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Ricardo Piglia |
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190408 -
ADN
CULTURA - Patricia
Somoza - Leer y escribir en red
El escritor argentino será el encargado de inaugurar la
34° Feria Internacional del Libro. En este diálogo, habla precisamente
del lector, la lectura y los cambios que se están produciendo en la
noción de autor y en el acto de leer por efecto de la tecnología
digital. Además, se refiere a la enseñanza de la literatura y a su
interés por las letras de tango, a las que les dedicó un seminario
Abril y mayo son meses intensos para el escritor
argentino Ricardo Piglia. En estos días, el autor de Respiración
artificial es el centro de unas jornadas que en su homenaje se
realizan en Casa de América, en Madrid. Dentro de un mes, el escenario
será París: otro homenaje tendrá lugar en La Sorbona, donde habrá un
coloquio internacional sobre su obra. Y entre un acontecimiento y otro,
en apenas unos días, Buenos Aires podrá escuchar el discurso inaugural
con que el autor de una obra que cruza la ficción con la crítica y la
autobiografía abrirá la 34» Feria Internacional del Libro.
Profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton,
Estados Unidos, Piglia ha incursionado también en el cine, la ópera y el
cómic. Allí están, además de sus novelas, relatos y ensayos, los guiones
de cine junto a Nicolás Sarquis, Héctor Babenco y Fernando Spiner; la
ópera La ciudad ausente junto a Gerardo Gandini; la literatura
argentina bajo la forma de la historieta en la revista Fierro.
"Yo nunca he considerado que la literatura estuviera ajena a esos
diálogos. Siempre me he acercado a esos mundos llevando lo que soy y
creo saber o hacer; y en cada una de esas salidas aprendí muchísimo y
descubrí gente fantástica." Entre conferencias y homenajes, Ricardo
Piglia tiene tiempo para arremeter con nuevos bríos la escritura de
Blanco nocturno , una novela sobre la que trabaja hace años. Y
también para sostener este diálogo que deambula por el placer de leer y
la invisibilidad del lector, la relación entre literatura y cibercultura,
el interés por el tango, las experiencias virtuales y las vidas
posibles. Piglia es, ante todo, un fino y agudo lector que indaga en el
modo en que la literatura trata aquello que está fuera de ella.
-El lector siempre ha sido un tema de tu interés.
-Sí, me parece más interesante hablar del "lector" y no de los
"lectores". Remitirse a la experiencia del individuo concreto y no a la
serie. Cuando pensamos en el lector, pensamos en alguien particular y, a
diferencia del autor, que es puro nombre, el lector tiende a ser
anónimo. El lector conocido es el que escribe lo que lee, el que se
convierte en escritor o en crítico; el resto, en cambio, sostiene una
práctica invisible y secreta, en condiciones específicas.
-En El último lector hacés una suerte de tipología: allí
aparecen el lector adicto, el que lee para saber cómo vivir, el que lee
para descifrar redes sociales. ¿Cuáles de todos ellos es Ricardo Piglia?
O mejor, ¿en función de qué adoptás distintas posiciones de lectura?
-Traté de identificar y de seguir el rastro de algunos lectores
personalizados, digamos así, según aparecían en las novelas. En qué
situación leían, para qué usaban lo que estaban leyendo. Había una serie
de preguntas implícitas: cómo funcionaba el libro que estaban leyendo,
cuánto costaba. Eran preguntas concretas, muy literarias a mi modo de
ver, porque no se podían generalizar. En cuanto a mí puedo decir, antes
que nada, que soy un lector apasionado y disperso. Durante años me gané
la vida leyendo, fui editor y leía para seleccionar lo que se iba a
publicar. Leí muchísimas novelas policiales para la serie negra que hice
a fines de los años sesenta. Uno lee treinta novelas para encontrar un
libro que valga la pena traducir. Hay mucha gente que se gana la vida
leyendo, lo cual no significa que sean conocidos, y se podría hacer una
cartografía de ese trabajo. Los historiadores, por ejemplo, son lectores
extraordinarios. Quizá los más extraordinarios y sofisticados que se
pueda encontrar. Gente como Carlo Ginzburg o como François Hartog, como
Marta Madero o José Emilio Burucúa, para no ir más lejos. A ellos habría
que preguntarles qué quiere decir leer. Comparados con los
historiadores, los críticos literarios parecen lectores que nunca leen.
