Hace ocho años, Tavernier filmó el documental Al otro lado del Periférico
sobre la vida en los suburbios de París, donde constataba el germen de la
protesta que asoló esos barrios en las últimas semanas (1105). El
cineasta afirma que “los políticos de derecha y de izquierda y la prensa
están más
preocupados en las encuestas que en los problemas”
Sus películas recrean la realidad con ojo crítico. Algunas han motivado
cambios legales; otras han movilizado a los políticos, como una que mostró
hace ya ocho años el polvorín de los suburbios de París. Como deseó cuando
era joven, el cine es su vida, y la indignación, su motor. Su esposa
franco-irlandesa lo bautizó como Little Bear (osito), y ése es ahora el
nombre de su propia productora cinematográfica, en cuyas oficinas varios
osos de peluche reciben al visitante. Más al fondo, los negativos de las
películas de Bertrand Tavernier se apilan en un orden aparentemente casual
junto a una figura femenina de cartón de tamaño natural que muestra a la
actriz Sophie Marceau ataviada como La hija de D’Artagnan, una de sus
películas más populares. Del perchero cuelga el viejo sombrero de cowboy del
cineasta francés como si esta pequeña oficina del centro de París fuera una
prolongación de sí mismo. Bertrand Tavernier no tiene aspecto de osito. Es
más bien un oso de gran envergadura de casi dos metros de altura coronados
por una cabellera blanca y despeinada. Los suburbios de la capital francesa
llevan varios días ardiendo en llamas y la revuelta se ha extendido a todo
el país alentada por un gobierno conservador que ha calificado de chusma a
los jóvenes agitadores y ha decretado el estado de emergencia. En el centro
de París y en los alrededores de Little Bear reina, sin embargo, la calma de
un otoño en esplendor.
–La verdad es que hasta el último momento he temido que cancelara usted esta
entrevista, que decidiera usted marcharse a los suburbios a seguir los
acontecimientos como ha hecho en el pasado.
–No, porque tengo aquí mucho trabajo y también porque yo ya he pasado mucho
tiempo en los barrios periféricos donde rodé Al otro lado del Periférico, un
documental que fue difundido en su momento como el ejemplo de lo que hay que
hacer en esas zonas. Muchos sociólogos y analistas constatan que sólo hay
interés por los suburbios cuando estalla la violencia, algo que sufre la
gente que vive allí. Los periodistas y las cámaras, casi sin excepciones,
llegan para filmar sólo los coches incendiados. En mi película yo no
mostraba los coches incendiándose. Intenté mostrar la humillación de los
jóvenes controlados por la policía de manera aberrante y sistemática.
Demostramos que había problemas muy graves en el suburbio de Les Grands
Pêchers. Sin embargo, cuando he vuelto recientemente he visto que el
anterior gobierno de Jean-Pierre Raffarin había recortado las subvenciones y
que estaba dificultando todo el trabajo que venían desarrollando diversas
organizaciones de integración, de escolarización y de alfabetización; que
sólo se ha respetado a las organizaciones próximas a la UMP (Unión por un
Movimiento Popular, el partido del gobierno conservador francés). Esta misma
mañana he oído que han tenido que cerrar un local donde se daban clases de
alfabetización porque se les ha recortado el 30% de la subvención.
–¿Cree que la situación en los suburbios ha empeorado desde entonces?
