Fuente: La
Nación Buenos Aires 29/11/2003 Marcos
Aguinis tiene permanentemente tendida sobre su diván de médico
psiquiatra a una más que especial y traumatizada paciente: la República
Argentina. La asiste sin respiro y a toda hora. Escuchando sus
persistentes padeceres ha llenado cuadernos y cuadernos de apuntes que
luego reprocesa en libros que publica a destajo, con la aprobación masiva
que sólo logran los best sellers.
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De
prosa fluida y tajante, sin embargo, Aguinis no ha perdido un decir
cadencioso, didáctico y apaciguador, con lejanas reminiscencias de su Córdoba
natal, que apenas desentona en la quietud de su departamento enclavado en
el corazón de Palermo Chico. Apabulla la cantidad de obras, entre ensayos
y novelas, que tiene en su haber, todos con títulos de sutil impacto que
invitan a una lectura urgente: "La cruz invertida", "La
gesta del marrano", "Los iluminados", "La conspiración
de los idiotas", "Carta esperanzada a un general",
"Asalto al paraíso", "El elogio de la culpa" y tantos
más.
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Cualquiera
que lo lea o lo escuche con atención habrá notado que el autor de
"El atroz encanto de ser argentino" menciona recurrentemente dos
problemas cruciales que tienen atrapado al país en un fango
autodestructivo: la violación sistemática de la ley y las prácticas
populistas que, a su entender, implementó primero el conservadurismo,
desarrolló luego el radicalismo y perfeccionó hasta el día de hoy el
peronismo. Sostiene que mientras esos dos tumores malignos -que, siguiendo
la analogía cancerígena, parecen haberse difundido como virulenta metástasis
en el seno de la sociedad y en las más variadas dirigencias públicas y
privadas- no sean removidos, el porvenir de la Argentina se hundirá,
tarde o temprano, en nuevas y mayores oscuridades.
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-¿Podría
definir psiquiátricamente cuál es el diagnóstico y la evolución
posible del "paciente" llamado Argentina?
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-Se trata de una
sociedad en estado de emoción violenta, capaz de cometer actos
impredecibles y de cambiar rápidamente de tendencia. Esto es consecuencia
de una inestabilidad muy larga de la Argentina en todos los aspectos.
Emoción violenta que nace como producto de una ausencia de referencias
que den tranquilidad. Aquí no se respeta la ley y eso hace que no se sepa
bien por dónde andamos.
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-¿Y por qué
la ley no se respeta? ¿Tal vez porque la normativa española que trajeron
los conquistadores era muy rígida y arrevesada? ¿O porque Colón y los
que lo siguieron se rodearon de demasiados facinerosos que vinieron con
cierto espíritu sátrapa?
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-En toda América
latina el respeto a la ley nunca se consolidó. Sucedió desde la época
de la colonia y con los propios conquistadores: el mítico Hernán Cortés,
al recibir una cédula real por la cual se le pedía que se respetase a
los indios, dijo: "Se obedece, pero no se acata". Desde entonces
se impuso el doble discurso que ajusta la ley a lo que conviene. Los
famosos juicios de residencia, por ejemplo, se hacían para juzgar el
desempeño de los funcionarios que designaba la corona. Pero los fallos
dependían más de los amigos que había en la Corte que de sus propios
comportamientos. Y eso se continúa después con la aparición de los
caudillos, que ajustan la ley a su medida, poniéndose por arriba de ella.
La ley es un instrumento del caudillo y esto es lo que se ha visto hasta
ahora en la Argentina: la reforma constitucional y los cambios en la Corte
Suprema son ajustes que se hacen a la Justicia de acuerdo con el deseo del
gobernante de turno.
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-Así como lo
cuenta, parece tan estructural el problema que no permite abrigar
demasiadas esperanzas hacia el futuro, más allá de alivios o
empeoramientos circunstanciales, que es lo que ha venido sucediendo desde
siempre...
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-Esta es una
tradición que se remonta al modelo hispano-lusitano de las monarquías
absolutas en las que el rey estaba por encima de la ley. Pero tanto en
España como en Portugal hicieron un cambio copernicano. En esos países
la ley funciona cada vez mejor, lo cual quiere decir que eso también
puede ocurrir aquí.
