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Alberto Korda
José Aurelio Paz

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Korda: "La fotografía está en el ojo del fotógrafo" - Vida y Obra de Ernesto "Che" Guevara" - Entrevistas con Fidel castro

Fotos Nohema DíazKorda
Alberto Korda, hombre enjuto y de mediana estatura, fumador empedernido, de mirada aguda
y penetrante, tiene la misma imagen del Lucifer que pintaran los renacentistas. Claro, un diablo alegre y enamoradizo hasta lo indecible, a pesar de sus casi 72 años: Los ojos no envejecen —dice— ¡y menos en un fotógrafo!

Nacido en la barriada del Cerro, en La Habana, el 14 de septiembre de 1928, vivió, como descendiente
de un humilde matrimonio, los rigores de una república mediatizada por los desgobiernos de turno y, como bien él confiesa, no fui guerrillero ni peleé en la Sierra, pero supe ganarme la confianza de un hombre como Fidel Castro. Vivir a su lado, dormir en una hamaca junto a él, estar como testigo de los momentos más cruciales de la Revolución, acompañarle en sus jornadas de pesca submarina, incluso, hasta en cacerías en Rusia con un frío de 35 grados bajo cero, son privilegios que le debo a la vida y que no se pueden comparar con todo el oro del mundo.

Korda, conocido mundialmente por la foto más famosa del Che, acaba de venir a la provincia de Ciego de Avila, acompañado por otro de los más importantes fotógrafos cubanos, Raúl Corrales, a recibir el homenaje de los pobladores de estas tierras, donde obtuvo también parte de la huella en imágenes del Guerrillero Heroico, cuando el entonces Ministro de Industria vino a la zona azucarera conocida como central Ciro Redondo a probar una máquina cortadora de caña de azúcar que, entre él y un francés, habían ideado.

—Imaginemos que situado en la cima de esos 72 años que está a punto de cumplir pudiera tomar una instantánea de su infancia. ¿Hacia qué escena dirigiría su telefoto? ¿Qué o quienes quedarían dentro del encuadre?

Me gustaría, sobre todo, retratar a mi padre. Fui hijo único de un matrimonio que se deshizo cuando yo tenía apenas 12 años. Siempre en camisa de mangas y pantalones trabajaba de noche en la estación de ferrocarriles de Ciénaga, en La Habana, y de día era el contador de una tienda que tenía un tío mío. Vivía en un cuartico de la trastienda del negocio, en una cama tres cuartos, pero era un hombre feliz. Yo vivía como pupilo en un colegio protestante y, los fines de semana, los pasábamos juntos. Fue una relación muy bonita la nuestra. Eramos como dos amigos. Siempre el mismo programa: tomábamos nuestras bicicletas y nos íbamos de pesca. Después comíamos en una fonda china y acabábamos siempre sentados en el cine Rex mirando un documental. De él aprendí la pasión por el mar que me llevó a fundar, en el año ’69, el departamento de fotografía subacuática de la Academia de Ciencias. Yo retraté toda la flora y la fauna submarinas que existen en los mares alrededor de Cuba. Te agradezco que me lo hayas recordado.

—Su apellido, tan inusual, lleva a las personas comunes a llamarle, muchas veces, Alberto Kodaks, ¿No le molesta que le confundan con el fabricante de los famosos rollos fotográficos?

Mira, mi verdadero nombre es Alberto Díaz Gutiérrez. Pero, qué sucede. En el año ’53 logro abrir un estudio frente al hotel Capri y trato de buscar un nombre que tuviera gancho, porque los Díaz crecen en Cuba como la hierba y el Gutiérrez era anticomercial. Entonces me acuerdo de un productor de cine inglés muy famoso por aquella época que en su equipo tenía a dos hermanos húngaros de apellido Korda. Preparo una lista de cinco nombres y le doy a escoger uno a amigos míos con experiencia como directores artísticos de agencias. Todos coincidieron en que Korda era el ideal, precisamente por su similitud con las películas Kodaks, que en aquellos tiempos eran las más famosas del mundo. Así surgió el Estudio Fotográfico Korda y, con él, mi apellido artístico.

Dijo Gabriel García Márquez, en una ocasión, que los fotógrafos son una especie de videntes, de médium entre la realidad y su imagen. Hábleme de esa otra dimensión del ojo humano con la que no todos nacemos.

