A los 76 años, Jean-Luc Godard sigue
siendo uno de los cineastas más productivos y estimulantes de la
actualidad, aunque sus films ya no lleguen regularmente a la
Argentina. Su obra, unos cincuenta largometrajes en menos de 45
años, puede dividirse en “períodos” (como se dice de Picasso): están
los “años Karina” (El soldadito, Vivir su vida, Pierrot el loco,
Bande à part...), los “años
Mao”
(One plus One, Tout va bien...), los “años video” (Numéro deux, Ici
et ailleurs...), el regreso al cine (Sálvese quien pueda: la vida,
Prénom Carmen, Nouvelle vague...) y últimamente sus Histoire(s) du
Cinéma, en varios capítulos, una summa de toda su obra. En el
Festival de Cannes 2004 presentó Nuestra música, su largo más
reciente, que se estrena hoy en dos cines de Buenos Aires y en el
que Godard elabora una serie de variaciones sobre la guerra, la
melancolía, el paraíso, Palestina y Sarajevo. Habitualmente púdico,
aquí Godard habla no sólo de su nueva película sino también de
filosofía –Sartre,
Camus, Heidegger, Levinas–, del amor, la amistad y el suicidio,
con el que alguna vez coqueteó.
–¿Cuál fue su formación? ¿Estudió
filosofía?
–Fue siempre a través de la
literatura que me acerqué a la filosofía. Había la efervescencia de
la posguerra, el existencialismo, Sartre sobre todo y Camus, del que
guardé una frase que me conmovió toda mi vida: el suicidio es el
único problema filosófico realmente serio. Por mi padre, de
formación más germánica, admirador de Alemania, fui introducido a la
historia del Romanticismo alemán, con El alma romántica y el sueño,
de Albert Beguin. Todo eso era acompañado por el descubrimiento de
las películas mudas en la Cinemateca de Henri Langlois y del cine
alemán, de Murnau...
–¿Lee obras de filosofía?
–Amo los libros, los libros de
bolsillo, porque precisamente se pueden meter en el bolsillo (en
realidad son ellos los que nos meten en el bolsillo). Pero yo no leo
de manera seria, es raro que lea un libro, incluso una novela del
principio al fin. Hoy releo algunos, lentamente, que me quedaron en
la memoria, pero que seguramente leí mal. Como el final de Minuit,
de Julien Green, donde todavía está la cuestión del suicidio: se
tiene la impresión de que la chica se tira, pero en realidad es el
piso que sube hacia ella a una velocidad vertiginosa... Leer libros
“técnicos” de filosofía, soy incapaz. Soy incapaz de leer a
Heidegger. Me gusta Caminos del bosque, pero eso pasa por la
imagen...
–Sin embargo, usted cita mucho a
Heidegger.
–Son puntas de pensamiento. Antes yo
lo ponía como citas, ahora como situaciones. Antes hubiera ido a
Sarajevo, hubiera hecho travellings y hubiera puesto a Heidegger
debajo. Lo que hay en Nuestra música lo encontré en Levinas, en un
libro antiguo que se llama El tiempo y el otro. Es una nota al pie
de página. Me gustan mucho las notas largas al pie de página,
comencé por eso. Levinas dice que la muerte es lo posible de lo
imposible y no el imposible de lo posible, como había dicho Jean
Wahl a propósito de Heidegger. Traté de leer las Meditaciones
cartesianas, de Husserl, pero no aguanté. Deleuze, cuando se lo
escucha, es absolutamente magnífico: cuando leo algunos de sus
textos más difíciles, es como si hiciera matemáticas superiores.
Todos los libros de filosofía deberían, como el de Kierkegaard,
llamarse Migajas filosóficas, así uno se sentiría menos culpable de
no poder leer más que “migajas”, justamente.
–¿Cómo definiría usted la moral?
–No me gusta definir. Soy demasiado
viejo o demasiado joven, sin duda. Me gusta preparar bien los planos
para la moral, pero para eso es necesario ser por lo menos dos, con
un tercero en algún lado para buscarlo, un tercero excluido que
introduzca la trinidad. A menudo releo por partes Cuadernos por una
moral de Sartre. El ser y la nada me aburre, pero al otro lo sigo
porque es una cuestión de literatura, de política, de pintura.
Cuando Sartre habla de pintura, de Tintoretto, de Wols o de Jean
Fautrier dice cosas que los críticos de arte no saben decir, porque
escriben sobre, mientras que él escribe de, después de la pintura.
Cuadernos por una moral es formidable porque de pronto Sartre habla
de un filósofo y utiliza la expresión “la síntesis viscosa”,
entonces se tiene la sensación de comprender sin comprender, como un
niño de dos años que retiene ciertos ruidos o palabras. Pero usted
me hablaba de moral. En lo de mi abuelo, que era rico, yo comía en
platos que tenían las imágenes de la colonización, platos que tenían
el retrato del mariscal Bugeaud. Quizá la moral comience ahí.
