Fuente
Creatividad Feminista
Este trabajo intenta sintetizar y dar a conocer algunas teorías,
reflexiones y luchas de las lesbianas y de sus movimientos en diferentes
partes del mundo. Se origina en un primer texto escrito en francés para la
rubrica « lesbianismo » del Diccionario Feminista recientemente publicado
por el grupo de investigación feminista GEDISST. Esto explica en parte su
estilo y su carácter de “catálogo”, que presenta corrientes a veces
bastante opuestas (1). Aquí dejo de lado, a consciencia y propósito,
muchos temas más conocidos, como la patologización y represión del
lesbianismo, y también gran parte de las tendencias insertadas en el
movimiento homosexual mixto. Vinculándose generalmente con luchas contra
el SIDA, y luego con reivindicaciones hacía el « matrimonio » y la
igualdad de derechos, estas tendencias se enmarcan en una defensa de la «
preferencia sexual » y de la « tolerancia » y en una búsqueda de «
reconocimiento » por parte de la sociedad heterosexual. Se perfilan por
tanto como luchas por la libertad individual y la integración, que, aunque
importantes, no cuestionan de fondo el sistema social. Aquí quiero
rescatar más bien elementos menos conocidos que tienden a una crítica
radical, tanto de la sexualidad en su conjunto, como de la
heterosexualidad como sistema político, y del sistema patriarcal, racista
y clasista imperante. También quiero señalar que el presente texto se basa
sobre todo en grupos y reflexiones provenientes del mundo francófono por
una parte, norteamericano por otra parte, y también latinoamericano y del
Caribe. La historia lésbica de Asia, Africa y Oceanía, deberá ser buscada
en otras partes. Finalmente, debo subrayar que por la misma situación
política de hegemonía occidental, tienden a ser producidas más teorías en
los países del Norte y por parte de mujeres blancas, urbanas y de clase
media, teorías que gozan de más amplia difusión que las que se originan en
otras lesbianas, lo que refleja este artículo y que no deja de ser una
limitación.
En este texto entonces, que invita sobre todo a la profundización,
presento seis puntos que intentan reconstruir cierto orden cronológico e
hilación política-lógica —aunque a costa de simplificaciones y
arbitrariedades, como toda reconstitución a posteriori y desde una
posición de implicación en el movimiento. Primero, evoco la relatividad de
lo que se llama « lesbianismo » y a la vez la importancia de usar el
término « lesbiana » frente a una concepción general-masculina de la
homosexualidad. En un segundo momento, abordo los conflictivos lazos del
movimiento lésbico con los movimientos homosexual y feminista, así como
los fundamentos teóricos del movimiento lésbico autónomo que se forma
progresivamente. A continuación, presento otros desarrollos de la teoría y
de las luchas lésbicas, en especial los aportes y cuestionamientos de las
lesbianas no-blancas y de los sectores populares. Finalmente, evoco las
teorías liberales “prosexo” y “queer”, que se perfilan más bien como una
vuelta hacía posiciones fuertemente influenciadas por el pensamiento
masculino.
1. Variedad de las prácticas sexuales y amorosas entre mujeres
y de sus interpretaciones
En muy diferentes culturas y épocas, han existido mujeres que se
relacionan sexualmente, amorosamente y/o afectivamente con otras mujeres.
Los ejemplos son de los más variados. Se encuentra una larga lista de
poetas, que en primera persona dieron testimonio de su vivencia lésbica,
desde Sapho, de la antigue isla de Lesbos, hasta la afronorteamericana
Audre Lorde, desaparecida en 1993, quien fue a la vez teórica, militante y
notable escritora (Lorde, 1982 a, 1984). En la India en la época pre-védica,
se encuentran mitos que hablan del papel destacado de las mujeres y
esculturas muy explícitas de relaciones sexuales entre mujeres (Thadani,
1996). En Zimbabwe, la recién desaparecida Tsitsi Tiripano y el grupo
lésbico-gay GALZ en el que militaba son una prueba fehaciente de que el
lesbianismo existe en culturas africanas (Aarmo, 1999). En Sumatra,
Indonesia, las « tomboy » son mujeres « masculinas » que establecen
relaciones de pareja con otras mujeres (Blackwood, 1999). La antropología
por su parte señaló hace mucho el caso de las y los « berdaches » en las
poblaciones indígenas de los llanos del norte del continente americano :
son personas que, a pesar de haber nacido hombres o mujeres, son
consideradas socialmente como pertenecientes al sexo/género opuesto y por
tanto buscan pareja de su propio sexo (2). De forma mas general, varias
poblaciones indígenas del continente manejan la noción de personas de «
doble espíritu », que a menudo tienen poderes mágicos-chamánicos y cuyo
comportamiento sexual podría ser visto como homosexual en el marco de las
concepciones occidentales actuales (Lang, 1999).
Sin embargo, cada sociedad construye e interpreta estas prácticas
sexuales y amorosas entre mujeres de forma diferente, y su visibilidad y
legitimidad varían enormemente según la concepción que cada sociedad tiene
de lo que es ser mujer u hombre, como lo analiza la antropóloga francesa
Nicole Claude Mathieu en un profundo artículo sobre la diversidad de las
formas de articulación entre sexo, género y sexualidad (Mathieu, 1991). De
hecho, hay sociedades por ejemplo que solo conciben la existencia de un
género (el masculino), que luego se divide en dos sexos, como la sociedad
africana !Kung ! A su vez, la sociedad Inuit, cerca del círculo polar,
atribuye un(os) género(s) a las-los recién nacidas según aquél de la(s)
persona(s) que en ella o él se reincarnaron : así, una bebé hembra puede
ser considerada socialmente como un varón, si en ella regresa el espíritu
de su abuelo. Sin embargo, al llegar a la edad reproductiva, sufren una
reubicación social en su sexo biológico, en vista al matrimonio
reproductivo. En varias sociedades africanas, existe matrimonio entre
mujeres, sin embargo ello no significa que sean lesbianas. Más bien se
trata de una forma para mujeres mayores y relativamente ricas de
asegurarse una descendencia, obteniéndola de la mujer más joven que toman
como esposa y que tiene relaciones sexuales con varones para este fin.
En medio de esta complejidad de los arreglos culturales en torno al sexo,
al género y a la sexualidad, no es tan simple definir, ni lo que es una
mujer, ni aún menos lo que son entonces la heterosexualidad y la
homosexualidad. Sin embargo, en la mayoría de las culturas hoy conocidas y
existentes, dominan arreglos sociales netamente patriarcales y basados en
la heterosexualidad como norma obligatoria. Muchas religiones se encargan
además de condenar absolutamente todo lo que no sirve explícitamente a la
reproducción. Por tanto, las relaciones sexuales y amorosas entre mujeres
son casi siempre a la vez tabúes, severamente condenadas e invisibilizadas.
