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Fuente: Página 12.
Buenos Aires 26/10/2003
CARLOS MONTEMAYOR, NOVELISTA Y ENSAYISTA
MEXICANO
Sobre el México insurgente
Cuando todos se quedaron
sorprendidos por la súbita aparición del zapatismo, Montemayor fue el
que comenzó a explicarlo. Veterano de la movida política mexicana, era
también un conocedor de Chiapas, sus etnias y tragedias, y un
historiador, en sus novelas, de las sucesivas rebeliones indígenas y
políticas. Un diálogo donde desfilan los más altos momentos de una
tradición
El dos de enero de 1994, cuando
irrumpió el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, hubo un
intelectual mexicano que desde las páginas del diario La Jornada supo
explicar como nadie la rebelión indígena que acababa de estallar en
Chiapas. En verdad, a Carlos Montemayor (57 años) le sobraban
credenciales para interpretar el fenómeno que dejaba descolocados a la
mayoría de sus colegas. No sólo conocía Chiapas y sus etnias a la
perfección, también había unido a su formación humanística clásica
(dominio del latín, el griego y el hebreo clásico) una tarea como
promotor literario de trabajos escritos en distintas lenguas primigenias
de México. Una de las múltiples facetas de este erudito y políglota,
que escribe extraordinarias novelas políticas como “Guerra en el
Paraíso”, “Los informes secretos” o la última “Las armas del
alba”, sobre el asalto al cuartel de Madera (en Chihuahua) que inauguró
la guerrilla mexicana de los años sesenta. Poeta, ensayista, traductor,
profesor universitario y excelente cantante de ópera, Montemayor parece
uno de esos personajes renacentistas que dominaban varias disciplinas a la
vez sin perder por eso la flema, la ironía, ni la capacidad para las
conversaciones largas, matizadas con un buen tequila reposado, como la que
sostuvo con el enviado de Página/12 hace pocos días, cuando terminaba la
Feria del Libro del Zócalo, donde su novela sobre la guerrilla inaugural
de Chihuahua se convirtió rápidamente en una de las mayores atracciones
–Es curioso, con “Las armas del alba”, usted
retrocede cronológicamente en su propia obra novelística y ensayística
y se remonta a los orígenes de la guerrilla mexicana moderna. Regresa a
1965 y a su tierra natal, Chihuahua. ¿La idea es construir una saga sobre
la guerrilla mexicana en el último tercio del siglo veinte?
–Algo así, vienen en camino otras dos novelas sobre el tema, además de
las que ya tengo escritas que corresponden a épocas posteriores. “Las
armas del alba” narra el comienzo de la guerrilla en el México moderno.
Porque guerrilla en México ha existido en todo momento. En el siglo XIX,
por ejemplo, hubo un levantamiento de indios mayas en Yucatán que se
llamó “la guerra de castas” y se prolongó desde 1840 hasta los
primeros años del siglo XX. En el norte, “la guerra del Yaqui”
comienza allá por 1839 y se extiende hasta 1905. Después de la
Revolución, que fue en realidad una serie sucesiva de insurrecciones a lo
largo de veinte años, tuvimos el levantamiento rural de los Cristeros, y
luego ese otro movimiento guerrillero que fue como una faceta final de la
revolución y del cardenismo, con Rubén Jaramillo, en el Estado de
Morelos. Pero el grupo autodenominado Grupo Popular Guerrillero,
encabezado por el profesor Arturo Gámiz y el doctor Pablo Gómez
Ramírez, en realidad constituye el origen de la nueva guerrilla mexicana,
que parte desde los inicios del año 1964, pero cuyo hecho más conocido
es el ataque a la guarnición militar de Ciudad Madera el 23 de septiembre
de 1965.
–Antes que irrumpiera Lucio Cabañas, ¿no?
