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1204 - Clarín - Claudia Selser -
Todavía no es profeta en su tierra. Pero se trata de
uno de los pintores argentinos vivos más cotizados. Ningún cuadro suyo se
vende en Europa por menos de 300 mil dólares. Usa chaqueta militar, tiene
una Ferrari amarilla y atiende clientes en un castillo de Irlanda
El toque esnob lo da la chaqueta azul de brigadier, los zapatos afilados de
víbora pitón que rematan en una punta cuadrada, y esa remera con las caras
de Mosca y Smith, los dos policías de la TV local que prometen traer orden
al país. Tiene un aire adolescente y de cerca uno espera que hable algún
idioma nórdico. Pero Helmut Ditsch -de él se trata- habla con la che bien
porteña y un tono alemanado, producto de un bilingüismo de cuna que le
dejaron sus ancestros europeos. No tiene nada de presuntuoso sino una
timidez que lo hizo introvertido. Hasta que se fue del país en 1988, a los
26 años, buscando que en Europa tomaran su trabajo en serio.
Y no le fue nada mal. Es cierto que en la Argentina su nombre todavía no le
dice mucho al gran público. Como sea, Helmut Ditsch es uno de los pintores
argentinos vivos más cotizados del mundo: los glaciares y desiertos gigantes
que pinta en murales, después de explorarlos in situ durante semanas, se
venden en Austria y otros países de Europa a no menos de 300 mil dólares.
Así las cosas, parece un signo de modestia que vista esa chaqueta azul de
brigadier o de capitán Nemo sin su Poseidón que, según dice con orgullo,
está diseñada por él mismo sobre un modelo de Hugo Boss. El mismo le agregó
las jinetas doradas, cuatro en las mangas sobre cada puño, porque cree que
"los artistas son las verdaderas autoridades de una sociedad; son los
realmente indispensables".
Su única obra en la Argentina cubre casi enteramente la pared del estudio de
los publicistas Agulla & Baccetti, famosos por su campaña Dicen que soy
aburrido para Fernando de la Rúa. La pintura en cuestión se llama Los hielos
y tiene 7 metros de largo por 1,20 de ancho y si no fuera porque él lo
niega, bien podría ser la fotografía de un paisaje de belleza panorámica.
"Yo no pinto el paisaje. No es un foto retrato porque no me baso en una
fotografía para crear una obra sino en la experiencia de estar ahí. Necesito
captar el aura del lugar; descubrir que cada punto del planeta es un punto
activo y distinto. Yo pinto una esencia que está adentro y para eso viajo en
expedición. Para pintar los glaciares tuve que aprender las técnicas de
escalada, especialmente en hielo, y pude subir a 1.800 metros y entrar en
otro planeta, un planeta blanco. El glaciar Perito Moreno, por ejemplo, cada
vez que voy tiene otra cara, tiene otro ritmo.
Aprendí a escalar a los 23 años, con mi hermano, cargando el equipo de una
expedición que trepó el Aconcagua", relata.
Empezó por los glaciares y siguió con los desiertos y los mares, tratando de
terminar (calcula para dentro de cuatro años) su monografía sobre los cuatro
grandes temas naturales: desierto, hielos, montañas y mares; a los que pinta
en dimensiones murales desde hace mucho y que comenzó a esbozar en su mente
cuando tenía siete años y murió su madre.
¿Cuál sería la relación entre pintar las montañas y los desiertos y la
muerte de su madre?
En mi familia no había artistas y yo pinté desde muy niño, pero creo que mi
tema con la naturaleza comenzó cuando le pregunté a mi papá, a los siete
años, dónde estaba mi mamá, que acababa de morir de cáncer. Y mi padre me
dijo algo que me quedó para siempre. Me dijo que mamá ahora era parte de la
naturaleza, que estaba en las flores, en las montañas, en los árboles. No
entró en esa personificación de que estaba con Dios o en el Cielo, que
podría haber sido el camino directo para tranquilizarme a mí y a mis
hermanos de 6 y 3 años. No. Lo que me dijo generó un gran movimiento dentro
de mí, que aún le agradezco.
Cruzar el charco
El gran salto fue en 1988 cuando a los 26 años, y después de rebotar con
críticos y galeristas que no congeniaban con sus pinturas, Helmut Ditsch se
sobrepuso a la pereza de su signo y decidió aprovechar el bilingüismo de
cuna para viajar a Europa. Con abuelos paternos austriacos, llegar a Viena y
moverse como un nacional fue una misma cosa.