De allí que esas relaciones hayan sido muy poco estudiadas y muchas veces
desformadas y tratadas con poca seriedad científica, como lo ejemplifica
el caso de las famosas Amazonas. De ellas se ha dicho alternativamente que
vivían en la Grecia antigua o en la Amazonía, y se han inventado toda
clase de fantasías en torno a sus supuestas formas de vida, mezclando esas
mitificaciones con el estudio posterior de las feroces guerreras del rey
de Dahomey. Hasta hoy, ningún estudio histórico serio ha demostrado la
existencia de las Amazonas, ni mucho menos ha podido dar cuenta de sus
prácticas sexuales —a pesar de que constituyen uno de los más poderosos
símbolo del lesbianismo.
Apenas recientemente, y en el pensamiento occidental, es que se le
empieza a atribuir a la gente una personalidad e identidad sexual
específica y (relativamente) fija, con base a sus prácticas sexuales. Aún
así, solo progresivamente se ha constituido la categoría y el término de
lesbiana. Algunas historiadoras documentan la aparición del término «
tribadismo » para nombrar las relaciones sexuales entre mujeres al
comienzo del siglo XVIII (Bonnet, 1995). Ya a mitad del siglo XIX, la
medicina y sobre todo la psiquiatría nasciente (seguida por el
psicoanálisis) empiezan a interesarse por lo que llaman el « tercer sexo
», interviniendo fuertemente en su categorización como «invertidas-os» y
su patologización, y buscando su « curación » (Lhomond, 1991). La
sexología, que aparece a finales del siglo XIX, continua esta tendencia
clasificadora y normalizadora (Jaspard, 1997). Havelock Ellis, uno de sus
fundadores, desarrolla la hipótesis de un origen congénito de la
homosexualidad, con la esperanza de sustraer a las y los homosexuales de
la represión y los intentos de curación. El modelo sexológico se
complejiza al incorporar elementos del sicoanálisis —igualmente
determinista, aunque ya no ubique la causa de la homosexualidad en la
biología sino que en la sicología. Básicamente, Freud interpreta la
homosexualidad femenina como una simple simetría de la homosexualidad
masculina y una prueba de « inmadurez » en el desarrollo psíco-sexual de
las mujeres. Simultáneamente, en Europa, en los años veinte y treinta, las
lesbianas se hacen bastante visibles : en París, la celebre pareja
norteamericana que une a Gertrude Stein y Alice Toklas organiza círculos
literarios en el barrio artístico de Montparnasse. En Berlín se
multiplican los lugares de sociabilidad lésbica antes de que el fascismo
arrase con todo, asesinando u obligando al exilio o a la clandestinidad a
lesbianas y homosexuales. En Londres, Radclyffe Hall publica su celebre «
Pozo de la soledad » que le valdrá la violenta condena de la sociedad bien
pensante (3) (Tamagne, 2000). A manera de contrafoco, en Francia la
literatura heterosexual y la industria de la moda popularizan el ambiguo
personaje de « la garçonne », mujer « moderna » de pelo corto y moralidad
desafiante, pero que en sí no necesariamente es lesbiana.
2. ¿Lesbianas u homosexuales femeninas?
Aunque muchas veces se usen de forma relativamente indistinta los términos
lesbianas, homosexual femenina o mujer gay, existe un debate político en
torno al tema, derivado de la reflexión feminista.
De hecho, la palabra homosexual se refiere a un conjunto de prácticas
sexuales, amorosas, afectivas, entre dos o más personas del mismo sexo.
Estas prácticas individuales, si vienen a ser públicamente conocidas,
generalmente conllevan la estigmatización y la represión. Pueden ser dadas
a conocer públicamente en forma voluntaria por las personas involucradas,
por medio del « coming out » o « salida del clóset », y así desembocar en
« identidades » orgullosamente reivindicadas. Así como la palabra « gay »,
el término de homosexualidad tiene la ventaja de marcar una diferencia con
la población heterosexual y de señalar que quienes se relacionan
sexualmente o amorosamente con personas de su mismo sexo tienen una
vivencia diferente de quienes se apegan a la norma social de la
heterosexualidad. Sin embargo, el paralelismo que establece el término
“homosexual” o “gay” con la situación de los hombres es muy reductor y
engañoso. El feminismo ha demostrado ampliamente que la opresión
patriarcal coloca a las mujeres en una posición social estructuralmente
muy diferente de la de los varones en casi todas las culturas que se
conocen. Para vivir su cuerpo, ejercer su sexualidad y simplemente, vivir,
las mujeres están ubicadas en condiciones bastante menos ventajosas que
los varones, aunque fuesen ellos homosexuales. Usar el término de
lesbiana, por tanto, permite evitar la confusión entre prácticas que si
bien son todas homosexuales, no tienen en absoluto el mismo significado,
las mismas condiciones de posibilidad ni sobre todo el mismo alcance
político según el sexo de quienes las llevan a cabo.
Es así como en Francia por ejemplo, se usa poco el término “gay” para
referirse a las mujeres, y si bien es cierto que últimamente, la palabra
lesbiana ha pasado en el lenguaje común para designar a las mujeres
homosexuales, inicialmente su uso fue especialmente reivindicado por el
movimiento lésbico feminista para subrayar el sentido colectivo y político
de dichas prácticas. En este contexto, la palabra lesbiana refiere a un
lesbianismo político, que se plantea como una crítica en actos y un
cuestionamiento teórico al sistema heterosexual de organización social.
Según el análisis lésbico-feminista, dicho sistema heterosexual descansa
sobre la estricta división de la humanidad en dos sexos que sirven de base
para construir dos géneros rigurosamente opuestos y forzados a mantener
unas muy desiguales relaciones de « complementariedad ». Esta
“complementariedad” no es otra cosa que la justificación de una división
sexual del trabajo rígida, que se basa en una despiadada explotación de
las mujeres, en lo doméstico, en lo laboral, en lo reproductivo, en lo
sexual y en lo psico-emocional. En este sentido, al problematizar y
criticar el sistema heterosexual, el lesbianismo en su dimensión política
cuestiona profundamente el sistema dominante, representa una ruptura
epistemológica fundamental e invita a una revolución cultural y social de
gran alcance.
3. Movimiento lésbico, movimiento homosexual y movimiento
feminista
El lesbianismo como movimiento social aparece a finales de los 60, en
el mundo occidental y en muchas metrópolis del Sur. Nace en una atmósfera
de prosperidad económica y de profundos cambios sociales y políticos que
incluyen tanto el desarrollo de la sociedad de consumo y la « modernidad »
triunfante, como la descolonización y un auge de las más variadas
perspectivas revolucionarias. Aunque haya sido bastante menos estudiado
que el movimiento de los derechos civiles, Negro, Indígena, estudiantil o
de mujeres, es uno de los llamados « nuevos movimientos sociales » que
surgen en la época, desbordando las organizaciones de corte clasista que
dominaban hasta aquél entonces. El movimiento lésbico se desarrolla en
estrecha vinculación ideológica y organizativa con otros dos movimientos
muy fuertes : por un lado, el movimiento feminista llamado de la « segunda
ola », y por el otro, con el movimiento homosexual, que se va construyendo
rápidamente después de la « insurrección urbana » de 1969 en Stonewall («
insurreción » que responde a una provocación policiaca en bares
homosexuales de Nueva York, y que hoy es celebrada cada año a través del
mundo por las manifestaciones del « orgullo lésbico y gay »).