-¿Te definirías, entonces, como un lector profesional?
-Me gustaría, sí, definirme de ese modo porque seguro que no soy, ni me
interesa ser, un escritor profesional. Me he ganado la vida leyendo.
Pero también soy un lector salteado, que lee lo que le cae en la mano,
en distintos momentos, por distintos motivos.
-¿Y dónde leés habitualmente?
-No leo en la cama, a diferencia de muchos lectores; más bien soy un
lector errante. Leo mucho en los bares, leo varios libros al mismo
tiempo, la lectura es una experiencia, y las experiencias están ligadas
a lugares y a posiciones del cuerpo. Las lámparas son importantes cuando
uno lee; de dónde viene la luz. Tengo una lámpara de pie que tiene una
luz más bien difusa. Pero en general no leo de noche. De noche voy al
cine o salgo a cenar con los amigos o voy a escuchar música o a jugar al
billar...
-¿Cómo ves esa idea que circula casi como un deber ser, un valor
supremo, de que "hay que leer", que leer es bueno, positivo, aunque no
se sabe qué leer? ¿Leer es mejor que hacer otras cosas?
- En cuanto a si es mejor alguien que lee que alguien que no lee, no
estoy muy seguro. Acaba de salir un libro en los Estados Unidos
Hitler s Forgotten Library , y entre sus libros preferidos estaba
La cabaña del tío Tom De modo que la idea de que los contenidos de
la lectura producirían un efecto moral es bastante dudosa. Pero uno
podría pensar que un sujeto que lee construye el sentido de una manera
que quizás incide en el modo de entender lo real. Habría ahí cierto
orden, cierto tipo de continuidad lineal y de construcción privada del
sentido, que daría cierta percepción de la realidad. Pero insistiría en
el carácter individual de la experiencia. Por otro lado, como se ha
dicho ya, las revoluciones modernas -entre ellas la que pronto celebrará
su bicentenario- han sido iniciadas por los hijos del libro. Sin duda,
la lectura está asociada con un determinado tipo de civilización, una
civilización de larguísima duración. Se pueden establecer muchas
conexiones entre la cultura obrera y la lectura, la fundación de
bibliotecas, la edición de libros baratos, los círculos de lectura
popular. Esa fue la tradición de los anarquistas y de los socialistas,
que lo primero que hacían era fundar una biblioteca y recomendar una
serie de libros básicos. Esa cultura es la mía. Por supuesto los
anarquistas no solo leían libros...
-¿Qué lugar tiene la lectura en tu vida no profesional, en tu vida de
relaciones, en la percepción del mundo?
-Bueno, forma parte de mis relaciones. Siempre me pareció notable que,
cuando a uno le gusta un libro, inmediatamente quiere que sus amigos lo
lean; lo compra, lo regala. Una especie de sociabilidad rara.
-¿La literatura es un tema de conversación?
-Comento las novelas que estoy leyendo, pero no me interesa hablar de
literatura en general. Leo muchas biografías, diarios, memorias, cartas.
Así que siempre hay un repertorio de pequeñas historias, anécdotas,
situaciones, bastante divertidas a veces. Estoy muy entusiasmado con
Carlo Emilio Gadda, que vivió en la Argentina y escribió una novela
extraordinaria sobre sus años aquí, El aprendizaje del dolor ,
que sucede en un pueblo que se llama Lukones, por el viejo Lugones, ¿no?
Sería bueno compararla con Trans-Atlántico de Gombrowicz, tienen
muchos puntos en común. En fin, ahora estoy leyendo todo lo que
encuentro de Gadda, la correspondencia, los ensayos; tiene un artículo
muy divertido sobre un viaje a la provincia del Chaco. La literatura
funciona también como una especie de memoria alternativa. Está hecha de
recuerdos ajenos, de sueños propios, de historias personales.
-En esta era de expansión de los medios y del mundo digital, ¿ha
cambiado el estatuto de la literatura? ¿La literatura sigue teniendo el
mismo poder crítico que se le atribuyó?
