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081011 -
Javier Garrido -
Biblioweb de sinDominio - Todo lo que usted debe saber,
pero no se atreve a preguntar
El creciente interés por lo irracional, lo
paranormal y lo oculto es uno de los fenómenos sociológicos más
extravagantes del siglo XX. Al parecer, el ciudadano de la era
de la ciencia y de la tecnología posee una infinita capacidad de
creer en cualquier cosa, y mientras más absurda mejor: fenómenos
Psi, OVNIs, meditación trascendental, viajes astrales, péndulos,
la Atlántida, combustión humana espontánea, levitación,
biorritmo, archivos Akashi, tarot, actividad paranormal,
vampiros y ángeles, piramidología, el poder de las piedras,
«filosofías» orientales, astrología, y un etcétera que puede ser
tan largo como se desee. Las mentiras de Charles Berlitz y de
von Daeniken se venden por millares, al igual que los
autoproclamados libros de autoayuda (que jamás han demostrado
autoayudar a nadie, exceptuando, por supuesto, a sus autores y
editores), así como cualquier otro que relate contactos
extraterrestres o evoque cualquier energía trascendente e
imaginaria.
(Ver: Trastornos raros: el vaginismo)
Índice General
1 Actitud hacia la medicina científica
2 El poder de las palabras
3 Actitud hacia el conocimiento científico
4 Basamentos «científicos»
5 «Energías» a granel
6 El tratamiento «casual»
7 Las «terapias» pintorescas
8 La prueba anecdótica
9 La coartada de las enfermedades crónicas
10 Conclusión
Está de más decir que la ciencia médica no podía quedarse atrás
en este gran salto quántico a la Era de Acuario. Ya disponemos
de una amplísima gama de «medicinas» (las hay para todos los
gustos) que rinden culto a lo esotérico y lo irracional,
rechazando con imparcial aversión cualquier conocimiento que
provenga de disciplinas tan abstrusas e inexactas como la
química, la inmunología, la bioquímica, la fisiología o la
física y, en general, de cualquiera que siga los pasos del
obsoleto método científico. Por supuesto, esto no excluye que en
más de una ocasión se apropien y usen con donoso desenfado
términos procedentes de esas ramas del conocimiento. Supongo que
no hace falta aclararlo más: son las Medicinas Alternativas.
Las medicinas alternativas pretenden ser opciones frente a la
mal llamada medicina «oficial» (en realidad, la medicina
científica). Solo que esto no es tan simple como parece. Ya no
estamos en el siglo XIII (o en el XVI, o en el XVIII) en que la
medicina marchaba prácticamente sola y casi al margen del resto
del conocimiento científico, mezclando observaciones
interesantes con teorías infundadas y supersticiones grotescas;
hoy la medicina científica se asienta firmemente en ciencias tan
bien establecidas como la bioquímica, la fisiología y la física.
¿Presentan las medicinas alternativas opciones también frente a
estas ciencias? ¿O es que hay que rechazarlas a todas en bloque?
Pues pareciera que sí. Para enredar aún más la cuestión,
numerosos practicantes de las medicinas «alternativas» (los más
astutos y menos belicosos) han optado por redefinirlas
pudorosamente como medicinas «complementarias», lo que suena
bastante inofensivo. Solo que para pasar de ser una opción
frente a algo a un mero complemento de algo hay que dar un gran
salto semántico (mayor incluso que el salto quántico de la Nueva
Era). Y por si esto fuera poco, a los «alternativos» aún les
queda otra denominación debajo de su ancha manga: terapias (o
medicinas) no convencionales. De más está decir que lo
convencional es la medicina científica, siempre tan apegada a
las formas tradicionales.
El problema es que esta conversión táctica de alternativa a
complementaria no pasa de ser un mero malabarismo verbal, ya que
no toca para nada los etéreos y quebradizos «basamentos»
teóricos de estas supuestas terapias. Y se hace con una
finalidad muy precisa: hacer más presentables sus absurdas
proposiciones de cara a un segmento del público (que incluye a
una buena parte de los profesionales de la medicina) con la
suficiente formación científica como para rechazar un cúmulo de
ideas irracionales e indemostradas como alternativa a la
verdadera medicina, pero al mismo tiempo lo bastante ingenuo
como para no alarmarse si se lo presentan con la inocente
etiqueta de terapia complementaria. Después de todo, solo se
trata de complementar el tratamiento médico convencional. ¿No?
¿Y qué daño pueden hacer? Si lo que quieren es ayudar... Lástima
que las afirmaciones sin base que constituyen todo el fundamento
de las Medicinas Alternativas no puedan adquirir consistencia de
un modo tan limpio. Aquí lo que han aplicado es el sabio consejo
de Lenin: dar un paso atrás para conservar uno de los dos dados
hacia delante.
Pero dejemos que los alternativistas se llamen como mejor les
plazca. Por nuestra parte, tenemos un término mejor y más
ilustrativo: las mal llamadas Medicinas Alternativas no son otra
cosa que Pseudomedicinas.
