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Entrevista1 por Héctor Tajonar -  Entrevista 2 por Héctor Tajonar - Palabras pronunciadas en ocasión del Nobel

Entrevista1 por Héctor Tajonar Abril 1998

El Fondo de Cultura Económica ha empezado a publicar en México sus obras completas. ¿Qué significa para un autor la publicación de sus obras completas?

--Una pregunta difícil. En primer lugar, lo más obvio: es una suerte de testamento, unas obras, unos escritos que se dejan a un legatario no expreso, al contrario, a una comunidad dispersa; la comunidad de nuestra lengua y de nuestra patria, pero también esta comunidad es una comunidad sin rostro. Las obras completas son un testamento dirigido a una posteridad, y ¿qué es la posteridad? La posteridad es el tiempo, de modo que las obras son en cierto modo un desafío al tiempo, el tiempo es en realidad como el viento, el viento que corre por las calles, dispersa las hojas, las revuelve, rompe muchas, otras las avienta, no se sabe adónde irán a parar y finalmente unas pocas, muy pocas, van a dar a las manos y a los ojos de un muchacho que se pone a leerlas, y ese muchacho tiene de pronto una cara, es nuestro lector futuro. Ese muchacho es la posteridad. No estoy pensando en muchos lectores, estoy pensando en unos pocos lectores. Creo que todos los escritores hemos soñado siempre con un lector, nuestro lector futuro, que es un poco nuestro hijo y un poco nuestro hermano y también nuestro padre, porque gracias a él vamos a volver a vivir. Así es que realmente publicar las obras completas, dije al principio que era como un testamento, creo que me equivoqué. Publicar unas obras completas se parece a sembrar; el sembrador va echando las semillas, cada escritor es un sembrador, un sembrador de palabras, de ideas, de imágenes; siembras en el tiempo y, claro, el cómplice es el viento, el viento que selecciona las obras y deja, de todo lo que escribimos, unas cuantas páginas. De modo que también publicar unas obras completas no es tanto un acto de osadía, de orgullo, sino más bien de humildad; escojan entre lo que he hecho lo que más les guste.

-Usted no quiere que le sobrevivan el recuerdo de su persona o de toda su obra, sino solamente unos cuantos poemas, ¿no es así?

-Exactamente. Yo siempre he pensado en algunos poetas que han dejado tres, cuatro, un solo poema. Eso es lo que cuenta. Además, yo creo que la obra es importante porque finalmente se disuelve. Uno escribe por necesidad, para expresarse, para comunicar algo que lleva dentro. Y también, claro, está la necesidad de expresarse; es una necesidad de comunión o, de un modo más simple, de reconocimiento. Queremos comunicar algo que creemos que es único, casi no lo es realmente, porque queremos también que se nos reconozca. Así es que hay en este elemento de la literatura, en la acción de escribir, varios elementos: el deseo de expresarse, el deseo de comunicarse y también la obra bien hecha. Lo que uno quisiera es tener una obra bien hecha capaz de resistir al tiempo, capaz de luchar un poco contra la muerte. De modo que también en la literatura, aparte del deseo de comunión, aparte del deseo de expresión, hay también el deseo de inmortalidad. Todos los hombres tenemos deseo de inmortalidad. Por eso tenemos hijos, y por eso, decía Plantón, tenemos ``hijos del alma''. Es decir, escribimos, pintamos, descubrimos, hacemos política, en fin, una gran cantidad de actividades que los hombres hacemos para vencer a la muerte. Deseo de inmortalidad: hijos de alma o hijos de carne. Claro, nada de eso va a durar eternamente. Las obras de los hombres son perecederas. Esto hay que recordárselo mucho ahora a los hombres, a nuestros contemporáneos, que con frecuencia olvidan esto: que están hechos de tiempo. Pero no importa, yo creo que la voz de un poeta, cuando deja un solo poema o muchos poemas, no importa cuántos, esa voz se funde en el gran río anónimo de las voces. Es la historia, es la tradición. De modo que también publicar obras completas o un poema es, en cierto modo, deseo de fundirse a la gran tradición humana, a los hombres que hemos inventado el lenguaje y que con el lenguaje nos hemos enfrentado al tiempo.

-A lo largo de toda su obra, la creación poética ha estado unida a la reflexión sobre la poesía. Su más reciente ensayo acerca de la poesía en el mundo contemporáneo se titula La otra voz. ¿Cuál es esa otra voz?

