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Página 12
Es uno de los principales novelistas y críticos
ingleses de hoy y, en su primera visita a Buenos Aires, se encontró con
sorpresas: argentinos que conocían toda su obra, una teatralización de una
de sus novelas que lo dejó impactado, una ciudad que le pareció “una parte
de Europa que llegó a la deriva y encalló en este estuario”. Impresiones y
reacciones de un visitante lúcido–Supongo
que sonará como preguntarle al Papa qué piensa de un país cuando acaba de
besar la pista, pero ¿qué le deja esta primera semana en la Argentina?
–Había leído sobre la Argentina antes de venir. Sabía muy poco de este país,
hasta que decidí venir a Buenos Aires. Es claro que no es algo típico de
América latina, aunque ¿qué es típico? En todo caso, esto tiene elementos
muy europeos en su aspecto. Me imagino que Colombia o Brasil deben ser
llamativos para un argentino con sus mezclas de culturas y de elementos
nativos y extranjeros.
–Aquí también hay una gran mezcla, pero sin el elemento africano.
–Es verdad, pero Buenos Aires me parece una ciudad de Europa del sur que
flotó a través del Atlántico y encalló en este estuario, y sus habitantes
recrearon el modo de vida que conocieron en su hogar, con sus cafés y
restaurantes, sus teatros, sus interminables charlas, su mucha cultura. Todo
es un poco exagerado. Y no me siento en el Nuevo Mundo...
–¿Y qué es el Nuevo Mundo?
–Bueno... no salí de Buenos Aires. En el mapa uno ve este inmenso conurbano
con un tercio de la población y después un gran vacío. No sentí que exista
un culto de la vida silvestre o de la frontera en esta ciudad, aunque leí
que existió pero ya no lo hay. Pero cuando uno va a Estados Unidos, ve que
la gente siente que necesita ir al campo, cazar, pescar cada tanto. Hay una
cultura de la naturaleza que permea la experiencia norteamericana. Aquí no
la encontré.
–La hubo, pero el mito del campo era fuerte en el siglo XIX y es débil hoy
en día. La idea de la Pampa, el horizonte abierto, estaba muy presente en la
literatura y el arte, pero se destiñó.
–Lo que parece más claramente ubicado en el estereotipo latinoamericano se
puede ver en los diarios y leyendo historia reciente, y es la violencia
política y la volatilidad, que francamente me asustan. En Europa o en
Inglaterra nunca vivimos algo ni remotamente parecido. Ahora es la
inseguridad y el crimen, la corrupción y las extravagancias de las cortes.
Uno abre el diario y se encuentra con que un policía de la brigada
antisecuestros es arrestado por cómplice en un secuestro. Ese tipo de
ilegalidad tan cercana, que puede afectarte sorpresivamente, que puede
amenazarte, es algo que no conocemos en Inglaterra, excepto por Al Qaida.
Aquí es algo con lo que la gente ya lleva conviviendo un cierto tiempo y me
asombra su flema: siguen viviendo sus vidas burguesas y cultivando las
artes, mientras esta locura lleva ya su tiempo y hasta afecta a alguien
cercano cada tanto.
–Supongo que es cuestión de percepción. La gente aquí asume que los ingleses
vivían con miedo por las bombas del IRA en los ochenta.
–No, no vivíamos con miedo en absoluto, no en Gran Bretaña. Aquí tengo la
sensación de que la ciudad es un centro privilegiado y que los suburbios son
lugares más violentos y amenazantes. Nunca había sentido eso.
–Cuando Graham Greene venía a Buenos Aires y se quedaba con Victoria Ocampo,
siempre le preguntaban sobre eso de escribir sobre el catolicismo en un país
protestante. Es el interés de una sociedad católica tratando de entender
cómo vive una minoría católica en un lugar como Inglaterra.
–A mí también me preguntaron bastante sobre el catolicismo en mis libros.
