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Página 12 - 0804
- Fenómeno Blumberg "No me gusta el autoritarismo cool"
El juez de la Corte Suprema Argentina, Raúl Zaffaroni, quiere que se hable
de infractores a la ley y no de enemigos, porque sostiene que usando la
lógica de guerra no se soluciona ningún problema. Argumenta que los
derechos humanos son para la humanidad, y que violar los derechos humanos
sería que el Estado decidiese abstenerse de combatir el delito
Aunque se negó a
discutir políticas concretas sobre seguridad o los detalles de las
propuestas de
Juan Carlos Blumberg, el ministro de la Corte Raúl Zaffaroni aceptó
desplegar sus ideas sobre la seguridad y el sistema penal en medio de la
discusión más aguda de los últimos años.
–¿La Argentina es hoy más insegura que hace seis meses?
–No tenemos un monitoreo serio respecto de la situación criminal en la
Argentina. Toda afirmación que se haga surge de una sensación térmica.
–Pero la sensación térmica existe.
–Claro que existe. Sin embargo, no siempre responde a lo que pasa en la
realidad.
–¿Usted dice que la realidad marca una situación de seguridad envidiable?
–No. Yo digo que hay que ser serios, sobre todo a nivel de las
instituciones. Aunque haya delito, el grado de sentimiento de inseguridad
no necesariamente es un reflejo mecánico de la frecuencia delictiva. O sea
que por un lado me parece que existe un mayor sentimiento de inseguridad.
Y por otro lado es poco lo que se puede decir si uno quiere ser serio.
–¿A qué se debe el aumento del sentimiento de inseguridad?
–Normalmente responde al tiempo que se dedica en televisión a la noticia
roja, de sangre, y en menor medida a los metros cuadrados de la prensa
gráfica. La velocidad reproductiva es tan vertiginosa que impide los
baches que antes daban espacio a los discursos críticos. Todo pasa como si
fuese necesario producir enemigos, descartarlos y reemplazarlos de manera
permanente.
–¿Usted dice que los medios de comunicación son responsables de la
percepción de inseguridad?
–Simplemente registro un hecho. Los medios transmiten noticias. Y como
ocurre con todas las noticias en todos los medios, los editores pueden
jerarquizar algo y darle menor extensión e importancia a otra cosa. Usted
lo sabe: se trata de más espacio o de menos espacio. Si ese mayor o menor
espacio está en relación con una mayor o menor frecuencia delictiva es
algo que no le puedo decir seriamente. Con lo cual estoy afirmando que me
gustaría que el Estado dispusiera de instrumentos de medición que hoy no
tiene. Pero vamos a una explicación que me parece más profunda. La
polarización de riqueza que provocó la economía globalizada deterioró
gravemente a las clases medias, volviéndolas anómicas. Por eso reclaman
normas, pero no saben qué normas. Son anómicos patéticos, que claman por
normas y en su desconcierto acaban encolumnándose detrás del discurso
autoritario simplista del modelo norteamericano, que viene con el
prestigio de una sociedad que envidian y admiran.
–¿De qué modelo norteamericano habla?
–Hay un discurso penal de los republicanos duros, desde 1980, con Ronald
Reagan de presidente. Y es bien simplista. Uno, más penas para proveer más
seguridad. Dos, los delincuentes no merecen garantías. Tres, guerra a la
criminalidad que, por supuesto, también es sucia. Cuatro, los delincuentes
violan derechos humanos. Cinco, buscar la reelección rodeándose de
fotografías de los ejecutados a quienes no se les conmutó la pena de
muerte. Seis, un exitoso candidato a presidente cierra su campaña
mostrando la placa de un policía muerto. Siete, un alcalde invirtió
grandes sumas en mejorar el servicio de seguridad, depuró buena parte de
la corrupción policial y actuó en tiempo de pleno empleo, pero pretende
que su éxito estriba en la tolerancia cero y explica simplezas a
ejecutivos latinoamericanos que le pagan millones.
–¿Ese discurso dice usted que impera también en la Argentina?
