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| Susan Sontag Vida y Obra | Imágenes torturadas Susan Sontag |
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1996 - Por
Ed Vulliamy - Imaginen a una autora
que, en su segundo gran libro, pretende narrar la historia de una
actriz polaca que decide emigrar a América. Estructura la trama,
esboza los personajes..., y de repente sus planes sufren un golpe de
timón.
Primero, la guerra: la escritora pasa casi tres años inmersa en la causa de Sarajevo, la asediada capital de Bosnia, un lugar donde nunca se está fuera de tiro y donde, tanto de día como de noche, el fin siempre acecha a tu espalda. Concluye la contienda y regresa a Nueva York y a su libro. Pero pronto se ve involucrada en un accidente automovilístico en el que sufre fracturas en 13 huesos. Su convalecencia se prolonga por espacio de meses, y escribir mientras se recupera le resulta casi imposible. Poco a poco, y a duras penas retoma, una vez más, su trabajo sobre el libro. Sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que los médicos le diagnostiquen un cáncer de mama. Escribir se convierte entonces en una tortura, bajo los efectos de la morfina y sufriendo un dolor insoportable. Este nuevo obstáculo hace que, una vez más, se vea obligada a paralizar y archivar el proyecto. Finalmente, remite su enfermedad y vuelve a la escritura Después de hacer frente a tantas adversidades, muchos escritores habrían optado por adaptar el argumento de su obra de ficción a una historia centrada en su propia experiencia, pero en el caso de la novela de Sontag, publicada recientemente en el Reino Unido, la trama permanece inalterada. In America, escrita a lo largo de un periodo de ocho años (la empezó en 1992), continúa siendo una obra sobre la actriz Maryna Zalezowska, una emigrante polaca. Y, por supuesto, en el discurrir de su trama aborda muchos más temas: es la historia de una mujer extraordinaria, de su vals con el tiempo y el espacio, de su vida pública y privada, de sus hombres y, ante todo, de su América adoptiva. Una historia que versa sobre el descubrimiento de un país que abrazó a la familia de la autora, dos generaciones atrás, cuando llegaron procedentes de Polonia en una época en la que "la historia rugía a su paso". Para la escritora, "un país donde una mujer puede decir: `he enfrentado mi corazón contra el pasado' es un buen país". Y ése es Estados Unidos. Esta mujer contestataria camina por las estrechas calles del Chinatown neoyorquino, bajo las escaleras de incendios que, en cascada, descienden por el lateral de los edificios. Una cálida brisa primaveral sopla a través de su plateada mecha de pelo, como la de un mapache, y la hace inmediatamente reconocible. Las delicadezas culinarias parecen desbordarse desde las tiendas sobre la acera. Se detiene y selecciona dos cajas de huevos de pato. Éste es su barrio favorito de la ciudad, circunstancia que tiene un sentido subliminal y funesto: su padre, un comerciante de sedas, falleció en China durante un viaje de negocios. La escritora muestra su alegría ante la inminente apertura de una cadena de comida rápida taiwanesa en la zona, que venderá "deliciosos y espesos refrescos de fruta". Mientras caminamos, me explica por qué su última novela no habla de la extraordinaria última década que acaba de concluir. "Prefiero vivir mi vida", dice, "escribir sobre otras cosas. Existen autores a los que cualquier experiencia les sirve de material literario, de manera que, en realidad, todo lo que hacen en esta vida es escribir. En mi caso, hay ciertas cosas de mi existencia y experiencia que no quiero o no puedo poner sobre el papel. Me gusta ser capaz de acariciar la cabeza de un niño sin tener que preguntarme si podré contarlo en un libro".