Las pseudomedicinas conforman un conglomerado tan pintoresco
como heterogéneo. En este pueden encontrarse algunas técnicas
«terapéuticas» muy antiguas y aparentemente respetables (entre
las que destacan la acupuntura y la inevitable homeopatía),
acompañadas por una auténtica legión de recién llegados de
paternidad más que dudosa. También se han asimilado últimamente
a sus filas las versiones desnaturalizadas de ciertas doctrinas
que pueden tener alguna validez dentro de su propio contexto
(muy limitado siempre), pero que fuera de él carecen de sentido:
por ejemplo, las llamadas medicinas étnicas (medicina Ayurvédica,
shamanismo, etcétera). En muchas ocasiones resulta difícil
precisar donde termina una pseudomedicina y comienza otra, pues
estás tienden a interpenetrarse, muy a pesar de que por lo
general cada una de ellas disponga de unas «bases» teóricas
dogmáticas a más no poder; no es infrecuente que un homeópata
amenice sus prácticas mediante el uso de la acupuntura, del
poder de las pirámides o de la cristaloterapia, «especialidades»
todas mutuamente excluyentes. Por otra parte, los límites con el
curanderismo desnudo y silvestre y con las prácticas
mágico-religiosas son asimismo difusos, y algún observador
cínico podría incluso opinar que tal frontera es inexistente y
que todas estas prácticas no son sino variantes de un mismo
tema. Aunque sí existe al menos una diferencia: los curanderos
no intentan justificarse con presuntos argumentos «científicos»,
ni se venden como ciencia, ni hablan de mecánica cuántica. Lo
que en todo caso lo que hace es hablar en favor de los
curanderos.
¿Cuántas medicinas «alternativas» existen? Sospecho que nadie lo
puede decir con absoluta certeza, y por buenas razones. La
primera ya fue mencionada: muchas veces las prácticas de varias
de ellas se amalgaman, y no son raros los casos en que de estas
mezcolanzas surgen «terapias» flamantes, como por ejemplo la
homeosiniatría, que es la combinación de la homeopatía con la
acupuntura. Estos híbridos bastardos a veces adquieren entidad
propia, pero en otras ocasiones su vida es bastante corta y
terminan reabsorbidos por sus pseudomedicinas originarias. Otra
dificultad está en que muchas pseudomedicinas parecieran surgir
como por generación espontánea: aparecen de la nada, y si hoy
son diez, mañana son treinta o cincuenta (y también desaparecen
igual, lo que dificulta su censo). Además, está el problema de
las resurrecciones reiteradas, como las de esos zombisque
aparecen en las malas películas de terror. Se puede incluso
establecer una regla: nunca una pseudoterapia debe darse
definitivamente por muerta, ya que puede ocurrir que mañana o
pasado alguien vuelva a sacarla a flote. Y aquí va una muestra:
las flores de Bach datan de los años treinta, quedaron olvidadas
por varias décadas, y hoy, inesperadamente, han vuelto a
florecer (de paso, el Dr. Edward Bach fue inicialmente
homeópata). Finalmente, está la ardua cuestión de las
nomenclaturas, y aquí sucede igual que con los medicamentos
homeopáticos: si bien todos son agua pura, un frasco lleva un
rotulo que dice Eupatorium perfoliatum y otro Hepar sulphuricus.
¿Las flores de California son lo mismo que las flores de Bach?
¿O debemos clasificarlas aparte? ¿Es lo mismo la Medicina
Integral Cuántica que la Medicina Holística Cuántica? ¿Y si no
son lo mismo, en que se diferencian?
A pesar de todo este barullo, quizás sea posible establecer
algunos puntos comunes que quizás nos ayuden a conocer mejor qué
son las medicinas alternativas.
(Ver:
Una reflexión filosófica sobre la medicina)
1 Actitud hacia la medicina científica
Si algo tienen en común todas las pseudoterapias es su declarada
hostilidad hacia la ciencia médica, muy a pesar de la ya
mencionada táctica de esos colaboracionistas que han empezado a
hablar de «Medicinas Complementarias». La mayor parte de los
alternativistas proclaman abiertamente que las terapias de la
medicina «oficial» no ocasionan otra cosa que incurables
yatrogenias, e incluso, los hay que predicen a muy corto plazo
(para mañana quizás) la desaparición de la deletérea medicina
científica (si sus capacidades proféticas van a la par de sus
poderes curativos podemos augurarle una larga vida a esta). Esta
actitud tan negativa tiene su razón de ser, ya que las bases en
que se asienta la medicina científica son incompatibles con las
«bases» de las terapias alternativas, y ambas no pueden ser
ciertas a la vez. Pero también existen otros motivos: sensación
de minusvalía o complejo de inferioridad, pues la yatrogénica
medicina científica es la única que presenta logros bien
demostrados; estrategia promocional; fanatismo ciego y
obcecación en el caso de los más recalcitrantes; y en muchas
ocasiones, ignorancia simple y llana.