-La otra voz es imposible de definir. A veces siento la tentación de decir que la otra voz es la que no le pertenece al escritor, la que no le pertenece al poeta. Puede ser la voz la historia, la voz de Dios, la voz de la musa. Yo diría que es la voz de la tradición. Es el elemento ajeno que interviene en la creación literaria, es lo inesperado y que tiene a veces el nombre de inspiración, las ocurrencias. Uno empieza a escribir y de pronto se le ocurre algo que desvía completamente el plan que uno se había trazado al comenzar. Esta desviación, esta ocurrencia, la llamamos inspiración y es algo que viene de fuera, no sabemos de dónde viene; viene de lo más remoto, viene del lenguaje mismo, pero también viene de lo más profundo de nosotros mismos y que tenemos, y cada mujer es muchos hombres y muchas mujeres, y dialogar con nosotros mismos, incluso vernos en el espejo, es siempre dialogar con otra persona que es al mismo tiempo nuestro yo y algo que no es nuestro y que, sin embargo, es nuestro. Es difícil explicarlo pero es la única manera que tengo de decirlo.

-Decía Baudelaire que la ruina universal no se va a manifestar en las instituciones políticas, sino en la ruina de las almas. ¿Ha llegado ese momento? ¿Cree usted que la poesía es un antídoto contra ello? ¿Cuál sería la función de la poesía en este fin de siglo?

-Yo creo que la poesía desde hace cerca de un siglo, justamente más o menos en la época de Baudelaire, entra en las catacumbas, entra en el subsuelo. Antes la poesía estaba en la superficie de la sociedad, de pronto entra en el subsuelo; esto que puede ser malo en apariencia, en realidad está bien, porque yo creo que las semillas también entran en el subsuelo y después reaparecen en forma de plantas, de tallos, de frutos, de trigo, de tantas cosas, de maíz. Así que la poesía está en el subsuelo, es una fuerza oculta, ha desaparecido casi totalmente de la vida pública. Los editores muchas veces se resisten a publicar poemas, prefieren otras formas literarias; la novela o el reportaje o los libros de viajes, todos géneros respetables; pero yo creo que la poesía tiene entre tantas limitaciones, una gran ventaja sobre las otras formas literarias: su forma. En primer lugar la poesía, moderna sobre todo, es reducida; no son muchas páginas, no son miles y miles de páginas. Un libro de poemas, por lo general es un libro pequeño formado por poemas y cada poema tiene una unidad; es como un fruto completo. Aparte de esto la poesía resiste más al tiempo. Voy a citar a un escritor que admiro muchísimo, a Marcel Proust. Es muy difícil leer dos veces en la vida a Marcel Proust, hay que tener mucho tiempo libre para leerlo; pero para leer un pequeño poema de Bécquer o de Baudelaire mismo, eso en un cuarto de hora se lee. De modo que lo que es importante es que en esta época de prisa, la poesía nos enseña que andar despacio es la mejor manera de llegar a tiempo.

-¿Son muchos los lectores de poesía o le basta a usted con la "inmensa minoría" de Juan Ramón Jiménez?

-No sabemos exactamente. Yo creo que se lee más poesía ahora que hace cien años porque hay más lectores, pero quizá la proporción sea menor. En esto de la lectura de poemas es muy paradójico que poetas que fueron muy populares en su época se lean muy poco ahora; en cambio, poetas minoritarios se leen mucho ahora. Vivimos obsesionados con la idea de la producción en masa, de las grandes ventas, el best-seller; pero el best-seller es una ilusión, estoy seguro que nadie, o muy pocos, pueden recordar quiénes fueron los best-sellers de hace veinte años o incluso del año pasado. Los best-sellers son producto de la cultura del consumo, de la civilización moderna y duran poco. Lo que distingue al hombre moderno, y que yo creo que es una de las grandes fallas de nuestra civilización de las civilizaciones antiguas, es ésta: los antiguos construían para durar, los modernos fabrican objetos para que sean consumidos rápidamente. Mi idea de la civilización es la contraria. Creo que lo mejor es crear, como decía el utopista Fourier, objetos perdurables que duran mucho tiempo y que sean casi perfectos. Esa es la aspiración de cada poeta, crear un pequeño poema que dure mucho tiempo y que pueda pasar de mano en mano, de boca en boca sin alterarse y renovándose continuamente a través de sucesivas lecturas. Lo contrario de lo que ocurre ahora

Entrevista 2
Héctor Tajonar

--En su manifiesto poético "Los signos en rotación'', dice usted que la historia de la poesía moderna es la de una desmesura. ¿Por qué?

