Entrevista a Jeremy Rifkin
El Capitalismo es muy bueno para producir, pero malo para distribuir
Pablo Maas

Reportaje de Pablo Maas al economista, consultor de empresas y gobiernos, activista social, autor prolífico y conferencista profesional Jeremy Rifkin, en Clarín de Buenos Aires - Argentina, del domingo 20 de octubre de 2002

"Dos semanas después del ataque terrorista a las Torres Gemelas, Phil Watts, el presidente de Royal Dutch Shell, dio una conferencia en Nueva York sobre el futuro de la energía. Con el aire de Manhattan todavía cargado con el olor de los gases tóxicos provenientes del ground zero, Watts informó a un calificado auditorio que su compañía, una de las cuatro gigantes de la industria, se estaba preparando "para el final de la era de los hidrocarburos"
"No fueron solamente palabras. Shell lleva invertidos más de 1.000 millones de dólares en investigar la transición hacia un nuevo régimen de energía basado en el hidrógeno", dice Jeremy Rifkin, el célebre consultor y autor estadounidense, que en su último libro sobre "la próxima gran revolución económica" pronostica el agotamiento del petróleo antes de lo que se pensaba.
Rifkin no es futurólogo ni científico, sino mas bien un analista y eficaz divulgador de grandes tendencias. Y los escenarios que describen el fin del ciclo del petróleo y su posible sustitución por el hidrógeno ya han comenzado a aparecer en la planificación de largo plazo que elaboran las grandes corporaciones multinacionales. Las empresas automotrices, por caso, ya han destinado más de 2.000 millones de dólares al desarrollo de vehículos alimentados con pilas de hidrógeno.
Las fantasías sobre el uso del hidrógeno, el elemento más básico del universo, como fuente de energía se remontan a Julio Verne (cuando no), quien en su novela "La Isla misteriosa" de 1874, predijo que en el futuro, los hombres extraerían la energía que necesitan del hidrógeno presente en el agua, una vez que se agotara el carbón. Hubo que esperar más de un siglo de reinado del petróleo para que la preocupación acerca del fin de los hidrocarburos baratos volviera a tomar fuerza.
En 1972, el Club de Roma publicó su célebre estudio sobre los límites al crecimiento que provocaría el agotamiento de los recursos naturales, una proposición que apareció adelantada a los tiempos. A 30 años de aquel trabajo (elaborado por el respetable Massachussets Institute of Technology), Rifkin se apoya en nuevos estudios sobre el problema para volver a plantear la cuestión. Pero va más allá en cuanto a las implicancias políticas y sociales del cambio de paradigma energético que avizora.
"El capitalismo globalizado de nuestros días es una criatura de este régimen energético centralizado. Hay una gran contradicción entre un régimen energético y una infraestructura económica que es centralizada,desde el punto de vista comercial y político y el creciente deseo de sociedades más democráticas"
El capitalismo, según Rifkin, es muy eficiente para producir, pero malo para distribuir. Durante mucho tiempo, los sindicatos cumplieron un rol moderador, pero ahora que están en retirada, es el turno de las ONG y la "sociedad civil". Estas nuevas organizaciones constituyen el "antídoto de la globalización" y su fuerza (así como la de los sindicatos es poder ir a la huelga) residirá en la capacidad de construir una nueva infraestructura energética, descentralizada y democrática, en base...al hidrógeno . Serán comunidades que podrán producir su propia energía, en forma local, y venderla al mundo a través de redes similares a las que se construyeron con el auge de Internet en los años 90. A esto Rifkin lo llama la "reglobalización desde abajo" y vino a anunciarla a la Argentina hace dos semanas.
Invitado por la Federación Mundial de Amigos de Museos como orador estrella en su reunión anual, Rifkin estuvo unas horas en Buenos Aires antes de partir a Brasil y España y conversó con Clarín:

