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Marcuse y la violencia
El profesor de psiquiatría Friedrich Hacker —nacido en
Viena en 1914, doctorado en Basilea en 1939 y radicado en California al año
siguiente— es un estudioso apasionado por el problema de la violencia. Como
perito de los tribunales federales norteamericanos elaboró un psicograma del
asesinato de Sharon Tate y que sirvió para interrogar a los criminales. Su
trabajo más importante se titula ¿Falla el hombre o la sociedad?, donde
analizó el origen de algunos inexplicables retornos a la barbarie. Ahora
acaba de culminar sus largas y pacientes investigaciones sobre la actual
violencia destructora en el mundo con una entrevista al filósofo Herbert
Marcuse. En esos diálogos —que reproducimos— Hacker coteja sus conclusiones
con las de Marcuse y pone a prueba sus valiosos puntos de vista. El
reportaje, que Redacción publica en exclusividad con la autorización de
Editorial Grijalbo, forma parte del último trabajo de Hacker titulado
Agresión.
En la última década, el filósofo alemán Herbert Marcuse, establecido en San
Diego (California), discípulo de Heidegger y cofundador de la Escuela de
Francfort de filosofía y crítica, se convirtió en el apóstol de la juventud
rebelde y en una de las figuras de la moderna historia cultural que más
controversias ha suscitado. Tachado de Ángel del Apocalipsis y de provocador
de la juventud, ensalzado como profeta moderno y primero de los filósofos
vivos, la valoración de este hombre notable oscila entre el amor y el odio.
Los conceptos, por él acuñados, de tolerancia represiva, de sociedad
unidimensional y de gran negación han entrado hace tiempo en el lenguaje
habitual de las personas informadas.
La idea de Freud
Marcuse: La brutalización de la sociedad moderna, de la que se ocupa usted
en sus trabajos, me parece una observación incontrovertible. Según la teoría
de Freud, habría que admitir que la liberación sexual del presente debería
conducir a una reducción de la agresión; pero vemos que la agresividad
estalla en grupos y en individuos que poseen una libertad erótica mucho
mayor y que se han deshecho de todos los imperativos sexuales. En realidad,
un aumento de la libido debería conducir a una disminución de la agresión.
Hacker: Las cosas no son tan simples. Ante todo, ya Freud hizo observar que
las formas con que se manifestaban los impulsos no debían confundirse con
éstos. En las manifestaciones de los instintos, estos aparecen en gran
medida transformados, mezclados y nunca en forma pura. Desde el primer
momento, los impulsos se mezclan con los mecanismos de defensa dirigidos
contra ellos; además aparecen todas las aleaciones, fusiones, mezclas y
disociaciones posibles entre formas libidinosas y formas agresivas,
condicionadas además por organizaciones internas y externas, o sea por los
condicionamientos sociales. En otras palabras: la energía instintiva como
tal se transforma, se pospone y se metamorfosea, y, aunque alimenta las
distintas manifestaciones instintivas, no se puede desligar de ellas sin más
ni más, o ser extraída por filtración de las mismas, para determinarlas
cuantitativamente.
Marcuse: A menudo se me ha reprochado que interpreto a Freud de un modo
cuantitativo o mecanicista. Pero yo afirmo precisamente esta idea freudiana
del depósito de energía, según la cual la energía instintiva —sea en forma
directa o sublimada— que se aplica a un objetivo ya no está a nuestra
disposición para aplicarla a otro.
Hacker: Precisamente en el caso de la agresión, esto no debe ser
necesariamente así. Hay muchos ejemplos en los que el hecho de hacer posible
una manifestación de la agresión conduce al hábito de la agresión, a la
habituación e incluso a una especie de manía agresiva. La agresión
ocasionalmente explosiva, pero mucho más la habitual, contribuye al general
incremento del nivel agresivo, al embrutecimiento antes que al alivio.
Marcuse: Es posible. No obstante, queda por explicar cómo es que la mayor
libertad sexual, la pérdida de los vínculos paternos autoritarios, la
creciente tolerancia del “super- yo” o su falta parcial conducen —dentro de
una perspectiva social general— a un aumento y no a una reducción de la
agresión. En realidad —al menos según Freud— cabría esperar lo contrario.
