Stanislaw Lem, El último genio de la ciencia ficción rompe su silencio
“Harry Potter es el opio del pueblo”
Desde que se publicaron sus últimos libros en
España, a mediados de los 80, un vacío perfecto (por emplear el título de
uno de sus libros) ha rodeado la figura de Stanislaw Lem, uno de los pilares
indiscutibles de la literatura fantástica. Un vacío apenas resquebrajado con
el estreno de la última adaptación de Solaris, una película
hollywoodiense ñoña y empalagosa que, en realidad, tiene muy poco que
ver con la novela que parasita. Hoy, a sus ochenta y tres años, con una
docena de obras maestras a sus espaldas, Lem es mucho más que un viejo
demiurgo de la ciencia-fición: es uno de los más grandes y originales
escritores vivos, una verdadera reserva intelectual de Europa. El Cultural
ha conversado con él, a la vez que la Fundación Tápies dedica una exposición
a Suturas y fragmentos: cuerpos y territorios de la ciencia-ficción,
rompiendo el larguísimo silencio del mítico autor polaco.
Volcado prácticamente
en el ensayo desde finales de los ochenta, Lem no ha dejado de escribir
libros donde constantemente hurga, experimenta y amplía los límites del
género. Libros como Provocación, reseña ficticia de la obra de un
antropólogo alemán, también ficticio, que vindica el Holocausto (“La
Solución Final como forma de redención” reza uno de los escalofriantes
trabajos de Aspernicus). Libros como El castillo, un texto
autobiográfico donde relata, entre otras cosas, su afición infantil por
fabricar certificados y pasaportes de países imaginarios, y su buceo
incansable por los manuales anatómicos de su padre.
Médico, psicólogo, profesor de literatura, miembro fundador de la Sociedad
Polaca de Astronáutica, dueño de una cultura vastísima y de un sentido del
humor impagable, Stanislaw Lem es un escritor único. Ningún poeta ha cantado
como él la soledad del hombre en el vacío trémulo de las estrellas. A
comienzos de los sesenta publicó una fabulosa tacada de novelas que lo
colocaron de golpe a la cabeza de la literatura fantástica: Edén, Solaris,
Retorno de las estrellas, Memorias encontradas en una bañera, El invencible.
Hoy confiesa que se siente solo, trabajando “en su propia galaxia”,
sobrepasado ya por una realidad extraña que le resulta más asombrosa que
cualquiera de sus ficciones. Durante su juventud Lem sufrió la realidad
aterradora de la invasión alemana, él y su familia escaparon de milagro del
gueto de Lvov, casi todos sus amigos terminaron sus días en los hornos de
gas de Belzec. Y después de la guerra soportó estoicamente la pálida sombra
del comunismo que heló Polonia durante décadas. Lem se defendió de aquellas
pesadillas mediante la ficción, realista primero, fantástica después.
Yo recordaba todo eso al estrechar la mano, frágil y pequeña, del anciano
que nos recibía en el rellano de una casa de madera de dos pisos, en las
afueras de Cracovia. Acababa de salir del hospital la semana anterior. De
hecho, sus primeras palabras, después del saludo, aludieron a su reciente
enfermedad: “¿Saben? La semana pasada todos pensaban que me iba a morir. Yo
también, pero era una sensación muy agradable, sin dolor, no dolía nada...”.
Lem nos invita a pasar a un acogedor despacho donde un gran ventanal se
extiende hacia el crepúsculo y la lenta danza de los copos de nieve. A su
lado, sólo torres de libros, y en la casa, la compañía de cuatro pequeños
perros que merodean a sus anchas por las habitaciones, bajo la sombra
solícita de su esposa, Barbara. Durante unos instantes pierdo pie, me
encuentro flotando dentro de uno de sus libros, en un pasaje en el que Ijon
Tichy (el pícaro cosmonauta de Diarios de las estrellas) fuese a
visitar a un sabio sideral en una remota ciudad nevada. Lem sonríe,
entrelazando las manos sobre el regazo, y la reminiscencia se esfuma.
