Contenidos disponibles en
español y en inglés - Availables resources in spanish and english
.
1.
Doctors Poisoned Crazy King George, Study
Finds (English
version)
. 2.
King George III: Mad or misunderstood?(English
version)
Porfiria: enfermedad real
(Español) -
Gustavo Restrepo Uribe -
Cardiólogo, Fundación Santa Fe de
Bogotá. Bogotá- Colombia.
La enfermedad del rey loco de
Inglaterra, Jorge III, es uno de los episodios más
famosos de la historia de ese país, aunque ella no
impidió que durante sesenta años de reinado, la nación
conociera una increíble expansión territorial y un
inigualado progreso en las artes y las ciencias.
Es necesario explicar por qué la alemana
farda Hanover llegó al trono de Inglaterra, reemplazando
a la dinastía Estuardo, cuyo último monarca fue el
católico Jacobo (James) 11, derrocado en 1688 por su
yerno el holandés Guilermo (William) de Orange, llamado
por los protestantes. Guillermo y María (hijaja de
Jacobo) reinaron conjuntamente, aquel hasta 1702; como
la pareja no dejó descendiente, ese año fue proclamada
reina de Inglaterra, Ana, hija también de Jacobo 11,
quien murió en 1714.
El temor de ver reaparecer la guerra
civil y para evitar el eventual ascenso al trono del
católico "Viejo Pretendiente", James Francis Edward
(hijo también de Jacobo), el Parlamento resolvió escoger
como sucesores de la reina Ana, en caso de muerte, a los
descendientes protestantes de Sofía, nieta de Jacobo 1
(el primer rey Estuardo de Inglaterra), casada con
Ernesto Augusto, Elector de Hanover.
El hijo de Sofía y Ernesto fue el primer
rey Hanover, Jorge 1 (1660-1727), coronado en 1714;
recordado porque no hablaba ni una palabra de inglés y
por su voraz apetito sexual. A su muerte, su hijo mayor,
también alemán hasta la medula, ciñó la corona con el
nombre de Jorge 11 (1717-1760); su estupidez no le
impidió la inteligente decisión de nombrar a Jorge
Federico Handel como músico de la corte.
Jorge II murió tristemente, sentado en
el wc., víctima de una ataque cardíaco como lo demostró
la autopsia, por ruptura del ventrículo derecho. Lo
sucedió su nieto mayor, Jorge III, a los veintidós años,
de quien nos ocuparemos a continuación.
El tercero de los Jorges era hijo del
Príncipe de Gales, Federico-Luis (1717-1751) y Augusta
de Saxe-Gotha. Desde muy niño presentó dificultades en
el aprendizaje y a los once años aún no podía leer ni
escribir, aunque ya hablaba el inglés sin acento
extranjero. A los trece años murió su padre y desde
entonces su posesiva madre acentuó la influencia que
ejerúa sobre el muchacho. A los veinte, su
escritura era como la de un niño de escuela elemental y
se comportaba de manera infanal, cuando estaba nervioso
hablaba con rapidez desenfrenada. Más tarde sabría
compensar las limitaciones mentales anotadas, los
complejos y represiones que lo invadían, con una
inquebrantable voluntad para el trabajo.
De los rasgos físicos heredados de sus antepasados, los
más notorios eran los prominentes ojos de color azul y
el subido tinte de la piel; al contrario de los otros
monarcas hanoverianos, fue honesto y sinceramente
religioso. Entre las pocas distracciones que aliviaban
la monotonía de la vida de la corte, mencionemos su
afición por la música y por la agricultura.
Hizo pareja con la insípida princesa
Carlota (Charlotte) de Mecklenburg-Strelilz (1744 -1 81
8), cuya falta de atributos fisicos ha servido a
los psicoanalistas de explicación para que Jorge
desarrollara un verdadero complejo de Edipo.
Ello no fue obstáculo para que éste
cumpliera a cabahdad sus deberes de esposo: quince hijos
"alegrarían" el hogar.