--Comenzó con una desmesura, comenzó con los grandes románticos. Para mí la poesía moderna comienza a principios del siglo pasado; es decir que estamos al final de un movimiento poético y literario que se inicia con el romanticismo. La empresa fue desmesurada porque, desde la palabra misma, cuando hablamos de romanticismo, estamos expresando una actitud ante la vida en la cual el yo es muy importante y al mismo tiempo se rompe con la tradición, con la estética del pasado, de los artistas barrocos o de los artistas clásicos del renacimiento. Esta tradición fue siempre la imitación de los antiguos --seguían a Aristóteles--, o la imitación de la naturaleza. Los modernos, a partir de los románticos, creemos que debemos romper con la tradición, comenzar algo absolutamente nuevo. Esta sucesión de rupturas y revoluciones empieza con los románticos y termina en nuestro siglo. Yo creo que estamos al final de este gran periodo y los escritores de mi generación, en cierto modo, somos quizá los últimos representantes de estos movimientos sucesivos de ruptura y de reanudación; en cierto modo, de lazos con la tradición, de invención de nuevas tradiciones. Por ejemplo, en el arte moderno, los poetas y también los pintores, los artistas, los músicos, se han nutrido no solamente de la tradición occidental, sino de otras tradiciones ajenas a occidente: las de oriente, las de Africa; los cubistas que se inspiraron en el arte de las máscaras, en el arte negro; los artistas mexicanos que se inspiraron en el arte precolombino. De modo que ha habido una suerte de rupturas sucesivas de la tradición, en ese sentido me parece que el arte moderno y la poesía especialmente, han sido una desmesura, y que la historia de esta literatura nuestra es la historia de una desmesura.

Esencial, la noción de progreso

--¿Seguimos viviendo el fin de la tradición de la ruptura y la decadencia de la idea de arte moderno, como lo afirma en Los hijos del limo?

--Sí, yo creo que vivimos en lo que ahora llaman, con una expresión muy inexacta, "posmodernidad''. Yo fui uno de los primeros, y lo digo no por vanidad personal sino porque soy de lengua española, y lo que decimos los de lengua española, generalmente no es atendido por los otros. (Ortega y Gasset dijo muchas cosas importantes y que después otros repitieron, y muy pocas veces se le hizo justicia). Uno de los primeros en tratar el tema del fin del arte moderno, del fin de la tradición de la ruptura, como la llaman, como la llamé alguna vez, fui yo. Vivimos una época que es el fin de la modernidad, no solamente en materia de arte, en materia de costumbres, en materia de ideas; yo creo que el fin del comunismo, el fin de la aparición del pensamiento ecológico, nos muestra que vivimos otra época. Toda la época moderna vivió con el espejismo del cambio y del futuro. El sol de la novedad, desde el fin del siglo XVIII se llamó futuro de las revoluciones, futuro de la sociedad feliz, futuro de la evolución, etcétera, etcétera. En todo el pensamiento del siglo pasado y también de este siglo, aparece la noción del progreso como lo esencial y cuando hablamos de progreso, hablamos de futuro. Ahora nos interesa defender la naturaleza, justamente los ataques del llamado progreso, nos interesa sobre todo conservar la armonía, pensamos que la perfección quizá es inalcanzable, pero de todos modos la perfección no está en el futuro, sino en la armonía de nosotros mismos con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con la naturaleza; es decir esta idea de ruptura del pasado, de avance sin cesar, hacia un futuro quimérico, vive un ocaso, y por ello me parece que vivimos una época a la que es un poco superficial llamar posmoderna. Entramos en una nueva época que no sabemos cómo se va a llamar, y no sabemos cómo se va a llamar porque las civilizaciones nunca saben cómo se llaman. Los griegos del siglo V no sabían que eran los griegos siglo V. Cuando un caballero medieval se despedía de su dama para ir a las Cruzadas, no le decía: ``Querida, me voy a la primera cruzada o me voy a la última cruzada''. De modo que todos estos son nombres que la posteridad da a las épocas históricas. Nos bautizan en el momento de nuestro entierro, por eso no sabemos nuestro nombre verdadero. Le llamamos posmodernidad... Es una palabra hueca.

--Parte esencial de nuestra época es el avance tecnológico y parte de este avance se da en el ámbito de la comunicación. ¿Cree usted, como McLuhan, que los medios electrónicos acabarán con la lectura?