(Ver: Hipocondría)
2 El poder de las palabras
No, no voy a referirme al maravilloso poder de las palabras que
curan. Las pseudomedicinas también se caracterizan por el uso (o
más bien, abuso) que hacen de palabras imponentes o
prestigiosas. Por ejemplo, alguna vez oiremos mencionar la
Medicina Psiónica y sin duda quedaremos impresionados. Suena
sobrecogedor, y en el acto pasarán por nuestros cerebros
tenebrosas imágenes de individuos de bata blanca manipulando
computadoras que se conectan directamente a los centros
nerviosos del paciente. Pero nada de eso: aquí solo estamos
hablando del vulgarísimo péndulo, o para que suene mejor, de la
radiestesia. No hay pseudomedicina que no apele a semejantes
argucias verbales para encubrir la vacuidad de sus conceptos.
Encontramos así calificativos tales como Medicina Integral
Quántica, Biorresonancia, Moraterapia, Quirorreflexoterapia,
Magnetoterapia, Ozonoterapia, Técnica Bioenergética Cuántica
Holográmica (!!!). Un homeópata no agita un frasco, lo dinamiza.
Esto también se observa en el abuso indiscriminado que hacen de
vocablos expoliados a la física, y así nos infieren a mansalva
términos como energía, iones, cuantos, cargas positivas, cargas
negativas, electromagnetismo, salto quántico (notese la "q"),
frecuencia vibratoria, campo, inducción, radiaciones, fotón, y,
de más está decirlo, sin tener la menor idea de lo que
significan (consejo gratis para todos los alternativistas y sus
seguidores: leerse en alguna buena enciclopedia los artículos
mecánica cuántica, electromagnetismo y Teoría de la
Relatividad). Si se da el caso, también son muy útiles los
expresiones importadas de las culturas orientales, en especial
si son hindúes, chinas, tibetanas o japonesas: chakras, feng
shui, zen, tántrico. Hasta el momento las medicinas alternativas
no parecen haber encontrado nada de particular interés en
Afganistán, Birmania, Kazajistán o Borneo, pero sospecho que
esta omisión no tardará mucho en ser subsanada.
(Ver:
La guerra de la industria farmacéutica
contra nuestra salud)
3 Actitud hacia el conocimiento científico
La posición de las pseudomedicinas respecto al conocimiento
científico es ambivalente. Por una parte, no hay terapia
alternativa que se respete que no se promocione como científica,
muy a pesar de que la única denominación consecuente que les
cabe vistos sus principios sea la de sectas pseudorreligiosas.
El disfraz científico lo logran mediante las ya mencionadas
contorsiones verbales, la asimilación de términos extraídos de
ramas auténticas del conocimiento (por ejemplo, el saqueo
despiadado que le han hecho a la mecánica cuántica), el uso
eventual de aparatos de aspecto vagamente tecnológico (el
acumulador orgónico, el dermatrón, los biorresonadores), y la
invariable apelación a estudios genéricos e imprecisos: «varios
estudios demostraron», etc. Pero, por regla general, nadie nos
dice quien realizó el estudio, como lo realizó, donde fue
publicado o si fue reproducido de manera independiente. Si nos
empeñamos en exigir precisiones descubriremos en unos pocos
casos que los mencionados estudios aparentemente si fueron
realizados, pero ¡únicamente por el inventor del método o por
alguno de sus discípulos más cercanos! Y que jamás han sido
reproducidos adecuadamente, ni publicados en una revista
científica reconocida. Por otro lado, las pseudomedicinas
rechazan todos aquellos conocimientos provenientes de ciencias
tan bien establecidas como la química, la física, la bioquímica,
la fisiología, la biología, la farmacología, siempre que sean
contrarios a los intereses de sus propios postulados. Y esto
será así por muy bien que halla sido demostrado dicho
conocimiento. La supuesta aura fotografiada por la cámara
Kirlian ha sido explicada satisfactoriamente y hasta la saciedad
como un fenómeno eléctrico relativamente trivial, pero ¡intente
explicarle eso a un partidario de la bioenergía! La fisiología
experimental ha prescindido exitosamente desde hace casi dos
siglos de las fuerzas nebulosas para explicar sus hallazgos,
encontrando en todas partes interrelaciones precisas entre
enzimas, mediadores, iones, membranas, receptores y fosfatos de
alta energía, pero un pseudomédico considerará todo esto puras
falacias, o, si es condescendiente, como el mero aspecto
superficial de la acción de energías intangibles y trascendentes
(que de paso, nadie ha visto nunca). Este es un caso para la
navaja de Occam. Los más audaces de los pseudomédicos harán
incluso extensivo este repudio al método científico: después de
todo, existen formas mejores de lograr el conocimiento (por
ejemplo, apelando a la Conciencia Cósmica). Por supuesto, ante
cualquier eventualidad incómoda, siempre es la Ciencia la que se
equivoca (y no ellos). Por lo demás, también hacen gala de un
dogmatismo a toda prueba (lo que dijo el fundador es la Verdad
Absoluta), y de una incapacidad total de autocrítica. Los
homeópatas siguen consultando devotamente la Materia Médica Pura
de Hahnemann, a pesar de que terminó de publicarse en 1821.
¡Hace casi ciento ochenta años! Sería de esperar que en todo ese
tiempo la «ciencia» homeopática hubiera hecho algunos avances,
pero tal parece que no. Esto sería equivalente a que en alguna
cátedra clínica de medicina «oficial» se pretendiera establecer
como textos de consulta las obras de Galeno o de Boerhave.
