Fuente
Nodulo -
Tradicionalmente se ha considerado que nuestro olfato es un sentido
poco relevante. Las notas que siguen se limitan a recoger aquellas
cuestiones que obligan a discrepar de tal afirmación
1
Opina Platón
que, comparados con los de la vista o los del oído: «El género de
los placeres relativos a los olores es menos divino». Que, por mi
parte, manifieste mi desacuerdo, resulta (supongo) tan
intrascendente como que manifestase mi conformidad. Importa, sin
embargo, llamar la atención sobre el hecho de que Platón no es mala
referencia para iniciar la historia de la denostación del olfato. Mi
objetivo en estas páginas no es, empero, hacer tal historia, y ni
siquiera perfilarla en sus líneas esenciales. Sí me permitiré, no
obstante, recordar algún otro nombre significativo a este respecto.
Kant, por ejemplo, lo considerará, junto con el gusto (su pariente
tan cercano), más subjetivo que objetivo; pero incluso, comparado
con éste, sale nuestro olfato malparado, porque: «El olfato
–afirmará Kant– es como un gusto a distancia, que obliga a los demás
a gozar también, quiéranlo o no, por lo cual este sentido es, como
contrario a la libertad, menos sociable que el gusto, con el que,
entre muchas fuentes o botellas, puede el comensal elegir una
de su agrado, sin obligar a los demás a gustar también de ella». Y,
en fin, él es también, asegura Kant, el sentido más desagradecido y
el más superfluo. Condillac, por su parte, basándose en el ejemplo
de la estatua, que nos expone en su Tratado de las sensaciones,
se considera autorizado a concluir que el olfato, «de todos los
sentidos es el que parece contribuir menos a los conocimientos del
espíritu humano».
No hace
falta seguir: tales son algunos de los cargos (tal vez los
principales) que se han aducido contra nuestro olfato. Y a partir de
ellos, no juzgo exagerado concluir que de nuestros sentidos (quiero
decir, de los cinco exteroceptores), él ha sido, casi con toda
seguridad, el más despreciado, y también (casi con la misma
seguridad) el menos atendido. Algo, pues, habrá que hacer en su
defensa. Tal es el propósito que anima estos apuntes. En
consecuencia, lo que sigue puede ser leído (si así se desea) como un
intento de elogio y vindicación del olfato.
2
Afirmar que
nuestro olfato, cuyos receptores (principalmente las células del
epitelio nasal) son sensibles a sustancias químicas suspendidas en
el aire, no es, en absoluto, un sentido que tengamos altamente
desarrollado, depende, ciertamente, de lo que queramos decir: que
seamos capaces de detectar el olor de dos milésimas a una milésima
de miligramo de esencia de naranja en un litro de aire, o una gota
de perfume en una casa de tres habitaciones (aproximadamente una
parte de cada quinientas mil), no parece, en principio, una
sensibilidad desdeñable. Con todo, resulta indudable que, comparado
con el de otras especies animales (excepto aquéllas anósmicas –como
algunos cetáceos– o microsmáticas –como algunas aves–), nuestro
olfato es más bien pobre: un perro, por ejemplo, es capaz de oler
sustancias en concentraciones cien veces inferiores a las que se
necesitan para ser captadas por el hombre, cuya superficie del
epitelio sensible (unos 10 cm2, con unas 10.000 células
sensoriales por milímetro cuadrado, o, lo que es lo mismo, unas 108
células en total) no es gran cosa comparada con la de otros
animales. En opinión de Aristóteles, la prueba del poco desarrollo y
la escasa agudeza del olfato es que sólo percibimos el objeto
oloroso como placer o dolor, es decir, que disponemos de poca
sensibilidad para los matices. Esto es, seguramente, muy discutible,
pero, en cualquier caso, hay que subrayar que tenemos, no obstante,
la sensibilidad olfativa que hemos necesitado para sobrevivir, y si
ésta no es mayor es debido, sencillamente, a que, a diferencia de lo
que sucede con otros animales, no ha sido, como sucede en éstos, el
olfato (quizá tampoco el oído) un sentido clave en nuestra
supervivencia, fiada, acaso principalmente, a la vista, aunque
tampoco sea éste un sentido que tengamos especialmente más
desarrollado que otras especies (según Aristóteles, el único sentido
en el que somos claramente superiores al resto de los animales es el
tacto, y él es quien hace del hombre el más inteligente de los seres
vivos). Mas no por ello hemos de desdeñar la colaboración del olfato
en lo tocante a nuestra supervivencia: su capacidad para detectar
gases o alimentos potencialmente nocivos o peligrosos, no es, desde
luego, una aportación irrelevante. Incluso, según indican estudios
recientes, parece que nuestro olfato, aunque mejor habría que decir
nuestra nariz, sirve también para detectar mentirosos: se dice que
cuando mentimos nuestro apéndice nasal se hincha y se dilata
ligeramente, al tiempo que se experimenta un leve picor que el dedo
acude presurosamente a aliviar.