--Me parece muy difícil. Me parece muy difícil porque se acabarían más de seis mil años de civilización. El libro va a seguir siendo un instrumento fundamental e indispensable. Evidentemente la televisión va a tener, cada vez más, una influencia muy grande en nuestras vidas, pero todo depende de cómo usemos la televisión. La televisión no puede ser únicamente, ni debe ser únicamente, entretenimiento, información. Todo eso está muy bien, pero yo creo que la televisión puede también tener fines estéticos, artísticos y científicos muy distintos a los que ahora les damos. La falla actual no creo que esté tanto en la televisión, aunque son peligrosos algunos aspectos técnicos, como por ejemplo, la capacidad con que hay que reemplazar un programa por otro. A mi juicio lo verdaderamente peligroso es el uso que hacemos de la televisión. Hace mucho tiempo, cuando estaba en la India (después vine a México), pensé como McLuhan, que cada civilización tiene medios de comunicación apropiados, pero que sin embargo no siempre las civilizaciones aprovechan bien sus medios de comunicación, como es el caso de la televisión actualmente.

La poesía es para oírla

--Usted piensa que la televisión o el cine son compatibles con la poesía. De hecho tiene usted un proyecto aún no realizado de adaptar su poema Blanco al lenguaje audiovisual.

--Mire usted, entre los ensayos que he escrito en este libro sobre la poesía Casa de la presencia hay algunos ensayos, algunas reflexiones sobre la posibilidad de usar el cine o la televisión en materia de poesía. ¿Qué es lo que distingue a la poesía de las otras artes literarias? Por ejemplo de la novela, que es la hermana de la poesía. Lo que distingue a la poesía de la novela es que fundamentalmente la novela es literaria escrita. La poesía no hay que leerla, hay que oírla. Por eso es el arte más antiguo. Los hombres no sabían escribir pero decían poemas. Sabían rimar y sabían ritmar, que eso es la poesía. La aparición de estas nuevas técnicas de difusión de la palabra hablada, como son la radio, el cine y la televisión, implican que la poesía puede volver a su origen, es decir, a ser palabra hablada y oída y no únicamente como ahora, palabra escrita, palabra que usted lee. Esto es fundamental. Además, la televisión y el cine tienen una ventaja enorme, que en la imagen cinematográfica o en la otra aparece en primer lugar la imagen visual: un árbol, una nube, un triángulo, una esfera, cualquier forma que uno ve con los ojos.

"Después, tiene sonido. Y además pueden aparecer letras sobre la pantalla y entonces tenemos la combinación de la imagen visual del sonido y de la palabra hablada y de la palabra escrita. Todo esto forma un poema. De forma que lo que nos hace falta es un buen día decidirnos; es un pequeño experimento, debemos empezar como siempre, el arte por las minorías y debemos comenzar a pensar en nuevas formas de uso de la poesía como palabra hablada y como palabra vista, como palabra convertida en imagen. Esto es a mi juicio una de las grandes posibilidades de la televisión que no han sido explotadas todavía.

--Recuerdo que durante su intervención en el Segundo Encuentro de la Comunicación, organizado por Televisa en 1979, hablaba usted de la especialización de públicos en la televisión. Existen ya canales de televisión abierta y de paga especializados en deportes, noticias y cultura; el videocasete, el videodisco, el video interactivo, etc. que han confirmado su idea.

--Yo creo que más adelante, cuando sea económicamente viable, así como tenemos ahora bibliotecas privadas y bibliotecas públicas, tendremos bibliotecas de casetes y de formas en las cuales podamos recoger la literatura escrita, y sobre todo la poesía. Yo creo que la gran diferencia entre la novela y la poesía está en eso, en la palabra hablada, la palabra que se oye, por una parte y la palabra que se ve, que se lee. ¿Cultura del libro? Yo creo que no podemos renunciar a la cultura del libro. ¿Cultura de la imagen hablada? Tampoco podemos renunciar a ella. Yo creo que son formas complementarias.

--Gran parte de su vida la ha pasado usted en compañía de los libros, han sido fuente de inspiración, de reflexión y de vida. Hay un hermoso poema de Quevedo que cita en sus obras completas:

Retirado en la paz de estos desiertos
con pocos pero doctos libros juntos
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos
.

¿Qué libros clave en su formación recuerda? En Corriente alterna cita dos: Loco amor de Breton y El matrimonio del cielo y el infierno de Blake.

