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Intempestivo y a la
vez sutil, el narrador hace su diagnóstico del poder y la cultura de los
Estados Unidos, desde los sueños de conquista del presidente Bush hasta
la estética de las grandes corporaciones, que según él corroen el
planeta.
Por si no hubiera bastado su contundencia en el
reportaje que concedió al cumplirse un año de los atentados del 11 de
septiembre, el autor de Los ejércitos de la noche, Oswald y
El fantasma de Harlot, entre otras muchas novelas de ficción y
obras de non-fiction, ha hecho escalar sus críticas al establishment político
de los EEUU y su política exterior. En este reportaje, publicado ayer en
la nueva revista estadounidense American conservative, Norman
Mailer fue mucho más allá de la coyuntura y la agenda expansionista del
presidente George Bush.
Lo que sigue es una radiografía de la sociedad norteamericana, con su
enfermiza avidez de mitos: "A nivel nacional, tenemos a Abraham
Lincoln, a George Washington, a Franklin D. Roosevelt y a Camelot —
sostiene Mailer—; y, en algunos barrios, me temo que a Ronald Reagan. En
el mundo literario, probablemente Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald y
Zelda Sayre sean lo más cercano a un mito literario".
—¿Por qué? Hemingway, Fitzgerald y Zelda son buenos, pero no
necesariamente los mejores. ¿No habría que incluir a Henry Miller en la
lista?
—Es cierto. Tal vez dentro de un siglo la gente decida que él es mejor.
Pero un mito no depende de quién es el mejor. Necesita figuras que sean
extremadamente reconocidas y, a la vez, casi incomprensibles. Eso conduce
al mito. Quizá la verdadera pregunta sea por qué necesitamos mitos. Yo
diría que es el contrapeso de la tecnología.
—La tecnología es un tema sobre el que escribió y habló durante 50
años. En términos de disminución sensorial o de aislamiento del alma,
¿cree que el impacto de la tecnología es muy superior que hace 40 o 50 años?
—Hace poco dije que lo que promete la tecnología es menos placer y más
poder. Parte de la crisis actual es que todos tendemos a ser cada vez más
narcisistas, a estar cada vez más motivados por el poder —y a volvernos
más gélidos por dentro.
—Irak les ha abierto las puertas a los observadores de Naciones
Unidas, ya veremos cómo es su informe. ¿Es pesimista sobre el creciente
poder del Estado, sobre el totalitarismo norteamericano?
—Me preocupa más que nunca. No estoy a favor de la guerra contra Irak.
Desde el principio pienso que, detrás del discurso de la administración
Bush sobre el curso a seguir con Irak, hay un mensaje subliminal muy
peculiar. Hace un tiempo el gobierno comenzó a sugerir que Irak era una
amenaza nuclear inminente. Hoy, en general, todos coinciden en que no es
así. El gobierno enseguida salió a mencionar el gran peligro de un
ataque bioquímico contra Estados Unidos; pero no aclararon si Irak está
preparado para una posibilidad tan terrible. Luego surgió otra gran
acusación: Irak es un refugio de terroristas. Hasta donde puedo ver, y éste
es el punto de vista de un novelista, si yo fuera Saddam Hussein, lo último
que querría en mi territorio es a terroristas extranjeros, porque me
interesaría tener el control total de mi territorio. Por otra parte, si
yo fuera un terrorista y recorriera el sendero subterráneo que, supongo,
va desde Pakistán, pasando por Irán e Irak, hasta llegar a Siria,
Jordania, el Líbano y Palestina, el peor lugar del recorrido sería Irak,
porque probablemente me aislarían. ¿Cuál es el mensaje, entonces? ¿Por
qué la Casa Blanca quiere esa guerra?
—¿Usted que cree?
—Se podría decir que el motivo es el acceso al petróleo. Pero, ¿acaso
es un motivo tan importante como para compensar los peligros imprevistos y
gigantescos de una guerra semejante? Mire, a fines de septiembre el Atlanta
Journal-Constitution publicó un artículo brillante donde el autor,
Jay Bookman, destaca que todo el mundo se pregunta por qué no hay ningún
plan sobre qué debe hacerse en Irak después de que se gane la guerra. La
primera sugerencia de Bookman es que todo el tiempo hubo un plan.