Sin embargo, progresivamente, el movimiento lésbico se va autonomizando.
Por un lado, en diferentes países se repite la misma experiencia : como
mujeres, las lesbianas no tardan en criticar la misoginia, el
funcionamiento patriarcal y los objetivos falocéntricos del movimiento
homosexual, dominado por los hombres (Frye, 1983; Mogrovejo, 2000).
Armadas de la crítica feminista, explican públicamente sus desacuerdos y
fundan sus propias organizaciones, como las Gouines Rouges (Marimachas
Rojas) en Francia. Por el otro lado y en forma más o menos simultánea,
como mujeres homosexuales, muchas lesbianas no terminan de sentirse
plenamente identificadas con el movimiento feminista. Más bien dicho, el
movimiento feminista constituye para ellas, al principio, un espacio muy
importante en el que luchar y encontrar mujeres que, como ellas, combaten
los estereotipos y limitaciones sociales asociados a la femineidad, y la
opresión de las mujeres. También constituye un bienvenido lugar de
encuentro con otras lesbianas, favorable a la elevación de su auto-estima
y a su “salida del clóset”. Por tanto, muchas lesbianas contribuyen muy
activamente a la construcción del movimiento feminista, del cual al
principio se sienten totalmente parte, ya sea como personas o como grupos
lésbicos. Sin embargo, se van dando cuenta con el tiempo que algunas
feministas las perciben como un cuestionamiento amenazador a su posición
heterosexual o a su lesbianismo « de clóset », lo que a menudo provoca
roces interpersonales. Sobre todo, en lo colectivo, buena parte del
movimiento feminista se deja intimidar por el mensaje social que exige al
feminismo, para ser mínimamente respetado, silenciar, invisibilizar y
postergar al lesbianismo. Mientras que las lesbianas luchan por todas las
causas de las mujeres, aunque no les atañen tan directamente (por ejemplo,
para la anticoncepción o la interrupción voluntaria del embarazo), las
demás mujeres se muestran generalmente muy tibias a la hora de luchar por
causas lésbicas o cuestionar la heterosexualidad (CLEF, 1989). Algunas
lesbianas empiezan entonces a buscar una vía propia, generando espacios
autónomos de quehacer político lésbico.
4. Afirmación teórica del movimiento lésbico
Frente a este doble desafío, a finales de los 70, se van multiplicando
los análisis teóricos específicamente lésbicos, especialmente desde una
profundización de las reflexiones feministas. Dos grandes pensadoras
encauzan la reflexión, en orden de ideas un poco diferentes.
Por un lado, la poeta norteamericana Adrienne Rich abre una profunda
brecha con su famoso artículo « Compulsory heterosexuality and lesbian
existence » (Heterosexualidad obligatoria y existencia lésbica), publicado
en 1980 por la revista feminista Signs (Rich, 1980). En él, Rich denuncia
la heterosexualidad forzada en cuanto norma social que exige y causa la
invisibilización del lesbianismo, incluso en el mismo movimiento
feminista. Enfoca el lesbianismo en la perspectiva de un « contínuum
lésbico » que une a todas las mujeres que de una u otra forma se alejan de
la heterosexualidad e intentan crear o reforzar los vínculos entre
mujeres, compartiendo sus energías en la perspectiva de la lucha en contra
del sistema patriarcal. Habiendo también reflexionado en otras ocasiones
sobre la maternidad y los lazos madre-hijas e hijos en su libro “Nacida de
mujer”, así como sobre el racismo entre mujeres y entre lesbianas, Rich
apunta a la construcción de una verdadera “sororidad” feminista, no
“natural” e ingenua, sino que voluntaria y claramente política, que da
cabida a todas, tanto lesbianas como heterosexuales y bisexuales, en la
lucha por la liberación común. Así es como afirma, hace casi veinte años :
“Es fundamental que entendamos el feminismo lesbiano en su sentido más
profundo y radical, como es el amor por nosotras mismas y por otras
mujeres, el compromiso con la libertad de todas nosotras, que trasciende
la categoría de “preferencia sexual” y la de derechos civiles, para
volverse a una política de formular preguntas de mujeres, que luchan por
un mundo en el cual la integridad de todas —no de unas pocas elegidas— sea
reconocida y considerada en cada aspecto de la cultura.” (Rich, 1983).
Por otro lado y casi simultáneamente, la francesa Monique Wittig,
radicada hace ya unos años en Estados Unidos, elabora una reflexión
bastante novedosa que cuestiona las mismas bases del análisis feminista.
Enunciado ya en una conferencia realizada en 1978 en Estados Unidos, su
análisis es publicado en francés en 1980 por la revista Questions
Féministes, en dos artículos fundadores : “On ne naît pas femme” (No se
nace mujer) y « La pensée straight » (El pensamiento « cuadrado », en el
sentido de heterosexual). Más allá del sistema patriarcal, Wittig plantea
la existencia de un régimen político aún más central, que es la
heterosexualidad, cuyo eje ideológico es precisamente lo que ella llama «
el pensamiento straight » (Wittig, 2001). Su análisis está firmemente
anclado en el feminismo materialista francés, dado que retoma la noción de
« clases de sexo », que hace de las mujeres y hombres categorías políticas
que no pueden existir una sin la otra (4). Explica : “Es más : “lesbiana”
es el único concepto que conozco que esté más allá de las categorías de
sexo (mujeres y hombres), porque el sujeto designado (lesbiana) no es una
mujer, ni en lo económico, ni en lo político, ni en lo ideológico. Porque
de hecho, lo que constituye una mujer, es una relación social específica a
un hombre, relación que otrora hemos llamado servaje (5), relación que
implica obligaciones personales y físicas, tanto como obligaciones
económicas (“asignación a residencia”, tediosas tareas domésticas, deber
conyugal, producción ilimitada de hijos e hijas, etc.), relación de la
cual escapan las lesbianas, al negarse a volverse o quedarse
heterosexuales. Somos prófugas de nuestra clase, de la misma manera que
las y los esclavos “marrones” norteamericanos lo eran cuando se escapaban
de la esclavitud y se volvían mujeres y hombres libres. Es decir que es
para nosotras una absoluta necesidad, así como para ellas y ellos, nuestra
sobrevivencia nos exige contribuir con todas nuestras fuerzas a la
destrucción de la clase —las mujeres— en la cual los hombres se apropian
de las mujeres. Y esto solo se puede lograr a través de la destrucción de
la heterosexualidad como sistema social, basado en la opresión y
apropiación de las mujeres por los hombres, la cual produce un cuerpo de
doctrinas sobre la diferencia entre los sexos para justificar esta
opresión”. Con esta reflexión, Wittig sienta las bases de una teoría
lésbica autónoma, abriéndole paso a un poderoso caudal de análisis y
prácticas políticas que desembocan en la constitución de un verdadero
movimiento lésbico, el cual en algunos casos se se separa del feminismo.