--Sí, esos son libros muy importantes que leí cuando tenía veinticinco años o veinticuatro años, son libros más bien difíciles. Los libros de la infancia y los libros de la adolescencia fueron para mí fundamentales.

--Su tía Amalia tuvo que ver en ello, ¿no?

--Bueno, sí, en mi casa había una biblioteca. Por ejemplo a mí, entre los novelistas, Alexandre Dumas me gustó mucho. Leí Los tres mosqueteros y luego, Veinte años después, y cuando iba acabando Veinte años después me quedé muy desconsolado, me puse a llorar, casi. Dije, "y ahora que acabé esta novela, ¿qué voy a leer?". No sabía que había unas bibliotecas inmensas y que uno nunca acaba de leer. Así que leí también novelas de aventuras. Robinson Crusoe fue un libro de cabecera y claro, Las mil noches y una noche o Las mil y una noches, como usted quiera llamarlo. Pero esto lo leí no en las versiones eruditas que ahora conocemos, completas, yo lo leí en la vieja edición que circulaba y que era una versión para los niños, y estas son imágenes que para mí continúan intactas. Aladino y su alfombra siguen flotando sobre el cielo de la Ciudad de México.

--Son los viajes a través de los libros.

--Viajes inmóviles. Viajes; hay muchas maneras de viajar. Hay los viajes que uno hace con la imaginación; son los mejores, los viajes que uno hace en su cuarto con los ojos cerrados o entreabiertos. Hay los viajes que uno hace en avión, o en burro o a caballo. Yo hice un viaje a caballo cuando era adolescente, desde Chilpancingo hasta Tuxtla, que fue terrible; duró horas y horas y horas. Para mí fue una experiencia realmente inolvidable, llegué muerto de cansancio. Y hay los viajes en las páginas de los libros, son los mejores, quizá. De pronto hay aduanas "los idiomas" pero por fortuna si uno sabe dos o tres idiomas, entonces puede uno pasar las aduanas y conocer otras comarcas. Porque no es lo mismo leer un libro escrito en francés o en inglés en una traducción, que leerlo en lengua original. Las traducciones a veces son excelentes, pero otras son como fotografías borrosas.

--La traducción, otro de los temas sobre los que ha escrito. Para usted la traducción es creación, el libro traducido ya no es el mismo en la mayoría de los casos, ¿no es así?

--Nunca es el mismo libro. Las grandes traducciones son recreaciones. Lo mejor es la recreación. Piense usted lo que han significado los clásicos, los clásicos griegos y latinos para nosotros, para occidente desde hace siglos y siglos. Muchos han sido leídos en los originales, pero también en traducciones. Cada lengua tiene traducciones inolvidables de Virgilio o de Homero o de Ovidio y hemos vivido con esas traducciones. Lo mismo ocurre con los textos de la literatura oriental, esos son los clásicos que hemos descubierto después. Nuestros clásicos primero fueron los de Grecia y Roma, pero ahora también son los de las grandes obras literarias de China, Japón y del mundo árabe y de la India.

--Entre sus múltiples traducciones hay una célebre que quiero recordar ahora: Pessoa.

--Bueno, yo descubrí a Pessoa en París y lo descubrí por una comida, en una cena con unos amigos en París. Una de las personas, una amiga nuestra había hecho un viaje a Lisboa y había descubierto a este poeta, había hecho unas traducciones que me enseñó y me preguntó: "¿Usted conoce a Pessoa?". Yo no lo conocía. La ignorancia a veces de algo tan cercano a nosotros como la literatura portuguesa es terrible. Le pedí a la pintora Diera Da Silva, que es una pintora admirable, los libros de Pessoa, y me prestó las obras completas. Empecé a leerlo y durante meses fue mi gran lectura. Tal fue mi fiebre, que decidí traducirlo, convertirme en uno de los heterónimos de Pessoa. No sé si usted recuerde la gran invención literaria y poética de Pessoa: crear, escribir, no lo que él llamaba, "con seudónimos", que es cuando el autor escribe con otro nombre, sino crear heterónimos, cuando el autor se desdobla en otro autor distinto. Yo fuí un heterónimo de Pessoa. Al traducirlo, yo convertí a Pessoa en otro poeta, en otro Pessoa, que también en cierto modo era Pessoa, otra vez el doble, diríamos.

--Hay otra dualidad: sus traducciones casi siempre están acompañadas de un ensayo sobre el poeta que traduce, como en el caso de propio Pessoa, de Basho, de John Donne y de tantos otros.

