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1204 - Silvina Friera -
Entrevista con la ganadora del Nobel de Literatura 2004 - "La
furia es el motor que me hace escribir"
Fue una gran sorpresa que la
Academia Sueca la eligiera. Nadie imaginaba que esa escritora vilipendiada
por la derecha austríaca sería el primer premio Nobel de Literatura de su
país y la décima mujer en ganarlo. Ni los editores, ni los críticos
literarios, ni ella misma lo esperaban. Ahora se siente amenazada y
extenuada con tanta exposición y anhela recuperar la tranquilidad. Con
Elfriede Jelinek se cumple el refrán que dice “hazte la fama y échate a
dormir”. La imagen más divulgada de la escritora y dramaturga es la de una
persona huidiza y escéptica que no soporta las multitudes desde que sufre
“fobia social”. Ella, que fue una opositora rabiosa al ascenso del
ultraderechista Jörg Haider, siente que Austria, que exportó a Hitler pero
que se presenta como una nación víctima del nazismo, le ha hecho mucho daño.
Demasiado, porque detrás de ese rostro de una belleza atípica, detrás de las
poses arrogantes en las fotos de las portadas de sus libros, detrás de esa
lengua que “llama las cosas por su nombre”, se intuye a una mujer sensible,
tímida y vulnerable. Esto es lo que demuestra en la primera entrevista que
concedió a un medio argentino. Jelinek respondió por e-mail las preguntas de
Página/12 desde su casa ubicada en una zona residencial, al pie de las
laderas de los Bosques de Viena. Confiesa que vive muy aislada, que el motor
de su escritura surge de la furia forjada por las injusticias del tipo que
sean, que a menudo se la odia (fue acusada de “traición a la patria”), que
su literatura enfurece a los austríacos y que lleva los juegos de palabras
hasta su límite más banal.
Ya lo anunció y lo reitera: el próximo viernes no viajará a Estocolmo para
recibir el máximo galardón de la literatura, pero enviará un video con su
discurso para que sea proyectado durante la ceremonia de entrega del premio.
Afortunadamente, el efecto Jelinek, que empezó en Europa –hasta fines de
noviembre, se vendieron 220.000 ejemplares de sus novelas en los países de
lengua alemana–, ha llegado a la Argentina. La editorial Destino acaba de
reeditar la novela Deseo, publicada en 1989. Si la historia de ese director
de una fábrica de papel que, atemorizado por los efectos del sida, regresa
al cuerpo de su esposa porque ya no se anima a frecuentar a las prostitutas,
provocó un notable escándalo, no faltará algún puritano argentino al que se
le erice la piel por el lenguaje crudo y el elevado tono erótico con el que
la austríaca desmonta los diferentes mecanismos de dominación en el seno de
la pareja. Asqueada del sometimiento sexual de su marido, Gerti encontrará
en un hombre más joven a un nuevo verdugo (ver aparte). Esta novela, en la
que la autora despotrica contra la supuesta liberación sexual, ha sido
comparada con Historia del ojo, de George Bataille, por la acidez de su
prosa.
Pero la seguidilla de obras de Jelinek continuará en plena temporada
estival. En enero reaparecerá una de sus novelas más autobiográficas: La
pianista, que tuvo una versión cinematográfica dirigida por Michael Haneke.
Y para marzo reeditarán Los excluidos. “Yo escribía de niña –cuenta Jelinek–,
aunque la primera vez que lo hice en serio fue cerca de los 20. A partir de
ese momento no escribí más que poesía durante uno o dos años, hasta que
empecé con la prosa y nunca más volví a escribir poemas.”
–¿Su escritura nace de la furia?
–La furia es mi motor, sin duda. La furia forjada por las injusticias, del
tipo que sean. Por el sistema de valores machista, patriarcal o por las
injusticias políticas y sociales en general.
–Algunos críticos han señalado que su literatura se relaciona con la
tradición de Thomas Bernhard, Karl Kraus o Elías Canetti. ¿Reconoce estas
influencias?
–Mis referentes son autoras y autores que supieron conjugar la crítica de la
sociedad con la crítica del lenguaje, en la tradición filosófica del primer
Wittgenstein; me refiero a autores como Karl Kraus o Marieluise Flei.er;
Canetti no tanto, porque hace un uso más bien tradicional del lenguaje. La
escuela de poetas de Viena, en los años ’50, fue sumamente decisiva para mí
porque recuperó la tradición de experimentación lingüística que había sido
interrumpida durante el nazismo. También Robert Walser y Kafka son muy
importantes.
–Usted suele denunciar la persistencia del nazismo en la sociedad austríaca.
¿En qué aspectos se da esta permanencia?