Hacker: Ante todo habría que poner en claro la cuestión siguiente: la
situación actual, ¿representa una auténtica liberación sexual o tal vez
únicamente una desinhibición en unos sectores muy determinados y
delimitados? Unos tabúes igualmente fuertes, sólo que distintos, impondrían
con mayor intensidad que antes unos preceptos socialmente aprobados y
fomentados, en el sentido de una moral del placer. Así, estamos condenados a
la búsqueda del placer y a la supuesta obtención del mismo. La libertad se
convierte en obediencia, bajo el imperativo del placer y de la variedad.
Las transformaciones de la agresión
Marcuse: En una publicación psicoanalítica reciente se señalaba que la
hostilidad contra la civilización que limitaba los instintos ha aumentado, a
pesar de la disminución de la represión.
Hacker: No sé si esto es exacto para la represión en general y no sólo para
ciertas formas, muy determinadas, a partir de las cuales hemos desarrollado
hasta ahora, tradicionalmente, el modelo de represión. Tanto los organismos
que reprimen como los contenidos reprimidos han cambiado sustancialmente en
la actualidad.
Marcuse: Una transformación esencial es el desgaste de la confianza de la
sociedad en ella misma, bajo los efectos de unas contradicciones crecientes
dentro de esa misma sociedad. Toda sociedad necesita una gran fe en los
propios valores, que definen la salud y la normalidad sociales y que
garantizan el funcionamiento y el contacto armónico cotidianos entre las
personas, en el trabajo y en el tiempo libre. Cuando esta seguridad se
tambalea, proliferan no sólo la insatisfacción y las perturbaciones
psíquicas sino también toda especie de actitudes sociales erróneas, como la
ineptitud, la indiferencia, la negligencia, la resistencia al trabajo y a
todo principio de rendimiento.
Hacker: La secular transformación aparencial de la constitución psíquica y
de los caracteres es algo que se puede comprobar fácilmente, tanto en la
vida diaria como en la clínica psiquiátrica. En la actualidad, no han
disminuido las neurosis y otras perturbaciones mentales, pero sí se han
transformado mucho en su manifestación claramente agresiva. Los llamados
casos clásicos se presentan cada vez con menos frecuencia, y en cambio nos
encontramos con un montón de combinaciones y formas híbridas de
comportamientos sociopáticos y neuróticos, con elementos psicosomáticos y
maníacos; estas combinaciones se presentaban antes con escasa frecuencia.
Además, el indudable cambio que se puede observar en la moral sexual ha
conducido a nuevas expectativas, de suerte que parecen también posibles y
deseables unas transformaciones en otros campos de la organización social e
interna.
Marcuse: La introducción del concepto expectativa no me parece fundamentado
en la teoría de Freud; además lo considero demasiado psicológico.
Hacker: La expectativa es una dimensión importante del principio de la
realidad. El examen de la realidad conducido por el “yo” incluye
necesariamente el conocimiento y la valoración de las posibilidades
individuales y colectivas existentes. También la conciencia individual se
transforma mediante progresos o regresiones sociales, técnicas y
psicológico-colectivas. Los mismos hechos, y principalmente la difusión y el
conocimiento de estos, son factores que transforman potencialmente la
personalidad.
Marcuse: Veo aquí una dificultad de principio. El psicoanálisis se ocupa
básicamente, sino exclusivamente, de individuos. ¿Cómo se pasa de estos
mecanismos individuales a unos procesos sociales? ¿Hay que creer, por
ejemplo, que muchos, o la mayoría, de los norteamericanos tienen una
historia familiar idéntica o semejante a la del teniente Calley, acusado de
asesinato masivo y juzgado actualmente por su admitida participación en la
matanza de My Lai?
Hacker: Precisamente, espero haber aportado algo a este problema exponiendo
las transformaciones de la agresión. La convivencia social de los seres
humanos y la educación pertinente son cosas son cosas que condicionan y
exigen —por simple necesidad objetiva— ciertas leyes y normas de conducta
más o menos formalizadas, al margen de que las mismas hayan nacido de la
sumisión al poder, del consentimiento general o de la combinación de ambas
cosas. Las leyes sociales están provistas de sanciones y tienen como
resultado generalmente unas medidas que exigen y provocan la renuncia a los
instintos. La formalización de la renuncia parcial a los instintos y de la
promesa de satisfacción que se basa en ella se produce tanto por la
exteriorización o extroyección colectiva en instituciones externas, como por
la introyección en organismos internos, en el “super-yo” y en el “yo”. La
agresión, prohibida como delito, parece recomendable como sanción. La
agresión latente, inevitablemente contenida en instancias exteriores e
interiores, utilizada para la vigilancia y la limitación de la agresión,
evita la violencia manifiesta; es por tanto responsable de todo tipo de
estabilidad en la estructura social y de la personalidad, alimentadas
también por una energía agresiva. La agresión latente es también agresión:
el hecho de que se mantenga en estado latente no garantiza todavía su
legitimidad. La agresión latente contenida en ciertos sistemas de dominación
puede ser extraordinariamente injusta y, bajo la capa del freno a la
agresión, puede caer en su ejercicio irrefrenable.