Si a esto
añadimos que somos capaces de captar unos dos mil olores diferentes,
supongo que se hace obligado matizar mucho e hilar muy fino a la
hora de calificarlo, como tantas veces se ha hecho, de sentido
«menor». Respecto a si existen o no algunos olores básicos, la
respuesta parece ser claramente afirmativa, aunque las
clasificaciones propuestas no son, ni mucho menos, coincidentes. Por
señalar sólo dos: Hennig, por ejemplo, habla de seis: pútrido,
fragante, etéreo, aromático, resinoso y quemado; y J. Amoore, por su
parte, apunta siete: floral, picante, almizclado, mentolado,
alcanforado, etéreo y pútrido. Y si no se considera excesivo que
volvamos a referirnos a Aristóteles, recordemos que ya el filósofo
griego había ensayado un intento de clasificación, compuesta por los
siguientes olores: dulce, amargo, picante, áspero, ácido y untoso.
3
Por otro
lado, es necesario recordar que el olfato es difícilmente disociable
del gusto: ambos se encuentran intercomunicados e interrelacionados,
hasta el punto de que lo que llamamos «sabor» es una sensación de
carácter global en la que se halla incluida el aroma; sin olfato
(basta un simple resfriado para comprobarlo) no hay sabor alguno en
los alimentos. Renunciar a los placeres del olfato supondría, pues,
al mismo tiempo, la renuncia a los placeres del gusto. Es verdad que
nada impediría a Platón continuar insistiendo en el carácter menos
divino de ambos, comparados con los derivados de la vista o del
oído; pero también lo es que una afirmación tal depende mucho de lo
que hayamos de entender por «divino», y del orden de prioridades que
uno establezca al respecto. Si yo me viera obligado a elegir
(afortunadamente no tengo por qué hacerlo), no dudaría en renunciar
al olfato y al gusto antes que a la vista; pero creo también que me
resultaría más fácil vivir en un mundo sin sonidos que sin olores (y
sabores); y aun creo que pudiera explicárselo a Platón con tres o
cuatro ejemplos.
Así pues,
separar olfato y gusto, tal como pretende Kant, es tarea poco menos
que imposible, porque difícilmente sin el primero podría darse el
segundo. Pero hacerlo, además –como también hace Kant–, para tildar
a nuestro pobre olfato de sentido menos sociable que el gusto, e
incluso como contrario a la libertad, roza ya el ámbito de lo
ridículo. Cierto es que alguien puede imponerme –y obligarme a
compartir– olores, pero, ¿acaso mis ojos o mis oídos se encuentran a
salvo de atentados similares contra mi libertad? ¿Acaso mi vista no
se halla expuesta y forzada a visiones estrafalarias, repugnantes o
crueles? ¿Acaso mi oído no sufre cada día la agresión de necedades
sin cuento? Y si es verdad que puedo cerrar los ojos o cubrir mis
orejas, no lo es menos que puedo taparme la nariz.
En cambio,
seguramente es atinado afirmar que el olfato (frente a la vista o el
oído) es un sentido más subjetivo que objetivo, ya que, si bien es
verdad que, en cierto modo, subjetivos lo son los cinco (en la
medida en que gran parte de la información que nos suministran tiene
que ver con cualidades secundarias de la materia), el olfato es, tal
vez, de todos ellos, aquél en el que el efecto de un determinado
estímulo tiene menos relación con sus propiedades físicas. Esa es
una de las razones (la otra es su escaso desarrollo) que lo
convierten, al mismo tiempo, en un sentido poco fiable a la hora de
obtener una información objetiva de la realidad. Ahora bien, esto
sólo desde un determinado prejuicio cognoscitivo, que no considere
relevante otra información que la puramente objetiva, podría ser
considerado una deficiencia. Ese es el supuesto que está actuando
tanto en Kant como en Condillac, cuando el primero lo califica como
el más superfluo de nuestros sentidos, en tanto que el segundo
diagnostica que es el que menos contribuye a nuestro conocimiento.