Como me paso la vida haciendo exposiciones por el mundo, también me paso la vida dando charlas y conferencias. Recientemente estuve en Baltimore, Estados Unidos, y allí me reuní con un grupo de estudiantes de Artes Plásticas. Ellos comenzaron a preguntar que si tal cámara era buena o tal lente mejor, que si tal marca de papel o de revelado, ¡en fin..! Y yo los dejé que hablaran. Al final les dije: "Pero nada de eso es importante para hacer una fotografía si no siguen una máxima fundamental. Hay un libro de un francés llamado Antoine Saint Exupéry, El Pequeño Príncipe, en el que un personaje le dice a otro: "Solo se ve con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos." Y eso, precisamente, es hacer fotografía.

Comencé como fotógrafo de publicidad. Fui fundador en Cuba de esa modalidad y de la fotografía de modas. En principio retrataba latas de chorizos y paquetes de café para revistas, pero eso no emocionaba a nadie. Después, cuando introduje las modelos, comienzo a darme cuenta del valor del elemento humano y también del tratamiento de la luz. Por eso soy enemigo del flash y lo uso cuando no queda más remedio. Mi estudio tenía un gran ventanal por donde entraba el sol a raudales.

—¿Nunca se enamoró de sus modelos?

¡De casi todas! Pero mi gran descubrimiento, a la que amé perdidamente y con la que me casé y me dio dos hijos, fue Norka. Una mujer de una fuerza expresiva incontrolable. Ella fue maniquí de las revistas más famosas de moda en Cuba como Romance y Vanidades. Fue ella la miliciana que apareció con su fusil en una de las más memorables portadas que he hecho. Después nos divorciamos y se fue a Francia donde llegó a trabajar para Christian Dior. Ahora vive en Cuba, a unas cuadras de mi casa.

—¿Se volvió a casar usted?

Por la libre sí, cinco veces más.

Volvamos a García Márquez. Dice él que detesta que le hablen de su novela Cien años de soledad, porque ella ha opacado el éxito del resto de su obra. Olvidándonos del valor humano del personaje que le dio origen, ¿le sucede lo mismo con esa foto del Che que ha recorrido el mundo?

No. No sucede porque, de cierta manera, yo había escogido para vivir una carrera frívola. Pero, en medio de ella, ocurre un suceso extraordinario, la Revolución Cubana, que la transformó. Y así, tuve la suerte de que en el ’59 Fidel fue a Venezuela y me nombraron como fotógrafo de la delegación. Después, el viaje a Estados Unidos, recorrimos juntos Washington, Boston, Harvard, New York, y ahí empezamos a intimar. A él comenzó a gustarle la fotografía que yo hacía y llegó un momento en que Fidel no llamaba al periódico, sino que me localizaba directamente a mí.

Un reportaje que causó época en el año ’61 fue el que se publicó, durante siete días, bajo el título de "Fidel vuelve a la Sierra", en el periódico Revolución. El título fue de él como de él fue la idea de irnos a recorrer el mismo trayecto de la guerrilla acompañados solamente por su médico y una escolta.

Fidel me pregunta si yo había escrito para periódico y le digo que sí. ¡Mentira! Lo que yo no quería perderme era aquella aventura.

Entramos por el lugar conocido como Las Mercedes y durante varios días caminamos hasta llegar al Turquino. Yo tenía que ir siempre adelantándome en el ascenso para poder tomar las fotos y él le decía a Vallejo, su médico: "¡Oye, este flaco es incansable!" En el trayecto conversó con muchísimos campesinos. Allí se enteró de que en algunos lugares las vacunas para los puercos no llegaban, en otros faltaban los maestros a las escuelitas y siempre se viraba para mí y me decía: "¡Anota!"

—Pero volvamos a la foto del Che...

Esa foto fue una casualidad del destino. Cinco de marzo de l960. Acto por el entierro de las víctimas de la explosión del vapor  La Coubre y Fidel habla al pueblo. Es la primera vez que pronuncia la histórica frase de ¡Patria o Muerte! Allí estoy yo, entre la multitud, como uno más, con una camarita Laica tomando fotos para el periódico.

El Che, al que no le gustaban para nada los protagonismos, estaba en segunda fila en la tribuna yChe Guevara no se veía. Pero hay un momento en que él sale al frente para apreciar la ira de la gente por aquel atentado del imperialismo yanqui donde hubo un gran número de víctimas. Yo, que estoy paneando con mi cámara los personajes de la tribuna, me sorprendo por su mirada y aprieto el obturador. Solo me dio tiempo a hacer dos tiros, pues, inmediatamente, el Che regresa a su lugar.

