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Un viejo
iracundo
0302
-
Ramona Koval
- Harold Pinter:
“Sobrevivir es mi principal objetivo”
El gran dramaturgo británico, enfermo de cáncer, habla de la
guerra y saca a la luz su poema Células cancerígenas.
Harold Pinter (Londres, 1930), el autor más
destacado de la generación de los Jóvenes Airados y uno de los dramaturgos
más brillantes del siglo XX, rompe su silencio por primera vez después de
sufrir una operación en la que le ha sido extirpado un tumor. En esta
primera entrevista Pinter habla de la guerra y de cómo la cercanía de la
muerte ha cambiado su concepción del mundo, aunque se mantiene tan combativo
como siempre: “un ataque a Irak sería un asesinato premeditado”, dice.
Además saca a la luz uno de sus últimos poemas, escrito a raíz de su
experiencia con el cáncer.
–Su poema, Células Cancerígenas, se
publicó en The Guardian . Fue en realidad una llamada a las armas contra su
tumor, ¿verdad?
– Sí, lo escribí cuando me estaba
sometiendo a la quimioterapia, y en quimioterapia tú te sientas y una
enfermera te pone una cosa en el brazo –la quimio– , una enfermera en
particular me dijo: “Las células cancerígenas son las que han olvidado cómo
morir”. Me impresionó tanto lo que dijo que cuando salí escribí el poema. No
sabía si iba a morir o no, y ese poema, pienso, representa precisamente lo
que sentía en ese momento. No tenía idea de lo que iba a suceder y, de
hecho, ha pasado todo un año desde entonces, pero tengo que decir que, como
dice uno de los versos, “tengo que ver muerto mi tumor, un tumor que olvida
morir pero tiene intención de matarme a cambio”. De hecho, me alegra decir
que he visto morir a mi tumor. Así que, en referencia a esa experiencia,
quiero quitarme el sombrero ante el cirujano que lo hizo, un hombre
extraordinario como son, por supuesto, estos cirujanos. Uno necesita dos
cosas para sobrevivir cuando tiene una enfermedad como ésta. La primera es
un cirujano brillante, y la otra es una mujer brillante, y yo tuve la suerte
de tener las dos. Así que para mí todo se ha convertido en una especie de
mal sueño. Ha sido como estar en un bosque bastante impenetrable, en el que
literalmente los árboles impiden ver el bosque. En otras palabras, la mitad
del tiempo no tenía ni idea de lo que pasaba, durante la operación y al
salir de ella. Antes nunca había estado enfermo así que fue bastante
extraordinario, a los 71 años, encontrarme de repente en el hospital
enfrentado a un cáncer muy grave y a una operación importante. Fue algo que
ni me había planteado.
En un océano sin saber nadar
–Usted ha sido un luchador toda su
vida, pero esta amenaza era interna en lugar de externa.
–Era ambas cosas. Externa en el sentido de
que el cirujano tuvo que abrirme el cuerpo. No me di cuenta de lo que iba a
hacer hasta después, cuando vi las cicatrices, ya sabe. No sabía su
extensión. Y creo que mi estómago está en otro lugar en este momento. Pero
era también interna, tiene usted razón, en el sentido de que me encontraba
en un mundo muy oscuro que era imposible de interpretar. No conseguía
entenderlo. Así que durante dos o tres semanas estuve en otro lugar, estuve
completamente en otro sitio, no muy agradable, debo decir. Es como si te
lanzaran a un océano en el que no puedes nadar. No tienes ni idea de cómo
salir y simplemente flotas de un lado a otro, te inclinas de un lado a otro
mientras unas olas tremendas te golpean. Es todo muy oscuro. El caso es que
aquí estoy.
–Cuando uno pasa por la experiencia
que usted ha vivido piensa a menudo en el tiempo, en la urgencia y en las
prioridades. Incluso con su afamada energía, ¿existe algún trabajo que
prefiera hacer más que otro, la política o escribir, o…?
