Fuente: Página
12 Buenos Aires
Hace exactamente 31 años, Perón tocó tierra argentina, cerrando 17 años
de exilio y dándole el golpe final a la dictadura militar. El muy joven y
flamante secretario general del Movimiento fue el negociador secreto entre
Lanusse y Puerta de Hierro. Para marcar el Día del Militante, por primera
vez el detalle de cómo se organizó el vuelo del Avión Negro. Hace
31 años, el 17 de noviembre de 1972, se produjo uno de los hechos más
trascendentes en la historia argentina del siglo veinte: el regreso de
Juan Domingo Perón tras 17 años de exilio y proscripción. Uno de los
protagonistas de aquel gigantesco operativo, que movilizó a cientos de
miles de jóvenes peronistas, fue Juan Manuel Abal Medina, un abogado
procedente del nacionalismo católico, que asumió formas cada vez mayores
de compromiso a partir de la trágica parábola de su hermano Fernando, el
fundador de la organización Montoneros. A pesar de la irritación que
provocaba su apellido entre los jefes de la dictadura, Juan Manuel disponía
de algunos contactos clave en diversos círculos de poder y Perón lo
utilizó como enlace con algunos jefes militares que buscaban negociar una
salida electoral. En premio por su actuación en esa y otras tareas
reservadas, acabó nombrándolo secretario general del Movimiento Nacional
Justicialista. Abal Medina tenía apenas 27 años. Era el secretario
general más joven en la historia del peronismo. Y le tocaría, junto a Héctor
Cámpora, el último delegado personal de Perón, asegurar ese regreso que
no lograron dirigentes peronistas más astutos o poderosos (como Augusto
Vandor o Jorge Antonio). Tres décadas después, Juan Manuel Abal Medina,
que ha sido alto funcionario en México y hoy es un abogado exitoso,
revive esa mañana lluviosa en que se encarnó el instante soñado por
millones de peronistas. No en el candoroso avión negro de la saga
resistente, sino en un charter de Alitalia, donde lo acompañó un
centenar y medio de personalidades. En una extensa entrevista con Página/12,
Abal Medina revela los secretos de la misión que le encomendó el General
y rescata a los protagonistas anónimos de la hazaña: aquellos muchachos
de la nueva JP que se movilizaron a lo ancho y largo del país con la
campaña del “Luche y vuelve”.
–Tu designación como secretario general del movimiento parece atada al
operativo del regreso. Si no me equivoco Perón te nombra poco antes.
–Sí, muy poco antes. Me designa a fines de setiembre y recién se
anuncia públicamente en los últimos días de octubre o en los primeros
de noviembre. Y una de las razones para designarme era que yo mantenía
relaciones –por orden del general Perón– con algunos sectores
militares.
–Este es un tema poco tratado en la historia peronista.
–Así es. La cuestión es que desde 1971 yo mantuve relaciones con
sectores nacionalistas del Ejército que siempre pensaban en un golpe
nacional y popular para desplazar al general (Alejandro Agustín) Lanusse.
–Los oficiales que se sublevaron en Azul y Olavarría...
–Sí, claro, pero también con algunos sectores liberales que buscaban
una salida electoral. Yo tenía relaciones con ambos grupos del Ejército
y además con bastantes oficiales de Aeronáutica, y algunos de la Marina.
Que veían con preocupación que la proscripción eterna del General
llevaba a una parálisis del país. Porque había una situación de empate
que paralizaba al país: el peronismo no podía llegar al gobierno pero
tampoco dejaba gobernar. Además, y de esto también se ha escrito poco,
en la cabeza de muchos militares comenzaba a rondar la idea de que el
regreso de Perón podía servir para contener el auge que iban tomando las
organizaciones armadas, tanto las peronistas como las no peronistas.
Aunque no lo dijeran abiertamente, sino en diálogos mano a mano, algunos
militares veían el regreso del General como una forma de contener a estos
grupos que no sabían cómo se podían manejar. Por eso también hubo
sectores liberales que se nos acercaron. Y a mí me tocó llevar las
relaciones con una multiplicidad de oficiales...