La permanente angustia y zozobra que le
causaban las disolutas costumbres de la mayoría de sus
hijos varones y la mala relación con su amado
primogénito, el Príncipe de Gales, la pesada carga que
le imponía el ejercicio del poder, seguramente
incidieron en la salud mental del monarca, que sufrió
cinco "ataques de locura", sobre un fondo psicopático ya
descrito.
El primer "ataque" lo tuvo Jorge a los 27 años, en la
primavera de 1765; la familia se las ingenió en
disimularlo para que no trascendiera al público, pero en
los medios oficiales se llegó a considerar llamar al tío
Guillermo Augusto para que ejerciera transitoriamente la
regencia. Los allegados consideraban que la crisis había
sido desencadenada por graves preocupaciones que
embargaban al soberano, entre otras, el delicado mal de
su yerno, el duque de Gloucester, la larguísima
enfermedad terminal de su madre, el fracasado matrimonio
de su hijo el duque de Cumberland, las repetidas crisis
políticas, la independencia de las colonias
norteamericanas, la muerte de su hijo Alfred. En dicha
ocasión, el tratamiento de moda consistió en hacerle
ingerir generosas cantidades de leche de burra.
(A la derecha: James (Jacobo) 1, el primer
soberano ingles que presentó un cuadro clínico que dió lugar al
diagnóstico de Porfiria, mal que alcanzaría mas tarde a otros
miembros de la las familias Estuardo y Hanover)
En 1788, la muerte de su hija favorita lo llenó de amargura. Una
semana después de su onomástico (4 de junio de 1788) le sobrevino un
"ataque biliar" caracterizado por violentos cólicos; los médicos
atribuyeron el episodio al hecho de no cambiar de medias húmedas al
regresar de una cacería, lo cual desencadenó la "fuerza de un humor
que se inició en las piernas y de la se propagó al intestino y a la
cabeza". El viaje a Cheltenham en busca de los benéficos efectos de
las aguas de dicha localidad apenas aportó una fugaz mejoría pues en
octubre un nuevo cólico lo doblegó. Casi simultáneamente apareció el
segundo ataque": después de una crisis convulsiva, tenía los ojos
inyectados, echaba espuma por la boca, se quejaba de calambres,
estaba inquieto y en ocasiones la excitación llegaba al delirio. Era
el 16 de octubre de 1788 y por tal fecha los agrios enfrentamientos
con su heredero llegaban al clímax. Los episodios de hipomanía se
repetían y durante ellos gem’a y aullaba como un perro, hablaba sin
parar, y lo más preocupante para el ministro Pitt, fácilmente
revelaba secretos de estado; tenía un brusco comportamiento hacia
sus médicos y su primogénito. El 22, el doctor Baker lo encontró con
el pulso rápido, los pies hinchados, los ojos amarillos y la orina
biliosa, estaba ronco porque hablaba sin cesar, acusaba gran
debilidad en las piernas y por ello tenía que apoyarse en un bastón
para andar. Por primera vez sequejó de la visión y la audición.
Durante un paseo en coche le dirigió la palabra a un roble, en el
que creyó reconocer a Federico el Grande.
(A
la derecha: Caricatura del soberano en la que se realzan los rasgos
faciales y su tendencia a la glotonería)
La crisis hizo su aparición el 5 de Noviembre, y
ante la gravedad del paciente el doctor Baker llamó en interconsulta
al veterano William Heberden, pues la mente real había entrado en
total descontrol; los ojos saltones tenían el color de compota de
grosellas, las venas del cuello parecían a punto de reventar y en la
boca aparecían cantidades de espuma; manifestaba debilidad y dolores
en las extremidades, ronquera, visión confusa y dificultad para
concentrarse.