Esta licenciada en Filosofía y Letras por Harvard parece casi intemporal en su condición de gran dama de la literatura. A medida que su figura ha ido envejeciendo, su obra escrita ha adquirido juventud. Desde el ascetismo austero de sus primeros ensayos, que se refleja en Contra la interpretación (1966), hasta la sensualidad, a menudo juguetona, de El amante del volcán (1992) y ahora en In America, a cuyas dos heroínas se asemeja. Es como ese estribillo de Bob Dylan que dice: "Era tan viejo entonces, ahora soy mucho más joven de lo que era". Nacida en 1933 en Nueva York, se enamoró de Shostakovich, Bartok y el Partisan Review durante su adolescencia en Los Ángeles. Cuando apenas contaba 15 años ingresó en la Universidad de Chicago, donde "disfrutó siendo una estudiante". Dos años después se casó con Phillip Rieff, un profesor de Sociología que vuelve a emerger en esta última novela como un personaje llamado Casaubon. Los dos trofeos que se llevó consigo después de un matrimonio de nueve años fueron, por orden de importancia, su hijo David (que es escritor y sigue los pasos de su madre) y la distinción de ser la primera mujer en la historia de California que rechazó su pensión de divorcio.
Durante un tiempo vivió a caballo entre París y Nueva York, antes de establecerse definitivamente en esta última ciudad, en la que todavía hoy reside. Su apartamento posee espectaculares vistas al proyecto urbanístico más audaz realizado por la Humanidad, Manhattan. Su interior está forrado de numerosas estanterías donde hay más de 1.000 libros, organizados de tal manera que Goethe ocupa la habitación donde recientemente ha instalado un piano, Giotto se encuentra en el recibidor y Humberto Eco al lado de la cocina. A pesar del amor que profesa a esta urbe, dice que "lo que resulta más americano de mí no tiene nada que ver con Nueva York, sino con esa pasión mía por la reinvención. Ese concepto de poder convertirte en otra persona, cambiar tu vida, nacer de nuevo. Resulta algo muy europeo pensar que nunca puedes escapar de tu pasado". Esto lo afirma frente a un plato de dim-sum en un lugar donde hablan poco o nada de inglés, pero donde conocen a Susan tan bien como ella sus rollitos de gambas. Existe otra cualidad norteamericana, poco frecuente en Europa, que describe perfectamente en su última novela: "En América se espera de ti que exhibas la confusión de tu vehemencia interna..., que tengas fobias excéntricas y extravagantes necesidades de mostrar tu fuerza de voluntad, tu apetito, la expansión de tu autoestima... En otras palabras, se espera que difundas lo más lujurioso y complejo de tu vida privada". Pero, a pesar de describirlo, esta intelectual infatigable detesta este hábito de la sociedad estadounidense. Hay pensamientos que jamás manifiesta en la conversación, que siempre guarda en su interior. Ella y la fotógrafa Annie Leibovitz se han convertido en toda una institución en Nueva York: por lo general, la una sale en compañía de la otra y automáticamente se multiplican los intentos, por parte de los entrevistadores, de conocer más detalles sobre su amistad. Todos nos vemos obligados a emplear la misma frase: "Se muestra reticente a hablar sobre su vida privada". Los periodistas podemos sacar la conclusión que queramos pero, ante la duda, nunca nos atreveremos a escribir sobre sus intimidades. Hay muchas mujeres famosas que logran de los demás una lealtad infranqueable, se rodean de amigos que se asemejan más bien al brazo militar de una organización política. Es el caso de Hillary Clinton, Joan Baez y, sin duda alguna, Susan Sontag.
Con esta forma de actuar parece razonable que en sus inicios escribiera un ensayo titulado Contra la interpretación (1966), un manifiesto muy suyo, de inspiración kantiana. A pesar de tener una enorme formación filosófica, no le gusta hablar en términos abstractos de experiencias sobre las que no ha reflexionado previamente. "La experiencia es algo que me interesa, pero no su significado moral ni metafísico. No me preocupa la vida después de la muerte, me preocupa la vida antes de la muerte". Una vida por la que ha llegado a temer muy seriamente en los numerosos conflictos que ha cubierto como periodista o en los que ha ayudado como voluntaria. Vietnam en 1968, Oriente Medio en 1973, Bosnia en 1993... Parece que no se haya perdido ninguna. "Fui a Sarajevo", me dice a
la hora del almuerzo, "especialmente por los lazos emocionales que me
unen a Europa. Sabía que lo que estaba ocurriendo en Ruanda era mucho
más trágico que lo que pasaba en Bosnia, pero me resultaba
incomprensible pensar que, 50 años después del final de la Segunda
Guerra Mundial, pudiera existir el genocidio y los campos de la muerte
en la Europa moderna. En principio me presenté como voluntaria, a
título personal, para hacer lo que la gente me pidiera, para ayudar.