-Probablemente haya cambiado, es difícil saberlo todavía. Yo pienso que
la literatura es un uso del lenguaje muy complejo, quizás el más
complejo posible, y me parece que la experiencia de la literatura ayuda
a descifrar y a entender mejor los otros usos del lenguaje que circulan
en la sociedad. Me parece que la literatura ha tenido siempre esa
función. Un modo de conocer que no solo tiene que ver con el contenido
de lo que se está leyendo sino con los modos de descifrar el sentido. Es
una experiencia donde está en juego la creencia, la relación
ficción-verdad, lo no dicho, la incertidumbre; una serie de usos del
lenguaje que luego el sujeto va a utilizar de manera espontánea en su
comprensión de los otros discursos sociales. Esa es para mí una de las
funciones de la literatura y no creo que la vaya a perder. "No se ha de
llover el rancho en donde este libro esté." Me parece que a eso a se
refería Hernández cuando escribió esos versos en el final del Martín
Fierro .
-¿El acceso masivo a la tecnología, fenómenos como Internet, los
blogs, han modificado la lectura? ¿En qué sentido?
-Lo que ha cambiado básicamente es el acceso a los textos que se pueden
leer. Cualquiera de los de mi generación sabe lo que era conseguir un
libro, una información, y lo que hoy tenemos a disposición es
extraordinario. Las nuevas tecnologías democratizan el acceso a la
cultura en sentido amplio y establecen una relación personal muy
dinámica con todo ese conocimiento disponible. Ahora, aceptado esto, hay
que decir que la velocidad con la que se lee no ha cambiado. El lenguaje
escrito tiene un tiempo para ser descifrado que no se puede cambiar. La
velocidad de la lectura, más allá de los formatos y de las diferencias
entre los lectores, es básicamente la misma. Como sabemos, la técnica de
la lectura veloz resultó un chiste idiota. Porque la lectura establece
una temporalidad que es la del cuerpo. El lenguaje define nuestra
relación con la temporalidad, no solo porque la tematiza en los tiempos
verbales sino porque tiene un tiempo propio que no se puede cambiar. Lo
cambiaron los matemáticos, que establecieron una serie de signos para
acelerar la comprensión de fenómenos muy complejos. Pero las notaciones
artificiales no pueden sustituir la práctica del lenguaje. El esperanto
fue otra ilusión inútil. Los jóvenes hacen cambios mínimos en ese
sentido, escriben las palabras en forma simplificada, taquigráfica, y
así se acercan a la criptografía. Buscan acercar el lenguaje a la
imagen. Pero de ese modo no aceleran el sentido, solo lo abrevian. Quizá
la poesía es la única práctica que ha logrado hacer algo con la
velocidad de la significación; condensa y superpone el sentido de manera
extraordinaria, de modo que nos permite una relación con el lenguaje a
la vez muy lenta y muy fugaz.
-Tal vez haya una aceleración en la escritura de la poesía; sin
embargo, el tiempo de lectura de la poesía parece mucho más detenido que
el de la narrativa.
-Dice muchísimas cosas con pocas palabras y con una métrica que decide
todo. La sintaxis quebrada de la poesía es la clave del sentido junto
con la disposición gráfica de los versos. Habría que estudiar los
tiempos de la lectura. Por supuesto, el pasaje de la lectura en voz alta
a la lectura en silencio significó un cambio importantísimo. Lo mismo
que la separación de las palabras y los signos de puntuación, todo un
protocolo de indicios que permiten acelerar, ralentar, establecer
cortes. Pero en ese sistema complejo, la velocidad de la lectura se ha
mantenido básicamente estable. Y me parece que ese es el problema.
-La velocidad se asocia también con la imagen.
-Claro, hay una relación antagónica entre la imagen y la lectura. Porque
cuando se dice que una imagen vale más que mil palabras, sencillamente
se dice que una imagen llega más rápido y se descifra más rápido que las
mil palabras, que necesitan un tiempo para ser leídas. Las imágenes no
dicen más, lo dicen más rápido.
- ¿Y se producen cambios en relación con la escritura?
-Por supuesto, no debemos entender por cambios la simple tematización.