–Antes que Lucio Cabañas, sí. En “Guerra en el Paraíso” yo tengo
un episodio en el que una compañera de los caídos en Madera, va a
buscarlo a Atoyac y le refiere de manera sucinta lo ocurrido, en un
momento en que Lucio Cabañas no tiene planeado ni remotamente levantarse
en armas... Bueno, este movimiento original se inicia en la zona de
Chihuahua, con un grupo de jóvenes campesinos y normalistas rurales. Los
normalistas rurales han sido una pieza fundamental en la vida política de
México porque estas “Escuelas Normales Rurales” se fundan en la
época de Lázaro Cárdenas, y constituyen un proyecto de educación
socialista, con el propósito de reivindicar derechos, desarrollo,
educación, cultura... en zonas rurales e indígenas del país. De manera
que los profesores normalistas rurales han sido un punto clave en el
desarrollo político de la zona rural. Y la Federación de Estudiantes
Normalistas Socialistas, que alguna vez encabezó Lucio Cabañas,
constituía una especie de caja de resonancia de todo el pensamiento
político de los normalistas en el país. Entonces un buen número de
maestros rurales se integraron en este grupo guerrillero de Chihuahua. Y
su decisión fue asumida como parte de la historia propia por todos los
otros grupos guerrilleros de México. Por ejemplo, ocho años después de
ese ataque al cuartel militar surge, en (Nuevo León), la guerrilla urbana
que se autodenomina Liga Comunista 23 de Septiembre. Aunque en ese caso se
trataba de jóvenes intelectuales urbanos, sin relación personal ni
orgánica con los de Chihuahua. Pero al levantar la fecha del ataque al
cuartel –23 de septiembre– reivindican a esos campesinos y estudiantes
de Chihuahua como sus antecesores directos...
–Qué otros grupos los reivindican?
–El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, por ejemplo. En una
casa-museo sobre las fuerzas de liberación nacional, los zapatistas
guardan los documentos que Arturo Gámiz preparó en el segundo encuentro
de estudiantes normales de la sierra, que fueron publicados en el ‘64 y
constituyen la exposición de motivos y de principios del levantamiento
armado de Chihuahua. Por eso yo digo a menudo que el amanecer del 1º de
enero de 1994 en las montañas de Chiapas, empezó en el amanecer del 23
de septiembre de 1965 en las montañas de Chihuahua...
–Ideológicamente ¿qué eran? ¿Tenían influencia de la Revolución
Cubana?
–Sí, por supuesto...
–Guevaristas, digamos...
–Sí, claro. A tal punto que en México se creía que el Che andaba por
la Sierra de Chihuahua, cuando estaba en el Congo.
–El ataque al cuartel de Madera fue un desastre. ¿Qué pasó con los
sobrevivientes?
–Se reorganizaron en dos grupos principales. Uno se rearmó y volvió al
ataque en la Sierra de Chihuahua. Fue aniquilado en los primeros meses de
1968, al pie de la Sierra. El otro grupo, siguió un derrotero más
complejo: una parte se integró con Lucio Cabañas en la sierra de
Guerrero y otra parte con Genaro Vázquez. Es curioso, yo esto lo llegué
a saber muchos años después. Hacia finales de 1985. Y me propuse
escribir esta novela que acabo de publicar, que en realidad será una saga
de tres novelas. Pero en el ‘85 y el ‘86 era muy difícil todavía
para mí el acceso a los sobrevivientes, el acceso a una información
fidedigna, porque algunos de los protagonistas estaban todavía inseguros,
escondidos.
–¿No hubo amnistía o algo así?
–Hubo amnistía, claro, pero no todos habían caído presos. No era
fácil la cosa. El tema tenía para mí muchas resonancias: regionales (yo
soy de Chihuahua), afectivas, había amigos míos ahí...
–¿Usted militó con ellos en aquella época?
–Sí, en una cierta forma. Yo militaba en las juventudes socialistas y
ahí nos juntábamos con las juventudes comunistas, con el movimiento
campesino, con el movimiento normalista. Eramos prácticamente lo mismo.
Pero cuando empieza el movimiento campesino hay una bifurcación en las
tareas, y yo me quedo ayudando en la organización de lo que, supongo, fue
la primera ONG en nuestro país, que le llamamos “Liga Ciudadana para la
Defensa de las Garantías Individuales y Sociales”. Mis otros amigos se
integraron más en la lucha campesina, que era poderosísima y comenzaron
un proceso de radicalización del cual yo no participé, porque no tuve
noticias de que estaba ocurriendo. Cuando yo vine a México a iniciar mis
estudios profesionales, varios amigos de la preparatoria, ya en ese
momento también en la Facultad de Derecho, se integran al movimiento
armado.
–Cuándo se enteró del ataque al cuartel?
–Me enteré aquí, en un periódico mural de la Universidad. Y me
sorprendió mucho, porque eran mis amigos. Me sorprendió esa decisión
que habían tomado vaya a saber cuántos meses atrás. Me sorprendió su
radicalización y la decisión de alzarse en armas, pero lo que más me
sorprendió es que el periódico los tratara de “criminales”, “roba
vacas”, “gatilleros”. Yo los conocía, a mí me constaba su
dignidad, su honestidad, su generosidad, su inteligencia. Y la posibilidad
de que la versión oficial fuera a desvirtuar de un brochazo la verdad
humana, me conmocionó y me marcó para siempre. Toda mi tarea como
investigador, como profesor cuando lo he sido, como escritor, como
novelista, se deriva de esa necesidad de ir deslindando las verdades
oficiales de las verdades humanas. Como ve, cuando decido escribir “Las
armas del alba” había muchas cosas acumuladas a lo largo de los años
que yo quería soltar y el tema estaba demasiado cercano.
