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230607 -
Fuente La Nación - Por
Any Ventura -
anyventura@fibertel.com.ar
“Salvo honrosas
excepciones, las universidades privadas no son de buena calidad,
porque no hacen investigación. Son nada más que enseñaderos”, dice
el doctor en Ciencias Químicas Alberto Kornblihtt.
Kornblihtt es, a los 53 años, uno de los científicos más
prestigiosos del país. Egresado del Colegio Nacional de Buenos
Aires, hizo su doctorado en el Instituto de la Fundación Leloir, y
el posgrado, en Oxford. Es investigador principal del Conicet,
profesor titular plenario con dedicación exclusiva y director del
Departamento de Fisiología, Biología Molecular y Celular de la
Facultad de Ciencias Exactas.
Pasa la mayor parte de sus horas en el segundo piso de la Ciudad
Universitaria, donde tiene su laboratorio. En 1991, obtuvo la beca
Guggenheim, y en 2000, la beca Antorchas. Ha dirigido ocho tesis
doctorales, aprobadas con sobresaliente. Dicta conferencias en las
ciudades más importantes del mundo. Fue candidato a rector de la UBA.
Le otorgaron el Konex de Platino a la Ciencia y Tecnología en 2003,
por sus trabajos en citología y biología molecular.
Kornblihtt ama la docencia y la divulgación científica. No está al
margen de la sociedad en la que vive ni le saca el cuerpo a la
actualidad. Tiene definiciones muy rigurosas acerca de cada uno de
los temas que se le plantean. Afirma: "La ciencia y la religión son
dos inventos del hombre, pero la religión no permite averiguar el
origen de las cosas".Y sobre las políticas de Estado opina que
fabricar vacunas en nuestro país en vez de importarlas no es una
prioridad científico-tecnológica, sino política y económica.
Respecto de la gestión de Néstor Kirchner, afirma: "Esta es una
sociedad que mayoritariamente guardó grandes silencios. En cuanto a
los derechos humanos, el Gobierno está a la izquierda de la
sociedad".
Finalizada la entrevista, antes de despedirse, me aclara: "Yo sé que
las cosas que digo como hombre público generan reacciones entre mis
colegas que me afectan en mi vida cotidiana..."
-El común de la gente no tiene muy en claro el sentido de muchas
investigaciones científicas. Esto incluye la información acerca del
ADN. ¿Para qué sirvió haberlo descubierto?
-Por empezar, un descubrimiento no tiene un para qué. El ADN se
conocía desde 1860. Pero lo que descubrió Watson en 1953 fue la
estructura del ADN. Ese fue un hito en la historia de la humanidad,
porque permitió comprender cómo a partir de una célula se producen
dos iguales, cómo se efectúa la reproducción. O, como dice Serrat,
por qué a veces los hijos se nos parecen. Por otro lado, tuvo una
utilidad práctica, porque al conocer las bases moleculares de la
herencia y de la información genética se pudo comenzar a modificar
esas bases en función de necesidades humanas. Hay miles de
aplicaciones en la vida cotidiana: en la medicina, en la
agricultura, que tienen que ver con ese conocimiento básico que
significó la estructura del ADN. La ciencia y la religión son dos
inventos del hombre, porque ningún otro animal los practica, pero la
ciencia es algo inevitable, porque la curiosidad por descubrir cómo
ocurren las cosas es inherente al hombre.
-A ver: ¿quiere decir que muchas veces ciencia y religión son
contradictorias?
-Las células vivas responden a las leyes de la física y de la
química. Están compuestas por átomos que existen en el universo. La
materia que compone un árbol o un ser humano está basada en lo
mismo: en átomos que forman moléculas que interactúan entre sí. No
hay ninguna fuerza espiritual, como planteaba el vitalismo.
-Entonces, ¿ciencia y religión son contradictorias?
-Sí, porque la religión no permite averiguar el origen de las cosas.
Lo da por sabido y lo relata. La ciencia, en cambio, intenta
averiguar el origen y el funcionamiento de las cosas. La explicación
que da la ciencia acerca del mundo nada tiene que ver con la que da
la religión. Esta se basa en dogmas, creencias o actos de fe, que
satisfacen necesidades espirituales, pero, por no poder ser puestas
a prueba, no pueden reemplazar la evidencia experimental, la
argumentación racional y el pensamiento crítico.
-¿Pueden existir sectores a los que no les convenga que avance la
ciencia en la Argentina?