Que en las novelas ahora la gente no se mande cartas sino e-mails
y mensajes de textos es simplemente un dato, del mismo modo que en las
novelas del siglo XVIII los personajes andaban a caballo y ahora van en
auto. Pero que haya habido cambios en los modos de narrar no lo veo
todavía. Los que han llegado más lejos en ese sentido han sido Borges y
Joyce. Básicamente porque han trabajado con la expansión de una red de
sentido, han tratado de romper la linealidad apacible de la narración, y
empezaron a incorporar elementos que hoy encontramos en el mundo digital
como algo ya muy popularizado. Bastaría pensar en "El Aleph" o "El
jardín de senderos que se bifurcan", para encontrarnos con esas
posibilidades de alternativas y de múltiples recorridos, implícitos ya
en un texto. Y no hablemos del Finnegans Wake, un intento de
crear la simultaneidad absoluta. Borges y Joyce hicieron usos del
lenguaje y de la narración que están muy cerca de las experiencias
múltiples de las máquinas actuales.
-También tu literatura propone una lectura no lineal, en red. Hay
saltos y remisiones permanentes -podríamos hablar de links- a otros
textos. Al mismo tiempo que cada libro tiene una particularidad, hay
escenas, situaciones, reflexiones que se reiteran, se amplifican, se
modifican, y de algún modo los límites entre uno y otro libro se
desdibujan.
-A eso aspiraría, ¿no?, a la idea de remisiones, que a veces son
implícitas y a veces explícitas. Ojalá todos mis libros se pudieran leer
como un solo relato.
-Habrían cambiado ciertos modos de leer
-Es la experiencia de la percepción distraída: estamos leyendo, pero al
mismo tiempo escuchamos la radio, vemos la tele sin sonido, leemos un
e-mail , hablamos por teléfono. Ya no somos el lector que lee con
una luz en la noche, aislado. La vieja metáfora de la isla desierta que
usan los medios, como ejemplo de la lectura perfecta: ¿qué libro se
llevaría usted a una isla desierta?, es decir, qué libro leería usted si
no tuviera otra cosa que hacer. La lectura como condena. El lector es un
naúfrago, no tiene alternativas. Porque lo que se vendría a romper hoy
es justamente esa idea de aislamiento. Macedonio ya hablaba de esto en
los años veinte, con su idea del lector salteado. Todos somos hoy el
lector salteado de Macedonio Fernández. El lector que asume la
interrupción como un elemento interno a la lectura misma. Y la narración
se ha hecho cargo de esa ruptura. Ya no hay linealidad. Macedonio
primero que nadie, entre nosotros. Y Joyce, por supuesto. O la poesía
del gran Leónidas Lamborghini. Yo siempre cuento una historia que me
padece muy divertida. La primera persona que se conectó por la Web con
Amazon compró el Finnegans Wake . Amazon es el comienzo del fin
de la librería como espacio real, y cuando el primer lector virtual va a
buscar un libro no busca una novela de John Gardner, desde luego, sino
un libro que de una manera explícita tiene que ver con ese mundo nuevo.
-La escena planteada por el mundo digital estaba ya en esos
escritores
-Claro, ya la habían tematizado. Debemos recordar a Macedonio, porque yo
no conozco a otro que haya concebido con tanta claridad esta nueva
figura del lector disperso. Había leído el Tristram Shandy de
Laurence Sterne, claro, y había leído por supuesto, mejor que nadie, el
Quijote . La noción de Macedonio de "lector salteado" es la que
habría que usar para definir al que lee en la Red. Otro ejemplo puede
ser William Burroughs, con su teoría del cut-up (esa unión
arbitraria de fragmentos de textos), una técnica que se ha expandido de
modo increíble hoy.
-Tal vez también se esté modificando el concepto de experiencia. Ya
sea porque las experiencias reales se entrecruzan con las virtuales, o
porque resulta más difícil distinguirlas. La gente dice: me encontré con
tal, estuve charlando con tal, y eso ocurrió en un canal de chat.
-Mi impresión es que la noción de experiencia se amplía y también se
amplía el concepto de ficción. Hay experiencias virtuales, vamos a
llamarlas así, que tienen la forma de las experiencias imaginarias y de
las vidas posibles. El como si utópico de la ficción convertido
en práctica social. Tomás Disch decía que la publicidad era el cuento de
hadas del capitalismo. Ahora estamos en otro tipo de cuentos de hadas La
experiencia tiene que ver con las vidas posibles. La posibilidad de
ampliar la experiencia, de experimentar, está en el origen. Entre otras
cosas, está en el origen del relato.
-En ese sentido, vos tenés varias vidas: una vida en Princeton, una
vida en Buenos Aires, y también la vida del escritor reconocido que da
conferencias por el mundo. ¿Como se llevan entre sí esas vidas?
