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Charla con Pablo Neruda - Los amores de Neruda - Discurso al recibir en 1971 el premio Nobel

Ultimo reportaje a Neruda
Margarita Aguirre
En el número 4 de la revista Crisis, el correspondiente a agosto de 1973, se publicó el que sería el último reportaje a Pablo Neruda. Fue realizado por su entrañable amiga Margarita Aguirre durante el mes de junio, tres meses antes del brutal golpe militar contra Chile y de la muerte del poeta. Neruda habló de su mundo, de la política, de Borges, de Perón, de la literatura, de la relación con las nuevas generaciones de escritores de entonces, de sus recuerdos de la Argentina y del peligroso desempeño de la derecha chilena. Testimonio de una época vital y crítica, la entrevista de Aguirre muestra a un Neruda preocupado, ante la indefinición de los intelectuales del mundo para combatir el crimen que se avecinaba sobre Chile.

Cada día detesto más las entrevistas. No sé cómo pude dar la primera, pero después ya resultan un vicio y un abuso. Un vicio por parte de uno, un abuso por parte de lo otros. Creo que las entrevistas literarias no conducen a nada. Las entrevistas son válidas preguntando a los cosmonautas las experiencias que tienen cuando regresan a la Unión Soviética o a Estados Unidos o cuando Cristóbal Colón, un poco antes, regresa de la América del Sur. Pero no veo ni el objeto ni la finalidad en molestarse y molestar a los poetas que están haciendo constantemente una sola cosa: poesía. Después resulta que estas entrevistas se van haciendo cada vez más rutinarias, se acumulan repeticiones, repeticiones de lo ya dicho por uno y por otros. Llega un momento en que en esta verbosidad provocada y artificial ya no sabe uno a quién le pertenecen las ideas. Por lo demás no tiene tanta importancia a quién pertenezcan o no.

Lo principal en estos casos parece centrarse siempre sobre algo que considero completamente inasible, que es el proceso literario, el proceso del trabajo poético, lo que se llama el camino de la creación. Todas estas palabras para definir la urgencia que tiene un verdadero escritor, para escribir su prosa o su poesía. Nunca entendí palote de este asunto, pero puedo decir que "trabajo ha sido continuo desde que tuve uso de pluma, uso de lápiz, uso de papel, no por cierto uso de razón que todavía no la alcanzo. Pero desde que tuve a mi alcance los implementos necesarios nunca he dejado de hacer lo mismo y nunca me preguntaba por qué lo hacía ni podría explicarlo tampoco. Dentro de este trabajo, especial o espacial, mejor dicho, tendría que decirle que hay dos o tres factores que alteran de cuando en cuando esta cosa sistemática de mi trabajo (hablo de mí solamente, de mí en singular, ya que, por razones de su criterio o de la revista que a usted envía, parece ser que soy el tema en general de este coloquio). Una es la necesidad explosiva de escribir sobre ciertos temas de actualidad, sobre ciertos acontecimientos que, ala vez, son acontecimientos públicos, y que tienen tal circunstancia, decisión y profundidad dentro de uno, que lo llaman con urgencia a actuar en un determinado lugar poniendo todos los medios a su disposición.

Otra cosa debe tomar en cuenta el poeta que está en contra de la preceptiva tradicional, o de la superstición tradicional o de la herencia lírica y romántica, es que el poeta debe también sobresalir a los compromisos que se le pidan, es decir, la poesía que se accede a hacer a petición de un determinado grupo humano, debe tener la calidad necesaria para sobrevivir. Esto es importante porque el orgullo pequeño burgués de los poetas, cultivado siempre por los de las clases que mandan en la sociedad capitalista, quiere hacer creer al poeta que su libertad resulta menoscabada si atiende una petición. Existe la poesía escrita a petición por la necesidad evidente de un poema y que éste resulte verdadero, imperecedero, o por lo menos que tenga la fuerza, el contenido y la poesía necesarios para servir en un momento de alimento y de ayuda a un grupo o a un sector que naturalmente está íntimamente de acuerdo con el poeta. Éste es un factor, es una orden que el poeta debe esforzarse en cumplir, y cumplir con decoro. En mi caso particular tengo conciencia de que, muchas veces, poemas los hechos y dirigidos, solicitados y pedidos, han sido de los que más me han satisfecho hasta ahora.

¿Quiere usted hablar de Borges?

Sí, siempre quiere uno hablar de Borges, aunque sea un poco excesiva la atención que a veces se le dispensa, siendo él un hombre más bien quitado de bulla, no digamos un anacoreta, pero sí un hombre de probada austeridad. Es natural que la excelencia intelectual de Borges haga que su figura y su palabra sean siempre examinadas y vistas como si fueran tan translúcidas que pudiéramos penetrar hasta el otro lado de su sentido o de su transparencia. En los últimos meses muchos argentinos han recibido, con gran molestia y no poca ironía, sus palabras despectivas sobre la resurrección vital y plena del movimiento peronista, es decir, sobre el actual momento de transición libertadora que pasa el pueblo argentino. Hay que pensar, cuando se habla de Borges, que es natural que a uno no pueda satisfacerle jamás una actitud tan probadamente, tan empeñosa y cultivadamente reaccionaria como la de él. Hay algo en esto de su viejo narcisismo de escuela inglesa, y por ese motivo no debía preocupamos. Claro, desconciertan si vienen de un hombre que, además de ser un gran escritor, es también un erudito y un ilustre archivero, puesto que fue el gran bibliotecario del país. Extraña que él no comprenda que esta época excepcional de la Argentina está llena de hechos, formulaciones, deseos insatisfechos, corrientes profundas. No se trata de "demagogia y tontería", como Borges califica al movimiento actual, a la revolución argentina; tienen que ser muchos los factores, los matices y los alíneos, es mucha la profundidad documental, es mucha la riqueza fenomenal de la actualidad argentina. Yo creo que la Argentina no ha vivido una época tan interesante desde el tiempo de Sarmiento y Alberdi. Tal vez Borges debió pensar en estas cosas. Pero en este mismo momento, a pesar de sentirme y ser antípoda de sus ideas, yo proclamo y pido que se conduzcan todos con el mayor respeto hacia un intelectual que es verdaderamente un honor para nuestro idioma.

