Néstor Kirchner puede
inaugurar una nueva etapa histórica o encerrarse en un pequeño círculo
de personas carente del suficiente roce en las grandes ligas. Puede
impulsar el "capitalismo maduro" con el que soñaba Arturo
Frondizi o disparar la catástrofe argentina. La última
Esa es la síntesis del pensamiento de Tulio Halperín Donghi, que no anda
con rodeos, sobre el Gobierno
Definido por la mayoría de sus colegas como uno de los historiadores
argentinos más prestigiosos y respetados, es un fiel exponente del
derrotero de muchos intelectuales. Tras la "noche de los bastones
largos", en julio de 1966, cuando las universidades fueron
intervenidas disparando el éxodo de centenares de académicos y científicos,
Halperín Donghi emigró a los EE.UU., donde aún vive, aunque cada año
viaja al país para visitar a familiares y dictar clases.
"El clima en la Argentina ha cambiado por completo. De ser un país
en que el horizonte llegaba hasta el día siguiente, pasó a ser un país
que ahora se arriesga a mirar un poco más hacia adelante", rescata,
a dos días de cumplir 77 años.
"Las crisis no duran eternamente, pero dejan una serie de
consecuencias. La Argentina es hoy un país más pobre de lo que ha sido
nunca. Pero al mismo tiempo hay una cierta resolución del problema político
que se daba en forma muy aguda desde fines de 2001, y esa solución, de
manera inesperada, ha reunido un consenso impresionante."
-Hace unos años marcó que no detectaba un liderazgo político
fuerte en el país. ¿Aún hoy siente esa ausencia?
-Creo que hay una tentativa de reconstruir el liderazgo, que es lo que
estamos viviendo ahora. Es, desde luego, muy complicado para el actual
Presidente, porque la misma disgregación de poder le ofrece una serie muy
grande de oportunidades. Sea la disgregación total de los partidos políticos
no peronistas, como la menos reflejada, pero también muy fuerte, del
movimiento peronista, que ha ido a una elección con tres candidatos
presidenciales por primera vez en su historia. Esto, por un lado, es una
oportunidad. Estamos viviendo un momento como aquel en que surgió el
peronismo. El momento de un debilitamiento extremo del sistema político
existente. Eso crea la oportunidad para una reorganización general.
Evidentemente, el Presidente lo tiene muy en cuenta y en eso radica su
proyecto.
-¿Ve una agonía de los partidos políticos tradicionales o quizás
una oportunidad para que mejoren?
-No sé si "mejorar" sea la palabra. Lo que hemos visto hasta
ahora es un surgimiento como hongos de partidos, algunos que no querían
decir que eran partidos, como el ARI, que luego también tuvieron el final
propio de los hongos una vez que culmina el período de lluvias. Eso también
lo hemos visto con figuras que surgían en el firmamento político, que
parecían cubrirlo casi todo, y luego iban opacándose, comenzando por
Alvarez, Fernández Meijide, Carrió, López Murphy y, de una manera menos
significativa porque resultó una tentativa casi muerta al nacer, Mauricio
Macri. Todo esto muestra que cierto modo de hacer política de los
partidos se ha agotado.
-Si los partidos tradicionales entraron en el ocaso y las figuras
surgidas como outsiders al bipartidismo están en problemas, ¿qué
opciones avizora?
-Creo que eso es lo que ha visto nuestro actual Presidente: que es
necesario de alguna manera ser a la vez outsider e insider .
En este momento afronta una situación que está más cerca de la situación
del Perón de 1973 que del Perón de 1946, cuando estaba creando el
movimiento peronista.
Basta ver que su candidato a intendente de Córdoba perdió y el
candidato ganador dijo, de todos modos, que él era el verdadero candidato
del Presidente, lo que curiosamente es muy probable que sea cierto. Y eso
da a Kirchner una capacidad de maniobra muy grande, aunque necesita toda
la que pueda porque la jugada que está emprendiendo es muy, muy difícil.
-Pero salvo en Tierra del Fuego, ganaron todos los gobernadores que
se presentaron para su reelección. ¿Cómo se condice con lo que usted
calificó hace años como "la amenaza de los señores feudales"?
