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0105 - Por María Esther Gilio -
Amigo de
Neruda y
Salvador Allende,
comunista desde los 15 años, biógrafo y novelista, sufrió el exilio y sigue
sufriendo el
pinochetismo de su país. Para que se entienda su constante militancia
por la memoria, este hombre que pasó largamente los ochenta explica que
“quisieron que olvidemos todo, hasta la socialdemocracia. Quisieron que
volvamos a la colonia para imponer la lógica del cuartel”.
-Ay Volodia, su voz es tan, tan baja que...
–Sí, yo debía haber traído, al nacer, un micrófono incorporado.
–Aunque no sé. Porque la gente que grita...
–Ay, no yo no grito nunca.
–¿Y cuando se enoja?
–Nunca me enojo.
–¿Con Pinoche?
–¿Enojado? Pinochet es harina de otro costal. Se trata de un monstruo
disfrazado de hombre. Se constituyó en autoridad suprema y, como tal, dijo
que en Chile no se movía una hoja sin que él lo supiera.
–Sin embargo...
–Cuando le preguntaron por la Caravana de la Muerte, declaró que él sólo
estaba dedicado a cosas grandes como los diferendos con la Argentina. El no
se ocupaba de cosas chicas. Cosas chicas eran los muertos.
–¿Quién podía sino él haber ordenado a la caravana a hacer lo que hizo?
–Claro, salió el helicóptero al mando del Puma y así fue llegando a pueblos
y ciudades donde ordenaba matar a los presos políticos. La caravana llevaba,
incluso, una orden de apresurar los procesos, escrita por Pinochet.
–Apresurar significaba matar.
–Sí, él quería que se acabara ya con determinada gente. Después del golpe se
constituyeron los tribunales militares que detuvieron, por alta traición, a
políticos y, en general, gente connotada. Las sentencias eran relativamente
benévolas. Los jueces militares venían del período anterior.
–¿De Allende?
–Sí, no es que fueran allendistas, pero eran militares profesionales que
además sabían que esa gente a la que se debía condenar no había cometido
delitos. Llegó, entonces, la caravana y resolvieron rápido el problema. Los
mataron a todos.
–¿Cómo se sintió usted cuando retuvieron en Londres a Pinochet?
–Ese fue para mí un período de gran felicidad. En ese momento no había, en
Chile, ninguna posibilidad de que lo juzgaran. Fue el mundo que lo juzgó.
–El no esperaba que los ingleses lo retuvieran. Había sido su aliado durante
la guerra de las Malvinas.
–Sí. Los aviones ingleses aterrizaban en tierras chilenas, en Magallanes.
–Y ahora tenemos un nuevo golpe a Pinochet con el descubrimiento de su
cuantiosa fortuna.
–Tiene muchos millones de dólares en operaciones ocultas. Se está
investigando. Antes de morir quiso dejar arreglados a su mujer y a sus
hijos.
–A pesar de todo, muchos todavía lo apoyan en Chile.
–Sí, es así. Pero, también muchos quieren que siga viviendo para que vaya
recibiendo en vida el castigo que merece.
–¿Quedan en Chile todavía muchas huellas del pinochetismo?
–Desgraciadamente sí. El 31 de octubre tenemos elecciones municipales, que
se realizan de acuerdo con un régimen electoral oprobioso, perverso. El
sector que tiene un tercio más uno, o sea el 34 por ciento, elige el mismo
número de representantes que el sector que tiene dos tercios menos uno, o
sea el 65 por ciento. Este triunfo de los enemigos de Pitágoras obliga a
aceptar que 34 es igual a 65. Acá los pinochetistas han mantenido el poder.
En tales elecciones el pueblo queda excluido. En este momento por primera
vez, se está discutiendo esto y otras cosas, por primera vez en 17 años.
Esta modificación permitirá remover a los comandantes en jefe y también
terminar con los senadores designados de por vida. El problema es que el
sistema electoral no ha sido tocado porque la derecha jamás acepta que lo
toquen. Y, para modificarlo, se necesitan unos quórum, puestos por ellos,
que son inalcanzables.
–¿Pinochet tiene aún poder?
–Pinochet está hecho una piltrafa, pero el pinochetismo es muy fuerte
todavía. Incluso aspira a la presidencia de la república.