Naturalmente, su desacomodo con las ideas mayoritarias argentinas no sólo significa un desacuerdo con la Argentina: también significa un desacuerdo con lo más valioso del mundo, con lo que está creciendo en el mundo, con la insurrección anticolonialista, antiimperialista, con un ascenso de las capas populares que está aconteciendo en nuestra América y en el mundo entero. El desconocimiento de Borges hacia estas realidades argentinas es el mismo desconocimiento que él ha tenido hacia la realidad actual del mundo.

El Canto general es una obra de enorme influencia. En ella no nombra usted a Perón. Dígame, compadre, ¿cuál es su juicio hoy sobre Perón y el peronismo?

La figura de Perón es una figura que torna las proporciones históricas que le da el pueblo argentino. En una época, el gobierno de Perón fue un gobierno profundamente anticomunista; es posible que haya habido una incomprensión de parte y parte, yo estoy en general en contra de todos los anticomunistas. Estoy en favor de todos los antifascistas y en contra de todos los anticomunistas. Todo anticomunismo, donde esté, es sospechoso; todo anticomunismo encubre un desacato hacia el porvenir humano. Esos son mis conceptos. Naturalmente, pueden discutirse, pueden dialogarse, pueden hablarse. Ahora, bajo el puente de Perón, como bajo mi propio puente, ha pasado mucha agua; son las aguas de la historia las que están pasando. Ni Perón es el mismo, ni Pablo Neruda, modesto poeta de Chile, es el mismo tampoco. Es decir, nuestra tierra va cambiando, la sociedad humana va cambiando, y yo creo que el peronismo de entonces no es el de ahora; es decir, que no será el peronismo de ahora. Ahora viene Perón o las ideas peronistas amarradas, como dije antes, al gran movimiento de liberación de los pueblos. Estarnos atravesando una revolución histórica en profundidad. Naturalmente que éste es un momento de liberación para la Argentina. ¿Qué va a pasar? No lo sabemos bien todavía, la experiencia histórica nos dice que los momentos de transición son los más duros, los más difíciles. Deseo, para el movimiento justicialista y el momento actual de la Argentina, el desarrollo más esplendoroso y mejor, es decir, el que acomode más al pueblo argentino de acuerdo con su razón histórica y con el porvenir de la humanidad que, naturalmente, es un porvenir progresista y antiimperialista.

Se habla mucho de que usted es inmensamente rico.

Lo que gano -el editor lo sabe, que es el que hace mucho tiempo tiene los derechos de toda mi obra- es una suma bastante modesta, pero que me alcanza para vivir. De lo demás, todo se ha ido por mis manos comprando mis libros y comprando, de cuando en cuando, un mascarón de proa; no recibo rentas de ningún arriendo, no poseo acciones de ninguna parte, no tengo fortuna, no guardo depósitos en grandes bancos. En resumen, tengo lo que recibo de mí trabajo, eso es todo. Sí esto suscita las simpatías de alguien, será de una persona que trabaje. Si esto suscita la envidia de otros, es, en general, de los que no trabajan. Entonces vamos a cerrar las compuertas de la maledicencia, del chisme sobre éste, sobre aquel, sobre mí y sobre los demás.

Pero a usted lo hiere la maledicencia.

?De cuando en cuando -a pesar de que debiera estar curtido, de que debiera tener una piel de elefante-, de cuando en cuando me turba, me molesta, pero son cosas casi orgánicos. Yo soy un hombre del sur de Chile, debiera estar más acostumbrado al frío, nací y crecí en el clima frío del sur de nuestra América, y sin embargo, de repente me dan unos tiritones que no debiera tener y que me reprocho. Así me pasa también con la vanidad, que todavía sufre de algún pinchazo, de algún alfilerazo o de algún garrotazo.

¿Se definiría usted a sí mismo como una persona tímida?

Yo creo que sí, comadre, también tengo ese sentimiento de pobre de nacimiento en los grandes restaurantes, en las grandes recepciones, en palacios o embajadas, o en grandes hoteles. Me parece que, de repente, van a notar que estoy de más allí y me van a decir: “Usted que está haciendo aquí, por qué no se va”. Siempre he tenido ese sentimiento -que no era desagradable- de no pertenecer a tal cosa, a tal grupo. Y en realidad es así, no pertenezco.

Y con respecto a la timidez general hacia los hombres en la amistad, o hacia las mujeres en el amor, siempre la tuve. Es un sentimiento hermoso por dos cosas: para sentirlo y para vencerlo. En la amistad, muchos de mis mejores amigos me resultaron, en un principio, impenetrables, los sentí orgullosos; resultaba que ellos eran gente tímida como lo era yo, y no había aproximación. En el amor también; hubo muchas mujeres que me parecían absolutamente filas e inalcanzables, que me despreciaban de arriba abajo. Resultó hermoso hacer esa lucha contra mí mismo y contra ellas, y poder vencerlas o ser vencido.

Me gustaría preguntarle sobre sus recuerdos de La Argentina.

Bueno, mis recuerdos de la Argentina son un poco tristes, porque mis amigos han ido desapareciendo, y yo soy un hombre de amigos y la Argentina era, y seguramente seguirá siéndolo, un país de amigos. Un hombre de amigos y un país de amigos es algo serio, profundamente serio. Yo pongo la amistad como una de las dimensiones de mi propia vida.

En verdad la Argentina es para mí una época inolvidable y el recuerdo de Norah Lange o de Oliverio, de Raúl González Tuñón y de Amparito, y de la rubia Rojas Paz y su salón literario, al que acudíamos con Pepe González Carballo y luego vino Federico García Lorca... Después conocí más a Rodolfo Aráoz Alfaro, uno de mis más queridos amigos -también mi compañero-, hasta me tocó ser detenido e ir preso con él, lo que es en realidad una aventura impresionante para uno, y además promueve un vínculo fraternal más estrecho aún. Me acuerdo que era el tiempo de Aramburu, entonces a mí me llevaron preso y me incomunicaron en una celda, la más inaccesible, la más remota.

