Garrote Vil
"Siempre me había interesado el desarrollo económico, pero lo que
vi entonces —en la Casa Blanca y en el Banco Mundial (entre 1993 y
1997)— cambió radicalmente mi visión, tanto de la globalización como
del desarrollo. Escribo este libro porque en el Banco Mundial comprobé de
primera mano el efecto devastador que la globalización puede tener sobre
los países en desarrollo, y especialmente sobre los pobres de esos países.
Creo que la globalización —la supresión de las barreras al libre
comercio y la mayor integración de las economías nacionales— puede ser
una fuerza benéfica, y su potencial es el enriquecimiento de todos,
particularmente de los pobres; pero también creo que para que esto suceda
es necesario replantearse profundamente el modo en que la globalización
ha sido gestionada, incluyendo los acuerdos comerciales internacionales
que tan importante papel han desempeñado en la eliminación de dichas
barreras, y las políticas impuestas a los países en desarrollo en el
transcurso de la globalización".
—En su libro hay una dedicatoria a sus padres. Dice que le
enseñaron a preocuparse y a razonar. ¿A preocuparse por qué?
—A preocuparme por los demás. Cuando uno es joven, normalmente
habla con sus padres de lo que quiere ser de mayor. Y mis padres siempre
me insistieron en que no pensara en el dinero cosa que resulta irónica
para un economista, que pensara en aprender, en adquirir conocimientos y
en servir a los demás.
—¿Ése es el motivo por el que estudió economía, o no
tiene nada que ver?
—Me fascinaba la idea de intentar comprender el funcionamiento
de los sistemas económicos, sí. Pero, además, yo crecí en una ciudad
llamada Gary, en Indiana, en la que había mucha pobreza, mucha
discriminación y mucho desempleo. Pronto se hizo evidente para mí que
algo no marchaba bien en el sistema económico. Yo quería comprender por
qué las cosas funcionaban como lo hacían, y descubrir qué se podía
hacer para que funcionaran mejor. Y por eso, aunque estudié física en el
primer ciclo de universidad, luego decidí que quería utilizar mis
conocimientos matemáticos y mis facultades analíticas para estudiar los
problemas sociales.
—En su libro habla de su deseo de reinventar la administración,
de hacerla más sensible y eficiente. "Sabía que el Estado no iba a
remediar todos los males del mercado dice y no era tan bobo para creer
que los mercados resolvían por sí solos los problemas sociales,
desigualdad, paro, contaminación". ¿Buscaba hacer así equilibrado
el poder del mercado en Estados Unidos?
—Sí, exactamente. En cierto modo, era la misma perspectiva que
tenía el propio presidente Clinton, aunque él careciera de una formación
en teoría económica. Aquello se convirtió en la filosofía del gobierno
de Clinton; esta vía intermedia entre los extremos del libre mercado, por
un lado, y un exceso de regulación, por otro.
—Sin embargo, fracasaron.
—Hay que entender las circunstancias. Los republicanos
vencieron en las elecciones legislativas de 1994. Y dentro de los
republicanos, los más conservadores, como Newt Gingrich. Entonces se
volvió muy difícil llevar a cabo reformas sustanciales. Hubo algunas
reformas, pero todo era muy complicado.
—Usted pone en entredicho el modelo de economía de mercado a
ultranza. Como Keynes, piensa que el Estado debe intervenir en ciertos
sectores y decisiones.
—Es más que eso. Uno de los principales resultados de la labor
que hice en investigación teórica sobre economía de la información fue
la demostración de que una de las razones de que esa mano invisible que
mueve las cosas fuera invisible, era porque no estaba ahí. Que en
realidad no hay ninguna mano. En otras palabras, por detrás de la
concepción fundamentalista del mercado está el supuesto de una información
perfecta y unos mercados completos, y ésa es una tesis que no tiene
sentido en los países desarrollados. Y aún menos en los menos
desarrollados.
