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Fuente: Página
12 Buenos Aires. 03/11/2003
Simón Armitage, poeta inglés
Los usos de la palabra
A los cuarenta años, es una de las
voces consolidadas de la poesía en inglés. Comenzó a escribir cuando
era nada menos que oficial de Justicia dedicado a conceder o negar
libertad condicional. Es uno de los raros poetas en su país con
inquietudes sociales e inventó un peculiar estilo de documentales donde
filma y escucha a sus sujetos, para luego escribir canciones o poemas que
ellos leerán en cámara
–Su carrera de escritor comenzó cuando usted
era funcionario en el Departamento de Libertad Condicional. ¿Cómo pudo
conciliar dos mundos tan diferentes?
–Yo era funcionario del Departamento de Libertad Condicional en
Manchester, me entrené para el puesto después de la facultad. Es un
trabajo que dejé hace siete años cuando mi carrera crecía y me di
cuenta de que podría vivir de lo que escribo. Antes de esa época yo tenía
un interés bastante limitado por la lectura, pero como consecuencia de
empezar a leer mucha poesía decidí eventualmente comenzar a escribirla.
Empecé a ir a talleres literarios cuando era un veinteañero. De allí
creció mi poesía. Hoy tengo cuarenta años... ¿Cómo conciliaba poemas
y prisiones? Bueno, el de libertad condicional es un trabajo bastante
regular. Cuando lo dejé estaba asignado a una corte en Manchester y
entraba bastante temprano a la mañana, como a las siete, para entrevistar
a los arrestados de la noche anterior. Lo que se esperaba era que yo
conversara con ellos y determinara su situación respecto de la
posibilidad de fianza. Yo tenía que presentar al tribunal la información
sobre si debían o no recibir la posibilidad de salir bajo fianza o debían
quedar presos. A la tarde me tocaba acusar en nombre del Departamento de
Libertad Condicional a personas que habían quebrado las reglas de sus
fianzas o libertades bajo palabra. Como ve, a la mañana yo ayudaba a
liberar personas y a la tarde me encargaba de ponerlas en prisión. En
esos días, escribir era un lujo que me daba en ratos robados a mi
trabajo. En la hora del almuerzo, a la noche, los fines de semana. Así
también se puede ser poeta, se pueden escribir poemas mientras se tiene
todo tipo de actividades. Es muy diferente en estos términos a ser un
novelista, que tiene como condición sentarse una cierta cantidad de horas
cada día a escribir.
–Y usted iba a sus talleres literarios.
–Hasta poder producir un poema del tamaño de un libro, “Haciendo
tiempo”, que fue escrito para el Proyecto Milenio del Channel 4 y fue
publicado por Faber, en Londres.
–Publicar con Faber es llegar a algo en el mundo de la poesía inglesa,
¿no?
–Faber tiene una larga tradición de publicar poesía, es una buena
editorial, una buena marca. Antes publicaba en una pequeña editorial de
Newcastle, Bloodaxe, que sacó mi primer libro, ¡Zoom!, en 1989. Es un
sello muy dedicado a la poesía que sostiene solito Neil Astley. Es muy
bueno con autores nuevos que crecen, con las caras frescas. Tuvieron
cierto éxito y no están recibiendo manuscritos porque ya tienen mucho
para publicar.
–Usted escribió un poema sobre su visita a Brasil, específicamente al
Amazonas, que muestra más comentario social del que es habitual en la
poesía inglesa. ¿Es algo nuevo en la poesía inglesa?
–En general, el comentario social o político es bastante raro en la
poesía inglesa. Mi poema “Haciendo tiempo” es, sin embargo, más bien
un comentario social. Fue una obra por encargo, para una ocasión pública,
el milenio, y fue un poema que tenía que ser presentado en un medio tan público
como es la televisión. Se me ocurrió que era la ocasión perfecta para
discutir asuntos políticos del día. El milenio, con todas sus características
inventadas, fue un momento en que la gente estaba pensando sobre quiénes
son, qué lograron como sociedad en estos años, qué van a hacer en el
futuro. Parecía un buen momento para decir algo sobre esos temas. Pero yo
no tiendo a ser un crítico social en mi trabajo, prefiero escribir sobre
asuntos cotidianos, domésticos, a veces personales, haciendo públicos
asuntos privados. Pero “Haciendo tiempo” fue casi como trabajar en la
dirección contraria, en la que los asuntos públicos reciben una visión
personal. A mí me molesta personalmente mucho de lo que aparece como
noticias en los medios y la cobertura a la que estamos expuestos día a día,
y quería discutir eso en mi poema.
