Fuente: Página
12 Buenos Aires 24/11/2003
¿Qué es la locura? Rosarino,
muy jovencito se encontró ante una clase de alumnos problemáticos y
aprendió a escucharlos. Luego conoció a la psicoanalista francesa Maud
Mannoni y a los 23 empezó una exploración de los límites de la
locura que se transformó en una de las más originales experiencias terapéuticas
jamás intentadas. Su historia y la de la “escuela” para niños
autistas
–Le haré una pregunta que probablemente está cansado de escuchar, ¿qué
es el autismo?
–No lo sé. Hace veinte años que estoy con autistas, pero no lo sé.
–Veinte años tratándolos.
–Veinte años viviendo con ellos. Yo vivo con ellos.
–Maud Mannoni, que se ocupó bastante del autismo, fue su amiga, usted
trabajó con ella.
–Sí, claro. Jean Lacan, a comienzos de los sesenta, le dijo a Maud:
“Vaya a ver qué pasa con la locura y el psicoanálisis en las
instituciones”.
–Qué curioso pedido. ¿El psicoanálisis no era en esos tiempos una técnica
que sólo se usaba para la neurosis? El se refería tal vez a
instituciones para psicóticos. No sé, digo.
–No totalmente, Françoise Dolto ya había empezado a trabajar, a
ensanchar el campo del psicoanálisis hacia otras zonas. Pero primero
veamos lo que usted dijo del psicoanálisis.
–Sí, ya sé. Dije “una técnica”. Eso le chocó. Una sombra de
disgusto pasó por sus ojos.
–Acertó. ¿Cómo una técnica? ¿Podemos reducir el psicoanálisis a
una técnica? ¿O es una manera de saber otro? Como la poesía. Ya Freud
lo ubicó ahí. El dice: “Nuestros verdaderos maestros son los poetas,
los escritores, los artistas”. De ahí los riesgos de la transmisión
del psicoanálisis en la universidad. Puede ser una perversión porque se
puede dar a alguien el título de psicoanalista.
–La pregunta sería ¿a partir de qué?
–Sí, “de qué” o “desde dónde”. Es algo demasiado complejo
como para creer que alcanza con recorrer determinados carriles para
alcanzar conocimiento.
–Volvamos a Mannoni investigando en las instituciones francesas la
situación de la locura y el psicoanálisis.
–Fíjese qué curioso lo que le pasa. Mannoni hace esta experiencia y
llega a la conclusión de que ella era una exiliada. Una exiliada en el
sentido de Rimbaud. “La vraie vie est ailleurs.” La verdadera vida está
en otra parte. Ella era hija de un embajador belga y había vivido su
infancia en Colombo, la capital de Sri Lanka, en medio de razas y lenguas
diversas, hasta que todavía una niña es enviada a Europa a fin de
recibir la educación que correspondía a su clase. Este cambio, según
dice Mannoni, hizo de ella una autista, un ser humano en el borde de la
psicosis. De esta situación sólo consigue salir a partir del encuentro
en el colegio con una monja que revaloriza todo aquel pasado y la cultura
en la que había crecido. Este contacto con el pasado es lo que le permite
reconstruirse e inventar otra forma de vida.
–¿Qué ve Manonni en esa recorrida de las instituciones?
–Ella ve que esas instituciones encargadas de curar entre comillas no
hacen más que transformar al niño, al joven, en un objeto. Objeto del
saber psiquiátrico, objeto administrativo, objeto del saber psicoanalítico.
Ante esta realidad ella crea, se propone y crea una institución a la que
llama Escuela Experimental de Bonneuil.
–Qué fantástico, que se lo proponga y pueda.
–En esos años había en el aire –también aquí– ese sentimiento de
que todo era posible. Y cuando uno está convencido de que puede, puede.
–Estamos hablando de los sesenta.
–Sesenta y ocho, pleno Mayo Francés.
–¿Qué tenía de especial ese lugar creado por ella?