-Eso de algún modo ha estado siempre presente en mi propia vida. En una
época vivía en La Plata y en Buenos Aires. Pasaba dos o tres días en La
Plata, donde daba las clases. Y después venía a Buenos Aires, y hacía
otra vida, con otros amigos, en otra circulación. Las cosas se fueron
dando de ese modo. Y lo de Estados Unidos también se dio por necesidad
de trabajo, empecé a viajar, a pasar parte del año, a vivir en Princeton
y en Buenos Aires. Como si viviera dos vidas. Vivo en otra lengua, con
otros amigos, funciono de otra manera. Soy alguien que actúa en un
universo completamente distinto al de Buenos Aires, y cuando vuelvo a
Buenos Aires me convierto en otra persona.
-¿Como es enseñar en Princeton?
-En primer lugar, no se diferencia del modo en que yo he enseñado en mis
grupos privados en la Argentina y luego en la Universidad de Buenos
Aires. Ni el tema de los cursos, ni la forma de enseñar, ni el tipo de
relación que establezco entre lo que estoy enseñando y los estudiantes
se ha modificado, al menos no deliberadamente. Por supuesto, los
estudiantes son distintos, las condiciones de trabajo son distintas,
pero yo no adapto mis cursos cuando voy a enseñar a Princeton. He
intentado ser fiel a lo que creo que puedo transmitir -no enseñar, sino
transmitir-, que es un modo de leer. Siempre me ha resultado muy
productivo tener un espacio de discusión sobre literatura con un grupo
de jóvenes interesados, habitualmente inteligentísmos, muchas veces más
llenos de ideas que yo mismo. Y eso pasaba en Buenos Aires en los grupos
en mi casa y en la UBA, y también en Princeton. Me gusta mucho esa
escena: un grupo de jóvenes alrededor de una mesa y yo, que mientras
tanto voy envejeciendo; hay una suerte de intensidad en la discusión; la
literatura está en el centro, parece ser lo más importante pero también
es un pretexto, porque la literatura nos permite hablar de política, de
historia, de los usos del lenguaje Nunca he considerado la enseñanza
diferente o antagónica de mi práctica como escritor.
-¿Qué enseñás en Princeton?
-El plan de los cursos y los libros que leemos están siempre ligados a
temas más amplios; son maneras de discutir cuestiones más generales que
están implícitas en los textos. "La ficción paranoica", por ejemplo, es
un curso sobre el género policial y sus transformaciones y sus
modalidades. Por lo tanto aparecen cuestiones ligadas a la ley, al
delito, a la verdad. En cierto sentido es un curso sobre el crimen y la
sociedad. Después tengo un curso que se llama"Las tres vanguardias",
donde discutimos la obra de Saer, de Puig y de Walsh. Es un intento de
discutir las poéticas de la narración implícitas en esos tres
escritores, muy distintas desde luego entre sí. Las diferencio por el
modo como se vinculan con la cultura de masas. Saer con una actitud de
rechazo, planteando que la literatura sería el lugar de resistencia
frente a los lenguajes estereotipados que circulan en los medios; Puig
con una actitud de incorporación de las formas de la cultura de masas, y
también de los temas, sin perder su carácter experimental como
novelista; y Walsh metido políticamente en el interior de la cultura de
masas, creando medios de prensa, investigando, interviniendo con su
práctica específica. También doy un seminario sobre el Facundo ,
que es un curso sobre el siglo XIX y sobre el concepto de masa; doy un
seminario sobre las novelas cortas de Onetti; un curso sobre Borges, en
fin, lo de siempre.
-También diste un seminario sobre letras de tango, ¿no? ¿Que te
interesa del género? ¿Qué leés en las letras de tango?
