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Emir Kusturica

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0205 - Fuente Clarín - Por Diego Lerer - Su nueva película, "La vida es un milagro", irá al Festival de Mar del Plata y luego se estrenará en los cines locales. Con "Clarín", el bosnio habló de su cine, de la guerra y de su escritor favorito, Jorge Luis Borges

Es difícil predecir la edad de Emir Kusturica sólo con verlo. La energía, la voracidad y el entusiasmo que contagia a su paso, sumado a un look que lo acerca más a un rocker que a un cineasta, hacen difícil creer que el hombre tiene 50 años. Al verlo, podría pasar tranquilamente por un tipo con una década menos. Pero no: no sólo tiene 50 sino que ya es abuelo.

Si bien sólo completó ocho largometrajes en cerca de 25 años, el hombre ha ganado con ellos grandes premios en todos los festivales en los que se presentó. ¿Venecia? León de Oro con su opera prima, ¿Te acuerdas de Dolly Bell?, y mejor director por Gato blanco, gato negro. ¿Berlín? Premio Especial del Jurado por Sueños de Arizona, de 1993. ¿Cannes? Dos Palmas de Oro, con Papá salió en viaje de negocios y Underground, además de un premio al mejor director con Tiempo de gitanos.

Sin embargo, la racha empezó a cortársele en los últimos años. Tras el documental Super 8 Stories, su más reciente película de ficción, La vida es un milagro, fue la primera en no obtener ningún reconocimiento festivalero. Y en Cannes, el realizador nacido en Sarajevo, hablaba con Clarín de su última película, de su visión del mundo actual, su amor por la Argentina (el fútbol, Maradona, Borges) y porqué, pese a todo, le siguen importando los premios.

"La primera vez que vine fue hace 19 años —dice, cómodamente sentado en el jardín de uno de los hoteles que dan a la Croisette—. Y la verdad es que no cambió tanto. Igual, siempre es raro estar en una competencia. Creés que no te va afectar porque ya tenés un par de Palmas de oro, pero cuando empieza esta carrera no podés decir que no te interesa. Cuando empecé no creía que podía ganar ningún premio, sólo quería que a la gente le gustara la película".

La historia de La vida es un milagro tiene, según él mismo dice, ribetes shakespeareanos. Se centra en una familia que vive en un pequeño pueblo en las montañas de Bosnia, antes de la guerra. El padre, Luka, es un operario de trenes que sueña con que el turismo llegue a su alejado paraje. Su esposa es una frustrada cantante de opera. Y a su hijo no le preocupa mucho más que jugar al fútbol y emborracharse. Pero en lugar del turismo llegará la guerra y los problemas: su mujer huirá con un músico, su hijo partirá al frente, y nuestro amigo Luka deberá hacerse cargo de un rehén del otro bando, Sabaha, una bella musulmana. Y ahí la cosa se complica más.

Pero si esto suena trágico, en manos de Don Emir es casi una comedia musical, con la guerra como fondo y una lunática catarata de eventos que van del absurdo al realismo mágico y que incluyen un burro deprimido, una cama voladora y unos perros peleadores.

"Cuando me contaron la historia en la que me basé para el filme —cuenta— sentí que era algo que se podía entender en todo el mundo. La historia es muy fuerte y se aplica a cualquier lado. Traté de contar esa historia y mezclarla en la textura de la vida de los Balcanes."

¿Y qué implica esa mezcla?

En los Balcanes la vida es más espontánea que en los países organizados. La percepción del tiempo es distinta también. Tenemos una visión fatalista de la vida. Sabemos cuáles son los pasos que nos quedan por vivir, y usamos el tiempo de manera hedonista. Eso es bueno y no tanto. Cuando pasas mucho tiempo en Belgrado soñás con un poco de orden. Y cuando pasás mucho en Occidente, te aburrís de lo sistemático que es y querés volver.

¿La guerra afectó ese carácter hedonista?

Antes de la guerra era un caos, realmente. Se podía hacer cualquier cosa. Pero pasaron muchas cosas juntas. Primero vino el cambio del comunismo al capitalismo, y con el cambio de sistema llegó con la fractura del país, la catástrofe. Pero el espíritu se sigue manteniendo. Las cosas que muestro en mis películas son mucho más realistas de lo que parecen.

¿Por qué decidió no mostrar la guerra?