–Cuando algunos políticos advierten que esa forma de ver las cosas
satisface a las clases medias en decadencia, no es raro que se apoderen de
ese discurso y hasta se lo disputen. Como el político que pretenda
confrontar con este discurso será descalificado y marginado, si no lo
asume por cálculo electoralista lo hará por temor. Así es como algunos
quieren imponer el discurso único del nuevo autoritarismo. Y apelan a
supuestos “especialistas” que, como le decía antes, no disponen de datos
empíricos serios. Son “opinadores libres” que reiteran el discurso único.
Se vende la ilusión de que sancionando leyes que repriman desmesuradamente
a los pocos vulnerables y marginados que se individualizan y aumentando la
arbitrariedad policial, legitimando directa o indirectamente todo género
de violencias incluso contra quienes objetan el discurso publicitario,
habrá mayor seguridad urbana contra el delito común. Esto se hace
magnificando la inseguridad, y le aclaro que no estoy definiendo que no la
haya.
–¿Qué impacto tiene esa magnificación?
–Proclaman la existencia de una pretendida impunidad, de una lenidad
generalizada. Y el metamensaje es curioso: incita públicamente a los
excluidos a cometer delitos.
–Una paradoja.
–Sí. Algo así como “delincan que no pasa nada”. Al final, los resultados
terminan no importando. Se trata de enviar mensajes que se toman como
verdaderos sólo porque tienen éxito publicitario. Sirven para transformar
una convicción en un prejuicio: un mundo que se desordena se puede ordenar
con disciplina impuesta con represión.
–¿Usted carece de una sensación térmica propia?
–Sería irresponsable hablar de mí mismo. Equivaldría a contribuir a un
debate donde ninguno tiene una pauta objetiva sobre la cual opinar. Hay un
hecho cierto, una regla general de la que nuestro país no puede ser la
excepción. Con desempleo y recesión, y en la Argentina no hay recesión
pero la hubo durante cinco años y las consecuencias son millones de
excluidos, aumentan los delitos contra la propiedad y se potencia todo
género de conflictividad. Esa es una regla universal.
–¿Coincide con la respuesta del Gobierno de mayor coordinación entre las
fuerzas federales y la provincia de Buenos Aires?
–No me haga hablar de políticas concretas. Soy un ministro de la Corte.
Prefiero no opinar acerca de cuestiones que se convirtieron en
abiertamente políticas.
–En la primera marcha de Juan Carlos Blumberg usted dijo que se compadecía
de él pero que un enfermo sometido a una mala operación no necesariamente
sugiere una buena praxis médica.
–Le voy a decir exactamente lo que pienso, actualizado a los últimos días.
Nunca estuve enfermo de cáncer pero comprendo el dolor ajeno. Me
solidarizaría con cualquier enfermo de cáncer. Más aún. Si no le diesen
tratamiento, o si el tratamiento fuese inadecuado, saldría con él a
pedirlo. Pero si el enfermo me dice que el tratamiento adecuado es la
yerba de Doña María, y que por el solo hecho de sufrir, él sabe más que el
oncólogo, yo no lo seguiría. Porque la yerba de Doña María no sirve, no
salva.
–Piensa lo mismo que antes de la marcha de abril.
–Lo mismo. Es un criterio general que aplico.
–Doctor, ¿de qué se habla cuando se menciona el crimen organizado?
–A mí no me gusta como categoría. Es muy abstracta. Abarca una serie de
fenómenos criminales dispersos, desde el lavado de dinero hasta la
actividad de una banda de secuestradores. No sirve para nada. Si soy el
Estado, tengo que prevenir el delito atendiendo a las particularidades. Y
una categoría inaplicable no sirve para la prevención. Ya que está de moda
comparar todo con la medicina, nunca buscaría una categoría que me junte
el SIDA con el cáncer. Solo conseguiría que fuese imposible tratar nada.
–Pero hay un factor común: participa el Estado.
–Siempre que hay actividades de crimen como el lavado y el secuestro a
gran escala hay un fenómeno de corrupción en el Estado. Eso es cierto. Y
destruye las instituciones, incluso la policía, como pasó en los últimos
años en América latina.
