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Susan Sontag Vida y Obra Imágenes torturadas Susan Sontag
1996 - Por Ed Vulliamy - Imaginen a una autora que, en su segundo gran libro, pretende narrar la historia de una actriz polaca que decide emigrar a América. Estructura la trama, esboza los personajes..., y de repente sus planes sufren un golpe de timón.

Primero, la guerra: la escritora pasa casi tres años inmersa en la causa de Sarajevo, la asediada capital de Bosnia, un lugar donde nunca se está fuera de tiro y donde, tanto de día como de noche, el fin siempre acecha a tu espalda. Concluye la contienda y regresa a Nueva York y a su libro. Pero pronto se ve involucrada en un accidente automovilístico en el que sufre fracturas en 13 huesos. Su convalecencia se prolonga por espacio de meses, y escribir mientras se recupera le resulta casi imposible. Poco a poco, y a duras penas retoma, una vez más, su trabajo sobre el libro. Sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que los médicos le diagnostiquen un cáncer de mama. Escribir se convierte entonces en una tortura, bajo los efectos de la morfina y sufriendo un dolor insoportable. Este nuevo obstáculo hace que, una vez más, se vea obligada a paralizar y archivar el proyecto. Finalmente, remite su enfermedad y vuelve a la escritura

Después de hacer frente a tantas adversidades, muchos escritores habrían optado por adaptar el argumento de su obra de ficción a una historia centrada en su propia experiencia, pero en el caso de la novela de Sontag, publicada recientemente en el Reino Unido, la trama permanece inalterada. In America, escrita a lo largo de un periodo de ocho años (la empezó en 1992), continúa siendo una obra sobre la actriz Maryna Zalezowska, una emigrante polaca. Y, por supuesto, en el discurrir de su trama aborda muchos más temas: es la historia de una mujer extraordinaria, de su vals con el tiempo y el espacio, de su vida pública y privada, de sus hombres y, ante todo, de su América adoptiva. Una historia que versa sobre el descubrimiento de un país que abrazó a la familia de la autora, dos generaciones atrás, cuando llegaron procedentes de Polonia en una época en la que "la historia rugía a su paso". Para la escritora, "un país donde una mujer puede decir: `he enfrentado mi corazón contra el pasado' es un buen país". Y ése es Estados Unidos.

Esta mujer contestataria camina por las estrechas calles del Chinatown neoyorquino, bajo las escaleras de incendios que, en cascada, descienden por el lateral de los edificios. Una cálida brisa primaveral sopla a través de su plateada mecha de pelo, como la de un mapache, y la hace inmediatamente reconocible. Las delicadezas culinarias parecen desbordarse desde las tiendas sobre la acera. Se detiene y selecciona dos cajas de huevos de pato. Éste es su barrio favorito de la ciudad, circunstancia que tiene un sentido subliminal y funesto: su padre, un comerciante de sedas, falleció en China durante un viaje de negocios. La escritora muestra su alegría ante la inminente apertura de una cadena de comida rápida taiwanesa en la zona, que venderá "deliciosos y espesos refrescos de fruta". Mientras caminamos, me explica por qué su última novela no habla de la extraordinaria última década que acaba de concluir. "Prefiero vivir mi vida", dice, "escribir sobre otras cosas. Existen autores a los que cualquier experiencia les sirve de material literario, de manera que, en realidad, todo lo que hacen en esta vida es escribir. En mi caso, hay ciertas cosas de mi existencia y experiencia que no quiero o no puedo poner sobre el papel. Me gusta ser capaz de acariciar la cabeza de un niño sin tener que preguntarme si podré contarlo en un libro".


Tanto la Sontag de la vida real como la literaria parecen estar a la vuelta de cada esquina. "Durante una etapa de mi vida estuve viajando entre Nápoles y Bosnia". Entre la ciudad del Vesubio, donde ambientó El amante del volcán (1992) -una historia sobre la relación amorosa entre Emma Hamilton y Lord Nelson- y Sarajevo, donde estrenó gratuitamente el 17 de agosto de 1993 la obra de teatro Esperando a Godot, bajo una lluvia de bombas, en medio de un paisaje de muerte, destrucción y penuria. He leído sus libros con regularidad y, casi siempre, me he encontrado con ellos por casualidad. Seguimos paseando por las calles de Chinatown, donde me insta a probar su exótico helado favorito: aunque su sabor preferido es el coco, el de jengibre, dice, es incluso mejor.