-Es sumamente difícil concluir con ese predominio. Los Estados
provinciales se han transformado en las fuentes de sustento de una parte
muy grande de la población de esas provincias. En estos momentos, por
ejemplo, La Rioja empieza a pagar las consecuencias de la pérdida de
influjo de Carlos Menem a nivel nacional. Si usted tiene, además, una
alta proporción de empleos públicos provinciales, entonces es muy
comprensible que la "máquina" que controla eso obtenga
victorias. Kirchner ganó así en Santa Cruz y todas las máquinas
provinciales se parecen, es decir, son más o menos corruptas y hay un
sustento de corrupción política -no diría económica- que está en la
base de todas esas máquinas.
-¿Cómo se modifica el sistema de prebendas si las nuevas figuras
políticas fracasan al enfrentarlo?
-Lo único que puede ayudar es una reactivación económica que haga
que la Casa de Gobierno de cada provincia no controle la fuente de
ingresos más importante de la población.
-Ya que citó antes a Menem, ¿rescata algo positivo de los años
90?
-Aquí hay un modelo económico que no cumplió sus propuestas, no sólo
en la Argentina. El año pasado estuve en España e hice un breve viaje a
Inglaterra. En España los ferrocarriles han sido del Estado desde que yo
recuerdo y funcionan muy bien. En Inglaterra, por el contrario, los
ferrocarriles se han privatizado y funcionan de una manera desastrosa. Si
eso es así es porque la empresa privada es ineficiente o porque las
privatizaciones de la señora Margaret Thatcher no eran demasiado
diferentes de las de Menem, no es asunto mío, pero es sólo un aspecto
del problema, que está agravado en la Argentina por la manera muy
desaprensiva en que se hicieron las privatizaciones.
-La sociedad no protestó mientras ocurrían los desfalcos...
-Creo que ligado a eso estaba también el único aspecto defendible de
la convertibilidad. La hiperinflación había dejado tal sacudón que de
alguna manera la Argentina se parecía a un miembro de Alcohólicos Anónimos.
De esa copa no podía beber ni un sorbo, nunca más. Y en eso se apoyó la
convertibilidad, aunque todo el mundo sabía que no podía durar. Eso se
sabía del mismo modo en que se sabía que salir de la convertibilidad iba
a traer lo que trajo. Creo que eso agravó los problemas, además de que
no ayudó el tufo de corrupción. Lo que ocurrió fue algo que ocurre en
estos casos: cuando se inventa una burbuja, la reacción moral ocurre
luego de que la burbuja revienta. Entonces, la reacción es devastadora.
-¿Le faltó humanismo a la década menemista?
-Creo que le faltaron muchas cosas antes de faltarle humanismo. Le faltó
un poco de vergüenza. Todavía hoy se pagan los platos rotos de esa década
y creo que se seguirán pagando por mucho tiempo. Dejando de lado la
corrupción, creo además que hay otro elemento derivado de aquellos años:
el enorme costo político de salir de la convertibilidad, que lo estamos
pagando ahora. Nadie se atrevió a emprender algo que, se sabía, en algún
momento tendría que plantearse, pero que era preferible dejar para el que
viniera después.
-En enero de 2001 usted anticipó que la convertibilidad ingresaba
en su proceso de disolución, pero que quien dijera eso sería
denostado...
-Ese fue, de hecho, el problema de la Alianza. No podía ganar diciendo
que había que salir de la convertibilidad. No hubiera ganado, sin duda,
como no obtuvo una victoria abrumadora, tampoco estaba en condiciones de
violar promesas electorales. En especial, porque el estado inmediato
posterior al de salir de la convertibilidad es el que terminó por ocurrir
y tampoco se podía utilizar el crédito externo, que durante la propia
convertibilidad se usó de una manera totalmente imprudente.
-Pasados los 90, renació la discusión sobre cuál es el rol del
Estado. ¿Percibe un cierto neokeynesianismo en ello?
-El neokeynesianismo quiere decir que en una sociedad en que la demanda
no dinamiza la economía deben inyectarse recursos para crear una nueva
demanda. Eso puede hacerse por acción del Estado o por otras vías. En
EE.UU., George W. Bush impulsa un plan neokeynesiano que consiste en bajar
los impuestos y sustituir ingresos impositivos por créditos. Lo que hay
en la Argentina me parece distinto.