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-¿Y a cuánto
calcula usted que estamos de ese cambio copernicano y qué requisitos nos
faltan para lograrlo?
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-Estamos muy
lejos. España y Portugal pudieron cambiar porque luego de sus respectivas
dictaduras contaron con dirigencias inteligentes que encaminaron a esos países
hacia el progreso sostenido. Eso no se ve ni en la Argentina ni en América
latina. En su lugar, las dirigencias siguen aferradas a fórmulas
populistas, de clientelismo político, de asistencialismo interminable. Lo
único que consiguen con eso es mantener la pobreza y la ignorancia, dos
condiciones fundamentales para poder manipular al pueblo en su beneficio.
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-Con los años
se ha observado un preocupante empeoramiento de esa clase dirigente local.
Dejemos de lado ejemplos de austeridad comprobada, como Arturo Illia, pero
aun Juan Domingo Perón, que sus enemigos estigmatizaron como que había
robado en su paso por el poder, sin embargo, no tuvo una vida rumbosa ni
grandes pertenencias a la vista. Por el contrario, ahora hasta el concejal
del pueblito más humilde se fotografía con su chalet de diez
habitaciones, su flota de automotores y sirvientes en cantidad. ¿Qué es
lo que pasó entremedio? ¿Por qué cierta clase política hace tal
ostentación desfachatada de bienes tan mal habidos?
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-Pasó algo muy
grave. Se confundió democracia con ausencia de ley. En 1984, una mujer a
la que le habían robado la cartera me comentó que el comisario que le
recibió la denuncia le dijo: "¿Usted quería la democracia, señora?
Bueno, ahora aguántesela". Este ejemplo es muy elocuente respecto de
que algunos entienden la democracia como sinónimo de la ausencia de ley.
Confundíamos ley con mano fuerte, con esa caricatura del poder que es el
dictador, ese gran violador de la ley que se impone de una manera salvaje
y arbitraria para su propio beneficio. Esa es la gran confusión de la
Argentina: se cree que la ley no debe ser firme. Por eso los argentinos no
entendemos la expresión "sólo la ley nos hará libres". En
este momento los argentinos no somos libres, sino prisioneros de los
delincuentes. Carecemos de libertad porque justamente no defendemos la ley
y su ausencia nos tiene a todos asustados, inquietos, nerviosos,
desesperados, sin saber hacia dónde ir. Al revés, en una verdadera
democracia, la ley tiene que ser extremadamente rigurosa. No debe darle
margen a la impunidad.
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-Antes, el
enriquecimiento ilícito era vergonzante, se ocultaba, pero luego hasta se
perdió ese precario recato y se volvió exhibicionista. ¿No cree también
que esa explosión de delincuencia común que ahora sufrimos es una suerte
de espejo de esos latrocinios de guante blanco hechos también a la vista
de todos desde otros estratos sociales?
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-Seguro, el
segundo beneficio de la corrupción es el placer de mostrar y exhibir el
poder que se ha logrado. Esto es parte de una corrupción muy profunda que
se volcó como un líquido venenoso por todos los rincones de la sociedad.
Es muy difícil en este momento encontrar áreas que estén libres de esa
infección. De allí que sea tan complicado corregir esto, porque el mal
avanzó demasiado y eso sucedió porque no hemos tomado conciencia de la
importancia que significa la ley. La certeza de que va a haber sanción
desactiva al delito. En la Argentina la única certeza es que no hay sanción.
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-Y si hay
sanción se alivia. Fíjese, si no, el proyecto legislativo que ha estado
dando vueltas para despenalizar conductas delictivas de ciertas
agrupaciones piqueteras, o el llamado "dos por uno", que podría
dejar en la calle a los asesinos del reportero gráfico José Luis Cabezas
apenas siete años después de su alevoso asesinato...