Esta licenciada en Filosofía y Letras por Harvard parece casi intemporal en su condición de gran dama de la literatura. A medida que su figura ha ido envejeciendo, su obra escrita ha adquirido juventud. Desde el ascetismo austero de sus primeros ensayos, que se refleja en Contra la interpretación (1966), hasta la sensualidad, a menudo juguetona, de El amante del volcán (1992) y ahora en In America, a cuyas dos heroínas se asemeja. Es como ese estribillo de Bob Dylan que dice: "Era tan viejo entonces, ahora soy mucho más joven de lo que era".

Nacida en 1933 en Nueva York, se enamoró de Shostakovich, Bartok y el Partisan Review durante su adolescencia en Los Ángeles. Cuando apenas contaba 15 años ingresó en la Universidad de Chicago, donde "disfrutó siendo una estudiante". Dos años después se casó con Phillip Rieff, un profesor de Sociología que vuelve a emerger en esta última novela como un personaje llamado Casaubon. Los dos trofeos que se llevó consigo después de un matrimonio de nueve años fueron, por orden de importancia, su hijo David (que es escritor y sigue los pasos de su madre) y la distinción de ser la primera mujer en la historia de California que rechazó su pensión de divorcio.

"El cáncer continúa disfrutando de un primitivo aura medieval entre la sociedad moderna, la gente habla de la enfermedad como si se tratara de uno de los cuatro jinetes del apocalipsis, en vez de concebir que puede ser algo tratable y que se puede llegar a vencer"

Durante un tiempo vivió a caballo entre París y Nueva York, antes de establecerse definitivamente en esta última ciudad, en la que todavía hoy reside. Su apartamento posee espectaculares vistas al proyecto urbanístico más audaz realizado por la Humanidad, Manhattan. Su interior está forrado de numerosas estanterías donde hay más de 1.000 libros, organizados de tal manera que Goethe ocupa la habitación donde recientemente ha instalado un piano, Giotto se encuentra en el recibidor y Humberto Eco al lado de la cocina. A pesar del amor que profesa a esta urbe, dice que "lo que resulta más americano de mí no tiene nada que ver con Nueva York, sino con esa pasión mía por la reinvención. Ese concepto de poder convertirte en otra persona, cambiar tu vida, nacer de nuevo. Resulta algo muy europeo pensar que nunca puedes escapar de tu pasado".

Esto lo afirma frente a un plato de dim-sum en un lugar donde hablan poco o nada de inglés, pero donde conocen a Susan tan bien como ella sus rollitos de gambas. Existe otra cualidad norteamericana, poco frecuente en Europa, que describe perfectamente en su última novela: "En América se espera de ti que exhibas la confusión de tu vehemencia interna..., que tengas fobias excéntricas y extravagantes necesidades de mostrar tu fuerza de voluntad, tu apetito, la expansión de tu autoestima... En otras palabras, se espera que difundas lo más lujurioso y complejo de tu vida privada".

Pero, a pesar de describirlo, esta intelectual infatigable detesta este hábito de la sociedad estadounidense. Hay pensamientos que jamás manifiesta en la conversación, que siempre guarda en su interior. Ella y la fotógrafa Annie Leibovitz se han convertido en toda una institución en Nueva York: por lo general, la una sale en compañía de la otra y automáticamente se multiplican los intentos, por parte de los entrevistadores, de conocer más detalles sobre su amistad. Todos nos vemos obligados a emplear la misma frase: "Se muestra reticente a hablar sobre su vida privada". Los periodistas podemos sacar la conclusión que queramos pero, ante la duda, nunca nos atreveremos a escribir sobre sus intimidades. Hay muchas mujeres famosas que logran de los demás una lealtad infranqueable, se rodean de amigos que se asemejan más bien al brazo militar de una organización política. Es el caso de Hillary Clinton, Joan Baez y, sin duda alguna, Susan Sontag.

"TENGO UN AMIGO HETEROSEXUAL QUE LLEVA UNA `CIBERVIDA GAY', EN LA QUE INTERCAMBIA FANTASÍAS CON OTROS HOMBRES GAYS. EN EL CASO DE QUE ÉSTOS SEAN REALMENTE LO QUE (VÍA INTERNET) DICEN SER, ME PREGUNTO: ¿DÓNDE ESTÁ EL LÍMITE DE ESTAS RELACIONES SENTIMENTALES? ¿SERÍA RAZONABLE SENTIRSE CELOSO?"