—¿Cómo relacionaría sus ideas con la crisis que está atravesando la Argentina?
—Lo que les ocurre a ustedes es parte de un problema estructural de largo plazo. La Argentina no está sola. Hay numerosos países en todo el mundo en graves problemas. Y están en problemas porque el desempleo sigue aumentando, porque tomaron préstamos para modernizarse y ahora parece que no pueden lograrlo y entonces están gastando más dinero en pagar esos créditos en lugar de desarrollarse. Esto no ocurre solamente en la Argentina. Hay muchos países que están viviendo de diversos tipos de créditos. Ustedes dependen de créditos del FMI y del Banco Mundial. Los Estados Unidos viven del crédito al consumo, y ahora estamos en una situación muy peligrosa. Japón va a estar en graves dificultades en las próximas semanas.
En mi país, por ejemplo, todo el mundo pensó que vivimos un milagro económico en los últimos siete años, pero este milagro se basó en el crédito al consumo. Yo siempre dije: esto no es un milagro, sólo una solución de corto plazo para un problema de largo plazo. De modo que EE.UU. no está adelantado a otros países en términos de su espíritu emprendedor para los negocios. Yo trabajo con compañías en todo el mundo y puedo asegurar que no hay nada especialmente original que haya colocado a EE.UU. en el centro de la economía mundial a fines de los años 90, con excepción del crédito. Lo que ocurrió es que todo el mundo comenzó a usar sus tarjetas de crédito, tomamos dinero prestado continuamente y en consecuencia gastamos mucho dinero e inundamos el mundo con nuestros dólares de consumo. El resultado es que la tasa de ahorro de EE.UU. pasó de ser del 8% a negativa. Hemos estado viviendo de ahorros negativos durante varios años, estamos gastando más de lo que ganamos. Nuestro milagro se sustentó en el crédito, nuestro mercado bursátil también vivió de ilusiones pero ahora la burbuja estalló. Los fondos de pensión de las empresas, como General Motors y otras grandes firmas industriales fueron invertidos en valores que se derrumbaron y ahora el dinero de los futuros jubilados no está más. Y estoy hablando de miles de millones de dólares.

—¿Estos episodios serían la punta del iceberg de un fenómeno más profundo?
—Sí. Hoy en día estamos en el medio de dos grandes eras económicas . Estamos en las cuatro o cinco últimas décadas de una vieja era basada en un régimen energético petrolero y estamos comenzando a transitar el camino hacia un nuevo régimen energético. Cuando el mundo se mueve hacia un nuevo sistema de energía, lo que sucede es que todos los aspectos de la economía comienzan a morir, como un cuerpo humano. En esos casos, se gasta mucho dinero tratando de mantener la infraestructura y en pagar deudas que se contraen para mantener el flujo de la actividad económica. Este es un problema estructural en todo el mundo. Lo que yo argumento en mi nuevo libro es que estamos transitando las últimas décadas de un sistema económico basado en los hidrocarburos que estuvo en la base del éxito de la sociedad industrial de los últimos 200 años y que pasó del carbón al gas natural. Y si miramos al mundo, podemos ver que hay un gran número de crisis que están vinculadas a esta etapa final: el calentamiento global, las tensiones bélicas en Medio Oriente, el desempleo.

—¿Y cuál es la relación de la deuda y el desempleo con la crisis energética?
—El problema de la deuda está totalmente vinculado al precio del petróleo. Esto se puede rastrear hacia los años 70, cuando la OPEP decretó el embargo petrolero y los precios del crudo se cuadruplicaron en tres meses y desde entonces no bajaron. En ese entonces, los países del tercer mundo comenzaron a endeudarse para pagar el petróleo que necesitaban para modernizar sus economías. Han pasado ahora 30 años y en la actualidad, 83 centavos de cada dólar que se toman prestados son para pagar deudas previas. Así queda muy poco dinero para destinarlo al desarrollo de las economías y como resultado, 89 países están hoy peor que hace 10 años a causa de sus deudas. De modo que no se puede desasociar la riqueza y la pobreza del régimen energético sobre el que se basa la civilización.
La deuda es el resultado inevitable del régimen de energía vigente. Yo escribí un libro hace mucho tiempo, Entropía, en el que proponía analizar la economía desde el punto de vista de las leyes de la termodinámica en lugar de la mecánica Newtoniana. De acuerdo con esta lógica, la pérdida de energía es fundamental para entender el funcionamiento de la economía. La era industrial tendrá que finalizar tal como la conocemos debido a que los combustibles fósiles solamente se encuentran en algunos lugares del mundo, necesitan enormes cantidades de capital para hallarlos, extraerlos y procesarlos, un aparato político y militar que asegure su abastecimiento. Todo esto refuerza las economías de escala. Por eso lo que yo sugiero es que la globalización es la última etapa de este régimen energético: algunos centenares de empresas que mueven la energía y todo se hace de combustibles fósiles, nuestra comida, vestidos, productos farmacéuticos, envases.

