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0903 - Volvió a la actividad después de una enfermedad que
lo sacó del ruedo y lo hizo sentir que nació de nuevo. Fue un ictus, que
lo devolvió a las lecturas, los amigos y un modo de vida más íntimo.
Acaba de sacar un disco y está especialmente contento con la recepción
que tuvo su libro de poesía: sonetos, nada menos
Nació en Ubeda, en 1949, pero después nació varias veces. Dice que
le copió esa frase –”Nací en Madrid, a los 27 años”– a don
Benito Pérez Galdós, aquel canario que dejó su tierra para nacer otra
vez en la capital de España. “Fue”, dice Joaquín Sabina, barba
recortada y negrísima, un whisky poderoso en un vaso cuyo cristal parece
una armadura transparente, “para presentar un concierto en Las Ventas.
Había leído que Galdós dijo ‘yo nací en Madrid a los treinta y
tantos años’, y me pareció que tenía la dosis exacta de demagogia
como para ganarme el aplauso general”. Esta vez, cuando ironiza el poeta
de Ubeda, tiene en su mirada, aún nublada por la incertidumbre de aquella
enfermedad que le interrumpió la vida por aquel instante, un deje
esencial de melancolía. Como si hubiera algo dentro de los estanques del
miedo. Agrega: “A mí me gustaría decir que he nacido siete veces, pero
he nacido tres”. La última fue después del ictus que tanto susto le
dio: “Volví a nacer otra vez. También en Madrid”. Hace poco este
hombre renacido, eufórico a ratos, pero poseído por el miedo de vivir,
ha sacado otro disco al mercado, Diario de un peatón. Triunfó con la
poesía, su libro de sonetos Ciento volando se ha vendido como pastillas,
su vuelta a los escenarios (los poéticos y los musicales) fue rutilante;
él cree que se ha exagerado. Primero que nada habla ahora de aquel
momento, hace algo más de dos años, cuando la salud lo echó a un lado.
–¿Qué es, qué le pasó?
–Es un ictus que puede o no dejar secuelas. A mí no me ha dejado
secuelas. Me recuperé inmediatamente. Pero sí te deja una especie de
inseguridad interna, una especie de miedo, también mezclado con la
euforia de seguir estando vivo. Y a mí además me dejó... me hizo
cambiar de vida. La nariz ahora sólo me sirve para respirar, que ya es
mucho.
–¿Cómo es el miedo?
–El miedo es una cosa muy fea. Hace que lo que hacías habitualmente con
la mayor desfachatez y con la mayor alegría ahora te lo pienses un
poquito... Para bajar las escaleras miras al escalón. Antes las bajaba
corriendo. Ahora también las puedo bajar corriendo, pero miro el escalón.
–¿Le perjudicó mucho ese miedo?
–Creo que sí, me ha dejado un poco tocado.
–¿Y en qué se manifiesta?
–Es una sensación horrible. Se manifiesta en el propio miedo, en la
inseguridad, sobre todo en la inseguridad.
–¿Qué lo ha salvado?
–Los amigos, las aficiones, los libros, la guitarra...
–Parece que la amistad es para usted un redescubrimiento.
–Lo ha sido. Es que últimamente he cambiado de grupo de amigos. Los tenía
de antes, pero no los veía tan a menudo como ahora. Y la verdad es que me
han cobijado, me han arropado, me han dado muchísimo amor, me han
emborrachado, me han hecho reír. Y hacía tiempo que no tenía un núcleo
de amigos que calentaran tanto el corazón.
–¿Qué pasaba antes con la amistad? ¿Acaso la daba por garantizada y
no la cultivaba?
–No, lo que pasa es que yo andaba en los bares. Me pasaba la vida, la
noche en los after hours... Los amigos de los bares son los que encuentras
en cada bar. Están ahí. Vas cada noche y los ves. Y son unos borrachos
encantadores con los que se pierde el tiempo gloriosamente. Ahora son
amigos infinitamente más productivos, y no los encuentro en los bares,
sino que vienen aquí o yo voy a sus casas.
–Ya no va a los bares...
–No, no. “Ya no cierro los bares, ni hago tantos excesos, cada vez son
más tristes las canciones de amor.”
–De todos modos, lo que sí es cierto es que en este tiempo en que se
recuperó de su ictus ha hecho muchísimas cosas.
–Sí, pero ha sido mucho del cajón. Es decir, yo tenía algunos sonetos
guardados, escribí otros y publiqué un libro. Luego recopilé las letras
de las canciones y publiqué otro libro. He hecho dos discos mitad del cajón
mitad nuevos. Pero no ha sido exactamente trabajo de este año, sino más
de recopilación que de otra cosa.