–Por supuesto, porque frente a todos los problemas en los suburbios hay una
política de educación nacional basada en la estadística que habla de que
faltan uno o dos alumnos para completar una nueva clase. En vez de
plantearse que en barrios difíciles quizá no ocurra nada si hay dos o tres
alumnos menos por clase que la media nacional. La situación es peor porque,
para empezar, la prensa francesa no hace su trabajo, ignorando el hecho de
que la derecha prometiese que erradicaría los disturbios de la época de
Lionel Jospin (ex primer ministro socialista) y ha resultado que son aún
peores. Ni siquiera la izquierda discute a Nicolas Sarkozy (ministro del
Interior) porque se contenta pensando que tenemos la derecha más nula del
mundo. Ahora tenemos también la izquierda más nula del mundo, sólo
preocupada por la campaña de las presidenciales. Es una izquierda que no
arremete contra un Sarkozy que lleva años hablando de seguridad, de
destrucción, de chusma y de tolerancia cero cuando el resultado ha sido
destinar menos policías a esos suburbios. El actual drama de Francia es que
Sarkozy ha conseguido condicionar la política francesa a lo que él declara
en televisión. La política se limita a un intercambio de acusaciones en
televisión despreocupándose de lo que ocurre en la calle.
–Así que la política francesa se ha convertido, según usted, en un
espectáculo mediático.
–Es una especie de política virtual. Es como un juego de game boy en el que
Sarkozy dice una cosa que va a desestabilizar a Dominique de Villepin
(primer ministro) y éste recoge el guante replicando a Sarkozy. Pero nada
acerca de los refuerzos en la zona o de enviar más educadores a los barrios
periféricos. ¿Cómo es posible que en uno de los estudios que se hizo
recientemente en los suburbios se descubriera que todos los jóvenes
interpelados en la calle estaban sin escolarizar? Eso quiere decir que la
educación nacional tampoco está haciendo su trabajo, ya que es en esos
barrios en los que se necesita más formación y más apoyo psicológico. En su
lugar, el gobierno ha recortado el número de maestros en los colegios, el de
enfermeros en los hospitales y la vigilancia porque hay que tener menos
funcionarios como manda la gran política de la liberalización. Todo eso se
muestra en Al otro lado del Periférico, una película que enseñé a Lionel
Jospin y en la que descubrió que las facturas eléctricas en esa zona eran
exorbitantes porque las tarifas son muy altas, ya que la gente pasa frío en
esos pisos mal construidos y mal aislados y, en consecuencia, gasta mucho en
calefacción. Al día siguiente, Jospin escribió una carta al presidente de
EDF (Electricidad de Francia) y éste subvencionó los trabajos de aislamiento
y refuerzo del cierre de las ventanas, además de negociar un nuevo contrato
de suministro más barato. Gané esa batalla, pero no conseguí que Jospin
recibiera y escuchara a 400 vecinos, pues haciendo la película comprobé que
ni siquiera el ministro Raoul conocía Les Grands Pêchers. Debía haber
escuchado a esa gente, mucha de ella encantadora y muy valiosa para optar a
un empleo. Por supuesto, encuentro inadmisible quemar coches, escuelas y
guarderías, pero lanzar una granada en una mezquita o acosar a jóvenes que
no son delincuentes es una subversión de las cosas.
–En tiempos pasados, y ante acontecimientos similares, hubo una reacción
social, manifiestos, por ejemplo, en los que usted participó, protestando
contra la política de inmigración e integración de los gobiernos.
–Quizá es aún muy pronto para que haya ya una reacción a los acontecimientos
actuales. Es verdad que hemos firmado muchas protestas en el pasado. Ahora
lo único que podemos hacer es repetir lo ya dicho, y la impresión es que los
políticos reaccionan con desprecio a las demandas. ¿Sabe usted cuál fue la
reacción de la educación nacional por mi película Al otro lado del
Periférico? Prohibirme el acceso a la escuela porque decía que molestábamos.
–¿Es que la sociedad francesa ha tirado la toalla?
–Quizá ha habido gente que tenía que haber reaccionado con coraje, pero es
que ahora hay que hacer frente al mundo político y también a la prensa, que
no hace su trabajo y sólo se aproxima a los suburbios cuando hay
acontecimientos realmente sensacionales. La prensa no agita a la sociedad.