–Carol Ann Duffy, que como usted es miembro del directorio de la
Sociedad Poética, hace comentario social. A su manera, también lo hacen
Derek Walcott y Fleur Adcock, y supongo que hasta Andrew Motion es un
poeta social a la manera inglesa. Motion, como poeta oficial del reino,
tiene que escribir para grandes ocasiones... Pero podemos decir que el
comentario social no es un característica prominente de la poesía
inglesa.
–Hay comentario social y discusión de temas sociológicos y políticos
en nuestra poesía, pero tiende a ser indirecta. Creo que hay una sensación
en la poesía británica contemporánea de que la sutileza es esencial,
absoluta, y que las ideas se discuten en un par de líneas y con una metáfora,
no batiendo el parche con el tema. La sensación es que lo peor que se
puede hacer en un poema es intentar una declaración grandilocuente sobre
algo. De alguna manera, eso parece incorrecto. La poesía se siente más
ágil y mejor estructurada desde la sutileza. La poesía gira sobre una
actitud, un estilo. El estilo del tono de un poema puede, en un sentido,
ser una declaración poética, más que el tema o asunto del poema. Paul
Muldoon, presidente de la Sociedad Poética, y tal vez Seamus Heaney, un
miembro, son buenos ejemplos de lo que digo. Ellos son poetas que tratan
la situación y las circunstancias de haber nacido y crecido en Irlanda
del Norte. Pero no son poetas que hagan ondear banderas en su poesía, no
son personas que hagan campañas políticas con su obra. Son más
indirectos.
–Lo que estoy tratando de hacer es comparar los usos de la poesía en
distintos lugares...
–Yo tendría mucho cuidado en escribir cosas directamente políticas,
porque entre las personas que menos admiro hay políticos y siento que los
recursos retóricos que se usan en la política son muchas veces casi lo
opuesto a la poesía. Asociarse al lenguaje del acto político, de la
campaña, la cruzada, el llamado a las armas, sería en un sentido una
contradicción. En ciertos países, como los de Europa oriental en tiempos
soviéticos, cuando la libertad de expresión era todo un tema, la poesía
fue un modo muy importante de comunicación que requería metáforas muy
estilizadas. Pero también hay que considerar que el fondo es para quién
se escribe, la audiencia. Si el poeta está escribiendo para un pueblo en
las barricadas, si quiere comunicar una idea a gente que está furiosa o
quiere inflamarla más todavía, entonces va a escribir cierto tipo de
poema. Si uno vive en una situación en la que la poesía es algo que
existe en libros, en bibliotecas y universidades, entonces se tiene otro
tipo de diálogo con la gente. Una vez escribí un poema sobre un tipo de
impuesto que quería pasar Margaret Thatcher. Yo estaba en contra y escribí
una polémica sobre el impuesto. Luego lo leí con distancia y no me gustó,
no por lo que había escrito o por lo que decía, sino por cómo lo decía.
El lenguaje era simplemente demasiado obvio, no había ningún desafío en
las palabras. Se leía como un borrador de alguien tratando de adoptar una
visión política, no había ninguna recompensa en el poema. Es un tipo de
mensaje que puedo obtener en otras formas, no es algo que uno quiera en un
poema. Lo que yo busco es algo que haga pensar un poco más, no un simple
punto de vista.
–¿Qué está escribiendo ahora?
–Acabo de terminar una segunda novela, llamada The White Stuff, que se
publica en febrero. Ya escribí un libro de memorias, All Points North,
que fue mi primera obra en prosa, una colección de ensayos sobre el norte
de Inglaterra. Luego escribí una novela, The Little Green Man, publicada
en 2001. Y ahora estoy trabajando con poesía porque estoy embarcado en
una nueva versión, selección o traducción, como quiera llamarlo, de Sir
Gawayn y el Caballero Verde, el poema en inglés antiguo del siglo XIV. Me
va a tomar probablemente un par de años. De hecho, en esta visita a
Buenos Aires me traje trabajo. Fue una experiencia curiosa sentarme en el
Hotel Emperador ante una ventana con vista a la estación de trenes y la
Villa 31 y más allá el río, trabajando sobre un poema en inglés
antiguo. El poema tiene 101 stanzas, con unas 2500 líneas.