¿Cómo decidiste irte?
Yo pintaba todos los días en mi cuarto, en Villa Ballester, en un atelier
improvisado lleno de telas. Estaba mal porque sentía que, si bien tenía que
formarme, lo mío no pasaba por ir a una academia de arte. No sabía por qué,
pero tenía necesidad de trepar a una montaña y finalmente lo hice.
Cuando subí por primera vez al Aconcagua me sentí en equilibrio, rico y
poderoso, y descubrí además todo el proceso observador del artista, el por
qué de estos fenómenos de luz sobre la roca. Helmut viajó con lo que tenía
en el bolsillo. Con la venta de su moto -su única posesión-y un puñado de
ahorros juntó lo suficiente para el pasaje y dos meses de alquiler y partió.
Se anotó en la Academia de Arte de Viena porque era la única forma de
acceder a un atelier gratis para él solo, pero para esto tuvo que pasar por
un examen que aprobaron 50 de 500 aspirantes. Vivía solo, pintaba y vendía
sus obras para poder seguir pintando y sobrevivir. Hace poco su esposa
encontró una lista manuscrita de Helmut con lo que podía consumir cada día
para no sobrepasar el magro presupuesto: "Era increíble. Tomaba mate porque
me ayudaba a matar el hambre durante el día y a la noche podía consumir un
litro de leche y un kilo de papas. Y eso no podía costar más de 37 chelines
porque si no, no llegaba a fin de mes. Debía pagar un alquiler y tenía claro
que no iba a trabajar en otra cosa que no fuera pintar. Y fue muy sano: a
mis colegas los bancaban sus padres y eso no los ayudaba a salir a la calle
y presentarse en público, enfrentar comentarios de los críticos, tasar la
obra, discutir precios. Porque el mercado del arte es un comercio. La obra
se cotiza según la oferta y la demanda, de acuerdo al precio por centímetro
cuadrado o por la etapa del pintor", dice.
¿Cuál es la diferencia entre pintar y ser un artista?
Para ser un artista no alcanza con ser un virtuoso del dibujo sino también
del sentido estético, y que la obra tenga la magia necesaria para ser
independiente y convertirse en un lenguaje universal.
Cuando descubrí que no hacía sólo pintura sino arte, yo destruí 30 trabajos
que no me parecieron suficientemente buenos... Y bueno, de pronto se dio. Ya
había estado dos años en la Academia de Viena y no hacía más que trabajar.
Pero creo que siempre tuve un ángel de la guarda -tal vez sea mi madre- y
eso fue lo que me ayudó a que de pronto aumentara la demanda de mis cuadros.
Y yo empecé a duplicar los precios para que mis cuadros no se fueran tan
rápido. De 1.000 pasé a cobrar 2.000 dólares, de 2.000 a 4.000 y después
comencé a pedir 10.000.
Y cuando cotizaba en ese precio, allá por 1995, tuve mi golpe de suerte:
gané un concurso muy importante, organizado por el Banco Central de Austria
para pintar una obra para su nuevo edificio. Como entre los artistas
invitados al concurso era requisito que hubiera uno joven, me incluyeron y
concursé con nueve pintores consagrados. Era la primera vez que yo pintaba
en gran formato y estaba nerviosísimo, pero me eligieron. Todos los
directores del Museo vinieron a mi casa y me hicieron el juicio final para
tasar mi obra. Incluso llamaron a Klaus Schroeder, el director del Albertina,
uno de los museos más importantes del mundo y el tipo al que más temía. Con
mi mujer nos rompimos la cabeza durante una semana pensando cuánto podíamos
pedir, si 80 mil o 100 mil dólares, pero preferimos no decir nada porque
temimos que fuera demasiado. Pero después vinieron con la tasación y dijeron
que, por no ser conocido, porque sos joven y recién empezás, calculamos
pedirle al Banco por tu pintura entre 450.000 y 500.000 dólares. Yo quedé en
estado de shock.
Después vino la pulseada con los directivos del Banco que terminaron
pagándome los 300.000 que me habían ofrecido originalmente, porque se
suponía que yo debía regatear y no pude."