–¿De qué manera?
–Se autonomizaron las cúpulas de las fuerzas de seguridad y se profundizó
su corrupción. Cuando a las instituciones armadas se les da más ámbitos de
arbitrariedad ganan poder político, o para dar un golpe de Estado o para
presionar a las autoridades democráticas. Es como enviciar a las fuerzas
de seguridad y destruirlas como instituciones. Los peores costos los pagan
con su integridad física los estamentos inferiores, con salarios
degradados, autoritarismo interno, riesgos altísimos, anomia profesional,
carencia de información, desprestigio público, aislamiento social y falta
de condiciones para debatir horizontalmente sus condiciones laborales. Ese
tipo de políticas fortalecen el Estado de policía y debilitan el Estado de
derecho.
–¿Qué es el Estado de Derecho?
–El Estado de Derecho ideal es en el que todos estamos sometidos por igual
ante la ley.
–¿Y el Estado de policía?
–Aquel donde nos sometemos a la voluntad del que manda. Invariablemente
dentro de todo Estado de Derecho queda siempre un Estado de policía que
pugna por romper el Estado de Derecho. Es una dialéctica permanente. Una
lucha que no tiene fin.
–Usted habló antes de la búsqueda de enemigos. ¿Quién es el enemigo?
–Va cambiando. Un día son los secuestradores. Otro día los violadores.
Después los asaltantes. Siempre hubo enemigos. Pero duraron más. Las
brujas fueron un enemigo durante 300 años. Acá cambian una vez por semana.
–Pero, ¿qué es el enemigo?
–Planteado así, una construcción. La sucesión de enemigos aumenta la
angustia y reclama nuevos enemigos para calmarla, porque nunca termina de
conseguirse el chivo expiatorio adecuado.
–¿Es un círculo vicioso?
–Algo así. Todo se potencia de forma circular. Se impone una propaganda
puramente emocional que prohíbe denunciar.
–¿El que critica es como un enemigo?
–Sí. Mire, a mí se me ocurre caracterizar este autoritarismo con la
palabra que usan los jóvenes para señalar lo superficial, lo que está de
moda, lo que se usa distraídamente: cool. Nació un autoritarismo cool,
fashion. Y no me gusta. A veces ni se lo asume como una convicción
profunda. Es una moda a la que es necesario plegarse sólo para no pasar
por anticuado o desubicado. Cuidado con el autoritarismo fashion.
–¿La construcción del enemigo es irreal?
–Bueno, toda construcción tiene algún dato de realidad.
–¿Está mal que la sociedad se plantee la existencia de enemigos a
combatir?
–Sí.
–¿Acaso no hay enemigos?
–Hay infractores. Y no le estoy sacando gravedad a cosas tan tremendas
como el secuestro y la violación. Solo digo que no se puede pensar que el
delincuente es como un soldado enemigo en la guerra.
–¿Y por qué estaría mal pensar eso?
–Por una razón práctica: porque no solucionaremos nada. La idea del
enemigo es la idea de alguien que está afuera de la sociedad. Alguien que
agrede a la sociedad desde afuera de ella. Así se quiere sacar un sector
desde dentro de la sociedad y quitarle su condición de persona. El tema
tiene dos costados. Uno es que se busca habilitar al Estado para hacerle
cualquier cosa al que está “afuera”. El otro es que no se resuelve ningún
problema. El poder ilimitado nunca soluciona nada. Y además, ¿quién define
al enemigo? El Estado de policía habla de enemigos, y esa definición
suelecambiar arbitrariamente. El Estado de Derecho tiene en cuenta
infractores a la ley, no enemigos. Lo contrario sería caer en los extremos
tremendos del siglo XX.
–¿El nazismo?
–No solamente. Los soviéticos consideraban “parásitos” a los tipos
peligrosos. Los nazis, “subhumanos”. Los fascistas, “enemigos del Estado”.
Y todos crearon un verdadero sistema penal paralelo con tribunales
inquisitoriales/policiales. Los nazis fueron más crueles, pero eso no
excluye otras atrocidades ni obsta a que en el fondo hubiese una base
ideológica común en lo penal.