Delante de mí hay un anciano pequeño, fatigado, que sigue escrutando el
mundo a través de sus gafas. Pero los gruesos cristales no pueden ocultar el
brillo, ni la bondad, que despiden sus grandes ojos translúcidos.
De la realidad al cosmos
–Su primera novela, El hospital de la transfiguración, es una obra
realista, ambientada en la Polonia invadida, en la que unos médicos intentan
salvar a los enfermos mentales de un hospital de una más que segura
ejecución a manos de los nazis. ¿Qué le hizo abandonar el realismo, la
ficción realista, en favor de la literatura fantástica?
–No sé, simplemente el camino de mi vida lo decidió así, yo no lo había
planeado. Por lo visto, ésas eran las inclinaciones que tenía, así eran mis
capacidades. No quería dedicarme a la literatura política, porque escribía
en los peores tiempos del estalinismo, pero tampoco lo había pensado para
escaparme de la realidad al cosmos. Salió así...
–Su última novela publicada hasta la fecha es Fiasco, hace ya casi
veinte años. ¿Ha abandonado definitivamente la ficción?
–Sí, hace trece años que no escribo ficción.
–¿Por qué?
–Durante el estado de sitio en Polonia fui con mi familia a Viena. Allí
todavía seguía escribiendo, pero cuando volvimos a Polonia, a la Polonia
independiente –eso fue hacia el año 89 ó 90– la literatura fantástica
simplemente me dejó de interesar, ya que la realidad misma me pareció
bastante interesante. Ya no era tan estéril, tan vacía, tan falsa y tan
totalitaria como antes. Todavía sigo escribiendo, artículos para varias
revistas, ahora lo hago más bien como observador, comparto mis reflexiones
respecto al mundo contemporáneo comparándolo también con los tiempos de la
guerra en Polonia. Creo que los tiempos que estamos viviendo ahora son tan
tormentosos que ya no vale la pena dedicarse a la ciencia-ficción, porque
esto ya es ciencia-ficción.
–¿Qué piensa sobre los vuelos a Marte?
–Es un proyecto político, dictado por el deseo de Bush de repetir la
maniobra de Kennedy cuando apoyó los viajes a la Luna. Lo que quiere
conseguir Bush es garantizarse la victoria en las elecciones para el segundo
mandato, cree que así se cubrirá de gloria y será famoso en Estados Unidos y
en todo el mundo. Sabemos que hasta ahora sólo una de cada cuatro misiones
al Marte, sin tripulación, llegaba a realizarse: tres de cada cuatro
fracasaban. Si los americanos piensan volar hacia Marte por cien mil
millones de dólares, teniendo en cuenta esas inevitables averías, tendrán
que disponer de cuatro veces esa cantidad, y el Congreso seguramente no lo
permitirá. Además, allí en Marte no hay nada interesante: es un desierto,
sin aire ni agua. Así que se trata de un proyecto puramente político que
sólo sirve para ganar fondos con vistas al próximo mandato de Bush.
–¿Y la guerra en Iraq?
–En mi opinión, había que acabar con la dictadura de Sadam Hussein, pero los
costes resultan inabarcables, inaceptables. Se dice que es más fácil subir a
un tigre que bajar de él.
–Gran parte de su producción literaria tiene un profundo sentido del humor.
¿Cómo se le ocurrió introducir un elemento tan alejado, en principio, de las
convenciones del género?
–Yo, sobre todo, escribía sobre cosas terribles, espantosas, virulentas, así
que había que suavizarlo de alguna manera, mejorar el sabor. Lo que me
sorprende ahora, por ejemplo, es que cuando leo la literatura joven polaca
–la que me mandan a mi casa en paquetes grandes– a los jóvenes escritores de
veinte, treinta años, no les encuentro nada de humor. Todo lo que escriben
es tan tremendamente serio... Por lo visto, cuando uno es joven siente la
necesidad de mostrarse muy serio.
