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"Mi sueño es dedicarme sólo a mis
vinos"
Gérard Depardieu
recorre las calles de París en una motocicleta amarilla con un pollo muerto
en el asiento del acompañante. Parece una escena de una de sus películas más
surrealistas —tal vez Buffet froid—, pero el actor más famoso de
Francia salió a comprar las proteínas para el almuerzo del domingo y
atravesó el elegante arrondissement 16ø de la capital francesa para
comprar en su carnicería favorita.
Ese pollo alimentado con maíz es una maravilla, o por lo menos lo es para
Depardieu, que tiene 56 años. Una vez en su cocina, lo maneja como si fuera
un bebé, lo huele, lo admira. "Este es un pollo de verdad —dice mientras lo
rellena con estragón y dientes de ajo—. Creció suelto, y eso se nota en el
sabor. Se cocinará una hora y media en su propio jugo, pero sin nada de
grasa. Hay que ser un idiota para arruinarlo. Ya van a ver cuando lo
prueben."
Dentro de su cocina, Depardieu parece más corpulento que el metro con
ochenta que mide. Es una presencia osuna que se mueve frente a la cocina. La
escritora Marguerite Duras lo definió como "un camión muy atractivo". Su
rostro resulta familiar por la pantalla —esos ojos asimétricos, esa nariz
fálica, la mandíbula prominente—, pero tiene un sentido del humor que se
hace más evidente en persona, así como la forma en que hace que la gente que
está a su alrededor se sienta cómoda. No son muchos los franceses famosos
que tutean a un periodista que los entrevista por primera vez o que permiten
que un fotógrafo colonice su living.
Depardieu adora la carne, en parte porque la asocia con la prosperidad que
su familia nunca tuvo. Creció en la región de Le Berry, en la monótona
ciudad provinciana de Ch teauroux, 260 kilómetros al sur de París. Sus
padres, Dedé y Lilette, eran tan pobres que sólo podían darse el lujo de
comer carne la primera semana del mes, e incluso entonces solía ser de
caballo o bofes de cerdo. Cuando el crédito escaseaba, lo que pasaba la
mayor parte del tiempo, Dedé mandaba al pequeño Gérard a la carnicería. "Era
humillante —recuerda—. Esperaba mirando el suelo y el carnicero me miraba y
decía: 'Decile a tu padre que venga y me pague'."
Cuando Monsieur Chaval se sentía menos indulgente, la familia comía conejos
que le daba a Dedé un amigo del restaurante local, o puercoespines que
encontraba en el campo. Depardieu dice que el resultado era delicioso, si
bien admite que hace bastante que no come puercoespín. De todos modos, sigue
siendo omnívoro. Filmó en todo el mundo y comió cerebro de mono, sopa de
pene de tigre, pecho de león y, en China, una especie de albóndiga de carne
que parecía mierda. "Todos la comían —ríe— y pensé que sería una grosería
decir que no. La verdad es que no era tan fea."
Cuando abandonó el colegio, a los trece años, con poco más que un
certificado de estudios y un gran desprecio por la autoridad, Depardieu
acarició la idea de convertirse en carnicero. Luego, sin embargo, consiguió
trabajo como asistente del maestro pastelero en una panadería. "Me gustaba
trabajar por la noche porque era misterioso y a las seis de la mañana mi
jefe me mandaba a hacer el reparto a los hoteles locales." Lo despidieron
unos días después porque el panadero recibió un llamado del dueño de un
hotel, que le dijo que el pedido estaba incompleto. "Yo le había dado parte
de la comida a unos vagabundos", cuenta.
Su siguiente trabajo fue en una imprenta. Le gustaban más el olor de la
tinta y la relación con sus compañeros de trabajo que el trabajo en sí. Por
las noches, Depardieu empezó a deslizarse a una vida de delincuencia menor.