Sólo se ocupa de si Ségolène Royal (posible candidata socialista a la
presidencia de la República) está bien situada o no en las encuestas. Yo
quiero saber qué piensa Royal sobre lo que está ocurriendo y qué es lo que
propone. Porque ahora la sociedad ha de enfrentarse también a la increíble
anestesia de una izquierda débil, nula, que tampoco trabaja sobre el
terreno. Los cineastas tenemos muchísima ventaja sobre los políticos. Todo
lo que yo conté en Todo comienza hoy ha resultado exacto sobre lo que ocurre
en las escuelas. No hay un solo día que pase que no se demuestre que el
análisis era acertado y que nadie pone remedio a los problemas. Mire, mi
mujer se presentó a un examen para ser maestra que era alucinante, porque le
exigían un nivel teórico elevadísimo. Nada sobre la forma de enseñar a
jóvenes de culturas diferentes que apenas conocen el francés, a gente que no
dispone ni de una mesa libre en casa en la que hacer los deberes. Esas son
las cosas importantes. Eso es lo que hay que ir a ver y analizar. Conozco a
profesores fantásticos que me dicen que lo primero que hacen para impartir
clases en estos suburbios es tirar a la basura todo lo que han estudiado
durante cuatro años.
–Dijo usted siendo más joven, que cuando fuera mayor le gustaría seguir
indignándose por ciertas cuestiones, como motivo fundamental para hacer
películas. Constato que sigue siendo usted un hombre indignado.
–Sí, reacciono a todo lo que me sorprende, a lo que me choca. Y tengo la
impresión de que muchas veces he dado respuesta a algún problema real. Yo no
soy político; tampoco periodista. Soy un cineasta, pero creo que doy
soluciones a lo que detecto. La prueba es que Jospin encontró una.
–Usted ha dicho que pretende cambiar el mundo con sus películas. ¿Sigue
siendo así?
–Cuando inicio un proyecto, no es lo que pretendo. De hecho, la mayor parte
de mis películas trata de asuntos que en principio desconozco. Por ejemplo,
yo desconocía totalmente el mundo de la adopción y desconocía Camboya antes
de hacer mi última película, La pequeña Lola. Mi interés fundamental es
saber lo que pasa en la cabeza de la gente, pero también exploro en el
asunto que estoy tratando y así es como consigo hacer un filme que obliga a
reflexionar a la gente y que luego provoca un cambio legislativo, lo que no
era la finalidad que yo buscaba. La exploración y el descubrimiento es lo
que aporta ideas sobre la posible intervención en un asunto.
–¿Y cómo logra usted que sus actores actúen frente a la cámara de forma tan
natural?
–Con mucho trabajo. Hago un intento permanente de rodar como si yo no
estuviera ahí, como si las cosas ocurrieran por puro accidente. Pero eso
lleva mucho trabajo, porque la mayor parte de los planos son muy largos, lo
que requiere movimientos complicados de la cámara sin que ello se note.
Repetimos mucho los planos. Mucho.
–¡Vaya, eso sí que no lo esperaba!
–Sí, para conseguir esa naturalidad se requiere mucho trabajo de puesta en
escena. Yo siempre intento dar la impresión de estar en medio de la gente;
que yo no soy un observador que viene a mirar a los personajes como un
entomólogo mira a los insectos. La cámara es como un personaje más. Hay un
bellísimo artículo sobre mí en la revista Le Débat de Pierre Nora que me
achaca la facultad de absorber diferentes culturas y medios, que es lo que
engrandece la cultura francesa. Es la facultad de ponerme en la piel de un
jugador en Mississippi blues o ser un personaje del siglo XVIII en la época
del regente Felipe de Orleáns, acercando todo ello al espectador. Esa es mi
pasión. Hay gente que hace películas sobre las realidades que conocen. Yo
hago films sobre todos los medios y todos los ambientes de cualquier época,
dada también mi pasión por la historia.
–Así que como jefe sería usted lo contrario de Stanley Kubrick, al que
usted, por cierto, llamó imbécil cuando trabajaba para él como encargado de
prensa de La chaqueta metálica. ¿Cómo fue aquello?