La aparición de la hidropesía hizo plantear un
sombrío pronóstico. La reina estaba a punto de enloquecer y el 9 de
noviembre se tornó histérica al ver que su marido presentaba
convulsiones y al día siguiente entró en coma durante dos horas; el
19, el pobre paciente habló sin cesar y de manera incoherente casi
veinte horas seguidas. El tratamiento que los médicos instituyeron
consistió en la administración de tártaro emético y digtal (cuyos
efectos benéficos habían sido publicados recientemente por Wdham
Withering en casos de hidropesía), aplicación de vesicantes en las
piernas (con la aparición de pústulas se pretendía sacarle los malos
humores) y aceite de castor para el estreñimiento. El estado de
agitación era controlado colocándole camisa de füerza o sujetándolo
con correas en su cama o en una sdla metálica, que el mismo Jorge
llamaba "mi silla de coronación".
Los médicos registraban minuciosamente la evolución
del paciente, haciendo especial hncapié en las oscilaciones de la
frecuencia del pulso, que variaba entre 68 y 126 por minuto; la
taquicardia coincidía con los períodos de excitación y sudoración
profusa. El estado de la mente mostraba alternativas extremas, pero
sin volver nunca a la normalidad.
La mejoría empezó a hacerse presente hacia la
segunda semana de diciembre: el rey volvió a jugar partidas de
backgammon, se le permitió usar de nuevo cuchilla para afeitarse y
cubiertos metálicos para comer; una sane’a que le practicaron
pareció confirmar la mejoría: pese a la extremada flacura de las
piernas, la energía volvió progresivamente, y unas vacaciones a
orilias del mar, en Weymouth, ayudaron a revitalizarlo, aunque los
rayos del sol le produjeron una notoria reacción de sensibdidad en
la piel.
No obstante la alentadora mejoría, en el Parlamento
se solicitó el concepto de los médicos que atendían al soberano
sobre las posibilidades de recuperación, con el fin de considerar la
eventualidad de una Regencia. Al tiempo, en las iglesias del reino
se rogaba por la total mejoría del monarca. La salud de George se
estabhzó, apenas mortificada por ocasionales episodios de dolor
abdominal.
Coincidiendo con las malas noticias que origmaba la
emancipación católica, el 22 de febrero de 1801 se inició el tercer
"ataque", ese día después de un enfriamiento en la iglesia, el
cuadro comenzó como un fuerte resfriado; la fase aguda se
caracterizó por fiebre y delirio, coloración oscura de la piel (se
hablaba del comienzo de una "ictericia negra"), sudor, taquicardia
(el pulso subió a 144 por minuto); al cabo de dos semanas la
sintomatología se agravó, el paciente entró en coma y continuaron
alternativas de mejoría y agravamiento. En esta ocasión fue llamado
para tratar al rey, el doctor Thomas Gisborne, presidente del Royal
College of Physicians; al acecho estabanl~~s‘Wiillises",Thomas y
John, que reaparecieron en la alcoba real en cuanto se les presentó
la oportunidad, para convertirse en verdaderos carceleros de Su
Majestad, manteniéndolo prácticamente incomunicado.
Milagrosamente la paz volvió al cuerpo y a la mente
del monarca, hasta cuando en febrero de 1804, un resfriado
desencadenó el conocido cortejo sintomático que cerse nula a finales
de octubre; como el izquierdo también empezaba a fallar, el doctor
Henry Halford recomendó la aplicación de sanguijuelas en la cabeza.
En los períodos de agtación era menester recurrir nuevamente a la
camisa de fuerza.
Pasaron varios años en relativa calma, hasta el 25
de octubre de 1810, cuando tuvo lugar el inicio del quinto, el
último y definitivo de los "ataques", que se atribuyó a la
enfermedad y muerte de la Princesa Amelia. Continuaba la pérdida del
oído y la visión, reaparecieron la agitación, las alucinaciones, el
delino. la logorrea (hasta veinticinco horas sin parar), acompañados
de estados febriles; la orina presentaba frecuentemente un color
rojo subido. El equipo médico fue renovado: Reynolds, Heberden, B i
he ("médicos del cuerpo’? y los ‘Willses", John y Robert ("médicos
de la mente"); los profesionales fueron convocados para expresar sus
opiniones (a menudo encontradas) ante el Parlamento, que finalmente
optó por llamar como Regente al Príncipe de Gales.
