como en el pasado se hizo, por ejemplo, con el oro.

—En Africa ése es un problema bien conocido. Sabemos que nos han extraídos los recursos y que el beneficio de esa explotación no quedó para los africanos. Eso fue posible porque nuestros líderes no estuvieron involucrados con la gente sino con sus propios intereses y mantuvieron a nuestra población en la ignorancia sobre lo que pasaba. Por eso es tan importante la democracia. Ahora podemos tener esperanzas de que Africa sea de los africanos, que sea protegida de la expoliación. Por eso pedimos a la comunidad internacional que promueva la justicia y la equidad. No sólo en sus países sino en todos.

—Mirando un poco lo que está pasando mundialmente pareciera que la comunidad internacional tiene exactamente la intención opuesta.

—Es ciertamente mas difícil en el actual proceso de globalización que tiende a concentrar capital, tecnología y poder en unos pocos y para eso necesitan de nuestros recursos. Por eso hay que recordarles a los líderes internacionales que tienen un deber moral con el resto. Hay que machacarle a las potencias que la fuerza no les da derechos y que si no se toma conciencia, el mundo entero, pero sobre todo nuestras poblaciones, tendrán un futuro ominoso. La designación del Premio Nobel tiene ese mensaje: "Ustedes, los desamparados, no sucumban frente a los poderosos y los ricos. Sigan la pelea".

—¿Qué les va a decir a los líderes internacionales cuando reciba el premio en Oslo?

— No lo pensé todavía. Pero tengo claro esto: mientras haya en el mundo gente que vive mal, nadie puede estar seguro. Esto vale tanto en el plano internacional como en el local, es decir, mientras haya kenyanos abandonados, desprotegidos por el Estado, nadie puede estar seguro.

—¿Cómo ve el futuro?

—Tengo esperanzas porque aún en países como Estados Unidos hay una enorme cantidad de gente que lucha por las injusticias que hay en otros lugares del mundo, elevan su voz por la desigualdad y están de nuestro lado. Veremos qué pasa en noviembre con las elecciones. Pero creo que nosotros tenemos que agradecer a aquellos ciudadanos norteamericanos que se preocupan por nosotros, hacerles saber que apreciamos sus esfuerzos. Es bueno que EE.UU. no sea una dictadura y que la gente pueda todavía elevar su voz para decir que no. A pesar de que es un país tan poderoso, hay muchos norteamericanos que saben que EE.UU. no puede vivir aislado, que necesita al resto del mundo

Wangari Maathai nació en 1940, en Kenya, y con destino de pionera
 

Fue la primera doctora en biología de su país, es docente universitaria y defensora de las causas ambientales reconocida en todo el mundo. Hoy, después de haber luchado contra una dictadura que retuvo el poder por 24 años en su país, es viceministra de Medio Ambiente y asegura que la democracia es uno de los mejores antídotos contra la ignorancia de los pueblos. Divorciada y madre de tres hijos, Wangari Mathaai es la primera mujer africana que recibe el Nobel de la Paz

Su marido, un antiguo parlamentario, se divorció de ella en 1980 con el argumento de que "era demasiado educada, con demasiado carácter y demasiado éxito para poder controlarla", según recoge la Enciclopedia de Biografías de Gale.

 

 


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