Aquí se descubrió que en todas las experiencias capitalistas de la
historia el Estado tuvo funciones de regulación, de control, por lo
menos. Y también obligación de actuar en ciertos aspectos de la
seguridad social. Eso también tiene que hacerlo ahora. No importa que esté
en default o que sea un Estado en decadencia para, por ejemplo, recaudar
impuestos. Aunque hoy debe hacerlo con instrumentos que no funcionan como
deberían y que todos saben que no favorecen el crecimiento económico.
-Lo mismo que en otros ámbitos del Estado, donde los márgenes de
maniobra del Gobierno son cada día más estrechos...
-Son muy reducidos, efectivamente. Creo que al actual Gobierno se lo
acusa de funcionar sólo en busca de mantener el enorme consenso que ha
conseguido, y hay cierta conciencia de que esa estrategia es un problema.
Pero la corrupción que Kirchner ataca, aparte de ser un tema muy
taquillero, denuncia el aspecto más escandaloso de un déficit muy real y
sin el cual las cosas no pueden cambiar mucho.
-¿Pegarle al FMI revela una actitud real o sólo un afán por
sumarse a una tendencia "taquillera"?
-Para empezar, no creo que Kirchner le haya pegado demasiado al FMI.
Llevó adelante una negociación dura que hasta el momento tuvo éxito,
pero que no resuelve ningún problema de fondo. Ha saltado la primera
valla, pero los problemas ni siquiera ha comenzado a resolverlos. Además,
el Gobierno no es el único que puede criticar al FMI, y ésa es otra
ventaja para Kirchner. Los enunciados del llamado "consenso de
Washington" no son muy populares en muchos países, comenzando por
Washington. Cuando Bush le dice a Kirchner que regatee duro ante el FMI,
en parte es un gesto amistoso y en parte también tiene que ver con que el
FMI ya ha hecho observaciones al mismo gobierno de EE.UU., indicándole
que no puede seguir recurriendo como lo hace al crédito porque pone en
peligro al dólar.
-¿Piensa que Kirchner puede armar el "tercer movimiento histórico"?
-Bueno, no lo llamaría así. La "transversalidad" de la que
habla Kirchner constantemente no es una novedad. El peronismo viene
sellando alianzas desde siempre. Cuando volvió Perón en los años 70,
por ejemplo, lo hizo al frente del Frejuli, que era más que el movimiento
peronista. Y tampoco es nuevo el lanzamiento de un proyecto nacional, una
de las manías argentinas. Aquí, cada político quiere aparecer con su
propio proyecto nacional. Pero Kirchner, en el fondo, como no impulsa un
nuevo movimiento, tiene ciertas posibilidades de crearlo. Esto es algo que
el Presidente ve con gran inteligencia, aunque su concreción dependerá
de muchos factores.
¿Cómo se hizo el PAN? Se gestó cuando el general Roca eligió a una
serie de aliados que necesitaban apoyo. Pero que a la vez tenían
suficiente apoyo local como para servirle a su vez de apoyo a Roca. Y ésa
es la política que está siguiendo el Presidente, con gran audacia, al
punto que ya hizo que el peronismo perdiera la posibilidad de conquistar Río
Negro y es evidente que para la dirigencia peronista aguantar golpes como
ésos es difícil. Pero al mismo tiempo advierten que no pueden permitirse
el lujo de entrar rápidamente en disidencia con quien se ha transformado
en una figura de gravitación política.
-Citó a Roca, antes a Bush, pero Kirchner se muestra como un
exponente de la centroizquierda. ¿Es sólo marketing?
-No, creo que no, porque la política de los 90, dejando de lado el
juicio moral, es ahora totalmente imposible. En aquel tiempo sobrevivió
por el uso del crédito externo, que desde luego no está accesible para
la Argentina. A esto se suma que hay una serie de negociaciones que el
Gobierno tiene que encarar -por ejemplo, con las empresas privatizadas-
para las que ése es el único marco ideológico en el que puede
legitimarlas. El Gobierno utiliza venderse como de centroizquierda como
centro de apoyo, aunque Kirchner tiene algunas condiciones sinceras que
mantuvo durante la etapa menemista.