—Dice usted que, cuando llegó a la administración Clinton,
le sorprendió ver que, tanto en la Casa Blanca como en el Fondo Monetario
Internacional, se tomaban a veces decisiones basadas en criterios ideológicos
y políticos, en vez de atender a criterios económicos.
—En cierto sentido, no me sorprendió que ocurriera en la Casa
Blanca. Pero lo que me pareció especialmente inquietante fue que la
ideología y la política tuvieran un papel tan importante en las
instituciones económicas internacionales, en las cuales se suponía que
estaban presentes profesionales de la economía. Por ejemplo, la
investigación nos había demostrado que la liberalización de los
mercados de capitales producía más inestabilidad, pero no más
crecimiento económico. Lo sabíamos, la ciencia económica no lo
recomendaba, y, sin embargo, el FMI seguía promoviendo esa liberalización.
Sus motivos para hacerlo eran ideológicos y políticos. Desde luego,
actuaba de acuerdo con los intereses de los mercados financieros. A través
de la presión que dichos mercados ejercían en el Departamento del Tesoro
de Estados Unidos, y de la presión que, a su vez, el Tesoro ejercía en
el FMI.
—Cuando se llega al final de su libro, el lector se puede
preguntar ¿quién decide lo que ocurre en el mundo, con la economía de
los países, con la riqueza y la pobreza de los millones de personas?
—Una de las cosas para las que me ha servido la experiencia de
estar en el gobierno estadounidense y en el Banco Mundial es saber que no
hay una persona única que tome las decisiones. Es un proceso complejo en
el que entran muchas fuerzas. Ni siquiera el propio presidente de Estados
Unidos toma la mayor parte de las decisiones. Tampoco él tiene la
información necesaria. Serían demasiadas decisiones para él, y hay que
tener en cuenta la información que recibe. Porque los distintos grupos
intentan controlar la información que llega hasta el presidente,
transmitiendo la que necesitan transmitir para conseguir inclinarle hacia
los puntos de vista que les interesan. A mucha gente le cuesta comprender
que no existe una persona al mando.
—Pero ya sabemos que no es una persona, ni siquiera el
presidente de Estados Unidos. Pero alguien, algunos, están a la cabeza de
la toma de decisiones. ¿Cómo se hace, quiénes lo hacen?
—En el libro intento dejar claro el papel fundamental de los
intereses creados: los financieros, los de las grandes empresas. Pero
también insisto en que hay otros casos muy importantes en los que también
entran en juego otras fuerzas. Por ejemplo, el movimiento Jubileo 2000
tuvo mucha influencia en el alivio de la deuda. El FMI se resistía, pero
la sociedad civil tenía tanta fuerza que venció esos intereses. Dentro
del propio Banco Mundial, por ejemplo, hay muchos economistas que están
preocupados por la pobreza o por el medio ambiente. De forma que esas
cuestiones también se plantean. Y ésa es una de las razones por las que
los debates en el Banco están más equilibrados que en el FMI.
—Los que mandan —lo deja claro en su librito—son el Fondo
y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos. ¿Es el FMI quien diseña
las políticas?
—Diseña sobre todo las políticas macroeconómicas y las del
sector financiero. Por desgracia, es frecuente que, para que un país
obtenga ayuda de la UE o del Banco Mundial, el FMI tenga que aprobarlo. Así
que, en ese sentido, tiene un poder desproporcionado. Hay pocos casos en
los que no haya sido así. Una de esas ocasiones la cuento en el libro,
cuando el Fondo anuló el programa de Etiopía, pero el Banco Mundial
reconoció que sus políticas económicas eran las acertadas y triplicó
su préstamo. Pero es muy difícil conseguirlo, y ocurre muy pocas veces.
—El Departamento del Tesoro y el FMI, en las crisis de los países
en desarrollo, tomaron unas medidas, dieron unas recetas que no resolvían
los problemas —usted insiste en ello—, pero que encajaban con los
intereses económicos o la ideología de los poderosos. ¿Qué significa
esto desde el punto de vista moral?