Tuvo una interesante discusión con un grupo de escritores jóvenes sobre el
lugar del catolicismo en la literatura contemporánea argentina. Me
sorprendió, porque había leído que los realmente practicantes no pasaban del
20 por ciento del país, como está por ejemplo en la guía Time Out. Pero la
mayoría de los escritores dijeron que la lealtad psicológica y cultural a la
iglesia es mucho mayor y más profunda de lo que esa cifra indicaría. Supongo
que ese número vendrá de cuántos van a misa. Uno de los jóvenes escritores
que conocí es un disidente que dijo que la Argentina no es realmente un país
católico, que la iglesia tiene demasiado poder e influencia, fuera de
proporción, y que la gente en realidad no cree. Le gritaron hasta hacerlo
callar, alguien dijo que el catolicismo todavía significa mucho aquí, que
nadie pensaría en casarse o bautizar a los hijos fuera de la iglesia. Fue
muy interesante. También dijeron que la anticoncepción todavía es un tema
para los católicos de aquí, mientras que ya no lo es para los de Inglaterra.
–Si mira cuántos van a misa, verá las iglesias llenas.
–En Inglaterra cada vez van menos. También en las anglicanas.
–Los católicos fueron perseguidos en Inglaterra hasta el siglo XIX...
–... los católicos no fueron perseguidos en el siglo XIX. Hasta el 1830
había ciertas limitaciones eliminadas por el Acta de Emancipación Católica,
como que no podían ir a ciertas universidades o votar. Entonces pudieron ir
a todas las universidades y votar, pero sus curas no los dejaban. Mi propia
religiosidad cambió mucho en mi propia vida. Ya casi nocreo en ninguno de
los artículos de fe. Creo que el lenguaje de la religión es metafórico y
trata las cuestiones metafísicas que todos tenemos, con religión o sin ella.
Obviamente, ¿por qué estamos aquí?, ¿qué sentido tiene todo esto? Soy
culturalmente católico y no quiero separarme de esa tradición, de la
historia, el arte y la cultura de la cristiandad. Entonces sigo siendo algo
así como un católico que va a la iglesia los domingos, lee el periódico
católico The Tablet y se interesa en cuestiones eclesiásticas. Pero la
naturaleza de mi fe cambió respecto de lo que veo como la ingenua y
supersticiosa fe en la que me educaron en los cincuenta y sesenta. Si se ve
mi obra cronológicamente, se puede ver que el tratamiento de la religión
refleja más y más una lectura tradicional, desmitologizada y metafórica de
la doctrina y las Escrituras. Me parece un material todavía fascinante
porque el mismo fenómeno de la decadencia de la fe me parece interesante. Me
encuentro del lado de los curas ante este fenómeno de tener que
reinterpretar la doctrina que aprendieron de un modo que tenga sentido en
una sociedad secular moderna. Escribí una novela entera, How Far Can You Go,
en 1981, sobre la extraordinaria velocidad de los cambios en el catolicismo,
comenzando con el Concilio Vaticano II. Quién sabe cómo va a terminar esta
historia. Hay una lucha de poder en la iglesia, una autoridad central
vaticana muy conservadora y todo tipo de iglesias pluralistas, eclécticas,
escépticas y también muy reaccionarias en la iglesia. Es material fascinante
para un novelista.
–Aquí la iglesia trata de competir con los evangelistas, que se mueven
rápido. Se ve sobre todo en las villas, donde la misión de los católicos es
tratar de imponer la fe...
–... frente a los grupos evangelistas financiados por los norteamericanos.
Sí. Volviendo a algo que me dijo antes, creo que Graham Greene también tuvo
un proceso similar de llegar a una posición más escéptica y agnóstica frente
a la religión que alguna vez describió en términos muy extremos en sus
novelas. Creo que el catolicismo siempre tuvo un lado exótico y glamoroso
para él. Lo estudió en situaciones extremas en países exóticos, como un
converso que vivía mucho en el extranjero. Eso es muy diferente a mi
experiencia. Yo nací católico y crecí en un ghetto católico de los
suburbios, baja clase media irlandesa. Curas irlandeses, maestros
irlandeses. Era en el sudeste de Londres, cerca de New Cross.
–En sus charlas usted describió su obra casi a la defensiva, al decir que no
quería escribir sobre expatriados, que es una veta inagotable para la
literatura inglesa.