–¿Quiénes, por ejemplo?
–Hubo muchos. Entre los más conocidos podría citarte al general (Tomás)
Sánchez de Bustamante. Pero mientras desarrollaba esa tarea al mismo
tiempo tenía relación profesional con Antonio Cafiero y a través de
Cafiero había iniciado una relación personal con Lorenzo Miguel, que
luego se fue haciendo muy cercana. Y, a través de Miguel, con José
Ignacio Rucci, que estaba al frente de la CGT. Solíamos reunirnos para
almorzar a pocos metros de aquí, en Carlos Pellegrini al 600, en la casa
de los papás de Antonio (Cafiero). De tanto en tanto yo lo incorporaba a
Rodolfo Galimberti para bajar el tono de algunos enfrentamientos.
–Conviene aclararles a los lectores que Cafiero aparecía en ese momento
vinculado al sector sindical y Galimberti, entonces líder de la Juventud
Peronista, había prometido que “aplastaría a los burócratas
sindicales como a cucarachas”.
–Exactamente, por eso tratábamos de limar las confrontaciones. Yo no
era secretario del movimiento todavía, aún estaba encargado de las
relaciones con los militares, pero me parecía bien ir acercando
posiciones y lo comenté con el General, que me instó a continuar en esa
tarea. Tarea que servía a varios efectos: generar un frente más homogéneo
de cara al regreso del general y ayudar a mejorar la relación de Don Héctor
(Cámpora) con el sector sindical. Esa relación era buena con Lorenzo
Miguel, pero no con Rucci.
–Acá se presenta una curiosa ambivalencia, porque por un lado vos
aparecías públicamente como el hermano de Fernando Abal Medina, es decir
del fundador y líder de Montoneros y por el otro lado manejabas la relación
con la dirigencia sindical, con Cafiero y con el sector militar,
enfrentados con Montoneros. ¿Cómo se combina esto? ¿A Perón le
interesaba propiciar alguna suerte de malentendido?
–Yo creo que el General vio la posibilidad de jugar con esta situación
como manera de aislar a los sectores verdaderamente enemigos. Mi doble
papel está un poco centrado en mis antecedentes en el nacionalismo, que
me habían proporcionado algunas amistades en sectores militares y
sindicales.
–La pregunta iba en sentido opuesto: más allá de tus orígenes y de
las tareas que llevabas a cabo en el frente militar, la designación de un
Abal Medina podía interpretarse como una pateadura de tablero.
–Sí, bueno, como me presentó Cámpora, homenajeando a mi hermano.
Cuando Don Héctor me da posesión de la Secretaría General dice “su
apellido despierta en el peronismo un eco emocionado”. Estaban las dos
cosas: para Lanusse ponerme a mí era patear el tablero y así lo consideró
durante mucho tiempo. Pero otros cercanos a él recordaban mi trayectoria
en el nacionalismo o las tareas que el General me había encomendado en
relación con los militares. Bueno, lo importante es que para ese entonces
Cámpora ya estaba totalmente jugado con el regreso de Perón. Ya se lo
había dicho al General y el General lo había autorizado a seguir
adelante con esa política. En la que lo acompañó una nueva Juventud
Peronista.
–Esa nueva JP protagonizará la campaña del “Luche y Vuelve”.
–Que será decisiva para concretar el regreso del General. La nueva JP
es la que se nuclea en el Consejo Provisorio, donde participan lo que
luego serían las JP regionales y algunos otros grupos. Frente a la
oposición de algunos otros. Como Guardia de Hierro, que nunca creyó en
el regreso y leyó esa coyuntura a través de los astros. Para la nueva JP,
para la generación que la integra, la campaña del regreso marcará el
inicio de su acción política. Porque ¿qué había hecho antes, un poco
antes, esta generación? Esta generación había participado, no como
actor central, pero sí había participado, en el Cordobazo y otras
puebladas. Otra parte de esta generación se había desarrollado en tareas
sociales, fundamentalmente los grupos de raíz cristiana. Todos estos
grupos comienzan a ver en Montoneros, aunque no estuvieran todavía
vinculados, una especie de guía. Y son estos grupos los que integran el
Consejo Provisorio y hacen sus primeras armas políticas, movilizando en
la campaña del “Luche y vuelve”.