–Allí, cada chico no era considerado a partir de su patología sino a
partir de lo que Françoise Dolto llamaba “su genio propio”. Se partía
de la locura en general. En su más amplia gama. Lo que yo creo más
interesante decir es que antes de Manonni la gente quedaba marginada a
partir de su síntoma.
–¿Qué hace ella concretamente?
–Promueve la creación de este centro, Bonneuil, donde el niño hará un
pasaje, entrará para salir.
–Quiere decir que no se trata de un lugar donde el niño queda guardado
por tiempo indefinido.
–Y mire qué curioso lo que pasa poco después. Ella viene al Río de la
Plata con su esposo Octave Mannoni. Estamos a comienzos de los setenta, y
se enfrenta con ideas nuevas que le despiertan gran interés a partir de
José Bleger. Pero también de otros psicoanalistas argentinos del
momento. Mimí Langer, Rodrigué.
–García Reinoso, Pichon Rivière.
–El ambiente en la Argentina era de gran efervescencia en esos años.
–¿Qué aportaban de nuevo estos psicoanalistas argentinos?
–En algún sentido ideas que profundizaron algo que ella había empezado
a ver. En Bonneuil los niños entraban para salir, y esto estaba bien,
pero vio que no era suficiente. La institución tenía que poder sacar al
niño de ese movimiento pendular: los profesionales, la familia; la
familia, los profesionales. El niño iba creciendo entre unos y otros. Y
los profesionales sufrimos –como todos los seres humanos–
deformaciones.
–¿Y la familia?
(Lito Benvenuto lanza una carcajada, mientras mueve la cabeza hacia un
lado y otro sin dejar de reír.)
–Piensa que allí está el terreno que alimenta la psicosis.
–En general el niño es el emergente de la patología familiar. Por eso,
Maud Mannoni hablaba de hacer estallar a las instituciones.
–Cuando dice “las instituciones” se refiere a los dos lugares entre
los que se mueve el paciente.
–Sí, me refiero a las dos puntas entre los que oscila el niño, el
hospital o escuela, y la familia.
–No queda claro el significado de “estallar”. ¿Romper en pedazos?
¿Qué quiere decir aquí estallar?
–Abrir, romper. No hacer de la institución algo que es más importante
que las personas a las que intenta ayudar. Lo cual pasa cuando la
institución se transforma en un fin en sí misma.
–¿Podríamos decir, a partir de todo esto, que en el autismo se
descarta lo genético?
–Hasta ahora eso no se ha comprobado.
–¿Si es un emergente de la patología familiar, sería algo adquirido?
–Decían Dolto y Lacan que para ser un psicótico se precisan por lo
menos dos o tres generaciones de psicóticos. También decían que no es
psicótico quien quiere sino quien puede. Convencida, entonces, Mannoni de
que era necesario hacer “estallar” las instituciones quita a Bonneuil
el título de hospital y lo cambia por “escuela experimental”.
“Escuela experimental de Bonneuil.” Cuando se dice hospital se habla
de un enfermo. Cuando se dice escuela se habla de un trayecto. ¿Por qué
curar donde sólo hay que atender? Yo siempre digo que ése es mi gran
aprendizaje con los pacientes. Yohace veintitrés años que vivo con ellos
en la misma casa y no quiero otra.
–Eso me recuerda a una psiquiatra alemana a quien le preguntaron cómo
había conseguido sacar a una enferma de su catatonia. ¿Qué hizo?
“Estar ahí”, respondió.
–Hay un americano interesantísimo llamado Oliver Sack que escribió un
libro excelente que se llama El hombre que confundió a su mujer con un
perchero. El, que es un psiquiatra brillante, ve la locura desde otro
lado. En ese libro dice que todas esas calificaciones que hacemos,
“esquizofrénico”, “paranoico”, “autista”, son construcciones
que hacemos los neuróticos para defendernos de lo que no sabemos.
–¿Los neuróticos? ¿El dice “nosotros los neuróticos”?