Las reglas del juego
Marcuse: El relajamiento de las reglas del juego sociales debe producir
también cambios en el “super-yo”. Así, sin embargo, el descubrimiento de la
moderna agresión instrumental —que es la agresión con ayuda de complicados
aparatos y armas técnicas— conduce con toda seguridad a que se alivie la
represión del sentimiento de culpabilidad: el sujeto de la agresión es el
aparato, no el individuo, que se limita a servirse de él.
Hacker: Sí, e incluso creo que este sentimiento de culpabilidad no llega
muchas veces a producirse, y por consiguiente no tiene que ser reprimido;
porque mediante la previa producción en cadena de una buena conciencia, la
propia agresión suele cambiar de nombre y no experimentarse ya como tal
agresión.
Marcuse: Sin duda, este argumento es cierto. Con todo, lo decisivo sigue
siendo el fin al que sirve el instinto agresivo: el fin determina el “valor
instintivo” de la agresión. Esto no depende tanto de las acciones en sí como
de su objetivo final. Nuestro amigo Leo Löwenthal ha observado que en “La
tempestad” de Shakespeare, Ferdinand es inducido a su agresiva actividad de
cortar árboles. No obstante, esta actividad, agresiva como tal, cambia su
sentido, puesto que sirve a un objetivo “erótico”, el de construir con los
troncos de los árboles caídos una casa que servirá de nuevo hogar a
Ferdinand y a su novia. Este objetivo erótico justifica la acción agresiva:
sirve para la creación de un ambiente placentero, que promete mayor amplitud
y mayor realización vitales.
Hacker: Para aumentar el placer, habría que crear entonces una especie de
dificultades, como en una carrera de obstáculos, que habría que superar. Por
ejemplo, en los juegos de azar, las reglas del juego permiten crear unos
obstáculos artificiales que producen temor ante la incertidumbre del
desenlace; en conjunto, estos obstáculos —aunque se pierda la jugada— se
consideran un incentivo agradable; aunque sólo lo son, naturalmente, cuando
se gana. Puede que esto sea análogo a la situación antes comentada: al
principio, un devaneo o un movimiento de evasión, que tenía como premisa la
acción de saltar unas barreras internas y externas o de pasar por debajo de
ellas, ha supuesto una cantidad mucho mayor de satisfacción, con la
consiguiente descarga de impulsos, que la “pura” descarga de impulsos, sin
obstáculos e igualmente accesible a todo el mundo, de la satisfacción impune
por parte del mayor número posible de participantes. La cantidad sería
inversamente proporcional a la intensidad de la satisfacción.
Marcuse: Del mismo modo que la cantidad de bienes y servicios que ofrece una
sociedad represiva restringe la liberación obtenida por la victoria sobre la
escasez. La abundancia y la prosperidad son represivas en la medida en que
fomentan la satisfacción de unas necesidades, satisfacción que hace
necesario proseguir la lucha por la existencia. De ahí que un cambio
cualitativo presuponga un cambio cuantitativo, a saber, la reducción de un
desarrollo excesivo.
Hacker: El psicoanálisis describe principalmente la reducción del nivel de
tensión en el organismo, la descarga instintiva y de energía, como algo
placentero, y, a la inversa, considera que produce disgusto la detención de
la energía instintiva al reducir las posibilidades de descarga y de
expresión. No obstante, en determinadas circunstancias, también se considera
un placer el aumento de excitación dentro de unas fronteras concretas. A
esta categoría corresponden la búsqueda de estímulos, el deseo de
excitación, las ganas de experimentar.
Agresión ofensiva y Agresión defensiva
Marcuse: Aunque sólo como primer grado hacia el placer de una satisfacción.
Posteriormente, esto condujo a Freud al concepto, mucho más vasto, del "eros"
—frente al más limitado de la sexualidad—: "eros" como ocupación placentera
de todo el cuerpo, así como también la ocupación libidinosa del medio
ambiente, subrayada por mí, con el fin de ampliar el ámbito del "eros". Aquí
no se trata ya de momentos localizados, sino de una transformación radical
de la sociedad.