—Quiere decir que se aprovechaban de la situación del país en
crisis para promover su ideología y sus intereses. Por ejemplo, en la
crisis de Corea del Sur, dijeron al gobierno coreano que, si quería
dinero, tenía que hacer una serie de cosas, como cambiar las prioridades
del banco central. Resulta que en Estados Unidos, su banco central, que es
la Reserva Federal, se preocupa por la inflación, el empleo y el
crecimiento, y que los estadounidenses creen firmemente que debe
preocuparse más por el empleo y el crecimiento, y no tanto por la inflación.
Pues bien, en Corea, donde no tenían ningún problema de inflación, no
les dieron alternativa; les dijeron que tenían que centrarse en la
inflación, y olvidarse del empleo y el crecimiento. Otro ejemplo: Corea
había aceptado abrir sus mercados a productos procedentes de otros países
con un calendario determinado, pero se les obligó a abrirlos a mucha más
velocidad. Y, por supuesto, un periodo de recesión es el peor momento
para hacerlo, porque puede empeorar la situación mucho más. Se suponía
que el FMI debía ayudar a mejorar la crisis, no agudizarla. Aquello fue
un puro ejercicio de poder.
—¿Cuántas veces pasa eso, cuál es el porcentaje?
—Por lo menos el 50% de las veces. El problema es que, en
muchas ocasiones, la situación no es ni blanca ni negra. Por ejemplo,
Etiopía fue un caso extraordinario. Su política macroeconómica era
sobresaliente, y, sin embargo, el FMI le dio un reprobado. ¿Por qué?
Quería ejercer su poder. Ahora bien, la mayoría de las veces, las cosas
no son tan claras. El país en cuestión tiene una política no tan buena,
y, cuando el FMI no la aprueba, no es tan fácil defenderla ni acusar al
Fondo de injusticia, ni valorar el efecto que las políticas del Fondo
pueden llegar a tener.
—Dice usted que algunos jefes de gobierno le han contado,
entristecidos, que, a pesar de que las recetas del FMI eran malas para
ellos, no podían negarse; como si estuvieran sometidos a un gendarme
internacional que les obligara a hacer algo que no querían y que sabían
que no era bueno para sus países.
—Sí. Tenían miedo de que, si no estaban de acuerdo con el
FMI, éste les suspendería. Y entonces, no solamente no recibirían el
dinero que les iba a dar el Fondo, sino que tampoco recibirían el del
Banco Mundial ni el de la UE. Y que, debido a esas malas notas, también
les sería muy difícil conseguir dinero de inversores privados. Pero además
tenían miedo de que el mero hecho de hablar con franqueza diera los
mismos resultados; de que el FMI pensara que se le estaban enfrentando,
contestando de mala manera, y que el Fondo les castigara, se vengara de
ellos. Es decir, tenían la impresión de que ni siquiera podían mantener
un debate sincero.
—El hecho de que el Fondo no tome en cuenta las opiniones de
los administradores de los países a los que debe ayudar, a pesar de que
son quienes mejor conocen lo que ocurre en sus respectivos países, le
parece un error. ¿Es tal como lo cuenta, que el Fondo llega a un país,
pasa cuatro días, les exige cumplir una receta, que es la misma en todos
los casos, y se va? Y luego dicen que los políticos son corruptos.
—Ellos ponen una serie de condiciones... Por ejemplo, que el
Parlamento de ese país tiene que aprobar determinada ley en 30 días, y
otra ley en 60 días. Pero, claro, todo el que ha participado en procesos
democráticos sabe que no se puede reformar un sistema de seguridad social
o de pensiones en 30 días. Que hacen falta meses e incluso años de
discusiones para alcanzar un consenso social.
—¿Subsiste un cierto desprecio, racismo, y una continuación
del viejo colonialismo, en esa manera de tratar a los países en
desarrollo?