(Ver: Salud mental: trastorno obsesivo
compulsivo)
4 Basamentos «científicos»
Como presumen de ser «ciencias», a la fuerza han de tener
basamentos «científicos», y de más está decirlo, estos no pueden
depender de las engorrosas enzimas e iones de los fraudulentos
fisiólogos y bioquímicos. Una característica de sus «basamentos»
es su cristalina simplicidad: casi invariablemente se reducen a
apelar a alteraciones energéticas y otras tenuidades
metafísicas, las cuales pueden ser corregidas mediante los
talismanes y conjuros adecuados (perdón, quise decir mediante
los instrumentos terapéuticos adecuados). Frente a esto, la
arcaica medicina «oficial» pretende que la inmensa mayoría de
las enfermedades son multicausales, lo que le complica bastante
la situación. En ocasiones esta simplicidad no es tan aparente,
pero esto se debe únicamente a que han aplicado el punto 2, y el
concepto queda arropado de términos altisonantes. Y aquí va un
ejemplo:
El ÉTER abarca la energía biomagnetica invisible para el ojo
humano, pero que actualmente gracias a la tecnología científica,
ya se puede detectar con dispositivos electrónicos (sic). En
esta área se trabaja desde los centros vitales de energía,
llamados "Chakras", abriendo y retirando la basura acumulada y
llenando con energía positiva todos los átomos del cuerpo
eterico, desbloqueando todos los canales por donde fluye la
energía vital llamada "Ki", y de esta forma se logra que todas
las moléculas tengan una vibración armónica y recobren el
balance de polaridad. Los seres humanos también funcionamos con
dos polos de energía vital, el Positivo (Yang) y el Negativo (Yin).
La medicina china enseña que para curar realmente en todos los
aspectos, se debe lograr el equilibrio de estas dos fuerzas.
(Terapia Holística. Medicina Alternativa, Naturista, Holística y
Cuántica Universal. Sin autor)
Esas energías tan sutiles se aplican mediante una diversidad de
métodos, desde los dinamizados homeopáticos hasta la imposición
de manos, pasando por los biorresonadores y los cristales de
cuarzo. En el caso de algunos métodos de pseudodiagnóstico, como
la iridología y la reflexología facial simplemente se inventan
conexiones «neurológicas» o «canales energéticos» entre el
órgano a estudiar y su imaginaria expresión en el iris o en la
cara; si esto es ciencia moderna, quizás los romanos no estaban
tan equivocados al revisar el hígado de una res para predecir el
futuro.
Las científicas «terapias» de la medicina alternativa suelen ser
bastante más complicadas que sus fundamentos «fisiopatológicos»,
y casi siempre llevan aparejado algún tipo de ritual mágico. Los
homeópatas sacuden sus frascos tantas veces, los pacientes deben
tomar su medicamento a tal hora y no a otra, sin que la cuchara
toque los labios y luego deben meterla en un horno caliente, los
cristales deben colocarse en los puntos «energéticos adecuados»,
la terapia orgónica se efectúa metiendo a la víctima (quiero
decir, el paciente) dentro de una caja de madera recubierta de
metal por dentro, los adeptos a la Medicina Integral Quántica
deben asociar sus alimentos de acuerdo a sus siete grupos de
colores o «frecuencias vibratorias». Todo esto en nombre de la
energía. ¿Y cuándo no?
Y aquí surgen dos grandes preguntas: ya que estamos hablando de
basamentos científicos, ¿puede alguna de estas pretensiones
considerarse como tal? ¿En todo esto existe algo que halla sido
efectivamente demostrado? Pues la cuestión es muy simple: si
consideramos como basamentos científicos hechos comprobados de
acuerdo al método científico, estos simplemente no existen.
Ningún partidario de las pseudomedicinas ha demostrado (ni
intentado demostrar) que las energías que dicen manipular
existan en algún lugar fuera de su imaginación. Ni que la
alteración de esas magníficas energías sea causa de la
enfermedad. Ni que efectivamente sean capaces de manipularlas.
Ni que los cristales de cuarzo sirvan como algo más que de
bonito adorno sobre la mesita de la sala. Ni que los asertos de
la iridología funcionen alguna vez (de hecho, lo que sí se ha
demostrado es que los iridólogos no son capaces de diagnosticar
nada en condiciones controladas, fuera de la comodidad de sus
consultorios). Pero ya dijimos que los pseudomédicos no comulgan
con el método científico. Quizás porque les parece demasiado
rígido y poco dado a tales expansiones del espíritu.