Dio la casualidad de que me pidieron que realizara teatro, y me
encantó dirigir el montaje de Esperando a Godot. No quería ir en
calidad de escritora ni por cualquier otro motivo relacionado con la
bondad o la maldad humana. Soy una persona muy inquieta, tolerante y
que sabe sufrir en situaciones adversas. La mayoría de la gente
prefiere sentirse cómoda pero, en mi opinión, la comodidad te aísla.
¿Acaso no supone ello desmarcarte de todo lo que sucede en el mundo?
Cuando a esa gente aburguesada le sobreviene la incomodidad, la
enfermedad o incluso la muerte, entonces piensa que todo ello es
tremendamente injusto" Tras el diagnóstico de los médicos, y en contra de su
recomendación, viajó hasta Francia para someterse a un tratamiento de
quimioterapia. El resultado fue inmejorable, ya que el cáncer
desapareció. Sin embargo, no se conformó con derrotar a la enfermedad.
Como luchadora incansable que es, se marcó un nuevo reto. Inició una
dura ofensiva contra algunos de los maestros de la literatura -por
ejemplo, Baudelaire- que, al igual que hicieron más tarde los nazis,
equipararon la enfermedad con el deterioro social y viceversa. El
ensayo de Susan Sontag liberaba a los "pacientes" (nos recuerda
acertadamente el origen etimológico de la palabra) del estigma que
viene rodeando al cáncer desde hace tiempo. Además, pretendía superar
aquel dicho, idiota pero obstinado, de que "el remedio puede ser peor
que la enfermedad" En In America habla de Marina Zalezowska y su marido como "personas con una conciencia activa", lo que parece una descripción adecuada de ella misma. Bajo su universo de personajes subyace el mundo de la política, en el que esta escritora se encuentra irremediablemente inmersa, ya sea por el incontenible desprecio que siente hacia el alcalde de su ciudad, Rudy Giuliani, ya como reflexión hacia la ideología de izquierdas que apoyó en su juventud, allá por los años 60. A principios de este año, Nueva York quedó cautivada por la figura del prestigioso compositor ruso Dimitri Shostakovich. El Emerson Quartet programó un ciclo de cuartetos de cuerda y en el Metropolitan Opera se escenificó Lady Macbeth of Mtensk, que versa sobre la lujuria, el asesinato y la opresión de la mujer. Gracias a estos acontecimientos me volví a encontrar con Susan. Para mí -y quizá para ella- este ciclo era la culminación de décadas de interés por el compositor. En las representaciones a las que acudió esta apasionada de la cultura clásica, el público se arremolinaba en torno a esa mecha de pelo plateado, siempre acompañada por la talluda figura de Annie Leibovitz. Ella define a Shostakovich como "lo más auténtico, tanto artística como políticamente". Al igual que él y la izquierda americana de su propia generación, también sintió el influjo del marxismo, aunque quedó decepcionada por sus expresiones y su reflejo en la sociedad. Fue una vociferante opositora de la guerra de Vietnam (estuvo en Hanoi y volvió horrorizada) y del embargo contra Cuba. Más tarde quedó cautivada por el espectáculo de una auténtica revolución: la que nació en Polonia, la patria chica de su familia, y alzó al pueblo no contra el capitalismo, sino contra el comunismo. El levantamiento que tuvo lugar en Europa del Este a finales de los 80 fue, en sus palabras, "una fusión entre lo personal y lo político. Un movimiento de masas cuyo objetivo era llevar a la escena política la voz de las personas". En 1992 tuvo lugar una famosa reunión en el Ayuntamiento de Nueva York, organizada con apoyo ruso, del movimiento Solidaridad. En ella, esta intelectual afirmó, ante un grupo de izquierdistas ansioso por subirse al carro del sindicato polaco, que en su opinión las páginas del conservador Reader´s Digest habían retratado al comunismo con más exactitud que las del Nation, una publicación de la izquierda norteamericana. Definió al extinto bloque soviético como "un fascismo con rostro humano", y actualmente afirma que no utilizaría la palabra "socialismo" bajo ninguna forma ni concepto. "De hecho, en el fondo no sé realmente lo que significa". Pero la rueda ha dado un giro completo