Cerca de Ch teauroux había una base de la OTAN y Depardieu se hizo amigo de
algunos de los soldados, con los que iba a bares y clubes nocturnos. Luego
empezó a practicar box, lo cual es evidente en sus rasgos endurecidos, sus
bíceps y su pecho amplio y musculoso. En la calle, aprovechaba sus flamantes
habilidades. "En aquellos bares y clubes siempre había alguien que buscaba
problemas —contó— si uno frecuentaba ese ambiente, las peleas eran algo
inevitable."
Todavía faltaba lo peor. Depardieu se mudó con dos prostitutas, Irene y
Michele, y empezó a vender nafta, cigarrillos y bebidas alcohólicas robadas.
A pesar de lo que algunos sostienen —y es una leyenda que Depardieu adornó-,
nunca estuvo en la cárcel, si bien pasó algunas noches en comisarías y
estuvo una vez en probation. Su hijo Guillaume hizo cosas más
graves, como pasar un año en la cárcel por un delito relacionado con drogas
a principios de los '90.
Depardieu se sometió en julio de 2000 a una operación de quíntuple bypass y
los médicos le aconsejaron que hiciera una vida más tranquila. Según cuenta
él, llevaba un mes no sintiéndose muy bien y decidió ir al hospital en su
motocicleta para hacerse unos análisis. "Me mostraron mi corazón en una
pantalla y era como si estuviera rodeado de una corona de espinas. Les dije:
'Bueno, ¿ya puedo irme a casa?' y ellos me contestaron: 'Es grave. Hay que
operar.' Tres meses después, estaba de vuelta en un set.
Su famoso apetito pantagruélico no pareció cambiar demasiado. Sus amigos
dicen que pasó de los Gitanes sin filtro a los con filtro y que fuma menos
que antes, pero su dieta sigue siendo más o menos la misma. "¿Qué sentido
tiene cambiar la forma de comer?", pregunta. ¿Y qué hay de su legendaria
afición al vino? "Depende. Cuando estoy estresado sigo tomando cinco o seis
botellas por día." ¿Y cuando está tranquilo? "Tres o cuatro, pero estoy
tratando de bajarlo. Uno cree que el alcohol lo calma, pero se transforma en
una adicción." (N. de la R. Depardieu dijo luego a un diario francés que
esto era una broma y que hace seis meses que no bebía).
Como hijo de un alcohólico, que alguna vez vio a su padre tirado en el suelo
con la cabeza en la cuneta, lo dice con sinceridad. De todos modos, le sigue
gustando tomar. "Soy feliz con muy poco, pero me gusta tener el vaso lleno."
Los espectadores podrán protestar, como sin duda también la industria
cinematográfica francesa, pero Depardieu decidió reducir sus compromisos.
"De aquí en más pienso hacer una película por año —declara—. De hecho, ya
cancelé dos o tres proyectos."
El pasaporte de Depardieu hace mucho que describe su profesión como
acteur/vigneron, y él piensa concentrarse en la segunda parte de su
doble vida. "Quiero comprometerme más con los viñedos que tengo en todo el
mundo y pasar más tiempo con la gente que trabaja en ellos. Hay que estar
ahí para que a uno lo entiendan. No se le puede decir a la gente lo que
tiene que hacer por teléfono. Mi sueño es dedicarme sólo a mis vinos, a
producir vino y trabajar como un artesano. Sueño con redescubrir las
antiguas tradiciones y costumbres de la producción de vino. No me refiero a
rechazar la tecnología actual, sino a trabajar en armonía con la
naturaleza."
Depardieu empezó a dedicarse en serio a los viñedos en 1989, cuando compró
el Ch teau de Tigne, cerca de Angers, en el Valle del Loira, si bien ya
antes había producido vino en Borgoña y en Condrieu, en la región norte del
Ródano. Tigne fue creciendo con los años, y ahora comprende casi 70
hectáreas y produce un millón de botellas por año. Produce una serie de
vinos, entre ellos un Cuvée Cyrano tinto que se llama igual que el personaje
que le valió a Depardieu una nominación al Oscar. Tigne no es una de las
propiedades más famosas del Loira, pero en los últimos años la calidad de
sus vinos mejoró considerablemente, sobre todo gracias a las inversiones que
hizo Depardieu.
