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Entrevistas a Juan Gelman
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Entrevista por Julio Algañaraz Fuente Clarín 10/01/2004

El escritor chileno Luis Sepúlveda lo considera "el más grande poeta viviente en lengua española". Se trata de un elogio que escandaliza a Juan Gelman, 73 años, quien detesta las grandes frases. Pero no hay nada que hacer porque Gelman está ahora en el Olimpo de la poesía mundial y para los argentinos es un gran orgullo que haya llegado y siga allí aunque trine este tipo espontáneo y de maneras simples. Gelman es también un muy buen periodista, que en los últimos años ejerce su oficio desde sus columnas en Página 12. Y en política ha jugado siempre a fondo y pagado duramente sus opciones. El poeta conoció y vive la tragedia desde que durante la dictadura militar capturaron, atormentaron y asesinaron a su hijo Marcelo Ariel Gelman, que tenía 20 años, en octubre de 1976. Su hija Nora, fue "desaparecida" pero se salvó. Su nuera María Claudia García Irureta Goyena, de 19 años, fue llevada embarazada de ocho meses a Montevideo mientras Marcelo moría. Allí tuvo una beba y después la mataron. El abuelo contó a Ñ, de paso por Roma, el consuelo y la alegría de haber podido recuperar, un cuarto de siglo después, a su nieta gracias a una investigación personal que no hubiera sido posible sin su terquedad. Su obsesión de poeta y la ansiedad de justicia lo han llevado a emprender la batalla para recuperar también los restos de su nuera, enterrados en Montevideo. Gelman conoce el nombre del asesino de María Claudia.

Durante la investigación, escribió que buscaba a su nieta para reconocer en ella a su hijo. "Somos ambos huérfanos de la misma persona". Una imagen dolorosa, de gran belleza. En una larga charla, Gelman explicó que "nadie sabe qué es la poesía. Se habla de ella por aproximación. Para algunos es la sombra de la memoria. Para otros un modo de obligar a Dios a hablar. La poesía desvela la realidad velándola".


"El poeta tiene a los otros"

- —Muchos creemos que la poesía es el momento más alto de la creación literaria. Eso tiene algo de mágico, de misterioso, paradojalmente de poco literario. ¿Qué es ser poeta? ¿Se nace o se llega? ¿Es cierto que la inspiración es una obsesión?

- —Raúl González Tuñón decía que un poeta es como cualquier hombre, pero cualquier hombre no es un poeta. Supongo que se nace, pero también se hace. El poeta está atento al mundo, tiene la sociedad, tiene a los otros, a la literatura, la poesía de los demás, el diariero de la esquina. El mundo está cargado de cosas que entran en la subjetividad del poeta como en la de cualquier persona, o sea que la poesía está llena de mundo. Sólo que creo que en el poeta, como en general en cualquier artista, crean un estado especial, una obsesión por buscar respuesta a preguntas que dentro de él le crean esas realidades. Y resulta que la vivencia o la experiencia tiene muchos rostros que la imaginación interroga; y después, si se quiere llevar todo eso a la expresión, hay que encontrar las palabras que la digan y cuando usas una palabra hay millones que quedan descartadas. Ese proceso es tan difícil de definir. La poesía es un árbol sin hojas que da sombra.

Hay una singularidad de quien produce. En mi caso particular, lo que siento cuando se me impone que debo escribir es un ruido en la oreja. Me pongo de mal humor. A Paco (el poeta y periodista Francisco Urondo) le pasaba lo mismo: se ponía de muy mal humor cuando sentía que tenía que escribir. Dije tenía porque sentís que tenés que escribir. Hugo Gola dijo que la poesía no es una cuestión de voluntad. Uno no se sienta a escribir poesía porque quiere. Mas bien hay que esperar que la poesía lo escriba a uno, que es lo que suele ocurrir.

