Roza con tu boca la suya permitiendo que la
lengua deje a su paso una vereda húmeda sobre sus labios y aunque éstos se
abran, no caigas en la trampa, continúa deslizándote por su cuello...
recórrelo poco a poco, gira alrededor de tu amante, quien seguramente se
levantará la cabellera para que tus dientes escalen la nuca hasta llegar a
su oreja... entonces llénala de besos hasta ocasionar movimientos
involuntarios en su cuerpo, que provocarán que su trasero presione tu sexo
momentáneamente.
Tus inquietas manos desabrochan su blusa y
sostén para quitar cualquier obstáculo entre tu boca y su piel. Sus senos
atraen tus dedos como un poderoso imán, los acaricias al tiempo de que tus
labios se deslizan por los hombros, para después caer en su espalda. Al
llegar a la cintura, asciendes por un costado hasta chocar con la naciente
redondez de su pecho. Tu lengua recorre el contorno de sus senos
escalándolos para depositar en sus erguidos pezones la humedad de tu ser.
Mientras sus senos se pierden en tus dientes, su falda, medias y trusa,
ceden ante los hábiles movimientos de tus dedos. Tus rodillas tocan el
suelo para facilitar el descenso de los labios por su vientre y bajo
vientre donde, mediante pequeñas mordidas, jalas los vellos de su sexo,
besas sus muslos, rodillas y pantorrillas; al llegar a los pies, éstos
están separados transformándose en una atenta invitación para ascender.
La lengua más rápida en sexo
Tu lengua escala las piernas de ella y
mientras más cerca estás de la cueva oscura del placer, sus extremidades
inferiores se alejan una de otra para permitirte un libre acceso. El
músculo
inquieto de tu boca se enreda en su cabellera púbica tratando de
extraer la miel de sus entrañas. Ella se inclina hacia atrás recargando
las manos en la mesa para que tu exploración sea más profunda; no obstante
tu lengua sólo humedece la parte externa del sexo.
Atrapa su cintura con los brazos para
cargarla y depositarla suavemente sobre el filo de la mesa; ella recarga
sus codos sobre la madera, deja caer su cabeza hacia atrás, cierra los
ojos dedicándose a disfrutar el recorrido de tu lengua por su entrepierna,
donde pequeñas succiones le dicen en qué punto estás. Lames de abajo hacia
arriba provocando temblorcitos en su ser; tus dedos separan sus labios
mayores y menores permitiendo que la humedad de los dos se funda. Con las
manos elevas sus nalgas y tu lengua desciende por su circunferencia. Ella
coloca los pies en el respaldo de dos sillas para sostener la parte
inferior de su cuerpo y permitir que tus manos no sostengan, sino separen
sus glúteos dejando a tu boca libre el camino hacia su ano.
El cuerpo de tu pareja se calienta, mueve,
suda y goza cuando llueves su trasero; de repente se incorpora, se inclina
hacia el frente, te abraza e invita a ira la alcoba; la cargas, mientras
caminas ella besa tu cuello y oídos; al estar frente a la cama la dejas
caer sobre el mullido colchón, desde donde observa cómo quitas la ropa de
tu cuerpo dejando al descubierto una monumental erección.
Acércate y gira su cuerpo para que se acueste boca abajo, lame su espalda
y las esféricas formas situadas al final de ésta. Ella seguramente alzará
un poco la cadera y conforme vayas explorando su trasero la altura será
mayor. Recorre el camino existente entre sus nalgas y deslízate hasta
arribar a su sexo: mójalo, disfrútalo, pero no olvides la cuevita de amor
que ha quedado atrás, tus traviesos dedos sabrán cómo consentirla.
Parece que tu pensamiento es escuchado por
ella, pues ahora se voltea quedando boca arriba; sus piernas separadas le
permiten a tu boca navegar en la profundidad de su bajo vientre; tu mano
derecha te ayuda abriendo los portales de su sexo, mientras la izquierda
se deleita recorriendo sus turgentes senos y el endurecido pezón que los
corona. Jalas a tu compañera al borde de la cama: ella sube los pies en
tus hombros para que tu lengua no sólo navegue, sino se ahogue en su
ardiente, excitado y húmedo ser.
Quizá
tu cuello esté un poco cansado, pero es imposible detener ahora la sesión
amorosa... lo mejor será que te acuestes boca arriba y tu pareja se
arrodille a horcajadas sobre tu rostro; lame sus muslos, la parte externa
de su sexo, pero no olvides acariciar sus nalgas. Con movimientos de
cadera ella te indicará la forma en que quiere ser amada. Sus manos en
libertad te acarician hasta llegar a la erguida virilidad de tu ser... te
recorres de arriba abajo compartiendo con ella el deseo de
explotar.
Ella sabe que el placer es para compartir,
por eso inclina el cuerpo hacia adelante mojando tu sediento pene,
mientras sus manos juguetean con tus testículos. Sin cambiar de posición
giran sus cuerpos para quedar sobre sus costados. Con movimiento
sincronizado tu pareja y tú elevan una pierna para no interrumpir la
exploración de sus bocas. Cada quien extrae de la entrepierna del otro el
néctar del amor.
Su boca y tu boca lamiendo tu sexo y su
sexo, respectivamente, en una perfecta conjunción donde el sudor, amor,
pasión y deseo aumentan y crecen hasta estrellarse en los muros del placer
máximo llamado orgasmo.