–Sí, ¿y qué somos todos nosotros? Bueno, casi todos. Hablábamos de
las clasificaciones. Las hacemos para defendernos de lo que no sabemos y
para no ver nuestra locura. A mí me parece que en ese sentido, los niños
con quienes vivo –más allá de Mannoni, de Dolto, de Lacan– son
quienes me han dado los mayores elementos para su conocimiento. Ellos, que
teóricamente tendrían que estar en el lugar de los que no saben, me enseñan.
–Eso no quiere decir que no haya algunos datos teóricos que acompañan
su relacionamiento con ellos.
–No, claro que no. Hay teoría. Incluso tenemos algunos libros como
Vivir en Bonneuil, Bonneuil 16 años después, La educación imposible y
otros. Para trasmitir hay que escribir. Para esa escritura, para ese
cuerpo teórico, es necesaria una clínica que lo realimente. Sin ésta la
teoría se vuelve ficción. Uno puede hacer un libro estupendo hablando
del autista. “Hizo esto, le pedí e hizo lo otro.” Eso no es lo mismo
que intentar hacer un trayecto con él.
–¿Habla el autista?
–Algunos hablan. Lo que puedo decirle es que, según mi experiencia,
quien entró autista sale autista. Lo que es interesante es que, a través
de alargar el campo, a través de presentarles otros escenarios alejados
de la familia, y también de los profesionales, se obtienen buenos
resultados.
–Creo que ha dado buen resultado la integración del autista a familias
que viven en el campo.
–La sociedad rural acepta sin interrogarse tanto. Y tiene más tiempo.
–Si el que entró autista sale autista, ¿qué quiere decir obtener
buenos resultados?
–Yo no sé qué es el autismo, pero después de convivir con ellos 23 años
puede testimoniar sobre la angustia, el dolor, la desesperación del
autista y sobre esa radio que les funciona sin parar en su cabeza.
Nosotros la tenemos, pero la podemos parar a partir del trabajo, a partir
de las relaciones sociales. Podemos sociabilizarla, trasformarla en algo.
Cuando digo mejores resultados es porque pienso que es menor el
sufrimiento. Hay que dar manos al autista.
–¿El autismo es algo que apareció este último siglo o viene de más
lejos?
–Yo creo que viene de muy lejos. Lo vemos en la literatura. Lo que pasa
es que a partir del siglo XVIII, XIX, es decir a partir de un cierto
cientificismo, hay que definir las cosas, darles nombre.
–Lo cual según usted no sería una ventaja.
–No lo es. No es una ventaja clasificar –al estilo de Estados
Unidos— los síntomas: MC4, etcétera. Lo que tenemos ahí es un objeto
de las estadísticas y no un sujeto. Se borra lo interesante del
psiquismo. La aplicación de esas fórmulas borra en la persona su condición
de sujeto angustiado, de sujeto creativo. De sujeto en toda su gama.
–Usted vive con chicos autistas, ¿vive en la Escuela?
–No, nosotros vivimos cerca de la Escuela, en un barrio que está un
poco antes de Bonneuil, en Creteuil. La casa se alquiló a partir del
dinero que aportó una cantidad de gente que tenía un interrogante y
buscaba entender la locura. No la locura como algo que tenía que ver con
la cultura: saber qué es la locura, sino saber qué es nuestra propia
locura. Todo eso flotaba en el aire a fines de los sesenta. Mucha gente se
juntó, gente que quería hacer esto o aquello. Recuerdo a Fedidá, un
interesantísimo psicólogo de Africa del Norte. Y bueno, muchos otros,
gente que trabajaba ad honorem fuera porque sí o porque tenían un chico
allí y eso pagaban. En realidad todo comenzó a partir de un paciente. Un
paciente de Mannoni que la tenía muy desorientada, preocupada. No sabía
qué hacer.
–¿Se trataba de una situación nueva, diferente? ¿Por qué no sabía
qué hacer?
–No diferente, en ese momento se dio cuenta de que ese ping-pong,
consultorio-casa, casa-consultorio no servía. Ese chico era un emergente
de algo. Había que crear otra cosa, otro lugar. Ahí se creó en Bonneuil
lainstitución para chicos con problemas psíquicos que más tarde se llamó
Ecole Experimental de Bonneuil.