–¿Es posible que, como dijo un diputado, los marginados alcancen en Chile a
un tercio de la población, es decir 5 millones?
–Depende del concepto de marginación, pero yo creo que el pueblo de verdad
está marginado. Es como una especie de muerte civil, mientras la herencia de
Pinochet está intacta. Pueden elegirse diputados, senadores, incluso gente
de la antigua izquierda que estuvo al lado de Salvador Allende. Pero hay
cosas que no pueden ser tocadas. El sistema económico, de un neoliberalismo
total es sagrado. En cuanto a los medios de comunicación, no hay ninguno que
sea de izquierda, ni siquiera progresista de centro. Son grandes cadenas, en
manos de la derecha, que conforman la opinión pública a través de muchos
años. El país está en una especie de transición perpetua. No se ha
recuperado. Nada se ha recuperado. No hablo del tiempo de Allende sino de lo
que tuvimos antes de Allende.
–Hay algo, sin embargo, que muchos destacan, traen como ejemplo de
neoliberalismo exitoso: su productividad. Sin embargo, si pensamos en el
número de marginados...
–Chile está en las listas que se publican en Wall Street, de los países
productivos. Pero Chile es un país muy desigual. Y cada día, el abismo entre
ricos y pobres se profundiza más.
–En definitiva, Chile serviría para ilustrar lo que piensan quienes están
contra el neoliberalismo. La sociedad produce; el balde se llena hasta el
borde. Se llena, pero jamás se derrama, como prometen los neoliberales.
–Esto nos permite ver con claridad que aquello de que si un país produce y
progresa los pobres serán menos es una gran mentira. Lo que estamos viendo
hoy con el FMI y el Banco Mundial es que la brecha se ahonda cada día más.
–¿Pasamos a la literatura? Usted ha escrito unas cuantas biografías, siempre
de poetas. ¿Será porque la poesía es más reveladora del carácter del
escritor, que la novela o el cuento?
–Yo, cuando joven, empecé escribiendo poesía. Incluso con otro muchacho,
Eduardo Anguita, que tendría 18 años, publicamos en 1935 una antología de
poesía chilena, que hoy se sigue vendiendo.
–¿Después de setenta años?
–Era una antología iconoclasta que se proponía derribar a todos los
consagrados del momento para así dar nacimiento a una nueva época. Eran los
tiempos de la vanguardia europea. Muchos debían quedar afuera, Gabriela
Mistral por ejemplo.
–No eran tímidos.
–Eramos unos insolentes que decidíamos la suerte de los poetas chilenos.
Este libro generó la más palabreada polémica literaria del siglo XX en
Chile. En ella participaron Neruda, que estaba en Europa, Vicente Huidobro,
Pablo de Roka. Gente que luchaba por la corona mundial de la poesía. En fin,
una cosa provinciana del último país del mapa. A esta pasión nuestra por
levantar a los renovadores se unía la pasión por la revolución política. La
utopía era completa.
–¿Qué decía Neruda?
–El contestó, desde España, con un poema muy subido de tono que se llamaba
Aquí estoy. El no solía atacar, pero cuando era atacado respondía con mucha
violencia.
–¿Ustedes lo habían atacado?
–No, él había sido incluido. Yo le había escrito diciéndole que una
antología de la poesía chilena sin él sería un fraude. Quienes lo habían
atacado en esa discusión que se armó eran Huidobro y Roka. Roka llegó a
escribir un libro de 400 páginas que se llamó Neruda y yo. Era dramático.
–Gabriela Mistral lo había conocido en Temuco, donde ella vivía. Cuéntenos
de ese encuentro.
–Ella era directora del liceo de niñas. Había llegado de Magallanes. Neruda
todavía no era Neruda sino Neftalí Reyes, un muchachito esmirriado, de piel
oscura, de provincia sureña, llovida y abandonada. Ella se había ya revelado
como poeta en un concurso, en 1914, donde triunfó con sus Sonetos de la
Muerte, una gran poesía. Neruda llegó a su casa y quien lo atendió le dijo
que Gabriela no podía recibirlo, pues estaba enferma. Fue tal la expresión
de desconsuelo en el joven que quien lo atendió le pidió que le dijera qué
deseaba. El respondió que traía unos versos. Ella entonces le dijo que, si
se los dejaba, tal vez ella podría verlos. Que volviera en unas horas.