–Es que yo viajé bastante poco fuera de Inglaterra, excepto por un par de
estadías medio largas en Estados Unidos, un año una vez, seis meses otra. No
conozco la experiencia de vivir, realmente vivir, en otro país, y creo que
para escribir sobre un lugar hay que vivir ahí. Lo más cerca que llegué fue
en Paradise News, de 1991, que trata sobre Hawaii.
–En Latinoamérica solemos ver al escritor como una figura política, aunque
no como un político. Esto nunca ocurrió en Inglaterra, lo cual es llamativo
porque la literatura inglesa es muy poderosa y muy leída, por lo que se
podría esperar que tuviera una dimensión política.
–Es verdad, nunca fue un aspecto de la escena literaria inglesa, con la
posible excepción de la década del treinta. Entonces hubo una moda del
fascismo y el comunismo y todos esos escritores a la moda, más que nada
chicos de buenos colegios, pensaron que la cosa era estar con el
proletariado, con la revolución, y escribir poesía, teatro y novelas
comprometidos. Es el único período en la historia literaria moderna inglesa
en que se puede decir que los escritores eran politizados. No sé si tuvieron
alguna influencia. George Orwell era muy escéptico respecto de estos
escritores de moda y los desguazó con gran eficiencia. El fue un poderoso
escritor político, precisamente porque no seguía ninguna moda sino una línea
independiente y propia que por mucho tiempo fue muy impopular. Con el
tiempo, él sí se convirtió en una influencia política muy grande, más que
nada fuera de Gran Bretaña. Fue un socialdemócrata, un centroizquierdista
totalmente opuesto al totalitarismo en cualquier forma, sea stalinista o
fascista, y tuvo grandes dificultades para que le publicaran Rebelión en la
granja. Después de esa fase, tenemos los Angry Young Men, en los cincuenta,
pero no tenían ideología, eran rebeldes más que revolucionarios. Desde
entonces, tenemos escritores que firman solicitadas de izquierda, marchan
contra alguna guerra, ese tipo de cosa. Supongo que casi todos hicieron eso.
Pero no hay una tradición en la vida literaria inglesa que le dé al escritor
una autoridad especial para hablar de asuntos públicos. En Europa
continental sí hay una tradición en la que la intelligentzia literaria
piensa que es su deber aceptado comprometerse políticamente. En Gran
Bretaña, la política es un asunto privado. Yo estuve en la universidad de
Birmingham por 27 años y todavía no conozco las ideas políticas de la mitad
de mis colegas. Yo mismo estoy interesado en la política y en tener
alusiones políticas en mis novelas, pero no estoy comprometido en forma
alguna.
–¿Qué escritores contemporáneos ingleses sobrevivirán?
–Es imposible predecir la posteridad si se habla de contemporáneos. Me
resulta obvio que autores como Muriel Spark, Doris Lessing, William Golding
y Anthony Burgess, que tienen en común estar muertos, van a sobrevivir. Pero
si hablo de mi generación, me pierdo. No puedo abrir juicio sobre mis pares.
No apostaría mucho por la reputación de Iris Murdoch durando mucho más,
aunque puedo equivocarme. Su enfermedad despertó mucho interés... debo ser
injusto. Es más fácil decir quién será olvidado que decir quién sobrevivirá.
Hay tantos escritores, es un ambiente masivo... A mí me encanta la obra de
Martin Amis porque me encanta cómo usa el lenguaje. Es posible que el poder
del lenguaje, del estilo, haga sobrevivir una obra cuando su contenido
social haya perdido actualidad e interés.
–A usted siempre lo confunden con Malcolm Bradbury...
–Siempre, y en los tres años que él lleva muerto se puso bastante morboso.