-Creo que los sectores que tienen el poder económico han despreciado
el desarrollo científico. Porque el pensamiento científico está
constantemente expuesto a cuestionar las verdades absolutas. Otro
argumento de ciertos sectores para no apoyar a la ciencia es que
piensan que no produce nada útil. Eso es una falacia, porque si no
se apoya a la ciencia básica es muy difícil que haya desarrollos
tecnológicos que sean transferibles a la industria o a bienes y
servicios para la sociedad. Por ejemplo: fabricar vacunas en nuestro
país en lugar de importarlas no es una prioridad
científico-tecnológica, sino política y económica.
-Este tipo de argumentos, ¿es entendido por los políticos?
-La decisión política depende del Estado y, en el nivel de las
empresas, depende de los controles que les imponga el Estado. Ahora
bien: es cierto que la ciencia es un factor importantísimo para un
desarrollo independiente. Sin embargo, la justicia social y
económica no se consiguen con la ciencia, sino con decisiones
políticas.
-¿Todavía es motivo de orgullo la Universidad de Buenos Aires?
-¡Por supuesto! Las universidades públicas argentinas siguen siendo
los grandes centros de excelencia y generación de conocimiento. La
proliferación de las universidades privadas, promocionadas por
personajes muchas veces cuestionables, era un negocio. Salvo
honrosas excepciones, las universidades privadas no son de buena
calidad, porque no hacen investigación. Son enseñaderos.
-¿Cuáles rescataría?
-Algunas de Economía y de Ciencias Sociales.
-En una charla, usted dijo que todas las células tienen los
mismos genes y que la memoria depende de qué genes se encienden y
qué genes se apagan en las neuronas. ¿Esta puede ser una metáfora de
la Argentina?
-[Piensa] No sé exactamente en qué sentido usted lo dice. Puede ser,
porque ésta es una sociedad que mayoritariamente guardó grandes
silencios, que fue cómplice o que tomó como algo natural la idea de
los golpes de Estado. Por eso creo que la política de derechos
humanos del Gobierno es muy positiva, porque implica una denuncia
explícita, focalizada y didáctica de las atrocidades de la
dictadura. En este punto, el Gobierno está a la izquierda de la
sociedad.
-Se dice que la época de oro de la UBA fue de 1956 a 1966. ¿Usted
coincide?
-No, no coincido, porque hay que tener en cuenta dos elementos
importantes: primero, que la universidad era mucho menos masiva que
ahora y segundo, que representaba una reacción cultural frente al
peronismo. Era un país con proscripción política. Esa universidad
que murió con la Noche de los Bastones Largos era muy buena, pero en
esta universidad de hoy hay expresiones de mayor jerarquía. Esta
universidad de hoy tiene su entusiasmo y su excelencia. Por eso
merece un presupuesto mayor, y no sólo uno que alcance para pagar
los sueldos.
-¿Por qué hay un cuestionamiento tan fuerte de los productos
transgénicos? ¿Son realmente tan perjudiciales?
-La transgénesis es un método para obtener una variante vegetal o
animal. Por ejemplo, se introduce un gen que hace que las plantas
sean resistentes al ataque de un virus o que sean resistentes a un
herbicida, lo que implica que si trato al terreno con ese químico
mueren las malezas, pero no la planta que estoy cultivando.
-A ver si entendí bien: la manipulación genética no es
necesariamente mala.
-No. Pero hay que tener cuidado en el control del producto. Ahora,
una cosa es una planta o un animal de granja y otra es un ser
humano. Yo no estoy de acuerdo con manipular el genoma de los
humanos para producir variedades que sean mejores que otras. Eso sí
me lleva a los nazis...
-Adrián Paenza dijo en una entrevista que usted debería ser
presidente de la Nación. ¿Por qué cree que lo dijo?
-Aparte de ser mi amigo, él está pensando en que los cargos más
altos de la política deben ser llevados adelante por gente que no
provenga ni de la política profesional ni de abogacía, sino que
tenga una formación científica. Un científico tiene un pensamiento
crítico y es capaz de admitir errores y de ver que las cosas deben
ser explicadas. Por ejemplo, no creo que el crecimiento económico
produzca un derrame que solucione los problemas de la sociedad. Si
no se tocan los intereses de los grandes capitales, es difícil que
se logre una justa distribución de la riqueza. Pero no me interesa
ser presidente... |
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