–Ha sido acogido de nuevo a la vida con un enorme entusiasmo.
–Yo creo que ha habido un poco de inflación. Ha habido demasiado
Sabina. Empiezo a notar síntomas de hartazgo en la gente y en mí mismo.
Pero sí, la verdad, nada me había hecho más ilusión en la vida como
tener un libro en una colección de poesía tan apostólica y tan
respetable como Visor.
–Ha tenido un éxito enorme en sus recitales, como cuando volvió
Vittorio Gassman...
–Después de la depresión, quieres decir...
–Exactamente...
–Soy muy consciente de que tengo un público prestado. Es decir, que no
hay tantas personas que leen sonetos como las que han comprado mi libro.
Es un poco el público de la canción. Pero lo que más ilusión me ha
hecho de todo esto han sido los padrinos. Mi libro lo presentó Angel González.
Eso me dio ocasión para hacerme casi hermano de él. Y conocerlo a él,
conocer a Bryce Echenique, que me traten como uno de ellos, eso para mi
vanidad de chico de provincias sienta muy bien.
–¿No exagera usted al considerar que ellos lo han apadrinado? ¿No
considera que tiene su propia personalidad poética?
–Bueno, creo que soy un coplero. Y que eso lo hago bien. Que conozco los
metros y las formas y tal. Pero no es lo mismo ser un versificador que ser
un poeta. Un poeta es Angel. Yo sé hacer versos, que es otra cosa. Una
cosa muy respetable, que me gusta mucho. A mí me gusta mucho la buena
poesía mala, la poesía retórica y demagógica. Y la poesía ripiosa.
Emilio Carrere, Gabriel y Galán, todos esos segundones baratos españoles
me encantan. Siempre me han encantado.
–¿Siempre se ha azotado así como creador?
–Sí, es una forma de coquetería. Creo.
–¿No cree que hay como un afán de autocrítica que está también en
sus canciones?
–Sí, pero desde luego yo daría el alma por ser un gran poeta con mayúsculas.
Lo que pasa es que sé muy bien lo que soy. Soy el Emilio Carrere de
ahora.
–Joaquín, ¿la vida lo ha hecho un hombre de pocas palabras?
–Creo que cada vez de menos palabras. Porque yo he sido muy lenguaraz y
muy bocazas. Y ahora sí que las mido un poco más. También me gusta
elegir mis interlocutores, cosa que antes no hacía. Antes a cualquiera
que me encontraba por la calle le contaba mi vida. También he aprendido a
escuchar. Sobre todo porque ando con gente que merece ser oída. Y no
siempre fue así.
–¿Ahora se tienta más la ropa antes de decir que es un poeta?
–Pero yo nunca dije que era un poeta. Siempre dije que era un
tonadillero. Que es lo que creo que soy. A lo mejor soy un poeta dentro de
unos años. Porque cada vez tengo más en la cabeza que escribir con rigor
es una de las aventuras más fantásticas que uno puede emprender. Pero no
sé si estoy un poco mayor para debutar sin picadores.
–¿Podemos decir que ahora es un poco más melancólico que en los
noventa?
–Melancólico lo fui siempre. Mucho. Lo que pasa es que antes siempre
iba un poco atropellado y la melancolía necesita un poco de reposo.
–Los noventa... Esa fue su gran época, de noche y de día. ¿Cree que
esa década fue un buen tiempo, de todos modos, a pesar de las juergas y
las noches en blanco?
–Fue un tiempo cojonudo, muy sobresaltado y muy raro. Pero creo que de
aquellos polvos vinieron estos lodos. Es decir, este desconcierto que
hayahora tremendo. Y este no saber a dónde carajo vamos a ir a parar. Y
este descrédito absoluto de la clase política y de los modelos morales.
Todo eso empieza en los noventa.
–Usted siempre se manifestó como un hombre comprometido. ¿Cómo ha ido
evolucionando su manera de ver este país?
–A mí me produce bastante miedo la situación actual; hay actitudes
verbales que podrían llamarse guerracivilistas. Parecía que se había
llegado aquí a una especie de civilización más o menos ilustrada en la
clase política y ahora estamos otra vez en el “ellos o nosotros”, en
el “no pasarán”. Eso me parece horrible. Lo que ha pasado en la
Comunidad de Madrid, lo que pasó con la guerra de invasión de Irak y en
las últimas elecciones me parece terrible. Ese lenguaje de exclusión del
otro es inquietante.