Y yo sé que lo que me lleva a la máquina de escribir, una Olivetti de hace medio siglo que fue del poeta Juan Carlos Lamadrid, el Negro, el padre de Mara (la mujer de Gelman), es una obsesión. Una obsesión que me obliga a indagarla con la palabra. Y sé que se produce todo ese proceso. La imaginación interroga a la experiencia, que tiene mil rostros. La interrogación continúa permanentemente y cuando después eso se quiere pasar a la expresión también se continúa interrogando el lenguaje y se encuentran los límites del lenguaje. Es decir, por lo menos en mi caso, la imposibilidad de poder expresar todo lo que uno quisiera expresar. Y ahí nace una insatisfacción permanente con la obra. Vos me preguntaste una vez cuál era mi poema preferido y te dije: el que tal vez alguna vez escriba. Se conoce lo de Albert Durero, que miraba sus pinturas y decía: ¡Me dan vergüenza! Nada menos que Durero. Así que tal vez ser poeta es eso, no sé.

- —¿Cuándo se manifestó la vena poética: desde muy chico o ya de grande?

- —La poesía me empezó a interesar de muy chico, a los ocho años. Y a los once publiqué mi primer poema. No me acuerdo qué decía, pero por supuesto era un poema de amor desgraciado. Me acuerdo, eso sí, de la primera estrofa: "Fue un sueño muy hermoso para cierto ser, señor; el destino poderoso, envidioso, lo rompió" (ríe). Eso salió en 1941 en una revista que publicaba cuentos de cowboys, de detectives, que se llamaba "Rojinegro" y que tenía una sección denominada Los Espontáneos, a la que mandé el poema.

- —¿Cómo es la historia de tu primer libro?

- —En 1956 yo seguía escribiendo y tenía muchos amigos, entre ellos Marcelo Raboni (agente literario que vive en Milán). Imaginate, hace 61 años que somos amigos, fuimos compañeros de secundaria en el Colegio Nacional Buenos Aires. Yo había comenzado a frecuentar un grupo de poetas que se juntaba en un café que ya no existe en Corrientes y Paraná. Eran mayores que yo y cuando uno se atrevía a mostrar un poema, te lo hacían bolsa. Yo me decía: ¡Pero no puedo ser tan malo! Hasta que un día llevé un poema al que le puse la firma de Yehuda Levi. Les dije: ustedes saben que soy judío, conozco el hebreo (que era mentira) y lo traduje. ¡No sabés cuántos elogios cuando lo escucharon! Entonces los mandé al diablo y no volví más. Pero los poemas se seguían acumulando y con varios amigos —éramos de la Juventud Comunista— confluimos en 1954 en un grupo que se llamó El Pan Duro. Por otro lado, había iniciado una relación con Raúl González Tuñon. Un poeta extraordinario, ¿quién no recuerda La rosa blindada? Un hombre de gran modestia personal, que vivía de su sueldo como periodista de Clarín, muy generoso con los jóvenes. Siempre nos daba una palabra de aliento. Hicimos un recital en el viejo teatro La Máscara, que estaba en el Bajo y Belgrano. Y él vino. Fue como un acto de bautismo, con González Tuñon como padrino. Decidimos publicarnos a nosotros mismos. Hacíamos recitales en los barrios y vendíamos bonos. A medida que juntábamos dinero, publicábamos los libros. Entre nosotros elegíamos el orden de publicación. El primero fue el mío que se llamaba Violín y otras cuestiones, con prólogo de Tuñón.

Además, conseguimos el sello editorial del viejo Juan Gleizer, que era un sello glorioso porque publicó a toda la muchachada del Veinte. Nos prestó el nombre. El segundo libro fue de Héctor Negro, Bandoneón de papel, un libro muy lindo. Se fue agregando gente al grupo, como Juana Bignozzi, muy buena poeta, que vive en España. Después hubo una especie de deriva, que tuvo que ver con la política y la cultura. Gente de la Juventud...


Cambios de militancia

- —...de la Federación Juvenil Comunista. Me acuerdo que los llamaban los "federastas".

- —(ríe) Sí. Juan Carlos Portantiero, Andres Rivera, yo. Fundamos la revista "Nueva Expresión". Eran los años 1956-57. Hicimos una editorial. En 1960 salió mi libro Velorio del solo. Progresivamente fue creciendo el tema de reflexionar sobre la cuestión política. Se creó la revista La Rosa Blindada, que dirigían José Luis Mangieri y el narigón (Carlos Alberto) Broccato. Intentábamos que estuviera más a la izquierda que la posición de la línea oficial del PC con "Cuadernos de Cultura".

