Por Blanca Berasátegui
030403
Naturalmente, el clamor de
fuera llega hasta dentro, hasta el centro mismo de la melancolía expansiva
de Fernando Lázaro. También él está en contra de esta guerra innecesaria.
-Si tuviera menos años yo también
habría ido a la manifestación contra la guerra. Creo que sí. Me hubieran
aterrado un poco esos grupos de vándalos, pero sé que han sido una pequeña
minoría. No veo justificación, es un error absurdo, tremendo. El gobierno ha
cometido una enorme sucesión de errores... hasta mis nietas han ido a la
manifestación. No sabemos todavía lo que España puede llegar a obtener con
esta decisión, algo ha tenido que prometernos Estados Unidos, algo, no sé,
tal vez el silencio marroquí... quizás algo más... Pero matar a millares de
personas para sólo obtener eso...
Fernando Lázaro Carreter no está
precisamente contento esta mañana. A la situación política mundial, que le
preocupa y mucho, se ha unido la muerte del amigo. Domingo Ynduráin era
muy hijo de Lázaro Carreter y cuando le recuerda su voz se ahila más
todavía, hasta que desaparece: "He asistido desde hace treinta años a todos
los acontecimientos profesiones de la vida de Chomin, era un tipo
extraordinario".
Dice Lázaro Carreter a estas alturas
que ni la Academia ni nada: que su mayor satisfacción es su larguísima
carrera de docente en la universidad española y el montón de libros de texto
que han circulado por ahí, entre las generaciones de estudiantes: "Donde
quiera que voy, se me acercan montones de personas para decirme que han
aprendido en aquellos libritos azules, en los años 50,60, 70, 80... Eso me
produce una satisfacción enorme".
-Empecemos,
pues, por sus discípulo. ¿Quiénes son los nuevos filólogos de hoy, dónde
están sus continuadores?
-No sé exactamente quiénes son mis
continuadores. Yo siempre he sido muy indisciplinado en el trabajo y no he
sabido nunca trabajar en equipo. Lo que tengo en la cabeza lo desarrollo
solo y he sido bastante incapaz de comunicarlo a otro. Ahora bien, entre las
personas que han sido alumnos míos están, por ejemplo, dos personas que
ahora están en la Academia, como Ignacio Bosque y José Antonio Pascual.
Del hieratismo a la eficacia
-Pero la transformación casi radical de la Academia ha sido cuestión de
equipo, además de dinero...
-Sí, claro, eso fue un equipo
encabezado por Víctor García de la Concha, que era el secretario y fue un
impulsor maravilloso. Como todo el mundo sabe, la Academia era algo arcaico,
hierático, y ahora es un organismo vivo, al servicio de la Sociedad, y con
plena función social y no meramente ornamental, y esa modernización colosal
de la Academia gracias a la cual contamos hoy con unos bancos de datos
extraordinarios se ha conseguido con García de la Concha, de la misma manera
que nuestras necesarias relaciones con América, que ahora son magníficas.
Hay, sí, una distancia inmensa entre la Academia que yo conocí, llena de
personas eminentes pero que realmente hacían poco, a ésta de hoy en la que
los académicos se reúnen todos los jueves en somisiones y que cuenta con una
plantilla eficaz de 60 especialistas del idioma que trabajan día a día.
Realmente es para estar orgulloso.
-Lo dice
mucha gente: la Academia ya no es lo que era...
-En la historia ha tenido muchos
enemigos, sí, precisamente porque la Academia se tenía siempre por un objeto
de lujo, frecuentado por aristócratas, y esta idea es la que todavía provoca
que la Academia sufra empellones de vez en cuando. Si la Academia estuviera
compuesta exclusivamente por filólogos estaría tal vez más considerada. Creo
que sería mejor contar con más filólogos y menos representantes de la
creación literaria. Cada escritor que aparece como candidato suscita
polémica, porque de los escritores todo el mundo tiene opinión. De los
filólogos, no, porque la gente no los conoce. Sinceramente creo que la
misión de la Academia es filológica (dos millones mensuales de consultas por
Internet lo demuestran), que no es un club aristocrático ni hierático, sino
un órgano de trabajo al servicio de la sociedad que profundiza en el
conocimiento sobre el idioma, que es algo tan importante. Pero, en fin, la
Academia es como es, y quizá así debe ser.
- ¿Qué ha sido lo
mejor y lo peor de tantos años en la cátedra universitaria?
-Lo mejor fue mi etapa salmantina de
veinte años, mucho más que la de Madrid, donde estuve doce o quince, no sé.
Piense que llegué a Salamanca de catedrático un día de San Antonio del año
49, con veintiséis años y todo el vigor de esa edad y con ganas de hacer
cosas. Era, y es, una ciudad pequeña donde la Universidad representa mucho
en la vida ciudadana, por lo que es un orgullo trabajar en ella. Enseguida
llegaron otros catedráticos de mi misma edad, y conseguimos una facultad de
Filología, quizás la única de España, que estaba a la altura de Europa.