–Lo que me interesa por sobre todas las cosas es la crítica del lenguaje, y
además mi método de escritura tiene que ver fundamentalmente con la música
del lenguaje; trabajo con la acústica, con el sonido de las palabras, y
juego con eso; llevo los juegos de palabras hasta su límite más banal, al
que no le rehúyo para nada. En este sentido es que también me interesa
fundamentalmente la persistencia del fascismo en la mitología trivial, es
decir, sus huellas reflejadas en series banales como las telecomedias
familiares o en la literatura ligera. También por eso escribí Burgtheater,
mi obra sobre una dinastía de actores que se mantienen muy activos durante
el nazismo, que incluso participan en películas propagandísticas y que, una
vez terminada la guerra, persisten y pueden seguir trabajando como si nada
hubiera pasado.
–En ciertos sectores políticos y culturales de Viena usted genera
resistencias. ¿Por qué continúa viviendo en Austria a pesar de todo?
–Vivo muy aislada y, en realidad, sólo me interesa participar del discurso
público cuando siento que no me queda otra alternativa, cuando me veo
obligada. Austria es muy lindo, como país, en Viena me siento en casa, es mi
ciudad, una ciudad tradicionalmente “roja”, por cierto. Pero también podría
vivir en cualquier otro lugar. Lamentablemente me cuesta mucho viajar, no
puedo cambiar de lugar fácilmente, entonces no me queda más remedio que
seguir viviendo en Austria, y en Munich, donde vive mi esposo.
–Los jóvenes, en general, recibieron con satisfacción que usted haya ganado
el premio Nobel. ¿A qué responde que su obra tenga una mejor recepción o
comprensión entre la juventud?
–No lo sé. Lo único que sé es que a menudo se me odia, que mi literatura
enfurece, no sé exactamente a qué se debe esto. Y desde luego que me alegra
sobremanera cuando los más jóvenes me leen. A veces pienso que la primera
etapa crítica de mi escritura quedó superada, acaso reemplazada por la
música, que de hecho es básicamente lo que los jóvenes escuchan.
–¿Qué diferencia a la literatura austríaca de la alemana?
–La literatura austríaca proviene de una tradición completamente distinta,
es una literatura que se ha centrado siempre en el lenguaje. En Austria se
ha reconocido la fragilidad o el carácter quebradizo del suelo lingüístico
–si se quiere usar esta imagen–, mucho más que en la literatura alemana, que
proviene de una tradición más bien narrativa. En Austria siempre se ha
intentado crear un nuevo lenguaje para cada nuevo contenido. Karl Kraus y
otros fueron precoces en entender que el pensamiento es el lenguaje y
viceversa. Quien no pueda pensar en forma precisa, tampoco podrá expresar
algo o escribir en forma precisa. Los contenidos sólo se materializan a
través del lenguaje. Esta fragilidad de la realidad no se observa de la
misma manera en la literatura alemana.
–La pianista y Los excluidos se publicarán en Buenos Aires. ¿Cómo las ubica
dentro de su obra?
–Son las más “realistas”, las que están narradas en forma más tradicional,
las que todavía son posibles traducir. Mis obras posteriores presentan
grandes dificultades para la traducción porque juego con el lenguaje de tal
manera que, a la hora de traducir, el traductor o la traductora debe poder
reproducir esos mismos juegos de palabras en la lengua de llegada. Esto
supone todo un trabajo de creación literaria quedebería ser encarado por
verdaderos escritores, porque va más allá de la simple traducción. Sería
como re-escribir la obra literaria.
–¿Cómo se siente ante la etiqueta de “escritora feminista”?
–Sí, soy una feminista. No creo que cualquier mujer capaz de pensar pueda
ser otra cosa que una feminista. La lucha no es un mero combate contra la
supremacía masculina y contra la negativa del hombre a dejar que la mujer
participe de la vida pública, como debería ser, sino que es una lucha contra
todo un sistema de valores patriarcal, al cual también yo estoy sometida,
aun cuando de alguna manera haya podido “imponerme” y ganar premios. En la
sociedad patriarcal es el hombre quien tiene el poder de juzgar, y la mujer
debe doblegarse ante su juicio porque no ha podido instalar su propio
sistema de valores. Sin embargo, el hombre también paga un precio, porque en
la casa, en la esfera privada, muchas veces se debe sentir terriblemente
subordinado. Y la causa de todo esto se remonta a la negativa de los
patriarcas a compartir con la mujer el poder en la esfera pública, el poder
hacia fuera, a eso me refiero.
–¿Está escribiendo actualmente?
–Próximamente se publicará mi libro sobre la segunda guerra en Irak,
Bambiland. Además estoy traduciendo junto con una amiga un libro de Oscar
Wilde, algo que me divierte muchísimo. An Ideal Husband ya es más una obra
de Jelinek que de Wilde. ¡Espero que él no se retuerza en la tumba por eso!
* Traducción: Carla Imbrogno (Instituto Goethe). |
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