- —¿Ahí fue cuando rompieron con el PC?

- —Sí, a raíz de La Rosa Blindada. La revista hacía ediciones muy baratas de cuatro libros de poesía juntos. Ellos me editaron Gotán en 1963.

- —Gotán, tu libro legendario

Gotán me dio muchas satisfacciones, pero también comenzó a pesarme. Me hablaban tanto de "Gotán" que terminé haciendo un poema donde decía "nunca escribí ese libro". Pero después de su publicación no integré más grupos. Seguí mi camino por el periodismo, seguí publicando. He escrito más de una veintena de libros de poesía. El último es Valer la pena. Y sigo. El tema es que del libro se se habla mientras se hace y ahora, por primera vez, tengo el título del libro aunque no está terminado. Se llama País que fue será, sin coma ¿eh?

- —¿Premios?

- —¿Tengo que decirlo? Aquí, en Italia, me dieron el Mondello en 1980, cuando publicaron una antología que se llamó Gotán. En Argentina el Nacional de Poesía 1992-96, porque los premios son cuadrienales. En 2000 me dieron el Juan Rulfo en México y después otros, como el Lerici Pea otra vez en Italia. Y otros más. Pero bueno, yo no tengo que hablar de los premios.

- —Hablemos de la vida, entonces.

- —Mi padre emigró dos veces a la Argentina desde Rusia. De su primer matrimonio nació mi hermano Boris, que fue muy importante para mí, para mi formación cultural. Mi viejo se llamaba José y era socialrevolucionario. Había participado en la revolución de 1905. Después que volvió a Rusia, en 1918 se desilusionó por el rumbo que había tomado la Unión Soviética. Volvió en 1928 a Buenos Aires con Boris, su segunda esposa y su hija mayor, mi hermana Tauba, en la Argentina Teodora aunque Tauba en ruso quiere decir Paloma. Nací el 3 de mayo de 1930. Mamá se llamaba Paulina Burichson, había sido en Rusia, estudiante de medicina. Yo era el único argentino de la familia. Papá era carpintero. Y con los años puso una camisería en la que trabajaba toda la familia. Boris, mi hermano, me enseñó a jugar al ajedrez y me recitaba de memoria en ruso los poemas de Pushkin. A mí me encantaba la música, el ritmo, la sonoridad de las frases, aunque no entendía nada. Hablo muy poco el ruso. Han pasado 68 años y todavía me acuerdo de los poemas que me recitaba Boris. Eso influyó mucho en mí. Mis padres eran esos judíos del Este europeo muy pobres pero cultísimos. Para decirlo de algún modo, en casa no sobraba el dinero. No sabía cómo hacía mamá, pero juntaba centavito por centavito para llevarnos al teatro Colón una vez al año. Mi vieja era hija de un rabino al que por supuesto nunca conocí, aunque escribí sobre él, claro.

- —¿Estudios?

- — Bueno, yo egresé del Colegio (así llaman sus egresados al Nacional Buenos Aires) e inicié la carrera de Química. Pero después dejé, porque me interesaba mucho más la poesía que la descomposición del átomo, los protones y los neutrones. Como profesión elegí el periodismo. Mi primer trabajo fue en una revista que se llamaba "El Asegurador", que era una especiede "house organ", pero allí no trabajé ni un mes. Después estuve en el semanario del PC "Nuestra Palabra". En 1966 entré como redactor en "Confirmado". Hacía la sección de libros. Después fui a "Panorama", donde con el Moro Da Mommio hice Política Internacional. Entré en "La Opinión" como secretario del área de Cultura y Espectáculos. Estuve en "Noticias", el diario semioficial de Montoneros y en la agencia "Interpress Service", como director latinoamericano.

Como había muchas amenazas, el capo de Interpress, Roberto Savio decidió trasladar la dirección a Roma. Se iniciaron los años del exilio. Fui un tiempo director de la edición española de la revista "Ceres" de la FAO, la agencia de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación. Y comencé a trabajar como traductor en organismos internacionales. Viví en París, era supernumerario en la Unesco. También trabajé en Viena en la ONUDI. En Ginebra para la ONU. Siempre como traductor supernumerario.