–¿Lo que pasó con la guerra contra Irak es un síntoma del descrédito
de la política?
–No sólo han hecho una guerra, sino que la han hecho de una manera
absolutamente cobarde, absolutamente ilegal, ilegítima. Y además todo lo
que dijimos los agoreros está pasando, y no sólo no han pedido
disculpas, sino que ni siquiera han pagado electoralmente lo que hicieron.
Es como si la memoria ya no durara ni una semana.
–Es que a la memoria, como decía León Felipe, la duermen con cuentos.
–Sí, sí. Pero con cuentos chinos. El Imperio, que no tiene
contrapartida, está solo, hace lo que le viene en gana... El Emperador es
un notorio analfabeto, un notorio fundamentalista de no se sabe qué.
Tiene un grupo de ultraderechistas, fundamentalistas, calvinistas de no se
sabe qué. Y creo que ésta es una situación gravísima. El desprecio por
todo tipo de leyes internacionales, de tribunales internacionales, por el
Protocolo de Kioto. Es decir... bla, bla, bla... todo lo que sabemos. Si
no se corrige, vamos al abismo.
–Hay en los últimos tiempos una intervención suya bastante habitual en
contra de la basura como instrumento de control de la mente de la gente.
De la basura en televisión, de la basura en general.
–Sí, a mí me gusta poner la cara para que me la partan. Y en lo de la
basura te la parten con mucha facilidad, porque el argumento de estos
miserables es: “no tienes humor y abogas por la censura”. Claro que no
abogo por la censura y claro que tengo bastante más humor que ellos. Lo
que ocurre es que no sé cómo el sano pueblo español que quemaba
iglesias en el ‘36 no va a quemar televisiones ahora. Porque me parece
que se están meando en la sopa de los pobres de una manera espantosa.
–¿Qué cosas le dan ahora sosiego?
–Los libros. Y la buena charla de sobremesa con un buen whisky.
–¿Qué libros lee ahora?
–Siempre he sido lector de poesía. Y como los lectores de poesía, soy
relector de poesía. Luego leo, como pasa a determinadas edades, historias
y biografías y cosas así.
–Lo encuentro más joven que hace unos años.
–Muchísimas gracias. Es que a mí antes un gramo se me notaba
enseguida.
–¿A qué le tiene miedo ahora?
–Pues muchísimo miedo a envejecer mal, es decir, a envejecer sin ser
uno dueño del propio cuerpo. Ese es uno de los miedos que me quedó del
ictus. A eso fundamentalmente. Y a que no se me ocurran canciones. Que por
cierto hace un año que no se me ocurre ninguna.
–¿Por qué la inspiración abandona de vez en cuando al poeta?
–Porque las musas son unas putas de la peor especie. Y suelen irse o con
Angel González o con Joan Manuel Serrat.
–¿No ocurre también que quizá uno huye de la musa por si la musa le
dice algo que no quiere oír?
–Pues es muy probable, pero no pienso preguntármelo.
–Vivimos un tiempo en que cualquier cosa que le ocurre a una persona
famosa como usted se convierte en una noticia. Y una noticia de primerapágina
o de última. Los periódicos muchas veces hacen esto equivalente, la
primera y la última página. ¿Qué pasó con su reciente pérdida de la
voz?
–Eso fue un accidente. De hecho, la tengo ya completamente recuperada.
Fue una laringitis provocada por una histeria, de eso estoy convencido, y
además lo dice el médico. Yo creo que yo no quería hacer una gran gira
de plazas de toros como la que estaba anunciada. Y eso me provocó una
reacción histérica y estuve durante 15 días con un hilo de voz. Sin
voz.
–Ahora ya tiene recuperada la voz.
–Bueno, tengo recuperada mi mala voz.
–Se flagela mucho...
–Con lo de la voz, al contrario. Los últimos discos, en los que estaba
la voz como estaba, son los que más me gustan. Es decir, yo pasé de
maquillar la voz en los estudios de grabación –porque hoy en día uno
puede hacer cualquier cosa, uno puede cantar con la voz de Plácido
Domingo si quiere– a dejarla tal como era. Y a partir de ahí, que fue
el disco Diecinueve días y quinientas noches (1999), parece ser que tanto
al público como a mí nos gustaba más.
–Si tuviera que definir su voz de alguna manera, ¿a qué la compararía?
–¿A qué la compararía? Hombre, me gusta lo que dice el tango:
“garganta con arena”.
–¿Habla solo?
–Sí. “Quien habla solo espera hablar con Dios un día”...