–La campaña se inició, conviene recordarlo, en una circunstancia trágica,
en una atmósfera represiva, tras la masacre de Trelew. La misma noche del
22 de agosto, en el acto de la Federación de Box, donde la Juventud le
pide al delegado Cámpora que los guerrilleros asesinados en la base
Almirante Zar sean velados en la sede justicialista de avenida La Plata.
–Luego asaltada por las tanquetas del comisario (Alberto) Villar, para
llevarse los cuerpos de los compañeros. Lo que no impide que la campaña
se inicie pocas horas después, el 25 de agosto, y en un lugar tan pesado
como era Tucumán.
–Un acto fuerte ese de Tucumán, pensando en el clima de terror que se
vivía.
–Claro, pero estamos hablando apenas de dos mil o tres mil concurrentes.
Porque se da un enorme retraimiento de sectores del peronismo tradicional
que recién vuelve a asomar un poco la cabeza mes y medio después. Los
primeros actos son exclusivamente de Don Héctor con la Juventud. Pero, de
hecho, la propia subsistencia de las organizaciones armadas, que algunos
daban por derrotadas a fines de 1971, contribuye a forzar la apertura. La
propia fuga de la cárcel de Rawson, pese a su fracaso, es de una magnitud
inocultable. Y les hace pensar a varios jefes militares que “esto hay
que arreglarlo”. Algunos que antes decían “el señor Perón”,
comienzan a llamarlo en privado “el general Perón”.
–¿Quiénes?
–El general (Luis Alberto) Betti, por ejemplo.
–¿Y el general Manuel Haroldo Pomar?
–Sí, pero Pomar era un militar más cercano al radicalismo, más
sinceramente democrático, convencido de que no se podía proscribir más
al peronismo. Una vez me dijo: “No se lo pudo erradicar, como los
italianos lograron erradicar al machismo, así que hay que integrarlo”.
–Lo preguntaba porque Pomar fue el jefe del operativo militar el 17 de
noviembre.
–Operativo impresionante, por cierto: rodearon Ezeiza con más de 25 mil
efectivos, hubo represión, sin duda, hubo un cerco para que el pueblo
peronista no llegara a Perón, todos lo sabemos. Pero ese día, en esas
circunstancias, no hubo un solo muerto. El único muerto de ese día fue
un suboficial naval, tras un tiroteo en la Escuela de Mecánica de la
Armada, cuando reprimieron el levantamiento que condujo nuestro compañero,
el guardiamarina peronista Julio César Urien. Pero eso fue al margen de
la movilización. Hubo gases a mansalva, balas de goma y palos, pero no
hubo muertos. Porque la intención era que no los hubiera. En estas cosas,
digamos, cuando matan gente es porque la quieren matar. Había 25 mil
efectivos militares. ¿Y cuántos policiales? Los manifestantes es
imposible calcularlos, con las marchas y contramarchas, con los choques y
las corridas. ¿Fueron 100 mil, 200 mil, medio millón? Es evidente que no
querían muertos.
–¿Cuál es tu recuerdo personal del 17 de noviembre?
–Dos días antes había partido a Roma el famoso charter, encabezado por
el doctor Cámpora, donde iban las principales figuras del peronismo, así
como varios famosos: actores, hombres de la cultura, deportistas.