(Ver:
Texto escrito por René Favaloro, antes de pegarse un
tiro)
5 «Energías» a granel
Todo pseudomédico que se respete debe tener pronta su «energía»
a esgrimir en cuanto esté de cara al paciente (o a la prensa). Y
de acuerdo a su corriente esa «energía» tendrá diferentes
nombres, y será defendida con diversos argumentos, todos
especiosos por igual. He aquí una enumeración no exhaustiva:
éter, fuerza vital, energía vital, biomagnetismo, frecuencia
vibratoria, campo electromagnético, campo energético, nivel
quántico, aura, equilibrio vital, fuerza psíquica, la «otra
mitad» del paciente. En la práctica todos estos términos se
comportan como sinónimos, y denotan entidades igualmente
quiméricas. Y de ningún modo deben ser confundidos con las
formas de "energía" conocidas por la física. ¿De dónde salen
entonces? En general, no se trata más que del renacimiento con
otro nombre de añejos conceptos vitalistas provenientes de la
prehistoria de la fisiología (que a su vez tuvieron su origen en
el pensamiento mágico y en ideas más o menos religiosas). Unas
pocas proceden de plagios a la medicina tradicional (en especial
de la medicina china) o de las culturas orientales (lo oriental
siempre resulta misterioso y atrayente). El proceso suele ser el
siguiente: al gurú de una nueva medicina alternativa se le
ocurre una idea (que no necesariamente es nueva, y casi nunca lo
es) la enuncia con aire de iluminado a sus acólitos y estos
abren la boca asombrados ante tal sabiduría. De ahí saltan (otro
gran salto quántico) a las conclusiones y a las innovaciones
terapéuticas ad hoc. ¿Contrastar la idea, intentar falsarla?
Para eso no llevan prisa: por el camino ya irán siendo
inventadas los estudios y demás demostraciones «científicas»
fraudulentas. Y en todo caso siempre se podrá argumentar que
cualquier oposición se debe a oscuros intereses de la sórdida
nomenklatura médica «oficial».
(Ver:
100 Preguntas y Respuestas sobre
Hipertensión Arterial)
6 El tratamiento «casual»
Las medicinas alternativas siempre aducen que, a diferencia de
la perniciosa medicina científica, ellas tratan a la enfermedad
causalmente y que no tratan enfermedades, sino enfermos. Y
pueden curar cualquier tipo de enfermedad con un altísimo índice
de efectividad. ¿Y como? Pues manipulando la energía, que duda
cabe, que es la causa real de la enfermedad. La imperdonable
medicina científica es puramente sintomatológica, repiten una y
otra vez. Y aquí ocurre una extraña paradoja: mientras la «sintomatológica»
medicina científica intenta llegar siempre que puede a la causa
de la enfermedad para tratarla en consecuencia, las terapias
alternativas solo ven los síntomas para hacerlo. ¿Qué, es que lo
duda? Revísese cualquier Repertorio Homeopático, y allí
encontrará, en correcta formación interminables listas de
síntomas al lado de los medicamentos aplicables a esos síntomas.
¡Bravo por las únicas medicinas causales! Y lo mismo puede
aplicarse a la cristaloterapia, a la medicina psiónica, a la
medicina quántica, o a cualquier otra. Con el agravante
adicional de que tales síntomas son más expresiones pintorescas
del estado del paciente que otra cosa, y no suelen tener una
relación clara y definida con su enfermedad verdadera. ¿Por qué
ocurre esto? Pues porque al depender exclusivamente de
evanescentes trastornos energéticos, no existen cuadros
nosológicos bien definidos, y en consecuencia deben remitirse a
las puras manifestaciones sintomáticas para «diagnosticarlos» y
«tratarlos». Pero esto no es de ningún modo tratamiento causal,
es pura debilidad de la teoría, que no les da margen para otra
cosa. Aparte del absurdo que llevan implícitos muchos de esas
manifestaciones o «síntomas»: por ejemplo usar un péndulo para
«rastrear» imaginarias alteraciones bioenergéticas, o las
manchas del iris para diagnosticar el estado del riñón derecho o
de los genitales. Y ahora si podemos entender esa machacona
insistencia en que no hay enfermedades, sino enfermos: al
enfermo siempre lo tienen delante, pero no tienen ni idea de
cual es su enfermedad.
(Ver: Infarto del Miocardio)
7 Las «terapias» pintorescas
Si algo caracteriza a las pseudomedicinas es el carácter
netamente arbitrario y a la vez folklórico de sus grotescos
«métodos» diagnósticos y de sus no menos estrafalarios «métodos»
terapéuticos. Si bien casi todas tienen en común la invocación
de presuntas fuerzas trascendentes como causa de la enfermedad,
esa uniformidad desaparece en cuanto llegamos a la praxis. Cada
medicina alternativa suele inventarse sus propios
"procedimientos" diagnósticos y/o terapéuticos, aunque los casos
de plagios descarados abunden. Los límites al parecer solo están
en los que impone la feraz inventiva humana (o sea, que
realmente no existe ningún límite). Esta proliferación bien
pudiera calificarse de «diversidad dentro de la inutilidad».