Hacker: ¿A qué se refiere usted en concreto?
Marcuse: Por ejemplo, ¡la destrucción de los puestos de mando e
instalaciones militares de las potencias imperialistas agresivas me parece
redundar en interés del "eros"!
Hacker: El "interés erótico", ¿Justifica la destrucción de todos los centros
de violencia, incluso los del bando que se defiende?
Marcuse: Naturalmente que no. Debemos aferrarnos a la distinción entre
agresión ofensiva y agresión defensiva. Por ejemplo, si un criminal armado
con una hacha entra en mi casa y quiere atacar a mi mujer, no sólo tengo el
derecho, sino el deber de ejercer la antiviolencia y reducirlo por la
fuerza. Así, el cirujano que amputa una pierna gangrenosa actúa también al
servicio de una buena causa. Esta operación no puede calificarse de
agresiva, aunque la amputación de una pierna sea agresiva en sí misma.
Hacker: Con estos ejemplos cruelmente simplificadores, hace usted que todo
sea efectivamente muy simple.
Marcuse: Porque casi siempre es así de simple.
Hacker: Esto es lo que yo quisiera discutir. Creo poder demostrar que toda
agresión, al margen de su justificación objetiva, tiene la tendencia a
sentirse justificada de entrada por el que la lleva a cabo o por el que está
sujeto a unas órdenes. Precisamente no podemos confiar en la propia
experiencia, aunque parezca convincente con una evidencia inmediata.
Marcuse: Podemos estar engañados, o puede tratarse de una simplificación, de
una racionalización, invocando por ejemplo una agresión anterior, contra la
que uno quería únicamente defenderse. Se trata de la evidencia de hechos y
no simplemente de lo que uno siente o dice, aunque lo diga con toda
sinceridad y con toda verosimilitud. Así, por ejemplo, la guerra de Vietnam
es sin lugar a dudas una agresión de los norteamericanos y una defensa
justificada de los norvietnamitas. Y la misma claridad existe en la
injustificada agresión de la Unión Soviética para ocupar y someter a
Checoslovaquia.
Hacker: ¿Cuáles son las circunstancias, sin embargo, en el conflicto
árabe-israelí?
Marcuse: Evidentemente, el caso no es tan manifiesto y resulta más difícil
decidirse. Naturalmente, no existen unos criterios absolutos, aplicables en
todos los casos. Pero el caso límite no puede contradecir la validez del
"caso normal" ejemplar, sino sólo limitarla.
¿Qué es la agresión?
Hacker: ¿Existen al menos unos preparativos o unas escalas para la
formulación de criterios diferenciadores entre violencia defensiva y
agresiva? De entrada, parece plausible la contraposición. Lo que sirve a la
buena causa, lo que estimula la vida y amplía las perspectivas, podrá
servirse también de la agresión. Lo que destruye la vida cae bajo la
denominación de violencia agresiva. Este es, precisamente, el problema que
debemos resolver, aunque sea difícil hacerlo. La simplicidad engañosa impide
toda posibilidad de solución. Más aún: ¿Cuáles son los criterios
diferenciadores y quién hace la diferenciación?
Marcuse: Tampoco es tan difícil decirlo. Todo lo que sirve a la vida,
especialmente a una vida dichosa, es bueno. La reducción de las condiciones
represivas de vida y de experiencia vital es en definitiva el objetivo de
los instintos eróticos. Lo que favorece a la vida no puede ser injusto,
aunque para la creación de dichas condiciones sea necesaria la realización
de ciertas medidas coercitivas.
Hacker: “¿No es la vida el bien supremo?”
Marcuse: No toda cita expresa una verdad. Incluso el estudio razonable,
objetivo, científico de unos criterios presupone ciertamente un juicio de
valor. La ciencia libre de valores es ideología, aunque sea ideología de
mucho éxito, muy útil y muy rentable.
Hacker: ¿Acaso el juicio de valor no debería estar al final de la
investigación, y no al principio de la misma?
Marcuse: Se halla incontrovertiblemente al principio. Los datos de la
experiencia adolecen de una ambigüedad objetiva, como he dicho ya en mi
libro “El hombre unidimensional”. La razón nunca está libre de valores. He
citado también una frase de Whitehead: “La función de la razón es fomentar
la vida”. En relación con este objetivo la razón es “la orientadora del
ataque contra el medio ambiente”, al que “debe el triple impulso: primero,
de vivir; segundo, de vivir bien; tercero, de vivir mejor”. En este sentido,
vamos a tomarnos ahora una copa de vino o de whisky. ¿Lo considera usted
agresivo?