–Le dejé claro que como artista era un genio. Sólo dije: “En el trabajo
diario es usted un imbécil”, y dejé mi empleo con él. Esa frase tuvo muchas
consecuencias. Me permitió, por ejemplo, conocer a Sam Peckinpah, que me
hizo saber que había enmarcado mi telegrama en su despacho y que a partir de
entonces, yo podría elegir cualquiera de sus películas para promocionarla.
Kubrick, por su parte, siempre ha dicho que fue gracias a él como dejé mi
oficio de encargado de prensa para hacer cine, lo cual es totalmente falso.
–De otro cineasta americano, John Ford, guarda usted también un emocionante
recuerdo por razones distintas. Usted lo conoció totalmente borracho.
–Sí. Estaba borracho cuando llegó y pasé con él doce días. El primero fue
muy difícil porque teníamos que impedirle que bebiera. Bebía todo el tiempo
b & b (Benedictine y brandy) y teníamos que esconderle hasta los vasos en la
habitación del hotel. El gritaba: ¿Dónde están? Llegamos a dormir con él. Yo
me turnaba con otro colega para no dejarle beber y para que no se cayera
cuando iba al cuarto de baño, porque la primera noche se cayó y se partió la
cara. Era una lucha terrible. Sin embargo, como era muy profesional, dos
días antes de empezar a trabajar aquí en París dejó de beber y permaneció
impecable, bebiendo agua todo el tiempo.
–¿Y es verdad que usted lloró cuando se fue?
–Sí, sí, porque era un hombre muy afable. Pasé veladas extraordinarias con
él.
–Su primera película, El relojero de Saint-Paul, se centraba en una relación
de solidaridad paterno-filial que usted admiraba del relato original de
Georges Simenon. ¿Tiene que ver con su propia infancia?
–Sí, y es curioso porque yo he aprendido un montón de cosas después a través
de mis hijos y ahora he prolongado un poco la vida de ese relojero, he
habitado en él, pues he trabajado en dos películas con mi hijo Nils, que ha
participado también como actor, y mi hija Tiffany.
–Su padre era un intelectual, que, en cierto modo, desaprobó su pasión por
el cine. Veo que se ha tomado usted la revancha. No sólo hace cine, sino que
ha involucrado a toda la familia.
–Sí, es verdad. Es mi venganza. Y he conseguido justamente que trabajemos
juntos toda la familia; lo que yo nunca tuve. Ha sido una venganza contra mi
padre, al que admiraba, y contra mi madre, una mujer contradictoria a la que
también admiraba. El problema es que cada uno estaba por su lado. Mi padre
era el hombre más brillante, inteligente, divertido y a veces el más
comprometido en el sentido político, pero al mismo tiempo estaba dominado
por una naturaleza perezosa que le impidió, por ejemplo, escribir, que es lo
que tenía que haber hecho. En cambio, yo soy un loco del trabajo. Siempre
estoy haciendo algo: escribiendo artículos, rodando, ocupándome de la
iluminación, de militar por los derechos de autor... Ahora dudo. Quizá tenía
que haberle insistido más para que escribiera.
–Jean-Pierre Melville ha dicho que es importante saber ganar dinero sin
traicionarse a sí mismo. ¿Lo ha logrado usted?
–Sí, yo creo que sí. Creo que no he hecho una sola película en la que yo no
me haya comprometido. Las hay mejores y peores. Algunas seguramente no
están, por mi culpa, a la altura de mis ambiciones, como Daddy nostalgie. No
es una película lograda, aunque conozco a gente que la adora. Pero sé que no
hay nada dentro de mis películas que yo pueda encontrar deshonroso o que yo
habría querido cortar a toda costa porque sintiera vergüenza o detestara.
Todo lo que he rodado creo que era necesario rodarlo.
–¿No le da importancia al dinero?
–El dinero es importante, pero no lo suficiente como para sacrificar tus
ideas. Yo he ganado lo suficiente para tener una vida formidable. He hecho
lo que he querido, he desarrollado el oficio que me gustaba y me he
divertido como un loco. Al mismo tiempo, he podido negarme a cortar metraje
en Al otro lado... o a desechar el proyecto de La vida y nada más a cambio
de una importante suma de dinero. No he sacrificado mis ideas.