—¿Entonces esta crisis estaría anunciando el fin de la globalización?
— Exacto. Pero antes déjeme describirle otras dos crisis que tienen que ver con esto: el calentamiento global y Medio Oriente. El calentamiento global no se transformó en un asunto de interés público sino hasta este año. Anteriormente era una preocupación desde el punto de vista de la formulación de políticas, legislativo o regulatorio. Pero en EE.UU. este año hubo sequías récord y enormes incendios. En Europa, inundaciones sin precedentes. En el sudeste asiático tremendas sequías que redujeron la producción agrícola. La gente se está dando cuenta de que algo extraño ocurre con el clima y se está poniendo nerviosa. Esto realmente marca el fin de todo un régimen energético.
La otra crisis es la de Medio Oriente. Irak tiene la segunda mayor reserva petrolífera del mundo. El actual gobierno estadounidense sabe mucho de petróleo. Bush y Cheney, ambos son petroleros. No se les escapa que si ellos pueden "liberar" los yacimientos petrolíferos de Irak, EE.UU. estaría en posición de determinar el precio del petróleo en los próximos 20 años junto a los socios de Arabia Saudita. Este es un juego muy, pero muy peligroso. Lo sorprendente es que los medios de comunicación en mi país no dicen nada acerca de esto. Sí especulan con las consecuencias que tendrá el conflicto sobre el precio del petróleo, pero no dicen que el petróleo es la causa.
De modo que, lo que estoy sugiriendo, es que el calentamiento global, la deuda creciente y la escalada geopolítica en Medio Oriente muestran que nos estamos acercando al término de todo un período de la historia.

—Es posible, pero en los años 70, el Club de Roma, también había advertido que el mundo se dirigía hacia el agotamiento de los recursos naturales, y esos pronósticos no se cumplieron. ¿Usted que opina?
—Bueno, el Club de Roma no dijo que los recursos se terminarían inmediatamente, en los 70 o los 80. Ellos dieron un horizonte de tiempo de unos 40 años, hacia el 2010. Yo digo que este límite hoy está cerca del 2020.

—¿Y qué tiene que ver esto con el fin de la globalización?
—Habrá una nueva forma de globalización. Lo que hoy tenemos es una globalización desde arriba hacia abajo debido a la naturaleza del régimen energético: el mecanismo de control es centralizado con instituciones que la comandan desde el punto de vista político, económico y militar. Esto funciona, pero con rendimientos decrecientes. Por ejemplo, EE.UU. hoy gasta más manteniendo su presencia militar en Medio Oriente que el valor neto del petróleo que obtiene de la región. Y si hoy Medio Oriente es una "zona caliente", ¿se imagina en lo que podría convertirse en 5, 10 o 15 años?
Lo que yo postulo es que la economía del hidrógeno permitirá una reglobalización desde abajo hacia arriba. Se podrá producir localmente y vender globalmente. El problema es que no se puede producir localmente si no hay energía. Y si los países subdesarrollados siguen dependiendo del petróleo, van a seguir endeudándose para comprarlo. Lo que el hidrógeno permitirá, dentro de 50 años, no mañana a la mañana, esto no es ninguna panacea, es la producción local de energía."


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