–En Nuestra música, usted retoma la
tripartición clásica, infierno, purgatorio, paraíso. Pero la estadía
en el purgatorio es la más larga. ¿Es ahí que está la moral, el
trabajo lento de “purgar”?
–Habrá notado que los periodistas van
siempre a los infiernos y los turistas, el paraíso. Raramente
alguien va al purgatorio. ¡Hoy se pone de un lado el Mal y del otro
el Bien, eso es todo! En el cine, existe la producción, la
distribución y... la explotación, mientras que de un libro se habla
de escritura, de edición y de difusión. Ahí está para mí la metáfora
de un mundo que no es ni infinitamente grande ni infinitamente
pequeño sino “infinitamente mediano”. El cine fue el responsable,
luego los responsables traicionaron y el público también. En Estados
Unidos, las películas basura se llaman exploitation movies... La
producción, que es el rodaje, el guión, es para mí uno de los
mejores momentos: se siente, y ahí hay alguna cosa de moral, algo
que nos llama, digamos la estrella del pastor, poco importa, pero
que todavía no se conoce. Hay que pensar, tomar algunas notas que
después se dejan caer, que no se miran más. Luego está el rodaje,
que para mí es un poco el comienzo del fin. La producción entonces
es el paraíso, la distribución, el purgatorio, y luego viene el
infierno, que es la explotación.
–¿Qué es para usted la soledad?
–En Todavía estamos todos aquí, Anne-Marie
Miéville me hacía leer un texto de
Hannah Arendt que decía que la soledad no es el aislamiento. En
la soledad, jamás estamos solos con nosotros mismos. Siempre somos
dos en uno y nos convertimos en uno solamente gracias a los otros y
cuando nos hemos encontrado con ellos. A mí me gusta estar en una
mesa donde se ríe y se come, pero prefiero estar en una punta de la
mesa y no estar obligado a participar. Al mismo tiempo, quiero estar
y aprovechar eso. El aislamiento de un prisionero es otra cosa.
–¿Usted ya pasó por una forma de
aislamiento?
–Sí, una vez. Después de una
tentativa de suicidio, que había hecho de manera un poco
charlatanesca, para llamar la atención sobre mí. Fue después del
’68, creo. Estaba en la casa de un amigo –pero mi padre, que era
médico, me había puesto en una clínica psiquiátrica anteriormente– y
fue mi amigo el que me llevó a Garches. Allí, para evitar que
hiciera algo desgraciado, me pusieron una camisa de fuerza. Me dije:
te interesa quedarte tranquilo, si no jamás te soltarán. Un libro me
influyó mucho cuando era más joven, El vagabundo de las estrellas,
de Jack London. Es la historia de Darrell Standing, un condenado a
muerte que espera en la prisión del estado de California, en San
Quintín. Le ponen una camisa de fuerza, y a él le sirve de
escapatoria, lo que enloquece a su guardián: ¡más días le dan de
camisa de fuerza, más contento está! Se hace su mundo y se escapa
por el pensamiento, está en París bajo Luis XIII, en la Roma de
Poncio Pilato. Hace poco releí un libro de London, Michael, perro de
circo. Me había gustado mucho en su momento, quizá porque me veía yo
en perro de circo, con un deseo de ser adoptado. El perro se
encuentra solo en la playa y hay un viejo que lo llama, lo lleva y
que se convierte en su amo, su patrón, su profeta. Este hombre se
llamaba Dag Daughtry, y fue solamente hace unas semanas, al
releerlo, que entendí al “prójimo”. Tenía necesidad del prójimo, mi
familia no era el prójimo.
–Pero un pintor, un escritor,
encuentran siempre un “prójimo” para sus obras, será porque les
alimentan la sensibilidad, el pensamiento, el imaginario de los
otros.
–Entre los artistas que se suicidan, creo que los
pintores ocupan el primer lugar, los escritores el segundo. En el
cine, uno no se puede suicidar. Hay excepciones, pero pocas: Jean
Eustache, en Francia, por ejemplo. Como decía Bresson, una vez que
uno entró en la cinematografía, no se la puede dejar. En Francia,
hay uno solo que la dejó, Maurice Regamey, que hacía películas de
cuarta categoría y se convirtió en representante de vinos y de
licores en el Midi. En la escritura, hay momentos en que uno deja la
soledad y entra en el aislamiento. Alguien como Chandler lo decía: a
partir del momento en que estoy sobre una pista, todo lo que hago es
la novela; prender un cigarrillo, cocinar un huevo al plato,
pasearme, todo fuera de eso es aislamiento y es muy duro. A causa de
esto uno se puede suicidar, el pintor también puede. En el cine no
se puede, porque uno se lo hace a muchos, se hace un mal. Se toman
colaboradores, empleados, asistentes, y eso es un microcosmos. La
gente vive junta, hay hombres, mujeres, el dinero, el poder, hay de
todo. Es por eso que pueden pasar hechos que todavía no sucedieron,
que son señales, si uno las sabe ver: uno ve tal película y sabe que
dentro de seis meses hay un Mayo del ’68 o esto o aquello.