–Bueno, las villas porteñas a veces tienen un aire y ciertamente una
planta como las de un pueblo medieval... puede ser que sea una buena vista
para su trabajo.
–En Florida me compré uno de esos escuditos de solapa, que tiene la
bandera argentina con la inglesa cruzada. El hombre tenía prácticamente
todas las banderas del planeta cruzadas con banderitas argentinas, por lo
que en un espíritu de cooperación busqué la mía y la compré. O sea,
¿por qué no?
–¿Dónde y cuándo trabaja en su traducción?
–Hay algo muy confortable en traducir, en que uno no tiene que empezar y
terminar un poema con plazo de entrega. Son las grandes dificultades de
escribir poesía: pensar una idea nueva, después pensar el lenguaje que
le corresponda, luego escribirlo y encontrarle un cierre, todo lo cual lo
hace una pieza completa. Pero con este poema en particular, que obviamente
tiene sus dificultades propias, el trabajo es más como tejer una bufanda
muy larga. Uno puede agarrarlo, trabajar en una línea, o en cinco o seis,
y después dejarlo. Tiene un tramado aliterativo muy complicado, y también
una métrica de rima en cada sección. Otro trabajo que hago después de
la experiencia en televisión de “Killing Time” es poner poesía en
películas documentales. Trabajo con una compañía llamada Century Films
y ya hicimos ocho películas con ellos. Lo que hacemos es un tipo de
documental diferente. Un ejemplo es nuestra última película, Felthram
Scenes, que transcurre en una instalación para delincuentes juveniles en
Felthram, cerca del aeropuerto de Heathrow. En lugar de hacer un
documental tradicional, en el que se entrevista a personas, yo escribí
poemas y canciones por los detenidos, usando sus propios testimonios. Las
escenas los muestran hablando sobre sus circunstancias y de pronto
comenzando a cantar canciones cuyas letras son poemas basados en sus
experiencias. Es, en cierto modo, un documental musical. También escribí
comentarios poéticos para otras películas. Siempre tienen una veta de
autor que va con las declaraciones de los sujetos entrevistados. Es la
misma compañía que hizo “Killing Time” para el milenio. Acabamos de
completar otro sobre mujeres que trabajan en pornografía y escribí
poemas y canciones intentando reflejar cómo se sienten con su trabajo.
–En “Killing Time” usted coloca a personas de edades variadas a leer
partes del poema. ¿Para eso crea un guión?
–Las entrevistamos, hablamos de sus historias y experiencias, como si
fuera una entrevista para un diario. Entonces me siento a ver los videos y
a escuchar lo que dicen, y construyo monólogos poéticos con lo que
dijeron, usando sus propias frases, sus maneras de hablar y manerismos
verbales. A veces salen canciones, a veces poemas. Luego trabajo con un
compositor y eventualmente logro que el sujeto de la película cante la
canción o recite el poema en cámara. Cada uno sale diferente. Ya hicimos
cuatro películas con esta técnica, y otra sobre un poema mío llamado
“The Tyre”. Después filmamos uno contra el tráfico de niños en
Africa, para el que escribí un poema que leyó Robbie Williams. Tal vez
hagamos uno en Texas, en un pabellón de condenados a muerte, en el que el
plan es que los condenados leen poemas que yo les escriba. Pero es un
proyecto complicado.
–Usted ya es un poeta establecido. ¿Qué le parece una institución
como la del poeta oficial, que ahora ocupa Andrew Motion?
–No sé mucho sobre el rol del poeta oficial. Hasta donde yo sé no hace
falta producir mucha poesía por encargo para las ocasiones especiales de
la familia real. Cuando murió Ted Hughes, la gente percibió que era hora
de revisar ese rol. Algunos sugirieron que había que adoptar el modelo
norteamericano, por el que se tiene un poeta laureado por un año, con
rotación. Lo que se decidió es que en Inglaterra fuera por diez años.