Desde 2001, Depardieu es uno de los dueños de una empresa llamada La Clé
Tu Terroir (la llave del suelo), en sociedad con un empresario de
Burdeos llamado Bernard Magrez. Los dos socios están a punto de lanzar siete
vinos de la línea Gérard Depardieu que tienen distintos orígenes, entre
ellos España, Burdeos, el Languedoc y la Argentina. Los vinos se presentarán
en Londres ya avanzado el mes, pero los nombres suenan como películas de
reclutamiento para la Iglesia Católica: Confiance, Ma Verité, Le Bien Décidé,
Référence, Sine Nomine, Spiritus Sancti y Mi Diferencia.
El vino es lo que más le interesa en la vida a Depardieu. Le complace hablar
hasta de los más mínimos detalles de la técnica de fermentación y del más
leve matiz del Gruner Veltliner austríaco que se toma en el almuerzo. Basta
que se lo traslade al tema del cine para que empiece a impacientarse y a
aburrirse. "Preferiría pasar la vida entre productores de vino que entre
actores. En la industria cinematográfica todo el dinero se concentra en la
televisión y en la estupidez del cine estadounidense. Cada vez hay menos 'films
d'auteur' de gente como Ken Loach o Claude Chabrol. El cine se murió, está
terminado. ¿Quién va al cine ahora? Los chicos. La gente de 30 años prefiere
quedarse en la casa frente al televisor."
Si Depardieu pudiera influir en sus actividades, preferiría verlos parados
delante de una cocina. En este momento hace la promoción de la edición
inglesa de Gérard Depardieu: Mi cocina, que escribió con Laurent
Audiot, el chef de La Fontaine Gaillon, uno de los dos restaurantes
que Depardieu tiene en el segundo arrondissement de París. El libro se
publicó primero en Alemania, donde se vendieron 40.000 ejemplares. La
edición francesa se publicó en abril y tiene buenas ventas a pesar de que
Depardieu hizo una aparición borracho en un programa de televisión francés
en el que calificó de "idiota" a un invitado que criticó el libro.
Depardieu dice que a la gente le preocupa más el peso que comer bien. Su
propio peso sufre oscilaciones, según si hace dieta o no. Cuando interpretó
a Colón en 1492, adelgazó. No se lo pregunté, pero me parece que en
los últimos tiempos Depardieu no se dedica a adelgazar. "Bajé más de 280
kilos en diez años —dice—. Subo y bajo en ciclos inevitables."
Las recetas de Mi cocina son simples y fáciles. No hay ninguna
complicación. "Cocinar no es difícil —sostiene—. Todos tienen buen gusto,
aunque no se den cuenta. Incluso si uno no es un gran chef, no hay nada que
le impida entender la diferencia entre algo rico y algo feo. Eso es lo
terrible de la industrialización de la agricultura y la cadena alimentaria.
En la actualidad los chicos crecen sin saber cómo es un cordero, un cerdo o
un conejo."
El pollo lleva una hora y media cocinándose y Depardieu ya habla de los
olores que inundan la cocina. También empezó a cantar una canción de la
película que está haciendo en este momento. "Huelan eso", dice mientras
levanta la tapa de una cacerola y muestra el pollo como un mago revela una
paloma bajo una galera. Corta una rebanada de pechuga y la ofrece. "Probala,
vas a ver cómo se impone el estragón a pesar de que tiene mucho ajo".
Le pregunto si a su novia, la actriz Carole Bouquet, le gustan las mismas
comidas. "No -dice—. Ella tiene alergia al gluten, de modo que comemos cosas
diferentes (sin duda cuesta imaginarse a la esbelta modelo de Chanel
comiendo conejo al desayuno.) Pero es una excelente cocinera."
Luego habla de comida y sensualidad. "A eso se reduce la cocina. Después de
una buena comida y una botella de vino, no hay nada mejor que hacer el amor
con alguien a quien uno ama y luego deslizarse suavemente hacia el sueño",
dice mientras termina el vino. Voilà. C'est fini. Una pequeña obra de
arte
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