Entonces, yo quedo a cargo del Movimiento y Rucci queda a cargo de todo el
dispositivo sindical. En representación del doctor Cámpora había
quedado su hijo, Héctor. Y esta era un poco la conducción de hecho de
esos últimos tres días en los cuales los contactos con el gobierno son múltiples,
son permanentes. Creo que son los que llevan a este “Día Blanco” ¿no?,
a pesar de todo. Allí se negocia finalmente. Yo tengo discusiones muy
duras, donde Rucci se comporta muy bien. En realidad él hacía de malo y
yo de bueno. El todo el tiempo amenazaba con el paro general activo y este
tipo de cosas.
–Uno de los grandes enigmas del 17 es si hubo una orden o no, dentro de
la propia estructura organizativa, para no bajar en Ezeiza y utilizar la
famosa alternativa “B”, que era Carrasco. Las sospechas recaen sobre
el teniente coronel Jorge Osinde, uno de los responsables de la masacre
del 20 de junio de 1973.
–Había dos alternativas, Carrasco y Asunción. Lo que nunca quedó
claro es quién mandó el telegrama aconsejando que se utilizara la
alternativa Carrasco.
–En Roma, minutos antes de que partiera la comitiva, llegó un telegrama
que llevaba la firma de Santiago Díaz Ortiz, donde se aconsejaba
descender en el aeropuerto de Montevideo, pero yo lo consulté con él y
no recordaba haberlo redactado. En el año ‘75, en México, el doctor Cámpora
me dijo que él había ordenado durante el vuelo que el avión aterrizara
en Ezeiza.
–Sí, el doctor Cámpora venía con esa idea fija de que se bajaba en
Ezeiza y nada de alternativas. Nosotros (Rucci, Héctor hijo y yo) le
hablamos a Roma desde la CGT que no había ningún inconveniente, que
estaba todo en orden. Alguien intentó interferir después. Si fue Osinde
no me queda claro, porque yo estuve con Osinde toda la mañana del 17. La
llamada la hicimos el 16 desde Azopardo, que se había convertido en
virtual sede del movimiento. La CGT nos daba más cobertura. Aunque
quisieron intimidarnos. En algún momento de la noche rodearon el edificio
de Azopardo y se dijo que teníamos orden de captura. Y otros rumores.
–Acción psicológica de los servicios.
–Permanente. Y la nuestra no se quedaba atrás, hablábamos a unidades
militares pidiendo por Mengano o Fulano y se armaba una que... (risas). Lo
hicimos con varias unidades, eh. Decíamos que había contactos nuestros
que estaban listos para un levantamiento.
–¿Perón pensaba en la posibilidad de un golpe cívico-militar?
–No, no, Perón supo por mí con absoluto detalle que no iba a haber
nada de eso. Tanto que el episodio de Urien fue un episodio fuera del
programa, fuera de control... Lo que sí había era gente dispuesta, si se
daba la situación, a participar en un levantamiento nacional y popular.
Pero si se daba la situación. No de entrada. Cualquier levantamiento
militar Lanusse lo hubiera aplastado, Lanusse tenía control del Ejército.
Además esto era una jugada política, no militar. Por eso lo del
telegrama debe ser parte de las maniobras que se hicieron. Cuando le
dijimos a Don Héctor que estaba todo bajo control, estaba todo bajo
control. Lo que aún no habíamos definido era cuántos compañeros podían
ingresar a la pista a recibir al General. Aceptamos que fueran 300. Y nos
dispusimos a pasar la noche en vela y a tratar de adivinar qué pasaría
con la movilización. Algunos grupos podían comunicarse, otros no. No había
celulares (ríe). Además nos estropearon los teléfonos fijos. Habíamos
puesto un conmutador en Avenida La Plata con ocho líneas (que para ese
momento era un lujo), y esa noche “boom”. A la mañana siguiente muy
temprano salimos camino para Ezeiza, cada uno por la suya, para que al
menos Rucci o yo estuviéramos al pie de la escalerilla cuando el General
bajara. O sea, más allá del folklore del paraguas, el tema era que el
General nos viera de inmediato en la pista. Si nosotros no aparecíamos
sanos y salvos en Ezeiza, él podía sospechar que había ocurrido un
desastre.