Ya no existe esa cárcel, compadre.

Yo la admiré mucho a esa cárcel porque nunca he visto tantas puertas de fierro como ésas. Conozco otras casas, castillos y residencias, pero esa cárcel tenía impresionantes rejas de fierro cada tres o cuatro metros, no se terminaba nunca de cruzar rejas. A mí me llevaron en una camilla y me dejaron encerrado allí. Al día siguiente, el diario La Prensa no se dio por aludido de que había centenares o miles de presos entre los cuales, modestamente, también estaba yo. El señor Gainza Paz es un gran farsante, y si no búsquese en la colección de La Prensa de ese momento si hay siquiera la mención de un poeta preso que, por lo menos, tenía muchos amigos, era ciertamente conocido y tenía su editor en la Argentina.

Bueno, entre mis amigos argentinos de aquellos tiempos podría citar muchos, pero me gustaría también hablar de mis amigos en toda la América. Tengo amigos en México, en el Perú, en Venezuela, en el Ecuador, en el Uruguay, en Colombia, en Panamá, en todas partes. Naturalmente, también tengo grandes amistades en Francia, en Inglaterra, pero es en este continente donde están mis mejores recuerdos, mis grandes amigos. Yo soy un hombre local, provinciano de América, soy un pueblerino de Buenos Aires, soy un pueblerino de Santiago de Chile, soy un pueblerino de Temuco y de Parral, de donde vengo, del sur de Chile. También lo soy de los pueblos de Colombia o del Perú. Por todas partes yo siento el llamado de la sangre. La Argentina me atrajo siempre por sus contradicciones, por su extensión, por su belleza, por la cantidad de fenómenos curiosos y por sus diferencias con Chile.

Compadre, he leído estos días, en los diarios de Chile, un llamado suyo a los intelectuales. Me gustaría que los intelectuales argentinos también lo conocieran.

Es algo complicado explicar la situación chilena, sobre todo al extranjero, debido a la información tendenciosa de la prensa o a la falta de información que muchos puedan tener. Naturalmente, mi llamado tiene por objeto despertar la conciencia de los intelectuales -de los pueblos, primordialmente, pero también de los intelectuales- hacia lo que está pasando en mi país.

El final de mi llamado se dirige a los escritores y a los artistas de la América nuestra y del mundo entero. Estamos en una situación bastante grave. Yo he llamado, a lo que pasa en Chile, un Vietnam silencioso en que no hay bombardeos, en que no hay artillería. Fuera de eso, fuera del napalm, se están usando todas las armas, del exterior y del interior, en contra de Chile. En este momento, pues, estamos ante una guerra no declarada. La derecha -acompañada por sus grupos de asalto fascistas y por un parlamento insidioso, venenoso, una mayoría parlamentaria completamente opositora, adversa, estéril y enemiga del pueblo, con la complicidad de los altos tribunales de justicia, de la contraloría y los caballos de Troya que tiene dentro de la administración y que se han tolerado hasta ahora, de la gran prensa chilena está tratando de provocar una insurrección criminal de la cual deben tomar inmediato conocimiento los pueblos de América latina. Se trata de instaurar un régimen fascista en Chile. Han tratado de incitar a una insurrección del ejército, han tratado de recurrir al pueblo para obtener en las elecciones un triunfo que les permitiera derrocar al gobierno. No han conseguido ni conmover al ejército para sus fines mercenarios ni alcanzar la mayoría necesaria como para derrocar al gobierno. Es verdad que hemos tenido un triunfo popular extraordinario, es verdad que el presidente Allende y el gobierno de la Unidad Popular han encabezado de una manera valiente un proceso victorioso, vital, de transformación de nuestra patria. Es verdad que hemos herido de muerte a los monopolios extranjeros, que por primera vez, fuera de la nacionalización de petróleo de México y de las nacionalizaciones cubanas, se ha golpeado en la parte más sensible a los grandes señores del imperialismo que se creían dueños de Chile y que se creen dueños del mundo. Es verdad que podemos decir, con orgullo, que el presidente Allende es un hombre que ha cumplido su programa, es un hombre que no ha traicionado en lo más mínimo las promesas hechas ante el pueblo, que ha tomado en serio su papel de gobernante popular. Pero también es verdad que estamos amenazados. Yo quiero que esto lo sepan y lo recuerden mis amigos, mis compañeros, mis colegas de toda América latina, pero en especial de la Argentina, que conocen este caso porque han visto muchas veces en su historia regímenes de implacable dureza que han sido instaurados en contra de la voluntad y los derechos del pueblo argentino. Por eso yo llamo a una solidaridad que se debe manifestar en una forma militante, en una forma ardiente, en forma fraternal. Ese es el objetivo de mi llamado y yo la autorizo, mí querida amiga, a darlo a través de su revista.

Quiero agregar, por último, que una entrevista como ésta debió haberse mantenido en lo posible, y esencialmente, como una conversación espiritual sobre las perspectivas y las derivaciones de la cultura. Pero quiero decir a los lectores de Crisis que la vida política de mi país no me ha permitido limitarme de una manera idílica a temas que tanto interesan. Qué vamos a hacer. Mi posición es conocida y mucho me hubiera gustado hablar de tantos temas que son esenciales para nuestra vida cultural. Pero el momento de Chile es desgarrador y pasa a las puertas de mi casa, invade el recinto de mi trabajo y no me queda más remedio que participar en esta gran lucha. Mucha gente pensará ¡hasta cuándo!, por qué sigo hablando de política, ahora que debería estarme tranquilo. Posiblemente tengan razón. No conservo ningún sentimiento de orgullo como para decir: ya basta. He adquirido el derecho de retirarme a mis cuarteles de invierno. Pero yo no tengo cuarteles de invierno, sólo tengo cuarteles de primavera.

