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Sexualidad en la Grecia Clásica
Karina Donángelo

Sexualidad Humana /
Human Sexuality

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0205 - En la cuna de la civilización occidental.

Para aquellos espíritus intolerantes y conservadores que tanto se escandalizan con algunos comportamientos sexuales y para quienes creen que la trasgresión y liberalidad de las costumbres (independientemente si las consideran positivas o negativas), son sólo atribuibles a los tiempos actuales, Karina Donángelo Katzellis realizó un artículo sobre algunas cuestiones de la sexualidad en la Grecia clásica, cuna de la civilización occidental. Sumado al interés que despierta conocer un poco más sobre un período tan importante de la historia, y la posibilidad de tener una mayor perspectiva histórica sobre el tema, se puede apreciar que “sobre gustos... no hay nada escrito”, ni ahora ni antes...


Sí. así como los ve, los más famosos y reputados filósofos y estadistas griegos gustaban de personas de su mismo sexo. Otros en cambio le hacían el cuento de la “buena pipa” a sus ingenuas esposas, y se iban de parranda con sus amigos a un burdel, situado en las cercanías del Pireo.

Hasta podría decirse que hubo maestros e instructores más que libinidosos. Mientras que no faltaban aquellos que acusaban a las mujeres de “histéricas”, y de ser “más brutas que una mula”...

Ya por aquel entonces, antes y durante el siglo V antes de Cristo, las mujeres denunciaban en reuniones de amigas y a sus doncellas que sus esposos las hacían sentir como una “mujer-objeto”.

Y más de un chismoso, al que le gustaba hacer “leña del árbol caído”, sacó a unos cuantos personajes sobresalientes de la época, los trapitos al sol, dando a conocer ciertas “aventuras” non santas, o affaires con personas de su mismo sexo.

Si estudiamos la historia y la mitología de la antigua civilización helénica observaremos la preponderancia que tenía el amor para los griegos, en sus más variadas formas.

En la religión griega puede encontrarse una gran mezcolanza de dioses, diosas, semidioses, héroes y hombres que constituyen la herencia de los pueblos mediterráneos. Pero a esto se suma también, la enorme influencia de los pueblos asiáticos y prehelénicos, que minaron las costas del Mar Mediterráneo con sus creencias y sus prácticas amatorias. De hecho, ya en la Grecia clásica se hablaba de la “histeria femenina”; del sentido de la “mujer – objeto”, la exaltación del “machismo” (misoginia) y tanto la prostitución, como la homosexualidad eran prácticas habituales, en todos los estratos de la sociedad.

Culto a la Virginidad

Frente a la práctica de la Prostitución sagrada, procedente de Babilonia, Menfis, Jerusalén y Sumeria se encuentra, por contraste el Culto a la Virginidad, también nacido de Oriente. Según esta creencia, la pérdida de la virginidad era vista como una forma latente de muerte, de aquí surge la leyenda de Artemis, la diosa virgen.

Esto no impidió, no obstante, que dicha divinidad de la Castidad diese cincuenta hijos a Endimión y otorgase ciertos “favores” a Orión y a Pan. Artemis, según cuenta la leyenda tuvo un séquito de sesenta hijas de Océano y todas las jóvenes que deseaban acompañarla debían hacer voto de castidad. Sus sacerdotisas eran todas vírgenes y cuando se casaban debían abandonar la Orden sagrada.

La leyenda de Calipso, por ejemplo cuenta que fue seducida por Júpiter y al ser descubierto su desliz, para que no vieran su abultado vientre, por el embarazo se negó a ir al baño con sus compañeras. Artemis la expulsó de su séquito.

 
 

El origen de Hermafrodita

De Extremo Oriente llegaron también formas míticas concretadas en el fruto de los amores de Hermes y Afrodita, más conocido, por los relatos de Plinio, como el Hermafrodita.

La cómica leyenda es relatada por el poeta latino Ovidio. Hermafrodita es un joven adolescente, que llega a un lago, cuyas aguas son límpidas hasta el fondo. Allí lo ve Salmacis, una náyade voluptuosa, quien se queda extasiada al observar su belleza. La joven exclamó ardiente: “Yo te amo, te deseo y quiero compartir contigo mi lecho”.

El joven Hermafrodita, que ignoraba el amor se lanzó despavorido a la fuga. Ella, entonces se alejó para no intimidarlo. Él se desnudo, creyendo que nadie lo observaba y jugó con las olas. La ninfa, sin embargo, observándolo, presa del deseo lo abrazó por la fuerza y estrechando su cuerpo sobre el cuerpo desnudo del muchacho, invocó: “Que no pueda este joven separarse de mí, ni yo de él”.