–¿Y qué cosas se dice?
–Me saco la lengua. Y también de vez en cuando se me ocurre un verso
bonito y me digo guapo.
–¿Se ríe mucho de usted mismo?
–Sí, claro. Yo y toda la gente con dos dedos de frente que haya por el
mundo. Si no no puede uno reírse de nadie.
–Sabina de niño... ¿cómo era?
–Tengo una relación con la infancia muy rara, muy singular. Muy lejos
del paraíso de la infancia. Todo lo que recuerdo de la infancia es que yo
sólo quería ser mayor. Todo el tiempo. Para nada volvería a ella, ni
loco. Y no fue una infancia desgraciada, sino feliz, de niño de clase
media. Sin embargo, recuerdo sentir que todo lo que me pasaba no me
interesaba nada, que lo que oía a mi alrededor era un horror, que los
adultos sólo decían gilipolleces y que yo quería tener una llave en el
bolsillo para volver a casa a la hora que quisiera y que nadie me diera órdenes.
En mis canciones, en mis escritos, no hay ni la más mínima nostalgia de
la infancia. De hecho, no aparece mi pueblo prácticamente nunca. Y cuando
leo biografías, género que me apasiona, siempre me salto la parte de la
infancia. Empiezo a leerla cuando el tipo cumple 20 años... Y cuando yo
escriba la mía, que todo se andará, empezaré a los 20 años.
–O sea, siete años antes de venir a Madrid.
–Sí, cuando me fui a Londres. Cuando tuve una llave en el bolsillo.
Cuando viví fuera de mi casa. Cuando me hice adulto.
–Ha hallado en la vida musical el éxito. ¿Esa palabra es una palabra
de doble filo?
–Sobre todo ahora. Porque los chavales jóvenes que me escribían antes
me preguntaban cómo se componía una buena canción. Ahora quieren saber
cómo se hace uno famoso. Así que el éxito y la fama, que son desde
luego la calderilla de la gloria, se han abaratado de tal manera que es
una vergüenza que a uno lo llamen famoso. ¿Por quién me toma usted, señora?...
–¿Y el fracaso?
–El fracaso es la procesión que va por dentro. Y va por dentro también
con el éxito aparente. Es decir, cada canción que uno escribe queda tan
lejos de lo que uno soñó... Todo es un fracaso por mucho éxito que
tenga.
–Rudyard Kipling decía que el fracaso y el éxito eran dos impostores.
–Claro. La verdadera procesión es la que va por dentro. Esa está hecha
de una mezcla de éxitos y sobre todo de fracasos tremendos. Y luego hay
unmontón de mujeres que no me miran. Pero un montón. Muchas más de las
que me miran.
–Pero lo miran mucho...
–No, ya no. He empezado a ser invisible, como dice Haro Tecglen.
–No, lo dice Vicent.
–Ah, Vicent... Pues he empezado a ser invisible, sí. “Las hijas de
las madres que amé tanto me besan ya como se besa un santo.”
–Se mitifica mucho, ahora que ha pasado ese tiempo, la felicidad de la
noche, ¿verdad?
–Bueno, la noche tiene su leyenda romántica, que yo he contribuido
seriamente a divulgar y en la que sigo creyendo. Realmente, la
superioridad del que va a echar una cana al aire sobre el que va a la
oficina por la mañana es muy alta.
–Sin embargo, la risa de noche es distinta a la risa de día.
–Es que de día no hay ningún motivo para reírse. ¿De qué se ríe
uno de día? De hecho, el borracho que vuelve a su casa riéndose de
madrugada siempre tiene complejo de culpa cuando ve a los que van a
trabajar completamente serios y enfadados. Y dice: ¿pero a dónde vais así?
–Vive en un mundo muy complicado que es el mundo de la música. ¿Qué
cree que le ha pasado a la música?
–Le ha pasado la televisión. La telebasura. Le ha pasado “Operación
triunfo”. La piratería musical. La fama rápida y barata. La clonación
de cantantes de orquesta hechos héroes de masas en cinco minutos. Le ha
pasado todo eso. Y, sin embargo, desde que yo recuerdo, siempre la música
estuvo mal. Y siempre eso que se llamaban los cantautores estábamos en
crisis. Desde que yo empecé. Nunca he conocido más que eso. Pero siempre
hay unos reductos de gentes que vuelven a sacar a Pedros Guerras o... yo
qué sé. Siempre hay un germen de renovación. Yo creo en la inmensa
minoría, que es de lo que uno ha vivido siempre.