El paciente perdía progresivamente la dentadura y el
apetito y como consecuencia, el estado de nutrición se
deterioró, hasta el punto de presentar un aspecto esquelético. El
pulso rápido y la presencia de hidropesía llevaron al doctor William
Knighton a diagnosticar "corazón graso". Pese a la gravedad del
monarca, murió primero la Reina Charlotte (noviembre de 181 8). En
la coincidió esta vez con nuevos enfrentamientos con el Príncipe de
Gales: edema de los pies, "sintomas de bilis", fiebre, etc. El
equipo de médicos estaba encabezado por Sir Francis Milman y estaba
compuesto por otros cinco profesionales de reconocida idoneidad. En
esta ocasión la familia real y las autoridades se opusieron a la
presencia de los ya mencionados ‘W~lllses’’, los "médicos de la
mente". No se prolongó esta vez el cuadro y Jorge se hizo presente
en el Parlamento para dirigir un discurso sinmostrar señas de
fatiga. El 24 de agosto, nuevas vacaciones en Weymouth, pero al
regresar a Londres el paciente se quejó de intensas y repetidas
cefaleas; la visión por el ojo derecho se iba perdiendo
progresivamente, hasta hanavidad de 1819 tuvo lugar el último
paroxismo de Jorge, quien terminó tranquilamente sus días, según el
lacónico informe médico número 3075: "SU Majestad expiró a los
treinta y dos minutos después de las 8 p.m., 29 de Enero de 1820".
Tenía ochenta y dos años.
En el castillo de Windsor, debajo de la Capilla
Albert Memorial se conservan los restos del Rey Jorge, tercero de
ese nombre. Los médicos tratantes atribuían la locura del Rey a la
presencia de una enfermedad "misteriosa", que a lo largo de su
evolución trataron de manera empírica y con medicamentos que hoy nos
hacen sonreír. Gracias a las detectivescas investigaciones de los
médicos psiquiatras Ida Malcapine y Richard Hunter, que han
interrogado las historias clínicas de las familias Tudor, Estuardo,
Hanover, el mal está claramente identificado: se trataba de una
variedad de Porfiria.
Las Porfuias son enfermedades que se caracterizan
por tener en común un trastorno heredado o adquirido de la
biosíntesis del heme (complejo ferroso de la protoporfirina IX), que
trae un exceso de producción, acumulación y excreción de porfirinas
o de productos intermediarios de dicha biosíntesis; ese error
metabólico se expresa en el sistema eritropoiético o en el hígado y
traduce deficiencias genéticamente determinadas de enzimas
necesarias para esa biosíntesis.
No nos ocuparemos de la rara variedad de la Porfxia
Congénita Eritropoiética, ni de la Protoporfiria, cuyos cuadros
clínicos no coinciden con la sintomatología de la enfermedad real,
para hacer una somera revisión de las formas hepáticas: Porfiria
Intermitente Aguda (PIA), Coproporfiria Hereditaria (CPHJ, Porfiria
"Variegata" (PV)
y Porfiria Cutánea Tardía (PC") . Las cuatro tienen
en común que se heredan según un patrón autosómico dominante, y su
expresión metabólica se lleva a cabo en el hígado. Con excepción de
la PCT, las otras tres presentan muchos rasgos similares, como
ataques de dolor abdominal y síndrome neuropsiquiátrico; la
fotosensibilidad aparece en la PV y en la PCT, rara en la CPH, y
ausente en la PIA.