–Varios años después Mannoni tuvo claro qué quería hacer.
–Claro, le llevó un tiempo saber que toda esa experiencia había que
recogerla en un cuerpo teórico, pero no en un cuerpo teórico que cerrara
sino un cuerpo teórico que abriera.
–Un cuerpo teórico cerrado sería el que se resiste a todo cambio.
–Es aquel en que todo está definido. Para que se dé cuenta de cómo
era ella, hay a ese respecto una frase que la pinta: tirarse a la pileta.
Ella se inspiró mucho en un trabajo que hizo un sacerdote, Dom Milano, en
la escuela de Barviana (Italia) en la posguerra. Su teoría era aprender
algo, por lo menos una estrategia para vivir. Esa joven quizá no
reconozca un verso de Dante, porque eso lo enseñan en la escuela, y en
medio de las bombas, hay otras prioridades. Pero sobreviven. Y Dom Milano
hace hincapié en eso. El dice “Todos juntos vamos a avanzar. Cambiemos
lo que no sabemos por el saber que tenemos. Porque ya subsistir en esta pícara
vida es bastante”. Esta vida –y usted estará de acuerdo– es un duro
combate. Claro, también es posible la caída en la locura –queda en
silencio por unos segundos–, la cual puede ser un refugio. La locura
tiene beneficios secundarios. Como sufrir desde otro lugar; la no castración;
la omnipotencia. En el pasado, los locos y los epilépticos eran quienes
estaban en relación directa con los dioses.
–¿Eran respetados?
–No sé si respetados. Eran escuchados, integrados. A medida que se
construyen las ciudades –eso Foucault en La historia de la locura lo
explica muy bien–, fueron llevados hacia las márgenes. La sociedad no
acepta que el delito y la locura son sus emergentes. El aspecto menos
amable de nuestro rostro. Entonces, ¿qué hacemos?
–¿Cómo está organizada la Escuela? Hay un grupo de chicos, hay
terapeutas.
–La proporción en la Escuela era, y continúa siendo, de uno a uno.
–¡Uno a uno!
–Sí. Le digo, como esa psiquiatra alemana de quien usted me contó,
“Yo estuve ahí”. A veces esta proporción puede modificarse.
–Esta es una gran dificultad para un país pobre.
–Sí, estoy de acuerdo. Pero no sirve estar con diez, doce. Yo en este
momento comparto la vida diaria con cuatro. Por períodos cortos, se puede
acompañar a tres, cuatro o cinco. Digo acompañar y no curar porque si
curar significa, como es corriente, aplastar teniendo como modelo lo que
llamamos “lo normal”, no curo. Yo creo que después de cambiar de
siglo, e incluso de milenio, tenemos que entender que la verdadera
igualdad se da a partir de la diferencia, la cual nos permite intercambiar
algo, algún conocimiento, algún saber. Todo esto de que hablamos hoy
estaba en Bonneuil. Pero tampoco crea que pensábamos Bonneuil como un
lugar perfecto. Bonneuil fue creado, simplemente, como un lugar donde la
gente no sería marginada desde el síntoma.
–¿Qué indica que no hay marginación? Usted por ejemplo vive con
varios chicos, todos con problemas similares.
–Vivimos en una casa corriente sin ninguna chapa en la puerta que diga
esto o aquello. Cocinamos juntos y juntos trabajamos en el jardín, vamos
al supermercado. Siempre vienen amigos que son integrados como en
cualquier hogar corriente. Todo esto se hace sin recurrir a ese sentido
tan proclive a la pedagogía que tenemos los neuróticos. Con los psicóticos
la pedagogía no da resultado. Este problema está muy bien en un pequeño
artículo de Octave Mannoni que se llama “Itard y su salvaje”.
–¿No hubo una película de Truffaut con ese tema?
–Sí, claro, L’enfant Sauvage. La pregunta es ¿por qué Itard fracasa
en su intento y por qué no fracasa el ama de llaves de la casa de Itard?