--En el caso de Basho viajé como decía Basho a lomos de otro, porque yo no sabía japonés, entonces tuve que ayudarme de un amigo, Hayashiya, que me hacía versiones literales del japonés al español; yo las rehacía, él las volvía a corregir y todo esto después lo sometía a la aprobación de un amigo mío, Donald King, que es una gran autoridad en literatura japonesa, la gran autoridad, yo creo en occidente, de la literatura japonesa, y él le dio al final su bendición a nuestra traducción.

--Además de los viajes a través de los libros, usted ha sido un gran viajero. Para mí hay cuatro viajes clave en su vida. El primero, a España en 1937, durante la Guerra Civil, cuando asistió al Congreso de Escritores Antifascistas. El segundo, a Estados Unidos de 1944 a 46, con la beca Guggenheim. El tercero, a París de 1943 a 52, en pleno auge del existencialismo, período durante el cual estrecha su amistad con André Breton. Y por último, el viaje a la India de 1962 a 1968.

--Bueno, se le olvidó uno, el primero y que fue para mí muy importante

Palabras pronunciadas el 10 de diciembre de 1990, el día que recibió el Nobel

Seré breve, sin embargo, como el tiempo es elástico, ustedes tendrán que oírme durante ciento ochenta largos segundos.

Vivimos no sólo el fin de un siglo, sino de un periodo histórico. ¿Qué nacerá del derrumbe de las ideologías?

¿Amanece una era de concordia universal y de libertad para todos o regresarán las idolatrías tribales y los fanatismos religiosos, con su cauda de discordias y tiranías? Las poderosas democracias que han conquistado la abundancia en la libertad ¿serán menos egoístas y más comprensivas con las naciones desposeídas? ¿Aprenderán éstas a desconfiar de los doctrinarios violentos que las han llevado al fracaso? En esa parte del mundo que es la mía, América Latina y especialmente México, mi patria: ¿alcanzaremos al fin la verdadera modernidad, que no es únicamente democracia política, prosperidad económica y justicia social, sino reconciliación con nuestra tradición y con nosotros mismos?

Imposible saberlo. El pasado reciente nos enseña que nadie tiene las llaves de la historia. El siglo se cierra con muchas interrogaciones. Algo sabemos, sin embargo; la vida en nuestro planeta corre graves riesgos. Nuestro irreflexivo culto al progreso y los avances mismos de nuestra lucha por dominar a la naturaleza se han convertido en una carrera suicida. En el momento en que comenzamos a descifrar los secretos de las galaxias y las partículas atómicas, los enigmas de la biología molecular y los del origen de la vida, hemos herido en su centro a la naturaleza. Por esto, cualesquiera que sean las formas de organización política y social que adopten las naciones, la cuestión más inmediata y apremiante es la supervivencia del medio natural. Defender a la naturaleza es defender a los hombres.

Al finalizar el siglo, hemos descubierto que somos parte de un inmenso sistema -o conjunto de sistemas- que va de las plantas y los animales a las células, las moléculas, los átomos y las estrellas. Somos un eslabón de "la cadena del ser'', como llamaban los antiguos filósofos al universo. Uno de los gestos más antiguos del hombre -un gesto que desde el comienzo, repetimos diariamente- es alzar la cabeza y contemplar, con asombro, el cielo estrellado. Casi siempre esa contemplación termina con un sentimiento de fraternidad con el universo. Hace años, una noche en el campo mientras contemplaba un cielo puro y rico de estrellas, oí entre las hierbas oscuras el son metálico de los élitros de un grillo. Había una extraña correspondencia entre la palpitación nocturna del firmamento y la musiquilla del insecto. Escribí estas líneas:

Es grande el cielo
y arriba siembran mundos.
Imperturbable,
prosigue en tanta noche
el grillo berbiquí.

Estrellas, colinas, nubes, árboles, pájaros, grillos, hombres: cada uno en su mundo, cada uno un mundo -y no obstante todos esos mundos se corresponden. Sólo si renace entre nosotros el sentimiento de hermandad con la naturaleza, podremos defender a la vida. No es imposible: fraternidad es una palabra que pertenece por igual a la tradición liberal y a la socialista, a la científica y a la religiosa.

Alzo mi copa -otro antiguo gesto de fraternidad- y brindo por la salud, la ventura y la prosperidad de Sus Majestades y del noble, gran y pacífico pueblo sueco.

Biografía de Octavio Paz

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