Hacker: No excesivamente. Pero si yo me siento atacado, aunque sólo sea en
forma indirecta y sublimada, por ejemplo en un debate, podría imaginar
perfectamente que todo lo que dice y hace mi oponente podría ser
interpretado por sí como algo agresivo, aunque me ofreciera comida y bebida.
El juicio de valor, que decide previamente lo que es agresivo y lo que es
defensivo, pasa por alto el examen objetivo de las circunstancias y las
convierte en algo superfluo.
Marcuse: Ahora da usted un sentido tan amplio a la agresión que el concepto
parece perder su significado. Para usted, casi todas las expresiones de vida
son agresión.
Hacker: Eso fue exactamente lo que le reprochó en su tiempo al psicoanálisis
en relación con la sexualidad. Si las acciones de agarrar, de preguntar, de
mirar, contienen elementos sexuales, entonces resulta que todo es
sexualidad. Esta es la primera impresión que, necesariamente, debe surgir
cuando, como yo intento hacerlo con la agresión, se pretende rastrear las
manifestaciones ocultas, enmascaradas o llamadas de otra forma, de la
agresión en sus escondrijos, en su forma latente o fría (que, por otra
parte, es muy semejante a la agresividad instrumental de usted).
Evidentemente, no todo es agresivo, o, en cambio, lo es mucho más de lo que
suponíamos hasta ahora, sobre todo muchas de las cosas que se consideran y
se presentan como freno de la agresión o como medida puramente defensiva.
Marcuse: Entonces, habría que hacer ante todo ciertas diferenciaciones.
Habría que llamar violencia únicamente a una acción agresiva de naturaleza
física; la agresividad primaria es instintiva; puede ser sublimada hasta la
no violencia.
Cuando dos chicos se pelean
Hacker: Dentro del concepto global de agresión existen descripciones muy
diferenciadas de los fenómenos agresivos que no son en modo alguno idénticos
o intercambiables, como violencia, poder, crueldad, brutalidad, sumisión,
vigilancia, etc.; estas descripciones son de gran importancia. No pretendo
afirmar en absoluto que estas manifestaciones diversas sean formas
exclusivamente agresivas, o que todas las formas de agresión son igualmente
valorables o igualmente vigentes. La cuestión de la legitimidad es
ciertamente decisiva, sólo que, en mi opinión, no puede ser previamente
decidida sobre la base de la inmediatez de la propia experiencia o por
criterios abstractos, como la buena vida, que se prestan a la justificación
y a la racionalización ideológicas, y también al enmascaramiento oratorio de
casi todo.
Marcuse: Es seguro que, en cada caso, hay que examinar y decidir muy
concretamente la situación objetiva. Afirmo, sin embargo, que esto es casi
siempre posible y ni siquiera resulta demasiado difícil. Naturalmente, en
último término, los criterios que hay que desarrollar no son puramente
psicológicos, ni pueden serlo tampoco, sino solo político y morales.
Hacker: Comparto esta opinión. De todos modos, me parece que esto esquiva la
imprescindible definición de criterios y de legitimación. Sigo sin ver aún
con claridad quién está legitimado, y con qué puntos de vista, para adoptar
estas decisiones morales, o para exigir y provocar sacrificios en su nombre.
Siempre vamos a parar a lo mismo: a la diferencia, postulada enérgica y
patéticamente, pero no detectada en ninguna parte, entre una agresión
justificada y otra injustificada, entre la violencia defensiva y la
agresiva, entre necesidades buenas y malas.
Marcuse: Sin duda no es lo mismo, pero, en principio, estas diferencias son
perfectamente comprobables. Todo lo que sirve para la protección de los
instintos vitales es mejor que lo contrario. Hay una autoridad racional. El
comandante de un avión tiene todo el derecho a ejercitar plena autoridad
durante el vuelo y obligar, en caso necesario, a todos los pasajeros a que
se sometan a la disciplina. O bien, para poner otro ejemplo: cuando dos
muchachos se pelean, es muy difícil saber quién ha empezado. Cuando, por
ejemplo, el muchacho A ataca al muchacho B, que estaba tranquilamente
ocupado con su juguete, resulta evidente que el muchacho A es el atacante y
el muchacho B la víctima que tiene derecho a defenderse. En todos los
niveles hay casos semejantes, que se pueden investigar con facilidad.