—En el siglo XIX, cuando México no pudo pagar su deuda, los ejércitos
británico y francés desembarcaron en el país. Por suerte, hoy no se
hace eso. Hoy, el país se enfrenta a una crisis y el FMI le dice que, si
quiere más dinero, tiene que hacer tal, tal y tal cosa. Hay una fotografía
muy significativa, en la que Michel Camdessus (anterior responsable del
FMI) está sentado así, mirando por encima del hombro al presidente de
Indonesia, mientras éste firma la cesión de la soberanía económica.
Hay incluso una farsa permanente, que consiste en que el país redacta una
carta de intenciones, en la que detalla lo que piensa hacer, y la envía
al FMI; pero es el FMI el que le ha dicho previamente lo que tiene que
escribir. Se lo han dictado.
—¿Podría contarnos cómo funciona el FMI? ¿Cómo se
deciden las conclusiones que darán lugar a sus políticas económicas?
—En el FMI no hay más que un país que tenga el derecho de
veto: el Departamento del Tesoro de Estados Unidos.
—¿Dice que el veto es del Tesoro, no del gobierno de Estados
Unidos?
—En muchos casos, las cuestiones no se han debatido en el
gobierno, sino que es el Tesoro el que, sin ninguna consulta, toma la
decisión. En otros casos hay debate, pero casi siempre es el Tesoro el
que toma la decisión definitiva. Por ejemplo, en el caso de Indonesia, el
Departamento de Estado estaba muy preocupado por la inestabilidad y las
consecuencias de la política del Fondo. Y tenía razón en estar
preocupado... Pero el Departamento del Tesoro siguió adelante con el
programa, con la política dura. El FMI no dejaba de decir que tenían que
sufrir para salir de esta crisis.
—El sufrimiento visto como purificación. Una visión muy católica.
—Exacto. Pero el Fondo no cambió de medidas.
—¿Y el resto de los países, qué papel tienen?
—Una de las cosas más curiosas que ocurren es que, a menudo,
el representante de un país en el FMI es muy distinto al representante de
ese mismo país en el Banco Mundial. Si se oyen las discusiones del
representante estadounidense en un organismo y el representante en el
otro, no parece que pertenezcan al mismo país. Por ejemplo, la
representante de Estados Unidos en el Banco Mundial fue una mujer muy
activa, que había sido compañera de habitación de Hillary Clinton en la
Universidad, había estado al mando del personal de la Casa Blanca y había
trabajado en un banco estadounidense, Chicago South Shore, que concedía
microcréditos en los guetos de Chicago. Por tanto, dentro del Banco
Mundial estuvo siempre muy interesada por el desarrollo y pudo resistirse
a las presiones del Tesoro. Porque a veces se puede resistir. Mientras
tanto, el representante estadounidense en el FMI era partidario de esa
cultura de línea dura que existe en el Fondo, que consiste en hablar de
que el país en cuestión tiene que hacerse a la idea de pasarlo mal,
tiene que centrarse en la lucha contra la inflación. Una línea que,
hablando del papel que desempeñan el resto de los países socios del
Fondo, muchas veces acaban asumiendo las personas que acuden a esas
reuniones, por mucho que su punto de partida fuera otro totalmente
distinto. En cambio, en el Banco suelen estar más preocupados por el
desarrollo. Creo que es muy importante que los demás países empiecen a
alzar la voz. En el Banco hay varios que han asumido firmes posturas de
defensa del desarrollo y se interesan enormemente por los problemas
relacionados con la pobreza. De tal forma que sirven de contrapeso a las
posturas de Estados Unidos.
—Quienes representan, en las reuniones del Fondo, a los países
socios; los que votan son los ministros de Hacienda y Economía. Y usted
mantiene que, en muchas ocasiones, esos ministros están ligados a los
grandes bancos e industrias. Así que volvemos otra vez al origen de la
cuestión de quién lo maneja todo.