–En los Diarios de las estrellas hay burlas encubiertas contra el
sistema comunista, y otros críticos han visto también una sátira del
capitalismo en Congreso de futurología.
–Sí, hay mucho de eso. Pero la principal dificultad consiste en escribir de
tal manera que los libros no se mueran cuando se mueren los sistemas. Sin
duda hay muchas cosas en mi obra que sí han sobrevivido a esos choques
tremendos, como la caí- da del comunismo. Ahora la Unión Europea ha
producido también profundos cambios en la cultura polaca y europea. Pero si
la mayor parte de mis libros han conseguido sobrevivir, eso no ha sido
porque yo lo hubiera planeado de antemano. Yo simplemente escribía como
podía. Cuando los libros son capaces de sobrevivir al cambio radical del
sistema eso quiere decir que hay en ellos algo que sobrepasa la crítica
política, algo que alude al hombre.
Visiones del futuro
–Usted, como polaco y como judío, ha vivido y padecido las peores pesadillas
utópicas del siglo XX: el nazismo, el comunismo. ¿Cómo ve el futuro próximo,
los próximos años bajo la égida del capitalismo?
–Nadie sabe cómo va a ser el futuro. De momento, podemos observar que en el
mundo cada vez se le da más importancia al Este. China, por ejemplo, va
convirtiéndose en un centro importante que podría competir con los Estados
Unidos. Luego tenemos los problemas que supone la cada vez mayor
nuclearización del mundo; son procesos que ya no se puede parar, no se
pueden tapar. Por ejemplo, los americanos ya no pueden salir de Iraq. Sin
embargo, eso no predice el camino que pueda seguir el capitalismo, puesto
que hay muchos capitalismos. Incluso en China se está cultivando una especie
de capitalismo de un solo partido.
Influencias, prehistoria
–Dijo hace años en una entrevista que “el mercado literario ha matado la
literatura”.
–Sí, Harry Potter es como opio para las masas. Hoy en día, gran literatura
hay muy poca. Tal vez Pynchon, Saul Bellow... Pero ésos son nombres ya
antiguos, y de los nuevos hay muy pocos. Es más fácil ser poeta, puesto que
ahora para eso no hace falta ni siquiera sentido.
–¿Qué opina de Internet y de las nuevas tecnologías?
–Internet, como cada nueva tecnología, tiene sus ventajas y desventajas. Si
mi secretario necesita ponerse en contacto con mi representante en Hollywood
lo hace en cinco minutos. Pero a través del correo electrónico nos llegan
enormes cantidades de basura y todavía no existe ninguna manera eficaz de
filtrarlo. Para mí el secretario es como un filtro de protección.
–Un filtro humano, no tecnológico.
–Si no fuera por él, ¡me volvería loco! En internet tengo una página web
polaca y una americana, hay muchos chats, y yo no soy capaz de verlo todo,
de leerlo todo. Nadie dispone de tanto tiempo. Sólo un niño se entusiasmaría
con una montaña de chocolate.
–Como lector, ¿cuáles son sus influencias?
–Ninguna.
–Me refiero a cuando empezaba a escribir.
–¡Dios mío! Yo empecé en el 45, eso es ya prehistoria.
–Se ha hablado de Lem en relación con Borges, Italo Calvino, Anthony Burgess
o Torrente Ballester. ¿Se siente usted cómodo en esta compañía?
–Claro, ¿y por qué no me iba a sentir cómodo? Cada uno trabaja en su
galaxia.
–¿Hay otros maestros contemporáneos, o no contemporáneos, con los que se
sentiría más a gusto?
–Hoy en día no tengo relaciones profundas con otros escritores. La mayoría
de los escritores con los que estaba en contacto ya han muerto.
–Muchas de sus grandes obras, Solaris, El invencible, La voz de su amo,
contienen enigmas sin respuesta, misterios impenetrables. He tenido
discusiones con amigos sobre libros suyos, en concreto, sobre La
investigación. Jesús Urceloy me dijo que el secreto del libro, la clave,
estaba en una conversación entre el estadístico y el policía, pero yo,
personalmente, no vi ninguna clave.