Con esta forma de actuar parece razonable que en sus inicios escribiera un ensayo titulado Contra la interpretación (1966), un manifiesto muy suyo, de inspiración kantiana. A pesar de tener una enorme formación filosófica, no le gusta hablar en términos abstractos de experiencias sobre las que no ha reflexionado previamente. "La experiencia es algo que me interesa, pero no su significado moral ni metafísico. No me preocupa la vida después de la muerte, me preocupa la vida antes de la muerte". Una vida por la que ha llegado a temer muy seriamente en los numerosos conflictos que ha cubierto como periodista o en los que ha ayudado como voluntaria. Vietnam en 1968, Oriente Medio en 1973, Bosnia en 1993...

Parece que no se haya perdido ninguna. "Fui a Sarajevo", me dice a la hora del almuerzo, "especialmente por los lazos emocionales que me unen a Europa. Sabía que lo que estaba ocurriendo en Ruanda era mucho más trágico que lo que pasaba en Bosnia, pero me resultaba incomprensible pensar que, 50 años después del final de la Segunda Guerra Mundial, pudiera existir el genocidio y los campos de la muerte en la Europa moderna. En principio me presenté como voluntaria, a título personal, para hacer lo que la gente me pidiera, para ayudar. Dio la casualidad de que me pidieron que realizara teatro, y me encantó dirigir el montaje de Esperando a Godot. No quería ir en calidad de escritora ni por cualquier otro motivo relacionado con la bondad o la maldad humana. Soy una persona muy inquieta, tolerante y que sabe sufrir en situaciones adversas. La mayoría de la gente prefiere sentirse cómoda pero, en mi opinión, la comodidad te aísla. ¿Acaso no supone ello desmarcarte de todo lo que sucede en el mundo? Cuando a esa gente aburguesada le sobreviene la incomodidad, la enfermedad o incluso la muerte, entonces piensa que todo ello es tremendamente injusto"

Mujer de espíritu revolucionario, está convencida de que haber compartido el sufrimiento y la miseria junto a la población bosnia ha moldeado su carácter. "Si nunca has presenciado una guerra de primera mano", añade, "entonces te has perdido un aspecto muy importante de la experiencia y la existencia humanas". Sin embargo, la guerra no resultó ser para ella la única adversidad a la que se ha enfrentado. Otra casi mayor le asaltó repentinamente. Hoy puede hablar de ella con toda naturalidad: "El cáncer continúa disfrutando de un primitivo aura medieval entre la sociedad moderna, la gente habla sobre la enfermedad como si se tratara de uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis, en vez de concebir que puede ser algo tratable y que se puede llegar a vencer". La ilusión por desarrollar esta idea provocó la aparición de otro de sus ensayos en 1978, La enfermedad como metamorfosis. "Me decidí a contarlo porque el sufrimiento y las muertes sin necesidad me llenan de ira. Escribir el libro fue una manera de no rendirme, de no aceptar la sentencia de muerte".

Tras el diagnóstico de los médicos, y en contra de su recomendación, viajó hasta Francia para someterse a un tratamiento de quimioterapia. El resultado fue inmejorable, ya que el cáncer desapareció. Sin embargo, no se conformó con derrotar a la enfermedad. Como luchadora incansable que es, se marcó un nuevo reto. Inició una dura ofensiva contra algunos de los maestros de la literatura -por ejemplo, Baudelaire- que, al igual que hicieron más tarde los nazis, equipararon la enfermedad con el deterioro social y viceversa. El ensayo de Susan Sontag liberaba a los "pacientes" (nos recuerda acertadamente el origen etimológico de la palabra) del estigma que viene rodeando al cáncer desde hace tiempo. Además, pretendía superar aquel dicho, idiota pero obstinado, de que "el remedio puede ser peor que la enfermedad"

Cuando se publicó La enfermedad como metamorfosis, en 1975, el sida llevaba camino de compartir, junto con el cáncer, la pesada carga del lenguaje melodramático que se extiende por la sociedad ante fenómenos trágicos. Por ello, la autora se tomó la molestia de escribir una especie de apéndice a su ensayo, un documento compasivo y apasionado, titulado El sida y sus metáforas. Recuerda aquellos momentos con la misma claridad que sus días en Sarajevo. "Nunca describiría mi lucha contra el cáncer como una experiencia didáctica. Para superarlo necesitas utilizar todos los recursos de los que dispongas y, además, ser capaz de convivir con otras personas. Tienes experiencias muy intensas con enfermos que están a tu alrededor. En la sala de quimio, en el hospital, no eres el único paciente. En una esquina hay alguien vomitando, en la otra una enferma conversando en tono mortecino con su esposo... Eso es la realidad. Y yo quiero vivir toda la realidad que pueda, no esquivarla".

