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“El poeta necesita saber la temperatura
de una palabra”
Ilumina con esa
serenidad que transmite a sus interlocutores. Su humildad y sencillez, en
medio de la competencia de egos en la literatura argentina, resultan
sorprendentes y apabullantes. Algo de la estampa de este hombre alto y
desgarbado, de ojos celestes claros y con los cabellos enmarañados y
blanqueados por cincuenta años de oficio poético, lo asemeja a un monje de
hablar susurrante que no quiere romper el silencio que reina en su abadía.
“Escribí mucha hojarasca al comienzo, es muy difícil, es como luchar contra
los molinos de viento”, dice el poeta y narrador Arnaldo Calveyra, que desde
1960 reside en París, ciudad a la que viajó para escribir su tesis sobre los
trovadores provenzales y en la que se fue quedando a su manera, porque el
“acá” de su poesía está configurado por su lengua natal, la que adquirió en
la provincia de Entre Ríos, espacio geográfico que opera como fuente de
inspiración para su escritura.
Empezó a garabatear sus primeros poemas a los quince años. “Antes había
publicado una novela muy mala, Ha nacido un nombre, sobre el colegio de
Concepción del Uruguay donde había estudiado. No te invento nada –aclara
ante tanta sinceridad que en él nunca suena impostada–. De ahí comencé a
trabajar en pésimos poemas que se los di a Carlos Mastronardi en 1949. El
aceptó ser mi maestro, mi profesor y poco a poco las cosas se fueron
decantando”, cuenta el escritor que acaba de publicar su libro más
autobiográfico, Maizal del gregoriano (Adriana Hidalgo).
“Yo estoy contento, por carácter transitivo, cuando la gente está contenta”,
señala Calveyra, autor de los poemarios Cartas para que la alegría, Iguana,
iguana, Diario del fumigador de guardia y Libro de las mariposas, de las
novelas El hombre de Luxemburgo, La cama de Aurelia y Si la argentina fuera
una novela, de las obras de teatro El diputado está triste, Moctezuma y
Cartas de Mozart y recientemente de los cuentos de El origen de la luz
(Sudamericana). “Nunca hice política literaria ni escribí para tener poder”,
confiesa el escritor que fue amigo de Julio Cortázar, Saúl Yurkievich y Juan
José Saer. Los primeros bosquejos de Maizal del gregoriano surgieron en
1962, cuando consternado por la muerte de su madre, Calveyra pasó unas
semanas en la abadía benedictina de Solesmes, una de las más antiguas de
Francia. Esas notas, revela el escritor, las extravió, pero hace unos diez
años aparecieron y empezó a trabajar con las impresiones que recuperó en
aquellas notas perdidas. “El canto gregoriano era como un maizal al viento,
un maizal por madurar, y se juntaron esas dos imágenes de las que fueron
saliendo todo. Ahora ya es un señor mayor, tiene principio, medio, fin”,
subraya el escritor en la charla con Página/12, acompañado de su pequeña
libreta en donde anota, con una letra apretada, una frase de Huidobro que le
gustó sobre el adjetivo (“Cuando no da vida mata”).
–¿Esa experiencia de haber escuchado el canto gregoriano en la Abadía de
Solesmes se parece a lo que genera un poema?
–Seguramente, porque te ubica en una atmósfera en la que no estabas. El
poema te lleva a un lugar y a un espacio que el poema genera, ésa es su
fuerza, y la de la música también, porque te hace deambular de un lugar a
otro y acceder a otro tiempo.
–¿Cómo se consigue desde la escritura acceder a ese otro tiempo?
–Cuando se escribe un poema es difícil emocionarse, hay que estar frío. Se
parece al señor que vende copas y no puede tomar porque él tiene que vender
copas, no puede estar tomando cada diez minutos un vaso, está obligado a
permanecer indiferente a lo que vende. Y a la vez uno tiene que tener
inspiración. No estoy en contra, pero no conozco mucho de inspiración; sé
que hay una especie de “llamado” para escribir un poema, pero hay que
guardar cierta distancia con respecto a la palabra porque si no, ¿cómo
hacer?
–Esa distancia implica apartarse de esa idea, tan generalizada, de que el
poeta sufre, llora, se “muere” con cada poema que escribe.
–Si hay que concebir el oficio así, entonces no soy poeta (risas). Yo
necesito saber la temperatura de una palabra, es un trabajo manual y físico.
–¿Cómo hace para medir la temperatura de las palabras?
–Es como saber si el público te atiende o no cuando estás leyendo un poema.
Es un paciente estudio de la historia de tus posibilidades. El poeta es tres
cuartas partes crítico. Es el momento extraordinario en que te das cuenta
por dónde fallan los elementos en juego, qué pasa con tu poema. Uno mismo
tiene que ser su propio crítico y eso se adquiere con el trabajo de la
lectura, de una lectura atenta, no con la radio prendida. No hay que
participar del vértigo, pero eso lo da la práctica. En el momento de
escribir hay que atender a otras cosas, por dónde van las palabras o una
coma que se puso y estaría mejor que no estuviera.
–Con Maizal... por primera vez se “blanquea”: aparece con nombre y apellido,
Arnaldo Calveyra.
–Sí, por primera y última vez. Este libro me competía a fondo, no sé si
habrá una segunda vez en que yo me nombre, creo que ya está, porque también
nombro todos los libros anteriores. Siempre digo que los buenos críticos van
más lejos porque empiezan cuando uno dejó, están más frescos y descansados y
encuentran cosas que allá ni por las tapas se te ocurrieron.
–¿La fluidez que transmite este libro surgió de un modo espontáneo o fue
elaborada?
–Esa fluidez, como la corriente de un río, es un trabajo posterior, no era
tan fluido como se ve ahora. Está bien que parezca concentrado y fluido
porque yo lo quiero así, porque es la metáfora del canto gregoriano. Alguien
dijo que había hecho un libro imitando Las variaciones Goldberg de Bach,
puede ser interesante, pero me parece que la música se basta así misma.
–Su parquedad ante el uso de los adjetivos se asemeja a una frase de
Huidobro: “El adjetivo cuando no da vida mata”.
–Mejor dicho imposible. Desconfío de los adjetivos porque envejecen rápido;
el problema esencial de la poesía es el adjetivo, no el sustantivo. Qué
bueno eso de Huidobro, lo voy a anotar (escribe la frase en su libreta). Y
lo ha dicho poéticamente. Esa desconfianza fue surgiendo con la madurez. Al
comienzo no fui tan clarividente, estaba muy lejos de eso, basta con ver los
malos poemas que he conservado sólo porque hay indicaciones de Mastronardi.
–¿De qué manera se vinculan sus diferentes libros?
–Todos mis libros son un solo libro, pero desde distintos costados. Excavo
en el mismo lugar un poco más hondo cada vez, y trato de que sean mejores
variaciones. Los temas, por razones de nacimiento, son Entre Ríos y el
campo, pero eso es la superficie de las cosas, una marca de origen. Yo no sé
si es más que eso, hablando mal y pronto, tampoco hay que hacer un mito de
todo. Yo lo paso muy bien con esos temas, pero hay que desconfiar. Si hacen
al estilo está bien, pero en cuanto dejan de funcionar junto con el estilo
piden reflexión o reparación.
–Desconfía de los adjetivos y de los temas, ¿desconfía también de la
palabra?
–No, cuando está bien dirigida. Cuando ya tiene su dosis de silencio, es el
momento en que entiendo que esa palabra puede entrar en un poema. Me
interesa esa palabra que entra de rondón y se instala en un verso
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