Cuando Neruda, volvió Gabriela en persona lo atendió: “Me he mejorado, le
dijo, al leer sus versos, porque tengo la seguridad de que aquí hay un poeta
de verdad”. Y luego, “Una afirmación de esta naturaleza no la he hecho nunca
antes”.
–Neruda tenía...
–Era un niño de quince años.
–¿Cómo la había conocido?
–Gabriela era muy conocida en todo Chile por sus poesías para niños.
–Por lo menos los niños de mi generación, todos conocíamos a Gabriela. Me
sorprendió tremendamente, entonces, descubrir la Gabriela real en el libro
que usted le dedica. Su encierro, su desconfianza del mundo que la rodea, y
sobre todo su manera de amar. Sus amores imposibles, su rechazo a la
relación sexual unida a enamoramientos sin límites. “Te besaré hasta
fatigarte la boca.” Creo que sólo puede compararse con los místicos Santa
Teresa, San Juan de la Cruz, que amaban a Jesús de manera tan carnal como
imposible de realización. Descubrir esa Gabriela, en su libro, me llevó a
aquellas frescas poesías de Gabriela que conocemos de la escuela. Cuánta
contradicción, dos mundos.
–Sí, dos mundos. Dos partes de su ser. Seguramente sinceras, pero muy
contradictorias. Gabriela es una persona contradictoria, enigmática. Creo
que todavía no ha sido realmente descubierta. El libro yo lo escribí un poco
para pagar la penitencia, por arrepentimiento de haberla excluido durante
tantos años. Pero también para enfrentar y poner en discusión la imagen que
existía sobre ella. Madre de todos los niños, matrona dulce.
–Resulta difícil de aceptar su desconfianza de quienes la rodean.
–Ella tuvo muchas dificultades en su existencia. Nació en una última aldea,
en una familia definitivamente pobre. Su padre los abandonó cuando ella
tenía cuatro o cinco años. Aprendió, de una hermanastra que tenía, y mucho
de su madre, analfabeta, pero con gran sabiduría campesina. Si vemos las
circunstancias de su vida, es fácil ver que estaba condenada a no salir de
allí. Pero ella leía, leía, leía y soñaba que la lectura podría llevarla a
otra parte. Era una rebelde, tenía ideas en defensa de la mujer de aquel
tiempo, principio del siglo XX, las incitaba a conquistar sus derechos.
Quiso entrar a la escuela normal, pero la rechazaron. No podía ser profesora
porque no tenía ideas congruentes con el medio.
–Tal vez sí en lo religioso. Era muy católica.
–Sí, pero decía que no necesitaba los curas porque tenía comunicación
directa con Dios.
–Bueno, esas palabras también la acercan a los místicos. Permiten entender
mejor su conducta en la relación de amor.
–Sí, así es. Ella es una mujer con una vida muy dramática. Empecemos por la
infancia, donde vivió una experiencia tremendamente traumática, una
violación que sin duda la marcó muy profundamente.
–Tal vez nunca más se relacionó sexualmente con nadie. Lo pienso porque
siempre tuvo amores imposibles.
–Amores en que la imposibilidad la marcaba ella. Siempre.
–En su libro aparece en una frase de ella: “Rechazo las infernales alianzas
de la carne”.
–En algún momento dice que tiene imágenes de Cristo y que de pronto ese
Cristo se transforma en el hombre amado.
–Buena manera de confirmar la imposibilidad de la relación carnal. ¿Qué
piensa del hijo que ella dice haber adoptado mientras está en Europa? Muchos
biógrafos consideran que es realmente su hijo.
–No, yo no lo creo. No creo que ella haya tenido nunca relaciones sexuales
después de aquel episodio de la infancia. En fin, es un personaje dramático
que pagó con tragedia. Y cuando la gente empezó a murmurar sobre ella, nunca
olvidó y nunca perdonó. Se exilió de Chile en 1921.
–No nos contó si Gabriela le aconsejó algo a Neruda cuando lo conoció.
–Le dijo: “Lea mucho mucho. No a los franceses. La suya es una literatura de
boudoir, de escándalos”.
–Qué exagerada, no solamente.
–No, claro, pero ella buscaba a sus afines. A los seres atormentados.