Fragmento de la entrevista publicada en revista Crisis N° 4, agosto 1973, Argentina

Charla con Pablo Neruda - Los poetas no descansan
Roman Samuel

Aquí me quedo con palabras y pueblos y caminos que me esperan de nuevo, y que golpean con manos consteladas en mi puerta."

("Voy a vivir", en el Canto general)

Concerté con Pablo Neruda una cita para conversar. Hasta el final no sabía si ésta se llevaría a cabo, ya que la agenda del maestro Pablo estaba cubierta hasta el tope. El sábado a las 15 horas iba a tomar un avión con destino a París. Pero ya había hecho la cita. Todavía me puse a escarbar en los libros, para localizar los versos que le había dedicado a Polonia, repasar una vez más el Canto general, una epopeya sobre la lucha liberadora de los pueblos de América Latina, en las traducciones de Iwaszkiewicz y Galczynski. Busqué las memorias cerca de su estancia en Wroclaw durante el Congreso de la Paz en 1950. De mis amigos chilenos recibí en regalo los más recientes versos del poeta.

Me quedé de ver con Pablo Neruda en su residencia varsoviana. Tardaba mucho en llegar. Mientras tanto, empezaban ya a venir otros, a los que también había invitado, al mismo lugar y apenas con una escasa diferencia en el tiempo. No se lo tomé a mal. Le quedaban tan sólo dos horas disponibles, mientras tanto él quería despedirse de todos y a todos desearles un cúmulo de felicidad. Llegó vestido de la manera más sencilla: con una camisa verde y un grueso saco de paño. Permanecía parado frente a las cámaras y a la luz de los reflectores, en medio de un diluvio de hojas en las que estaban escritas las preguntas. Las dejó a un lado y empezó a hablar.

-He leído con gran interés las preguntas que ustedes aquí me formularon. Para contestarlas, se necesitaría ser un filósofo, político, enciclopedista. Yo estoy lejos de poseer todo ese conocimiento y sabiduría que ustedes, como periodistas, buscan en mí.

"No soy más que un simple artesano, mi oficio es la palabra, la poesía. Nunca me he considerado un intelectual, y no es que no le tenga aprecio a los intelectuales, sino por la simple razón de que nunca he tenido capacidad para crear teorías y resolver problemas. Mi poesía se asemeja al oficio de carpintero o al pan de panadería. Aunque nunca he considerado que mis versos sean tan necesarios y útiles como una mesa o el pan de cada día."

-¿Qué papel desempeña en el mundo la poesía comprometida y qué dirección ha tomado en su desarrollo?

-La poesía comprometida resulta muy importante en cada país, siempre y cuando sea buena. Si es mala, carece de todo valor.

-Estamos hablando exclusivamente de la buena poesía.

-Precisamente de eso se trata. Crear una buena poesía es muy difícil. Me refiero tanto a la poesía comprometida como a la no comprometida. ¿Cómo explicar este concepto? No podría aconsejarle a nadie, el poeta primero tiene que conocerse bien a sí mismo, sus posibilidades y valores. Primero tiene que recorrer un largo trecho para, finalmente, llegar a la poesía comprometida. Esta poesía no puede ser, por tanto, un resultado de alguna moda o algo forzado, ni mucho menos una forma en la que el poeta pretenda ocultar las carencias de su taller o de sus capacidades creativas. No basta considerar que se está creando una poesía comprometida para poder considerarla, en general, una poesía. Yo nunca aconsejaría a los jóvenes empezar por plantearse la más difícil tarea poética. La gran poesía comprometida fue creada por los poetas en plena madurez, que supieron sentir y expresar con mucha fuerza el espíritu de la época en la que vivían. Sin ello, como es sabido, no puede surgir poesía alguna, no solo la comprometida. Hay veces que me da la impresión de que la poesía muere, pero se vuelve a levantar, resucita, vuelve a vivir. La poesía ha muerto. ¡Viva la poesía! Ahora, ¿qué podemos saber ya de su futuro desarrollo? Existen dos poesías, al menos dos corrientes poéticas. Una emana del interior del hombre, la otra es una poesía que viene del exterior. Estoy en contra de una poesía que está destinada a los iniciados, ya que en tal caso los tomos de poesía habría que imprimirlos sólo en dos ejemplares: uno para el poeta, y el otro para su prometida. (...)"

-¿Sabemos entendernos mutuamente, tomando en cuenta que hemos crecido dentro de una tradición completamente distinta y actualmente nos encontramos en una situación diferente? Me refiero a la situación de dos grandes culturas, la latinoamericana y la europea.

-Los europeos han recibido una herencia cultural a toda prueba, y enorme. Todo en Europa ha sido ya cantado, pintado, todo transformado en arte.

"Nosotros, los latinos, vivimos en grandes espacios y por eso tenemos una visión totalmente distinta del mundo. Habitamos un continente virgen. Muchas partes de nuestro territorio, muchas de sus áreas las desconocemos por completo. Tenemos ríos a los que no se les ha puesto el nombre, montañas cuya altura aún no ha sido medida, tenemos islas ignotas y a la gente que no comprende los sentimientos de las demás personas, puesto que somos tantos que ni siquiera nos conocemos mutuamente. Los poetas no descansan, simplemente no pueden hacerlo. Nunca hemos puesto los ojos única y exclusivamente en la sola franja de nuestro propio país, siempre hemos estado pensando en todo nuestro continente. La cultura contemporánea de América Latina se ha ido formando bajo diferentes influjos y avanzando por diversos senderos, hasta hoy día. Esta cultura no ha surgido directamente del arte precolombino de América. Tal genealogía nunca la tuvo. Por el contrario, siempre ha existido una clara tendencia a imitar a la cultura europea.