Los métodos diagnósticos pueden ir de lo muy simple a lo
exasperadamente complejo. La homeopatía realiza un
interrogatorio superficialmente parecido a la anamnesis médica
habitual, pero haciendo énfasis en toda suerte de
intrascendencias. Se puede diagnosticar estudiando el iris (iridología),
la palma de la mano o la planta del pie, la cara (la «reflexología
facial») o haciendo uso de poderes psíquicos. También observando
el aura (algunos pseudomédicos disponen de tal poder, por lo
común vedado a los simples mortales). Los fanáticos de la alta
tecnología tienen a su disposición el péndulo (radiestesia o
Medicina Psiónica), la cristalización de la sangre, la
fotografía Kirlian, el dermatrón, equipos especiales para medir
la «biorresonancia» o cualquier otro fenómeno igual de
evanescente o imaginario. Hasta la fecha, las medicinas
alternativas parecen no haber considerado que se puede sacar
provecho de algunos métodos tradicionales caídos en el olvido,
pero cuyas bases están tan firmemente asentadas en el
conocimiento científico como todos los antes mencionados: la
hepatoscopia, los oráculos, la necromancia, la ornitomancia, la
esticomancia, el Juicio de Dios, por nombrar solo algunos. Pero
quizás día menos pensado nos encontremos con algún pseudomédico
que diagnostique a sus pacientes observando a las aves que
vuelan a su izquierda o a su derecha, o revisando las entrañas
de un perro. ¿Y por qué no? Por lo menos, suena igual de lógico
que hacerlo con un péndulo.
Los procedimientos «terapéuticos» son aún más variados, si cabe.
Los más sencillos no requieren absolutamente de ningún
accesorio: basta con que el «medico» efectúe la imposición de
manos para que sus pavorosas fuerzas biomagnéticas (o
electromagnéticas, depende del caso) afluyan hacia el atribulado
paciente y este vea sus canales limpios y sus trastornos
energéticos corregidos sin más. Los cirujanos psíquicos
filipinos extraen tumores a mano limpia (a la hora de la verdad,
dichos tumores siempre resultan ser vísceras de pollo y cosas
similares). Otros apelan a dietas fantásticas en que los
alimentos están clasificados por colores relacionados con los
chakras (por supuesto), o a las prácticas respiratorias. Los
olores (aromoterapia y afines), los colores (cromoterapia), y
los sonidos (musicoterapia) son también recursos poderosísimos
para el tratamiento de cualquier cosa que se nos ocurra (los
sabores por lo visto siguen sin ser descubiertos). También se
puede curar dando masajes en los pies o en las manos (reflexoterapia
podal y quiroreflexoterapia). Y ni hablar del poder de las
hierbas (aquí hay que hacer una observación obvia, pero que con
frecuencia es malinterpretada: nadie niega que existan
numerosísimos principios activos de interés médico en muchas
plantas, y deben existir todavía más por descubrir; pero los que
practican el herbalismo por lo general lo ignoran todo sobre los
efectos farmacológicos de esas sustancias). Los remedios
homeopáticos contienen cantidades terroríficas de energías
oscuras (infundidas al medicamento por el pedestre método de
sacudir el frasco que lo contiene). También puede utilizarse el
poder del pensamiento positivo. Pero no todo el mundo se siente
contento con tal frugalidad de medios: dar masajes, imponer las
manos, administrarle agua pura al paciente o ponerlo a oler
flores les sabe a poco. Para los que aprecian los tratamientos
más agresivos tenemos la moxibustión, la acupuntura y su
variante, la electroacupuntura, la radiestesioterapia (otra vez
el péndulo), los maravillosos cristales de cuarzo (sus
vibraciones tienen tremendos efectos a nivel quántico), el
embarramiento con arcilla, los imanes (magnetoterapia) y,
¿cuándo no? las pirámides.
La tecnología también se ha hecho presente en este campo.
Disponemos de aparatos especialmente diseñados para la
magnetización y la biomagnetización, y también de ionizadores de
aire. La ozonoterapia consiste en mezclar la sangre con ozono.
La moraterapia o biorresonancia ya es ciencia ficción pura: el
equipo inventado por el Dr. Morell y el ingeniero Rasche permite
"separar las frecuencia disarmónicas producidas por las células
y tejidos enfermos, e invertirlas antes de devolverlas al
paciente" (lástima que la idea no se le halla ocurrido a Isaac
Asimov o a Arthur C. Clark). Y el Dr. Wilhelm Reich nos ha
legado el Acumulador Orgónico, que nos permite concentrar la
radiación orgónica procedente del espacio exterior (sus
inexplicables detractores insisten machaconamente en que ni el
orgón existe, ni radiación alguna por el estilo, y que sus
acumuladores no son otra cosa que cajas de madera recubiertas
internamente de metal). Otras innovaciones las constituyen la
estimulación de los puntos de acupuntura con rayos láser (laserterapia)
o con ultrasonidos (sonoterapia).
Como ya lo dijimos antes, no hay límites para la imaginación.
Tome cualquier idea, sin importar lo descabellada o ridícula que
parezca, revístala de palabrería pseudocientífica, invéntese
algunos estudios o casos anecdóticos y ya tiene en sus manos
otra flamante Medicina Alternativa. No se preocupe si suena
inconsistente o absurda en exceso: tales detalles carecen de
relevancia pues siempre encontrará quien se la crea. Igual que
la imaginación, la credulidad humana también carece de límites.