y ahora empieza a preocuparse por el neocapitalismo. "Me asombra y me deprime ver cómo la lógica capitalista se ha vuelto tan imperial. Existen muy pocas cosas en Estados Unidos que motiven a la gente, con la excepción de ganar dinero. En una ocasión hablé con un amigo canadiense que afirmaba que su gente no compartía el mismo interés por la riqueza que las personas de aquí, como si eso se tratara de un problema. Pienso que lo mejor es intentar encontrar otras satisfacciones. No creo que la revolución en Europa del Este estuviera motivada por un deseo de hacer dinero. Aquella revolución fue una arriesgada búsqueda de las libertades civiles burguesas para recuperar todo el poder". Su insaciable interés y entusiasmo contagioso parecen no conocer límite. A pesar de su preocupación por la instauración del capitalismo salvaje, está fascinada por el ordenador -"te guste o no, está aquí para quedarse"-, por la cibervida, incluso por el cibersexo. "Tengo un amigo heterosexual que lleva una cibervida gay, en la que intercambia fantasías con otros hombres gays. En el caso de que éstos sean realmente lo que (vía internet) dicen ser, me pregunto: ¿dónde se encuentra el límite a semejantes relaciones sentimentales? Por ejemplo, ¿sería razonable sentirse celoso?". Nos encontramos de nuevo en su apartamento, donde los técnicos acaban de instalar un programa en su nuevo ordenador. Ella recuerda una sesión matinal de A Bugs Life. Le encanta ver películas en alta definición. "¿Has visto Toy Story 2?", me pregunta. "Deberías verla. Fui una tarde al cine y estaba lleno de niños, una historia maravillosa en la que un grupo de amigos arriesga la vida por rescatar a un compañero". Acto seguido, continuamos hablando sobre Shostakovich...
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2000 Por
Alessandra Farkas
- Siniestro vals vienés - En esta entrevista, la ensayista y narradora estadounidense Susan Sontag -quien formó parte de un movimiento de solidaridad internacional en Sarajevo- acusa a Haider de ser un peligrosísimo "neonazi" y propone el embargo europeo contra Austria como único medio de resistir el avance del émulo de Hitler. Sontag es la escritora estadounidense más comprometida de su generación. Estuvo en Hanoi dos veces durante el conflicto de Vietnam; en Israel cuando la guerra de Yom Kippur, en el 73, y en Bosnia durante los bombardeos. No existe controversia social o política que no la haya tenido en la primera línea de combate, a pesar de su ya larga y aún no victoriosa lucha contra el cáncer. Mientras que ella se pronunciaba por una causa, el resto de la intelligentsia de EU se callaba. Actualmente, Susan Sontag (67 años) es prácticamente la única entre los intelectuales de su país que denuncia el nuevo gobierno de Viena. "Quiero romper el silencio ensordecedor de mi país -explica la prolífica autora cuyo nuevo libro, In America, está por publicarse en Estados Unidos-, estoy alarmadísima, horrorizada, pero de ningún modo sorprendida". Explíquese mejor. Austria tiene un pasado desbordante de precedentes terribles. No olvidemos que eligió a Kurt Waldheim como Presidente, aunque se sabía que escondía un pasado nazi. Es una nación que ama los desafíos; que se siente víctima de la opinión pública mundial; donde la ideología hitleriana está muy difundida y que, a diferencia de Alemania, no se arrepintió, nunca pidió perdón y jamás fue desnazificada. ¿Ya es demasiado tarde? ¿Ha visitado Austria recientemente? No, pero todos aquellos que lo han hecho han quedado impresionados por la manera como el antisemitismo y los ideales nazis se han extendido entre la gente de la calle. Un querido amigo pintor, no judío y para nada politizado, regresó espantado de una muestra que hizo en Viena: "Nunca escuché decir esas cosas en toda mi vida", me dijo entre lágrimas. Sin embargo, es una vieja, más aún, una viejísima historia austriaca. ¿De quién es la culpa? Podríamos dar vuelta a la pregunta y preguntarnos cómo no detuvimos a Milosevic cuando bombardeó Dubrovnik en el 91. De todos modos la respuesta a ciertos hechos nunca es suficientemente