–Ahora mismo el principal objetivo de mi
vida es simplemente sobrevivir, seguir aquí. Ésa ha sido mi principal
preocupación. Y eso se reduce a hechos sencillos, me refiero a cómo usas tu
energía, conforme va aumentando la energía, cómo dispones de ella, y también
la dieta y esas cosas. Mi mujer presta mucha atención a eso. Así que ésa es,
en realidad, mi principal preocupación. He escrito un poema, por cierto. Las
palabras en la página..., todavía me encanta hacer eso como lo he hecho
durante 60 años. Esa excitación se mantuvo cuando miré la página. De
repente, empecé a escribir una obra muy corta, pero una obra corta significa
tanto para mí como una larga. Así que no sé… Espero que el próximo año sea
más pleno y mejor, porque me sienta más fuerte.
–¿ Cree que está usted cambiando
debido a esta experiencia? ¿El Harold Pinter esencial ha cambiado?
–Soy más consciente de la muerte. También,
durante muchos, muchos años he estado muy metido en política, y con bastante
pasión. Ahora me dedico a ella con la misma pasión, pero he salido de esta
experiencia con una actitud más imparcial. Veo el mundo de manera más
objetiva, en lugar de… bueno, formo parte de él, pero también estoy fuera y
puedo ser testigo de varias cosas que siguen siendo tan importantes como
siempre, pero soy un testigo en lugar de estar directamente en la vorágine.
PASIÓN POR EL LENGUAJE
–Ha hablado antes del placer que le produjo
escribir ese último poema. El lenguaje ha sido una pasión suya de toda la
vida, y sé que el abuso del lenguaje y su significado es algo que le ha
indignado a lo largo de los años; expresiones como “intervención
humanitaria” y “mundo civilizado” y “eje del mal” que se utilizaron el año
pasado, y la que acabamos de empezar a oír recientemente, “cambio de
régimen”. –Mi favorita es la de “pueblos amantes de la libertad”. Cuando
oigo a Bush decir que “en nombre de todos los pueblos amantes de la libertad
vamos a seguir la lucha contra el terrorismo”
y demás, me pregunto cómo son “los pueblos
que odian la libertad”. Nunca he conocido a nadie así, y ni siquiera me lo
puedo imaginar.
En otras palabras, está diciendo
estupideces. Ese es el tipo de retórica al que usted se refiere, que es
realmente un lugar común en lo que llamamos el mundo occidental. Pienso eso
cuando miro a un hombre como nuestro primer ministro –que, según creo, es un
cristiano muy sincero y serio– que, según tenemos entendido en este momento,
está planteándose el volver a bombardear Irak, lo cual sería un acto de
asesinato premeditado porque si bombardean Irak, no se van a limitar a matar
a Sadam Hussein . De hecho, eso no lo van a hacer en ningún caso; Sadam
tiene sus recursos. Lo que harán, como siempre, es matar a miles de personas
completamente inocentes. Algo que se me escapa por completo es cómo Tony
Blair puede resolver eso moralmente. Desearía que decidiese si es cristiano
o no. Si dices, “voy a bombardear a estos malditos y me importa un bledo”,
pues los bombardeas, pero esa no es una actitud cristiana en mi opinión. Si
uno adopta una postura cristiana, no puede decir eso. Así que pienso que
respecto a lo que estamos hablando hay una hipocresía extraordinaria y una
distorsión del lenguaje en general, lo cual es, en sí mismo, extremadamente
destructivo, porque el lenguaje nos dirige a todos, ¿no es cierto?
Políticamente nos dirige en todo tipo de campos. Pero lo que encuentro
realmente peligroso y desagradable es el tipo de lenguaje que escuchamos
recientemente: “intervención humanitaria”, y no olvidemos “libertad” y
“democracia” y todo lo demás. En realidad es justificar un acto simplemente
autoritario para controlar y mantener el poder. Y la cuestión de destruir
seres humanos mientras eso sucede parece ser irrelevante. Hay una pequeña
anécdota que tengo que contarle. Durante el bombardeo de Serbia, hace dos
años, había un mercado en una aldea llamada Nis . Yo he sido testigo
presencial de este hecho. Una mujer estaba sentada con su hijo de cinco años
en un banco del mercado, comiéndose un bocadillo. Y de la nada, empezaron a
caer bombas, bombas estadounidenses. El mercado se convirtió en un caos.