No es el tema, no había espacio para eso. Se pierde la idea principal, que es la historia familiar y la de amor. Hay ideas más interesantes que mostrar las atrocidades. La TV muestra atrocidades. No saben qué hacer si no hay atrocidades, muerte. Pensé que era mejor proponer una mirada estética a un problema humano.

Los animales forman casi un coro de la historia. ¿Por qué les dio tanto peso?

Es para probar que los personajes tienen una idea panteísta de la vida. Si ves mis películas, siempre tienen elementos de juego, como en un circo. Con los animales podés hacer cosas que no podés con las personas. El burro es muy importante en la trama, es orgánico. Y la historia tiene resonancia en los perros, los gatos, los osos, los caballos, etc.

¿Qué idea quiere transmitir con el filme?

Mi deseo es crear milagros donde no existen. La vida de la gente es muy aburrida, los jóvenes van a las discos y se llenan de éxtasis para darle un elemento de juego a sus vidas. Las sociedades se han vuelto cada vez más escépticas y en mi cine me gusta poner milagros que hagan que la vida sea un poco mejor.

¿Considera que su estilo puede definirse como realismo mágico?

Ese término se usó para algunos escritores latinoamericanos, pero mi escritor favorito de todos los tiempos es Borges, que no tenía nada que ver con eso. Eso te habla de mi naturaleza. Las películas que más me gustan son las que no puedo hacer. Me encanta Ozu, por ejemplo. El mago, de Bergman, me parece una de las mejores películas de la historia.

¿Qué es lo que le fascina de Borges?

Cuando leés una frase suya entrás en un mundo que es lo mejor que la humanidad tiene para ofrecer. Sus paradojas, sus poesías, todo. No hay nadie como él. Auténtico, elegante, sustancial. Lo era todo.

¿Cree que podrá en algún momento hacer algo diferente?

Me gustaría, pero parece que no puedo. Buñuel, uno de mis ídolos, siguió haciendo cine a los 70 como si recién empezara. Me gustaría tener una vejez así. El nunca pensaba en la taquilla, que es algo que arruinó a muchos cineastas de mi generación. Ves a Buñuel, y pensás que podés morir con tu cine sintiéndote como si tuvieras 20 años.

¿Y volver a Hollywood?

Nunca fui a Hollywood, sólo fui a Arizona. Y no, no creo que vaya a ir nunca a Hollywood.

¿Qué película le hubiera gustado hacer?

Muchas, no sé. Leningrad Cowboys, de Aki Kaurismäki. O lo que hace Ozu. Pero eso no lo puedo hacer porque hay diferencias de época, de lugar y de culturas. Pero soy muy abierto cuando voy al cine. Una buena película te hace la vida mejor. Soy más rico cuando salgo del cine tras ver una buena película. Soy muy infantil en el cine, me encanta Bruce Lee y El gran pez. Pero mi mayor influencia es Fellini. Trato, como él, de excitar, de entusiasmar a la gente

¿Cree que alguna vez se acabarán los conflictos en la zona de los Balcanes?

No depende de la gente, depende de Europa, de los Estados Unidos. La guerra en Bosnia nadie la paró. La guerra es una empresa que da muchas ganancias, es un elemento necesario del progreso humano, lamentablemente. Es bueno poder verla con una distancia y una mirada humanista, pero siento que es un mal que no se puede evitar.

¿Por qué?

Desde la caída del Muro de Berlín hay ocho veces más gente pobre que antes. Tenés diferencias increíbles. La gente en los EE.UU. gasta 20 mil millones de dólares al año en productos para el pelo y hay 1.800 millones de personas que no tienen acceso a agua potable. Nuestra visión desde aquí está distorsionada. Si vas por la calle creés que todo el mundo esta conectado con la tecnología, pero sólo el uno por ciento de la gente tiene una computadora. Me temo que el mundo es cada vez un lugar menos seguro y peor para vivir y eso me da mucho miedo. Yo sería feliz si hubiera paz para siempre, pero la estadística no me favorece

Kusturica y la música - Por Guillermo Boerr - Como buen gitano, Emir Kusturica no suele pasar demasiado tiempo en el mismo lugar. En el momento en que se realizó esta entrevista telefónica, el cineasta y músico bosnio se encontraba en París, uno de sus lugares de residencia. Hay algo fascinante en esta persona. Probablemente su encanto resida en la dualidad. A la vez hombre y niño, rústico aunque inteligente, es un tipo amable y divertido, pero cuyo humor cambia drásticamente en cuanto algo no le gusta. Desaliñado incluso cuando viste de esmoquin (con su eterna barba de dos días, su pelo largo que siempre parece necesitar una lavada y su perenne cigarro entre los dientes), uno no puede sino recordar el título del documental que filmó su manager y publicista Marie-Christine Malbert: Emir Kusturica, el bárbaro tierno.