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-Nos manejamos
con bastante ceguera respecto de lo que cada época requiere. Cuando
salimos de la dictadura era lógico que pusiéramos el acento en defender
a las presuntas víctimas y en condenar a todo lo que hubiese sido
sobredosis de rigor. Pero pasado un tiempo, esto tiene que ser enfocado en
sentido completamente opuesto. A la sociedad hay que darle la sensación
de que hay una ley igual para todos. Nuestra ley suprema, la Constitución
Nacional, ha cumplido en este 2003, 150 años de su creación. ¿No es
curioso que este hecho fundamental de nuestra historia, que llevó
adelante una clase dirigente muy visionaria que nos convirtió en uno de
los países más prósperos del mundo, haya sido totalmente ignorado? Todo
contribuye a que en nuestro país se instale una creciente criminalidad e
inseguridad porque aquí no hay ley. Y si esto no se corrige de una manera
muy firme el futuro será bastante sombrío.
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-A propósito
de eso, hay una figura ominosa y repetitiva en la historia argentina:
arrancar a la gente de su ámbito y llevarla a otro lugar para violentarla
de todas las maneras posibles: física, sexual, psíquica, espiritual, política
y económicamente. Los conquistadores se apropiaron de las indias, luego
los indios se llevaban a las cautivas. La costumbre de la sustracción de
personas no reconoce límites ideológicos: los terroristas de izquierda
en los 70 lo practicaron con sus rehenes y el terrorismo de Estado
ejercido por el Proceso lo "industrializó". Ahora son los
delincuentes comunes, con modus operandi tan violentos como los
anteriores, quienes lo llevan adelante para cobrar rescate. ¿Por qué
esta recurrencia tan atroz?
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-Esto se vincula
con la nefasta tradición de la falta de respeto por el otro. Y tiene que
ver con el desprecio que existe en la Argentina desde los tiempos de la
colonia: el conquistador despreció al indio, al mestizo y al negro; el
inmigrante, al cabecita negra; el provinciano, al porteño y viceversa; el
vecino desprecia al de al lado. Todo ese clima está asociado con la
facilidad que tenemos para depredar. No tomamos conciencia de los valores
que son nuestros: los espacios públicos, los monumentos históricos, el
ser humano. La combinación explosiva entre la cultura del desprecio y la
ausencia de la ley se potencia y da ese resultado tan nefasto. La práctica
del secuestro con tan distintos justificativos obviamente tiene que ver
con la tolerancia que nosotros prestamos a esto según quién y en nombre
de quién lo haga: en un momento nos parece bien y en otros nos parece
mal. Y es aquí donde debemos ser suficientemente racionales y darnos
cuenta de que esto no puede estar ideologizado, que cada ser humano es
sagrado y, por lo tanto, merece un respeto más allá de su raza, ideas y
condición social.
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-¿Cómo
vuelve el odio que no se castiga?
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-Se incrementa,
se desenfrena más. Es una compuerta que se abre y que sólo puede
detenerse cuando se le pone coto.
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-En su libro
"Un país de novela" usted traza dos líneas históricas antagónicas
que manejaron el país a lo largo de la historia y pone del lado de la
racionalidad a la Revolución de Mayo, la Organización Nacional, la
Generación del 80 y la recuperación democrática de 1983 y del otro al
paternalismo feudal, autoritario y retrógrado expresado en la colonia,
continuado por Rosas, los golpes militares de 1930 y 1943 y que sigue con
el peronismo. ¿Verdaderamente piensa que todo es tan lineal: los buenos
son tan buenos y los malos son tan malos? ¿Por qué si la vertiente
racional hizo tan bien las cosas pudo entonces irrumpir la irracionalidad?
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-Hay muchos
cruces. Traté de deslindar dos tendencias para hacer más didáctico y
comprensible el tema. Pero obviamente ni en la línea racional fue todo
tan racional ni en la irracional fue todo tan irracional. Por ejemplo, el
populismo no ha sido patrimonio exclusivo del peronismo, aunque sí lo
llevó a sus expresiones más extremas: hubo antes populismo conservador y
radical. A su vez, la Generación del 80 puso en marcha un sistema
progresista que tenía graves fallas que se fueron corrigiendo con luchas.
No nos olvidemos de que el voto no era universal. Sólo marco dos líneas
para facilitar el análisis. Es como las tendencias vitales y letales a
las cuales el ser humano tiende. Es preciso separarlas, en el análisis teórico,
para entenderlas mejor.