—Sí. Un ejemplo es el secretario del Tesoro, que procedía de
Goldman Sachs y después fue a trabajar a Citibank. El número dos del FMI
procedía de la Universidad, y cuando se fue, pasó a ser número dos de
ese secretario del Tesoro en ese mismo banco. Desde fuera, podría parecer
que fue una recompensa por cumplir órdenes. Yo no digo que fuera así,
pero, desde luego, la cosa no tiene muy buen aspecto.
—Añade usted que, además, esos ministros que van al Fondo
en representación de sus países, también van a defender los intereses
de las grandes empresas de cada uno de esos países.
—Sí. En el caso de Estados Unidos se ha visto de forma clarísima.
—Tal como lo cuenta, se llega a la conclusión de que estamos
en manos de las grandes empresas multinacionales.
—Yo intento decir que también hay otras fuerzas que
intervienen... Pero hay una cosa curiosa, y es que cuando las autoridades
del Fondo están tomando estas decisiones, ellos no tienen la impresión
de estar actuando para favorecer a las grandes empresas. Ellos ven el
mundo a través de otra perspectiva, de otros ojos. Ven las cosas a través
de la ideología, y, si se les dice algo al respecto, negarán estar
defendiendo los intereses de las grandes empresas. Dirán que todo lo
hacen en interés de los países en vías de desarrollo. Afirman que, si
esos países hacen lo que les han dicho, se verá que ésas son las
mejores políticas posibles para ellos.
—¿Lo siguen diciendo, a pesar de que esas políticas han
fracasado muchas veces, cosa que usted demuestra una y otra vez en su
libro. Entonces, ¿son unos hipócritas?
—El caso es que pueden tener razón en alguna de las cosas que
dicen... Por ejemplo, si un país gasta mucho más de lo que ingresa, es
evidente que acabará teniendo problemas. Pero lo más curioso es que,
como es natural, a los bancos les interesa conceder préstamos, y lo que
deberían decir a esos países es que, incluso si no piden más que un préstamo
limitado, los bancos son muy volubles, y pueden estar dispuestos a prestar
dinero en un momento en el que el país no lo necesita tanto, y, en
cambio, cuando de verdad lo necesite, le van a exigir que se lo devuelva,
y con intereses muy elevados. Pero nadie advierte a esos países de que
hay que ser muy cuidadosos con los préstamos. Los bancos promueven cosas
como la liberalización de los mercados de capitales, pese a que todas las
pruebas indican que es perjudicial para los países. Pero ellos creen que
es beneficioso para los países en cuestión, tienen su opinión formada,
y no quieren fijarse en las pruebas. No quieren ver las estadísticas. En
el caso de la crisis de los países asiáticos, yo quise abrir un debate
sobre el impacto que podían tener esas políticas en cada país, pero el
FMI se negó a sostener ninguna discusión pública. Y yo dije: "Pero
estamos hablando de unas instituciones democráticas, en las que se supone
que debe existir una política de transparencia. ¿No debería haber un
debate público?". Pero no hubo nada que hacer. De ninguna manera.
—¿Por eso ha escrito el libro?
—En parte ha sido por eso. Creo que es importante que la gente
de fuera pueda saber lo que ocurre dentro de esas instituciones. A ellos
les gusta dar la impresión de que son la autoridad suprema y siempre
toman las decisiones acertadas, pero me parece que éste es un buen
momento para que la gente se entere de lo que ocurre. Con el fracaso en
Argentina, los fracasos de Brasil y Rusia, la gente es más consciente de
que las cosas no van tan bien como ellos dicen. Y es importante constatar
que no se trata de fracasos aislados. Hay que comprender la naturaleza
fundamental del problema.
—¿Es de dimensiones tan grandes?