(Ver:
Advierten sobre el Glifosato)
8 La prueba anecdótica
Pues si, mucha gente piensa que funcionan. Es más, jurarán que
sus males fueron exitosamente tratados (y, de paso, causalmente)
por el pseudomédico de turno (ya sea este homeópata,
electroacupuntor, cristaloterapeuta o reflexoterapista). Pero la
cuestión no es tan simple: antes de salir a proclamar a los
cuatro vientos que una terapia funciona, debe demostrarse
rigurosamente que si lo hace, y para eso existen las
herramientas de investigación adecuadas, la principal de las
cuales es el ensayo clínico controlado. ¿Hacen esto los médicos
alternativos? De vez en cuando, y siempre a desgano. Sus
estudios no suelen aparecer en revistas reconocidas, y cuando lo
hacen siempre terminan desmoronados por la crítica que les
señala crasas fallas metodológicas. Aparte de que existe la
persistente sospecha de que los estudios con resultados
desfavorables nunca salen a la luz pública. ¿Fuera de esto que
queda? Solo la evidencia anecdótica, pilar fundamental de todas
las pseudomedicinas.
La evidencia anecdótica se refiere a casos aislados de aparentes
curaciones debidos a una terapia determinada. Existen excelentes
razones por las que la evidencia anecdótica no pueden jamás
tomarse como evidencia científica: no existe control adecuado,
se depende de apreciaciones subjetivas tanto del médico como del
paciente, los casos con resultado negativo pasan desapercibidos
o no se toman en cuenta, la información por lo general es
imprecisa o insuficiente, no existe nada con que comparar. Un
ejemplo: en mi consulta le aplico los milagrosos cristales a
quince pacientes; de ellos siete no regresan, dos empeoran,
cuatro siguen igual, dos se «curan». Entonces voy y exhibo urbi
et orbi a estos dos como prueba contundente de los pavorosos
poderes de mis cristales de cuarzo. Incluso es muy probable que
sean los mismos pacientes los que lo hagan. Pero, ¿qué he
demostrado desde el punto de vista científico? Absolutamente
nada. Y si lo dudan, vayan y pregúntenle su opinión a los siete
pacientes que no regresaron.
¿De donde salen estos casos anecdóticos? Algunos son simples
invenciones; esto se da particularmente en las ramas más
rastreras de las pseudomedicinas, donde «terapeutas» advenedizos
no sienten el menor escrúpulo de saltar de lo meramente no
convencional al fraude sin atenuantes. Pero dudo que esto se
aplique a muchos de los practicantes de las medicinas
alternativas, ya que entre ellos pesa por lo general más la
ignorancia y el autoengaño que el afán de lucro (aunque puedo
estar equivocado). Otros casos se explican por información
deficiente: ¿fue realmente diagnosticada una enfermedad? ¿y por
quién? ¿y cómo? ¿se verificó la curación? ¿era la enfermedad de
una naturaleza tal que se excluye la resolución espontánea o la
remisión temporal? ¿la «curación» persistió en el tiempo o el
enfermo recayó? Todas estás preguntas suelen quedar sin
respuesta. En otras ocasiones hablamos de enfermedades que se
autolimitan, que hubieran sanado con o sin tratamiento, y esto
puede ser válido incluso para enfermedades que en un momento
dado pueden ser muy severas y comprometer la vida del paciente.
O de enfermedades puramente imaginarias, en las que el efecto
placebo resultará determinante. También se dan con frecuencia
pretendidas curaciones en las que la historia inicial, por lo
general muy anodina, va siendo embellecida y aumentada con el
paso de un relator a otro, e incluso multiplicándose, según el
mismo mecanismo por el que se producen las oleadas de OVNIs: de
golpe, un solitario caso dudoso se transforma en diez o quince
«comprobados».
Todas las pseudomedicinas tienen siempre bajo la manga sus casos
anecdóticos, para presentarlos como «evidencia irrebatible» de
sus pretensiones a la menor oportunidad. Lamentablemente, lo
único que demuestran es su analfabetismo científico.
(Ver:
Viagra cumple años)
9 La coartada de las enfermedades crónicas
No lo digo yo, lo dicen ellos: las terapias alternativas curan
cualquier cosa, y con un altísimo índice de efectividad. Y no
podía ser de otra forma, pues tratan la enfermedad causalmente.
La medicina científica no puede pretender nada ni remotamente
parecido. Pero ¡ay!, de pronto aparece un aguafiestas y nos
recuerda que en el mundo real (no en los planos superiores de la
consciencia) las medicinas alternativas todavía no han
demostrado convincentemente curar nada. ¿Qué hacer en tal caso?