–Dejó pasar 37 años.
–Di un rodeo por Guerrero en la caída de Lucio Cabañas (“Guerra en
el paraíso”), que luego se extendió al mundo indígena en Chiapas.
–¿La Chiapas anterior al movimiento zapatista?
–Yo entré en Chiapas en 1983... Igual que el subcomandante Marcos, nada
más que entramos por caminos distintos, ¿no? No lo sabía entonces, pero
estaba emprendiendo la misma ruta que tomaron mis amigos de Chihuahua
después del asalto al cuartel militar. Pero esto lo supe hace muy poco
tiempo. Es extraño, pero yo seguí en el terreno literario el mismo rodeo
que dieron ellos.
–¿Cuándo recuperó el tema? ¿Cómo lo investigó?
–Empecé a investigar, a establecer contactos y a reconocer las rutas
que habían seguido los sobrevivientes a partir de 1994, mientras tomaba
notas para mi libro sobre los Taraumaras. Aproveché el financiamiento de
ese libro para permanecer largas temporadas en la sierra, en el Estado de
Chihuahua y establecer contacto con los sobrevivientes. Comencé la
investigación y terminé la novela en diciembre del año pasado. Entonces
me llamó una colaboradora y me dijo: “Oye, ya se asomó Matías
Fernández y aceptó hablar contigo”. Matías es un personaje clave de
la historia. Así que marché a Chihuahua a entrevistarlo. Naturalmente,
tuve que rehacer el manuscrito. Con la información que me dio Matías me
fui a Italia a revisar el original. Pero al regresar a México, en mayo,
me esperaba otro llamado de Alma (la colaboradora) que me dice: “Ya
localizamos al que te faltaba, Florencio Lugo, cuando quieras hablas con
él”. Hablo con él y vuelvo a modificar la novela. Fíjese lo que es
esto: 38 años después del asalto al cuartel recién se animan a
testimoniar dos sobrevivientes.
–¿Y eso, por qué?
–Terror. Simplemente terror. Este hombre, Matías, que es un tipo
formidable, se cambió de nombre cuatro veces. El cuarto es el que usa
hoy. Pero su nombre original es el que pusimos en la novela. Tanto en
“Guerra en el paraíso”, como en “Informes secretos” o en “Las
armas del alba” todos los personajes políticos, campesinos o no,
aparecen con sus nombres reales.
–Podríamos decir que son novelas de “no ficción”, como “A sangre
fría” de Capote o “Operación Masacre” de Rodolfo Walsh...
–Sí, todo está basado en hechos reales. Bueno, he estado tratando de
explicarlo mucho tiempo y ya más o menos tengo claro qué es: al
historiador le importa la demostración fidedigna o el soporte fidedigno
de los hechos históricos que refiere, para mí la literatura se ocupa de
la fuerza de la vida o de la experiencia de la vida humana que hizo
posible a esos hechos históricos. Pero esos hechos históricos no han
sido tratados antes por historiadores profesionales. La única
investigación es la mía. Entonces, al mismo tiempo que una recuperación
histórica, yo creo que es una recuperación de nuestra memoria política
reciente.
–¿Cuál fue la reacción de los sobrevivientes?
–Presentamos la novela en Chihuahua el 23 de septiembre pasado. Hubo una
reunión el día anterior, en la casa de uno de los hijos de Pablo Gómez,
Eduardo, en la que se reunieron todos los sobrevivientes. Muchos no se
habían visto desde hacía 38 años. Estaba Alvaro Ríos que era un gran
dirigente campesino. Estaba Salvador (Gaitán), que no logró llegar a la
concentración el día del ataque. Estaba Paco Ornellas). Fue un encuentro
muy emotivo. En algún momento Alvaro Ríos dijo: “Ahora que nos hemos
vuelto a reunir, no nos soltemos ya, tenemos que seguir reunidos y
discutir, analizar, porque el camino es largo, nos falta mucho de
organización, muchas metas que cumplir, necesitamos seguir trabajando”.