En In America habla de Marina Zalezowska y su marido como "personas con una conciencia activa", lo que parece una descripción adecuada de ella misma. Bajo su universo de personajes subyace el mundo de la política, en el que esta escritora se encuentra irremediablemente inmersa, ya sea por el incontenible desprecio que siente hacia el alcalde de su ciudad, Rudy Giuliani, ya como reflexión hacia la ideología de izquierdas que apoyó en su juventud, allá por los años 60.

A principios de este año, Nueva York quedó cautivada por la figura del prestigioso compositor ruso Dimitri Shostakovich. El Emerson Quartet programó un ciclo de cuartetos de cuerda y en el Metropolitan Opera se escenificó Lady Macbeth of Mtensk, que versa sobre la lujuria, el asesinato y la opresión de la mujer. Gracias a estos acontecimientos me volví a encontrar con Susan. Para mí -y quizá para ella- este ciclo era la culminación de décadas de interés por el compositor. En las representaciones a las que acudió esta apasionada de la cultura clásica, el público se arremolinaba en torno a esa mecha de pelo plateado, siempre acompañada por la talluda figura de Annie Leibovitz.

Ella define a Shostakovich como "lo más auténtico, tanto artística como políticamente". Al igual que él y la izquierda americana de su propia generación, también sintió el influjo del marxismo, aunque quedó decepcionada por sus expresiones y su reflejo en la sociedad. Fue una vociferante opositora de la guerra de Vietnam (estuvo en Hanoi y volvió horrorizada) y del embargo contra Cuba. Más tarde quedó cautivada por el espectáculo de una auténtica revolución: la que nació en Polonia, la patria chica de su familia, y alzó al pueblo no contra el capitalismo, sino contra el comunismo. El levantamiento que tuvo lugar en Europa del Este a finales de los 80 fue, en sus palabras, "una fusión entre lo personal y lo político. Un movimiento de masas cuyo objetivo era llevar a la escena política la voz de las personas".

En 1992 tuvo lugar una famosa reunión en el Ayuntamiento de Nueva York, organizada con apoyo ruso, del movimiento Solidaridad. En ella, esta intelectual afirmó, ante un grupo de izquierdistas ansioso por subirse al carro del sindicato polaco, que en su opinión las páginas del conservador Reader´s Digest habían retratado al comunismo con más exactitud que las del Nation, una publicación de la izquierda norteamericana. Definió al extinto bloque soviético como "un fascismo con rostro humano", y actualmente afirma que no utilizaría la palabra "socialismo" bajo ninguna forma ni concepto. "De hecho, en el fondo no sé realmente lo que significa". Pero la rueda ha dado un giro completo y ahora empieza a preocuparse por el neocapitalismo. "Me asombra y me deprime ver cómo la lógica capitalista se ha vuelto tan imperial. Existen muy pocas cosas en Estados Unidos que motiven a la gente, con la excepción de ganar dinero. En una ocasión hablé con un amigo canadiense que afirmaba que su gente no compartía el mismo interés por la riqueza que las personas de aquí, como si eso se tratara de un problema. Pienso que lo mejor es intentar encontrar otras satisfacciones. No creo que la revolución en Europa del Este estuviera motivada por un deseo de hacer dinero. Aquella revolución fue una arriesgada búsqueda de las libertades civiles burguesas para recuperar todo el poder".

Su insaciable interés y entusiasmo contagioso parecen no conocer límite. A pesar de su preocupación por la instauración del capitalismo salvaje, está fascinada por el ordenador -"te guste o no, está aquí para quedarse"-, por la cibervida, incluso por el cibersexo. "Tengo un amigo heterosexual que lleva una cibervida gay, en la que intercambia fantasías con otros hombres gays. En el caso de que éstos sean realmente lo que (vía internet) dicen ser, me pregunto: ¿dónde se encuentra el límite a semejantes relaciones sentimentales? Por ejemplo, ¿sería razonable sentirse celoso?".

Nos encontramos de nuevo en su apartamento, donde los técnicos acaban de instalar un programa en su nuevo ordenador. Ella recuerda una sesión matinal de A Bugs Life. Le encanta ver películas en alta definición. "¿Has visto Toy Story 2?", me pregunta. "Deberías verla. Fui una tarde al cine y estaba lleno de niños, una historia maravillosa en la que un grupo de amigos arriesga la vida por rescatar a un compañero". Acto seguido, continuamos hablando sobre Shostakovich...

