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A casi cien años de su nacimiento, el ganador del Premio Cervantes y entre
los más grandes literatos, musicólogos e intelectuales cubanos e
hispanoamericanos, vive en la plenitud de su obra, no siempre bien
entendida. Esta entrevista imaginaria puede ser la prueba de que también
puede sentirse como alguien familiar, cercano, cuya savia no debe ignorar
ningún cubano
Alejo Carpentier llegó tarde a mi vida. Confieso que en el librero de
mi casa estaban algunos de sus famosos títulos. Mi madre se había preocupado
por dotarnos de buena, regular y mala literatura. Y entre tantos volúmenes,
los suyos permanecían cubiertos de polvo. Tan grande era su fama de escritor
“denso”, de lenguaje “rebuscado”, que no pude superar mi condición de
adolescente que rehuía todo lo que oliera a lectura difícil.
Así que tuvieron que pasar los años para que descubriera al autor de tantos
libros imprescindibles e ilustres, al musicólogo e investigador, al
Encargado de Asuntos Culturales de la Embajada de Cuba en Francia, al
notable intelectual que en los primeros años de la Revolución fue
vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura, director de la Editorial
Nacional de Cuba, vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de
Cuba, catedrático de la Universidad de La Habana, presidente de una Comisión
de la UNESCO...
Esta es la entrevista que quizás me hubiese gustado hacerle al genio que
decía se sentía siempre impresionado por la sencilla belleza de una frase de
Montaigne: “No hay mejor destino para el hombre que el desempeñar cabalmente
su oficio de Hombre”. Y es curioso, porque Carpentier siempre trató de
desempeñar —y lo logró— ese oficio lo mejor posible. “En eso estoy y en eso
seguiré, en el seno de una Revolución que me hizo encontrarme a mí mismo en
el contexto de un pueblo”, expresó una vez. “Para mí terminaron los tiempos
de la soledad; empezaron los tiempos de la solidaridad”.
—¿Cómo fue su infancia?
—Pasé mi infancia y parte de mi adolescencia en el campo de Cuba, yendo muy
de tarde en tarde a La Habana para proveerme de libros. Fuera de jinetear
caballos durante varias horas al día, de nadar en los ríos y de jugar un
poco al baseball (se me tenía por un buen short-stop), me entregué desde muy
niño a vastas lecturas orientadas por mi padre, quien me enseñó a leer con
un criterio crítico, analizando los textos y comparando, a veces, las
distintas versiones de una misma obra. Las notas que comencé a redactar muy
tempranamente al margen de mis lecturas me hicieron adquirir el hábito de
escribir. Creo que mi primera “producción” fue un pequeño ensayo escrito, a
la edad de trece años, sobre la vida de Licurgo de Plutarco.
—¿Qué condujo a escribir a Alejo Carpentier?
—Aunque mi formación fue más musical que literaria, me he decidido, sin
embargo, a escribir por una necesidad que respondía, sin duda, a una
vocación más profunda. A la vez que me interesaba por el estudio del
contrapunto y de la fuga, de una manera totalmente objetiva (al igual que me
interesaba en la arquitectura, ya que soy hijo de un arquitecto), la
literatura me apasionaba por otras razones... Desde mi adolescencia, siempre
he tenido la sensación muy clara de que América Latina brindaba realidades
nuevas, temas nuevos —conflictos, problemas, valores— que reclamaban la
presencia del novelista. Estoy convencido de que en América Latina la novela
responde a una necesidad, y de que no se trata tanto de que se realice en el
plano de una estética literaria cualquiera, sino más bien de que cumpla una
tarea de fijación. La novela sudamericana tiene todo un mundo por revelar.
—¿Cuándo vio publicado su primer cuento?
—En 1923, en una revista literaria. Tenía yo 18 años. Lo leí y releí varias
veces maravillado por el hallazgo de la letra de molde. Pero, de pronto
—¡Horror!—, descubrí que el titulista se había equivocado. El cuento se
titulaba El obseso, y me lo habían titulado El obeso. Hoy no daría mayor
importancia a una errata de esta índole. Pero a la edad de 18 años, era cosa
de enfermarse.
—¿Cómo hace para escribir sus novelas, ensayos, críticas?