Los dioses la escucharon y juntaron sus cuerpos; ambos crecieron bajo el aguijón del tiempo, como si fueran la rama de un mismo árbol, pero participando de su doble naturaleza. Y así nació Hermafrodita, un ser con sexo masculino y femenino a la vez.

Infidelidad y Prostitución

Pero en Grecia, no todos fueron leyendas mitológicas. El sexo era algo que formaba parte importantísima en la vida de los griegos. Y no era puro cuento... Si bien, la familia llegó a ser el fundamento de la sociedad; en la esfera sexual, los griegos tuvieron las mayores variantes imaginables.

En la civilización cretense, la mujer disfrutaba de gran libertad, podía frecuentar banquetes, representaciones teatrales y jurídicamente se igualaba al hombre. El matrimonio, dentro de la sociedad minoica (desarrollada en Creta), lazo de unión de toda la vida social, se hallaba bajo la invocación de la Madre Tierra. Hombres y mujeres acudían a las cumbres de las montañas, los bosques y grutas, donde depositaban ofrendas y sacrificaban animales. Y esto también permitía que lo sexual fuese concebido como una necesidad natural satisfecha libremente. Los jóvenes se unían en los campos, sobre la hierba o el trigo recién segado.

Desaparecida la civilización minoica, se desarrolla en todo su esplendor, la civilización micénica, en el corazón continental de la antigua Hélade. De este período micénico de hombres fogosos, viriles y belicosos, guerreros y navegantes, denominados por Homero como “aqueos”, subyacen innumerables referencias, que dan cuenta de una sexualidad rica y exuberante.

 

Ningunos señores de su casa...

Por aquel entonces, Esparta, que disponía de buenas tierras se encontraba sumida en la pobreza más absoluta. Criar a un hijo era un verdadero problema; era común que los hermanos compartieran una sola mujer. El hambre amenazaba seriamente a la sociedad y al Estado. En Atenas, por el contrario la situación era muy distinta. Los ciudadanos pobres recibían ayuda del erario público. Esta situación tan despareja entre ambos estados fomentó muchas rivalidades. Por ende, la posibilidad de contraer matrimonio se tornaba difícil, por lo que muchos jóvenes de clases altas se ponían de novio con jóvenes de clases bajas, cosa muy mal vista en esa época. De hecho, Pericles el aristócrata de irreprochable reputación, casado a los cuarenta años con una dama de alta alcurnia y padre de dos hijos lanzó una ley muy controvertida: Nada de matrimonios entre miembros de diferente clase social.

Pero..., resulta que Pericles, el gran político de su siglo, tuvo la debilidad de enamorarse de Aspasia de Mileto. Los poetas griegos hablan de Aspasia como una hetaira conocidísima (es decir, una prostituta). Se dice que Aspasia era muy bella; que enseñó elocuencia a Pericles y que su casa se convirtió en el centro de reunión de los más afamados filósofos griegos. Procedía de Mileto, y su padre era un simple extranjero. Este hecho hubiese impedido que Pericles se casara con ella, pues era la antítesis de lo que recomendaba la Ley. Pero Pericles repudió a su legítima esposa y vivió muchos años con Aspasia, y los nobles ciudadanos y sus esposas los trataron y agasajaron como si no existiese tal situación reprobatoria.

Sin embargo, con el tiempo y por la envidia, algunos conciudadanos empezaron a señalar el adulterio de Pericles y las señoras copetudas de la época a escandalizarse con Aspasia. Bajo el pretexto de ejercer secretamente el proxenetismo se planteó contra ella una acusación. Pericles, con lágrimas en los ojos suplicó a los jueces y logró que fuera sobreseída la causa, pero la sociedad se había vengado de aquellos que vivían al margen de su moral. La familia venció al sexo, y la casa y el hogar volvieron a ser puros.

Pero el hombre continuó disponiendo de cuantas mujeres quiso y pudo fuera de su casa. Por lo que el marido, a consecuencia de sus uniones extraconyugales pocas veces solía ser un amante ardiente. Las mujeres casadas no podían asistir a los Juegos Olímpicos, no porque los atletas saliesen completamente desnudos, sino porque este espectáculo estaba reservado sólo para las chicas solteras. Es que además de las disciplinas acrobáticas, estos juegos culminaban como verdaderas fiestas populares, muchas veces dadas a la juerga desenfrenada. Además, muchos de los juegos pasaban por Corinto, la famosa ciudad, conocida por los “placeres extraconyugales”. Tampoco se miraba mal que las mujeres solteras participaran del carnaval dedicado a Dionisos, centrado en el culto fálico. Y en septiembre, hombres y mujeres asistían a los misterios de Eleusis, que tras los diversos ritos desembocaban en noches de orgiásticas danzas.

Las secuelas de la guerra...