–¿Estamos asistiendo ahora al entierro de la industria tal y como la
conocimos?
–Sí, pero también estamos asistiendo tal vez al entierro de los libros
tal y como los conocimos. Lo de la revolución internáutica es una cosa
que sabemos cómo ha empezado, pero no tenemos ni idea de cómo va a
acabar. Miro mis libros y me da una pena pensar que con el papel con que
los hacen no van a durar ni 30 años, esto se va a corromper.
–Pero habrá algunas líneas que siempre alguien recuerde, ¿no?
–Supongo que sí. Pero realmente hoy es una barbaridad cómo adelantan
los tiempos.
–¿Y cuál sería su línea?
–Mi línea sería: que me deje la Virgencita como estoy.
–¿Y de sus versos?
–¿De mis versos? “Que todas las noches sean noches de boda. Que todas
las lunas sean lunas de miel.” Es más demagógico...
–Este ha sido un año muy complicado para la industria discográfica. Y
en un momento determinado se dijo que usted apoyaba la piratería.
–No, claro que no.
–Acabemos de una vez por todas con ese malentendido...
–Lo que no he hecho es poner mi firma debajo de un documento, que yo creía
que era un documento de las discográficas y lo sigo creyendo. Lo que no
he hecho es poner mi firma para apoyar a la industria frente a los
piratas. Entre otras cosas, porque tengo una canción que se llama “La
del pirata cojo”, y siempre me ha gustado mucho imaginarme de pirata.
Los cantantes no somos policías y no tenemos por qué hacer de policías
de las discográficas. Para eso están la policía y las discográficas. Y
creo que las discográficas son piratas de guante blanco. Y estoy contra
las discográficas y contra los piratas.
–Usted es un escritor de canciones de amor, de canciones de guerra, de
canciones de humor, de canciones de noche, de canciones de amistad. ¿Es
también un cantante de canciones de odio? ¿Qué odia?
–No, creo que no. Aunque sí... Bueno... Tengo una especie de bacalao,
una ristra, que se llama Benditos malditos; pero, claro, son de amor y
odio. Bendigo un montón de cosas, como las bienaventuranzas, y maldigo
otro montón de cosas. Ahora, lo que más odio es la televisión. No ya la
telebasura, sino la televisión. Es, no el cuarto poder, sino el primer
poder. Mire usted a Berlusconi. Y creo que es el opio del pueblo.
–Eso le pasa por verla...
–Sí, soy adicto.
–Pero debería ser indemnizado. Igual que el adicto al tabaco.
–Me deberían pagar.
–¿Habrá algún día en que indemnicen a los teleadictos?
–Sí, por corruptores de la juventud.
–Usted dijo una vez: “Me aterra imaginarme visitado por gente que
detesto, como hacía Aznar con el pobre Alberti”.
–Sí, o como ésos que le llevaban curas a Baroja en el último segundo.
O como el chiste de Buñuel que iba a pedir un cura antes de morirse sólo
para joder a sus amigos ateos. Sí, lo del viejecito inerme me aterroriza.
–Dímelo en la calle (2002) es uno de sus discos más recurridos. Ahora
todo se dice en la calle... Se ha dicho en la calle “No a la guerra”.
¿Qué es lo que usted diría hoy en la calle?
–Lo que ha pasado en la calle ahora aún no se ha contado
suficientemente bien en los periódicos y en los sitios donde se refleja
lo que sucede. Creíamos que la sociedad española estaba o muerta o
dormida o anestesiada. Y la sociedad –no los actores, no los partidos
políticos, no los sindicatos, no los líderes– se echó a la calle de
una manera como yo no he visto en mi vida. A la primera manifestación, la
del millón de personas, fui con mis hijas, con la madre y el abuelo de
ellas, que fue ministro de la UCD; con mi novia actual; con la señora que
hace aquí la limpieza; con el portero de esta casa; con el quiosquero, y
con la hermana de la señora de la limpieza. Es decir, el abanico de la
sociedad española era impresionante. Mucha gente que no se había
manifestado en su vida. Creo que esa lección aún no se ha aprendido, ni
se ha repensado, ni se han sacado conclusiones de ella. Me pareció una
cosa absolutamente conmovedora y emocionante.
–¿Y cuál es su bandera hoy?
–Yo soy rojo como Haro Tecglen. Demasiado anarquista para ser comunista.
Demasiado comunista para ser anarquista.
–¿Y al rey cómo lo ve?
–Soy republicano. Muy simpático. Cuenta chistes muy graciosos
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Joaquín Sabina |
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