Reportajes y Entrevistas
Alejo Carpentier

Otras entrevistas
Daniel Barenboim
Noam Chomsky


Literatura

Busca aquí
monografías y textos
sobre otros temas

Glosarios
Biografías
Libros en línea

Alejo Carpentier Vida y Obra

Entrevistas José Saramago - Juan José Saer - Guillermo Cabrera Infante

A casi cien años de su nacimiento, el ganador del Premio Cervantes y entre los más grandes literatos, musicólogos e intelectuales cubanos e hispanoamericanos, vive en la plenitud de su obra, no siempre bien entendida. Esta entrevista imaginaria puede ser la prueba de que también puede sentirse como alguien familiar, cercano, cuya savia no debe ignorar ningún cubano

Alejo Carpentier llegó tarde a mi vida. Confieso que en el librero de mi casa estaban algunos de sus famosos títulos. Mi madre se había preocupado por dotarnos de buena, regular y mala literatura. Y entre tantos volúmenes, los suyos permanecían cubiertos de polvo. Tan grande era su fama de escritor “denso”, de lenguaje “rebuscado”, que no pude superar mi condición de adolescente que rehuía todo lo que oliera a lectura difícil.

Así que tuvieron que pasar los años para que descubriera al autor de tantos libros imprescindibles e ilustres, al musicólogo e investigador, al Encargado de Asuntos Culturales de la Embajada de Cuba en Francia, al notable intelectual que en los primeros años de la Revolución fue vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura, director de la Editorial Nacional de Cuba, vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, catedrático de la Universidad de La Habana, presidente de una Comisión de la UNESCO...

Esta es la entrevista que quizás me hubiese gustado hacerle al genio que decía se sentía siempre impresionado por la sencilla belleza de una frase de Montaigne: “No hay mejor destino para el hombre que el desempeñar cabalmente su oficio de Hombre”. Y es curioso, porque Carpentier siempre trató de desempeñar —y lo logró— ese oficio lo mejor posible. “En eso estoy y en eso seguiré, en el seno de una Revolución que me hizo encontrarme a mí mismo en el contexto de un pueblo”, expresó una vez. “Para mí terminaron los tiempos de la soledad; empezaron los tiempos de la solidaridad”. 

—¿Cómo fue su infancia? 

—Pasé mi infancia y parte de mi adolescencia en el campo de Cuba, yendo muy de tarde en tarde a La Habana para proveerme de libros. Fuera de jinetear caballos durante varias horas al día, de nadar en los ríos y de jugar un poco al baseball (se me tenía por un buen short-stop), me entregué desde muy niño a vastas lecturas orientadas por mi padre, quien me enseñó a leer con un criterio crítico, analizando los textos y comparando, a veces, las distintas versiones de una misma obra. Las notas que comencé a redactar muy tempranamente al margen de mis lecturas me hicieron adquirir el hábito de escribir. Creo que mi primera “producción” fue un pequeño ensayo escrito, a la edad de trece años, sobre la vida de Licurgo de Plutarco.

—¿Qué condujo a escribir a Alejo Carpentier? 

—Aunque mi formación fue más musical que literaria, me he decidido, sin embargo, a escribir por una necesidad que respondía, sin duda, a una vocación más profunda. A la vez que me interesaba por el estudio del contrapunto y de la fuga, de una manera totalmente objetiva (al igual que me interesaba en la arquitectura, ya que soy hijo de un arquitecto), la literatura me apasionaba por otras razones... Desde mi adolescencia, siempre he tenido la sensación muy clara de que América Latina brindaba realidades nuevas, temas nuevos —conflictos, problemas, valores— que reclamaban la presencia del novelista. Estoy convencido de que en América Latina la novela responde a una necesidad, y de que no se trata tanto de que se realice en el plano de una estética literaria cualquiera, sino más bien de que cumpla una tarea de fijación. La novela sudamericana tiene todo un mundo por revelar. 

—¿Cuándo vio publicado su primer cuento? 

—En 1923, en una revista literaria. Tenía yo 18 años. Lo leí y releí varias veces maravillado por el hallazgo de la letra de molde. Pero, de pronto —¡Horror!—, descubrí que el titulista se había equivocado. El cuento se titulaba El obseso, y me lo habían titulado El obeso. Hoy no daría mayor importancia a una errata de esta índole. Pero a la edad de 18 años, era cosa de enfermarse.

—¿Cómo hace para escribir sus novelas, ensayos, críticas? 