Ed Vulliamy escribe para los diarios británicos The Guardian y The Observer; fue nombrado Reportero Internacional en 1993 y 1994 por su cobertura de la guerra en los Balcanes

2000 Por Alessandra Farkas - Siniestro vals vienés -
En esta entrevista, la ensayista y narradora estadounidense Susan Sontag -quien formó parte de un movimiento de solidaridad internacional en Sarajevo- acusa a Haider de ser un peligrosísimo "neonazi" y propone el embargo europeo contra Austria como único medio de resistir el avance del émulo de Hitler.

Sontag es la escritora estadounidense más comprometida de su generación. Estuvo en Hanoi dos veces durante el conflicto de Vietnam; en Israel cuando la guerra de Yom Kippur, en el 73, y en Bosnia durante los bombardeos. No existe controversia social o política que no la haya tenido en la primera línea de combate, a pesar de su ya larga y aún no victoriosa lucha contra el cáncer. Mientras que ella se pronunciaba por una causa, el resto de la intelligentsia de EU se callaba.

Actualmente, Susan Sontag (67 años) es prácticamente la única entre los intelectuales de su país que denuncia el nuevo gobierno de Viena. "Quiero romper el silencio ensordecedor de mi país -explica la prolífica autora cuyo nuevo libro, In America, está por publicarse en Estados Unidos-, estoy alarmadísima, horrorizada, pero de ningún modo sorprendida".

Explíquese mejor.

Austria tiene un pasado desbordante de precedentes terribles. No olvidemos que eligió a Kurt Waldheim como Presidente, aunque se sabía que escondía un pasado nazi. Es una nación que ama los desafíos; que se siente víctima de la opinión pública mundial; donde la ideología hitleriana está muy difundida y que, a diferencia de Alemania, no se arrepintió, nunca pidió perdón y jamás fue desnazificada.

¿Ya es demasiado tarde? ¿Ha visitado Austria recientemente?

No, pero todos aquellos que lo han hecho han quedado impresionados por la manera como el antisemitismo y los ideales nazis se han extendido entre la gente de la calle. Un querido amigo pintor, no judío y para nada politizado, regresó espantado de una muestra que hizo en Viena: "Nunca escuché decir esas cosas en toda mi vida", me dijo entre lágrimas. Sin embargo, es una vieja, más aún, una viejísima historia austriaca.

¿De quién es la culpa?

Podríamos dar vuelta a la pregunta y preguntarnos cómo no detuvimos a Milosevic cuando bombardeó Dubrovnik en el 91. De todos modos la respuesta a ciertos hechos nunca es suficientemente oportuna. Lo importante es que haya una reacción ahora. Pero ahora ya existe una situación muy dura: los austriacos no se detendrán y Haider será cada vez más popular.

Las encuestas le dan la razón.

Austria es una nueva Serbia y los austriacos son como los serbios. Dos pueblos parias que continúan sosteniendo a sus respectivos líderes precisamente porque el resto del mundo los condena. Pienso que el embargo europeo es lo único que se puede hacer.

¿A pesar de que Haider fue elegido democráticamente por el pueblo austriaco?

También Hitler y Milosevic tomaron el poder gracias a las urnas. Es una película que ya hemos visto. No: mi respuesta a los que se atrincheran detrás de la excusa del voto es que, si Austria desea formar parte de Europa, Haider es inaceptable. En cambio, si Viena se resigna a no integrar la Unión Europea, entonces sus elecciones de política interna son asuntos suyos. Pero no puede tener las dos cosas a la vez.

En un editorial del New York Times, Salman Rushdie compara a Haider con Bossi y Le Pen.

¡No se les puede comparar de ningún modo! Haider es peor y podría, en el futuro, permitirse ir muy lejos. Si Bossi y Le Pen vivieran en Austria, quizá ellos también hablarían como él, pero en Italia y en Francia, dos países donde el pasado fascista ha sido repudiado, esos líderes no se arriesgan a lanzar declaraciones incendiarias como lo hace Haider.

En una reciente entrevista en el Jewish Weekly, el conocido cazador de nazis Simon Wiesenthal afirma que Haider no es nazi. Mientras que Abraham Foxman, de Anti-Defamation League, se ha declarado en contra del embargo europeo.

