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| Quiero
que todo chico sea capaz de pintar un burro con la música", dice Daniel
Barenboim, con la vitalidad y la pasión de siempre. La educación de los
niños —sean palestinos, argentinos o europeos— es uno de los temas que más
preocupa al genial pianista y director. Barenboim acaba de celebrar sus
cuarenta años de relación artística con la Filarmónica de Berlín y de
recibir otro premio, la medalla Buber-Rosenzweig, por fomentar el diálogo
entre árabes e israelíes. En una entrevista con Clarín y otros medios extranjeros el argentino-israelí anunció su proyecto de abrir un jardín de infantes musical en Ramalá, Palestina. ¿Por qué un jardín de infantes? Siempre se dice que los jóvenes no van a los conciertos, pero nadie se ocupa de la educación musical, de explicar a los chicos que la música los enriquece como personas. La música no se puede incorporar si no se la conoce en el jardín de infantes o en la escuela. Invertir millones en publicidad para que la gente vaya a los conciertos no sirve. El problema es que la música ya no es parte de la vida social, sino sólo una especie de torre de marfil de gente que llegó por algún camino. Aquí en Europa los padres suelen comprarle a los bebés música clásica en versiones especiales, para que vayan escuchando... Usted habla de un contacto con la música en el que sólo se recibe. Pero sentarse a oír no alcanza. Es como aprender a leer pero no a escribir. Hay que saber tocar un instrumento desde chico. Tal vez yo siga siendo un niño... pero es que veo que se acabó la costumbre de hacer música en casa. Y el producir música da una sensación distinta. Los chicos tienen que buscar el contacto con ese mundo, desde lo emocional, lo sensorial o lo matemático, como quieran. ¿Es verdad que su hijo hace hip hop? Sí, quiere producir hip hop. Está obsesionado con eso. Pero aprendió de todo: piano, guitarra; sabe lo que es la sensación física de tocar. Por eso yo también sigo tocando el piano. El director es el único músico que no tiene el contacto físico con el sonido, sino con la capacidad y la voluntad de los músicos de la orquesta. ¿Y aprecia el hip hop de su hijo? Aprecio su pasión por lo que produce, su compromiso total, el hecho de que no esté sentado esperando que le llegue algo. Está apasionado y por eso hay que apoyarlo. Hay que ayudarlo a que su pasión sea satisfecha antes de que se vuelva negativa, porque la frustración es lo peor. Se suele sostener que el acceso a la música es universal, pero usted plantea que sólo se llega con formación... Claro que el acceso es universal, pero hay que darle contenido. La música no tiene nada que ver con la pasividad, tal vez sí con la contemplación. Pero es como con la pintura. Seguramente yo entendería mucho más si hubiera pintado de chico; a mí me gustaba más jugar al fútbol. Pero todos los chiquitos pintan algo, un burro por ejemplo. Yo quiero que todos los chicos sepan pintar un burro con la música. Está de moda el uso psicológico, terapéutico de la música. ¡Claro! En el medioevo se curaba mucho con música. El baile de la tarantela, por ejemplo, tomó el nombre de la tarántula, una enfermedad que se curaba bailando. Tal vez la música sea un medio más, como los antibióticos. La música está para todo el mundo, aunque haya miles de millones de personas que no comprendan que tienen acceso a ella. ¿No cree que la música tradicional y la regional podrían desaparecer por la invasión del pop? Le voy a dar un ejemplo de la gastronomía. Estados Unidos ganó la batalla cuando McDonald's abrió una filial en los Campos Elíseos, en París. Pero eso no mató a la cocina francesa. El problema con la música universal es que el pop norteamericano y europeo está avanzando sobre la música interesante. ¿Se puede hacer algo contra el reino de MTV y demás? Con el desarrollo tecnológico la gente adquirió hábitos como la radio, la televisión, el dvd, pero eso no debe ser a costa de la ocupación individual. Cada persona tiene la obligación y la felicidad de buscar algo