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-Usted señala
que el primer peronismo logró imponerse con censura y que en las últimas
administraciones de ese signo logró sostenerse promoviendo la
autocensura. ¿Y qué base de sustentación le parece que busca el actual
gobierno peronista?
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-Estamos en el
comienzo de una nueva autocensura, lo cual me da mucha inquietud, porque
ya hemos pasado por eso y los resultados no han sido buenos. La sociedad
debe reflexionar e incluso brindar su crítica, que el Gobierno también
necesita para hacer ajustes en su gestión. Cuando eso desaparece, todo se
torna material obsecuente. El mismo gobernante empieza a estar muy perdido
en su función y desde luego aumentan los errores.
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-¿Cómo es
ese principio de autocensura que usted advierte?
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-Nos han llegado
informaciones diversas y coincidentes con las declaraciones de Elisa Carrió
en cuanto a que algunos periodistas fueron "apretados"
sutilmente. Además, en la Argentina, lamentablemente, uno tiende a creer
que el soborno es algo que subsiste de manera directa o indirecta. Todo
esto influye para que la autocensura crezca. Espero que nuestra frágil
memoria nos ayude para que esto no se profundice.
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-En todos sus
libros usted hace una disección muy meticulosa y severa del peronismo.
Este nuevo capítulo es aparentemente de un signo contrario al que hubo en
los años 90 y hasta tiene diferencias también con el de Duhalde, a pesar
de que él lo concibió. ¿Mantiene su pesimismo? ¿Cree usted que
Kirchner podrá, o querrá, salirse del formato que usted tanto critica?
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-Yo he saludado
con sinceridad y alegría los progresos que hizo el peronismo hacia el
pluralismo. Pero el peronismo no se caracteriza por la ideología. Incluso
en su nacimiento nació como un movimiento muy abierto: el mismo general
Perón se mostró en su primera presidencia como estatista, pero luego
quiso privatizar hasta el petróleo. Empezó siendo muy pro católico y
terminó quemando las iglesias. Fue de un extremo al otro. En el peronismo
no hay ideología y en su lugar hay una gran ambición y vocación por el
poder. Es una cualidad que le da un beneficio diferencial frente a las
otras fuerzas que no tienen esa capacidad. Los radicales siempre se vieron
sólo como inquilinos del poder, por lo tanto sentían que tenían que
pedir permiso por cada cambio que querían hacer. En cambio los peronistas
no piden permiso porque se consideran los propietarios del poder, y esto
les da una ventaja comparativa. Pero lo que critico del peronismo, y que
no veo que ni siquiera la gestión actual procure eliminar, es su base
populista. El populismo es algo que todavía no se ha estudiado de manera
adecuada y, justamente, como no se lo conoce a fondo hay una cierta
ignorancia sobre sus efectos nefastos. Esta tendencia no beneficia al
pueblo sino que es una manipulación con la que el jefe de turno y su
corte lo mantiene cautivo. El populismo se basa en dos estrategias simultáneas:
por un lado trata de que las medidas económicas sean vividas como un
regalo del poder, pero no busca realmente que la sociedad tenga un
desarrollo económico tan intenso que no necesite más de esos regalos.
Desde el pan dulce y la sidra de la primera época de Perón hasta los
planes Jefes y Jefas de Hogar y Trabajar del presente, la burocracia, el
clientelismo, los ñoquis y los punteros han sido y siguen siendo sus hábitos
corrientes. Además, el populismo se resiste a permitir un pensamiento crítico
suficientemente intenso que promueva una madurez de la sociedad, ya que
eso le restaría poder al líder. Por lo tanto, la relativa o gran pobreza
y la relativa o gran ignorancia es común a todos los populismos. El
resultado es un estancamiento del crecimiento. Ningún populismo hizo que
una sociedad creciera; por el contrario, necesita que la sociedad tenga un
nivel más bien bajo, pobre, en estado alienado.
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-¿Usted no
cree que el peronismo incorporó a algunos estratos sociales que estaban
relegados y que aquellas conquistas que el socialismo había esbozado en
teoría vino a ponerlas en práctica? ¿No será que el peronismo hace
cosas desordenadamente que otros directamente no saben o no quieren hacer
de ninguna manera?