–Yo tampoco. Es como en los sueños: cuando sueñas con algo, tú mismo no
sabes de dónde ha venido ese sueño, cómo explicarlo. Es algo que no se sabe,
si se supiera, entonces se podría escribir la explicación.
–Hay otros escritores, Borges por ejemplo, que traman laberintos y dejan
entrever una grieta, una solución. Sin embargo, sus libros parecen
laberintos perfectos, impenetrables, sin salida. Laberintos no humanos.
Parafraseando a Borges: no hechos por hombres ni destinados a que los
descifren los hombres.
–Cada uno construye los laberintos que sabe construir.
Clases de laberintos
–¿Son esos laberintos algo así como imágenes del caos?
–Nunca diría que todos los libros que he escrito durante tantos años tienen
un solo significado. Cada uno va desarrollándose, y cuando cambia, todo
alrededor va cambiando también. Cincuenta años escribiendo son muchos años.
–Sin embargo, algunos pasajes de sus libros (por ejemplo, la batalla de
El invencible, algunas descripciones de Edén) tocan los límites
del arte narrativo. Como narrador, usted se mete en terrenos donde no se ha
metido nadie. Pienso en la topografía del planeta en Solaris...
–Sí, por eso siempre me han decepcionado las producciones cinematográficas,
la última de Soderbergh o la de Tarkovski. En ninguna salieron esas visiones
mías. Cada director es como un caballo que quiere llevar el carro en su
dirección. Y al final siempre salía un malentendido. Ya no me hace ilusión
que hagan adaptaciones cinematográficas de mis obras. Tendría que haber
afinitas, un entendimiento, una unión espiritual entre el escritor y el
director de cine, para evitar esos malentendidos. La versión americana me ha
parecido muy mala. Yo no quería que hicieran la película, pero me
convencieron de que debía dejar que probaran una vez más. Me decían que ese
joven director americano lo iba a hacer mejor.
–Hablando de malentendidos, ¿qué le pasó con Philip K. Dick?
–Aquello ocurrió porque él en aquel momento estaba tomando muchos
alucinógenos. Escribí un artículo sobre su obra y le invité a venir a
Polonia, pero Dick pensó de repente que yo no existía, que había algo así
como un comité llamado Lem que intentaba secuestrarle y que le deseaba todo
lo peor... Dick estaba muy mal de la cabeza.
–En aquel artículo (“Un visionario entre charlatanes”) decía que Ubik
le había gustado mucho.
–Sí, sí, naturalmente.
–¿Hay otros libros de Dick, aparte de Ubik, que le gustaran?
–Era un escritor muy irregular, tenía libros muy buenos y otros mediocres.
Eso dependía mucho de la cantidad de drogas que tomara.
–¿Qué otros escritores de ciencia-ficción le han interesado?
–Dick me ha parecido el más original de todos.
–Hubo una época en la que su nombre estaba al lado de Bradbury y de Asimov,
como el contrapeso, digamos, de la ciencia-ficción anglosajona. ¿Cuál fue su
relación con Bradbury, con Clarke , con Asimov?
–Ninguna. Creo que los rusos, los hermanos Arkadij y Boris Strugaccy, han
sido mejores.
Comunicación imposible
–En casi todas sus obras los seres humanos no pueden comprender a los seres
extraterrestres, pero, al parecer, tampoco los seres humanos son capaces de
comprenderse entre sí. ¿Es la comunicación imposible?
–No sólo en mis libros, fíjese en la política: el extremismo islámico contra
el mundo occidental, Europa contra América... Los americanos en Iraq son
como niños en un desierto. ¿De qué tipo de entendimiento podemos hablar? El
mundo hoy es muy cruel. Mire –me dice, enseñándome la portada de una revista
alemana donde sale la fotografía de uno de los cadáveres plastinados de
Gunther von Hagens–, fíjese en este “doctor Muerte” que presume de hacer
obras de arte con cadáveres.
