RAUL ALFONSIN
ANALIZA AL GOBIERNO Y SE QUEJA DE QUE NO CONVOCA A LOS POLITICOS
“Yo no recibí ni un llamado de Kirchner”
Carlos Ares
El dirigente
radical reivindicó las líneas directrices de la política del
actual gobierno pero al mismo tiempo se quejó por el lugar que
ocupan los políticos. Reiteró que envió las leyes de Punto
Final y Obediencia Debida “para salvar la democracia”
Cada día, al amanecer, el ex presidente
argentino se viste con el chándal, se ajusta en los tobillos y en
las muñecas fajas que suman ocho kilos y sale a correr en círculos,
entre el comedor y la cocina de su casa durante media hora. “A
este ritmo, ¿ve?”, dice al corresponsal de El País de Madrid,
y hace una demostración. Completa su rutina de ejercicios,
desayuna y luego se sienta en su escritorio “a trabajar”.
Escribe, lee, analiza, viaja, atiende sus obligaciones como
miembro de la Internacional Socialista. Con 76 años, no aspira ni
espera ya nada, pero recibe cada día a todos los que van y lo
consultan.
–¿Kirchner es al peronismo lo que fue usted al radicalismo?
–No, no, no me haga comparaciones odiosas. El peronismo también
tiene su ala derecha, ¿verdad? Bien de derecha.
–¿A quién ubica en ese lugar?
–A Menem, sin duda ninguna. Lo demuestra en todas sus actitudes.
¿Por qué uno no debería desear ahora que triunfe Kirchner? Yo
creo que es el último escollo para la derecha.
–¿El último? ¿No hay más esperanzas?
–No, no, se une la derecha y nos puede ganar si seguimos todos
divididos como estamos. Kirchner es una luz de esperanza que se
abre al país.
–¿Cuál es su opinión de estos cuatro meses de gestión de
Kirch-ner?
–No me gustan las improvisaciones en algunas cosas que dice, ese
espontaneísmo permanente que a veces supera lo prudencial en un
presidente. Pero estoy de acuerdo en muchas cosas. Me parece que
se ha manejado con mayor dignidad en las negociaciones con el FMI.
En realidad su programa electoral era muy parecido al nuestro y su
discurso inaugural lo podríamos haber firmado todos. Así que ésas
son las cosas positivas que tiene. No me gusta que esté en campaña
electoral estos meses. El Presidente es el presidente de todos.
Vamos a cuidarnos también de cualquier actitud hegemónica o
autoritaria.
–¿Tuvo la oportunidad de hablar personalmente con el Presidente
sobre estos u otros asuntos?
–Nunca. El conversa con todo el mundo. Recibió a la CGT, que
está muy bien, a las Abuelas de Plaza de Mayo, que me parece muy
bien, a las Madres, recibió a los piqueteros, yo creo que la
legalidad debe alcanzarles también a ellos. Ahora recibió también
a los empresarios, pero... ningún político. Eso es muy malo. Eso
es muy malo. Y eso es lo que más, a mí particularmente, me tiene
preocupado.
–¿Usted no ha recibido ningún mensaje?
–Ni un mensaje de él.
–¿Ni una llamada?
–Ni una llamada.
–La revisión de las leyes y los juicios a los militares parecen
retrotraer el tiempo a los primeros años de su gobierno. ¿Las
condiciones han cambiado?
–La situación en la que yo estaba es muy distinta a la actual.
Yo quisiera que sean juzgadas algunas personas, pero también
considero un error que se llame a todo el Ejército... Se está
hablando ahora de 2000 militares, a qué persona que hoy tenga más
de 40 años podría ocurrírsele que yo podía llamar entonces a
2000 personas a declarar. Si cuando empezaba a llamar a los
oficiales subalternos se me metían en los regimientos y no acudían.
Eso me degradaba el poder en seis meses. Entonces tuve que sacar
estas leyes. Con dolor, pero... Yo tengo un gran orgullo con
relación a la política de derechos humanos que he llevado
adelante, un gran orgullo personal. Nunca se había hecho antes
una cosa igual como el Juicio a las Juntas. Y en América latina,
en todas las transiciones, había que conversar con los
dictadores. Creo que ahora hayuna ilusión comparable con la de
aquellos años. El Gobierno tiene, por lo menos de mi parte, y del
radicalismo en su conjunto, la mejor voluntad en la medida que
haya un comportamiento que no exceda los límites de la actividad
política y de la libertad. Nosotros consideramos que la
democracia significa al mismo tiempo una lucha por la libertad y
por la igualdad, no puede separarse una cosa de la otra.