"Dicha tendencia donde más se percibe es en las artes plásticas y en la literatura, donde se intentó copiar el modelo literario que imperó en Europa. Al mismo tiempo, existía también una tendencia a la inversa, que defendía a los valores propios. Así es como fue en todas las artes, incluyendo el drama. Pero más que nada en la novela latinoamericana. En los últimos años observamos en particular una notable fuerza de esta literatura, que quiere expresar el dolor y los sufrimientos de los pueblos latinoamericanos. La cultura de la Costa del Pacífico ha dado a grandes creadores y trajo a últimas fechas los más abundantes frutos. Sería muy largo mencionar todos los nombres de los escritores latinoamericanos, por tanto, citaré tan sólo a algunos: los mexicanos Juan Rulfo y Carlos Fuentes, los argentinos Julio Cortazar y Ernesto Sábato, el peruano Mario Vargas Llosa, y por último, el gran colombiano Gabriel García Márquez, a mi juicio el más grande prosista de América Latina y uno de los más destacados escritores contemporáneos a nivel mundial. Su novela Cien años de soledad es una obra maestra de la prosa contemporánea y una de las estupendas obras que se ha escrito en español. Si lo digo es con el fin de realzar el auge de nuestra literatura, que constituye una respuesta en el dialogo de las dos culturas: de Europa y América Latina. Para que los europeos puedan entendernos."

-(...) ¿Qué es actualmente Chile?

-Hemos ingresado a un nuevo camino en Latinoamérica. Tenemos un gobierno pluripartidista, proclamado por la vía de las elecciones, por consiguiente, legítimo y constitucional. Hemos aprovechado la antigua organización capitalista, para consolidar nuestras posibilidades y nuestro actual triunfo. Desde hace tiempo que pertenecíamos a la vanguardia, queríamos formar un frente común que tomara en consideración las más diversas posturas, pero en concordia con las cuestiones más importantes para el desarrollo político del país. Una especie de preparativo para abrir un camino hacia el socialismo. Este camino pertenece a uno de los más difíciles, dado que conservamos aún el sistema burgués, tratando al mismo tiempo de arrebatar el poder a la burguesía, minimizando su papel. Respetamos plenamente todos los derechos humanos. Esto es algo característico para nuestro sistema y tradiciones nacionales. Pertenecemos a aquellos países que de la manera más perseverante y consecuente cumplen su papel en la obra de la evolución de América Latina. Casi nunca ha habido en nuestro país una dictadura, en tanto que el pueblo chileno está plenamente consciente de que el actual triunfo del Frente de la Unidad Popular es un triunfo definitivo, que le asegurara una verdadera justicia y dignidad a la nación. Los caminos de otros países de América Latina eran distintos y conllevaron a otros resultados. No pretendemos enseñar a nadie, estamos conscientes de tener que ir aprendiendo de todos, sobre todo de los gobiernos revolucionarios y socialistas. Tenemos que recibir una lección de errores y éxitos. Un cambio del sistema político no es ningún juego. Un difícil problema, ya que todo no deja de ser un experimento, a veces hay que retroceder para poder avanzar. El camino que se denomina camino chileno es nuestro propio experimento. Como ya lo dijo el presidente Allende, no podemos exportar ni a nuestra revolución ni a nuestro movimiento. Estamos demasiado ocupados de nuestra propia historia y de dar solución a los actuales problemas chilenos, como para sugerir a cualquiera nuestra forma de pensar. Quiero subrayar que el bloqueo de Cuba fue obra de los imperialistas yanquis. En contra de la voluntad de América Latina se pretendió destruir a la Revolución Cubana, valiéndose de los gobiernos de otros países de nuestro continente. El presidente Allende, aun desde antes de que fuera electo, había prometido que una de las primera medidas de su gobierno sería reconocer diplomáticamente a los países con los que, como Cuba o la RDA, a los países de América Latina no les era permitido entablar relaciones diplomáticamente. El primer paso del nuevo gobierno fue independizarse. El siguiente: la nacionalización de las riquezas naturales de Chile. Hemos hecho un gigante paso adelante al retomar en nuestras manos los más grandes yacimientos de cobre en el mundo. Es un paso audaz. Las firmas estadunidenses habían tenido durante muchos años el monopolio de explotación y venta de cobre. Nosotros los chilenos, poseedores de los más grandes yacimientos de cobre en el mundo, permitíamos que otro país aprovechara estos bienes. Veíamos las habilidades de los extranjeros no sin cierta admiración, pero con la conciencia del daño que nos hacían. Ahora esto ya se acabó. Informamos a USA y a sus empresas de que nuestros bienes retornaban a nosotros y este paso es ya irreversible.

"Ningún gobierno tendría el valor de dar un paso atrás. En este momento, algunos representantes del imperialismo extranjero se atrevieron, incluso, a augurar la caída de nuestro actual gobierno, ya que éste atenta contra sus intereses. Se han adelantado demasiado en sus pronósticos. Estamos dispuestos a defender nuestra soberanía con toda arma, con todas las fuerzas. No vamos a permitir que a Chile regresen los explotadores. Nuestro país posee un alto sentido de dignidad. No admitimos ni siquiera la idea de que en cualquier momento esto pudiera ocurrir." l

(*) Entrevista tomada del libro Bunt i Gwalt, del destacado literato y periodista polaco recientemente fallecido. Neruda viajó a Varsovia, con motivo del estreno de la obra Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, en diciembre de 1971. La traducción es de Alexander Bugajski

Fuente: Proceso. México. 22092003
http://proceso.com.mx/

Discurso al recibir en 1971, el premio Nobel

Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones, lejanas y antípodas, no por eso menos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros limites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta

Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación. No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos, desoladas nieves, adivinando mas bien el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino. Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semi-derribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión. A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos cúmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los baqueanos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa:

¿Tuvo mucho miedo?

Mucho. Creí que había llegado mi última hora, dije.

Íbamos detrás de usted con el lazo en la mano me respondieron. -Ahí mismo –agregó uno de ellos– cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted. Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. La cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de rios y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.

Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aun la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto. Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.

Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y vimos, al calor de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo ml humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida.

Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. O lo conocían, nos conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornadas que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese "nada más" en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.

Señoras y Señores:

Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo esta sostenido -el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesia en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un vertiginoso río, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.

De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común.

En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la amistad y de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podría gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.