—Consagro varias horas todos los días al trabajo literario. No me jacto por
ello de ser un gran trabajador. Por lo mismo que conozco demasiado mi
proclividad a la holganza, la combato mediante el hábito de escribir
regularmente. Cuando no tengo obra alguna en camino, tomo notas, preparo
algún material futuro, trazo planos de composición que casi siempre me
resultan utilizables. Creo que tales trabajos previos facilitan la tarea del
escritor, a la hora de un texto.
—¿Cómo descubrir un buen libro?
—Un libro debe ser una construcción equilibrada. Toda gran obra literaria es
una construcción equilibrada, bien por el equilibrio de sus partes, bien por
la subordinación de esas partes a la permanencia de un motivo central. La
disciplina formal y el estilo son consustanciales. Lo primero que llama la
atención en las novelas mediocres es la ausencia de forma, con sus funestas
secuelas: diálogos gratuitos, disquisiciones inútiles, descripciones
embrionarias o, por el contrario, demasiado prolijas. En suma: verborrea
capaz de acallar el contenido más generoso... o bien intencionado. El
escritor de raza se reconoce en el hecho de que se impone disciplinas.
—No pocas veces se ha dicho que en sus obras la forma está muy por encima
del contenido...
—Sé que se ha objetado a mis libros que más se advierte en ellos
preocupación por la forma, que por el contenido. Será, acaso, porque algunos
no hallaron en ellos la moraleja que esperaban hallar. Pero, en fin... y sin
querer pecar de inmodesto, hay un hecho cierto: de Los pasos perdidos
existen, hasta la fecha, las siguientes ediciones: española (agotada),
norteamericana, canadiense, inglesa (cinco ediciones agotadas en el mes de
noviembre de 1956), francesa (premio del mejor libro extranjero para el año
1956), noruega, danesa, finlandesa, alemana, italiana y yugoslava... De El
reino de este mundo existen las siguientes ediciones: española; francesa
(señalada como el mejor libro del mes de agosto de 1955 por la Sociedad de
Lectores de Francia, y como uno de los veinticinco mejores libros del año
1955 por los miembros de un Jurado reunido por la agencia France-Express de
París); edición norteamericana, con un extraordinario éxito de crítica;
ediciones sueca y danesa... Debo señalar el sonado éxito logrado por Los
pasos perdidos en Dinamarca y ¡en Marruecos!...
“¿Cree usted, sinceramente, que unos libros totalmente exentos de contenido
—meramente formales— hubieran alcanzado a un público tan vasto y tan
diverso?... Me parece que ciertas evidencias hablan por sí solas”.
—Usted colaboró con muchos compositores de su época...
—En ese terreno puedo decir que he batido un verdadero récord. Mi lista
comprende: dos ballets con Amadeo Roldán; tres poemas y una ópera bufa con
Alejandro García Caturla; una ópera con Edgar Varèse; diez poemas, dos
óperas bufas y una cantata con Marius François Gaillard; cuatro “poemas
cinematográficos” con Heitor Villa-Lobos; traducciones de cantos folklóricos
eslavos, hechos para Arthur Lourié; cuatro poemas con Pierre Vellones...
—Desde Francia regresó a Cuba por seis años, en 1939, después de ser
encarcelado aquí en 1927. Tenía entonces 23 años. Luego viajó a Venezuela
para organizar una estación de radio. Allá escribió tres de sus novelas y la
mayor parte de El siglo de las luces. ¿Qué lo hizo abandonar ese status?
—Dejé Venezuela en 1959, porque había triunfado la Revolución en Cuba; fui a
ponerme a las órdenes del Gobierno Revolucionario. Si hubiera seguido el
tipo de gobierno y de vida que había en Cuba, no lo hubiera hecho; porque,
francamente, yo deseaba para mi país una transformación. Esa transformación
llegó y me puse decididamente al servicio de ella. Lo digo sinceramente. Soy
cubano, yo quería otra Cuba y esa otra Cuba es la que llevo...
“La Revolución cubana ha sido la materialización en hechos, en
realizaciones, en historia, de los ideales de quien, adolescente, tuvo la
suerte de ser amigo de Rubén Martínez Villena, de Julio Antonio Mella,
iniciándose tempranamente en el conocimiento de José Martí a través de los
escritos, comentarios, palabras, de Juan Marinello, quien desde los días del
Grupo Minorista había centrado su devoción en la obra de quien en Nuestra
América había anunciado un futuro hoy cumplido... Antes de la Revolución
cubana andaba yo como desnortado, profundamente adolorido y afectado por los
lamentables espectáculos que nos ofrecía el panorama de la república
mediatizada...