Unas 40 ó 50 personas murieron. Esta mujer buscó a su hija que había salido
disparada de sus brazos. Encontró la cabeza de la niña en la alcantarilla.
Criminales de guerra
”Pero el primer ministro Blair y el
expresidente Clinton nunca reconocerían la cabeza de esa niña. De hecho, la
muerte y el que se le hubiese arrancado la cabeza a la niña sería totalmente
irrelevante para esa gente. Sostengo, y realmente lo creo, que Clinton y
Blair deberían ser procesados por crímenes de guerra. Porque no sólo lo
hicieron ilegal, ilegítimamente –en mi opinión, inmoralmente– sino que lo
justificaron como “intervención humanitaria”. Y ya hemos tenido bastante de
esas sandeces.
–He leído que una vez que fue evacuado de
niño… hablaba usted de las bombas y de que se había llevado su bate de
críquet. Y esto me lleva a su amor por el críquet y su devoción por el
juego. ¿Cómo encajan el críquet, el teatro y la política?
–Mire, la vida de uno tiene muchos
compartimentos y me parece que el críquet es un acto de guerra
maravillosamente civilizado. También lo encuentro estéticamente muy
agradable. Me encanta el campo inglés, y el críquet se juega normalmente en
un campo de hierba, con una especie de cielo azul y árboles. Lo encuentro
extremadamente satisfactorio. Me fascinan los detalles del juego. Antes
jugaba mucho. De hecho, fui capitán de mi club unos cinco años. Casi me
mata.
–¿ No es el críquet un juego con
muchísimas reglas?
–Sí, definitivamente sí.
–Me confunde que una especie de
quebrantador de normas o alguien que toda su vida ha luchado contra el
sistema juegue al críquet.
–Nunca me habían preguntado eso antes. Me
gustan las reglas que redundan en beneficio de la humanidad. Pienso que hay
normas buenas y otras que son fatales, y pienso que las reglas del críquet
son totalmente respetables.
–Ha aceptado recientemente el
título de Compañero de Honor, pero rechazó la oferta de Major de convertirlo
en sir. ¿Por qué ha aceptado lo uno y no lo otro?
–Me parecieron dos cosas completamente
distintas. La oferta del título de sir me pareció algo imposible de aceptar.
No porque viniese de un gobierno conservador, como fue en su momento, sino
de cualquier gobierno, el título de sir me parece sórdido. Me habría
parecido bastante ridículo que me llamasen “sir”, pero lo principal era que
me parecía que un galardón así era un galardón del gobierno. Mientras que el
título de Compañero de Honor me parece fuera de tales consideraciones. Lo
interpreté como un premio del país, por así decirlo. Al fin y al cabo, por
muy crítico que haya podido ser respecto a este país y a lo que pasa aquí, y
a Tony Blair , etcétera, y a nuestra relación con Estados Unidos, etc , sin
embargo: a) me gusta el críquet; y b) vivo en este país. Llevo viviendo y
trabajando aquí casi sesenta años, así que tengo una relación muy estrecha.
Debo decir también que recibí la carta del nombramiento dos días después de
salir del hospital, y me sentía bastante mal, así que me animó.
Células cancerígenas
“Las células cancerígenas son aquellas que han olvidado cómo morir”,
enfermera del hospital Royal Marsden
Han olvidado cómo morir
y de ese modo prolongan su vida asesina.
Mi tumor y yo luchamos con todas nuestra
fuerzas.
Una doble muerte está, espero, descartada.
Necesito ver la muerte de mi tumor
Un tumor que ha olvidado la forma de morir
y planea sustituir su muerte por la mía.
Pero yo sí recuerdo cómo se muere
Aunque todos mis testigos estén muertos.