Sucede, sencillamente, que las funciones del olfato son otras, e
injustamente se le descalifica por no realizar aquéllas que no son
competencia suya, algo así como si alguien repudiara los dedos de
nuestros pies porque, a diferencia de los de las manos, no sirven
para escribir.
4
El olfato es
nuestro sistema sensorial más primitivo y el único que se halla
directamente conectado con el sistema límbico, esto es, con la
amigdala y el hipocampo, la primera de las cuales resulta esencial
en nuestras emociones, en tanto que el segundo es un elemento clave
en la memoria. Y es ahí donde hay que buscar las funciones de este
sentido nuestro para aprender a valorarlo en su justa medida.
El olfato es
un poderosísimo reforzador de la memoria, incomparablemente superior
a la vista o al oído; los recuerdos de olores, y de elementos
asociados a ellos, tienen una permanencia en la memoria
desproporcionadamente más larga que la de las imágenes o sonidos.
Las curvas de olvido en el caso de la vista y del oído son muy
similares; en ocasiones, pasados unos días ya no resulta fácil
reconocer algo visto, y otro tanto puede decirse de los sonidos. Mas
esto no sucede en absoluto con el olfato: un olor reconocido se
mantiene en la memoria durante meses e incluso años. Seguramente la
razón de esto tiene que ver con otra de las grandes funciones del
olfato: su relación con las emociones. En efecto, los recuerdos
asociados a olores no lo son tanto de hechos o acontecimientos,
cuanto de emociones. Es conocido el denominado «efecto Proust», que
el propio escritor francés nos relata en el primer volumen de En
busca del tiempo perdido: cómo el sabor, pero también el olor,
de una magdalena mojada en té, fue capaz de devolver a su memoria
recuerdos de su infancia que habría creído muertos para siempre:
«Nada me había recordado la vista de la pequeña magdalena, antes de
que la hubiera gustado, tal vez porque, al haberlas visto después
con frecuencia, sin comerlas, en las bandejas de las pastelerías, su
imagen había abandonado aquellos días de Combray para unirse a otras
más recientes, tal vez porque de aquellos recuerdos abandonados,
tanto tiempo fuera de la memoria, nada sobrevivía, todo se había
disgregado; las formas –y también la de aquella conchita de
repostería tan sensual, bajo sus devotos y severos pliegues– se
habían abolido o habían perdido, adormecidas, la fuerza de expansión
que les habría permitido llegar hasta la conciencia. Pero, cuando
después de la muerte de las personas, después de la destrucción de
las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, sólo el olor y el
sabor –más débiles pero más vivaces, más inmateriales, más
persistentes, más fieles– perduran durante mucho tiempo aún, como
almas, recordando, aguardando, esperanzados, sobre la ruina de todo
lo demás, portando sin flaquear sobre su gotita casi impalpable el
inmenso edificio del recuerdo».