Ocuparemos Irak y nos quedaremos ahí por mucho tiempo. Con esta hipótesis,
todo empieza a cobrar sentido. Eso significa que estamos inaugurando el
comienzo real del Imperio Mundial Americano. Ese es el mensaje subliminal.
Entre paréntesis, estoy hablando desde un lugar que definiría como de un
conservador de izquierda.
—Cuando era anarquista, todo resultaba mucho más claro. ¿Qué
significa ser un "conservador de izquierda"?
—Tengo que definir el término todos los días porque, a simple
vista, estamos ante una contradicción. Sin embargo, para mí tiene
sentido. Creo que hay elementos remanentes de la filosofía de izquierda
(que no tuvo tantas nuevas ideas en los últimos 30 años) que vale la
pena conservar, por ejemplo, la idea de que un hombre rico no debería
ganar 4.000 veces más en un año que un hombre pobre. Por otra parte, no
soy liberal. En lo que a mí concierne, la noción de que el hombre es una
criatura racional que encuentra soluciones razonables a los problemas difíciles
es dudosa. El liberalismo depende demasiado de tener una visión optimista
de la naturaleza humana. Pero la historia del siglo XX no fortaleció
precisamente esa noción. Es más, el liberalismo también depende
demasiado de la razón más que de cualquier valoración del misterio. El
conservadurismo, en cambio, tiene sus propias zanjas, sus muros imposibles
de escalar, sus viejas ideas inmutables grabadas en la piedra. Sin
embargo, últimamente están surgiendo dos tipos muy diferentes de
conservadores en Estados Unidos. Los que yo llamo "conservadores de
valores", porque creen en lo que la mayoría de la gente considera
valores conservadores tradicionales —familia, hogar, fe, trabajo duro,
obligación, lealtad—. Y los "conservadores de bandera", cuyo
ejemplo perfecto es el actual gobierno. A los conservadores de bandera no
les importan los valores. Usan las palabras, usan la bandera. Les gusta
hablar del "mal". Se basan en la manipulación. Lo que quieren
es poder. Creen en Estados Unidos. Creen que este país es la única
esperanza del mundo y que, por un lado, se está volviendo cada vez más
poderoso pero que, al mismo tiempo, se desintegra. Y que, entonces, la única
solución es el Imperio Mundial. La cuestión iraquí enmascara el deseo
de tener una gran presencia militar en el Oriente Medio, primer escalón
para llegar a conquistar el mundo. Una vez que nos convirtamos en la versión
siglo XX del antiguo Imperio Romano, entonces aparecerá en escena la
cuestión de la reforma moral.
—¿Y qué significa ser un conservador de valores en la política
norteamericana?
—Probablemente lo era el expresidente Dwight Eisenhower. Pero no
Reagan, que no tuvo una idea original en su vida. Si en algún momento él
tuvo un gran impacto en los conservadores de valores, fue porque creían
que era uno de ellos. Por otra parte, detrás del conservadurismo de
bandera no hay locura, sino lógica. Desde su punto de vista, Estados
Unidos se está pudriendo. La industria del entretenimiento es libertina.
Los chicos no pueden leer, pero sí pueden tener sexo. La moral se está
desvaneciendo. El mensaje subliminal es que si Estados Unidos se convierte
nuevamente en una máquina militar que controla sus nuevos compromisos,
entonces la libertad sexual norteamericana, quiérase o no, tendrá que
quedar a un lado. El compromiso y la dedicación pasarán a ser valores
nacionales necesarios (con toda la hipocresía que esto implica). La
seriedad de la intención volverá a ser parte de la vida norteamericana.
Claro que yo no pienso así y que no estoy a favor del Imperio Mundial. Lo
que no tienen en cuenta es la perversidad de las cuestiones humanas.
Terminaríamos convirtiéndonos en una especie de país totalitario que
domina el mundo, pero que tiene muy poca libertad de expresión.
—Este esquema podría fracasar fácilmente, sobre todo si China y
Europa se oponen.
—Uno de los mensajes que los conservadores de bandera intentan enviar a
China es: "Ustedes, los chinos, son muy inteligentes. Están hechos
para la tecnología". Pero el mensaje subyacente de los conservadores
de bandera dice: "Muy bien, podrán tener su tecnología, pero es
mejor que entiendan que serán los esclavos griegos para nosotros, los
romanos. "
—¿Cómo cree que seguirá la disputa?