Revelo las fotos esa misma noche y las llevo al periódico. Al otro día aparece en primera plana la que recoge a Fidel con dos morteros en la mano y la Bandera Cubana detrás, con un crespón negro. Sin embargo, la del Che no se publicó, no sé por qué.

—¿Vio el Che la foto en algún momento? ¿Tuvo conciencia de su existencia?
 

Hasta donde conozco, no.
 

¿Es cierto que esa foto lo ha hecho millonario?

En ideales, no en dinero. Resulta que un italiano llamado Giangiacono Feltrinelli visita mi estudio, recomendado por Haydée Santamaría, directora de la Casa de las Américas en ese momento. El trae una nota donde ella me lo recomienda como un admirador del Che que anda buscando alguna foto interesante sobre él. Para mí una petición de Haydée era una orden sagrada y le muestro la famosa imagen. A él le gusta mucho y me manda a sacar dos copias que quiere pagarme, me niego y le digo que es un regalo.

Pero este señor era dueño de una casa editora en Milán y, como a los cuatro meses de su visita, el Che es asesinado. Y el hombre hace un póster de un metro de alto con la foto, al cual no le pone ni mi crédito. Ocurre que esa imagen hace explosión en Europa. Feltrinelli vendió un millón de copias a cinco dólares cada una, y no me pagó un centavo. Pero fue él quien la hizo famosa.

Después, ante la foto del Che asesinado que recorrió el mundo, los estudiantes de Milán, en manifestación pública, tomaron mi fotografía, que tenía, como contrapartida de la otra, ese aire tan gallardo y esa profunda virilidad, y la portaron en miles de carteles que decían: "¡Che vive!"

—¿Y en Cuba?

Como a los 15 días de su muerte, Fidel convoca al pueblo de La Habana a la Plaza de la Revolución para la Veleda Solemne. Esa noche no habló desde el monumento a Martí, sino desde el entonces Ministerio de Industrias, donde el Che fuera ministro. Al llegar yo allí veo que mi imagen ha sido reproducida al tamaño de la parte frontal del edificio y para mí aquello fue una sorpresa y un misterio no saber quién había ordenado que la seleccionaran para tan importante ocasión.

Es a partir de ese momento, y cuando ya había alcanzado tremenda repercusión en todo el mundo, que se populariza en Cuba.

—¿Y el misterio aún no se ha revelado?

Si supieras que, por mucho que indagué, jamás supe el origen de él hasta hace dos años, cuando un enviado de la BBC de Londres viene a Cuba a hacer un reportaje de la foto. En su investigación descubre que Celia Sánchez había pedido un grupo de instantáneas para seleccionar la que serviría de valla al acto y, cuando vio la mía, sencillamente dijo: "¡Esa!"

—¿No le ha molestado la manipulación que de esa imagen se ha hecho?

Cuando se ha tratado con respeto no. Yo pude demandar a Feltrinelli pero no lo hice. Más que la foto misma era importante el descubrimiento que el mundo hacía de la figura del Guerrillero. Sin embargo, colecciono cuanto objeto se produce en el mundo con su efigie y demandé en una ocasión a una firma de perfumería. Les dije que el Che no olía a eso tan refinado. Que el único perfume que usaba era el del sudor del obrero.

En otra ocasión, un artista francés llenó a París de unas enormes vallas donde aparecía el Che cantando rock y vistiendo un pulóver con la imagen estampada del rockero. También lo demandé. Al Che jamás le gustó el rock. Así, han fabricado fosforeras, billeteras, chapas para automóviles y lo último que he recibido es un paquete de un café en grano que trae mi foto y el nombre del Che.

Dentro de la trayectoria de la fotografía épica de la Revolución Cubana hay una imagen que es imprescindible; la de Fidel con la mochila y el fusil al hombro, mirando al Turquino. ¿Cuál es su historia?

Te acuerdas de que te hablé del reportaje "Fidel regresa a la Sierra." Pues bien, en aquella ocasión habíamos llegado al Alto de las Mercedes y estábamos cansadísimos. Atardecía y me gustaba cómo se proyectaba la luz en aquel lugar. Fidel dio la orden de continuar y le pedí, por favor, que me dejara tomarle una instantánea. Es la única foto posada que guardo de él.

Después, desde el punto de vista profesional, no me gustó como quedó. Un guerrillero que mira hacia lo alto de la montaña no está en una posición tan rígida, y sí más natural. Por eso, el director de mi periódico y yo decidimos no publicarla.