–¿Cuál era?
–Se la defino inventando una palabra: “peligrosismo”. Era el peligrosismo
médico/policial, una forma de racismo que venía del siglo XIX. Los
autoritarismos ejercieron su poder represivo en forma genocida. Crearon
sistemas penales subterráneos, con desapariciones, torturas y ejecuciones
policiales, individuales y masivas, sin base legal alguna. El Holocausto
no tuvo base legal ni siquiera en el nazismo, como no fuera el bochornoso
Führerprinzip. La eliminación de los prisioneros polacos por el stalinismo
tampoco la tuvo. La famosa noche de los cuchillos largos no fue más que un
asesinato selectivo de disidentes.
–¿No exagera al comparar la discusión actual con regímenes autoritarios?
–No la comparo. Explico el caso extremo de la búsqueda de enemigos.
–¿Siempre existió la búsqueda de enemigos?
–Como discurso se impuso en el siglo XIX, con Rafael Garofalo, y en el XX
con Carl Schmitt, pero buscar e identificar enemigos fue una tarea
permanente del poder punitivo en los últimos ocho siglos. El soldado de
otro país es el enemigo externo. El delincuente es el enemigo interno. Por
eso suele ser visto como una especie de “quinta columna” que quiebra la
homogeneidad. Si uno define, como Schmitt, el poder como la capacidad de
identificar al enemigo, entonces no habrá ninguna posibilidad de utilizar
el poder para dar vigencia a los derechos humanos.
–¿Por qué no?
–Porque los derechos humanos no tienen “enemigos”. Abarcan a toda la
humanidad. El poder ni siquiera puede ser utilizado para dejar fuera de la
humanidad a quienes violen los derechos humanos.
–Blumberg dijo en el acto de Congreso que los organismos de derechos
humanos defendían los derechos humanos de los delincuentes.
–No quiero centrarme en el señor Blumberg. Estoy hablando conceptualmente.
–¿Cuál es su concepto?
–Que efectivamente los derechos humanos son de todos los ciudadanos.
–¿Robar es violar los derechos humanos?
–No, es cometer un delito. Para hablar de los derechos humanos el único
sujeto activo es el Estado.
–¿No hay relación entre violación de derechos humanos y delito?
–Sí que hay. Cuando el Estado no hace nada.
–Uno podría decir: “Hay muchos robos. Ergo, hay violación de los derechos
humanos porque el Estado no se preocupó de evitar los robos”.
–Eso no significa que el Estado no hace nada, que disolvió las policías
como si ante una epidemia cerrara los hospitales. Se puede discutir cómo
lo hace, pero claramente hay una preocupación por resolver el delito. No
escuché a ningún funcionario decir: “Si te roban, embromate”. Eso sería
violar los derechos humanos por omisión. No sucede.
–¿Y usted cree que el Estado hace todo lo que puede?
–Nunca se hace todo lo que se puede. Pero veo policías funcionando. Y veo
preocupación por cómo prevenir. Igual, no me haga hablar de políticas
concretas. No quiero ser imprudente.
–Su imprudencia llega solo a hablar del autoritarismo cool.
–No, no es imprudencia. Es una lucha por sostener con firmeza los
principios del derecho penal liberal y oponerlos al derecho penal cool.
Quiero el fortalecimiento de la independencia judicial y el respeto a los
jueces y sus decisiones. Exijamos responsabilidad institucional a nuestros
políticos. Y no censuremos a nadie, pero ampliemos la libertad de
expresión y de comunicación hasta poder confrontar públicamente por los
mismos medios el actual discurso único del autoritarismo cool.
–¿Lo suyo es la guerra?