Ahora bien, creo que lo que más se parece al anclaje al que aspira
para la sociedad es, en el fondo, el proyecto de Frondizi, que
naturalmente no podía entonces tener éxito porque arrastraba la enorme
hipoteca de una alianza ineludible con Perón, que estaba firmemente
decidido a que no tuviera éxito, aunque de 1963 a 1975 fue el último
gran ciclo positivo en la historia económica argentina. En aquella época
aprovechamos eso para tener una de esas peleas que casi nos destruyen,
pero la gente ahora recuerda que, mientras pensaba en otros temas, vivía
mucho mejor que ahora.
-¿Cuál es entonces la figura histórica a la que cree que más se
asemeja Kirchner? ¿Alfredo Palacios? ¿Frondizi?
-La visión sobre el país de Kirchner se parece a la de Frondizi, es a
él a quien más se parece, en el sentido de que cree que la Argentina
debe ser un país capitalista maduro, aunque esa visión de ninguna manera
define al Presidente como político. Kirchner tiene una enorme ventaja:
tiene acceso al movimiento político dominante en el país en este
momento, con lo que no contaba Frondizi.
Por otra parte, hay otros elementos, como el vínculo afectivo real de
Kirchner con los 70, una experiencia que vivió de adentro y con cariño.
Eso no quiere decir que él crea que aquello tenga relevancia actual, pero
también lo diferencia de Frondizi.
-Pero Kirchner parece carecer de un Rogelio Frigerio...
-(Sonríe) Bueno, eso es una ventaja. No cuenta con nadie que tenga
sobre él aquel ascendiente que Frigerio tenía sobre Frondizi. Aquello
era muy curioso porque Frigerio, desde el punto de vista de su amplitud
mental, era mucho más limitado que Frondizi. Era un hombre formado en el
stalinismo y después fue una especie de Stalin de la universidad
nacional.
-Recordó ya los 60, los 40, los 70, los 90. Cada década ha sido
muy distinta, ¿estamos reinventándonos otra vez?
-No creo. Es la situación, que cambia y genera reacciones distintas.
La situación actual muestra, en parte, el aprendizaje a partir de
experiencias pasadas. Hay una suerte de nostalgia de la política. Es muy
curiosa, porque el año pasado no había nada de esto. Todo lo contrario.
Imperaba el "que se vayan todos" y la idea de una política
espontánea en la sociedad civil que nunca existió, pero que en un
momento de ebullición fue muy atractiva.
-¿Qué piensa al recordar el slogan "que se vayan todos"?
-Ese slogan reflejó una situación muy complicada. En el fondo,
reflejaba la nostalgia por los años 90. Se reprochaba que se hubieran
terminado, que hubiera quedado atrás la etapa en que se podía llevar dólares
al banco y cobrar intereses del 10 por ciento, lo que no ocurría en
ninguna otra parte del planeta. Cuando se descubrió que eso no podía
seguir la cólera fue enorme. Por eso la movilización de la clase media,
que derivó en el pedido para que se fueran todos.
-¿Pero cómo explica que se haya llegado al "que se queden
todos"?
-Para empezar, una de las características de la Argentina que no se
toman demasiado en cuenta es que estos movimientos no afectan a todo el país.
Sólo tienen una caja de resonancia muy fuerte en la Capital Federal y
repercuten en otros centros urbanos, pero que a otros lugares ni llegan.
Es básicamente un cambio de humor en las zonas del país donde el humor
político cambia seguido: Capital, Córdoba, Santa Fe, y zonas muy pequeñas
del conurbano.
-Lo dice por Eduardo Duhalde...
-El conurbano es devoto, está organizado por máquinas tan sólidas
como ciertas provincias. Eso se vio en la elección de Kirchner. Duhalde
impuso votar por él a los dueños de las máquinas electorales en los
distintos partidos del conurbano. Y, en el fondo, quienes definieron las
elecciones fueron esos dueños del voto.
-¿Duhalde encarnaría a Roca y Kirchner a Juárez Celman en un
nuevo unicato, con idénticos riesgos para Kirchner?