-Yo leo el corpus, en lo posible completo, de todas las letras de tango,
como si fueran pequeños relatos urbanos. Por lo tanto, los leo como lo
que también son: situaciones narrativas muy concentradas, historias muy
bien contadas, con un narrador muy definido, y siempre basadas en
situaciones dramáticas. Además, el tango tiene, como tienen los grandes
géneros, un comienzo y un fin muy claros. Ya sabemos que el primer tango
es "Mi noche triste" , de 1917, y yo digo un poco en broma que el
último es "La última curda", de 1956. Después de ese tango, lo que se
hizo fue otra cosa, porque se perdió la idea de la situación dramática
que sostiene y controla toda la argumentación poética, y empezó ese
sistema de asociación libre, de surrealismo un poco berreta del violín
con el gorrión y la caspa con el corazón. En los grandes tangos siempre
hay una situación dramática en sentido teatral: un monólogo o un relato
construido por una situación muy bien definida. Cuando el protagonista
dice "Percanta que me amuraste", le está diciendo eso a una mujer
determinada en una situación específica. Y además el tango tiene un
desarrollo histórico muy fijo; termina cuando, caído el peronismo, se
difunde el rock y la cultura juvenil. De modo que en el curso vemos qué
pasó en la ciudad de Buenos Aires entre 1917 y 1956, y cómo se lee eso
en letras. Los tangos, como la literatura, no reflejan una realidad sino
que postulan una realidad. Nadie puede decir que la ciudad de Buenos
Aires era como dicen los tangos. En los tangos no hay nunca un padre,
nadie trabaja, las chicas son milongueras, se lo pasan todos de farra, a
los cuarenta años ya están de vuelta, arruinados, envejecidos, mirando
con nostalgia y cinismo su propio pasado. Los tangos elaboran de una
manera elíptica, como hace la literatura, cuestiones sociales, por
ejemplo cómo las mujeres se van de los barrios al centro a trabajar, y
por lo tanto la mirada masculina paranoica, amenazada, las convierte a
todas en milongueras y en putas. Porque en definitiva el tango lo que
dice es que en un mundo que está dominado por el dinero, por la
corrupción, por la falta de valores, lo único que vale y perdura son los
sentimientos, los afectos.
-¿Hay alguna letrística que te interese fuera del tango?
-El tango es para mí una memoria afectiva y una relación sentimental. Me
gustan mucho los tangos cantados por mujeres. Mercedes Simone, Ada
Falcón, Rosita Quiroga, Elba Berón. Me hacen acordar a mi madre cantando
tangos en casa, en el patio, en la cocina, cuando yo era chico. De modo
que tengo con el tango una relación muy intensa que viene del pasado y
es muy difícil de trasladar, por ejemplo, a la milonga sureña, que
también me gusta mucho, pero es una relación más intelectual. También me
gustan mucho el blues , el jazz , Bessie Smith, Billie
Holiday, Ella Fitzgerald, Aretha Franklin, Eartha Kitt. Y algunas letras
de rock, aunque no tengo una cultura rockera muy desarrollada. Estoy
ligado al rock argentino porque Jorge Álvarez, que era nuestro editor,
fue el productor de los primeros rockeros argentinos y el creador del
sello Mandioca, y nos arreaba a todos a esos primeros conciertos para
hacer público. Así que empezamos con Manal, con Almendra, con Pappo.
Pero yo creo que la relación con el tango tiene que ver con que una
memoria afectiva, con una experiencia de infancia. Y además, claro, la
capacidad narrativa extraordinaria de los autores para contar una
historia en tres minutos. ¡Y los objetos con los que construyen las
historias! Uno de mis tangos preferidos es "Viejo esmoquin". Y cómo lo
canta Gardel. El tipo está tirado en una pensión, sin un peso, con todo
empeñado, y lo único que le queda es el esmoquin, ¿no es genial? muy
argentino. Lo que dijo Malraux cuando vino a Buenos Aires: esta es la
capital de un imperio que nunca existió.
-Ya que hablamos de autores, y volviendo a la escena actual, ¿qué
está pasando con la noción de autor? Porque con las posibilidades
técnicas que ofrecen Internet y los nuevos medios (la facilidad del
"corto y pego", la disponibilidad de los textos), la idea de autor
parece estar en cuestión, al menos en lo que se refiere a la propiedad
intelectual
-Yo veo ahí un punto de transformación posible. Porque esta nueva
situación pone en escena una contradicción que está presente pero que
apenas percibimos, que es el hecho de que en el lenguaje no hay
propiedad privada. Es la sociedad la que luego define la propiedad, y
define también la literatura, que es un uso privado del lenguaje. La
escritura está ligada a esa cuestión desde su origen. Son las relaciones
de propiedad las que están ahora en cuestión y parecen entrar en una
nueva etapa.
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