Haider no es un verdadero nazi porque hoy no existe un verdadero nazismo en el poder en el mundo. Pero es un "neonazi" y sus declaraciones son señales claras y límpidas que alientan ciertas ideologías y legitiman los comportamientos que se derivan de ellas. El lenguaje de esas ideologías está cifrado, codificado, a menudo tiene significado doble, pero con un único, claro, objetivo en el horizonte.

¿Cómo explica el silencio de los intelectuales estadounidenses acerca de Haider?

Nos hemos convertido en un país muy provinciano. La mayor parte de los asuntos europeos no interesan a los intelectuales estadounidenses, aun cuando el New York Times los reporta diligentemente. El compromiso mental y emotivo de la intelligentsia está muerto si se compara con el que existía hace una década. El país duerme en su aislamiento protector y la única cosa que le interesa de Europa, aunque se trata de un interés superficial, es lo que le pasa al euro, a la moneda. Vivimos una extraña era de falta de compromiso político y de sueños sociales. Basta observar lo que sucede con la campaña presidencial de EU

Por Enric González - A Susan Sontag (Nueva York, 1933) no le entusiasma el término intelectual, el que mejor la define. En cualquier caso, es autora de cuatro novelas, de decenas de ensayos y de miles de artículos, y de varias películas. Ha abordado todos los problemas contemporáneos y forma parte de la Academia de Estados Unidos. Este año ha recibido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por su “profundidad de pensamiento y calidad estética”. Sontag ingresó en la Universidad de California a los 15 años, se licenció en la de Chicago a los 18, se casó con un profesor de sociología, tuvo un hijo y se divorció antes de los 30, ha vencido dos veces al cáncer, y ha vivido de cerca guerras como la de Vietnam, la del Yom Kipur y la de Bosnia. Su vitalidad está fuera de toda duda. Esa vitalidad irrumpe en la entrevista y la convierte en un torrente de opiniones. Sontag fue de los pocos estadounidenses que, inmediatamente después del 11 de septiembre de 2001, se atrevieron a criticar a George W. Bush. Sigue estando contra él, contra Fidel Castro, contra el Gobierno de Israel y contra todo lo que le parece tiránico, falso o injusto. El encuentro se desarrolla en su apartamento de Manhattan, un hermoso ático lleno de libros, piezas de arte, recuerdos de viajes, cajas y objetos embalados