Pero qué sucede, cuando los compañeros del periódico Hoy se enteran de mi viaje, se quejan a Fidel porque no le habían avisado a ningún reportero del órgano del Partido Comunista en aquel entonces. Así, Fidel nos llama y pide que le mandemos algunas fotos para tranquilizarlos. Dentro de las que enviadas está esa que, al otro día, aparece a página completa y que nos roba el show haciéndose famosa, posteriormente, cuando la Unión de Jóvenes Comunistas le agrega la frase de "Comandante en Jefe, ¡Ordene!" y la distribuye en un afiche por todo el país.

¿Fue usted casi un paparazzi de Fidel Castro?

¡No, jamás fui su paparazzi! Si le tomé tantas fotos en 10 años fue porque nunca me dFidel Castroijo no hagas esa o no publiques aquella. Fidel es una persona sumamente asequible —lo cual no ocurría muchas veces con el Che—. En los 12 000 negativos que he entregado a la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado hay fotos de él en las más disímiles posiciones y posturas. Los personajes importantes, a través de toda la historia, han aparecido siempre retratados en poses grandiosas y altisonantes. En el caso de Fidel sus mejores imágenes son aquellas en que conversa, de manera desinhibida, con trabajadores simples, sin preocuparse de si hay una cámara tomándolo o no.

Recuerdo la ocasión en que visita a Jruschov en la Unión Soviética y ve a unos hombres esquiando en un río congelado. Los llama. Les pide los esquíes y se los pone. Sale andando muy bien, pero, al instante, se convierte en una bola de nieve patas arriba y muerto de la risa. Esa foto yo la publiqué en un libro. ¿Qué gobernante permitiría eso?

Otra anécdota muy simpática. Visitábamos a Santiago de Cuba. Y en la fábrica de rones un negrón se le para delante y le saluda militarmente. Fidel lo mira curioso y, mientras sostenía una botella sin etiqueta en la mano, le dice: "Tú sabes que perdimos el nombre de Bacardí." El obrero, muy preocupado, exclama: "¡Comandante, cómo puede ser eso!" A lo que Fidel argumenta: "¡Así es el mercado internacional! No podemos vender una botella más con esa etiqueta." Y de pronto, poniéndole una mano en el hombro le pregunta: "¿Qué nombre le pondrías tú al nuevo ron cubano?" A lo que el negro, muy seriamente, responde: "¡Patria o Muerte!, Comandante." Y Fidel, muerto de la risa, le dice: "¡Quién se va a tomar un ron con ese nombre, compadre!" Y de esta escena también hice una foto.

—Hábleme de lo difícil que era el Che para la fotografía.

Con el Che la foto había que ganársela. La primera vez que él y yo tuvimos un encontronazo por eso fue cuando él y Fidel jugaron, por primera vez juntos al golf. Yo me aparecí como con cinco cámaras amarradas al cuello y los bolsillos llenos de rollos. Ya había comenzado mi amistad con Fidel, pero el Che no sabía quién era yo.

Comenzó el juego e inmediatamente comencé a retratarlos. De pronto, se detuvo, me lanzó esa mirada inquisidora que tenía y que le hacía arquear la ceja, y me dijo: "¡Chico, pareces un puro yanqui con tantas cámaras al cuello! ¿Tú no te das cuenta que esos rollos fotográficos cuestan divisa al país para que tú los malgastes?" Yo me quedé callado, mas dije para mí: "¡Quién le ha dicho a este que estas películas le costaron al país si yo las compré con mi bolsillo!" Y aquello me molestó, aunque, después, comencé a comprender aquella personalidad donde se unían el acero y la rosa.

Nuestro segundo encuentro es aquí, en Ciro Redondo. Vino a probar una cortadora de caña que había ideado junto a un francés. Porque él fue el pionero en este tipo de máquinas. Después vinieron las combinadas soviéticas.

Luego de buscarlo por todos lados y no encontrarlo, llegó a la casa de visita donde yo estaba, tarde en la noche, lleno de tierra y del tizne de la caña quemada. Muy efusivo fui a su encuentro y le dije: "¡Comandante, al fin lo veo!" Entonces él me miró con una mezcla de sorna y desconcierto y me dijo: "¡Ven acá, Korda! ¿De dónde tú eres!..." "¿Yo? De La Habana..." "¿Pero del campo o de la ciudad?..." "De la ciudad, Comandante..." "¿Y has cortado caña?..." "Nunca..." Entonces, dirigiéndose a uno de sus escoltas le dijo: "Alfredo, consíguele al compañero periodista una mocha para que se vaya al campo." Y mirándome otra vez, concluyó: "¡Dentro de una semana nos vemos para las fotos!"