–Supongo que tener su propia productora le ha dado aún más libertad.
–Por supuesto. Sin mi productora no habría podido hacer La pequeña Lola y
tampoco L-627.
–¿Le molesta que lo comparen con Ken Loach?
–No, en absoluto. Es un cineasta al que yo aprecio muchísimo y que creo que
ha captado cosas muy importantes de Inglaterra. Simplemente creo que yo he
abordado asuntos de época que él no ha hecho, incluso cuando haya rodado
películas históricas. Somos un poco diferentes, pues él prefiere ceñirse más
a la realidad actual que yo, pero ciertamente él tiene preocupaciones que
comprendo bien y que comparto.
–¿En qué proyecto está usted ahora?
–Estoy intentando trabajar sobre una película que quizá haga en Estados
Unidos con financiación francesa, quiero hacer una continuación de L-627 y
me gustaría rodar también un documental que sería la prolongación de La
pequeña Lola sobre el entorno de los jemeres rojos a través de un personaje
que he conocido en el rodaje y que es un sacerdote francés formidable que
quiero que haga de enlace entre el pasado y el presente de Camboya. Porque
le diré que Camboya es un muy buen ejemplo de lo que ocurre en una sociedad
en la que todo el poder se da al dinero tras un período atroz de guerra
civil, de genocidio, etcétera. Es una sociedad que no ha dado ningún poder a
la cultura. La gente no está al corriente de nada. Es una sociedad que ha
matado a los artistas, que ha matado a los investigadores, los médicos, los
periodistas. Es una sociedad que trata de superar su situación con turismo,
comercio y cierta corrupción, pero que ya no tiene teatro. Hay casinos por
todas partes, pero apenas hay librerías. No se leen libros. A mí me parece
que Camboya está muy próximo a lo que nos amenaza: una sociedad en la que
sólo hay referencias visuales, sin conocimiento, que no da prioridad a la
cultura. Creo que una sociedad que no lo hace es una sociedad oscura; quizá
muy rica, pero oscura. Nosotros vamos hacia una sociedad sin puntos de
referencia porque no hemos aprendido de la historia.
–¿Cree que ése es el problema del futuro de Europa?
–Veo demasiados políticos que no se toman en serio la cultura. Los niños,
por ejemplo, pasan más tiempo frente a la pantalla, ya sea de la televisión
o del videojuego, que frente a los profesores. Hay un constante
bombardeo de
imágenes, y los ministerios de Educación deberían enseñar a los niños a
desencriptarlas. Porque los niños de ahora
son incapaces de analizar lo que ven, lo que hay detrás de las imágenes.
Tengo el ejemplo en mi nieto, que ve cómo le cortan el brazo a alguien y lo
que valora es que el efecto especial de la imagen esté bien hecho; no piensa
en lo que realmente supone esa imagen, esa situación que se quiere recrear.
Los niños de ahora sólo piensan en términos tecnológicos, nunca en
conceptos.
–Y, por tanto, son más fácilmente manipulables. Es verdad que se impone la
espectacularidad de la imagen.
–Sí, y si los ministros de Educación no se ocupan de este asunto, creo que
se perderá una parte de la batalla de la democracia. Porque mientras hay
terroristas islámicos capaces de banalizar las imágenes utilizando videos,
nosotros somos incapaces de hacer redescubrir una película de Jean Renoir o
de Luis Buñuel. Porque los jóvenes de ahora son incapaces de ver una
película en blanco y negro. (En este punto, Bertrand Tavernier está dando
pequeños puñetazos de indignación sobre la mesa.) ¿Qué quieren? ¿Que
coloreemos El descendimiento de Alberto Durero? ¿O la foto de Cartier-Bresson?
No podemos dejar que la ignorancia nos coma el terreno
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