Hacker: Para seguir con su ejemplo simplificador, y por tanto desorientador:
¿qué pasa si el muchacho B, que juega aparentemente de un modo pacífico,
ataca con regularidad, o al menos con mucha frecuencia —pongamos diez veces
en las dos últimas semanas— al muchacho A, lanzándose de pronto e
inesperadamente sobre él o tirándole una piedra? Esta situación, que queda
oculta en principio para el observador atento, ¿no autorizaría al muchacho A
a tomar unas medidas preventivas y justificadas de defensa, basadas en un
cálculo de probabilidades nacido de su experiencia concreta?
Marcuse: Naturalmente, en este caso no sólo sería algo justificado, sino
recomendable. Sería una represión racional. Voy a poner aun otro ejemplo: un
escolar que, en la clase, molesta e impide que se den las lecciones debe ser
castigado. Se trata en este caso de una agresión defensiva justificada por
parte de la colectividad. Por otra parte, el alumno que, con preguntas
acertadas, desconcierta al mal profesor y se convierte en un factor de
perturbación, debe ser protegido. En este caso, el profesor debería estar
mejor informado o ser sustituido por otro.
“Estoy contra los actos insensatos de violencia”
Hacker: Siempre volvemos al mismo tema, en distintas variantes. ¿Qué haría
usted, por otra parte, con el alumno que interrumpe una clase y que es, por
tanto, un mal alumno?
Marcuse: La solución sería un tratamiento psicológico individual.
Hacker: La experiencia de la criminología nos enseña que la mayoría de los
delitos violentos son cometidos por una pequeña minoría, bien conocida por
su tendencia a la recaída y a la reincidencia; una minoría que incluso se
puede determinar de antemano con un margen de error relativamente escaso,
sobre la base de unas acciones preparatorias conocidas. ¿Sería usted
partidario de una detención preventiva para este grupo?
Marcuse: La detención preventiva pertenece al arsenal del fascismo. Algo muy
distinto es la “educación preventiva”, observando unas medidas estrictas de
precaución contra el abuso de autoridad.
Hacker: Este me parece, precisamente el problema: porque, en este caso, el
uso y el abuso están tan próximos y, además —como lo demuestra nuestra
conversación—, a mí no me parecen tan fácilmente diferenciables. Con el
consentimiento entusiasta de la mayoría de la población, el gobierno
norteamericano acaba de presentar un proyecto de ley que, ante la sospecha
de un delito, prevé en general la detención preventiva en lugar de la
fianza, hasta ahora habitual; existirá, por tanto, la detención preventiva
antes y hasta la declaración de la culpabilidad, para evitar el peligro de
repetición, que no debe ser demostrado primero en cada caso. Tales
propuestas apelan a la razón y a la aspiración de la sociedad a protegerse
contra los asaltos y los crímenes. Además, las apreciaciones falsas no se
ponen jamás al descubierto. La persona que luego resulta inocente, o el
culpable que posteriormente ha demostrado no ser reincidente, han estado
encerrados “en vano”. Sin duda, a la colectividad no le molesta que la
violencia preceda al derecho, en lugar de ocurrir a la inversa. Sin embargo,
ante el actual nivel de posibilidades de abuso, yo no estaría dispuesto a
hacerme responsable de semejante riesgo de reclusión preventiva.
Marcuse: El riesgo parece pertenecer a la historia de la humanidad, mientras
dicha historia siga siendo la historia de la explotación y de la opresión.
Estamos en la esfera de una terrible moral doble: pensamos poco en las
hecatombes de seres humanos provocadas por los gobernantes para conservar su
poder, pero nos volvemos terriblemente sensitivos cuando se trata de la
violencia de un régimen verdaderamente revolucionario, seriamente preocupado
por acabar con la miseria y la explotación. Estoy contra los actos
insensatos de violencia (por idealistas que sean sus motivos) que sólo
sirvan al sistema establecido. En la Historia, el terror sólo ha sido eficaz
cuando lo ejercían grupos que ya estaban en el poder. El terror individual
se pierde. Los más nobles anarquistas no tuvieron eficacia social. Por el
contrario, los jacobinos, o Hitler y Stalin, tuvieron una eficacia tremenda,
una vez que se hicieron en el poder.
Hacker: ¿Cómo se consigue, no obstante, el acceso al poder o la toma del
poder? ¿Imagina usted que la creación del nuevo tipo de hombre, no agresivo,
se puede conseguir de otra forma que sea la más encarnizada agresión en un
período de transición que será, por lo menos, muy arriesgado?
