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0705 - Fuente Clarín
¿Qué hace que estemos como embobados cuando estamos frente al amor? Los
especialistas sostienen que entramos en un estado de alteración de la
conciencia parecido a un trance.
Las películas nos engañan haciéndonos pensar que lo
que sentimos al principio de las relaciones amorosas - esa pasión difícil
de contener y las ganas ineludibles de estar con el ser amado todo el
tiempo-, es lo más importante de una relación y además, debe durar toda la
vida. El cine nos embauca, justo cuando todo empieza y comienza una de las
etapas de la
pareja, que indefectiblemente concluye con una crisis: o se
termina, al caer la máscara de la ilusión de lo que creíamos que era, o se
transforma, convirtiendo el vínculo y esa pasión en otra calidad del amor.
Norma (37) se enamoró de su profesor de teatro. Era aparentemente todo lo
que ella buscaba en un hombre. Él hablaba y a ella se le caían las medias.
La admiración era extraordinaria. La pasión de sus encuentros sexuales,
increíble. A los 4 meses de noviazgo decidieron casarse. Pero las cosas no
salieron como esperaban. Y el velo de la ilusión se fue descorriendo con
una rapidez inusitada.
Durante los primeros meses de cualquier relación de pareja basada en el
enamoramiento se producen en el cuerpo reacciones químicas, hormonales,
cuyo objetivo evolutivo primario es la consolidación del vínculo con
fundamentos reproductivos. Las hormonas bullen, se excitan para que esta
sensación de urgencia obligue al encuentro apasionado, a la sexualidad, al
erotismo. Esta es su función primaria. Pero luego la rutina, el
acostumbramiento, las expectativas frustradas hacen su tarea.
En realidad, dice Gonzalo Eizmendi, psicólogo y director de la Red
Charcas, “nos enamoramos de nuestra propia imagen de lo que queremos como
pareja. Cuando estamos enamorados, apasionados, no vemos realmente a la
persona a quien tenemos enfrente, sino a quien nos gustaría ver, como
complemento perfecto a nuestras propias necesidades. En verdad nos
enamoramos del amor, de la idea de estar enamorados, las hormonas son las
que mandan y nos gobiernan. Una vez que pasa el efecto narcotizante de la
química del amor, de la pasión sexual, podemos ver a la
persona real, con sus características verdaderas; empiezan a caer las
cáscaras y quizás esa realidad no coincida con la fantasía previa que
teníamos de aquél o aquella en quien depositamos nuestra pasión”.
No es que nos pongamos intencional y maliciosamente una máscara; de manera
natural cuando empezamos una relación, mostramos nuestras mejores
características. Luego vamos despojándonos de las capas que nos van
descubriendo tal como en realidad somos.
El Dr. Adrián Kertész, médico psiquiatra, terapeuta de parejas, miembro
del staff clínico y docente del Instituto Privado de Psicología Médica y
creador de la Psicoterapia Epigenética dice: “las personas más
familiarizados con el contacto consigo mismas, más habituadas al amor, el
enamoramiento no las descentra, las acerca más al centro, a la
autenticidad personal, porque no es una fachada. Cuando estamos enamorados
mostramos lo mejor de nosotros mismos y al estar centrados, esto es algo
auténtico; si no, puede ser una coraza. Quienes no están acostumbrados al
amor se alejan mucho de su propio centro”.
Kertész explica que el estado de enamoramiento es similar al estado de la
conciencia cuando se está en algún tipo de trance. A partir de un efecto
hormonal, se activa el sistema límbico, la parte del cerebro que controla
las emociones y la percepción cambia. Durante el enamoramiento, excepto el
objeto del amor, todo lo demás desaparece. Cuando estamos enamorados
transitamos, en términos de Abraham Maslow, una experiencia cumbre, un
estado de éxtasis. A través del contacto con otra persona, uno se conecta
con un estado interno como de misticismo: atemporalidad, euforia,
relajación, sensaciones extraordinarias, únicas, irremplazables. Se
activan aspectos relacionados con la parte más noble del centro emocional
y reconocemos al objeto del enamoramiento como “eso que uno quiere para su
vida”. Es como la promesa de mantener este sentimiento de felicidad
profunda como motor de la vida.
Cuando estamos enamorados pasa lo
mismo que cuando tomamos vino: no se pierde la lucidez, se
deja de lado; es un estado no acostumbrado, como estar bajo el efecto de
una droga. Hay una gran liberación de endorfinas y eso produce que el
enamoramiento sea el ansiolítico más poderoso: quita la ansiedad, la
experiencia displacentera del tiempo. Al estar con la persona amada, el
tiempo desaparece, hay una sensación de atemporalidad. Pero como cualquier
droga, también puede producir efectos negativos: el síndrome de
abstinencia. Se produce nostalgia de estas sensaciones, el cuerpo lo pide.
Incluso hay personas con adicción al enamoramiento.
Hay diferencias entre estar enamorado –que se siente en el pecho–, tener
deseo sexual con respecto a una persona específica –que se siente como
mariposas en el estómago– y tener ganas o necesidad de tener sexo –que es
una sensación directa en los genitales–. En los dos primeros casos, la
sensación es individual, se produce con respecto a una sola persona. En el
último caso, es una necesidad biológica indiscriminada de eliminar el
exceso de energía sexual.
Puede haber enamoramiento y no atracción sexual. Lo que se produce durante
el primero es una expansión en el pecho. Cuando sentimos mariposas en el
estómago, esto indica que tenemos ganas de tener sexo con la otra persona,
pero esto no es necesariamente estar enamorado: se puede estar enamorado
de un hijo, de un ideal, de una obra de arte, de un maestro espiritual.
Pero cuando amor y deseo suceden simultáneamente es maravilloso. “El
problema - dice Kertész- es que no estamos educados para reconocerlos. Se
dice que cuando dos personas tienen biotipos compatibles, tienen buen
sexo, pero puede haber una pareja enamorada, que no tiene compatibilidad
sexual (sino emocional) y entonces tienen mala cama. La conexión sexual es
muy fuerte. Tenía una paciente que cada vez que recibía una llamada de su
enamorado experimentaba síntomas tan fuertes que pensaba que tenía ataques
de pánico; en realidad, era un intenso deseo sexual”.
En las parejas que ya han pasado esta etapa, la clave está en acompañar la
maduración propia y mutua, para evitar la rutina y el “achatamiento” y el
paso del efecto narcotizante: “lo que antes me gustaba de él o ella, ahora
lo detesto”. Amamos los aspectos más nobles del otro, encontramos
significado en las cosas aparentemente banales. Si no son legítimas, luego
de pasado el efecto, quedan banales y el vínculo pierde su sentido. Por
eso hay que estar muy atentos, para descubrir cuánto hay de real y cuánto
de imaginado en la belleza percibida del objeto de nuestro amor. Para no
ponernos tontos.
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