La guerra entre Esparta y Atenas llevó a los hombres al combate. Las mujeres se quedaron solas. Y muchos matrimonios naufragaron en el adulterio. Eurípides, el gran poeta hizo una defensa encendida a las pobres y calumniadas esposas, al decir que “los hombres tienen el mérito de arriesgar su vida por la patria, pero que dar a luz es mucho más duro y cruel que ir tres veces al combate”.

Pero es Hipócrates, el primero que aborda y elabora un verdadero cuadro clínico de la “histeria femenina”. El mal, sin embargo tenía raíces profundas. Al terminar la guerra se vio que las mujeres seguían apasionándose por los hombres, pero los atenienses, derrotados ya se habían acostumbrado a dos formas de sexualidad: la prostitución y la homosexualidad.

La prostitución tomó auge en Grecia, después de que las civilizaciones antiguas aprovecharon la esclavitud como válvula de escape para su sexología. De aquí deviene la famosa y todavía tan mentada expresión de la “mujer – objeto”. Con la difusión de las labores de las cortesanas de Oriente, surge la figura de la hetaira, la mujer que hace de la practica de amor sexual un arte.

Las hetairas hicieron tanto ruido al lado de los filósofos, políticos y poetas, que podría decirse que ninguna otra clase de mujer ocupó tanto y tan exclusivamente la atención de los hombres griegos. Una famosa hetaira fue Friné, inmortalizada en el mármol por Praxíteles. Nació en Tespia, Beocia y en sus primeros años se dedicó a cuidar cabras; reunió una pequeña fortuna y se trasladó a Atenas. Allí desarrolló sus “artes amatorias”, dando inclusive espectáculos en público de lo que hoy día conocemos como “Streep tease”.

Otra famosa hetaira; capricho del gran orador griego Demóstenes, amante de Alcibíades y de Aristipo, discípulo de Sócrates fue Lais de Corinto. Se dice que era huérfana y que un comerciante la recogió cuando apenas tenía unos meses de edad y la mandaba a vender coronas de flores ante el templo de Hera. A los diez años la vio Apeles, quien la tomó como modelo para sus esculturas y la llevó a Atenas, en donde Lais se hizo famosa por ser aceptada en las alcobas más importantes de la época. Lais, tras regresar a su tierra natal se convirtió en la reina de las hetairas de Corinto, miles de seguidores la asediaban y ella escogió a un viudo muy rico y bastante viejo que prometió hacerla su heredera. Las lecciones que había recibido de la famosa Aspasia, la ayudaron a llevarlo a la tumba y pronto quedó viuda, joven y con una de las fortunas más grandes de la época.

Pero a no engañarse, pues las hetairas tienen la fama de haber conquistado a los hombres, más por su espíritu que por sus encantos físicos, aunque, las más preparadas, constituían una excepción. Porque en su gran mayoría, estas mujeres vivían como las prostitutas de todo el mundo. La gran masa de los hombres griegos no buscaban en ellas más que la satisfacción carnal de sus apetitos. Por eso, además de ésta elite, había una prostitución para lo que podríamos denominar la clase media, que se desarrollaba en hoteles o restaurantes, en donde las bailarinas, las tocadoras de flauta y las acróbatas daban toda clase de placer a los hombres.

Otra prostitución para las clases más bajas se desarrollaba en burdeles especializados, y los de peor fama del mundo se encontraban en el barrio bajo de las calles del Pireo. Sólo Corinto, cuyo culto a Afrodita se asociaba a la prostitución sagrada ganó fama en el inframundo prostibulario de Atenas y los alrededores. Según Estrabón, que vivió en tiempos del emperador Augusto “sólo en el templo de Afrodita ejercían este oficio, más de un millar de prostitutas”.

Amor entre iguales

El otro aspecto de la sexualidad griega se centró en la homosexualidad. Los hombres adultos tenían el derecho a prostituirse y si su cliente era extranjero, se podían alquilar en calidad de mancebos por un buen salario. La homosexualidad masculina estaba muy extendida en toda Grecia. Sus inicios aparecen hacia fines del siglo VII a.C

Y se desarrolla en el período presocrático y poético con Píndaro, Teonis y Solón; en el período Socrático con Platón y en el período posaristotélico.

Los hijos de Pisístrato: Harmodios y Aristogiton, matadores del tirano y sus amigos constituían una pareja de amantes. El propio Solón, hombre de valía se manifestaba partidario del amor entre hombres. Solón fue amante de Pisístrato. Cien años más tarde, dos hombres de Estado; el virtuoso Arístides y el valiente Temístocles aparecen disputando el amor del joven y bello Stesileo.