–Le recomendó, entonces, a los rusos.
–Sí, lea a Dostoievski, Tolstoi, Andreiev, le dijo. Ellos nos indica cómo es
la verdad de la vida. Neruda siguió el consejo y fue un lector omnívoro.
Leyó todo y sin límites.
–Escuchando las razones por las que escribió las biografías de Mistral y
Neruda, uno se puede preguntar por qué la de Borges, tan diferente a estos
dos personajes.
–Mucha gente me ha preguntado esto. ¿Por qué usted que es comunista hace la
biografía de Jorge Luis Borges? Por eso mismo, digo yo, porque quiero
conocer cómo un escritor tan esclarecido puede ser tan analfabeto desde el
punto de vista civil.
–¿Sabe que a veces él consigue ver en medio de esa bruma? En su poema
Milonga de un soldado acusa a quienes mandaron a morir a las Malvinas a
chicos desconocidos de provincias lejanas. En un pasaje del poema dice: “Una
de tantas provincias/ del interior fue su tierra/ (No conviene que se sepa/
que muere gente en la guerra)”. El consiguió ver eso.
–A mí me dieron una explicación sobre su frecuente lejanía “El es un hombre
del siglo XIX”. Aunque usted tiene razón, finalmente después de hacer el
elogio de las dictaduras del Cono Sur uno puede ver en él un cambio que,
según creo, tiene que ver con las Madres de Mayo, quienes lo invitaron a
presenciar un juicio que se hizo a algunos militares porviolación de los
derechos humanos. A partir de ese acto, que él no ve pero escucha, hace una
versión muy impactante de lo ocurrido. Dice “Hemos llegado a una obra de
arte de la perversidad”. Y describe al general responsable de las torturas
diarias de los prisioneros diciendo el día de Navidad que los presos están
invitados para festejar porque en ese día “todos somos hermanos”. Borges era
un hombre triste.
–El hace referencia a esto en un poema. Dice, palabras más o menos, no me
perdono no haber sido feliz. Tal vez el Nobel lo hubiera hecho feliz. Por lo
menos él lo deseaba mucho.
–Un día visité en su casa, en Suecia, a un gran amigo de Neruda, miembro del
jurado que le dio el Premio Nobel y gran escritor. Me dijo: “Quiero
explicarle por qué no le dimos el premio a Borges, por su visita y su abrazo
a Pinochet”. Y luego añadió: “Si a pesar de esto que le digo se lo
hubiéramos dado, tenga la seguridad de que ni un solo sueco lo habría
entendido”.
–Usted ha hecho varias biografías y ficción. ¿Cómo se siente en cada caso?
En uno puede inventar sin límites, en el otro debe ceñirse a una realidad
que no puede traicionar.
–Allí hay vasos comunicantes. La invención, que puede llegar muy lejos,
elevarse hasta el cielo, siempre debe partir de los pies que están sobre la
tierra.
–Algo así decía Onetti. “Sólo Dios saca algo de la nada”.
–Exactamente. Sólo la vida alimenta. En cuanto a Neruda, aunque siempre en
su obra es autobiográfico, nunca es, lo suyo, una versión fotográfica de lo
que le sucede. Lo que le sucede es transfigurado por él, convertido en
poesía.
–¿Usted empezó a escribir la biografía de Neruda siendo su amigo o se hizo
su amigo al escribirla?
–No, no. Yo primero fui amigo de él, fui su compañero político. Y también
literario. Con toda la distancia que, en este sentido, había entre él y yo,
que por otra parte era un principiante. Desde el año ‘37 fuimos amigos.
Fieles amigos hasta que él murió.
–Quiere decir que se hicieron amigos cuando él volvió de España, donde había
estallado la guerra.
–Sí, al volver de España fue que nos conocimos. El era un hombre muy
sensato. Un poeta con los pies sobre la tierra, que no se proponía la locura
como finalidad política y estaba en contra de los extremismos delirantes. En
1945 con 41 años entró al Partido Comunista.
–Donde ya estaba usted.
–Yo tenía 30 años y hacía 15 que estaba en el partido. Y bueno, a partir de
esos comienzos seguimos la amistad hasta sus últimos días.
–¿Usted lo vio cuando él estaba ya en el final? ¿Lo vio después de la muerte
de Allende?