–Es curioso, porque usted en Un valor imaginario escribió un cuento,
una reseña ficticia sobre un artista que exponía obras de arte que, en
realidad, eran radiografías. La realidad siempre va más allá.
–Sí. Hay que esforzarse bastante para prever lo que puede traer la realidad.
Autores básicos de la
Ciencia Ficción
George Orwell, 1984. El Gran Hermano nos vigila. Vivimos en un
estado policial que ha logrado el control total del individuo. No hay ni un
resquicio para la libertad personal, las emociones están prohibidas, el sexo
es un crimen. La Policía del pensamiento tortura hasta la muerte a los
conspiradores. Así y todo, Winston y Julia deciden rebelarse...
Stanislaw Lem, Solaris Sólo tres personajes humanos para una
novela en la que el principal protagonista es el planeta Solaris, un mundo
cubierto por un inmenso océano de una extraña sustancia que parece ser un
único organismo vivo e inteligente. Cuando la novela arranca, los
científicos ya han intentado desentrañar sin éxito el misterio de Solaris, e
incluso trabar contacto con la mente del planeta.
Isaac Asimov, Fundación. Fundación, primera novela de la
serie que narra un milenio de convulsiones en el cosmos, cuenta la
decadencia del Imperio Galáctico. Para atajar las consecuencias del período
de barbarie se crean dos Fundaciones científicas, una en cada extremo de la
Galaxia. Todas las novelas de la serie tienen como leiv motiv la existencia
de una ciencia imaginada por Hari Seldon, la psicohistoria.
Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Blade Runner,
el emblema cinematográfico de la ciencia ficción, está basada en esta novela
que comienza con Deckard, cazador de androides, diciéndole a su mujer: “En
la vida he matado a un ser humano” antes de subir a ver pastar a su oveja
eléctrica al tejado, donde “el aire de la mañana, lleno de partículas
radiactivas que oscurecían el sol, ofendía su olfato. Aspiró
involuntariamente la corrupción de la muerte”.
Orson Scott Card, El juego de Ender. Ender ha sido seleccionado
por la Flota Internacional como estratega para la guerra contra los
insectores. Lo que el libro narra es su formación militar, aunque habría
decir los libros, pues hay dos: uno blanco (o cómo derrotar a la amenaza que
se cierne sobre la humanidad), y uno negro (en el que la variedad de las
razas y su supervivencia es uno de los temas principales).
Ray Bradbury, Crónicas marcianas. Bradbury narra la colonización
de Marte por los humanos. Hay marcianos humanoides con quienes los
colonizadores establecen una relación de incomprensión y agresividad. El
libro habla más de los humanos que de los marcianos, y refleja muchos de los
temores de la sociedad estadounidense de los 50 y un cierto ideal de vida.
Arthur C. Clarke, Expedición a la Tierra. Se reúnen en este
volumen once relatos entre los que destaca “El centinela”, que sirvió de
base para su novela 2001: una odisea en el espacio, y ésta a la
mítica película de Kubrick. En “Lección de Historia” los venusinos tratan de
reconstruir la extinta cultura terrestre a partir de lo único que han
encontrado: un dibujo de Walt Disney.
Dan Simmons, Hyperion. Escrita a la manera de los cuentos de
Canterbury (un grupo de viajeros se relatan historias), los viajeros son en
esta ocasión siete escogidos para la última peregrinación a las tumbas del
tiempo antes de que los “exter” conquisten el mundo de Hyperion, un mundo
temeroso de la criatura a la que los miembros de la iglesia de la Expiación
Final llaman “el Señor del Dolor”.
Frank Herbert, Dune. Grandes castas se reparten el universo
conocido. Los Atreides son nobles y pacíficos, los Harkonnen, por el
contrario, despiadados e inclinados a la traición. Dune es el inhabitable
tercer planeta de Canopus: en él sólo sobreviven los Fremen, una tribu que
ha adaptado su modo de vida al de-sierto. Nadie sabe realmente cuántos son,
y pocos dan importancia a su existencia. Pero nadie sospecha el poder de
esta raza... |