más en sí mismo. El mundo de los sonidos pertenece a lo más profundo del ser humano y es una fuente de placer. En la Argentina, después de la crisis, parecería que la clase media volvió a encontrar la cultura como seña de identidad. ¿Le sorprende? La cultura tiene más significado cuando los tiempos son duros. En el subte de Moscú, y esto no quiere decir que quiera el regreso de la Unión Soviética, antes se veía a los pasajeros leer a Dostoievski y ahora se ve esa gente leyendo la Playboy. ¿Por qué es así? Porque la música ya no está en la educación. Y porque la gente ya no se preocupa por la música cuando tiene todo. Sólo se usa como instrumento de evasión de la realidad. No tengo nada en contra del gerente que vuelve a casa y se pone un cd para relajarse, pero la música se puede comprender mejor. Los alemanes hablan mucho de crisis. ¿Los ve leyendo más a Goethe? No, todavía no les va tan mal. (risas). La muerte del escritor palestino Eduard Said, el año pasado, fue para Barenboim "terrible en lo personal y también en lo intelectual". Su compañero de ruta en el taller de músicos árabes y palestinos East-West-Divan, entre otros proyectos, era "una persona extraordinaria que se movía con comodidad en la literatura, la filosofía, la política", dijo en Berlín. "No veo a nadie que lo pueda remplazar", destacó el músico, quien desde finales de julio dará una serie de conciertos en homenaje a Said en Sevilla, Londres, Ginebra y Jordania. ¿La nueva dimensión del terrorismo internacional hace más complicado trabajar por la paz desde la cultura? Tenemos que tener claro que la violencia no funciona ni estratégica ni moralmente. No se puede decir que los atentados son inaceptables pero comprensibles. En el caso palestino, tenemos que dar la posibilidad a las personas de tener una alternativa. ¿En qué medida colabora su taller de músicos árabes e israelíes, West-East Divan? ¿Por qué vamos a esperar que los políticos encuentren una solución? Tenemos que intentar conocer mejor al otro. La ignorancia es tan grande.... Por eso la idea del taller: juntar a gente que tiene al menos una pasión en común. Tal vez eso sea lo único que los una, pero es un comienzo. Que estén tocando en la misma orquesta, al mismo volumen, con entrega, es importante. Usted también lleva música a los chicos de Palestina como forma de acercamiento. Llevamos a cuatro profesores alemanes de música a dar clases a Ramalá. No sé qué les enseñan a esos chicos en otro momento, si les enseñan a ser terroristas suicidas o si los manipulan en la mezquita. Pero por lo menos van tres veces por semana a clases de violín. ¿Volverá a tocar a Wagner en Israel? Yo nací en la Argentina y me fui con nueve años. Por supuesto que no tuve experiencias con Wagner en Buenos Aires. Mi primer encuentro con Wagner fue en Tel Aviv, porque entonces no había censura, y las óperas de Wagner me parecían largas y aburridas. Comencé a tocarlas con 22 años y en 1979 o 1980 dirigí Tristán e Isolda, para lo que estaba muy preparado musicalmente pero no ideológicamente. Al cabo de dos semanas me di cuenta de que estaba tocando todas las partituras desde el punto de vista de la armonía de Wagner. A partir del 81 empecé a dirigir en Bayreuth. ¿Y volverá a esa ciudad? Nunca se puede decir nunca. Fui muy feliz en los 18 años que trabajé en Bayreuth. Pero llegó un momento en que pensé que tenía que terminar. El taller East-West-Divan, la educación de los chicos y tocar el piano hoy son para Barenboim, a los 61 años, las cosas más importantes más allá de sus obligaciones al frente de la Staatsoper Unter den Linden de Berlín. Hace poco anunció su decisión de no renovar el contrato como director de la Sinfónica de Chicago, que vence en 2006. "En Chicago me tengo que ocupar mucho de cuestiones que no son musicales", dijo Barenboim en Berlín. "Como no hay subvenciones dependo de la generosidad de los particulares. Y hay que estar recolectando fondos, explicándole a la gente la importancia de la música". |
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