El poeta no es un "pequeño dios". No, no es un "pequeño dios". No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni yo lo pretendí nunca- orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificacion. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir, a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como parte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de un tembladeral de hojas, de barro, de libros, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación critica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores, sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como sueños. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriaga esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez ésa sea la razón determinante de mi humilde caso individual: y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmento de piedra o de madera con que alguien, otros que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe.

Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquiera forma al pasado feudal del gran continente americano? Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.

Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia entraremos en las espléndidas ciudades.)

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.

Así la poesía no habrá cantado en vano

Los amores de Neruda

 

El 11 de Septiembre, las fuerzas armadas chilenas tomaron el Palacio de la Moneda y derrocaron al gobierno democrático de Salvador Allende. El nuevo gobierno golpista de Pinochet inauguró una represión brutal

 

HACE 25 AÑOS murió en un hospital de Santiago el poeta Pablo Neruda. Desde hacía años enfermo de cáncer, dejó su puesto de embajador en París para volver en 1972 a su refugio en la costa del Pacífico, la mítica Isla Negra, que no es isla ni negra, sino un balneario a 100 kilómetros de la capital que se doblegó de buen grado a la fantasía bautizadora del vate.

Si al lado de ese potente mar "que dice que sí y dice que no en espuma y en galope y que se sale de sí mismo a cada rato" esperaba encontrar la paz y el cobijo natural que animara a su cuerpo para resistir a la enfermedad, lo que halló en cambio fue a su patria desangrándose en una violenta pugna entre el Gobierno de Allende y sus opositores, que habían abandonado las buenas maneras y con virulencia insurreccional invadían las calles pidiendo al ejército que derrocara al presidente socialista.

El vate fue recibido con un acto de masas en el Estadio Nacional, pues estaba pendiente que la patria le mostrara su admiración por haber obtenido el año anterior el Premio Nobel de Literatura. Durante una década había sido el eterno candidato, tanto que en una ocasión comentó que estaba harto de verse en las listas de competidores como si fuera un caballo de carreras. De los festejos tuvo que pasar a la acción; por su enorme prestigio nacional y universal los comunistas y socialistas le pidieron que alertara al mundo sobre la inminencia de un golpe militar y acaso el brote de una guerra civil en Chile.

Con la dolorosa experiencia vivida como diplomático y pro republicano en España, y con la angustia irrecuperable del asesinato de García Lorca, su hermano del alma, Neruda hizo fuerza de flaqueza para que la historia no se repitiera en su propio país y tomó iniciativas convocando a prestar atención a lo que sucedía en el fin del mundo, en este territorio "separado de todos los otros por la tajante geografía".

El esfuerzo fue inútil. Había llegado la hora de los fusiles y la poesía no entraba con su prestigio a los cuarteles. El 11 de septiembre de 1973 las fuerzas armadas escenifican un impecable e implacable asalto al gobierno e instauran una junta militar encabezada por Pinochet, inaugurando su mandato con una represión brutal que consideró asesinatos, fusilamientos, desaparecidos, presos en campos de concentración, despidos de las fuentes laborales, asilo en embajadas, y un masivo exilio. Los oncólogos saben que si el cáncer se resiste con una buena disposición anímica es posible sobrevivirlo por algún tiempo. Pero tras el Golpe, Neruda en su ventana frente al mar tenía febriles alucinaciones mientras gritaba "los están matando a todos, los están matando a todos". La enfermedad encontró en la angustia el terreno abonado para aniquilar su cuerpo. Dos semanas más tarde una ambulancia lo llevaba a Santiago, deteniéndose ante insolentes y arrogantes controles militares, para ponerlo en un hospital donde muere a las pocas horas.

Su casa de Santiago en tanto es invadida por extremistas, que la destruyen e inundan. El féretro es traído a estas ruinas por indicación expresa de su viuda Matilde: es en ese espacio donde el Premio Nobel será velado. La imagen resultará tanto más elocuente que cualquiera de las descripciones periodísticas de los horrores en circulación. A su entierro, vigilados por cientos de militares en actitud de combate, acuden sus más fieles amigos y admiradores, a sabiendas de que arriesgaban la vida.

Casi como auto inmolándose en las cercanías del cementerio, sus compañeros más militantes cantan a viva voz La Internacional. La historia ofrecía una metáfora redonda: muere la democracia, muere el poeta

 

LA POPULARIDAD

Este desenlace es quizás el más trágico entre los muchos hitos que hicieron del poeta una cifra gigantesca del siglo XX y sin duda aumentó en el mundo la atención hacia su obra que ya había merecido el Premio Nobel. Sin embargo, un artista tan versátil como Neruda consiguió con otros textos la popularidad. Así por ejemplo el canto liviano y transparente de las odas hacia los simples asuntos de la vida cotidiana enseñaban aun hasta a la gente más sencilla a mirar el mundo en tensión poética y con ingenio metafórico. Las odas tuvieron un efecto epidémico. Se celebró el arte de vivir elevando la voz para cantar las cosas con imágenes: hasta las poco líricas alcachofas serían "bruñidos guerreros" y las cebollas parecerían "rosas de agua". Pero esta abrumadora fama ni siquiera es comparable con la idolatría que le labraron sus poemas de amor. Son miles en el mundo los románticos o pícaros que confiesan haber seducido a alguna chica susurrándole versos de los Veinte Poemas y son muchas las mujeres que encuentran una especial locuacidad en estos poemas. Los adictos a sus líneas de amor, no vacilan en creer con fe ciega que el mismo autor tiene que haberse beneficiado de la reciprocidad de sus enamoradas gracias a ellas. Y sin embargo, seguir la pista biográfica en los textos revela que en la mayoría de las ocasiones el poeta o no logró su objetivo o, merodeándolo, se vio enfrentado a alternativas muy ásperas. La mitología sobre Neruda, poeta del amor, comenzó muy temprano. Llega a la capital desde el sureño Temuco, una región del planeta húmeda y melancólica donde el muchacho pergeña las primeras letras, preferentemente en clase de Química donde, loco, se imagina que días mejores han de venir. Según su libro Cuadernos de Temuco, que recién hace un año vino a rescatar los textos iniciales del genio, Neruda casi niño se veía así: "Un muchacho que apenas tiene quince años/ que hace versos punzado por la amargura,/ que saboreó las sales del desengaño/ cuando muchos conocen risa y ternura"

El escritor Antonio Skármeta nació en Chile en 1940. La versión cinematográfica de su novela "El cartero y Pablo Neruda" le dio a conocer al público español. En la foto, en el refugio de Pablo Neruda en Isla Negra, donde éste conservaba tesoros del mar y mascarones de proa, hoy convertido en museo del poeta.