Por ejemplo en Francia, sus afirmaciones nutren los cruentos debates que
ya habían empezado dentro del movimiento feminista, originados, entre
otro, por un nuevo grupo lésbico creado en 1979, « Les lesbiennes de
Jussieu » (Las lesbianas de la universidad de Jussieu) y que desembocan en
una ruptura política bastante dura a partir de 1980, con la aparición del
movimiento que será conocido como el de las lesbianas separatistas.
De manera más general, el « lesbianismo político » nace en diferentes
partes y épocas, de las rupturas y a la vez de los intentos de
conciliación con el feminismo. Por tanto, se presenta bajo formas y
denominaciones bastante variadas, a veces entremezcladas y difíciles de
separar cabalmente. La dificultad es aún mayor si se toma en cuenta la
forma en que las teorías viajan de un país a otro, con traducciones a
veces aproximadas —dado que un mismo término como « radical » o «
separatista » tiene connotaciones muy diferentes según los idiomas y sobre
todo la historia de las luchas en cada país.
Aquí a grandes razgos y simplificando reflexiones bastante complejas,
distinguiremos tres grandes corrientes : el lesbianismo feminista, el
lesbianismo radical y el lesbianismo separatista.
El primero, el lesbianismo feminista, critica el heterofeminismo por su
falta de reflexión sobre la cuestión de la heterosexualidad, pero no deja
de insistir en la necesaria solidaridad política de las mujeres (como
clase de sexo) y en la objetiva convergencia de intereses que las une a
todas en contra del heteropatriarcado (Green, 1997). El análisis de la
lesbofóbia como una arma contra el conjunto de las mujeres se vincula con
esa posición (Pharr, 1988). Efectivamente, aunque se focalice externamente
sobre « los modales » y la apariencia, la lesbofóbia defiende intereses
económicos masculinos muy concretos en el marco la división sexual
patriarcal del trabajo. Sirve por ejemplo en contra de todas las mujeres
quienes, independientemente de sus prácticas sexuales, aspiran a tener
acceso propio a los medios de producción o a ejercer profesiones «
masculinas » (es decir : mejor remuneradas o que conlleven poder), y
quienes pueden ser acusadas en cualquier momento de ser lesbianas y así
condenadas a un verdadero ostracismo social.
El lesbianismo radical —tendencia marcadamente francófona que se
articula en torno al pensamiento de Monique Wittig y de la revista
quebequense Amazones d’Hier, Lesbiennes d’Aujourd’hui (AHLA, Amazonas de
Ayer, Lesbianas de Hoy (6))— por su parte, retoma entre otros los trabajos
de la feminista materialista francesa Colette Guillaumin sobre el « sexaje
» (Guillaumin, 1992), para articular progresivamente un análisis más
complejo de la opresión de las mujeres. Para esta corriente, las lesbianas
ciertamente escapan a la apropiación privada por parte de los hombres,
pero no se libran de la apropiación colectiva, lo que las vincula a la
clase de las mujeres e implica luchas conjuntas (Turcotte, 1998, Causse,
2000).
El lesbianismo separatista, finalmente, es teorizado desde 1973 en
Estados Unidos por Jill Jonston (Jonston, 1973). Tiene expresiones y
connotaciones bastante diversas según los países, pero por lo general
desemboca en la creación o toma de espacios físicos o simbólicos por y
para lesbianas únicamente, ya sea que las separatistas crean comunidades o
comunas en casas ocupadas o en el campo, que organicen festivales de cine
o de música, revistas, casas editoriales o espacios de sociabilidad y de
lucha política. Al igual que en el feminismo, algunas de sus seguidoras
rayan en el esencialismo, otras se orientan a la recuperación de las
diosas y a la búsqueda de una espiritualidad diferente, mientras que otras
se dedican a la creación de grupos políticos. Fundamentalmente, todas
luchan para la (re)creación de una cultura y de una ética lésbicas (Hoagland
& Penelope, 1988; Hoagland, 1989, Demczuk, 1998).
Todas esas diferentes tendencias, muchas veces mezcladas en la práctica
cotidiana, compondrán el movimiento de las lesbianas, con grupos tan
diversos como Oikabeth (« Mujeres guerreras que abren caminos y esparcen
flores ») que empieza en 1977 en México, o el Colectivo Ayuquelén, fundado
en 1984 en Chile, durante la dictadura (Mogrovejo, 2000), las Entendidas
en 1986 en Costa Rica, o los Archivos de investigación y cultura lésbica
en Paris. Rápidamente, este movimiento busca formas de articulación
internacional, entre las cuales destacan el Frente Lésbico Internacional,
creado en 1974 en Frankfort, ILIS (Sistema de información lésbica
internacional), creado en 1977 en Amsterdam, o desde 1987, los encuentros
lésbico-feministas latinoamericanos y del Caribe —mientras que los grupos
lésbicos asiáticos están organizando diversas redes en el siguiente
decenio. Los años 80 en especial están marcados por un auge del movimiento
lésbico, con el florecimiento de revistas, eventos, marchas, lugares de
encuentro, e incluso de « archivos lésbicos », que empiezan a constituir
una memoria del movimiento, desde México hasta Moscú, pasando por Nueva
York.
5. Multiplicidad de las lesbianas
Simultáneamente, aparecen una serie de críticas a la hegemonía del
modelo lésbico (y feminista) blanco, occidental y de clase media, tanto
desde el incipiente medio académico de estudios lésbicos, como desde los
grupos activistas.
En el ámbito universitario, donde el lesbianismo es principalmente
abordado desde la historia y la literatura, se empiezan a desarrollar
investigaciones sobre las « amistades románticas » entre mujeres del siglo
XIX (Faderman, 1981), rescatándolas como vínculos políticos y desafío a la
moral vigente, en épocas en que ni siquiera el feminismo se atrevía a
cuestionar la heterosexualidad. Sin embargo, a menudo, las protagonistas
de esta valiosa historia son mujeres occidentales y de clase media-alta.