Esto es algo notable, porque estamos hablando de un líder de más de 70
años de edad, campesino, honesto toda su vida, que aún sigue activo en
los días de hoy. Como podemos decir que la guerrilla que se inició en
Chihuahua aún sigue activa en México, en Chiapas, en (Guerrero), en
Oaxaca.
–Aunque no tenga un nexo específico...
–Aunque no tenga un nexo específico. El antecedente del 23 de
septiembre fue reconocido por todos: las Fuerzas de Liberación Nacional,
los contingentes de Lucio Cabañas, que es la raíz del EPR actual y en
otras guerrillas rurales.
–En el zapatismo confluyen dos grandes pasiones suyas: la guerrilla y la
cuestión indígena. Esa cuestión que usted se resiste a ver desde el
punto de vista antropológico.
–También lo veo, aunque desde un punto de vista heterodoxo. Entro por
el lado lingüístico, entro por el lado histórico... no solamente es lo
lógico, no solamente desde el ángulo etnográfico, porque me parece que
la etnografía ha empobrecido el conocimiento profundo acerca de la
riqueza cultural de estos pueblos.
–Hay incluso un cierto paternalismo ¿no?, como si dijeran: ¡qué
interesantes son los indios!
–Sí, exactamente, en lugar de entender esas culturas como variedades de
las distintas culturas humanas.
–¿Qué pasó entonces en enero del ‘94: lo sorprendió la irrupción
del zapatismo o ya la veía venir?
–Le contesto con otra anécdota: en el final de mi novela “Guerra en
el paraíso” (que yo termino en el ‘91), Lucio Cabañas está
desplomándose sobre la roca donde muere y dice: “Negándose a caer con
el mismo ardor, negándose a caer con el mismo ojo incólume de soles que
trataban de brotar desde sus manos apoyadas en la tierra, en la roca,
gritando por hacerlo, gritando que falta mucho por hacer, por hacer, por
hacer...” Aquí no hay punto final. Porque en el momento que yo estaba
terminando esto, yo decía, esto no puede terminar, entonces lo dejo sin
punto final. En la primera edición un editor samaritano me lo pone,
pensando que se me había olvidado. La segunda edición la hicieron tan
inmediatamente que no me dieron tiempo de corregir la errata. Pero desde
la tercera salió sin punto final. Había una continuidad. En ésta
(“Las armas”...) hay otro símbolo, ya cuando la concluya verá. Que
es la idea de la recurrencia. En enero del ‘94 escribí un artículo que
apareció en la primera página de La Jornada el día 2. y que a mi juicio
conserva validez. En ese momento muchos intelectuales mexicanos no habían
leído nunca la palabra tzotzil y tzeltal y tardaron varios meses en
aprender a conocerlas. Mi primera reacción fue pensar “los
obligaron”... Es decir, por fin llegaron al colmo. No pararon hasta
conseguir que se levantaran los pueblos indígenas. Para mí fue como
llegar a la hora cero. No sabía a qué hora se había empezado la cuenta
regresiva, pero sabía que en Chiapas todo el mundo había hecho todo lo
posible para preparar, acelerar, fortalecer esa insurrección... Entonces
de primer momento creo que yo soy de los intelectuales mexicanos que puede
dar cuenta de qué es lo que está ocurriendo y por qué...
–¿Y qué hizo? ¿Se fue para allá rápido?
–Sí, bueno, había ido yo muchas veces allí.
–Pero todavía no estaba el EZLN. Por lo menos no formalmente...
–No formalmente pero ya estaba perfectamente organizado. Pero lo que yo
hago son conferencias, artículos. O sea, desarrollo más bien una labor
periodística, muy intensa, de explicación, como conferencista tanto para
la prensa nacional como para la internacional. En ese momento no había
muchos especialistas, digamos, ni en el tema guerrillero ni mucho menos en
el tema de las culturas indígenas y las insurrecciones indígenas. Fue un
trabajo muy intenso para mí en esa época. Y yo siempre he tenido
contacto muy cercano con comunidades indígenas de varias regiones del
país y pude ver cómo los lazos zapatistas estaban muy sólidamente, muy
cuidadosamente tendidos en una amplia zona del país. He participado en
todo lo que se ha podido a favor del zapatismo para explicar el mundo
cultural indígena, para explicar las necesidades de los cambios
constitucionales en materia de derechos indígenas. Y creo que gran parte
de mi actividad ha sido muy intensa desde el ‘94 para acá en esa área
política.
–¿Y cómo ve la situación actual del EZLN?