—Consagro varias horas todos los días al trabajo literario. No me jacto por ello de ser un gran trabajador. Por lo mismo que conozco demasiado mi proclividad a la holganza, la combato mediante el hábito de escribir regularmente. Cuando no tengo obra alguna en camino, tomo notas, preparo algún material futuro, trazo planos de composición que casi siempre me resultan utilizables. Creo que tales trabajos previos facilitan la tarea del escritor, a la hora de un texto. 

—¿Cómo descubrir un buen libro?

—Un libro debe ser una construcción equilibrada. Toda gran obra literaria es una construcción equilibrada, bien por el equilibrio de sus partes, bien por la subordinación de esas partes a la permanencia de un motivo central. La disciplina formal y el estilo son consustanciales. Lo primero que llama la atención en las novelas mediocres es la ausencia de forma, con sus funestas secuelas: diálogos gratuitos, disquisiciones inútiles, descripciones embrionarias o, por el contrario, demasiado prolijas. En suma: verborrea capaz de acallar el contenido más generoso... o bien intencionado. El escritor de raza se reconoce en el hecho de que se impone disciplinas. 

—No pocas veces se ha dicho que en sus obras la forma está muy por encima del contenido...

—Sé que se ha objetado a mis libros que más se advierte en ellos preocupación por la forma, que por el contenido. Será, acaso, porque algunos no hallaron en ellos la moraleja que esperaban hallar. Pero, en fin... y sin querer pecar de inmodesto, hay un hecho cierto: de Los pasos perdidos existen, hasta la fecha, las siguientes ediciones: española (agotada), norteamericana, canadiense, inglesa (cinco ediciones agotadas en el mes de noviembre de 1956), francesa (premio del mejor libro extranjero para el año 1956), noruega, danesa, finlandesa, alemana, italiana y yugoslava... De El reino de este mundo existen las siguientes ediciones: española; francesa (señalada como el mejor libro del mes de agosto de 1955 por la Sociedad de Lectores de Francia, y como uno de los veinticinco mejores libros del año 1955 por los miembros de un Jurado reunido por la agencia France-Express de París); edición norteamericana, con un extraordinario éxito de crítica; ediciones sueca y danesa... Debo señalar el sonado éxito logrado por Los pasos perdidos en Dinamarca y ¡en Marruecos!... 

“¿Cree usted, sinceramente, que unos libros totalmente exentos de contenido —meramente formales— hubieran alcanzado a un público tan vasto y tan diverso?... Me parece que ciertas evidencias hablan por sí solas”.

—Usted colaboró con muchos compositores de su época... 

—En ese terreno puedo decir que he batido un verdadero récord. Mi lista comprende: dos ballets con Amadeo Roldán; tres poemas y una ópera bufa con Alejandro García Caturla; una ópera con Edgar Varèse; diez poemas, dos óperas bufas y una cantata con Marius François Gaillard; cuatro “poemas cinematográficos” con Heitor Villa-Lobos; traducciones de cantos folklóricos eslavos, hechos para Arthur Lourié; cuatro poemas con Pierre Vellones... 

—Desde Francia regresó a Cuba por seis años, en 1939, después de ser encarcelado aquí en 1927. Tenía entonces 23 años. Luego viajó a Venezuela para organizar una estación de radio. Allá escribió tres de sus novelas y la mayor parte de El siglo de las luces. ¿Qué lo hizo abandonar ese status? 

—Dejé Venezuela en 1959, porque había triunfado la Revolución en Cuba; fui a ponerme a las órdenes del Gobierno Revolucionario. Si hubiera seguido el tipo de gobierno y de vida que había en Cuba, no lo hubiera hecho; porque, francamente, yo deseaba para mi país una transformación. Esa transformación llegó y me puse decididamente al servicio de ella. Lo digo sinceramente. Soy cubano, yo quería otra Cuba y esa otra Cuba es la que llevo... 

“La Revolución cubana ha sido la materialización en hechos, en realizaciones, en historia, de los ideales de quien, adolescente, tuvo la suerte de ser amigo de Rubén Martínez Villena, de Julio Antonio Mella, iniciándose tempranamente en el conocimiento de José Martí a través de los escritos, comentarios, palabras, de Juan Marinello, quien desde los días del Grupo Minorista había centrado su devoción en la obra de quien en Nuestra América había anunciado un futuro hoy cumplido... Antes de la Revolución cubana andaba yo como desnortado, profundamente adolorido y afectado por los lamentables espectáculos que nos ofrecía el panorama de la república mediatizada... 