El cineasta bosnio llega esta semana a la Argentina y estará más que ocupado: luego de los shows que dará con la No Smoking Orchestra en Buenos Aires (el jueves 3), Rosario (el domingo 6) y Córdoba (el jueves 10), estará el festival de Cine de Mar del Plata (el sábado 12). Allí, además de exhibir su película La vida es un milagro en la sección oficial fuera de competencia (la película llega a los cines una semana más tarde), y como ya hizo antes en festivales como los de Berlín y Toronto, también despuntará el vicio de hacer esa música de locos que combina ritmos de los Balcanes, punk rock y cualquier otro ritmo que caiga en la licuadora. Como si esto fuera poco, el inquieto Emir planea comenzar el 18 el rodaje de uno de sus proyectos más anhelados: un documental sobre la vida de Maradona (ver Maradona, fútbol y cine)

El cine y la música están íntimamente relacionados en tu vida profesional. ¿Alguno de los dos influencia el aspecto creativo del otro?

La diferencia entre el cine que hago y la mayoría de las películas que se ven es que en mi caso hay una chispa de ignición que es personal, en lugar de tener que ver con un proceso de marketing. Esa chispa puede llegarme cuando estoy escuchando Mozart o cuando estoy recorriendo algún barrio de Nueva York, pero probablemente la película no tenga nada que ver ni con sinfonías ni con grandes ciudades. Creo que el cine debe ser algo profundamente personal, algo que te ligue a la historia, a la psicología, a la política... a todo lo que la vida humana absorbe. Pero el cine de hoy es completamente diferente: persigue las grandes audiencias, mientras que yo persigo la emoción. Trato de perseguir y de ser parte de la ilusión del cine. Entonces, ni el cine me inspira a hacer música, ni la música a hacer cine: lo que me inspira es la vida misma.

En los filmes de Kusturica, la música siempre tiene un importancia vital, aunque sea transversalmente. En Tiempo de gitanos (1988), Sueños de Arizona (1993) y Underground (1995), el director dejó las bandas sonoras a cargo de Goran Bregovic. Luego, la sociedad terminó abruptamente. Como buena parte de las las relaciones en las que la pasión juega un rol protagónico, la cosa terminó en enemistad, con Kusturica acusando a Bregovic de registrar como propias algunas piezas populares balcánicas.

La música vuelve a ser un elemento esencial en "La vida...". ¿Armás las escenas con la música en la cabeza?

Sí, la tengo en la cabeza. Creo que es la diferencia de cómo yo entiendo el cine y cómo lo hace Hollywood. Ellos usan el sonido —la música, las palabras— para brindar información, explosiones para atraer al público y un ritmo increíble hasta el final. No hacen diferencias entre música e imagen. Yo trato de tener un concepto de la música más complejo, que interactúe de manera diferente con la imagen. No digo que sea el único que lo hace, pero me preocupo por eso. Creo que la música es el arte que más cerca está del cine, mucho más que la literatura.

Hablemos de tus trabajos en colaboración con Goran Bregovic. ¿Cómo...?

(Interrumpe, seco) Realmente prefiero no hablar sobre esa persona.

¿Cómo es el show que traés este año a la Argentina?

¡Ja!. Es un cincuenta por ciento mejor que el que dimos la vez pasada (risas). La idea es meter un poco de todo lo que hicimos hasta ahora, sin olvidar que estamos presentando un nuevo disco.

En la banda sonora de "La vida es un milagro" hay un par de canciones que están inspiradas en el tango. ¿Cuál es tu relación con este género?

La música latinoamericana en general, y la rumba y el tango, en particular, me afectan muchísimo a nivel emocional. Todo pasa formar parte de la mélange.

En una suerte de intercambio cultural, aquí hay dos grupos (Pequeña Orquesta Reincidentes y Me darás mil hijos), que a su vez están obviamente influídos por la música de los Balcanes.

(Se ríe) ¡Maravilloso! En este mundo tan afectado por lo comercial, es bellísimo saber que nosotros nos inspiramos en los argentinos y que a su vez ustedes encuentran inspiración en nosotros. Me hace muy feliz enterarme de estas cosas

 

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