–No. Ya le dije que la guerra pone el problema afuera. Lo mío es una lucha
contra la injusticia. En el sentido en que estuvimos hablando, no tengo
miedo de mostrarme “anticuado” o “impopular” para no ser cool. Yo critico
a los políticos que se montan en el aparato autista que le describí y
sancionan leyes penales y procesales autoritarias y violatorias de
principios y garantías constitucionales. O prevén penas desproporcionadas,
que a veces no pueden cumplirse porque exceden la vida humana. O reiteran
tipificaciones y agravantes en marañas antojadizas. O desarticulan los
códigos penales, convierten la prisión preventiva en una pena y terminan
desconcertando a los tribunales. Si los políticos de América latina se
dejan llevar por la amenaza de una publicidad negativa, van a provocar el
mayor caos legal autoritario de la historia penal desde la independencia
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Página 12 - “No estudié Derecho sólo para hacer
libros”
En la primera entrevista extensa que
concedió tras ser postulado por el Presidente para la Corte Suprema de
Argentina, Zaffaroni habló de la tensión entre el Estado de Derecho y el Estado de
Policía, explicó por qué cuando domina el primero hay seguridad
jurídica, contó qué lo decidió a meterse en política, calificó la
Corte de Menem y hasta dejó una primicia que explica la afinidad con el
Presidente: como Kirchner, es de Racing.
Está de mudanzas. Pasará de su PH en Pujol al 800 a una casa más
grande, mucho más grande, que compró y está refaccionando gracias a sus
trabajos actuales: la dirección de doctorados en el exterior, dictámenes
especiales para abogados de Brasil o Paraguay, conferencias en Italia o
Alemania. Eugenio Raúl Zaffaroni (porteño, 63) debe esquivar alguno de
sus 20 mil libros y sus dos siberianos antes de sentarse frente a Página/12
y confesar su asombro.
–¿Usted quería ir a la Corte?
–Nunca me lo había planteado.
–¿No quería o le parecía imposible?
–Nunca creí que un Gobierno designara en la Corte a un jurista del
Derecho Penal liberal.
–Obviamente, y sorpresa aparte, le interesa la Corte.
–Sí, lógicamente. Es una carga pública. Cuando a uno le ofrecen una
cosa de esas no puede decir que no, ¿no?
–¿Por qué no?
–Porque en la vida no se puede histeriquear. Uno está siempre
edificando y haciendo cosas. Cuando le ofrecen el espacio tiene que
ocuparlo. Es una obligación moral aunque a uno no le convenga en algún
punto.
–¿En cuál? ¿Dinero?
–No. Pérdida de tranquilidad. Un horario de dedicación. Yo hoy vivo
bastante cómodo, viajo, hago lo que me gusta, produzco, escribo. La Corte
sería un cambio de vida. Pero de nuevo: asumiré ese cambio de vida. Si
uno rechaza el espacio esquiva una responsabilidad. Y yo siempre las asumí.
Cuando hice política creí que tenía que estar en la Constituyente. Creí
que tenía que tener un papel en la Constitución de la Ciudad de Buenos
Aires. Creí que tenía que integrar la legislatura fundacional de la
Ciudad. Uno no se dedica a estudiar Derecho solo para escribir libros sino
para mejorar la calidad de las instituciones. Con ese se contribuye a
mejorar la calidad de vida de la gente.
–¿Cuál es la motivación política para ir a la Corte?
–Integrar el tribunal que encabeza el Poder Judicial y sin duda baja una
línea teórica a ese poder. La Corte marca una impronta, aunque no sea
como en los Estados Unidos, donde las cortes delinean y definen claramente
la Constitución. Allá las cortes marcan épocas. Sería sano que comenzásemos
esa práctica. Sería un desafío interesante. Se dice: “La constitución
es lo que los jueces dicen que es”. Es así. La Constitución, sin un
tribunal que garantice la supremacía de la Constitución frente a toda la
legislación de menor jerarquía, no es nada. No hay Constitución sin
control de constitucionalidad de las leyes, o si cualquier ley viola la
Constitución. Desde la Corte se configura un modelo de Estado. Sería
bueno que de acá en adelante los debates en la corte sean debates por
razones ideológicas y no por cuestiones políticas o coyunturales.
–Una vez le pregunté al presidente de los abogados británicos cómo se
decía “seguridad jurídica” en inglés, y me dijo que el término no
existe.