Y recuerdo que hablaban
De tumores que les volvían
Tan ciegos y tan mudos como habían estado
Antes de que apareciese la enfermedad
Que trajo al tumor.
Es posible que las células negras se
sequen y mueran
o tal vez canten alegremente y se salgan con la suya.
Se reproducen tan silenciosamente, día y noche,
que no reparas en ellas, nunca te avisan.
Un viejo
iracundo -
Andrew Graham-Yooll
Siempre pareció que Harold Pinter podía ser parte de
Buenos Aires. Desde que, allá lejos, en los ‘60, Leopoldo Torre Nilsson
(1924-1978) intentó poner en escena una obra del dramaturgo inglés y fue
bajada rápidamente por la censura del general Juan Carlos Onganía, Pinter
era porteño en parte. Nunca viajó, pese a sus buenas intenciones y una
entusiasta invitación de la Fundación Somigliana. Ahora que ha estado
enfermo y es Premio Nobel desde el jueves pasado, ¿quién sabe?
Harold Pinter, a los 75 años, es hoy, y lo dijo la
Academia Sueca, el dramaturgo británico más importante del último medio
siglo. Se sitúa a mitad de camino entre dos extremos brillantes, dado que si
James Joyce metió todo en la creación literaria como para nunca más dejarle
palabra libre disponible a nadie, y Samuel Beckett le sacó todo como para
que la dramaturgia quedara liberada de las palabras, Harold Pinter usó el
idioma en la medida y filos justos como para que una oración tuviera la
fuerza penetrante de una daga. Es el estilo que en inglés ya se estableció
como “pinteresque”, algo como decir “kafkiano” en otros contextos.
Llegó al teatro de Londres en la segunda mitad de los años
‘50. Judío de la periferia de la capital, inició su carrera como actor,
oficio al que volvía cada tanto a lo largo de los años. A la actuación le
debía la potente sonoridad de su voz, don que le permitía disimular su gran
timidez.
Su éxito teatral comenzó con La habitación (The Room,
1957), y siguió con los más conocidos El cumpleaños (The Birthday Party,
1957), El elevador del restaurante (The Dumb Waiter, 1957), El sereno (The
caretaker, 1959), La colección (The Collection, 1961), El amante (The Lover,
1962), El retorno a casa (The Homecoming, 1964), Traición (Betrayal, 1978),
Un tipo de Alaska (A Kind of Alaska, 1982), Una copa para el camino (One for
the Road, 1983), Polvo eres (Ashes to Ashes, 1996) y muchos más. Hacia fin
del siglo XX el teatro londinense Donmar Warehouse, en Covent Garden, repuso
Alaska, La colección y El amante, con éxito de salas llenas. Lo sorprendente
de la actuación de Pinter y del conjunto en las tres obras era que parecía
no haber pasado el tiempo, ni se había agotado el humor.
Esta entrevista, conversación, fue grabada en la ciudad de
Bath, Inglaterra, un 16 de junio, el “Bloomsday” en la obra de James Joyce,
y el único texto de las tres entrevistas que hice con él a lo largo de los
años que se extiende. En el caso de las otras dos, Pinter pedía que la
“revisáramos” juntos después de la desgrabación. Pinter luego releía lo que
había dicho y ofrecía la opinión que “eso ya lo dijimos, cortá, está mal
dicho, eso es reiterativo”, y el texto se iba reduciendo de a metro. Pinter
atacaba el texto. Era un ejercicio fascinante como parte de la creación pero
frustrante para el periodista que veía achicarse su gran entrevista. De un
texto inicial de unas treinta carillas, presentadas en dos o tres pruebas de
galera, quedaba apenas una hoja de revista. Entonces estaba satisfecho.
Más recientemente, en julio de 2003, ya cuando Pinter
había enfermado, fui a su casa en Notting Hill Gate a conversar con su
esposa, la escritora e historiadora Antonia Fraser, y Pinter me pidió que
tradujera sus poesías, contenidas en un delgadísimo tomo publicado por la
firma Faber. Si bien siempre había escrito poesía, en los últimos años
Pinter se calificaba cada vez más como “dramaturgo y poeta”. Si bien hasta
hace cinco días la poesía de Pinter no despertaba mucha curiosidad, la
edición bilingüe está en manos de Ediciones de la Flor y se halla próxima a
ser editada.