-Es un poco distinto porque si hubo un nuevo Roca, fue Menem en los 90.
Y Duhalde era el patrón de la más importante de las máquinas
electorales, aunque las dirigencias regionales peronistas no están de
ninguna manera comprometidas con Duhalde.
Es interesante ver qué ocurre en el Senado. Duhalde puede tener un
bloque muy fuerte de diputados, pero en el Senado, la orientación depende
de lo que decidan los gobernadores y en algunos casos de los senadores,
que parecen ser "empresarios independientes". Tienen una carrera
política propia que pueden manejar con cierta independencia del
gobernador.
-¿Puede Kirchner mantener el apoyo social? Cuando triunfó la
Alianza, en 1999, subrayó que si algo caracteriza a la sociedad argentina
son los "pases bruscos"...
-Kirchner es consciente de ese problema. Por eso trata de
institucionalizar su influencia y no hay elección en la que no se meta
para tratar de armar una red de apoyo: legisladores, gobernadores, etcétera.
Su política futura estará orientada por este ciclo electoral, con un
sistema mucho más duro, más estricto, de premios y castigos, con el que
intentará consolidar un esquema de alianzas que le garantice su
predominio. Kirchner tiene ahora un apoyo tan masivo que en ese aspecto
también se parece a Bush.
Sin embargo, aquí tenemos gobiernos recibidos con alborozo y después
de unos meses la gente no quiere recordar que los votó. Este Gobierno, en
primer lugar, debe enfrentar una situación muy urgente. Pero reprocharle
que no tengan un plan de largo plazo me parece que no es totalmente justo.
Es algo que Kirchner no puede permitirse el lujo de tener, aunque me
parece que él tiene una cierta idea de cómo le gustaría que fuera la
Argentina, apuntando a un país con capitalismo maduro.
-¿Cuál es el mayor riesgo que afronta Kirchner?
-(Calla unos segundos). Yo diría mejor, ¿cuál es nuestro mayor
riesgo con Kirchner? Por un lado, que le vaya mal, porque sería catastrófico
para todos. El país no está para un fracaso más. La última vez caminó
por la cornisa. Y por el otro lado, está el riesgo de que le vaya
demasiado bien. Creo que no es necesaria esta prevención, pero creo que
estamos en un momento en que puede abrirse un nuevo período histórico
largo, en el que se esté adquiriendo un perfil político para el país
que puede durar varias décadas. ¿Cuál será el perfil final del país?
Dependerá de muchas cosas. Hay muchas cosas alentadoras de Kirchner y hay
otras muchas que no me parecen tanto. Y eso es un poco lo que me preocupa
a mí y a todos.
-¿Qué percibe como más preocupante del carácter del Presidente?
-Diría que algo muy natural en alguien que ha desarrollado toda su
vida, su carrera, en un ambiente muy restringido. Su desconfianza. Algo
totalmente legítimo, porque en el mundo político, y en el movimiento
peronista en particular, todo el mundo anda con el cuchillo bajo el
poncho. Pero una desconfianza que lo lleva a funcionar de una manera muy
cerrada. Kirchner tiene confianza en muy pocas personas, y en las que
tiene les tiene mucha. Eso puede, a la larga y en algunos casos, ser malo,
porque esas personas, a su vez, tienen el mismo tipo de experiencia
limitada que Kirchner. Entonces, cuando todos ellos tienen que moverse en
un escenario tanto más grande puede haber problemas. No en las grandes
definiciones, pero sí cuando uno piensa en lo complejo, caótico y
absurdo que es la administración nacional para quienes vienen de
afuera...
Creo que ésa es una de las grandes fuerzas de Lavagna. Además de ser
un economista competente, es un hombre que conoce al dedillo las
instituciones con las que tiene que tratar, y ése es uno de los elementos
que faltan en Kirchner. Y el otro elemento preocupante son ciertas
visiones de la Argentina. Creo que la idea de una nación que tenga un
capitalismo maduro me parece muy positiva. No podemos seguir con algo que
llamarlo "capitalismo" es un exceso de cortesía, pero tampoco sé
si el Presidente percibe del todo que en este mundo, que no es de los 60,
eso que ya era muy difícil en aquellos años... ahora lo es mucho más.