—Sí. Porque sucede que el FMI encuentra siempre alguna excusa
para justificar el fracaso: el país hizo tal cosa o no hizo todo lo que
le decían; si no hubiera sido por el Fondo, la situación habría
empeorado todavía más... Incluso cuando reconocen que han cometido un
error, como en el caso de la excesiva contracción de la política fiscal
en el este de Asia, nunca se preguntan por qué lo han cometido. Es como
si hubiera sido un accidente. No se plantean que pueda ser algo sistemático,
que se trate de un fallo del modelo. Así que, a la siguiente ocasión,
vuelven a cometer el mismo error.
—Lo alucinante es que todo eso cause tanta tristeza, pobreza
y angustia en millones de personas, y que el Fondo, aun viendo tantos
fracasos para acabar con las crisis, se niegue a discutir lo que está
haciendo.
—Yo creo que el problema es el modo en que miran las cosas;
ellos tienen una perspectiva muy estrecha. Por ejemplo, en el Este asiático,
cuando los tipos de cambio se estabilizaron, pensaron que la crisis se había
terminado, aunque el índice de desempleo seguía siendo muy alto, los
salarios muy bajos y había un montón de penurias para las personas.
Pero, desde su punto de vista, cuando los tipos de cambio dejaron de caer,
proclamaron la victoria.
—Pero ese empecinamiento en el error debe de ocurrir porque
el Fondo y el Tesoro estadounidense sólo actúan de acuerdo con
determinados intereses...
—Sí. Defendían unos intereses, sin duda. En el caso de la
crisis asiática, su mayor preocupación era garantizar la devolución del
dinero a los grandes bancos norteamericanos y occidentales que habían
hecho los préstamos. En el libro cuento que, cuando propuse que
utilizaran la figura de la bancarrota, me contestaron que la bancarrota
sería profanar la santidad del contrato. No les preocupaba el contrato
social y no querían admitir que la bancarrota es un elemento implícito
de cualquier contrato de préstamo. Ya no se mete a la gente en la cárcel
por deudas. Al mismo tiempo, hay que reconocer que, si bien defendían los
intereses de los prestamistas —y en uno de los capítulos del libro
explico cómo se puede comprender lo que hace el FMI, poniéndose en el
lugar de los acreedores, y cómo entonces muchas cosas que no tenían
sentido pasan a tenerlo—, hay que reconocer que, cuando hacen las cosas,
ellos no piensan de sí mismos que están actuando por esa razón. Piensan
que están ayudando a ese país donde actúan.
—¿Concluimos que son inocentes?
—Ja, ja, ja.
—¿Ese modo de actuar de las grandes instituciones económicas
mundiales nace de la política de Reagan y Thatcher en los años 80: de la
doctrina del mercado como regulador supremo?
—Así es. Con Reagan tuvimos la liberalización del mercado
financiero. Fue un desastre. Tuvimos la crisis de las sociedades de ahorro
y préstamos, que costó varios miles de millones de dólares a los
contribuyentes estadounidenses... Yo digo, en broma, que Estados Unidos
quiso compartir esa experiencia con los países en vías de desarrollo,
que no ha sido un acto egoísta: quería que todos vieran por sí mismos
las consecuencias de la liberalización, para que ellos también tuvieran
una crisis. Ja, ja. Pero es muy llamativo que un país como Estados
Unidos, que estaba sufriendo las consecuencias de la liberalización y que
es una de las instituciones más avanzadas del mundo, les dijera a otros
países que también liberalizaran sus mercados para que se encontraran
con el mismo desastre. Me parece incomprensible.
—¿Por qué se consolida esa situación, por qué llega como
política hasta hoy?
—Es la combinación de los tres factores: perspectiva, ideología
e intereses. Por ejemplo, casi todos los economistas opinan que, cuando
hay una recesión, conviene tener una política fiscal de expansión. Es
lo que enseñamos en las clases de economía, en cualquier lugar del
mundo. Cuando Estados Unidos sufrió un bajón económico en 2001, tanto
demócratas como republicanos estuvieron de acuerdo en que hacía falta un
estímulo. En cambio, el FMI, cuando se encontró con una caída de la
economía en Latinoamérica —en Argentina, Bolivia y otros países—
hizo lo mismo que en el este de Asia, y les recomendó que aplicaran una
política de contracción. Fue el mismo debate que se había producido en
los años 20, durante la Gran Depresión, antes de Keynes. Andrew Mellon,
de la comunidad financiera, decía que era preciso tener un presupuesto
equilibrado, pero Keynes recomendó una política de expansión. Ahora, la
mayoría de los economistas recomiendan la expansión en ese caso; pero el
FMI se ha quedado anclado en la época anterior a Keynes.