–¿Está de mudanza?
–No, no. Parece, pero todo esto es de mi hijo. Acaba de irse a Bagdad. Es escritor. No sé si sabe usted de mi hijo...
–Sí.
–Dejó un apartamento y se instalará en otro en cuanto vuelva, y me ha dejado aquí todo esto durante meses. Desde enero. Tendría que volver en julio.
–¿Ha estado en Irak durante la guerra?
–No, en Berlín. Me dice que en Bagdad la violencia y el desorden son increíbles, y que los americanos no se enteran. En realidad creen que están imponiendo el orden, pero no tienen ni idea. Se encierran en sus palacios, descubren que en un barrio determinado hay electricidad de nuevo y se sienten muy orgullosos. No tienen ni idea de lo que ocurre en las calles, de que reina el caos y de que la situación no mejora. Según mi hijo, las fuerzas de ocupación tienen buenas intenciones y creen estar haciendo algo, aunque en realidad no consiguen nada. Será interesante ver lo que ocurre en el futuro.
–La situación en Afganistán sigue siendo caótica, y esa guerra terminó mucho antes que la de Irak.
–Es que en Afganistán ni siquiera han intentado poner orden. El presidente que colocaron, Hamid Karzai, es, como mucho, el alcalde de Kabul, y quizá ni eso. Aquello, en realidad, fue sólo una expedición punitiva, un castigo por el 11-S. Cuando invadieron Irak, en cambio, esperaban ser recibidos como libertadores y no habían calculado el riesgo de desintegración social. Todo esto es increíble. La actual administración de Estados Unidos me parece increíble. Su visión del mundo es ridícula, y resulta evidente que no funcionará. No creo que estén trabajando por el bien de nuestro país. Su política no es ni económicamente viable. Un imperio es muy caro, a menos que se le extraiga un beneficio. El Imperio Británico era una operación económica eficiente. No está nada claro, por el contrario, que Estados Unidos obtenga rendimientos del imperio que proyecta.
–Pero el Gobierno de George W. Bush niega tener deseos imperiales. Bush y los suyos dicen que en el fundamento de su política está el idealismo.
–Oh, ya. Usted habrá hablado con Paul Wolfovitz (el subsecretario de Defensa), ¿no? Un amigo mío, que es funcionario gubernamental y tiene las mismas opiniones que yo, y obviamente que usted, me contó que había hablado con un alto cargo del Departamento de Defensa y que éste le habíadicho: no lo entiendes, George W. Bush es como Martin Luther King, él también tiene un sueño...
–Pese a todo, es un Gobierno popular entre los estadounidenses.
–Su fórmula consiste en afirmar que tenemos enemigos en todas partes, que tenemos que embarcarnos en una guerra interminable y que cualquiera que se oponga al Gobierno es antipatriótico. Esa es una fórmula efectiva, capaz de persuadir a mucha gente. La paranoia es persuasiva. Es difícil refutar a este Gobierno, incluso imaginar cómo llegará al descrédito. Incluso si la situación económica empeora sustancialmente, podrán decir: bueno, estamos haciendo sacrificios para promover nuestros ideales, ¿quién no está dispuesto a sacrificarse por los ideales americanos? No sé cómo se puede frenar toda esta proyección de poder. Resulta especialmente difícil porque no hay oposición. Estados Unidos tiene un sistema unipartidista. Sólo existe el Partido Republicano, con una filial denominada Partido Demócrata.
–Pero en poco más de un año habrá elecciones presidenciales.
–¿Quién fue el único demócrata que se opuso frontalmente y con elocuencia a la invasión de Irak? Robert Byrd, un senador de 86 años, sin ningún futuro y no exactamente un progre. (En su juventud, Byrd perteneció al Ku Klux Klan). Hillary Clinton y Robert Schumer, los dos senadores por Nueva York, votaron a favor de la Patriot Act (la ley antiterrorista) y concedieron a Bush plenos poderes para hacer la guerra, pese a que el 80 por ciento de sus electores es contrario a ambas cosas. ¿Por qué? Porque cuentan con que ese 80 por ciento, por furioso que esté con sus representantes demócratas, no votará a los republicanos, y en cambio, Clinton y Schumer esperan rebañar algunos votos a la derecha. El resultado es que los demócratas sólo actúan pensando en una pequeña minoría de sus potenciales votantes, los más conservadores. Y que el equilibrio político se desplaza cada vez más hacia la derecha. Es increíble que senadores como Clinton y Schumer no se den cuenta de que su obligación es representar a la mayoría de quienes los votan. Y luego tenemos a Al Gore, alguien cuya carrera política se ha terminado y que podría convertirse en un nuevo Daniel Webster (un influyente senador del siglo XIX). No le costaría nada asumir el papel de perdedor que dice lo que piensa y pasa a la historia como alguien con principios. Pero Gore también ha desaparecido.
–La impresión desde el exterior es que todo Estados Unidos está con Bush.
–Y la impopularidad de Estados Unidos no deja de crecer. Tengo una amiga que viaja continuamente por Asia y me dice que allá donde va encuentra un sentimiento antiamericano fortísimo. Y ésa es la realidad, digan lo que digan el presidente Bush, José María Aznar, Silvio Berlusconi o Tony Blair: la mayoría de la población mundial es crítica con respecto a Estados Unidos. El error, en algunos casos, es pensar que la Casa Blanca ignora esos sentimientos de la gente. No sólo los conocen, sino que además les parece perfecto. Dan por supuesto que eso es lo que ocurre cuando se es el número uno. Dan por supuesto que la fortaleza de Estados Unidos ha de generar miedo y resentimiento. O sea, que no existe ninguna posibilidad de que un día digan: ¡oh! es terrible, hemos descubierto que el mundo nos odia, hemos hecho las cosas mal. Qué va. Consideran que el presidente de Estados Unidos es presidente de todo el planeta, y se pasan el día diciendo que somos los mejores, los más excepcionales; que somos buenos incluso si ocasionalmente nos equivocamos, porque nuestras intenciones son buenas...