Nuestra relación en torno de la poesía data de hace
tiempo. En 1992, siendo director de la revista especializada inglesa Index
on Censorship, me sugirió que publicáramos su poema “Fútbol norteamericano”,
ahora incluido en el libro Guerra que sacó Faber de Londres y ahora sacará
De la Flor. La poesía se refería a la primera guerra del Golfo, que Pinter
también condenó. A pesar de su fama, los grandes diarios rechazaron el
poema. Index se la publicó. Algunos días después de la edición nos
presentamos, con Pinter, el escritor John Berger, y el autor chileno Ariel
Dorfman, como integrantes del panel en una conferencia en el Royal
Geographic Society. Fue impresionante cómo varias personas en el público nos
atacaron, a Pinter y a mí, por ese poema que era descripto como una
vergüenza y algo asqueroso. Y pocos días después, la Sra. Barbara Amiel,
entonces columnista del Sunday Times, luego esposa del ahora ex dueño del
Daily Telegraph, Conrad Black, nos dedicó un agresivo análisis que nos tenía
jaqueados durante semanas, para eterno deleite de amigos y entretenimiento
de mi hija Isabel, a quien Pinter quería mucho.
Nuestros caminos se cruzaron en Londres, en los años ’70,
en el curso de protestas y marchas por los derechos humanos y los escritores
presos en todo el mundo. De ahí nació un grado de amistad que permitió hacer
la primera de las tres entrevistas, su historia y visión de Nicaragua en
febrero de 1988, donde había acudido invitado por Daniel Ortega y Rosario
Murillo. A continuación, la charla más larga y más reciente, que retiene una
frescura y una actualidad que es común a toda su obra.
¿Qué hace que su obra Polvo eres (puesta en Buenos Aires
en el Babilonia en 1997) se pueda trasladar de un idioma a otro con
facilidad?
–No sé. Un grupo holandés la presentó en Glasgow (la
dirigí en holandés en Amsterdam hace algún tiempo). Ha sido presentada en
español, en polaco, en francés y en checo. Estoy más que satisfecho. Pero no
puedo decir que “viajan” bien mis obras. En Polvo eres quizás haya algo que
provoca una reacción profunda en la gente. La mujer está aturdida por hechos
que la superan, aun cuando los experimentó. Debe haber algo en cierto
público que comparte la preocupación del personaje por lo que pasa en esta
pesadilla de mundo en que vivimos. El hombre en Polvo eres prefiere no
enterarse. Por eso se siente tan molesto por ella. Todos enfrentamos
tremendas dificultades. Alguna gente puede vivir indiferente a ellas (aun
las que afectan a nuestras relaciones y la forma en que vivimos). Pero yo no
las puedo ignorar.
Dos obras suyas sobre la represión y que tuvieron mucha
repercusión internacional son Un trago para el camino (One for the Road,
1984) e Idioma de la montaña (Mountain Language, 1988). Aunque una fue
inspirada por casos de torturas en Turquía se la asoció con gobiernos de
América latina.
–Esas obras se reponen en todo el mundo, donde sea
posible, naturalmente. La experiencia (de la tortura de detenidos) es común
a muchos países. Amnistía Internacional aún registra que hay 92 países (en
1998) en donde se practica la tortura. Por supuesto, esos países lo niegan.
Declaran simplemente que su legislación prohíbe la tortura. Esa lista de
países incluye a Estados Unidos.
¿Cómo se combate esto?