Marcuse: El hombre que se distinga del tipo actual, el hombre realmente
satisfecho, realmente libre, que es la aspiración de la rebelión de los
jóvenes, no vendrá únicamente a partir de la rebelión de los jóvenes, no
vendrá únicamente a partir de las entusiastas ideas de los estudiantes; esto
es evidente. La transformación real está en manos de la clase obrera, una
clase que en la actual situación de los Estados Unidos no es revolucionaria,
porque la prosperidad económica hace que no esté dispuesta a participar en
acciones revolucionarias. Esto, sin duda, no siempre será así. Un Estado
capitalista, con su prosperidad y su pleno empleo, es inimaginable a la
larga. Las contradicciones internas del sistema, es decir, la contradicción
entre la riqueza social disponible y su lamentable utilización debe conducir
tarde o temprano a las crisis profetizadas por Marx, que acaban creando las
premisas revolucionarias o, si las cosas van mal, también las premisas para
el fascismo. En cualquier caso, la transformación radical es resultado de un
largo proceso cuyo protagonista son las masas.
Hacker: Ernst Bloch distingue entre explotación y opresión, por un lado, que
se reducen en los estados occidentales del presente, y ofensa y desposesión
de todo derecho, por otro lado, que han aumentado si cabe. ¿Cree usted que
el sentimiento de injusticia, que va unido nuevamente a unas esperanzas de
cambio real y posible, bastará para la creación de una situación
revolucionaria de amplias perspectivas?
“La revolución no debe ser necesariamente agresiva”
Marcuse: Es difícil decirlo. En definitiva, el bienestar general representa
también una satisfacción real y no sólo un sucedáneo. Sea como fuere, las
potencias dominantes son muy sensibles y toman precauciones para que las
personas y grupos a quienes dominan se mantengan sistemáticamente en estado
de desinformación y de estupidez, por ejemplo a través de los mass media.
Sin embargo, esto no le va a servir siempre al capitalismo occidental.
Ciñéndonos a la tesis de Marx, el margen de beneficio de los empresarios
debe caer tan pronto como la carga de los costos sobre los consumidores haya
alcanzado sus límites. Es una contradicción clásica del sistema capitalista:
todos los intentos de forzar la situación amenazan la supervivencia del
sistema. No existe en la historia un solo sistema que perdure
indefinidamente, lo que no deja de ser un pobre consuelo, en la situación
actual. Lo que no tiene sentido en ningún caso es la acción voluntarista,
que crea mártires innecesarios, en una situación poco madura para estos
actos revolucionarios.
Hacker: Admite usted, por consiguiente, que las condiciones de un cambio
radical no consisten tan sólo en unos factores económico-materiales, sino
también en unos valores que hasta hoy se han infravalorado calificándolos de
psicológicos, de elementos superestructurales. Mi opinión es que los
sentimientos de desposesión o de impotencia constituyen unos factores reales
muy papables.
Marcuse: Esto es cierto, sin duda. Pero el monopolio de hecho de los medios
de comunicación de masas contrarresta la evolución de la ciencia. Por esta
razón considero decisiva la intervención de los procesos de comunicación.
Las fuerzas progresivas deberían intentar penetrar en el mercado de los
periódicos, para tener parte en el manejo de los medios de comunicación. En
el caso hipotético de un dominio total de dichos medios, es probable que la
conciencia de las masas pudiera ser transformada decisivamente en un plazo
de tres semanas.
Hacker: Es probable que unas semanas no bastaran, pero un dominio total de
años sobre todos los medios de comunicación —persiguiendo las tácticas
exclusivistas agresivas contra los que piensan de otra forma, que serían
idénticas a la práctica totalitaria— permitiría obtener probablemente los
resultados deseados. Pero esto no me parece deseable ni realizable.
Marcuse: Es probable que no lo sea. De todos modos, no deberíamos considerar
la alternativa reforma-revolución como una contradicción cuyos dos términos
se excluyan. Como hegeliano, pienso que los cambios cuantitativos de ciertas
proporciones pueden conducir a una transformación cualitativa.
Hacker: Estoy plenamente de acuerdo; tampoco existe una contradicción
inmediata entre evolución y revolución, por el simple hecho de que la
transformación revolucionaria, como amenaza o utopía, puede representar una
posibilidad evolutiva, un motivo de evolución. Sin embargo, la revolución no
debe ser necesariamente más agresiva o más violenta que el quantum de
violencia latente, instituida, que se utiliza para poner o para mantener en
marcha el proceso que recibe el nombre de evolución.