–Lo veo muy bien, sólidamente organizado, avanzando en más campos de
los que nos imaginamos. Porque tanto dentro del país como fuera no nos
dimos cuenta de la magnitud de la negativa que recibieron los zapatistas
como respuesta de Estado. Fue un “no” del Poder Ejecutivo, del
Legislativo, del Judicial. El Congreso dijo “no”, la Suprema Corte de
Justicia dijo “no”, el Ejecutivo dijo “no”. Después de la gran
marcha zapatista, la negativa de Estado marca un hito fundamental...
–Explíquelo para los lectores argentinos... ¿la negativa a qué
planteo?
–Al planteo de las reformas constitucionales para iniciar o reemprender
el diálogo entre la EZLN y el gobierno. El zapatismo propone tres
señales para reanudar el diálogo con el gobierno, interrumpido porque
después de la firma del tratado de San Andrés el gobierno mexicano
traiciona los acuerdos. Propone tres cosas, liberación de los presos
políticos del EZLN; movilización de siete puntos del Ejército, de más
de 300 enclaves de ocupación del Ejército y, finalmente, la reforma
constitucional de los derechos indígenas de acuerdo con el proyecto de la
CoCoPa, derivado de los acuerdos de San Andrés.
–¿Qué significa CoCoPa?
–Comisión para la Concordia y Pacificación de Chiapas.
–¿Y ahí se planteaba un proyecto de autonomía?
–Sí, autonomía, pero el término autonomía hay que entenderlo en
varios sentidos. Nosotros sabemos que pueden coexistir en un mismo
territorio ordenanzas municipales con el fuero común y con el fuero
federal. De lo que se trataría ahora es de ampliar nuestros conceptos de
estructuración política al territorio autónomo indígena, donde
tendrían vigencia todos los ordenamientos tradicionales, legales,
culturales, laborales, económicos del mundo indígena, sin que esto
implique una exclusión de las estructuras municipales, ni de las
estaduales, ni de las federativas.
–¿Y esto no lo ha cumplido el gobierno?
–No, no lo ha cumplido, ni lo han entendido ni lo quieren entender.
Porque hay una gran ignorancia respecto del mundo indígena en México,
pero también hay un gran racismo. Si mezclamos las dos, entonces tenemos
un país reacio, cerrado, intolerante. Por eso se organizó la marcha
zapatista (en febrero del 2001) y Marcos habló en el Congreso de la
Unión. Frente a esto la administración de Vicente Fox empieza a mandar
señales de absoluta falsedad, hipocresía y perversión. En la
liberación de los presos había presos del fuero común y del federal.
Conforme se liberaban presos del fuero común, Fox decía “Ya
cumplimos”. Este era un mensaje mediático para el país y encerraba un
mensaje muy claro para los zapatistas: “Te estoy engañando, te quiero
joder”. Luego, cuando se mueven los dos enclaves de las guarniciones
militares, esas guarniciones militares se reintegran en otras zonas de
Chiapas. Cada vez que se mueve un enclave, Fox dice “Ya cumplí. Ahora
que dialoguen”. De nuevo el doble discurso. Para el EZLN es el mismo
mensaje: “Yo estoy engañando a los demás, si tú no te quieres dejar
engañar allá tú, pero yo voy a actuar así”. Hay un momento en el que
Fox va a Chiapas y habla con un grupo de indígenas diciéndoles que
aceleren el diálogo, estos indígenas hablan en su lengua y tienen sus
ropas tradicionales y una traductora oficial. Muchos intelectuales,
comentaristas y periodistas creyeron que en efecto era una reunión con
indígenas representativos. Los zapatistas y algunos asiduos de Chiapas,
como yo, sabíamos que ese grupo era de funcionarios públicos del Estado
de Chiapas que estaban prestándose a un juego teatral del gobierno. Una
farsa. Bueno, este es otro mensaje mediático para el país pero muy
certero, muy claro para el EZLN: “Yo estoy montando una farsa”. A esto
se debe que el EZLN haya sido terminante cuando ve que la negativa y la
farsa no solamente son del Ejecutivo Federal, sino también del Congreso y
de la Suprema Corte. En ese momento, se dicen: “¡para qué hablar!”.
Recuerde que la Guerra de Castas transcurrió de 1840 a 1907 y el EZLN
lleva apenas diez años, no es nada. Para nosotros, cuando ellos hablan no
queremos oírlos y cuando no hablan queremos ver qué hacen. Cuando ellos
hablan, nosotros nos preguntamos “¿por qué no hacen tal cosa?” y
cuando no están hablando decimos: “¿Y por qué no hablan?” |
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