Malcolm fue mi amigo literario más cercano y fuimos colegas en la
universidad de Birmingham en los sesenta, hasta que él se mudó a la de East
Anglia. Eramos de la misma edad, yo soy apenas dos años menor. Combinábamos
las profesiones de profesor de literatura y novelista. Los dos escribimos
sátiras sobre la vida académica, compartíamos editorial y agente. La gente
confunde a los escritores. Es algo deprimente enterarse que a veces le
atribuyen mis novelas a él, y las suyas a mí. Después de su muerte, el
catálogo de una muy conocida librería ofrecía uno de sus libros bajo mi
nombre... ¿o era uno de los míos con el suyo? No me acuerdo. Hasta una vez
llamó un hombre que quería pagarle una apuesta a Malcolm y preguntó si yo
era Bradbury. El era un protestante secularizado y yo un católico
secularizado, imaginaciones diferentes que resultaron en obras que si se las
lee con atención se notan muy diferentes. Y aun así nos confundían porque
algunos de nuestros libros están ambientados en lugares similares y porque
tuvimos carreras similares.
–¿Qué le pareció la adaptación de su novela Terapia, de 1995, a la escena
porteña?
–Me siento frustrado porque no hablo castellano, aunque obviamente conozco
el argumento y leí una traducción de la adaptación. Entonces, me doy cuenta
de qué trata cada escena, pero para un escritor el placer del teatro es
sentarse entre el público y ver a la gente reaccionando línea por línea a lo
que uno creó, a los personajes que uno inventó. Un novelista no puede hacer
eso. Uno puede espiar a los lectores. No pude hacer esto esta vez, excepto
ocasionalmente, cuando sabía exactamente qué decía un actor. Pero en muchos
casos veía que la gente se reía pero no podía saber exactamente por qué, lo
que es frustrante. Yo había leído una versión temprana de la obra, pero no
sabía qué esperar de la producción. Quedé deleitado, realmente, con la
teatralidad de la puesta. La puesta es de una gran imaginación, con un gran
espacio redondo, que prioriza las actuaciones. Es casi cinematográfica por
sus cortes de escena a escena,usando luces. Tengo muy presentes las
dificultades y tecnicismo de la puesta porque hace años que estoy tratando
de adaptar esa novela al cine. Generalmente, en una novela hay demasiado
material para apenas dos horas, por lo que hay que ser preciso en los
cortes. Sentí que el final de la obra, cuando el héroe decide que tiene que
encontrar a su novia de la adolescencia, con la que todavía se siente
culpable por abandonarla y la que sigue por el camino de Santiago de
Compostela, quedó un poco apurado, sin muchas explicaciones al público. Creo
que Gabriela Izcovich lo hizo así porque había cortado todas las partes para
que la novela entrara en un tiempo razonable, después de un taller de
ensayos de un año. Por lo tanto su parte, la de la novia ahora madura,
también tenía que cortarse. Creo que Gaby fue demasiado salvaje en los
cortes de su parte. Pero aparte de eso, creo que funcionó muy bien. El
espíritu y el tono de mi novela, muy ingleses, son bastante diferentes a la
obra. Los personajes se expresan de modo oblicuo y si se enojan, se lo
guardan. Los argentinos, en parte porque están en un escenario, en parte por
el estilo local de actuación y en parte por temperamento, son más frontales,
más volátiles emocionalmente, más confrontativos. Comparando con lo que veo
en la calle, veo que el lenguaje corporal es muy argentino. La comedia es
probablemente más una farsa con los ingleses que en la novela. O sea, no es
mi novela, pero no podría ser otra cosa. Es una genuina obra de arte,
Gabriela es una artista seria. Estoy asombrado de cuánto teatro se hace en
Buenos Aires, es un notable desarrollo post-crisis. Parece como una terapia.
–¿Está acostumbrado a leer frente a un público?
–Sí, ya es una costumbre literaria inglesa en el curso de mi carrera. Cuando
empecé con mi primera novela, en 1960, los novelistas ingleses no leían en
público. Lo hacían los poetas, no los novelistas. Los poetas tenían
festivales que llenaban el Albert Hall si los nombres eran importantes. Yo
empecé a leer en público en los setenta, y en los ochenta el tema despegó.
Hoy es parte establecida de la cultura literaria, los editores esperan que
cualquier novelista que sea mínimamente conocido recorra el país y lea en
librerías o festivales. Yo ya leí ante públicos de cuatrocientas o
quinientas personas, generalmente en lecturas seguidas de debates |