- —Por esa época tuviste dos condenas a muerte, por la dictadura militar y por Montoneros.

- —En mayo-junio de 1978 entré clandestino a la Argentina para el Mundial de Fútbol y vi que la organización de Montoneros estaba liquidada. Pero querían hacer la contrafensiva, decían que la dictadura era "como un boxeador groggy". Un disparate. Rompí con la organización y me condenaron.


Los años del regreso

- —¿Y regresaste cuando terminó la dictadura?

- —No, no. Recién pude entrar en 1988. Tenía un juicio hecho ocultamente por pertenecer al Consejo Superior del Movimiento Peronista Montoneros. No se había hecho público. Me habían hecho el proceso, había dictado orden de captura e iba en cana si pisaba la Argentina. Yo estaba haciendo la valija en París cuando me avisaron. Horacio Verbitsky fue arreglando las cosas para que pudiera volver. El juez había dispuesto una caución de 15 mil dólares que yo no tenía de dónde sacar. La Cámara Federal sentenció que no, que no tenía que poner esa plata imposible. Y en el 88 volví a la Argentina. Cumplí con dos contratos de traductor en París y Nueva York para Naciones Unidas. Comencé a trabajar (hasta hoy) en Página 12 y conocí en Buenos Aires a Mara Lamadrid. Me enamoré y nos fuimos a México, donde ella trabaja y tiene familia (Mara es psicoanalista). Hace quince años que vivo en México. Todos los años volvemos a la Argentina.

- —Estos años estuvieron dominados por la búsqueda de tu nieta...

- —Sí, y por hallar los restos de mi nuera. Viajamos dos veces por año a Buenos Aires. Fue Mara la que encontró a mi nieta. En 1999, cuando no sabíamos ni el sexo, es cuando comencé esa campaña internacional ante el gobierno del Uruguay. Con las cartas a Julio María Sanguinetti (el ex presidente uruguayo) y las respuestas de él. Siempre afirmó que no se sabía nada.

- —¿Tenés pistas de los restos de tu nuera María Claudia García Irureta Goyena?

- —Sí. Los militares inventaron la versión de que después del parto devolvieron gentilmente a mi nuera a la Argentina. Es falso. La investigación del diario "La Republica" demostró que fue asesinada. La beba nació el 1ø de noviembre de 1976. A mi nuera María Claudia la dejaron viva dos meses para que alimentara a la beba y un testigo vio cuando se la llevaban de la Dirección de Investigación de Montevideo. No se la volvió a ver viva. La habían trasladado a Montevideo en octubre de 1976, embarazada de ocho meses, al mismo tiempo que mataban a mi hijo Marcelo, que tenía 20 años. Mi hija Nora (que entonces tenía 19 años) también estuvo desaparecida pero se salvó.

- —Tu nuera sufrió el destino del 90 por ciento de las madres que parían en cautiverio. A todas las asesinaron durante la dictadura militar argentina.

- —Sí, pero en este caso hubo una particularidad porque mi nuera era argentina, pero estaba en el campo de Automotores Orletti en Buenos Aires, donde actuaban también los uruguayos en el marco del Plan Cóndor. Y el asesino de mi nuera la llevó a Montevideo para hacerle un "regalo", la beba, a otro personaje de la represión durante la dictadura uruguaya. El asesino es el capitán de Coraceros de la Banda Oriental Ricardo Medina, alias "Conejo". El diario "La República" de Montevideo publicó un mapa de los lugares donde sepultaron a los asesinados. Y yo abrí una causa judicial. Me recibió el presidente Kirchner, que ordenó ocuparse del asunto a nuestras autoridades. Un juez uruguayo ordenó acordonar un área bajo jurisdicción militar. Tenemos muchas esperanzas de que lograremos recuperar los restos de María Claudia para que descansen en paz.

Cuando Gelman se va uno se queda con sus Certezas:

Las palabras chocan contra la tarde y no la descomponen. La furia no me deja solo conmigo.¡Camaradas especialistas en esperar cansancios: apaguen el amor dudoso que baja humilde y despacito! ¡Hasta el revés del cosmos morirá!


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