oportuna. Lo importante es que haya una reacción ahora. Pero ahora ya existe una situación muy dura: los austriacos no se detendrán y Haider será cada vez más popular. Las encuestas le dan la razón. Austria es una nueva Serbia y los austriacos son como los serbios. Dos pueblos parias que continúan sosteniendo a sus respectivos líderes precisamente porque el resto del mundo los condena. Pienso que el embargo europeo es lo único que se puede hacer. ¿A pesar de que Haider fue elegido democráticamente por el pueblo austriaco? También Hitler y Milosevic tomaron el poder gracias a las urnas. Es una película que ya hemos visto. No: mi respuesta a los que se atrincheran detrás de la excusa del voto es que, si Austria desea formar parte de Europa, Haider es inaceptable. En cambio, si Viena se resigna a no integrar la Unión Europea, entonces sus elecciones de política interna son asuntos suyos. Pero no puede tener las dos cosas a la vez. En un editorial del New York Times, Salman Rushdie compara a Haider con Bossi y Le Pen. ¡No se les puede comparar de ningún modo! Haider es peor y podría, en el futuro, permitirse ir muy lejos. Si Bossi y Le Pen vivieran en Austria, quizá ellos también hablarían como él, pero en Italia y en Francia, dos países donde el pasado fascista ha sido repudiado, esos líderes no se arriesgan a lanzar declaraciones incendiarias como lo hace Haider. En una reciente entrevista en el Jewish Weekly, el conocido cazador de nazis Simon Wiesenthal afirma que Haider no es nazi. Mientras que Abraham Foxman, de Anti-Defamation League, se ha declarado en contra del embargo europeo. Haider no es un verdadero nazi porque hoy no existe un verdadero nazismo en el poder en el mundo. Pero es un "neonazi" y sus declaraciones son señales claras y límpidas que alientan ciertas ideologías y legitiman los comportamientos que se derivan de ellas. El lenguaje de esas ideologías está cifrado, codificado, a menudo tiene significado doble, pero con un único, claro, objetivo en el horizonte. ¿Cómo explica el silencio de los intelectuales estadounidenses acerca de Haider? Nos hemos convertido en un país muy provinciano. La mayor parte de los asuntos europeos no interesan a los intelectuales estadounidenses, aun cuando el New York Times los reporta diligentemente. El compromiso mental y emotivo de la intelligentsia está muerto si se compara con el que existía hace una década. El país duerme en su aislamiento protector y la única cosa que le interesa de Europa, aunque se trata de un interés superficial, es lo que le pasa al euro, a la moneda. Vivimos una extraña era de falta de compromiso político y de sueños sociales. Basta observar lo que sucede con la campaña presidencial de EU Por Enric González - A Susan Sontag (Nueva York, 1933) no le entusiasma el término intelectual, el que mejor la define. En cualquier caso, es autora de cuatro novelas, de decenas de ensayos y de miles de artículos, y de varias películas. Ha abordado todos los problemas contemporáneos y forma parte de la Academia de Estados Unidos. Este año ha recibido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por su “profundidad de pensamiento y calidad estética”. Sontag ingresó en la Universidad de California a los 15 años, se licenció en la de Chicago a los 18, se casó con un profesor de sociología, tuvo un hijo y se divorció antes de los 30, ha vencido dos veces al cáncer, y ha vivido de cerca guerras como la de Vietnam, la del Yom Kipur y la de Bosnia. Su vitalidad está fuera de toda duda. Esa vitalidad irrumpe en la entrevista y la convierte en un torrente de opiniones. Sontag fue de los pocos estadounidenses que, inmediatamente después del 11 de septiembre de 2001, se atrevieron a criticar a George W. Bush. Sigue estando contra él, contra Fidel Castro, contra el Gobierno de Israel y contra todo lo que le parece tiránico, falso o injusto. El encuentro se desarrolla en su apartamento de Manhattan, un hermoso ático lleno de libros, piezas de arte, recuerdos de viajes, cajas y objetos embalados –¿Está de mudanza? |
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