—No estoy seguro de que se pueda hacer algo. Me da la sensación de que
Estados Unidos está en muy mal estado psíquico. Si es así, entonces
muchos creerán que la idea de imperio es una solución trascendental, una
manera de deshacerse de la culpa. Después de la Segunda Guerra, muchos
norteamericanos estaban felices de ser prósperos, pero también se sentían
culpables. ¿Por qué? Porque somos un país cristiano. Y si uno es
cristiano, no debe aspirar a ser tan rico: Dios y Jesús no lo querían así.
Esa era una mitad de la psiquis colectiva. La otra mitad dictaminaba que
había que ganar . Tal vez sea cruel, pero ser norteamericano es un oxímoron.
Por un lado, se es un buen cristiano pero, por otro, se es visceralmente
combativo.
—¿Cree que es un proceso que se puede revertir?
—Si Bush se aleja de esta postura, lo hará con una gran frustración.
Ahora los conservadores de bandera deberán reconocer la división dentro
de Estados Unidos sobre la cuestión de si ir o no a la guerra con Irak.
Deberán admitir el desacuerdo de Francia, Alemania, Rusia, para no
mencionar a China y Japón. ¿Están realmente dispuestos a dar el primer
paso en contra del resto del mundo? Algunos dentro de la administración
habrán comenzado a dudar. Otros habrán insistido en mantener el rumbo.
Pero, si bien Bush no es un hombre brillante, tiene lo que Ernest
Hemingway llamaba "un detector de sandeces". Al igual que
Reagan, carece de ideas propias, pero sí escucha a sus expertos. Y la
verdad es que tiene que hacerlo, porque saben más que él.
—Cambiemos ahora de tema. Hace años en sus textos, usted no escribía
sobre derechos civiles, sino sobre actitudes negras y actitudes blancas
frente a la vida.
—Sí, negros y blancos con su espíritu diferente.
—En Estados Unidos se complicó el tablero con la inmigración masiva
de latinos y amarillos, al punto de que algunos dicen que ya no reconocen
el país, se está convirtiendo en un lugar raro... Más allá de las
generalizaciones que escribió en El negro blanco, ¿ha
reflexionado sobre el multiculturalismo en los Estados Unidos?
—No he reflexionado sobre ese tema por una muy buena razón: porque no
me gusta pensar en eso. Es una cuestión demasiado compleja y choca con
muchos de mis propios valores. Por un lado, cuando escribí El negro
blanco, pensaba que Estados Unidos necesitaba una cultura negra
propia, y que ésta entendía la vida de una manera muy distinta a la
cultura blanca. En ese entonces pensaba así. Luego llegué a la conclusión
de que la integridad de las razas y las culturas es muy importante. Es
algo de lo que no se puede hablar. Hitler se ocupó de que se hablara de
la raza eternamente. Bueno, no eternamente, pero sí por otros cien años.
Pero yo pienso que la integridad de cada cultura existe y que las culturas
tendrían que poder ir en diferentes direcciones, y hasta chocar. Sin
embargo, dado el mundo moderno de la tecnología, ni siquiera estoy seguro
de que la cuestión de la raza o de la cultura siga siendo importante. La
tendencia a largo plazo es a no tener razas. Es como si la tecnología se
hubiera vuelto la cultura dominante en la vida; tal vez pronto sea la única
cultura real. En otras palabras, las similitudes entre los expertos informáticos
en todo el mundo, ahora, es mucho mayor que sus diferencias étnicas.
—Volver a la integridad de las razas es muy importante...
—En la medida en que perdamos nuestra cultura, habremos perdido algo que
puede ser irreemplazable. Podemos terminar con un mundo totalmente
homogeneizado. Por supuesto, el problema nunca resuelto es cómo pueden
convivir estas razas y culturas diferentes con cierta equi dad. La
democracia muchas veces hizo intentos enérgicos por encontrar una solución.