–No, yo lo vi en Isla Negra en su último cumpleaños, el 14 de julio. Fui a
verlo con un amigo, que era diputado mapuche. El estaba acostado. Su sueño,
su preocupación, era que se creara una universidad de la Araucanía que fuera
dirigida por mapuches. A fin de que se restableciera una cultura que había
sido borrada por la conquista. Esa era una de sus preocupaciones. Y Neruda
era un gran realizador que organizaba a sus amigos, los movía, telefoneaba,
molestaba a la gente para que hiciera cosas, y sólo así, creo yo, se explica
la nombradía y la extensión de su poesía. Primero conquista su país, después
América latina, luego España. En España pone el pie y salta a Europa y a los
distintos idiomas. Y finalmente al mundo oriental que también hoy lo acepta.
El era un estratega. Nunca se alababa a sí mismo, pero agradecía a quienes
lo alababan. Era un hombre condicionado por el siglo XX que pudo ver, antes
de morir, que no se cumplirían en él los grandes sueños.
–¿Pensaba eso? ¿Sí?
–Sí, en sus libros póstumos lo dejó dicho.
–¿Esta idea nació en él luego del golpe en Chile o viene de antes?
–Viene de antes. En sus libros póstumos, antes del golpe, hay uno que se
llama 2000, 2000. Allí su visión es pesimista, aunque no del todo, porque él
siempre quería dejar vivo algo de esperanza. Aunque no mucha. Dice que el
siglo XXI comenzaría mal. Habla de aviones que matan, sin que se los pueda
ver desde la tierra. Hay una especie de premonición de la guerra de
Yugoslavia, de la guerra del Golfo.
–¿Cuál fue la reacción de Neruda cuando conoce la realidad de la Unión
Soviética?
–Cuando sabe, luego de la declaración de Krushov, lo que ha pasado bajo
Stalin, reacciona violentamente. En ese momento dedica libros enteros a
condenar el engaño que le han hecho, a la humanidad progresista, presentando
sólo los grandes éxitos, mientras se tendía un velo sobre el resto.
–Al pensar que cuando apareció su biografía de Neruda hacía ya un buen
tiempo que estaba en la calle Confieso que he vivido, me he preguntado si
usted encontró vacíos en la obra de Neruda, o simplemente, pensó en la
necesidad de ver la vida del poeta tomando otro punto de vista.
–El no alcanzó a terminar Confieso que he vivido, por lo tanto es un libro
con muchas lagunas, que hubieran sido completadas por él, de haber vivido. A
posteriori, Matilde, su viuda, a pesar de haber sido una luchadora directa
contra la dictadura, creo que buscó olvidar los temas conflictivos.
–Sin embargo hay una o dos páginas duras contra la dictadura.
–Sí así es. Ella fue respetuosa de la voluntad de Pablo, e incluyó, en las
tres páginas finales, lo que Neruda le dictó en trance de muerte, condenando
de manera terminante y categórica a los generales traidores que habían
traicionado a la patria y a los políticos que habían creado el clima para el
golpe, e incluso, empujado a las fuerzas armadas para actuar.
–Cuando se produjo el golpe, usted estaba en Europa, tratando de alertar a
los gobiernos sobre lo que pasaba en Chile.
–Allende me había dicho: “Andá a Europa, por un par de semanas”.
–Debía buscar apoyo.
–El apoyo se consiguió. Pero ellos no habrían podido impedir el golpe. Y
cuando decidí volver no había aviones para Chile. Los aeropuertos en Chile
estaban cerrados. Ahí me quedé en Moscú, donde durante quince años hablé en
el programa Escucha Chile. Volví unos años después, en forma clandestina y
escribí un libro, En el país prohibido.
–¿Qué vio en esa visita?
–Vi horrores. Y también fenómenos curiosos. Yo en Radio Moscú hice mil
quinientos programas. Nunca, en ninguno, traté a Pinochet de presidente de
la república. Siempre fue “el felón”, “el mandamás”, “el asaltante del
poder”. Vi que en Chile todo el mundo hablaba del presidente. El lenguaje
oficial había sido incorporado. “Señor Presidente”, “Su excelencia”. Como si
esto fuera normal. Me dolió muchísimo y también me enseñó. Supe allí que en
las dictaduras, la gente, para sobrevivir, trata de limar las asperezas y
meterse para adentro. No confía en nadie.