—De toda esta manera de actuar del mundo económico, lo que más
me sorprende es que incluso los gobiernos socialistas, durante estos últimos
años, han hecho lo que quería el Fondo, e incluso han hecho todo lo
posible por convencernos a todos los ciudadanos de que ésa era la única
posibilidad. Era un dogma.
—Eso es precisamente lo preocupante. Por ejemplo, creo que el
exceso de atención a la inflación, en sociedades y economías en las que
la inflación no es un problema, es un error. La primera responsabilidad
de un gobierno es promover el empleo y el crecimiento. Controlar la
inflación es un instrumento para un fin. La experiencia indica que,
mientras la inflación sea baja o moderada, no tiene efectos
perjudiciales. Centrarse de una manera tan obsesiva en la inflación puede
ser muy pernicioso.
—Parece mentira que tantos políticos inteligentes, tantos
entendidos, asistan callados a la puesta en marcha de políticas que no
sirven para nada y que, en cambio, provocan muchos males. Parece que el único
objetivo es hacer más pequeño el Estado. ¿Los ricos desearían que el
Estado desapareciera?
—Hay un auténtico problema de distribución de la riqueza. Los
ricos quieren que se rebajen los impuestos. En Estados Unidos, por
ejemplo, se han reducido los impuestos sobre la plusvalía. El FMI habla
constantemente sobre los malos efectos de los impuestos sobre los
incentivos. Mientras tanto, muchos países en vías de desarrollo tienen
un sistema de aparceros; es decir, el que trabaja la tierra tiene que
darle al propietario el 50% de lo que se produce; es como un impuesto del
50%. Pero esto nunca se critica. Porque la manera de resolverlo sería una
reforma agraria, y eso es una cosa que no interesa a nadie. El caso es
que, si hablamos de efectos negativos de los impuestos, eso sí que es un
impuesto del 50% que pesa sobre las capas más pobres de la sociedad. Y
respondiendo a su pregunta de por qué esta ideología ha tenido tanto éxito
en los últimos tiempos, ha sido como consecuencia de la enorme
prosperidad de la economía estadounidense entre 1993 y 2000. Todos
pensaron que, si imitaban a Estados Unidos, obtendrían resultados
semejantes. Ahora se dan cuenta de que hay varios problemas fundamentales:
la recesión en Estados Unidos, el escándalo de Enron, los problemas con
la electricidad en California, los problemas de contabilidad. Han empezado
a darse cuenta de que ésta no es una fórmula automática para el éxito.
En concreto, hay un enorme problema de pobreza en Estados Unidos que no se
ha resuelto.
—Una de las cosas que más me han gustado de su libro es
cuando dice: "La economía puede parecer una disciplina árida y esotérica,
pero las buenas políticas económicas pueden cambiar la vida de los
pobres". Como es algo obvio, parece que quisiera decir: "No lo
olviden, es posible". ¿Son tan pocas las ocasiones en que se parte
de esta idea para hacer planes económicos?
—La política económica es la responsable de las
grandes diferencias que se dan en la vida de la gente. Buenas políticas
económicas pueden provocar una vida mejor, y malas políticas la empeoran.
Esto es, en efecto, muy obvio, y sin embargo es necesario repetirlo una y
otra vez. No dejar de decirlo."
Reportaje de Sol Alameda al ex
vicepresidente del Banco Mundial, economista Joseph E. Stiglitz,
suplemento Qué pasa de El País del 29 de junio de 2002
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