Pero la tendencia a la homogeneidad puede llegar demasiado lejos. La
respuesta está en el equilibrio. Y la inmensa dificultad es mantener un
equilibrio viable. En otras palabras, no creo que la inmigración sea un
problema acuciante. Lo que ocurre es que algunos blancos están tan
furiosos que no pueden pensar en cosas más importantes. Piensan que
Estados Unidos se está perdiendo. Eso es cierto, pero Estados Unidos se
está perdiendo y se perdió en muchos sentidos que nada tienen que ver
con las razas o la inmigración excesiva. Por ejemplo, se está perdiendo
por obra de la televisión.
—¿Cuál cree que es el peor efecto de la televisión?
En el campo de la publicidad, la mendacidad y la manipulación alcanzaron
la categoría de valores en sí para los anunciantes. La interrupción es
vista como un complemento necesario del márketing. Antes un chico de 7 u
8 años era capaz de leer durante una hora o dos. Ya no. Se perdió el hábito.
Cada siete o diez minutos, todo niño es interrumpido por la tanda
televisiva. Los chicos se acostumbran a la idea de que cualquier cosa
puede quebrar su interés. En consecuencia, tampoco pueden estudiar. Su
poder de concentración se redujo por la interrupción sistemática. A ésto
sumémosle nuestras aulas de hoy. ¿Alguien alguna vez dice que una de las
razones del deterioro educativo es que casi todas las escuelas ahora usan
tubos fluorescentes? ¿Y por qué? Porque cuestan menos. Yo diría que, al
sumar todos los dólares y los centavos, cuestan más. Lo que caracteriza
a la luz fluorescente es que uno se ve un 10% más pálido que con las
bombitas. Los tubos dan una luz lívida, que tiene un efecto depresivo en
el ser humano.
—Es decir, se deteriora por cuestiones presupuestarias.
—Sí, éstas deterioran el poder de concentración. La mala
arquitectura, el márketing invasivo, el plástico ubicuo —estas fuerzas
de deterioro me preocupan mucho más que la inmigración. El principal
problema no son los inmigrantes sino nuestras corporaciones. Esa es la
fuerza que logró arrebatarnos a Estados Unidos. Y que además convirtió
el mundo en un lugar más feo a partir de la Segunda Guerra: centros
comerciales rodeados de condominios baratos, superautopistas que
homogeinizan el paisaje y ese plástico ubicuo que entumece el sentido del
tacto en los chicos. Este país tiene el primer puesto en el campeonato
por ver quién puede convertir el mundo un lugar más desagradable. En la
medida en que exportamos esta enfermedad a todo el planeta, ya nos ganamos
una especie de hegemonía mundial punitiva. Si rechazo de manera visceral
un Imperio Americano es por el vacío estético de las corporaciones
norteamericanas más poderosas. Ya no quedan catedrales para los pobres, sólo
proyectos urbanos de 16 pisos instalados como cárceles. A veces me siento
tentado de pensar que no soy un conservador de izquierda sino un
medievalista de izquierda...
—Explíquenos eso...
—Todos somos medievales en algún sentido. Nuestras estrellas de cine,
nuestros músicos, nuestros magnates y políticos hoy son tratados como si
pertenecieran a la nobleza. Es un mundo en el que podemos vivir, pero no
olvidemos esas relaciones medievales de diferencia de ingresos entre ricos
y pobres. De todos modos, todavía me seduce la idea de una sociedad lo
bastante abierta como para que la gente pueda llevar vidas sociales
intensas. Realmente todavía no sabemos cómo hacer que una sociedad
moderna funcione de manera razonable. Pero hasta que la izquierda y esa
derecha leal a sus viejos valores reconozcan que, pese a sus diferencias,
sigue siendo valioso que quieran proteger de común acuerdo la dignidad
vulnerable de la creación humana, estamos obligados a deambular por el
reino surrealista de la hegemonía corporativa, con su idea básica de que
la democracia es un nutriente que debe inyectarse en cualquier país,
donde sea. Idea errónea y totalmente opresiva de la delicada promesa de
la democracia, que reside en la necesidad orgánica de crecer y aprender
de sus propios errores humanos. Ah..., finalmente me doy cuenta de que
terminé armando una pequeña polémica. Podría decirse que los viejos
polemistas nunca mueren
Fuente:
(c) Revista American conservative y Clarín.
Traducción de Claudia Martínez. |