¿Cierto es que el campesino que usted retrató en otra foto memorable, El Quijote de la Farola, lo llevó a los Tribunales?

Así fue. Resulta que era el primer 26 de Julio que se celebraba en La Habana y Fidel invita a todos los campesinos a venir a la capital. (Fue aquella linda historia de que el pueblo habanero los hospedEl Quijoteó en sus casas.) Pues bien, estoy yo en la tribuna y veo aquel guajiro desmochador de palmas que se trepa a la farola con la intrepidez de un gato y, tranquilamente, saca un cigarro y lo enciende en medio del discurso. Después la foto se hace famosa.

Un día, un juez me cita y me dice que estoy demandado por el guajiro, que era de Santa Clara, bajo acusación de haberle robado su imagen y hacerme rico con ella. ¡Figúrate, se había publicado como en 20 libros en el extranjero!

Yo le digo: "Señor Juez, imagínese, yo soy fotógrafo. Estoy al lado del Comandante, en la tribuna, cuando el tipo hace esa hazaña y yo tomo la foto como la de cualquier otro personaje que está en un acto público. No tengo la culpa de que se haya hecho famosa."
Al final, el juez se echó a reír y me mandó a casa. Pero ahí no paró el asunto.

Parece que al guajiro le habían dado tremenda cuerda y, como a los cuatro meses del incidente, toca a mi puerta. Abro y me encuentro con un hombre alto, flaco, ya de edad, que me suelta: "¿Usted no me conoce?" Me quedo mirándolo y digo: "Que yo sepa, no." Entonces, en un tono hostil, me responde: "¡Yo soy el Quijote de la Farola!" Efectivamente, era él. Y le invité a que pasara y le serví un trago de ron. "¡Usted se robó mi imagen!" Volvió a acusarme y me deshice en toda una larga explicación hasta que entendió. Terminamos amigos y le autografié y regalé una copia, pues él no la poseía.

Otra foto suya que no se puede obviar es la de la entrada de Fidel a La Habana, sobre un tanque de guerra y junto a Camilo Cienfuegos. ¿Quién era el personaje que usted, intuitivamente, eliminó de la composición?

Era Hubert Matos, el traidor. Esa es la imagen que da comienzo a la épica en mi fotografía. Yo era uno más de los miles de fotógrafos, cubanos y extraEntrada de Fidel en La Habananjeros, reportando aquel acontecimiento. Tiro mis instantáneas y, después que revelo, me doy cuenta de la importancia de aquella escena, en la cual Fidel y Camilo intercambian una mirada cómplice, que va a ser la antesala del discurso que el Comandante hiciera ese mismo día, desde Ciudad Libertad, donde, constantemente, en medio de la oratoria, se volvía y le preguntaba: "¿Voy bien, Camilo?

Pero el equilibrio de la composición me pedía eliminar al desconocido personaje que estaba a la derecha de Fidel, a quien yo no conocía, y que para mí era un soldado más de la Sierra. De ahí que decidiera cortar el plano y dejar solo aquella mano que sostiene un fusil, como si hubiera sido la premonición misma de su traición a la causa revolucionaria.


—Quizás alguien por ahí diga: "¡Si yo hubiera tenido la misma oportunidad histórica de Korda habría hecho fotos tan buenas como las suyas!" ¿Qué reflexión le provoca esta suposición mía?

¡Claro que cualquiera habría podido hacerlas, pero si hubiera tenido su corazón tan cerca de la Revolución como lo tuve y lo tengo yo! ¡Si le animara la misma pasión que me acompañó y me acompaña, como tú dices, en esa vocación de ser casi el paparazzi de un hombre irrepetible como Fidel! Vuelvo a decir que "Lo esencial es invisible a los ojos".

Tengo tres libros míos publicados en Italia, España, y Japón. Y en los tres comienzo con la foto titulada La niña de la muñeca de palo, donde explico: "Esta niña, que abraza un pedazo de palo porque nunca pudo disfrutar el amor de tener una muñequita entre sus brazos, me convenció de que debía dedicar mi trabajo a una Revolución que ofrecía cambiar esas desigualdades..."

La foto más famosa del "Che"


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