Desde otro ángulo, hay lesbianas que quieren escribir una historia más
amplia, con perspectivas de clase y de « raza (7)». Por un lado, aparecen
trabajos que enfatizan la gran contribución de las lesbianas proletarias y
no necesariamente blancas a la construcción de verdaderas comunidades
lésbicas, mucho antes de la década de los 70, cuando entra en escena el
feminismo de la segunda ola, dominado por mujeres de clase media viviendo
en grandes ciudades. Un ejemplo de ello es el estudio de Davies y Kennedy
sobre la comunidad lésbica de la provinciana ciudad de Buffalo, en los
años 50, en Estados Unidos (Davis & Kennedy, 1989). Muchas de esas
comunidades funcionaban en el medio bastante hostil de las pequeñas
ciudades y de los bares populares. Allí defendían una visibilidad relativa
en base a los códigos amorosos y sociales de « butch » y « fems »
(diciéndoseles « butch » a las lesbianas « masculinas » (Feinberg, 1993 ;
Triton, 2000) y « fems » a las « femeninas » (Nestle, 1981)). Si bien el
feminismo desde los años 70 ha criticado estos roles como una reproducción
de la heterosexualidad, que ya no son necesarios ni deseables desde la
utopía feminista, en las décadas posteriores son de nuevo reivindicados,
tanto en el Sur como en el Norte. Sus defensoras los presentan como una
forma de existencia y visibilización bastante valiente —siendo las «
butchs » un desafío evidente al monopolio masculino sobre las mujeres y
sobre ciertas maneras de comportarse, vestirse etc… También insisten en
que se trata de una forma deliberada de juego, burla y subversión de los
códigos masculinos y femeninos heterosexuales, por demás perfectamente
arbitrarios. Sobre todo, afirman que esta manera de vivir les gusta y
corresponde a una búsqueda erótica que afirma sin complejos la dimensión
sexual del lesbianismo (Lemoine & Renard, 2001). En este mismo orden de
ideas, algunas lesbianas reivindican el término de « dyke (8) », bastante
despreciativo en su orígen, no solo como una forma de escapársele a la
imagen « lisa y llana », clasemediera y aceptable, de las lesbianas, sino
también por sus connotaciones populares, como otrora la « Jules » en
Francia.
Muchas veces también proletarias, varias feministas y lesbianas Negras
de Estados Unidos empezaron a criticar el racismo y el clasismo del
feminismo desde los años 70, fundando algunas de ellas, como Barbara Smith,
organizaciones autónomas, entre las cuales Salsa Soul Sisters y el
Combahee River Collective, ubicado en Boston. Este último, que constituye
desde 1974 un grupo político pionero, produce en 1977 la muy importante «
Declaración feminista negra ». En ella, afirma su compromiso de luchar «
contra la opresión racial, sexual, heterosexual y clasista ». Agrega que «
Como Negras vemos el feminismo negro como el lógico movimiento político
para combatir las opresiones simultáneas y múltiples a las que se
enfrentan todas las mujeres de color » (Moraga, Anzaldúa, 1981). En 1979,
a iniciativa de dos Chicanas, Gloria Anzaldúa y Cherríe Moraga, nace el
proyecto de un libro que recoja las experiencias y voces, y permita unir y
visibilizar al conjunto de las mujeres y lesbianas « de color » de Estados
Unidos. Allí, Negras, Indígenas, Asiáticas y Latinas, así como migrantes y
refugiadas, afirman su imposibilidad de escoger entre su identidad como
mujeres y como personas de color. Denuncian el sexismo y la lesbofobia de
los movimientos progresistas y anti-racistas, pero también el racismo y el
clasismo que se manifiestan en el movimiento feminista y lésbico —en el
que las mujeres blancas, « anglos » o « caucásicas » las quisieran tener
calladas (Moraga, Anzaldúa, 1981 ; Lorde, 1984). Para que su palabra no
siga negada ni apropiada, crean sus propias estructuras editoriales, tal
como Kitchen Table Press, fundada entre otras por Barbara Smith, Cherrie
Moraga y Audre Lorde, que se dedica a publicar exclusivamente trabajos de
feministas y lesbianas de color (Smith, 1983).
Poco a poco, no solo como feministas sino que específicamente como
lesbianas, varias mujeres no blancas afirman su existencia y sus luchas,
ya sean como lesbianas Negras, Black o Afro (Clarke, 1986, Mc Kinley & De
Laney, 1995 ; Curiel, 2000), como lesbianas Asiáticas (Mason-John, 1995),
Latinas, Autóctonas o Judías (Bulkin, 1988; Torton Beck 1989; Balka & Rose,
1991). Muchas de ellas, en su accionar político, están fuertemente
comprometidas con corrientes feministas revolucionarias y “socialistas”
(9), con las luchas contra el racismo, en los movimientos
antiimperialistas, y con los grupos de barrios y comunitarios que pelean
de manera muy concreta contra los efectos conjuntos de la opresión
racista, de clase y de sexo. De hecho, muchas se deslindan del separatismo
lésbico, al considerar que no pueden desligar del todo sus luchas de
aquellas de las mujeres heterosexuales y de los hombres de sus
comunidades.
Más recientemente, en parte dentro del marco del post-modernismo que
critica el sujeto universal, y con una reflexión sobre el
post-colonialismo, existen notables tendencias que continúan la reflexión
sobre las identidades culturales múltiples de las lesbianas. Actualmente,
en un mundo bastante « globalizado », muchas lesbianas critican cierta
tendencia universalista que consiste en proyectar sobre el conjunto de las
lesbianas una lectura del lesbianismo y unos objetivos de lucha bastante
occidentales y clasemedieros. Ciertamente, existen prácticas sexuales
entre personas que poseen un « cuerpo sexuado femenino » en culturas tan
diferentes como las de Lesotho, Tahiti, Perú y Tailandia (Wieringa, 2000).
Pero calificarlas sistemáticamente —desde fuera— de prácticas lésbicas,
muchas veces constituye una simplificación reduccionista, sobre la cual
pesa una legítima sospecha de post-colonialismo. En Francia y con una
perspectiva bastante crítica, el « Grupo del 6 de noviembre », fundado en
1999, reúne por primera vez exclusivamente a lesbianas provenientes de las
migraciones pasadas o presentes, de la esclavización y de la colonización,
quienes denuncian con fuerza el racismo del movimiento lésbico francés (Groupe
du 6 novembre, 2001).
Con todos sus componentes, la visibilidad del lesbianismo ha ido creciendo
de una manera hasta hace poco inimaginable, entre otro, al crearse varios
espacios de convergencia internacional. A menudo, las lesbianas han
aprovechado eventos convocados por el movimiento gay mixto para organizar
actividades propias, como la marcha de centenares de miles de lesbianas
que tuvo lugar en Nueva York para los 25 años de Stonewall en 1994, o los
debates de lesbianas durante eventos deportivos como los « Gays games » en
Amsterdam de 1997. También crean espacios propios en eventos de mujeres
como la Conferencia mundial sobre la Mujer de Beijín en 1995, y en eventos
meramente feministas como los Encuentros Feministas Latinoamericanos y
Caribeños. En Latinoamérica y el Caribe, a pesar de bastante dificultades
ligadas a la represión lesbofóbica, ya se han realizado cinco Encuentros
lésbico-feministas continentales, en México, Costa Rica, Puerto Rico,
Argentina y Brasil (10).