Marcuse: Exacto. Existen sin duda contrarrevoluciones y sistemas políticos
muy violentos para impedir la revolución y anticiparse a ella. En el Brasil,
por ejemplo, un sistema político cada vez más brutal impide que se impongan
unas justas aspiraciones revolucionarias con todos los medios violentos y de
propaganda, por no hablar de las pérdidas en vidas y en felicidad humanas.
La negación de la libertad, y de su misma posibilidad, tiene como
equivalente la concesión de la libertad absoluta allí donde ésta consolida a
la opresión. No sólo los medios y los fines sino las mismas fuentes
instintivas son distintas en la violencia y la antiviolencia; hay que
atenerse a esta diferencia.
“El criterio es lo que afirma a la vida”
Hacker: Quisiera conocer más cosas en concreto sobre los criterios de esta
diferencia. Principalmente sobre lo que usted llama “valor instintivo”;
porque hoy, gracias a los desarrollos psicológico y técnico, se ofrece quizá
por primera vez la oportunidad histórica de que no sólo nos sometamos a las
reglas del juego social o nos resistamos a ellas sino de que participemos
también en el proyecto de estas reglas del juego.
Marcuse: Ahí reside, no obstante, una contradicción. No se puede prescribir
cómo deben organizarse los hombres libres; si lo hicieran de acuerdo con
unas prescripciones previas, ya no serían libres. De todos modos, la
práctica del dominio de la naturaleza nos enseña que debemos admitir ciertas
presiones objetivas como condiciones previas de la libertad: no la
dominación de las personas, sino la administración de las cosas.
Hacker: Este no me parece un criterio concluyente; porque, en definitiva,
las cosas existen para su propietario, son protegidas y defendidas por
quienes las administran y las poseen, como si fuesen partes de sí mismos. Y
para tener acceso a las cosas, habría que excluir primero agresivamente a
las personas, las cuales se han identificado con las cosas de un modo
habitual o fetichista. Esto conduce de nuevo, a través de un breve rodeo, a
la situación ya esbozada del dilema de decisión.
Marcuse: Las decisiones importantes nos son arrebatadas sin duda por las
potencias y las fuerzas económicas que no tienen nada de anónimo y son
perfectamente identificables. Yo tengo la opinión de que una renuncia no
calificada a toda violencia nos condena a la indefensión política, pero
conviene hacer matizaciones en este aspecto. Por desgracia, existe algo así
como un mal menor, que debemos escoger en determinadas situaciones
históricas, para conjurar o evitar un mal mayor.
Hacker: Hemos vuelto al punto de partida: ¿Cómo es posible que una persona
como yo —faltándome, como al parecer me falta, el acceso a unos fundamentos
de decisión de inmediata evidencia— pueda reconocer lo que es una agresión
buena o mala, justa o injusta? No quiero que me comprenda usted mal:
naturalmente pronuncio unos juicios de valor muy delimitados y tengo unas
ideas muy concretas sobre unos desarrollos y unas medidas buenas o malas (o
al menos, mejores o peores). Tengo mis convicciones, respondo de ellas, las
defiendo y creo en ellas, a veces muy intensamente y sin limitación. Sólo
que, por razones psicológicas y de psicología social —que naturalmente
también a mí me afectan—, desconfío de la experiencia seudoinstintiva de la
inmediatez. Como hombre que actúa, creo en ciertas cosas y creo saber lo que
debo hacer y lo que debo omitir; como hombre capaz de conocimiento, debo ser
consciente de que, a pesar de mis sentimientos y convicciones, no siempre
estoy perfectamente informado sobre el tiempo, el lugar y la forma en los
que una renuncia a un impulso, un sacrificio, una acción violenta son o no
son legítimos, o parte de un mal menor. Lo mismo ocurre con la pregunta
sobre los criterios.
Marcuse: Entonces mi definición volverá a parecerle demasiado filosófica.
Sólo puedo repetir una cosa: el criterio es lo que afirma la vida, lo que
sirve al desenvolvimiento de unas facultades humanas, de una felicidad y una
paz para los hombres. No conozco otra definición mejor, ni tengo,
simplemente, la inteligencia para darla.
Hacker: Puede que hoy no haya nadie suficientemente inteligente; se trata de
provocar y multiplicar esta especie de inteligencia en el futuro al servicio
de la información de vida a la que esta conversación agresiva ha servido; y
hallar, o inventar, así eficaces alternativas a la violencia y posibilidades
de salvación.
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