“La Revolución cubana ha dado un sentido a mi existencia, como hombre, como intelectual, como escritor... Ella me ha confiado tareas donde se ha estimado que mis capacidades pudiesen ser de alguna utilidad... Y en ello, he tratado de ser útil en cuanto me fuese posible. Hoy sé hacia donde voy... Por ello estoy profundamente agradecido a quienes forjaron esta Revolución, a quienes nos dieron el orgullo de ser cubanos 
—sin olvidar el sacrificio de quienes cayeron por lograr este ideal. En cuanto a mí, trataré, en mi obra inmediata de reflejar un proceso histórico que me llevó a tomar conciencia de mí mismo y a saber que realizando mi labor no solo trabajo para mí, sino que trabajo para los demás... Y creo que la toma de conciencia de sí mismo en función de un contexto colectivo es el más alto propósito que pueda fijarse el hombre en cualquier momento de su existencia”. 

—¿Algunos auguran la destrucción de la Revolución cubana? ¿Usted qué cree? 

—Yo no puedo adelantarme a ciertos hechos brutales que podrían cometerse contra Cuba. Pero la Revolución cubana no será destruida, porque corresponde a un determinismo histórico. Tenía que haber sucedido, sucedió y responde de tal manera a una aspiración colectiva, a un anhelo del pueblo, que tiene una gran fortaleza. 

—¿Qué opinión le merecen los intelectuales que haciéndose pasar por amigos de Cuba, critican la Revolución?

—Estamos cansados de aquellos que, jactándose de ser amigos entusiastas de la Revolución cubana y habiéndose paseado por nuestro país, de playa a playa, de mares a mares, sin haber visitado acaso sus hospitales, ni sus escuelas, ni sus campos de cultivo; sin saber nada de su historia, sin ser capaces siquiera de citar correctamente una frase, o un verso de José Martí, se erigen de repente en jueces de la Revolución cubana, en críticos de la Revolución cubana, sin otra autoridad para ello que la de escribir bien, pintar bien, o de expresarse brillantemente en el papel. La percepción del público actual se endurece, se afina. Hoy no se puede escribir mal, ni pintar mal. Hay que estar más allá. Hay que integrarse en el gran movimiento del mundo moderno, que es revolucionario en su verdad, transcurso y esencia. Por ello niego a algunos dudosos “amigos de la Revolución cubana” la facultad de plantearse en jueces y críticos de sus decisiones. 

—¿Qué atributos aplaude de los hombres? 

—La bondad, la tolerancia, el entendimiento de lo ajeno. No puedo aceptar la suficiencia de aquellos que, por pertenecer a una secta religiosa, política o esotérica, se creen en posesión de la verdad. Toda afirmación harto categórica me coloca, por temperamento, en una actitud de desconfianza. Nada me parece tan interesante, en cambio, como el examen de las ideas opuestas a las nuestras. Me aterran los individuos que se creen autorizados a sentarse a la derecha de Dios para juzgar a sus semejantes. 

—¿Algún consejo para los jóvenes escritores? 

—Que prueben todos los géneros literarios para eliminar aquellos que no les resulten adecuados. Hay quien quiere hacer prosa y verso, y solo puede ofrecer calidad en uno de esos dos géneros. O, quien se empeña en ser novelista pudiendo ser, sin embargo, un buen autor teatral. Recuerdo que, en cierta ocasión, me dio por creerme humorista hasta que me di cuenta de que no tenía aptitudes para eso. Traté también de hacer poesías, sin resultado. No tenía el soplo poético, ese no era mi mundo. Mi mejor consejo a los jóvenes escritores es que trabajen mucho. El oficio de escribir se aprende escribiendo. 

—¿Ha pensado alguna vez dejar de escribir? 

—Le contestaré a esa pregunta con una frase admirable de Hermann Melville: “Mientras queda algo por decir, nada se ha dicho aún”. (José Luis Estrada Betancourt)

Nota: Esta entrevista fue conformada con fragmentos del libro Entrevistas. Alejo Carpentier, de la Editorial Letras Cubanas.

Realismo Mágico y Tropicalismo

 


Principal-|-Consulta a Avizora |-Sugiera su Sitio | Temas Que Queman | Libros Gratis
Publicaciones | Glosarios Libro de Visitas-|-Horóscopo | Gana Dinero


AVIZORA
TEL: +54 (3492) 434313 /+54 (3492) 452494 / +54 (3492) 421382 /
+54 (3492) 15 612463 ARGENTINA
Web master: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m. Avizora.com