A la vez que el movimiento se desarrolla y se internacionaliza, grandes
organizaciones como ILIS y su organización hermana mixta ILGA (International
Lesbian and Gay Association, Asociación lésbica y gay internacional, con
estatuto consultivo en la ONU) han podido ser criticadas por su tendencia
a exportar estrategias organizativas y de acción —bastante
institucionales— de los países del Norte en muchos países del Sur (Mogrovejo,
2000). De hecho, es notable que a la vez que se desarrolló el movimiento,
se ha institucionalizado considerablemente. Sus contenidos se han
homogeneizado bastante y han perdido radicalidad, constituyéndose una
suerte de línea general que parte de la lucha contra el SIDA y se articula
ahora en torno a la reivindicación de la libertad de “preferencia sexual
(10)” y de la “diversidad” y del “matrimonio gay”, en el marco de la
tolerancia y de la integración social. Esto se puede analizar en parte
como el efecto de un nuevo acercamiento a las posiciones e intereses de
los varones gays, a la vez que como el resultado de las influencias de las
organizaciones financiadoras del Norte, de las cuales las nuevas
“instituciones” lésbicas se han vuelto cada vez más dependientes, y sobre
todo en el marco de una derechización social general.
6. “Revolución sexual”, vuelta al género, postmodernismo y
despolitización
Los años 80 son, en Estados Unidos, marcados por la crisis económica y
el reforzamiento del moralismo más conservador, simbolizado por el
desarrollo del movimiento « Provida » (antiabortista, pero también
antifeminista y extremadamente lesbofóbico). Es la época del auge del
movimiento lésbico (feminista, separatista o radical), y a la vez de una
“segunda revolución sexual” que desde este mismo movimiento lésbico, se
puede leer más bien como un retroceso teórico y práctico, con una vuelta
al pensamiento masculino-gay y una relectura despolitizante del concepto
de género.
En el interior del movimiento feminista, estalla un fuerte debate, cuyo
punto álgido es la Conferencia anual del Barnard College de 1982, que se
proponía analizar la « política sexual » del movimiento. Por un lado, se
desarrolla una línea “liberal” en torno a la sexualidad, con reflexiones
como la de Gayle Rubin. Según su análisis, el problema radica en la
jerarquización de las sexualidades, situándose arbitrariamente en la
cúspide la heterosexualidad reproductiva y monógama, mientras que las
sexualidades « desviantes » son discriminadas y condenadas. Desde este
punto de vista, lo importante es conseguir una alianza de todas las «
minorías sexuales » que de una u otra manera subvierten a la
heterosexualidad (Rubin, 1984). Este análisis reduce una vez más el
lesbianismo a la sexualidad, y la sexualidad lésbica a una sexualidad
“diferente” entre muchas. Es decir, que desdibuja del todo el
cuestionamiento político global de la sociedad originalmente propuesto
desde el lesbianismo feminista, radical o separatista. Yendo aún más lejos
en esta dirección “pro-sexo” liberal, algunas lesbianas como Pat Califia y
el grupo S/M Samois no dudan en reivindicar abiertamente el sadomasoquismo
lésbico como una manera de empoderarse a través de la sexualidad (Califia,
1981 y 1993 ; Samois, 1979 y 1981). Numerosas lesbianas y feministas han
denunciado vigorosamente esta tendencia como anti-feminista, por basarse
en la tradicional erotización patriarcal de la violencia y de la
dominación. Audre Lorde por ejemplo afirma : “Como mujer perteneciente a
una minoría, sé perfectamente que el dominio y la sumisión no son temas
propios del dormitorio.” (Lorde, 1982 b). Sin rechazar en forma mojigata
ni la sexualidad, ni la búsqueda del placer, ni el erotismo (Lorde, 1993),
con ella, varias autoras consideran que volver a regirse nuevamente por
patrones de conducta sexual típicamente masculinos —y gays— presentados
como el “verdadero sexo caliente”, demuestra una caída de la auto-estima
de las lesbianas, quienes desde hace años se proponían más bien una
búsqueda sexual diferente, y congruente con sus aspiraciones feministas.
Plantean que el uso de la pornografía y prostitución, aunque sean
“lésbicas”, solo refuerza un imaginario patriarcal y multiplica las
ganancias de la industria del sexo, conduciendo por ende a la explotación
de mujeres y lesbianas por otras lesbianas (Jeffreys, 1996).
A esta primera tendencia, se une otra, con orígenes distintos —no el
análisis de la sexualidad sino que del género— pero con bastante
concordancias : el pensamiento « queer » (extraña/extraño), popularizado
por la norteamericana Judith Butler y la italiana establecida en Estados
Unidos Teresa de Lauretis. Con fuerte influencia post-modernista y del
pensamiento gay y psicoanalítico, Butler afirma que el género sería un «
performance », algo fluido, cambiante y múltiple, lo que les permitiría a
las mujeres “jugar” sobre un registro identitario variado y cambiante (Butler,
1990). Las y los « transgéneros », las y los travestis, las y los
transexuales, los drags-kings y las drags-queens (12), e incluso las y los
heterosexuales disidentes vendrían a romper la trágica bipolaridad de los
géneros y a cuestionar su “naturalización” (13). Existen algunas
confluencias entre parte del movimiento queer y los aportes de las
lesbianas y feministas no-blancas, en la medida en que ambas corrientes
tienen interés en la crítica post-modernista del sujeto “universal” del
pensamiento « moderno », que esconde exclusivamente los intereses de los
solos hombres blancos heterosexuales y solventes (hooks, 1990). De
Lauretis, por su parte, hace una reflexión más bien desde la semiótica de
la imagen cinematográfica, y conceptualiza en este marco a las lesbianas
como « sujetos ex-céntricos », capaces de lanzar una mirada nueva sobre el
mundo. En Francia, el primer grupo queer, el ZOO, formado en 1998, se
inspira en Butler y trabaja a su difusión y traducción al francés (Bourcier,
2001 ; Preciado, 2000). Aunque el movimiento queer en sí no se destaque
por su carácter militante o callejero, tiene un indudable eco ideológico,
por ejemplo si se mide por la multiplicación de las lesbianas que quieren
luchar con otras “minorías sexuales”, como lo atestiguan las referencias
cada vez mayores a un movimiento « LGBT » (Lesbianas, Gays, Bisexuales y
Transgénero o Transexual). No obstante, existe una fuerte crítica
feminista, como la que expone magistralmente Sheila Jeffreys, que señala
que la perspectiva queer, bastante influenciada por imaginarios sexuales y
sociales masculinos y su concepción de la “liberación sexual”, tiene
connotaciones profundamente individualistas e idealistas que dejan
incólumes las bases materiales de la explotación, en especial de la
explotación de las mujeres (Jeffreys, 1996). Como lo escribe Barbara Smith
: “Las y los activistas “queer” trabajan sobre cuestiones “queer” y los
temas de racismo, opresión sexual, y explotación económica no parecen
interesarles, a pesar del hecho que la mayoría de las personas “queers”
sean gente de color, mujeres y de clase trabajadora. Cuando mencionan
otras opresiones u otros movimientos, es para construir un paralelismo que
sustente la validez de los derechos lésbicos y gays, o para pensar en
alianzas con organizaciones “respetables” [mainstream]. Construir
coaliciones unificadas hoy, que desafíen el sistema y en última instancia
preparen el camino para un cambio revolucionario, simplemente no es lo que
las y los activistas “queer” tienen en mente.” (Smith, 1998).