Con ella, Víctor, el niño, se comunica sin palabras, denomina alguna
cosa como leche, sale afuera a mirar la luna. Entra en calma. Se
tranquiliza. ¿Porqué? Esta mujer había vivido en el campo y el niño
había subsistido solo en el bosque. Las experiencias de ambos tiene
puntos de contacto. Ambos miran la luna en las noches y ambos reconocen
los olores y ruidos del campo a partir de su pasado, de su contacto con la
naturaleza. Ambos comparten un sistema de significaciones que hace posible
cierta comunicación.
–¿Dónde estuvo el error de Itard?
–En sus prejuicios. Cuando Itard mira a Víctor, ve un salvaje. Víctor
había subsistido entre animales, en el bosque. Para esto hay que tener un
saber.
–¿Más o menos en qué momento de la vida del niño se puede detectar
el autismo?
–Yo creo que tempranamente la madre sabe. Como se trata de un diagnóstico,
entre comillas, muy pesado, se intenta no verlo. Aquellos que trabajamos
con niños debemos estar muy atentos a ese saber que tiene la madre, saber
que a su vez viene de su madre. Winnicot dice que el autismo puede ser un
vacío imposible de salvar. El cree que faltó en la mirada de la madre
ese lazo que la une al niño. Habría una incomunicación de inicio que
podría, digo podría, ser causa del autismo. Hubo allí algo que se cortó,
¿fue ésa la causa? Es difícil decirlo.
–¿En qué momento pueden decir “estamos ante un autista”?
–Si se ve un niño que sufre mucho, que se mutila, que no habla, que
tiene movimientos estereotipados, puede pensarse. A veces se trata de bebés.
Los bebés son muy transparentes, quienes tienen trato con los bebés
saben.
–Cuénteme más de su vida con los niños.
–Es una casa corriente. La gente de pronto me pregunta si son chicos míos.
Yo no digo ni sí ni no. A los chicos se añaden jóvenes que están
interesados en el tema y llegan desde otras culturas a fin de hacer
talleres. Ellos vienen, trabajan con nosotros, se forman. Son argelinos,
turcos, latinoamericanos. Cada cultura tiene su mirada. Es muy especial la
gente que llega de Sudamérica: Uruguay, Brasil, Argentina. Leen nuestra
experiencia de una manera tan rica, tan creativa. A estos jóvenes que
vienen a hacer pasantías no se les cobra. Eso viene así desde Mannoni.
Ella decía, “esto que les damos no tiene precio. Y el saber que ellos
traen es tan valioso como el nuestro. Pero, además pensemos lo que le
cuesta a un joven psicólogo o médico llegar hasta aquí. Lo que le
cuesta el pasaje”.
–¿Cómo era Maud Mannoni?
–Una persona muy divertida que desdramatizaba mucho. Su aporte fue,
entre otras cosas, acercarse a este o aquel niño no a partir de una
cartilla donde dice: “Esta niña se llama Juana, es psicótica,
agresiva, difícil, descontenta”. Si yo le diera un dossier así, usted
empezaría a trabajar a partir de mi experiencia y no de la suya. Su
mirada puede ser diferente, aportar cosas diferentes.
–Lo que hay, en definitiva, creo que es un gran respeto por el otro.
–Tan grande que uno de los chicos dijo, en determinado momento, que él
quería vivir en Montpellier, “¿Por qué no?” dijo Mannoni. “En
Montpellier voy a estar bien”, dijo el chico. Y Mannoni, “Si él dice
eso hay que escucharlo, ahí hay algo de verdad”. Se le buscó una casa
de familia en el campo que aceptó recibirlo y se fue. En el discurso del
psicótico están todos los elementos de la salud desordenados. Lo que hay
que buscar es el pilar que en arquitectura sostiene el arco. Cuando no está,
todo cae. Por eso no sirve trabajar con el síntoma porque éste reaparece
por otro lado.
–Se trabaja con la palabra.
