300108 - El Mundo -
Josep-Tomás Torres - Nos tocamos
poco. Entre nosotros, no a nosotros mismos, que el onanismo sigue
gozando de gran prédica entre el pueblo soberano.
Salvando las distancias con el pudor anglosajón ante ciertas
muestras de afecto o con el tabú que supone el contacto físico
casual en muchas culturas orientales como la japonesa, en las que
un roce se considera una especie de invasión territorial, lo
cierto es que cada vez somos menos comunicativos, manualmente
hablando.
La globalización cultural es lo que
tiene, y de la misma manera que poco a poco vamos ajustando nuestros
horarios laborales y comerciales a Europa (dentro de cuatro días
comeremos a las 12.30, ya veréis), nos extrañamos y sentimos un
cierto mosqueo cuando, por ejemplo, alguien nos pregunta algo en el
autobús colocando su mano sobre nuestra pierna.
Me ha pasado a mí, y eso que soy de
natural generoso con todo tipo de contacto físico… El problema de
toda esta cuestión es que la timidez -cuando no la aversión- ante
determinadas muestras de afecto o sociabilidad están 'contaminando'
nuestras relaciones sexuales.
Vale, vivimos con prisas, con el
reloj pegado al culo y no siempre tenemos la paciencia o la
disponibilidad para convertir nuestro dormitorio en una recreación
de 'Las mil y una noches'.
Siempre he sido un gran defensor del
polvo de ascensor y de ciertos 'aquí te pillo, aquí te mato',
auténticos subidones de adrenalina y lujuria que comportan saltarse
a la brava un gran número de apartados del decálogo del
perfecto y correcto amante. Las cosas como son.
Sin embargo, cada vez está más claro
que estamos olvidando las infinitas posibilidades placenteras que
nos brinda nuestra epidermis. De hecho, hay quien considera la piel
como el segundo órgano sexual más grande de nuestro cuerpo, después
del cerebro.
Desde luego, pocas pelis X se harían
con estos mimbres, pero si tenemos en cuenta que en cada
pulgada de nuestra epidermis hay entre 14 y 18 mil receptores
nerviosos, es de cajón la importancia que tiene la piel en
nuestras relaciones sexuales.
Desde el tantrismo y otras milenarias
disciplinas orientales que están viviendo una segunda juventud, como
se suele decir, se aboga por una re-sensualización de nuestro
cuerpo. Y no les falta razón, porque cada vez tendemos más a
reducir nuestra sexualidad al simple coito (y, por
supuesto, vaginal).
El esquema siempre suele ser el
mismo: tres minutos de magreo y besos húmedos, un ratito de felación,
posterior cunnilingus (opcional, muchos se escaquean o no cumplen
sus promesas, como un politicastro cualquiera) y un poco de gimnasia
pélvica, léase el tradicional 'mete-saca' (en esta fase los tiempos
varían en función de la resistencia física ante ciertos ejercicios
anaeróbicos).
Vale, se trata de una reducción exagerada, pero no me negaréis que a
todos nos suena la canción… En todo caso, hay que recordar que una
buena manera de relajarse y disfrutar de nuestras relaciones
sexuales, además de perder miedos y manías, pasa ineluctablemente
por aprender a disfrutar de nuestra piel. La nuestra y la ajena. Un
buen masaje con un aceite lubricante, por muy poca
destreza que se tenga, con las manos calientes, con una luz tenue
(nada de iluminación tipo quirófano) es una manera muy efectiva de
abrir todo tipo de puertas, no sólo físicas.
Aunque no podamos todos los días poner en práctica
ciertos 'circos', conviene no enterrarlos en el olvido.