Examinando la sintomatología que presentaba Jorge
111, podemos hacer el diagnóstico diferencial entre las variedades
mencionadas. Las formas que más se parecen al cuadro presentado por
nuestro paciente son la porfiria aguda intermitente y la porfiria "Variegata",
que se caracterizan por ataques recurrentes de disíunción
neurológica y psiquiátrica; la primera no presenta sensibilidad
cutánea a la luz. Los síntomas rara vez se presentan antes de la
pubertad. Se subrayan las manifestaciones encontradas en nuestro
paciente. El síntoma más frecuente es el cólico abdominal,
localizado o generalizado, fiebre, aumento de los glóbulos blancos,
vómito severo, constipación intestinal, manifestaciones neurológicas
y trastorno mental, pulso rápido, elevación de la presión arterial,
retención ufnaria y sudoración excesiva durante los ataques;
compromiso de los nervios periféricos, especialmente los del área
motora, pero también sensitiva, disminución de los reflejos
tendinosos, dolores neuríticos en las extremidades, paraplejia o
hasta cuadraplejia, atrofia del nervio óptico, parálisis de los
músculos oculares, dificultad para deglutir, deho, coma,
convulsiones. Muchos pacientes acusan nerviosismo, inestabilidad
emocional, inquietud, desorientación y alucinaciones visuales;
durante los ataques es frecuente encontrar hiponatremia (baja en el
sodio sanguíneo). La duración, frecuencia e intensidad de los
ataques es muy variable y en los períodos de remisión la
sintomatología puede llegar a desaparecer; los síntomas pueden ser
desencadenados por diferentes drogas. El tratamiento consiste en
administrar grandes cantidades de carbohdratos, si esto lo
hubieran sabido los médicos del Rey!
BIBLIOGRAFÍA
Cecil. "Textbook of Medicine". WB. Saunders Company,
Philadelphia. 1988
Malcapine 1, Hunter R "George III and the Mad-Business".
Pimlicohndon. 1991
Plumb JH. "The First Four Georges". Fontana, London.
1973 Retrepo G. ‘‘Historias Clínicas de la Corte Inglesa". Editorial
Planeta, Bogotá. 1998.
1.- Doctors Poisoned Crazy King
George, Study Finds
-
Michael Schirber - LiveScience
Staff Writer - 21 July 2005
King George III (1738-1820) held the throne of the
British monarchy during the American Revolution and the defeat of
Napoleon, and he was rather crazy.
His long reign was punctuated by severe
bouts of mental derangement.
A new hair analysis suggests that the
king's doctors may have exacerbated his illness by inadvertent arsenic
poisoning.
In 1969, it was proposed that George III
suffered from hereditary porphyria -- a genetic condition that affects
the synthesis of heme, an important component in blood. This
posthumous diagnosis was based on historical medical records and the
presence of the disease in other members of the royal line.
An attack of porphyria can cause a
variety of symptoms including abdominal pain, a racing pulse,
constipation, and red or discolored urine, as well as mental
disturbances such as hallucinations, depression and paranoia.
Although this genetic defect can explain
the king's physical suffering and mental incapacity, the persistence,
severity and late onset of his episodes are unusual.
It's possible that environmental factors
contributed.
Scientists have previously studied a lock
of the king's hair, which was collected at the time of his death and is
now owned by a museum, but attempts to glean genetic information have
failed.
Martin Warren of the University of Kent,
UK, and his colleagues have now analyzed the heavy metal content of the
hair and detected a high level of arsenic.
Arsenic interferes with the same heme-synthesis,
so its presence could have induced and perhaps worsened the king's acute
attacks of porphyria, the researchers say.
'Disturbing' clinical notes
The source of this arsenic may have been
the king's own doctors. During his illness outbreaks, they
prescribed him emetic tartar -- an antimony-based medicine used to
induce vomiting.
"The Royal physicians' clinical notes
make for disturbing reading, since the medication was clearly
administered by force or deception," write the researchers in their July
23 article for Lancet.
Antimony is a metallic element,
frequently found in nature with arsenic. For this reason, antimony-based
compounds, which were popular with doctors for centuries, were often
contaminated with arsenic.
If this were the case in the king's
medications, he could have been receiving several milligrams of arsenic
a day (a lethal dose, in comparison, is between 60 and 80 milligrams).
The body can expel arsenic, but over time a chronic toxicity develops.
The concentration found in the king's
hair was 17 times what is believed to be the threshold for arsenic
poisoning.
2.- King George III: Mad or
misunderstood?
Last year a remarkable exhibit came to light.
Hidden in the vaults of a London museum was a scrap of paper
containing a few strands of hair.