Para concluir esta presentación de diferentes líneas de pensamiento
lésbico, debo subrayar que la realidad es mucho más compleja y que las
influencias recíprocas y las mezclas ideológicas múltiples hacen bastante
difícil una definición unívoca de los grupos y movimientos. Aunque
indudablemente haya habido una acumulación de fuerza y una profundización
teórica y práctica del movimiento lésbico con el paso de más de cuatro
décadas, cada corriente pierde y gana fuerza a ritmos diferentes y en la
actualidad todas coexisten, a la vez en un contexto de unificación
ideológica, y de persistencia de profundas diferencias políticas, que se
originan tanto en realidades cotidianas bastante diferentes, como en
utopías divergentes.
Hoy, el lesbianismo como movimiento y sobre todo como forma de vida,
aflora por todas partes, cada vez más complejo y variado. Posee —en forma
más o menos abierta— lugares de sociabilidad y de diversión, espacios
culturales y artísticos, una importante literatura y medios de
comunicación propios, algunos espacios en los márgenes de la institución
universitaria, así como redes políticas que se desarrollaron
principalmente en el marco de estrategias de visibilidad y de identidad.
Esa tendencia « comunitaria » ha sido sin embargo criticada, a veces por
su carácter encerrador, a veces como la expresión de un modelo « gay »
demasiado influenciado por el movimiento homosexual masculino, y otras
veces aún como una política reformista de institucionalización que lleva a
la recuperación del movimiento y a su neutralización o normalización. La
lucha en contra del SIDA contribuyó a reforzar la organización de las
lesbianas, pero sobre todo a menudo las volvió a acercar al movimiento
homosexual mixto, en el cual muchas veces desaparece su problemática
propia. En ciertos países o ciudades del Norte y del Sur que se cuentan
con los dedos de las manos, han sido conquistadas algunas legislaciones
progresistas, que prohiben la discriminación por « orientación sexual » o
que reconocen la unión entre mujeres y le conceden algunas de las ventajas
propias de la unión heterosexual —aunque los temas de la adopción y de la
procreación siguen siendo problemáticos. En Francia, el PACS (Pacto de
unión civil) ha sido ganado por la presión de la lucha homosexual mixta
—en la que se destacaron las lesbianas—, mientras que la Coordinación
Nacional Lésbica (feminista y no mixta) propone una ley específica en
contra de la lesbofóbia. En México y en Brasil, entre otros, se siguen
caminos semejantes.
Se puede al respecto hablar de conquistas, pero también se puede
analizar como un progresivo proceso de integración social, en el marco de
una despolitización general en un mundo cada vez más individualista,
capitalista y racista. La extensión de la « ciudadanía » a las lesbianas,
a los gays, a las mujeres, a la gente Negra o Indígena puede ser vista
como un objetivo de lucha para la profundización de la democracia, tanto
como una manera por parte del sistema de integrar y volver leales nuevas
capas de la sociedad a un proyecto neoliberal en profunda crisis de
legitimidad. En todo caso, esas evoluciones no deben hacer olvidar el
carácter profundamente radical, subversivo y transformador de algunas
propuestas políticas lésbicas, como la de las Radicalesbians de Nueva York
que escribían en 1970 : « una lesbiana, es la rabia de todas las mujeres
concentrada hasta su punto de explosión ! », o la de la lesbiana negra
Cheryl Clarke que afirma que « Ser lesbiana en una cultura tan
supremacista-machista, capitalista, misógina, racista, homofóbica e
imperialista como la de los Estados unidos, es un acto de resistencia —una
resistencia que debe ser acogida a través del mundo por todas las fuerzas
progresistas. » (Clarke, 1988). Hoy, la feminista chilena Margarita Pisano
nos interpela : “Sin repensar un movimiento lésbico, político y
civilizatorio, no podremos desarticular el sistema. Sin una mirada
crítica, no sabremos si es desde dentro del propio movimiento lésbico que
estamos traicionando nuestras políticas y nuestras potencialidades
civilizatorias. ¿Qué costos ha tenido esta sucesión de ruegos a la
maquinaria masculinista para que nos acepte y nos legitime?”
Finalmente, hay que recordar que en general, el desarrollo del
lesbianismo ha acompañado los avances y retrocesos de la situación de las
mujeres. Ciertamente, ha habido algunas evoluciones favorables, pero
también retrocesos profundos : la miseria y la explotación de las mujeres
ha aumentado más que nunca en la historia, sobre todo en los países del
Sur, las religiones patriarcales se han reforzado considerablemente y el
militarismo guerrerista domina. Sería un grave error olvidar que muchas
mujeres en el mundo no estamos libres ni felices, y que en muchísimos
lugares, y en especial lejos de las grandes ciudades, el lesbianismo sigue
siendo tabú, reprimido, perseguido, duramente castigado, y puede incluso
ser pretexto para el simple y llano asesinato. Por tanto, queda bastante
lucha por delante.
* Aunque este articulo solo refleje mis posiciones personales, debo
agradecer por sus aportes bibliográficos y teóricos, numerosas mujeres y
grupos, entre otras Nicole Claude Mathieu, Brigitte Lhomond, Michèle
Causse, Claudie Lessellier, Louise Turcotte, Christine Delphy, Christine
Bard, Marie Jo Bonnet, el « Groupe du 6 novembre », Faïna, Roxana Reyes y
Cecilia Riqueleme. Por sus aportes a la versión final, y por motivarme a
publicarla, todos mis agradecimientos a Anne Hugon, Melissa Cardoza y Ochy
Curiel.
Este trabajo se basa en un primer texto escrito en francés para la
rubrica « lesbianismo » del Diccionario del feminismo publicado a
iniciativa del GEDISST (Grupo de Estudios sobre la División Sexual y
Social del Trabajo), en París. Agradezco a la Editorial Síntesis, de
Madrid, que adquirió los derechos de traducción al español del diccionario
del GEDISST, su amable autorización para publicar esta nueva versión,
considerablemente enriquecida, de mi trabajo. Recomiendo asimismo el
Diccionario del feminismo, Editorial Síntesis, Madrid (de próxima
aparición).