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-No se trata de
orden o desorden. El peronismo tiene el gran mérito de haber creado una
gran movilidad social, no hay dudas. Pero esa movilidad social e
incorporación de sectores marginados no se profundizó hasta llegar a una
madurez como la que aconteció, por ejemplo, en España o en Irlanda. En
su lugar creó un sindicalismo que mantiene a esa gente movilizada bajo
nuevos tipos de cadenas a cargo de dirigentes que son lo más arcaicos y
corruptos que se pueda encontrar en el mundo. Y esa movilidad llega sólo
hasta un determinado nivel, pero luego no se la deja avanzar. El desfase
entre una clase que adhiere y que apoya y esos dirigentes aumenta y se
hace cada vez más grande. El líder se va muy por arriba, se enriquece de
una manera absolutamente inescrupulosa. Y eso se ve cuando uno recorre
algunos lugares del interior donde regímenes populistas conviven con sus
fortalezas y palacios cual señores feudales, en medio de sociedades
empobrecidas. Allá abajo, sin embargo, a los labriegos más miserables
parece no incomodarles que en la cima esté el señor feudal en su
castillo. En la Argentina hay una gran cantidad de pobres que aman y
veneran a su enriquecido líder sin hacerse ningún tipo de
cuestionamiento.
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-Qué curioso
que la Argentina involucione con tanta decisión, en pleno tercer milenio,
hacia un modelo que Occidente abandonó hace varios siglos, ¿no?
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-El retroceso de
la Argentina se manifiesta en los 2.250.000 argentinos que reciben
subsidios cuyos problemas realmente graves deben ser atendidos. El tema es
que, además, se convierten en votos cautivos y, peor aún, en mentes
cautivas. Hoy vemos grandes masas de desocupados integradas en su casi
totalidad por gente que proviene del sector productivo, no del sector
estatal. El crecimiento de la burocracia es producto del populismo que
subsiste con cargos innecesarios.
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-Sin embargo,
el peronismo, 58 años después de su nacimiento, parece expandirse...
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-La Argentina ha
ido marchando a eso y evidentemente es un dato que debe preocuparnos.
Todos los sectores antipopulistas deberían articularse para generar una
alternativa que nos lleve al progreso de veras: el pleno empleo, el
pensamiento científico y el desarrollo cultural, en lugar de la
decadencia que propone el populismo con el estancamiento y el
asistencialismo. El país necesita una alternativa que lo empuje hacia un
progreso genuino y no hacia el modelo de Venezuela.
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-Volviendo a
la metáfora psicoanalítica, los que en una sociedad sacan las cosas
afuera son los líderes de opinión como usted y también de forma más
industrial los medios de comunicación...
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-Hoy en día el
periodista está ocupando el lugar del intelectual. Antes el intelectual
escribía un libro o un panfleto. Era una persona excepcional que tenía
acceso al sector que detentaba el poder. Hoy, los intelectuales que no
logran llegar a los medios, si no consiguen ser éxitos por sí mismos, no
tienen relevancia en la formación de opinión. Publicar un libro de 5 mil
o 10 mil ejemplares no tiene paralelo con la cantidad de gente que ve un
programa de TV. Los medios de comunicación forman opinión. Las guerras
son hoy mediáticas ante todo. Las guerras físicas están condicionadas,
orientadas y hasta diría manipuladas por los medios. Y los gobiernos
tienen que ajustarse a las tendencias que van marcando los medios.
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-Los medios
de comunicación serían, en ese caso, como el aparato circulatorio de la
sociedad, es decir que la sangre que corre mal o bien por sus venas es
llevada y propulsada por los medios.
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-Sería una
buena metáfora y también psicológicamente lo podríamos vincular con el
superyo, o un ideal del yo. Lo que dicen los medios es lo que la gente
empieza a aceptar. Cuando se le quiere dar importancia a algo se dice
"está escrito". Se valora la letra escrita porque es utilizada
por gente que, se supone, es de nivel intelectual más alto. Se le presta
mayor atención e impacta de una manera muy fuerte. El rol de los medios
en la sociedad contemporánea es decisivo. Los gobiernos tienden a
manipularlos, y con mayor razón si tienen tendencias hegemónicas, porque
conforman el gran docente que acomoda los pensamientos
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