Porque Madrid contaba con muchos profesores tal vez mejores pero menos
entusiastas. A Madrid se llegaba entonces de viejo, era la universidad
eterna, y pensamos que podíamos hacer de Salamanca una universidad de
término. Pero de pronto me encontré con que se iban todos los de mi
generación, todos mis compañeros y me sentí de pronto absolutamente
desasistido. y me vine a Madrid para convertirme realmente en funcionario,
porque en Salamanca nunca tuve esa sensación, la de ser funcionario. En
Madrid sí. Existían condiciones para trabajar pero la ciudad misma diluía el
esfuerzo; Madrid era "agua regia", sí, llena de ácidos, y disuelve y
destroza todo lo que toca... Quizá me cogió cansado, en fin, el caso es que
acepté hasta la posibilidad de ser funcionario. Recuerdo que a finales de
los años 80 tuve que ir a un organismo a inscribirme como jubilado, y en la
cola me encontré con que delante tenía a un teniente de la legión y detrás a
un chófer de un Ministerio, y me di cuenta entonces de lo que había sido: un
funcionario más.
Selección universitaria
-¿Qué dos o tres ideas se le ocurren para mejorar la
universidad de hoy?
-La de ahora no la conozco en
absoluto, pero me atrevo a decirle que basta con una: aumentar la selección,
no la selectividad. La selección de profesorado y de alumnos, porque es
imposible mantener la situación actual. La universidad es una cosa demasiado
cara y demasiado seria para dar ese nombre a otros universidades que
amenazan con convertir la vida universitaria en una especie de escuela
pública. Madrid, por ejemplo, no puede sostener tantas universidades. Es
imposible. No es la masa la que da la calidad y la universidad requiere unos
mínimos de calidad. Que haya, como hay, una enorme cantidad de estudiantes
que terminan la universidad cometiendo habitualmente faltas de ortografía me
parece inadmisible. Hay fallos de todos, claro que sí, empezando por el
profesorado. "Todos pusimos en ello nuestras manos", como en el poema de
Valbuena. Todos somos culpables. Pero créame, es necesario hacer de la
Universidad un órgano más selectivo. Mientras no sigamos ese camino se va a
la destrucción. Tiene que ser un centro de investigación, de creación de
ciencia. Es la única manera de que se nos respete en el mundo. La
respetabilidad de un país no radica sólo en sus cañones, está sobre todo en
la cantidad de ciencia que es capaz de disparar por esos cañones.
Tiene Lázaro Carreter una idea muy
clara de la distancia abismal que separa el mundo de la cultura al mundo del
espectáculo. Como era de esperar, le asombra esa coletilla tan frecuente de
"asistió el mundo de la cultura". " ¿Pero qué mundo de la cultura, querrá
decir usted el mundo del espectáculo, respetabilísimo mundo, pero del
espectáculo. Mire usted: el espectáculo se queda en sí mismo y la cultura
trasciende a quien la crea. El intérprete se queda con toda su gloria
dentro, pero el hecho cultural es trascendente, sale al encuentro del
tiempo".
- Salgamos.
¿Qué escritores siguen emocionándole, a quiénes lee, o sigue releyendo?
- Como viejo que soy, vuelvo a mis
lecturas de siempre. Los viejos no deseamos conocer gente nueva, nos cuesta
mucho asimilar e incorporar a nuestro sistema mental otras amistades.
Entonces yo vuelvo con entusiasmo a los clásicos: a Cervantes, a quien tengo
en la cima absoluta; a Quevedo, al que he dedicado muchas horas de trabajo
en mi vida; a Lope, aunque menos, y entre los modernos, a García Lorca, de
quien me prestó Blecua una primera edición del Romancero y yo lo copié a
máquina para quedármelo. De Lorca pasé al resto de sus compañeros, no diré
de generación, que me parece una estupidez absoluta, sino de grupo.
-¿Estupidez?
-Completa. Como decía Menéndez Pidal,
"todos los días nacen niños". Eran un grupo de amigos, que se reunían y que
luego cada uno hacía su obra, independiente uno del otro.
- Pero
ciertamente coincidieron en el tiempo.
- Hay una cosa ahora muy curiosa: los
creadores sienten una gran necesidad de autoclasificarse, como si se
sintieran mejor instalados creyendo que son de tal o cual generación, todo
lo contrario de lo que sucedía antiguamente en que se odiaba las
clasificaciones. Los escritores, los poetas sobre todo, se considera de la
misma generación que los otros de su tiempo, siempre que sean buenos, los
malos nunca han pertenecido a ninguna generación, ¿te das cuenta? De ese
grupo, a mí me emociona sobre todo Guillén, que comprendo que es una opinión
heterodoxa, habiendo en el grupo poetas como Cernuda o Alberti, pero me
parece el más sensorial, el más pasional.