–Pero...
–Los republicanos se sienten tan fuertes que no temen a nada. Algunos pueden pensar que, por el hecho de ser tan bárbaros como son, deben ser también estúpidos. No lo son en absoluto. Son competentes, inteligentes y tienen valentía para defender sus perversas convicciones. Desde Albert Speer, Leni Riefensthal y Adolf Hitler se sabe perfectamente la importancia del espectáculo para que un líder proyecte una imagen defuerza. Pero, en ese sentido, nunca nadie se había atrevido a tanto como Bush. Me refiero a su aterrizaje sobre la cubierta del portaaviones Abraham Lincoln a bordo de un avión de combate. ¡Qué espectáculo! ¡Qué montaje! Dijeron que el buque estaba demasiado lejos de la costa y no se podía llegar a él en helicóptero. Luego admitieron que un helicóptero habría bastado, pero que al presidente le hacía ilusión llegar de esa forma. ¡Y no pasó nada!
–Si hubiera viajado en helicóptero, Bush no habría podido fotografiarse con uniforme de piloto de combate.
–Sí, el uniforme que nunca tuvo que vestir durante la guerra de Vietnam... Esa gente no tiene ningún escrúpulo. Otro ejemplo es la convención. Como usted sabe, los partidos siempre celebran en verano la convención en que eligen a su candidato presidencial. Pero esta vez los republicanos han decidido cambiar un poco las cosas y se reunirán en Nueva York, en septiembre. De esta forma, Bush iniciará oficialmente su campaña en el aniversario del 11-S, fotografiándose en la zona cero. Es pura desvergüenza, puro Hollywood. Esa gente está dispuesta a ganar a cualquier precio. Estoy segura de que estarían dispuestos a cancelar las elecciones si corrieran el riesgo de perderlas, cosa que ahora mismo es muy improbable. Alegarían una emergencia nacional o una nueva guerra, cualquier excusa. Porque ellos siempre tienen razón. Para ellos, demostrar el poderío americano es bueno en sí mismo. Daría igual si no capturaran a Saddam Hussein, daría igual si no apareciera nunca ninguna de las armas que atribuían al anterior régimen iraquí: la guerra estaba justificada porque sí, y punto. En vísperas de la invasión estuvieron jugando con cuatro o cinco excusas y al final optaron por lo de las armas de destrucción masiva. Si el presidente no acababa con Saddam Hussein incumplía su mandato constitucional de proteger al pueblo de Estados Unidos. No se podía dar un día más a los inspectores de Hans Blix, la situación requería una intervención de urgencia porque los misiles nucleares iraquíes apuntaban ya a nuestras ciudades... ¡Ja, ja!
–En su opinión, ¿por qué se hizo la guerra?
–Irak fue atacado porque era el país más débil de la región y el que padecía al dictador más despreciable. Y ahora somos propietarios de Irak. La idea consistía en instalar grandes bases militares en territorio iraquí, para siempre, con el fin de aligerar la presencia de tropas en Turquía, Arabia Saudí y otros lugares que, desde el punto de vista de la Administración, eran de fiabilidad dudosa. Querían un Gobierno iraquí fiel a Washington, cuatro bases en el país y el petróleo. Lo que ocurre es que las cosas no marchan según los planes.
–En cuanto concluyó la invasión a Irak, Bush y su Gobierno empezaron a hablar de Siria y de Irán. ¿Tenemos por delante un futuro de guerras?
–El gran problema es la inexistencia de oposición política en Estados Unidos, que no se compensa por el hecho de que haya muchos descontentos que, como yo, hablen en público en contra de lo que está ocurriendo. El actual consenso político favorece a un Gobierno todopoderoso, que desea seguir contando con los recursos que proporciona una situación de guerra. Una guerra que, por lo que dicen, se libra contra un enemigo que no se identifica con ningún Estado en concreto y que está en todas partes. Esta mañana leía en el periódico que ahora queremos enviar más tropas a Filipinas para combatir la insurrección. Todo este despliegue militar, sin embargo, provoca rechazo en una amplia franja del ejército, la de los coroneles, capitanes... Conozco oficiales que dan clase en las academias de West Point y de Anápolis y que están absolutamente en contra de la política de Bush. Son gente que se sentía representada por Colin Powell, hasta que éste los decepcionó.
–Los altos oficiales del ejército de Estados Unidos suelen tener muy buena formación intelectual.
–Una de las cosas que aprendí en Bosnia (Susan Sontag vivió en Sarajevo buena parte del asedio serbio a la ciudad) fue que los militares merecenrespeto. Y es verdad que los oficiales estadounidenses tienen carreras universitarias y saben lo terrible que es la guerra. Son gente valiosa, al menos hasta que se convierten en burócratas del Pentágono y pierden contacto con la realidad. Saben mucho más que los civiles que los mandan, no son estúpidos ni sanguinarios, suelen ser personas responsables, y en muchos casos se sienten perplejos ante la situación

 

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