–¿Qué opina de la anulación de las leyes por parte del
Congreso?
–Yo creo que en definitiva tiene que decidir y resolver la Corte
(Suprema de Justicia). Nosotros votamos en contra porque no
creemos que el Congreso pueda anular una ley. Pero sí sirve como
declaración. Es una expresión de voluntad muy fuerte.
–Y como presión sobre la Corte para que las declare
inconstitucionales.
–La presión es algo indebido, pero es una toma de posición que
debe tenerse en cuenta. Para mí las leyes son constitucionales.
Sobre todo por ser absolutamente necesarias en aquel momento. Al
mismo tiempo tengo deseos de que se juzgue a algunas personas y
creo que se puede buscar la forma de lograr una solución.
–¿Cómo sería esa solución intermedia?
–Ah, no sé, eso lo resolverá la Corte... Creo que puede
establecerse, a mi criterio, que aun siendo constitucionales están
condicionadas por la situación del momento, para salvar la
democracia. Puede establecerse que, en algunos casos, deben
considerarse abiertos los procesos debido a las circunstancias en
las que yo aprobé la ley. Digo yo, no sé... Y además, falta
resolver el problema de los indultos, que es una cosa tremenda
porque se indultó a personas que estaban procesadas. Porque no es
cierto que habíamos juzgado solamente a los comandantes. Por eso
varios decretos de indulto de Menem abarcaron a tanta gente. De
todos modos, yo considero factible que se pueda tener otra opinión
acerca de la constitucionalidad de las leyes. Mi deseo es que haya
gente que sea juzgada. Pero creo que al mismo tiempo hay que tener
prudencia y no llamar a todo el Ejército, aunque el noventa por
ciento o más sean retirados.
–¿Las leyes fueron dictadas bajo presión?
–Yo no las hubiera mandado nunca al Congreso si no hubiera visto
que tenía que defender la democracia, porque se me desgranaba el
poder como le explicaba recién. No hubo una extorsión en los términos
de los que habla el Código Penal. No hubo nadie que vino a decir:
si no hace esto, hacemos el golpe de Estado. Pero... había una
situación general, evidentemente, que me condicionó. Así que
eso, en fin, también puede ser considerado, en algún sentido...
–De aquel Alfonsín al actual, si usted pudiera poner distancia,
si se mira desde fuera de sí mismo, ¿cómo se ve?
–Yo me veo como alguien que ha mantenido siempre sus
convicciones. En ese sentido tengo una enorme tranquilidad de
conciencia. A pesar de que atravesé episodios muy dolorosos. Pero
yo no cambiaría ningún aspecto fundamental de mi vida política
porque nunca traicioné mis convicciones. Me considero un hombre
grande ya, entrado en años, que siempre procuró cumplir con su
obligación. No tengo ningún bache de oportunismo, ni de fallas
de carácter ético. Eso es al final lo que queda de uno.
–¿Hay una nueva generación política que reemplaza a la suya,
la de Menem, Duhalde, De la Rúa y demás?
–Yo creo que algunos merecemos ser reemplazados... Pero,
desgraciadamente, no creo que esté pasando eso. Ya quisiera yo
que hubiera surgido en el radicalismo una cosa de éstas porque
tengo 76 años y no soy nada ni aspiro a nada, pero siempre me
siguen consultando. Y esto es una lástima porque tendría que
haber ya un líder fuerte, con carisma y con inteligencia
suficiente, en el orden de los 50 años. Pero los muchachos más jóvenes
se han peleado mucho entre ellos, desgraciadamente. Yo tengo gente
en la que confío y que va a andar muy bien.
–Algunos medios y periodistas portavoces de la extrema derecha
económica y financiera lo maltrataron mucho.
–Y me siguen maltratando.
–Pero usted cuenta con el aprecio de la gente.
–Yo creo que, en general, la gente me respeta.
—¿Siente que ha pagado en votos su esfuerzo por consolidar la
democracia?
–Estoy convencido de que las medidas que yo tomaba porque eran
racionales no se compadecían con la actitud emocional de la gente
en ese momento. El Pacto de Olivos, por ejemplo, le costó muchos
votos al radicalismo.
–No tuvo denuncias de corrupción.
–No, no, Dios me libre.
–Habrá que ver qué dice la historia.
–Ah, sí, pero la historia la escriben los triunfadores... Lo
que es seguro es que la historia no tiene nada grave de qué
acusarme.
* De El País de Madrid. Exclusivo para Página/12 |