–Ellos usan el rule of law.
–El imperio del Derecho.
–Sí, y con eso les basta. Por eso hablo de Estado de Derecho.
–¿Cuál es su modelo de Estado?
–El Estado social de Derecho. Suena muy socialdemócrata decirlo así...
–¿Usted cree que eso está mal?
–No, de ninguna manera.
–¿Qué es para usted el Derecho Penal liberal?
–En el Estado hay una dialéctica permanente. No hay un Estado de
Derecho perfecto en que todos seamos iguales ante la ley. Eso no existe y
no existió nunca. Lo que hay es como dos tipos ideales de Estado. De un
lado el Estado de Derecho con igualdad ante la ley. Del otro, el
EstadoPolicía donde todos están sometidos al que manda. Y es una dialéctica
constante. Todo Estado de Derecho real, histórico, tiene encerrado
adentro suyo un Estado de Policía. En la medida en que el Estado de
derecho se debilita, emerge el Estado de Policía. En la medida que el
Estado de Derecho se fortalece, lo encapsula más al Estado de Policía,
pero nunca lo suprime. Bien. La función del Derecho Penal es ponerles
coto a las pulsiones del Estado de Policía que hay adentro del Estado de
Derecho. En este sentido el Derecho Penal es un apéndice de derecho
constitucional. Por eso hablar de un derecho penal garantista es absurdo.
–¿Por qué absurdo?
–Es que, o hay un derecho penal liberal, o hay un derecho penal
autoritario.
–¿Hablar de garantismo qué es? ¿Redundancia?
–Es tautológico. Salvo que uno se confiese partidario de un Estado
autoritario.
–¿Qué componente del Estado faltó en la Argentina?
–El de Derecho, tanto en dictadura como en otros momentos. Llevamos 20 años
de democracia, pero 20 años son pocos en la vida de un país.
–¿Cuál es el Estado más seguro de los dos?
–El de Derecho. Uno sabe que el poder de castigar tiene límites. El
Estado no se mete en casa, no mata ni quita la propiedad arbitrariamente.
Eso es la seguridad jurídica. Desde la perspectiva autoritaria se
confunde seguridad jurídica con otra cosa y entonces se engaña a la
gente. Se le dice que la seguridad viene de reforzar el poder punitivo. Al
final, se consigue perder todos los bienes jurídicos. Se llega a la pérdida
total de la seguridad. Es mentira que haya más seguridad entregando
derechos y garantías. Lo que habrá es más abuso de poder. Y de paso
quedarán destruidos los organismos policiales. Puede haber un Estado sin
Fuerzas Armadas, pero no uno sin policía. Si se conceden a la policía
facultades arbitrarias, se le abre el espacio de corrupción. Y el espacio
de corrupción es la antípoda de la eficacia.
–¿De que tiene que ser independiente la Corte Suprema?
–Debe estar separada del Poder Ejecutivo. No hay poderes independientes,
hay un sistema de pesos y contrapesos. Todos los poderes integran el
gobierno. La Corte también tiene una función política, no partidista,
no puede ser un poder marciano.
–¿Usted se define como kirchnerista?
–No. Nunca fui partidario de hombres o de mujeres en política. Además,
para ir a la Corte la cuestión no es ser de Boca o de River.
–Tratándose de Néstor Kirchner, de Racing. ¿Usted es de Boca o River?
–No, de Racing.
–Ah, bueno, ahí se entiende la designación. ¿También es peronista?
–Nunca fui militante del Partido Justicialista, pero siempre me atrajo
el peronismo por su sentido social. Juan Perón le dio protagonismo a una
clase social marginada, como Hipólito Yrigoyen abrió el juego antes a la
clase media.
–Usted estuvo en contra de la obediencia debida...
–Tengo artículos escritos. Eso no me invalida. Si no, cualquier tipo
que tuviera un tratado de Derecho constitucional no podría ir a la Corte.
Pero a partir de que el Presidente me propuso para integrar la Corte y
puedo llegar a fallar sobre alguno de estos temas prefiero no
particularizar.