–La tortura supuestamente no existe porque un acuerdo
internacional la prohíbe. Ahí termina el debate. Está prohibida, por lo
tanto no existe. Hay una tendencia a olvidar a la gente que es torturada
cuando está detenida. ¿Qué les sucede? Si salen, pueden quedar lisiados. O
se mueren. A la gente no le importa demasiado. Turquía es una vergüenza. El
gobierno y los militares en Turquía son una vergüenza. Pero pienso que el
apoyo que reciben, como el de Estados Unidos y el del Reino Unido, es una
vergüenza aún mayor porque gira en torno del comercio. Les vendemos armas y
les acordamos créditos para mantener a los torturadores. Lo que sorprende es
que Turquía tiene el mayor número del mundo de periodistas perseguidos. Si
un periodista dice que los kurdos son gente inteligente e íntegra, comete un
delito y es acosado. Mientras hablamos hay una persona que irá a prisión en
Turquía por decir que un jefe kurdo es respetable. A la gente sólo se le
permite decir que el kurdo es un terrorista.
Buena parte de su teatro está en español y usted es bien
conocido en Buenos Aires.
–Es extraño. Jamás intentaría explicar por qué es así. Mis
obras se presentan en la mayoría de los idiomas del mundo. No entiendo las
traducciones, aunque las hago revisar en Londres. Lo que sí he notado
últimamente es que La colección (The Collection, 1961) y El amante (The
Lover, 1962), a pesar de haber sido escritas hace varias décadas, no parecen
fuera de época cuando se presentaron en el Donmar Warehouse (en Londres, en
la primera mitad de 1998).
Cuando la gente se ríe de un chiste, se identifica con el
sentido del humor, que cambia con los años. Pero el humor en esas dos piezas
no ha perdido vigencia. Es extraño que lo que causaba gracia en los años ‘60
aún produzca risas.
–Esto se hizo evidente sólo ahora con esas obras. Nunca
antes me pregunté si una obra mía había pasado o no de moda. A propósito de
épocas y de traslados, he sido invitado a Buenos Aires y tengo muchos deseos
de ir. Es un gran proyecto para mí y lo tengo que pensar. Pero me encantaría
visitar la Argentina. Me siento atraído por América latina en general, he
estado en Nicaragua en 1988, años duros, de acoso por Estados Unidos y el
presidente Reagan, y me interesan varios frentes y lugares en Centro y
Sudamérica. Lo que he aprendido de historia de América en el siglo XX me ha
dejado una profunda impresión. La región es tratada con indiferencia por la
prensa inglesa y europea.
Le iba a preguntar cuán activo es políticamente.
–Sigo activo, aunque envejeciendo. (se ríe.) Hay un
testimonio político en algunas de mis obras más viejas. Pero en estos
últimos tiempos he estado agitando pancartas frente a Whitehall (central del
gobierno británico) y en Downing Street (domicilio oficial del primer
ministro), cuando los norteamericanos y los británicos iban a bombardear a
Irak (en abril de 1998). Estuve en esas protestas, y también en radio y
televisión.
¿Qué más hizo durante esa crisis?
–Fui elegido como la voz del disenso que era presentable
en el aire, como si no hubiese otra. Por televisión tarde a la noche y en
radio temprano por la mañana siempre tenía dos voces en contra. Por lo
general, la producción pone frente a la cámara a dos opiniones enfrentadas,
en este caso la mía y la de un columnista rival. Pero durante la crisis
también tenía a los conductores de los programas en contra y eran muy
agresivos. Me pedían que justificara mi opinión de que un bombardeo era un
acto criminal, que contra todo acuerdo internacional, aviones
norteamericanos y británicos dejaran caer bombas sobre 150.000 civiles. Los
que me entrevistaban estaban calientes, entre ellos los principales
noticieros. Era aberrante.
¿Qué querían con tanta presión?
–Querían el bombardeo a toda costa. Creo que en muchos
casos los gobiernos están a la altura de los hooligans (barrabravas) del
fútbol. La violencia se les sube a la cabeza. Se emborrachan de violencia.
Estoy seguro de que esto estaba en la esencia de la posición del gobierno
británico. No hay que olvidar que el gobierno laborista nunca tuvo
oportunidad de bombardear a nadie ya que estuvo fuera del poder desde 1979.