Víctimas de la mala escuela
-Cíteme algunos nombres actuales, si los conoce.
-Claro que los conozco. Me interesa
todo el grupo leonés, entero, aunque Mateo Díez de manera especial, pero
también Juan Pedro Aparicio, y también Merino; me gustan mucho las novelas
de Manuel de Lope y ese gran prosista que es Antonio Muñoz Molina.
- Abomina mucho de
los crímenes que perpetramos con el lenguaje los medios de comunicación,
pero le estamos dando ocasión de tirar dardos muy suculentos...
- Es que tenéis responsabilidad mayor,
en la medida en que se os lee y se os oye, pero no creo que el idioma sea
peor tratado por vosotros, que por los jueces, los catedráticos, los
médicos... La expresión pública es peor que antes, no cabe duda. Todos somos
víctimas de la mala enseñanza recibida. La auténtica enemiga de nuestro
idioma es la escuela, cuando no cumple su obligación. En América todavía se
habla mejor español que aquí, el cuidado del idioma es allí una forma de
patriotismo, tiene algo de sentimiento nacional. Aquí, no. Aquí el idioma es
como una bayeta que sólo sirve para secar el agua... En fin, pensar que el
idioma es muchas veces objeto de vaivenes políticos, me parece incluso un
ataque a los derechos humanos. A los idiomas hay que dejarles vivir su
propia vida. Un hablante sabe bien cuando quiere urilizar un idioma y cuando
se encuentra más a gusto hablando otro. Esta limitación de nuestro idioma en
determinados lugares por cuestiones políticas me parece injusto e incluso
vituperante.
-¿Me está
hablado de lo que ocurre hoy en la España de las autonomías?
- Sí, claro, y la Academia no puede
hacer otra cosa que cumplir la ley. Es sencillamente un disparate enorme, un
caso de despotismo deslustrado que se firmara ese acta con el cambio
de los nombres de las ciudades, por ejemplo. Ver lo que es capaz de hacer un
nacionalismo exacerbado me sume en la más profunda melancolía. El idioma es
lo que es, lo que la historia le ha hecho ser y lo que hay que dar es
libertad para que cada uno pueda expresarse como quiera.
-¿Cómo
establece el límite, en sus artículos, entre el humor y la erudición?
- El humor en la literatura me parece
decisivo. El humor nace en ese espacio que hay entre el creador y la
realidad, esa distancia que el creador marca con ella. Hay que separarse de
la realidad para que no te envuelva, no te coma. Yo siempre he querido
instalar en medio la ironía para que me amortiguara la realidad. Pero mi
afán primero es pedagógico, pretendo simplemente decir al ciudadano: mire
usted, tal vez así puede usted hablar mejor. Y decírselo con buen humor.
Un dardo para la ministra
- Dígame a quién enviaría uno de sus dardos más o
menos envenenados. (Fernando Lázaro saborea la pregunta, se
incomoda un poco, titubea, sonríe y, al fin, se atreve) :
-Hombre, un dardo envuelto en cariño
y respeto hacia su persona y al cargo que ostenta, un dardito, se lo
enviaría a la ministra de Asuntos Exteriores. La representación de un país
no puede ejercerse como Ana Palacio lo hace. Que salga por ahí representando
a este viejo país, balbuceando el idioma, debería ser motivo suficiente para
repensar su continuación en el cargo.
Sin balbucear en absoluto Lázaro
Carreter lanza otro dardo. Esta vez hacia la televisión que todo lo preside.
Muchos de sus programas le parecen directamente repugnantes. Dice
exactamente: "Cuando algo inmoral, indecente, torpe, malo, se ampara en la
libertad de expresión, en la ley, porque la ley no lo puede prohibir, está
violando esa ley misma. Ahora bien, el violador debe saber que está
atentando contra los ciudadanos. Sí, porque la televisión es un instrumento
central en la vida social y en la cultura popular".
Los violadores y la ley
-Pero esos violadores son en todo caso los dueños de
las televisiones.
-Claro, claro, que se aprovechan de
un Estado que se encuentra maniatado legalmente ante sus desmanes. La ley
los permite pero no puede impedir que dejen al ciudadano herido. Yo a veces
pienso que con los esfuerzos enormes que realizaron los inventores del
sistema... con la genialidad del invento... y que luego sirva para esto.
Todo esto lo dice Lázaro Carreter
pausadamente, pensando cada palabra, en voz baja, y remata su discurso
nombrando a Javier Sardá, para que quede claro.
-No parece
que le guste demasiado la España de hoy, ¿verdad?
-No tengo otra. Yo creo que a mí,
como a otros muchos españoles, nos gustaría que este nido fuera un poco más
confortable, más blando, que fuera menos hostigador, pero... realmente es el
sitio donde se refugia uno en su íntima soledad: aquí estoy entre los míos,
en la historia mía y de mi familia. En esto me parece que consiste la patria |