“La Revolución cubana ha dado un sentido a mi existencia, como hombre, como
intelectual, como escritor... Ella me ha confiado tareas donde se ha
estimado que mis capacidades pudiesen ser de alguna utilidad... Y en ello,
he tratado de ser útil en cuanto me fuese posible. Hoy sé hacia donde voy...
Por ello estoy profundamente agradecido a quienes forjaron esta Revolución,
a quienes nos dieron el orgullo de ser cubanos
—sin olvidar el sacrificio de quienes cayeron por lograr este ideal. En
cuanto a mí, trataré, en mi obra inmediata de reflejar un proceso histórico
que me llevó a tomar conciencia de mí mismo y a saber que realizando mi
labor no solo trabajo para mí, sino que trabajo para los demás... Y creo que
la toma de conciencia de sí mismo en función de un contexto colectivo es el
más alto propósito que pueda fijarse el hombre en cualquier momento de su
existencia”.
—¿Algunos auguran la destrucción de la Revolución cubana? ¿Usted qué
cree?
—Yo no puedo adelantarme a ciertos hechos brutales que podrían cometerse
contra Cuba. Pero la Revolución cubana no será destruida, porque corresponde
a un determinismo histórico. Tenía que haber sucedido, sucedió y responde de
tal manera a una aspiración colectiva, a un anhelo del pueblo, que tiene una
gran fortaleza.
—¿Qué opinión le merecen los intelectuales que haciéndose pasar por
amigos de Cuba, critican la Revolución?
—Estamos cansados de aquellos que, jactándose de ser amigos entusiastas de
la Revolución cubana y habiéndose paseado por nuestro país, de playa a
playa, de mares a mares, sin haber visitado acaso sus hospitales, ni sus
escuelas, ni sus campos de cultivo; sin saber nada de su historia, sin ser
capaces siquiera de citar correctamente una frase, o un verso de José Martí,
se erigen de repente en jueces de la Revolución cubana, en críticos de la
Revolución cubana, sin otra autoridad para ello que la de escribir bien,
pintar bien, o de expresarse brillantemente en el papel. La percepción del
público actual se endurece, se afina. Hoy no se puede escribir mal, ni
pintar mal. Hay que estar más allá. Hay que integrarse en el gran movimiento
del mundo moderno, que es revolucionario en su verdad, transcurso y esencia.
Por ello niego a algunos dudosos “amigos de la Revolución cubana” la
facultad de plantearse en jueces y críticos de sus decisiones.
—¿Qué atributos aplaude de los hombres?
—La bondad, la tolerancia, el entendimiento de lo ajeno. No puedo aceptar la
suficiencia de aquellos que, por pertenecer a una secta religiosa, política
o esotérica, se creen en posesión de la verdad. Toda afirmación harto
categórica me coloca, por temperamento, en una actitud de desconfianza. Nada
me parece tan interesante, en cambio, como el examen de las ideas opuestas a
las nuestras. Me aterran los individuos que se creen autorizados a sentarse
a la derecha de Dios para juzgar a sus semejantes.
—¿Algún consejo para los jóvenes escritores?
—Que prueben todos los géneros literarios para eliminar aquellos que no les
resulten adecuados. Hay quien quiere hacer prosa y verso, y solo puede
ofrecer calidad en uno de esos dos géneros. O, quien se empeña en ser
novelista pudiendo ser, sin embargo, un buen autor teatral. Recuerdo que, en
cierta ocasión, me dio por creerme humorista hasta que me di cuenta de que
no tenía aptitudes para eso. Traté también de hacer poesías, sin resultado.
No tenía el soplo poético, ese no era mi mundo. Mi mejor consejo a los
jóvenes escritores es que trabajen mucho. El oficio de escribir se aprende
escribiendo.
—¿Ha pensado alguna vez dejar de escribir?
—Le contestaré a esa pregunta con una frase admirable de Hermann Melville:
“Mientras queda algo por decir, nada se ha dicho aún”. (José Luis Estrada
Betancourt)
Nota: Esta entrevista fue conformada con fragmentos del libro
Entrevistas. Alejo Carpentier, de la Editorial Letras Cubanas. |
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