Ahora nuestros dirigentes parecían advertir a Irak que si no se cuidaba se
la iban a dar. Era así, les encantaba la idea. Al fin tendrían la
oportunidad. Debo decir que siento un profundo rechazo por los adictos al
poder en el gobierno.
¿Cómo se siente respecto del nuevo laborismo de Tony Blair?
–¡¿Cómo cree que me siento?! Pienso que está en vías de
ser un gobierno traidor. Hay cosas en las que uno tiene derecho a esperar
que los laboristas sean mejores. Claro, también hay que reconocer que son
mejores que el gobierno conservador. Pero no se puede decir mucho más. A mí
me fascina observar lo que un gobierno retiene del régimen anterior. En
Inglaterra, aquel horrendo ministro del Interior Michael Howard
(conservador, en el gobierno de John Major), introdujo legislación que es
verdaderamente represiva y da enorme poder a la policía, a las fuerzas de
seguridad. El laborismo no ha anulado ninguna de esas leyes. La policía
puede instalar escuchas donde quiera, puede detener a la gente en la calle y
revisarle un bolso. Eso no está lejos de un Estado policial. El Reino Unido
no es un Estado policial, pero ha adoptado varias de sus características.
Pero el Reino Unido siempre se ha caracterizado por su
pragmatismo humanista. No puede haberse perdido eso.
–Espero que no. Pero el concepto de poder policial aquí es
mucho más sutil que en la Argentina. Recuerdo que, en junio de 1997, luego
de la devolución de Hong Kong a China, hubo gente que se me acercó
lamentando que algo terrible iba a suceder. Los chinos habían decretado que
las manifestaciones pro democracia requerían permiso policial. Inglaterra
siempre ha requerido permiso policial para cualquier reunión callejera de
más de veinte personas.
Su crítica está dirigida centralmente contra los
gobiernos.
–La responsabilidad del gobierno es preeminente. Y en
estos tiempos también lo es la responsabilidad de Estados Unidos. Ellos
engendraron, subsidiaron, alentaron y apoyaron sistemas que fueron horrendas
dictaduras militares. A EE.UU. le pareció lo correcto. Ahora Washington
simula que nada de eso ocurrió. Si se forma un tribunal internacional para
juzgar crímenes contra los acuerdos internacionales, EE.UU. tendría que ser
un acusado. Pero las potencias del mundo no lo permitirán. Lo mismo pasaría
con Gran Bretaña. Y yo no veo que esto cambie. Tenemos una Corte
Internacional en La Haya que no logró nada. No hay forma de que EE.UU., o
China, por caso, permitan que una Corte los halle culpables. No serán
acusados.
Entonces, ¿adónde enfoca sus esfuerzos?
–Contra la hipocresía. Hay tanto cinismo e hipocresía
política en el mundo que hay que llamar la atención sobre eso. Uno de los
problemas de la sociedad actual está ejemplificado en una charla que di en
Cardiff (Gales) ante unas doscientas personas de la universidad. Un hombre
se puso de pie y dijo que estaba de acuerdo con lo que yo decía, pero que él
era profesor y no lo podía decir. Admitió que no sería cesanteado, pero
“perdería toda oportunidad de ascender si expresara opiniones que se
consideran inaceptables”. Hubo consenso en que, si uno ocupaba un puesto
académico, había que someterse a la línea del establishment. Mi situación es
la de un hombre de suerte. A mí nadie me despide de ningún empleo. Pero veo
mucha presión sobre la gente que no se adecua al statu quo.
¿Cómo se siente respecto de la prensa inglesa?
–Es selectiva en lo que decide publicar. Parecería haber
un acuerdo tácito en la prensa que la Argentina, por ejemplo, no tiene
importancia, excepto durante el Mundial u otra distracción especial. No
importa lo que sucede en Turquía. Y Timor Oriental sólo volvió a ser noticia
porque la economía de Indonesia estaba en ruinas. Pero Timor fue invadida en
1975. El entonces presidente de EE.UU. Gerald Ford y su secretario de
Estado, Henry Kissinger, estaban entonces en Yakarta de visita. Vieron al
presidente Suharto, regresaron a Washington y casi de inmediato Indonesia
invadió Timor Oriental y mató a 200.000 personas. Ford y Kissinger deben
haber sabido lo que estaba por ocurrir. ¿Qué opino de la prensa? ¿Qué opino
de Kissinger? La prensa no dice que Kissinger es responsable de asesinato
masivo, que es el mismo personaje que recibió el Premio Nobel por el acuerdo
israelí-egipcio entre Begin y Sadat. La prensa no lo presenta así.