The paper was crudely fashioned into an envelope but
the words on it immediately caused a stir: "Hair of His Late Majesty,
King George 3rd."
For Professor Martin Warren, it was the clue that
would help him finally solve the mystery of King George's illness.
His investigation is featured in a BBC documentary, Medical
Mysteries.
"King George is largely remembered for those periods
when he lost his mind. But it's been difficult to explain these
attacks, so I was keen to analyse this hair sample," said Professor
Warren.
When the hair was tested by the Harwell
International Business Centre for Science & Technology in Didcot,
Oxfordshire, the results were surprising.
The king's hair was laden with arsenic. It contained
over 300 times the toxic level.
"This level is way above anything we were expecting
- it's taken us completely by surprise."
More detective work
Far from being an answer, this remarkable finding
was just the start of Warren's detective work.
In King George's time, his bizarre behaviour and
wild outbursts were treated as insanity.
He was bound in a straitjacket and chained to a
chair to control his ravings. King George was officially mad.
It wasn't until the 1970s that a new and
controversial diagnosis was made.
Two psychiatrists - Ida MacAlpine and her son
Richard Hunter - revisited the king's medical records and noticed a
key symptom; dark red urine - a classic and unmistakable sign of a
rare blood disorder called porphyria.
Porphyria can be a devastating disease. In the acute
form, it can cause severe abdominal pain, cramps, and even seizure-like
epileptic fits.
Misdiagnosed
It is frequently misdiagnosed, and even in modern
times, some sufferers have been thought to be mentally ill.
It is a very convincing explanation of the king's attacks
Professor Martin Warren
Pauline Bradshaw was 40 when she was finally
diagnosed with acute porphyria.
"I was very confused and frightened, because I
didn't know why I was feeling so bad," she said.
"Every day was this battle, you know, feeling sick
and dizzy not knowing what was wrong or what was causing it."
For years her GP put her symptoms down to depression
and prescribed anti-depressants, but when a relative wrote to say
she had been diagnosed with acute porphyria, Pauline's symptoms fell
into place.
Since then, with support from the British Porphyria
Association, she has learnt how to live with this incurable
condition.
One of the great mysteries of King George's
porphyria was the severity of his attacks.
It is rare for men to suffer this acute form at all
- normally males show no symptoms.
And - a final puzzle - King George didn't have any
attacks before his 50s.
Arsenic to blame?
Professor Warren knew that porphyria attacks can be
triggered by a wide range of substances - alcohol, common medication,
even monthly hormones. Perhaps arsenic could also be a trigger.
He contacted Professor Tim Cox, an expert on extreme
cases of porphyria at Addenbrookes Hospital in Cambridge.
Professor Cox confirmed his guess - arsenic was
listed as a trigger. And the massive levels found in King George's
hair suggested that the arsenic had been liberally ingested over a
long period of time.
The two professors began poring over the King's
medical records preserved in the Royal archive at Windsor.
There was passing reference to arsenic used as a
skin cream, and as wig powder, but nothing that could explain the
staggering levels of arsenic showing up in the king's hair.
The most common medication he was given was James'
powders, a routine medicine he was being given several times a day -
made of a substance called antimony.
Final clue
Tracking down James' powders at the Royal
Pharmaceutical Society, Warren found the final piece of the puzzle
in a 19th century almanac.
Antimony, even when purified, contains significant
traces of arsenic.
The arsenic from the very medication he was being
given to control his "madness" was triggering more attacks.
His porphyric attacks had been brought on after a
lifetime's arsenic accumulated in his body, and then were made much
more prolonged and more severe by the medicine to treat him.
For professor it is the end of a long trail.
"It is a very convincing explanation of the king's
attacks, and could account for why he had them at such a late stage
in life and why they were so severe.
"So in that sense, yes, it's very satisfying."
For more details about porphyria contact the British
Porphyria Association on 01474 369 231. Email: bpa@bodywise.go-plus.net
Medical Mysteries: George III - Mad or
Misunderstood? is broadcast on BBC One on Wednesday 14 July at 2235
BST.