1. Se plantea aquí una dificultad de traducción linguítica y
política-cultural. Por ejemplo, los diferentes términos que uso en este
artículo, a veces sin comillas, como radical o feminista, no son
valorativos ni necesariamente perfectamente exactos. Intentan ser la
traducción semántica y política más cercana (pero nunca perfectamente
fiel) de los términos con que los diferentes grupos o tendencias se
reivindican. Como estos términos provienen de diferentes contextos
políticos e idiomas, y como son a menudo objetos de disputa política entre
tendencias a veces bastante cercanas, su traducción no puede ser más que
una aproximación.
2. Al parecer, existen más hombres berdaches que mujeres berdaches, y
en el caso de las mujeres berdaches, que viven como hombres, parece que su
sociedad nunca deja de considerarlas en el fondo como mujeres, prueba de
ello es, que se dan casos de violación de mujeres berdaches por parte de
hombres (Mathieu, 1991).
3. El personaje del Pozo de soledad, Stephen, es típicamente una «
invertida » tal como la describe el sexólogo de entonces Havelock Ellis,
quien es amigo de la autora y escribe el prefacio de la novela. Se trata
de una historia más bien triste, de solitaria y dolorosa aceptación por
parte de la protagonista de una « suerte » inamovible que puso un espíritu
de hombre en su cuerpo de mujer. En la misma época, Gertrude Stein escribe
una novela muy diferente, que explora las alegrías a la vez que las
complejidades de las relaciones amorosas entre tres jóvenes mujeres. Sin
embargo, dicha novela no es publicada sino hasta finales del siglo. Las
lógicas de la edición han así contribuido a propagar por muchos años una
imagen bastante negativa y tortuosa del lesbianismo, cuando existían desde
ya hacía mucho lesbianas que vivían su sexualidad y su vida afectiva fuera
de las categorías de la sexología o del psicoanálisis.
4. Colette Guillaumin, Nicole Claude Mathieu y Christine Delphy son de
las principales teóricas del feminismo materialista francés (otras veces
llamado “feminismo radical”). En uno de sus libros principales, « Sexo,
raza y práctica del poder. La idea de Naturaleza », Colette Guillaumin
plantea que las mujeres constituyen una “clase social de sexo” apropiada
por la clase de los hombres a través de la relación social de « sexaje »,
ya sea individual (matrimonio heterosexual) o colectiva (por ejemplo en el
caso de las solteras o de las monjas). El “sexaje” es la apropiación del
cuerpo, de los productos del cuerpo, del tiempo y de la energía síquica de
la clase de las mujeres por parte de la clase de los hombres. (Guillaumin,
1992, primera publicación en 1978). Ella deriva la noción de sexaje de la
de « servage (servitud) », que era la condición de casi esclavitud de las
y los siervos de la época feudal. Nicole Claude Mathieu, tanto desde la
antropología como desde la sociología, ha aportado mucho sobre las
cuestiones de conciencia de las dominadas y del « consentimiento » a la
dominación, así como al análisis de la articulación entre sexo, género y
sexualidad (Mathieu, 1985, 1991). Christine Delphy por su parte ha sido la
primera en analizar el trabajo doméstico gratuito de las esposas como un
elemento central del « modo de producción doméstico », que también
constituye a las mujeres (esposas) en clase social (Delphy, 1970). Las
tres se encontraban entre las fundadoras de la revista francesa Questions
Féministes en los años 70, junto con Monique Wittig.
5. De la palabra sierva/siervo.
6. La revista AHLA, mencionó durante muchos años en su portada « Sólo
para lesbianas », marcando así su carácter netamente separatista. Sin
embargo, se demarca de otras formas de separatismo por su inequívoca
perspectiva materialista y búsqueda de vínculos con otras luchas y temas.
En este sentido, ha publicado entre otros un dossier sobre el dinero, otro
en contra de la familia, y un excelente número sobre la opresión de la
gordura, titulado : « Gordura : obsesión ? No : opresión! ». En el 2000,
decidió quitar de su portada la mención “Sólo para lesbianas”, en un afán
de afirmar claramente su voluntad de vincularse con otros grupos en lucha.
7. Uso este término de « raza » por ser el que me parece menos
inadecuado. Para nada pienso que existen « razas » en el sentido racista
de la palabra, pero el término « étnico » me parece reflejar de manera
demasiado débil la perspectiva de grupos y personas que plantean la
existencia del sistema racista como base de la organización social, y su
destrucción como un objetivo de lucha impostergable.
8. Se podría traducir por « marimacha ». Grupos de « dykes on bikes » (marimachas
en moto) encabezan a veces las marchas del orgullo lésbico y gay.
9. El término “socialista” alude aquí a luchas radicales y no
social-demócratas. Por ejemplo, la Colectiva del Río Combahee escribe su
Declaración a raíz de una solicitud de contribución hecha al grupo por la
feminista socialista Zillah Eisenstein para su antología Capitalist
Patriarchy and the case for socialist feminism (Eisenstein, 1979).
10. Para más información sobre grupos lésbicos centroamericanos, se
pueden consultar para Nicaragua, Bolt (1996), para Guatemala, Colectivo
Mujer-Es Somos y Rummel (1997), para El Salvador, Colectiva lésbica
feminista salvadoreña de la Media Luna (1993 y 1994), y para México, entre
otros textos, Hinojosa (s/f), un compendio de artículos publicado por los
grupos Madres Lesbianas, Musas de metal y Amantes de la luna (2001) y una
tesis reciente de Alfarache Lorenzo (2000).
11. Para una reflexión crítica sobre la noción de « preferencia sexual
», ver Celia Kitzinger (Kitzinger, 1987).
12. Transgénero se refiere principalmente a un cuestionamiento a las
normas sociales de género (sobre todo la vestimenta y las actitudes
corporales). Transexual tiene que ver con una transformación física (cirúrgica
y hormonal). Travesti se asocia más con una transformación momentánea
(ropa y maquillaje), generalmente por parte de hombre homosexuales. Drag-kings,
son las mujeres « reyes » que se visten casi caricaturezcamente de
hombres, en simetría (siempre relativa) con las Drag-queens, hombres
“reinas” homosexuales que retoman, llevándolo aún más lejos, al
travestismo de las « locas ».
13. Butler cuestiona con razón la esencialización del género.
Desafortunadamente, para tales fines, se apoya en la “exótica” literatura
francesa más misógina que existe (psicoanalítica y foucaultiana). Además,
muchas feministas dentro y fuera de los Estados Unidos ya habían llegado a
este cuestionamiento muchos años antes con una sustentación bastante más
sólida y materialista. Sin embargo, frente al creciente conservadurismo y
despolitización del feminismo, especialmente dentro de algunos
departamentos de “gender studies” y “estudios de género”, su trabajo viene
a reforzar la corriente crítica que tanto necesitamos.
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el título : “La pensée straight”. Questions Féministes n°7, 1980, Du
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Questions Féministes n°8, 1980).