Sin embargo, la prensa londinense se hizo eco de su
protesta.
–En parte. Durante la amenaza de bombardeo contra Irak
escribí una “Carta abierta al primer ministro” (Tony Blair). La escribí en
un tono irónico, di abundantes datos sobre el uso de armas químicas en el
mundo, incluyendo el desfoliante Agente Naranja. Terminé la carta diciendo:
“Ah, nos encantó cuando el laborismo ganó las elecciones (en 1997)”. The
Guardian no tituló el artículo “Carta abierta...” sino “Escritor
enfurecido...” ¿Cómo pudieron decir que la ironía era furia? Sentí que me
estaban tildando de loco rabioso. Era una falsa representación. De esa forma
el periódico y los periodistas son negligentes con sus responsabilidades. A
los periodistas en Inglaterra no parece importarles. La prensa refleja una
conspiración en la que participan el gobierno, las empresas y los medios. El
gobierno vende armas a Turquía. Los medios publican publicidad que promueve
el turismo en Turquía.
¿Cómo reacciona la gente ante sus opiniones y sus obras?
–Creo que se debería hacer un estudio sobre la naturaleza
de los públicos en el teatro. Se necesitaría una investigación que describa
las diferencias entre un grupo de gente y otra. Una noche, el público está
alerta, es inteligente... A la noche siguiente se instala un público
temeroso, ansioso, petrificado... ¿Qué es lo que hace que un auditorio de
270 personas (la capacidad del Donmar Warehouse, en Covent Garden, Londres)
sea tan diferente de los 270 del día siguiente? Cierta química unifica a la
gente en una masa. ¿Cómo comienza el aplauso? Eso le daría trabajo de por
vida a alguien que supervisa doctorados. Cuento una anécdota. Es mi favorita
acerca del público. En 1967 se estrenó mi obra Regreso a casa (The
Homecoming, 1964) en Broadway. Cuando subía el telón, nos dimos cuenta de
que el público era de tapados de visón y de empresarios. Empresarios,
tapados en visón... A partir de los primeros 30 segundos, odiaron lo que
veían. Les disgustaba el escenario, la imagen de los actores... Odiaban
todo. Era una de esas noches en que uno dice: “Dios, ¿por qué estoy aquí?”.
Y odiaron todo a medida que avanzaba la obra. Lo sorprendente es que los
actores comenzaron a odiar al público más aún. Los actores se hicieron más
feos y más mezquinos. Cuando cayó el telón, el público estaba exhausto...
derrotado. El poder de los actores en el escenario había derrotado a un
auditorio beligerante. Me alegró muchísimo.
Usted es un escritor de quien se puede decir que es
combativo...
–Quisiera decir que sería lindo que pareciera que siempre
estoy peleando y llevo la delantera. Pero muchas veces me agota la
injusticia del mundo. Me siento profundamente frustrado. Esas fuerzas, del
gobierno, las empresas, los medios, son tan poderosas... Recuerdo una frase
del colegio que describía lo absolutamente inútil: “Como rajarse un pedo por
una cerradura”. ¿Se puede pensar en algo más ridículo? Representa lo
totalmente insignificante. Yo hago cosas que para mí tienen significado,
pero por el resultado no lo parecen. ¿Cómo se logra que un gobierno acepte
la razón? Algunas veces buscar una explicación es tan frustrante...
¿Qué es peor: pelear sin éxito o reconocer la frustración?
–Las frustraciones son parte de la lucha. Sería estúpido o
demasiado idealista pensar en ganar contra rivales tan fuertes
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