–Sí, con el discurso del psicótico. Lo que hay que proponerse es
ordenarlo estando a su lado, compartiendo la vida. No partiendo de la base
de que no sabe, no entiende. Si pienso, “es autista, ¿para qué le voy
a hablar?” lo hago dos veces autista. Ahora cuando yo vuelva a Francia
voy a contarles a mis chicos lo que hice en el viaje. “Fui allá, al
otro, ladodel océano, estuve en un país chiquito, que está junto al
mar, comí helados muy ricos, conocí a una periodista y le conté de
ustedes.”
–¿Y ellos ponen cara de estar interesados?
–No solamente ponen cara. ¿Usted pone cara o está realmente interesada
en lo que hablamos? Hay veces que, a partir de estos cuentos, alguno
consigue verse viajando conmigo, llevando mi valija, comiendo un helado en
otra ciudad. Cuando ocurre algo así, es maravilloso porque por un
instante ha dado un salto sobre su incapacidad de ser otro.
–¿Quiere decir que en general son incapaces del juego?
–Claro. Ese es su gran problema. Carecen de esa posibilidad. Cuando
consiguen por un instante jugar, eso es muy bueno.
–Usted decía que suele llevarlos de paseo.
–Sí, los llevo a tomar gaseosa a algún bar que me gusta, a
exposiciones, al cine. No les digo “pórtense bien”. Lo que les digo
es “hay reglas, hagan como si fueran normales”.
–¿No es ofensivo eso?
–¿Por qué yo los voy a despojar de lo que es su identidad? Recuerde lo
que decía Dolto: “Hacen falta tres generaciones para ser un psicótico”.
–¿Y ellos hacen como si fueran normales?
–A veces sí y a veces, hacen desastres. Se ponen caprichosos. Ahí me
pongo firme. Le cuento una anécdota interesante. Había una niña a quien
le agarraban unos ataques de llantos terribles, verdaderamente terribles.
Lloraba y lloraba y lloraba. Pero, este día que le cuento, su llanto era
interminable. Yo le propuse todo lo que podía proponerle. “Vamos a la
piscina”, “Vamos a dar un paseo”, “Vení a ayudarme en la
cocina”. La nena tenía 12 o 13 años. No paraba, pasaban las horas y
ella seguía. Yo me puse a hacer dulce de naranja con otro chico y ella
seguía. En un momento llegó al límite, estaba de pie a nuestro lado
dejando correr las lágrimas. Ya inaguantable para mí. Con la cuchara de
madera que estaba revolviendo el dulce ¡páfate! Le di un golpe de
cuchara en la cabeza y le dije: “Ahora te vas a tu habitación y se
terminó”. Cinco minutos más tarde volvió y dijo: “Ahora sé por qué
lloro. Lloro porque no sabés lo que me pasa”.
–Es muy sutil lo que dijo la chica. ¿Qué se puede responder a eso?
–Le dije, “en la vida vas a tener que hacer más con lo que no se sabe
que con lo que se sabe. Sólo siendo Dios podría saber qué te pasa sin
que tú me lo digas. Yo no soy Dios ni quiero el lugar de Dios. Soy una
persona como tú, que te quiere y está acá. Comiendo contigo en esa
mesa, durmiendo en aquel cuarto cerca del tuyo, cocinando y plantando
contigo siempre que me quieras acompañar”. Paró de llorar, se puso un
delantal, tomó la cuchara de madera y empezó a revolver la olla.
–Sintió que no estaba sola.
–Se sintió acompañada. Y creo que aprendió algo. Yo también aprendí
algo. Creo que terminamos ¿no?
–No. Usted a través de la entrevista ha dicho muchas veces que sobre el
autismo no se sabe nada y al mismo tiempo nos ha mostrado que son muchas
las cosas que se saben. Me gustaría que con su saber y su no saber nos
haga, para finalizar, un retrato del autista.
–(Mira hacia fuera, se mira las manos, y luego, sin mirarme.) Es un ser
humano a parte entera. Aunque en apariencia no hable y no muestre su
afectividad, hay que ser más sutil y saber que no solamente se habla con
la palabra. Su vida interior es igual a la nuestra, y quizá, más rica.