En Santiago acentúa con la vestimenta los rasgos tristes. Pálido o lívido, delgado, sin sonrisas, traje de chaleco, cigarrillo entre los dedos largos y solitarios, una mano oculta dentro del saco, corona de negro sombrero con borde ancho desde donde la nariz filuda salta como un cuchillazo, y todo consagrado por una capa romántica que cae por debajo de sus rodillas, mil veces humillada por la lluvia.

Cuando publica su segundo libro en 1924, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, el éxito fue fulminante, cosa rara en Chile, que en general acepta a sus hijos cuando han "triunfado en el exterior". El texto desbordó el círculo de lectores y se amplió a los neófitos de la literatura y a los ávidos de amores que encontraron en él una especie de talismán mesiánico. He leído decenas de veces este libro, lo he manoseado mil noches memorizando versos para asestarlos al lóbulo de alguna amiga, y he aprendido su trama estructural y estética para enseñarlo en universidades

 

TRES MUSAS

Los Veinte Poemas están nutridos por tres musas, pero los amantes que creen estos versos eficaces, se llevarán un palmo de narices. Prominente entre ellas es Albertina Rosa Azócar. Es sorprendente que el célebre me gusta cuando callas porque estás como ausente corresponda casi de un modo naturalista al estilo de esta mujer, quien a juicio de los biógrafos de Neruda, especialmente Volodia Teitelboim, era de una mudez e impenetrabilidad tan enorme, que hacía cuanto más locuaz y angustiado el trabajo del poeta. La muchacha parecía asistir impávida a los esfuerzos líricos de Neruda, y así lo prueban los poemas con sus acentos en el silencio, en la ausencia, en la lejanía, y hasta en las cartas posteriores donde el poeta le habla de "su callado nombre" y aun le reprocha una "sensación de indiferencia que me abre la curiosidad".

Es gracioso que la impertérrita heroína del chileno demostrara años más tarde que su carácter más bien escueto no había sido un contrahielo ocasional y estratégico a la fogacidad sensual de su artista, pues en una entrevista realizada en su vejez replicó así a la pregunta sobre cuál era el poema predilecto entre los que había escrito para ella: "Me hizo varios, pero no me acuerdo cuáles son".

Una reciente edición de Los veinte poemas de amor trae ilustraciones del artista murciano Pepe Yagüez, quien concibe al amante de estos versos como un minotauro: este animal fuerte y esencialmente poético extiende su cabeza desde su espeso amor hacia el universo donde la amada lo es todo. Pero en sus dibujos ella es infinita, inalcanzable, la plenitud del amor negada. Aunque los muslos de la mujer sean blancas y deliciosas colinas están en otra dimensión del tiempo y del espacio. Hay una mujer con la que Neruda vivió años, y sin embargo apenas figura en su obra y en sus memorias. La distancia que toma es tal que la evoca sólo a través del testimonio de otra escritora, que conoció bien a la pareja: Margarita Aguirre. Se trata de una dama de ascendencia holandesa, María Antonieta Hagenaar, con quien se casó en el año 1930 en Batavia, trayéndola a Chile dos años más tarde. El juicio sobre ella es lapidario: "No sabe el español y comienza a aprenderlo. Pero no hay duda de que no es sólo el idioma lo que no aprende". Neruda la evoca en un sólo verso, no menos áspero: "¿Para qué me casé en Batavia?". Quizás el dolor por la muerte de la hija de ambos debida a una deficiencia de nacimiento acentuó, como protección, la distancia

 

UN IDILIO

Del tiempo en que el poeta fue cónsul chileno en Birmania, surge un idilio que excitó la curiosidad e imaginación de sus lectores y biógrafos. Prácticamente no hay testimonio de esta protagonista como no sea el directo de Neruda, su beneficiario o víctima, según se le mire. La mujer se llamaba Jossie Bliss y su inmortalidad se debe a su rol en uno de los capítulos más feroces de Residencia en la Tierra, el titulado Tango del viudo. Dama extremadamente sensual y misteriosa, fue acechando a Neruda con los celos, hasta el extremo de pasearse alrededor del lecho donde él dormía blandiendo sonámbula un cuchillo con el que consideraba matarlo. El poeta tuvo que optar entre la fiebre sexual que le ataba a ella y su propia vida. De modo que un día, sin detenerse a llenar la valija, asume otro destino diplomático dejándola plantada. Salvar el pellejo, sin embargo, le perfeccionó la obsesión por su ausencia en imágenes pasionales:

"Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración oída en largas noches sin mezcla de olvido, uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo. Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada, cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo...".

Los amores de Neruda

Neruda con Delia del Carril, su amante durante 18 años, "una compañera ejemplar", escribió de su relación. En la foto de arriba, con su primera mujer, María Antonia Hagenaar

La persistente musa, a la cual el chileno bautizó como especie de pantera birmana ha seguido arañando la fantasía de cineastas y pintores quienes sospechan en el exotismo de esa relación una suerte de versión de El amante de Marguerite Duras. Este estímulo se refuerza con la continuación de la "anécdota" del poema que viene en Confieso que he vivido. Habiéndose fugado el vate a Colombo, en Ceylán, algún tiempo después se instala vivir en la casa del frente Jossie Bliss, quien recorre la fatigante distancia para estar cerca del amante. Sin embargo sus hábitos marciales no se han mitigado. Por el contrario atacó con un cuchillo a una muchacha que vino a visitarlo, insultó y agredió a cuantos merodeaban a su poeta, y amenazó con incendiarle la casa. Neruda comenta resignado: "Era una terrorista amorosa". Con mucho trabajo logra finalmente convencerla que vuelva a Birmania.