–O sea que la foto...
–La foto es un episodio posterior. Nosotros recibimos al General en la
escalerilla, lo acompañamos al general hasta su auto, se subió con la señora
Isabel y el doctor Cámpora y nosotros nos subimos al auto de atrás, (Rucci
y yo). Paramos frente al corralito donde estaban los 300 habilitados y ahí
se bajó el General a saludar. Ahí Rucci lo cubre con el paraguas y yo
estoy al lado y esa es la foto famosa.
–Vos en un momento cruzás los brazos y estás como reflexivo, ausente
de la escena. Siempre me pregunté ¿qué estará pensando en ese momento?
–Estaba pensando en mi hermano Fernando, por supuesto. Lo tengo como si
fuera hoy. Era para lo que yo me había metido en esta historia, que
estuviera allí el General y bueno, era “Perón o muerte”, ese era el
tema. Yo estaba pensando en Fernando. Al día siguiente Norma (Arrostito)
me manda con una compañera unas líneas donde decía: “Seguramente yo
sola sé lo que estabas pensando”. Conservo esas líneas.
–¿Qué pasa en esas horas que siguen a la llegada?
–Bueno, ahí comienza la pelea subterránea que tiene como cabeza de
nuestro bando a Cámpora, ¿no? Salimos de ahí, vamos al Hotel
Internacional. Una habitación del piso 7, si no me equivoco, el General
queda con la señora Isabel en una habitación a descansar un rato. Y nos
encarga que se quiere ir rápido a su casa (de la calle Gaspar Campos).
Allí llega en un helicóptero. El brigadier Ezequiel Martínez,
secretario de la Junta Militar, que no era muy gorila pero con el cual
tuvimos bastantes entredichos, llega y tenemos la primera reunión. Acompañamos
a Cámpora, Lorenzo Miguel y yo. Allí dijimos que el General quería
retirarse a su casa. Y ahí se instala la discusión que va a durar hasta
la mañana siguiente: si el General estaba o no preso.
–¿Ellos qué planteaban?
–Que por razones de seguridad no podía irse a su casa de Vicente López,
porque no tenían cómo protegerla.
–Era una excusa.
–Era una excusa sin duda, porque no querían que Perón se reuniera con
el pueblo sin negociar antes con Lanusse.
–¿Lanusse quería verlo a Perón?
–Querían que el primer encuentro fuera con Lanusse y después con la
Junta de Comandantes. Primero Lanusse juega a ser él, porque se tenía
una confianza loca. Obviamente nuestra negativa fue total. Insistió mucho
Ezequiel Martínez, llegamos a un punto muerto de que lo consultábamos al
General. El insistió en acompañarnos él al hotel a ver al General.
Nosotros dijimos que de ninguna manera. Y ahí de malo hacía yo. Y amagábamos
con todo tipo de cosas. Algunas totalmente concretas.
–¿Por ejemplo?
–La acción de grupos armados. Nosotros decíamos que teníamos calmados
a los grupos más radicales (y en parte era cierto), pero que había otros
no controlables, como la banda, muy pesada, de Alberto Brito Lima. Y, además,
teníamos el tema del paro activo. En medio de todo esto hacemos un
intento de salida del hotel, que es cuando un pobre comisario ahí saca un
arma, un boludo... lo podíamos cortar en pedacitos ahí, y Lorenzo Miguel
se pone en medio, entre el General y ese tipo. Y les digo a los
periodistas que está muy claro que el General está preso.
–¿Cómo lo veías a Perón en ese momento?
–Enterísimo.
–¿Qué te decía?
–Unas horas antes, al llegar a la habitación, lo primero que me dice es
“Doctor, yo estoy calzado”. Pero más allá de esa anécdota era
evidente que había tomado el control de las operaciones. Ahí ya Cámpora,
Rucci y yo éramos sus soldaditos. “Vayan, hagan esto, hagan aquello”.