Lo que todos decían en ese momento era que el puesto era una copa
envenenada. No sé cuántos poetas hoy en día son realistas... La mayoría
de los que conozco son de izquierda, por lo que tendrían que hacer
algunos malabarismos para aceptar un nombramiento de la corona como poetas
oficiales. Pero creo que Andrew es muy hábil, muy diplomático, y logró
que el puesto funcionara. Creo que una de las razones por las que
impresionó a tanta gente no es tanto su trabajo –aunque eso es siempre
difícil, escribir por encargo sobre gente que uno no conoce– sino
porque promovió el contacto entre la gente y la poesía. El puso una nota
popular, lo que no es nada fácil cuando se piensa que tiene que escribir
para eventos de la realeza. Ted Hughes escribió algunas cosas
interesantes sobre la familia real, pero la mayoría de lo que hizo en el
puesto son piezas de “eventismo”.
–¿Quiénes son los poetas mayores de su generación?
–Hace siete u ocho años, la Sociedad Poética, en colaboración con
otras agencias por el estilo, promovió los llamados “poetas de nueva
generación”. Yo fui uno de esos poetas y recuerdo que identificaron
como a veinte y nos llamaron una nueva “escuela” de poesía. Todos
tenemos unos cuarenta años ahora. (Los poetas de nueva generación eran
Kathleen Jamie, David Dabydeen, Susan Wicks, Ian Duhig, Robert Crawford,
Elizabeth Garrett, Jamie McKendrick, Michael Donaghty, Pauline Stainer,
Moniza Alvi, Mick Imlah, W.N. Herbert, Glyn Maxwell, Carol Ann Duffy,
Sarah Maguire, Simon Armitage, Lavinia Greenlaw, Michael Hofman, Don
Paterson y John Burnside, que visitó Buenos Aires el año pasado y al que
obviamente le gustó nuestra ciudad, ya que volvió dos veces.) Son todos
escritores interesantes que, también de modo interesante, se consolidaron
como autores en estos años, escribiendo más y continuando su afirmación
como escritores. No sé qué pasa con los más jóvenes, porque uno tiende
a asociarse con gente de su edad. Por lo tanto no puedo decirle quién es
la próxima atracción, quién es el joven que va a encender los fuegos
artificiales. Prefiero pensar en gente que admiro como poeta y no en
grupos por edad. Por ejemplo, ya mencioné a Paul Muldoon, que es algo
mayor que yo. Hay un tipo llamado Peter Redding, a quien le dedico mi
tiempo. Y está James Fenton, también algo mayor que yo y que escribe
mucho periodismo. Siento que Fenton y esos otros escritores que mencioné
están en una tradición inglesa de forma y métrica de rima, hasta en una
tradición anglosajona. Rompen las reglas para acomodar su vocabulario o
su poética propia, pero están en esa tradición. Había una mujer joven
que publicó el año pasado, Caroline Burke, que tenía apenas 15 años, y
fue editada por Carcanet. Es una escritora muy interesante, hasta
asombrosa para alguien tan joven.
–¿Usted enseña?
–Enseño en la Universidad Metropolitana de Manchester, en el Master de
escritura creativa, la materia de poesía, y cada tanto doy un curso de
guiones dramáticos en la escuela de graduados en literatura. Y enseñé
en las universidades de Leeds y Iowa. Michael Schmidt, de la editorial
Carcanet, enseña también en Manchester. Es mi jefe. Es que yo vivo en el
Norte, en un pueblito de West Yorkshire, donde el pueblo más cercano es
Huddersfield. Tengo mi familia en la zona, mi papi y mami, mi abuela a
pocas millas. Vivo con mi mujer Sue y nuestra hija Emily. No nos fuimos,
somos como campesinos.
–Usted vino a Buenos Aires para la tercera edición de “Words on Words”,
la conferencia literaria organizada por el British Council. ¿Qué hacen
ahí?
–En dos o tres encuentros, leí poemas. Pero creo que una de las razones
por las que me invitaron este año tiene más que ver con el tema de la
literatura en la televisión. Es que trabajo mucho con productoras de
televisión y cine
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