Oleos y endorfinas
Helmut conoció a Marion, su mujer, en la calle. Era 1992 y cuando la vio
tuvo un impulso que cree que vino de arriba. Entonces encaró a esa chica
alemana que por entonces estaba terminando el secundario. "No sabía qué
decirle y entonces le hice el cuento del artista, que quería pintarla pero
que al día siguiente me iba a escalar el Aconcagua y que para comprobar que
no le mentía fuera al Museo Belvedere, que allí había obra mía. Le di mi
tarjeta y cuando volví nos encontramos y ya no nos separamos más. Yo tenía
29 y ella 19. Sigue siendo mi mano derecha, la que organiza todas mis cosas
y coordina a mi equipo de asistentes para que yo no me preocupe más que por
pintar."
Ditsch reparte hoy su tiempo entre sus atelieres de Viena e Irlanda, cosecha
y dilapida fortunas, vive en un castillo y tiene una Ferrari amarillo
rabioso. El dice que no es por snobismo. Que cuando no está en el corazón de
la naturaleza -donde no necesita absolutamente nada para estar en
equilibrio- sino en la civilización, necesita estar rodeado por cosas
bellas, por arte.
¿La Ferrari es arte?
La compré por el diseño para ponerla en el atelier, amarilla para que sea
complementaria con el azul que constantemente estoy viendo con mis montañas.
¿Por qué? ¿Sos de Boca?
Forzosamente tuve que ser de Boca. Fue dictadura familiar: en casa hasta el
perro era de Boca. Y la Ferrari la compré para no usarla, porque era muy
cara, pero terminé haciéndole miles de Km.
¿El castillo en Irlanda también fue un antojo?
Sí, pero el castillo lo alquilé, no lo compré. Carísimo. No quiero pensar.
La idea era llevar allí a los amigos, a los coleccionistas porque yo hago mi
carrera en forma alternativa: no tengo el camino normal de tener galerías y
yo pintar en un cuartito, y tener después un galerista. No. Yo estoy ahí y
necesito que el receptor esté en contacto directo conmigo, por eso le
ofrezco algo: el castillo.
¿Cómo trabajás?
Cada dos semanas tengo un período de 40 horas seguidas de pintar sin parar,
encerrado y sin que nadie me interrumpa. No duermo y después de las primeras
doce horas, ayuno. Sólo tomo agua y té. Y con la misma concentración y el
ayuno, y una especie de meditación, entro en trance. Porque el cuerpo
empieza a generar endorfinas, como les pasa a los deportistas que corren una
maratón.
Durante ese lapso puedo ser enormemente productivo: las endorfinas controlan
al cerebro de forma tal que ya la mente no puede meterse a controlar al
artista a través del hambre, de la sed, del sueño. Ahí nadie puede
interrumpirme. Si llegaran a entrar cuando estoy en ese estado, me daría un
síncope. Por eso en Dublin estoy totalmente solo. Todo lo que necesito lo
pido y llega por Internet y lo organiza mi esposa como delivery.
¿A tu mujer le hiciste el retrato?
No. Lo voy a tener que hacer sí o sí. Será dentro de cuatro años, cuando
termine de pintar los mares y cierre los grandes temas de la naturaleza y
empiece con la figura humana, que también es parte de la naturaleza.
En 2001, unos 120 mil argentinos vieron diez de tus obras en el Museo de
Bellas Artes en Buenos Aires. ¿Cómo te tratan ahora aquí los críticos y los
colegas?
Muy bien. Supongo que es también porque no le quito el lugar a nadie.
¿Razones? Porque no estoy en los lobbies de las galerías, porque mi
producción es muy limitada y está muy sobrevendida.
Tengo siempre un año de pedidos: me piden que les pinte algo y me dejan
decidir qué quiero hacer.
Incluso de las 300 obras que vendí en Austria, las más importantes están en
manos estatales.
¿Qué le dirías a los jóvenes a partir de tu experiencia?
Yo jamás podría ser profesor pero si estuviera delante de jóvenes les diría:
"No tengan tanto respeto por los profesores o por los que supuestamente
están más allá.
Escuchen lo que tienen dentro y hagan sólo lo que sientan que tienen que
hacer. Sólo miren de tanto en tanto hacia la izquierda y hacia la derecha
para ver lo que está haciendo su misma generación Mirar dentro de uno y
respetárselo: ése es el camino del artista |
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Helmut Ditsch
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