Y así ordenó: “Nos vamos de una vez y si no... intentemos salir para
que quede claro que no nos quieren dejar salir”.
–¿Qué impresión te dio en ese momento, de un Perón todavía muy lúcido?
–Totalmente lúcido. Lo maltrató a López Rega porque este propuso
regresar a Europa. Le dijo “hasta aquí llegamos y vamos a cumplir con
lo que vinimos a hacer. Vámonos de una vez para la casa”. Y fue buena
la idea de salir, porque ahí quedo claro para todo el país que estaba
preso. Finalmente durante la noche vuelve Ezequiel Martínez, eran tres y
media, cuatro de la madrugada... y nos dice, a Cámpora y a mí: “Bueno,
ustedes cargarán con la responsabilidad de lo que pase. Es muy peligroso
todoesto. Ustedes insisten en que el señor Perón está preso: no está
preso, pueden irse cuando quieran”. Así fue como salimos rumbo a Gaspar
Campos. La demora, la lluvia, el temor, el cansancio, habían raleado las
filas, pero quedaron muchos (como 100 mil peronistas), vivando al General
al costado de la autopista. Si hubiéramos salido enseguida, más de medio
millón hubiera rodeado la residencia de Gaspar Campos. Que es lo que no
querían.
–¿Qué representa para vos el 17 de noviembre, en lo personal, en lo
histórico?
–Creo, que después del 17 de octubre, es la fecha más gloriosa en la
historia del movimiento peronista. Representa el fin de la proscripción
del pueblo, que fue la proscripción de Perón. Representa el gran éxito
de una generación que pretendía volver al peronismo primigenio, aquel
para el cual la justicia social no es un tema de caridad sino el eje de la
doctrina que volvían de alguna manera el primitivo peronismo, que la
justicia social era el valor central y que la justicia social no era un
tema de caridad sino que el eje de la doctrina peronista, el que nos llevó
a planteamientos socialistas a muchos de nosotros. En lo personal estoy
seguro de que jamás podré volver a vivir un hecho semejante. Fue el
motivo y la razón central por el cual tomé responsabilidades en el
peronismo, que fue continuar lo que Fernando, mi hermano, había iniciado.
Después vino la victoria del 11 de marzo pero ya no era lo mismo. La
jornada del 25 de mayo fue muy grata, sin duda, pero ya estaba inficionada
por la derrota; estaba José López Rega como ministro. La manzana parecía
roja y brillante, pero ya tenía el gusano adentro. El 17 de noviembre,
tuve oportunidad de decírselo hace poco al presidente Néstor Kirchner,
es la fecha de una generación. Desde el 17 de noviembre hasta el 25 de
mayo del 2003 no hubo un hecho tan fausto como el que sucedió ahora: que
algunos de esos muchachos que marcharon a Ezeiza y a Gaspar Campos tengan
la responsabilidad de llevar el Gobierno. Y aunque han madurado en estos años
en que se deshizo el país, conservan los ideales intactos. Algunos pocos
en el camino traicionaron. Pero son pocos. Tanto que casi los podemos
poner con nombres y apellidos. Menem no tuvo ministros nuestros.
–¿Tuvo algún papel Menem el 17 de noviembre?
–Actor de reparto. Fue en el charter como fueron otros 22 presidentes de
los distintos distritos. Al General se lo había presentado una vez en
Madrid, Jorge Antonio y tuvo una breve reunión con él. Y punto. El ha
contado luego algunas fábulas que nada tienen que ver con la realidad, en
las que habría tenido un papel muy importante en el regreso. El entonces
era muy promontonero, era de los gobernadores más promontoneros, rápidamente
después fue muy loperzreguista, después fue, como sabemos, un preso
cobarde, después, rápidamente como nuevo gobernador el más alfonsinista
de todos. Y luego amigo del almirante Rojas, este es el señor que intenta
decir hoy quién es peronista y quién no es peronista. ¡Patético
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