Aquí los más prudentes de los alternativistas (presuntamente los
mismos que inventaron lo de la Medicina Complementaria) han
optado por la sagaz estrategia de refugiarse en un grupo de
enfermedades para las que tampoco la Medicina Científica tiene
respuestas satisfactorias: las enfermedades crónicas. En este
grupo entran la mayor parte de los cuadros reumatológicos, las
alergias y las enfermedades degenerativas. Todos estos han
constituido un auténtico filón áureo para las pseudomedicinas
más variopintas, ya que su manejo presenta indiscutibles
ventajas si uno se empeña en emplear una terapia inútil: la
medicina convencional ofrece relativamente poco, estas
enfermedades tienen tendencia a presentar remisiones periódicas
(cualquier remisión por breve que sea se le atribuirá al influjo
de las energías maravillosas), un adecuado manejo
psicoterapéutico puede hacer que el paciente se sienta realmente
mejor, sobre todo si se realiza a través de la evocación
cuasimágica de fuerzas telúricas y trascendentes. Y ya que se
trata en muchas ocasiones de hacer una «terapia complementaria»,
nunca quedará claro si cualquier mejoría se le debe atribuir a
la medicina «convencional» o a la manipulación de energías
ignotas. Incluso la Organización Mundial de la Salud ha
incurrido en el gesto demagógico de avalar esta clase de
prácticas. Existen otras variantes de este procedimiento:
tomemos por ejemplo, a la acupuntura. Colocando las agujas en
los puntos energéticos de los meridianos adecuados deberían
curarse innumerables enfermedades; al menos, eso es lo que dice
la teoría. ¿O no? Pero de golpe alguien descubre que su
principal utilidad está en el manejo del dolor, y en esa
dirección se precipitan de inmediato los menos obtusos de los
devotos. Y empiezan a aparecer de inmediato películas mostrando
milagros tales como intervenciones mayores realizadas
supuestamente sin anestesia; los cínicos que nunca faltan
aducirán sin duda que no son otra cosa que fraudes manifiestos.
Por otra parte siempre habrá quien nos recuerde (quizás el mismo
aguafiestas de antes) que la percepción del dolor tiene un
fuerte componente subjetivo, y que la sola confianza del
paciente en el procedimiento puede lograr que este tolere mejor
el dolor, sobre todo cuando estamos hablando de enfermedades
crónicas como la artritis. Pero aquí interesa resaltar un
aspecto en especial: en todos estos casos el remedio panaceico
se nos ha transformado en un modesto coadyuvante. En pocas
palabras, se va de la pretensión de curar a la simple analgesia,
a un limitado paliativo.
¿Dónde quedan entonces el manejo «causal» de la enfermedad, la
integridad holística, la corrección de la energía alterada, los
efectos quánticos y demás palabrería hueca? El tratamiento
paliativo de la enfermedad, por ejemplo, mitigar los dolores de
un artrítico crónico, puede ser algo realmente loable, pero está
en las antípodas de la oferta inicial de curar causalmente. ¿No
habíamos dicho que se trata al enfermo y no a la enfermedad? Por
lo visto más bien tratan a algunos enfermos y a ninguna
enfermedad. ¿O es que nos estuvieron mintiendo desde el
principio?
(Ver: Hipocondría)
10 Conclusión
¿Por qué muchas personas creen en la pseudomedicinas? La
principal razón es que creen (sin base) que funcionan. Aquí
tiene mucho que ver la falta de formación científica que nos
garantiza los modernos sistemas educativos, y que incluye una
carencia casi total de sentido crítico. Fuera de su especialidad
todo el mundo tiende a ser bastante crédulo. También influye la
creciente desconfianza hacia la ciencia en general y hacia la
medicina científica en particular y el no menos creciente auge
de las creencias irracionales de moda. No es infrecuente que el
seguidor de una mal llamada terapia alternativa sea también un
furibundo creyente en la presencia de los alienígenas entre
nosotros, en los misterios de las pirámides, en la combustión
humana espontánea, en el tarot, en las conspiraciones y en los
fenómenos PSI. ¿Por qué muchos médicos practican o apoyan a las
pseudomedicinas? Las razones, contra lo que cabría imaginar, no
son muy diferentes. La formación científica de la mayoría de los
profesionales de la medicina es muy pobre (muchos médicos no son
otra cosa que técnicos en enfermedades) y son muchas las
ocasiones en que no podrán dar un juicio de valor sobre si la
utilidad de una terapia ha sido demostrada o no; con frecuencia
confundirán la evidencia anecdótica con la evidencia científica.
Sin un adecuado conocimiento de la fisiología y la bioquímica es
fácil empezar a creer en fuerzas oscuras. Los intereses
crematísticos tampoco pueden ser dejados de lado: las
pseudomedicinas son por lo general monetariamente muy
productivas (cosa que los seguidores de las terapias
alternativas optan por no mencionar), y con una gran ventaja,
que producen a corto plazo, en tanto que cualquier especialista
de la medicina «oficial» solo comenzará a ver los resultados de
su trabajo luego de varios años. Y un último factor, para nada
desdeñable: la soberbia intelectual de muchos médicos.
¿Tienen justificación las Medicinas Alternativas? Aquí la
respuesta solo puede ser un no tajante. No hay justificación
para que alguien con una enfermedad curable si se trata
racionalmente a tiempo vaya a ponerse en manos de alguien que
invocará fuerzas y le colocará cristales o agujas u otros
tratamientos igual de inútiles. Tampoco tiene justificación que
alguien enferme o muera de una enfermedad prevenible simplemente
porque al gurú de turno no le simpatizan las vacunaciones. Las
pseudomedicinas no son otra cosa que colecciones bastardas de
opiniones gratuitas, asociadas a «terapéuticas» sin base ni
utilidad, y deben ser tratadas en consecuencia.
* Este artículo se publicó originalmente en Paraciencias al día,
página escéptica venezolana lamentablemente desaparecida. Se
reproduce ahora en la
Biblioweb de sinDominio con permiso del autor.
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