La carrera diplomática de Neruda lo saca del Oriente y lo lleva a Barcelona y a Madrid. Aún casado con María Antonieta conoce una noche en el departamento de Rafael Alberti, probablemente en 1933, a Delia del Carril. Esta dama oriunda de una riquísima familia de hacendados argentinos tenía una larga experiencia con la escena internacional, una aguda sensibilidad política, y se sabía casi de memoria El manifiesto comunista. Según le confiesa a su biógrafo Fernando Sáez, recuerda que encontró a Neruda por primera vez en la Cervecería Correos: "Puso su brazo alrededor de mis hombros y así nos quedamos". Ella poseía un mundo de relaciones, belleza, inteligencia, y él pese al éxito en círculos prestigiosos y pequeños, no lograba que su obra se publicara con la repercusión que merecía. Todos en el locuaz grupo de amigos, que incluía en primer lugar a García Lorca, pensaron que entre ambos habían una bella amistad. Hasta que una fiel nerudiana se dio cuenta de que tras las noches de copas, la pareja venía a tomar desayuno en su casa

 

REGRESO A CHILE

Un sólo detalle debiera haber augurado en ese inicio el posible fin de la relación. La pintora Delia del Carril era exactamente 24 años mayor que Pablo. En los momentos cruciales políticos fue la mujer ideal para tenerla de compañera: trabajó con su esposo para salvar republicanos españoles y enviarlos a Chile y le hizo familiar todo el mundo de sus contactos. Más tarde, de vuelta en Chile, compartió su arte, cuyo motivo preferente fue la pintura de caballos, con las tareas políticas de su esposo, que no eran menores. Neruda llega nada menos que a ser elegido Senador de la República. Desde esa función, insulta al presidente llamándolo traidor, y debe huir al exilio en un aventurero cruce de la cordillera a lomo de mula.

Esta persecución ha de traer consecuencias para la vida sentimental del poeta. Ya desde antes ha tenido contactos emocionales muy intensos con Matilde Urrutia, quien incluso ha oficiado de enfermera en la casa de Delia y Pablo en la calle Lynch de Santiago después de que éste debiera guardar reposo por un accidente automovilístico. El destino lleva ahora al poeta a Capri donde convive clandestinamente con su amante. La musa que inspira Los Versos del Capitán es Matilde, una pelirroja de cabello tan seductor que más adelante el vate celebrará con alegre ingenio: "Otros amantes quieren vivir con ciertos ojos, yo sólo quiero ser tu peluquero". El autor chileno publica el libro como "anónimo", con la intención de no herir la sensibilidad de Delia. Vano resguardo: al mes de aparecer, todo el mundo habla del "último libro de Neruda".

En el texto que cierra el volumen el amante se despide de ella pues volverá a su tierra deseoso de incluirse en las luchas políticas para liberar a su pueblo. Si todo el libro celebra la energía de esta relación madurada en Capri, es en la coda donde se prueba que el idilio no tiene marcha atrás:

"Tal vez llegará un día en que un hombre y una mujer, iguales a nosotros, tocarán este amor, y aún tendrá fuerza para quemar las manos que lo toquen"

 

EL DRAMA

Previsible entonces que cuando todos los actores del drama se reúnen otra vez en Chile los problemas estallen. Durante algún tiempo, la complicidad de los amigos intenta mantener la mala noticia lejos de Delia. No se trata sólo de Los Versos del Capitán. Si Delia ha comprado hacía muchos años para Pablo el embrión de la hoy mítica casa de Isla Negra, donde se conserva parte de los trofeos del Premio Nobel, Pablo ha hecho construir en Santiago, a los pies del cerro San Cristóbal, una vivienda donde se encuentra clandestino con Matilde. La palabra chasca es una voz quechua muy popular en mi país que significa "cabello enmarañado". Neruda bautizó la nueva casa como La Chascona.

La separación de Delia resulta conflictiva y tiene un fin amargo cuando se desarman todas las tramoyas. Neruda respeta y celebra lo que ha vivido con la Argentina pero la fuerza de la pasión por Matilde es arrasadora. Manda a amigos comunes como emisarios para pedir el divorcio. Con versos, consuela a la mujer abandonada en Memorial de Isla Negra:

"Amé otra vez y levantó el amor una ola en mi vida y fui llenado por el amor, sólo por el amor, sin destinar a nadie la desdicha... Está escrito en donde no se lee que el amor extinguido no es la muerte sino una forma amarga de nacer".

De aquí en adelante, hasta septiembre de 1973, es Matilde la amada y esposa que lo acompaña en el éxtasis de su celebridad y quien barre los escombros de la casa destruida por los golpistas. Muerto el poeta, su enorme prestigio y las trágicas circunstancias que enmarca su fin, transforman a Neruda en el símbolo de un país hecho de libertad y amor que presencia con espanto cómo la brutalidad de la Junta Militar cambia su destino. Matilde no se achica ante el desafío. Demuestra que todos los elogios que le fueron dedicados en Cien sonetos de amor describen con exactitud su energía, especialmente aquel profético donde se le encomienda una tarea:

"Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura/ que despiertes la furia del pálido y del frío,/ de sur a sur levanta tus ojos indelebles,/ de sol a sol que suene tu boca de guitarra.

No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos/ no quiero que se muera mi herencia de alegría...".

Activa en la resistencia a Pinochet, la viuda crea también la Fundación Pablo Neruda que hoy tiene su sede en la bellísima casa de La Chascona. Finalmente, con la recuperación de la democracia, se hizo posible trasladar los restos del poeta, sepultado tras el Golpe bajo la vigilancia de ojos y manos militares en una tumba transitoria, a Isla Negra. Allí frente al Océano Pacífico, Matilde Urrutia yace en su tumba al lado de Pablo. Hacia ese sitio acuden cada día cientos de adictos a la literatura y al amor dicho con vehemencia, para asentir a la vida y obra de acaso el poeta más universal del siglo


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