En la homosexualidad griega hay que distinguir dos clases de vínculos: el académico y el militar. Desde Alejandro, pasando por Julio César y otros famosos hombres de la Historia, la homosexualidad, muchas veces se ha refugiado en la milicia. Lo que no quiere decir que grandes jefes militares y hábiles estrategas hayan dejado de ser buenos esposos y excelentes padres, lo cual muchas veces lleva a suponer que dicha homosexualidad se daba a modo de compensación por una vida alejada de las mujeres. En Esparta, el encuadramiento militar, sumado a la separación de los hombres de sus madres y esposas logró que se conformara una verdadera máquina de hacer soldados y, por qué no también, homosexuales. Esto llevó a que muchos de los matrimonios griegos fueran tibios. Los maridos se aburrían en sus casas y no les importaba que sus mujeres estuvieran al tanto de sus deslices, con prostitutas y personas de su mismo sexo.

Platón, fue un homosexual reconocido; recomendaba la abstención carnal; pero se sabe que Aster, Dionisio, Fedro y Alepsis fueron amados suyos, según fuentes de la antigüedad.

Sócrates, acosado sexualmente

Sin embargo, de Sócrates, de quien se dice que fue el amor de Arquéalo, ninguno de sus contemporáneos lo acusa de homosexual.

Platón nos transcribe en su diálogo “El banquete”, una visión de los atenienses sobre el tema. Alcibíades, el célebre general ateniense, sobrino de Perícles y discípulo de Sócrates, en un discurso pronunciado en público decía entre otras cosas, refiriéndose a Sócrates: “Lo invité a cenar, como hacen los amantes cuando quieren tender un lazo a sus bien amados; primero rehusó, pero luego aceptó mi invitación. Vino, pero apenas hubo cenado quiso retirarse; (...) después de cenar prolongué nuestra conversación hasta muy avanzada la noche, y cuando quiso marcharse, lo obligué a quedarse.

(...) Se acostó en el lecho, que estaba muy cerca del mío, y nos quedamos solos en la sala. (...) Cuando se apagó la lámpara, y los esclavos se hubieron retirado, juzgué que no me convenía usar rodeos con Sócrates y que debía exponerle claramente mi pensamiento. Le toqué, pues con el codo y le pregunté: “¿Duermes, Sócrates?. “todavía no”, me respondió. “¿Sabes en lo que estoy pensando?”. “¿En qué?”. “Pienso que eres tú el solo amante digno de mí y me parece que no te atreves a descubrirme tus sentimientos. De mi parte puedo asegurarte que me parecería muy poco razonable si no buscara complacerte en esta ocasión”. Después de estas palabras, le creí alcanzado por el dardo que le había lanzado. Me levanté envuelto en este mismo manto que veis, porque era invierno y tendiéndome sobre la vieja capa de este hombre, ceñí con mis brazos a esta divina y maravillosa persona y pasé a su lado toda la noche. Pues bien, después de tales insinuaciones permaneció insensible y no tuvo más que desdenes y desprecios para mi belleza y no hizo más que insultarla. Los dioses y las diosas pueden ser testigos de que me levanté de su lado como me habría levantado del lecho de mi padre o de un hermano mayor”.

Por otra parte, los hechos revelan que el amor por los adolescentes era el más extendido de la homosexualidad. Los hombres sostenían verdaderas relaciones con jóvenes de 13 y 17 años. Con el pretexto de educar a la juventud, muchos consiguieron que los adolescentes cayeran en sus redes.

Por lo general, los varones prostituidos ofrecían sus servicios con la ayuda de intermediarios. En Atenas y en otras ciudades y puertos existían burdeles con jóvenes. El hermoso joven Fedón de Elis fue vendido a un burdel y su caso tomó trascendencia, porque fue Sócrates, quien se apiadó de él y pagó una fuerte suma para liberarlo del burdel en donde lo tenían como esclavo, explotándolo sexualmente.

Las hijas de Lesbos

En los principios del lirismo griego aparece la figura trágica de Safo, nacida en la isla de Lesbos. Safo se convirtió en la alegoría y símbolo de la homosexualidad femenina en lo que se conoce como “amor lesbiano”.

Muchas jóvenes, al parecer confundieron el rumbo... en la Academia de esta poetisa. La propia Safo acabó enamorándose de una de sus alumnas, pero su amor no fue correspondido. Desesperada por tal fracaso se arrojó al mar. Pero mientras vivió, impuso el lesbianismo en toda Grecia, aunque una vez muerta, no se volvió a hablar en Lesbos ni en el resto del territorio griego de notables casos de homosexualidad femenina.

Dirán algunos: “Sobre gustos.... no hay nada escrito”; pero aquí damos fe de que sobran las referencias sobre los gustos sexuales de la antigüedad...
 

 

 

 

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