Lo importante, para mí, lo más importante, es respetar su condición de
sujeto, ayudarlo a encontrar las formas de usar sus manos. El trabajo es
terapéutico en sí mismo, no se sabe dónde, es el secreto de
Polichinela. Vamos al jardín. Cambiamos esta planta que se secó, echamos
agua y de repente, no se sabe por qué, aquella inquietud que nos
angustiaba pasó. Ellos están hechos de la misma materia que nosotros, más
golpeada. Y, tal vez tal vez, más rica La clase de
los "salvajes" Lito Benvenuti tenía 17 años
cuando entró como maestro a una escuela de la ciudad de Rosario, donde le
adjudicaron la única clase que nadie quería aceptar: la de los
repetidores, excedidos en edad, agresivos, desinteresados del aprendizaje.
Eran hijos de alcohólicos y prostitutas, chicos que conocían la calle,
la muerte, el sexo, la dureza de la vida. El sabía de libros y de
ciencia. Juntos aprendieron. “Ellos están en el comienzo de todo lo que
hice luego”, dice Lito Benvenuti.
A los 23 años, Lito, luego de conocer a Maud Mannoni en Buenos Aires, se
fue a Francia a trabajar con ella. Hoy Benvenuti tiene algo más de
sesenta y una vida de terapia original y creativa
Maud Mannoni (Magdalena
van der Spoel)
Psychanalyste française d'origine néerlandaise
(Courtrai, Belgique, 1923 — Paris, 1998).
Après des études primaires à Amsterdam (Pays-Bas), et à Notre-Dame
de Sion à Anvers (Belgique), elle entreprit des études à l'université
libre de Bruxelles, puis à Paris, à l'université de Paris-VII. En 1947,
elle devint analyste et l'assistante de Françoise Dolto à l'hôpital
Trousseau (1949), avant d'épouser Octave Mannoni. Sa rencontre avec
Jacques Lacan en 1950 fut déterminante pour elle, sur le plan de
l'expression théorique de son approche singulière de la pathologie
mentale.
Proche du mouvement antipsychiatrique, et en particulier de R. Laing,
son désir de fonder une institution d'accueil des enfants psychotiques,
arriérés et autistes fut concrétisé par la création en 1969 de
l'École expérimentale de Bonneuil-sur-Marne, agréée en 1975 comme
hôpital de jour et lieu d'accueil de nuit. L'École de Bonneuil, qui à
certains égards s'apparentait à l'École orthogénique de Chicago créée
aux États-Unis en 1960 par Bruno Bettelheim, donna naissance au
concept d'« institution éclatée » : à l'opposé de l'hôpital,
elle devait permettre aux enfants malades de s'ouvrir vers le monde extérieur
En 1982, Maud Mannoni fonda avec Octave Mannoni et Patrick
Guyomard le Centre de formation et de recherches et une nouvelle
association: l'Espace analytique, association de formation psychanalytique
et de recherches freudiennes
Maud Mannoni fut également directrice de la collection « L'Espace
analytique » aux éditions Denöel
Ses ouvrages principaux sont : l'Enfant arriéré et sa mère
(1964), le Premier Rendez-vous avec le psychanalyste (1965), l'Enfant,
sa «maladie» et les autres (1967), le Psychiatre, son «fou» et
la psychanalyse (1970), Éducation impossible (1973), Un
lieu pour vivre (1976), D'un impossible à l'autre (1982), le
Symptôme et le savoir (1983), Un savoir qui ne se sait pas
(1985), Amour, haine, séparation (1993), les Mots ont un poids.
Ils sont vivants (1995). Maud Mannoni s'est également intéressée
aux personnes âgées : Ce qui manque à la vérité pour être
dite (1988), le Nommé et l'innommable (1991)
Deux films sur Bonneuil ont été réalisés par Guy Seligmann : Vivre
à Bonneuil (1974) et Secrète Enfance (1978)
|