Y que el
olfato resulte esencial en nuestras emociones implica, al mismo
tiempo, que lo será también en nuestro comportamiento. Parece
demostrada la capacidad de ciertos olores (feromonas, para ser más
exactos) para provocar actitudes agresivas o relajadas, sosiego o
pánico. Yo no sé si la aromaterapia (término creado en 1937 por René
Gatefosse) tiene o no algún fundamento científico, y, en todo caso,
de poseer alguna efectividad, acaso resulte exagerado atribuirla al
olor mismo, porque lo más probable es que se deba a los componentes
químicos de aquellos productos (por lo general plantas) de los que
emana tal olor; componentes químicos que aunque penetran en nuestro
organismo por la nariz, igualmente podrían hacerlo, pongamos por
caso, por vía intravenosa. Pero, de todos modos, el efecto de los
olores sobre el estado de ánimo, las emociones y el comportamiento
en general es algo que no debería ser desdeñado. Montaigne reparó en
ello hace ya mucho tiempo: «Entiendo –escribe– que los médicos
debieran sacar de los olores más partido del que sacan. He notado a
menudo que los olores me cambian, y obran sobre mi ánimo según lo
que son. Por eso apruebo el dicho de que el uso (antiguo y difundido
en todas las naciones y religiones) de inciensos y perfumes en las
iglesias tiende a estimular, alegrar y purificar nuestros sentidos,
tornándonos más propicios a la contemplación». Montaigne está en lo
cierto: el uso de resinas y aceites esenciales eran frecuentes tanto
en Egipto como en Grecia y en Roma. Y hasta en la Inglaterra del
siglo XVII se utilizaban diversas especias para protegerse (ignoro
con qué éxito) contra la peste negra. De todas formas, insisto en
que hay que cuidarse de no atribuir erróneamente al aroma las
propiedades curativas que pertenecen, en realidad, a determinadas
sustancias químicas.
En lo que se
equivoca Montaigne es en creer que lo mejor que le puede suceder a
un cuerpo humano es hallarse exento de todo olor; ampliando, así, el
dicho de Plutarco, según el cual: «El mejor olor de una mujer es no
oler a nada». Yo no estoy de acuerdo, y me parece que, tratándose,
después de todo, de cuestión tan subjetiva, mi opinión vale tanto
como la de ellos: el mejor olor de una mujer es oler a mujer. Pero
es que, además (y esto ya no es una opinión, sino un hecho), es
imposible que una mujer (lo mismo que un hombre) no huela a nada:
poseemos un olor personal tan inconfundible y tan exclusivo como
puedan serlo las huellas dactilares o la forma del iris. Por ello,
no resulta descabellado suponer que el olor tenga mucho que ver en
las relaciones interpersonales, en la simpatía o antipatía que
podamos experimentar hacia determinadas personas, y, por supuesto,
en la atracción sexual. Se ha sugerido (Helen Fisher, por ejemplo)
que lo que llamamos «enamoramiento» podría ser algo desencadenado
por el olfato. Al fin y al cabo, los olores, las feromonas, son
elementos claves en la atracción sexual en diversas especies
animales. Y aunque es justo recordar que algunos afirman que nuestro
órgano vomeronasal (que nos permitiría detectar sustancias
subliminales) se encuentra prácticamente atrofiado, no deja de ser
cierto que algunas de esas feromonas han sido utilizadas desde
antiguo (por chinos, griegos o hindúes) para propiciar la seducción
y despertar la atracción sexual; y se continúan utilizando en la
industria del perfume. En Grecia, y también en los Balcanes, los
varones utilizan un sistema menos sofisticado que el perfume,
consistente en colocarse pañuelos en las axilas y dárselos a oler a
las mujeres con las que bailan. Y es que en las axilas, lo mismo que
alrededor de los pezones y en las inglés, disponemos de glándulas
apócrinas, que se activan con la maduración sexual en la pubertad.
Por lo demás, el propio sudor ha sido uno de los elementos que no
han faltado nunca en la elaboración de bebedizos afrodisíacos. Por
otra parte, parece que el olor de los varones es capaz de regular el
ciclo menstrual de las mujeres, quienes perciben mejor los olores
(eso se dice) y son más sensibles a ellos que sus compañeros de
especie (sensibilidad que incluso se hace superior durante la
ovulación). Y hasta ha llegado a afirmarse que una mujer se siente
atraída por hombres con un sistema mayor de histocompatibilidad
genéticamente parecido al del padre.
Yo no sé
mucho de estas cosas (como de tantas otras), pero parece que existen
indicios suficientes para sospechar la íntima relación entre los
olores y las emociones, incluido el amor y la atracción y el deseo
sexual. Y si eso es cierto, decir (como dice Kant) que el olfato es
el más superfluo y el más desagradecido de nuestros sentidos, es no
sólo un flagrante error, sino también una completa injusticia. Y
tampoco sé lo que sabía Napoleón de todo esto, pero es lo cierto que
en una ocasión hizo llegar a Josefina la siguiente nota: «Llegaré a
París mañana por la noche. No te laves».