–¿Puede negociarse un fallo políticamente?
–No es nada bueno. Es decir: una cosa es tener prudencia política y
otra cosa es tener la noción de que declarar la inconstitucionalidad de
una ley es un recurso extremo.
–¿Qué es prudencia política?
–Es no generar un conflicto político insoluble ni dificultades que
afecten directamente la gobernabilidad o causen un caos social. En ese
caso hay que pensar más de una vez, porque uno no vive escribiendo
fallosabstractos ni está en un laboratorio. Nosotros no tenemos un
tribunal político de control de constitucionalidad separado de la cabeza
del poder judicial. Tenemos un sistema difuso de control de
constitucionalidad. Todos los jueces controlan la constitucionalidad y la
Corte es la última instancia.
–¿Entonces la Corte de los años de Carlos Menem fue demasiado
prudente?
–Bueno, hubo cierta consustanciación con toda una política económica
que no puso los límites cuando debió haberlo hecho. Una política económica
que nos llevó a la catástrofe.
–¿Es marxista, doctor Zaffaroni?
–No. Nunca lo fui, aunque naturalmente no niego la dimensión de Carlos
Marx como hito del pensamiento. Filosóficamente estaría más cerca del
existencialismo, del Martin Heidegger de El Ser y la Nada.
–Acabo de ver en su escritorio un libro sobre las cárceles y los
castigos en la Francia del siglo XIX.
–Pero no me la paso leyendo Derecho o libros de criminología. Leo
Gabriel García Márquez y Jorge Amado. Y soy un lector permanente de la
Divina Comedia. La releo constantemente y voy encontrando cosas nuevas.
Ojalá se escribiera algo igual para el siglo XXI. O leo Joseph Stiglitz,
el Nobel que cuestiona a los organismos financieros internacionales. O
leo, y esto sí es Derecho, Hanz Welzel, un penalista de la época de la
reconstrucción alemana de la posguerra. Cuando con otro jurista, Enrique
Bacigalupo, trajimos las cosas de Welzel a la Argentina en los ‘70
fuimos acusados de comunistas. Les molestaba un teórico que pusiera límites
a las leyes.
–Si fue la posguerra, le ponía límites al resurgimiento nazi.
–Y a los que acá hablaban de comunismo o marxismo se les caía la
estantería abajo. Hace poco hicimos una evaluación de ese movimiento
alemán en un seminario en Nápoles y los italianos y los alemanes a
quienes les conté la reacción contra Welzel se murieron de risa. Pero la
reacción en la Argentina no era ingenua. Welzel es realista. A medida que
uno se acerca a la realidad y la describe en detalle y en profundidad
también describe cómo funciona el poder punitivo. Entonces, hay cosas
que no se pueden sostener jurídicamente porque no van con la realidad. La
salida equivocada, en esos casos, es inventarse el mundo. Lo real es
fallar una sentencia que tenga efectos sobre el mundo real. Por eso Welzel
les resultaba peligroso.
–Era como el garantismo de hoy.
–Sí, pero antes decían “marxista” y mataban.
–Doctor, ¿no está mal ser ministro de la Corte habiendo hecho política
partidaria?
–No es incompatible. La incompatibilidad sería continuar haciendo política.
En mi caso, por otra parte, hice política partidaria en el Frepaso. Es un
partido que ya no existe. Entonces, ¿está mal hacer política? Alguna
gente me lo dijo en ese momento. “¿Para qué se mete?”, me
preguntaban. “Se va a ensuciar, va a perjudicar su imagen.” Pero yo no
vivo para mi imagen. Uno vive para dar cosas. La imagen se forma después
de la muerte, cuando la gente evalúa la vida del que murió. A mí me
gusta el modelo judicial italiano, y allá el paso entre el Poder Judicial
y la política es muy fluido. Pero el sistema judicial funciona porque ni
el ascenso ni la remoción ni los nombramientos dependen de los partidos
políticos. Son mecanismos cruzados y concursados. Ahora, tener ideología
no está mal, ¿no? La convivencia de distintas ideologías es la que
garantiza el pluralismo
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