–Eso lleva a que quienes mandan se confundan y lleguen a creer que son
aceptados, capaz que hasta queridos. Aquí tuvimos un ejemplo de algo así.
Volviendo a su obra. Usted escribió cuatro biografías de escritores y hoy
está escribiendo la de Juan Rulfo. ¿Piensa que la vida del escritor hace
posible una mejor comprensión de su obra?
–La biografía de Neruda yo la empecé a escribir por encargo. Estaba en el
exilio, hacía mi programa de radio y viajaba aquí y allá tratando de
molestar al máximo a Pinochet. Ni pensaba en escribir ninguna biografía.
Pero me llaman desde Madrid y me piden que escriba una biografía deNeruda.
“¿Cuánto tiempo me dan?”, pregunté. “Cuatro meses.” “Están locos,
imposible.” No tenía mis papeles, nada. Sólo la obra completa que había
adquirido en Europa. No. Insistieron, insistieron. Hasta que mi secretario
me hace una proposición indecente. “¿Por qué no me la dicta? Con eso
trabajaremos más rápido.” “¡Qué disparate! ¿Cómo puedes tú pensar que es
posible dictar una biografía de Neruda? Esto hay que hacerlo
responsablemente. Otra cosa sería el más horrendo sacrilegio.”
–Eso dijo.
–Eso dije yo, pero desde Madrid siguieron llamando. “No, no, no”, decía yo.
Pasó un tiempo. Y fue mi secretario que insistió: “Podría dictarme usted. A
lo mejor nos resulta.” Acepté. Para empezar vi que debía dar completamente
la espalda a Confieso que he vivido porque corría el riesgo de hacer un
refrito. Debía cerrar los ojos a cualquier libro y recurrir sólo a mis
recuerdos. Así empiezo a contar el cuento.
–Sin ningún plan previo.
–Sólo sabía que me debía regir por un criterio cronológico.
–Empezar por el incendio de la casa familiar en Temuco.
–Exactamente. Sabía que aquello que debía contar no era lo leído sobre él
sino lo que él me había contado. Durante cuatro meses relaté la historia que
estaba en mi cabeza como en medio de una alucinación. Cambié mi método de
trabajo. Yo escribo alguna página, la dejo madurando y al día siguiente en
la mañana trato de corregirla. No podía hacer eso porque podría cortarse el
agua. Yo había abierto la llave del agua de la memoria y ésta fluía, fluía y
fluía. Durante cuatro meses casi no comíamos ni dormíamos. Ya, al final, y
después que hubieron muerto las mujeres, yo le pregunto al secretario –quien
estaba tan metido en las cosas como yo y, por lo tanto, carente de
perspectiva–. “¿Cómo estará este asunto? ¿Tú qué dices?” “Me parece que está
entretenido”.
–Eso era algo fundamental.
–Yo también lo creo. Tomé el mamotreto, que era grande y me puse a corregir.
Durante un mes estuve en eso. En el fondo, el libro, no miraba sólo a Neruda
sino también el mundo de Neruda. América latina, el panorama internacional.
Y ahora le respondo a una pregunta de hace un rato. Yo voy a Neruda, no sólo
porque es poeta, sino porque pensó la sociedad, el mundo. Y también porque
en Chile se había impuesto una programada desmemoria.
–Olvidar el socialismo.
–No sólo el socialismo. Todo. Había que olvida todo y volver a la colonia.
La democracia cristiana. Todo, hasta la independencia. Olvidar todo para
luego establecer la lógica y la filosofía del cuartel. Hablar, entonces, de
un poeta que representaba los valores del pueblo, de la Nación. Era combatir
la situación amnésica que venía trabajada desde arriba. Por eso también tomé
a Gabriela Mistral. Porque ella no sólo era poeta. Ella tomó, y habló, con
muchísima profundidad y mucho coraje sobre los problemas concretos de
América latina. Pero ella está silenciada. Muchos prefieren la Gabriela de
las rondas para niños a la que se pronuncia sobre la reforma agraria, la
penetración extranjera, el analfabetismo, la falta de democracia, la
hipocresía. Aunque no están en la plaza, con una espada en la mano y
montados a caballo Gabriela y Pablo son padres de la patria |
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