180508 -
Jarons - La niñez y la adolescencia son, quizás, las etapas
más difíciles que tenemos que afrontar; el despertar sexual, la
rebeldía sin causa aparente y la incertidumbre del mañana, acompañan
a estas complicadas etapas.
La sexualidad se manifiesta en cada uno de nosotros, desde el
nacimiento; este postulado parte de la premisa que alguna vez fuimos
animales, y por lo tanto, la sexualidad nos es inerte.
Es absurdo pensar en una niñez aislada de sexualidad; el niño,
recién nacido, experimenta su sexualidad en diferentes momentos,
prueba de ello es la reacción que genera su pequeño pene al ser
tocado por la madre: muestra una leve erección.
Nuestra ascendencia animal nos indica que es ridículo no pensar que
nacemos con sexualidad, por otro lado, nuestras creencias, temores y
conservadurismos nos escandalizan al momento de asociar sexualidad
con niñez.
El niño empieza a darse cuenta que es agradable para él que lo
toquen, que la madre acaricie su piel. Esta estimulación sirve para
tres cosas; primero, para erotizar su suave piel; segundo, para
saber donde terminamos, está comprobado que las personas que tienen
sobrepeso es porque, probablemente, no ha tenido una madre que las
haya apretado mucho, porque el niño cuando nace no sabe dónde
termina, hasta dónde llega su cuerpo; tercero, para asociar que son
tocados por amor y con afecto.
Otro punto de relativo escándalo es el de la madre y su sexualidad
frente al hijo, puesto que la madre también tiene de animal, siente
placer cuando el hijo le mama.
Entonces tenemos a un niño con sexualidad, ¿Y qué sucede cuando este
niño crece? Sucede que termina por enamorarse de la única mujer que
conoce, de la única hembra que vive en casa y que le ha dado el
placer de mamar, la madre. Y cuando hay ausencia de la madre en el
hogar, el niño no se enamora pero vive odiándola, porque nadie odia
más que un abandonado.
El niño ve al padre como la pareja de la madre y lo tolera, pero los
problemas se intensifican cuando, por ejemplo, no hay padre, el niño
cree en verdad que la madre es su pareja, que le pertenece, y cuando
llega el padrastro en la adolescencia se desata una crisis terrible
al interior del niño y la familia.
Si en la infancia se experimenta frustraciones o angustias, lo más
probable es que, cuando ése niño sea adulto, elija una pareja para
perpetuar esas angustias, porque el inconsciente sufrió y quiere
seguir sufriendo: el que ha sido frustrado en la infancia quiere
seguir frustrado, entonces buscará una persona que lo frustre, que
no haga el amor con él ,que lo haga llorar constantemente, es decir,
para seguir viviendo en la niñez con el pretexto que ahora no lo
perturban sus padres sino la pareja.
O peor aún, hay personas que se han quedado fijadas al padre o la
madre y están esperando que los ame y que los quieran, pero cuando
estos no están se han quedado como estatuas, completamente
reprimidas y solas, y entonces se preguntan, ¿sexo, para qué?
Lo que ocurre, es que en la infancia cuando no nos ha tocado el
padre o la madre con afecto, en nuestra piel ocurren dos cosas -con
mayor intensidad en los adolescentes-, o nos desesperamos de ser
tocados por cualquier persona o de lo contrario no queremos que
nadie nos toque.
Siendo, entonces, la infancia muy importante, depende mucho cómo
haya sido ésta y su relación frente a los padres, para saber si uno
llega a la adolescencia por un camino correcto o equivocado.
La persona que ha madurado sexualmente, no buscará pareja tan sólo
para satisfacer y descargar sus impulsos o estará en la búsqueda de
abrazos sólo porque en su infancia no la abrazaron. Siendo, la
madurez, la clave de un futuro sano y armónico.
Hay que disfrutar la sexualidad para conocerse, para conocer a la
otra persona y para intercambiar afectos, las relaciones sexuales no
son únicamente para tener hijos, la sexualidad es para disfrutar, de
mi cuerpo, del cuerpo de la pareja, del alma de ambos.
Buscar la madurez en la adolescencia
No se puede hablar de sexualidad en los adolescentes sin antes
hablar de la sexualidad de los padres, porque todos hemos pasado por
la adolescencia y muchas veces esta etapa no ha sido superada y se
quedó dentro de nosotros.
Cuando no se ha vivido óptimamente una etapa de nuestra vida, la
arrastramos como una fijación a lo largo de nuestra existencia; hay
personas que recuerdan su adolescencia, como si no hubiese existido;
otros, se quedan adolescentes.
Tenemos que madurar emocionalmente para después hacer que ese
adolescente madure y controle sus impulsos, no sólo al momento de
tener relaciones sexuales, sino en cada una de las acciones de su
vida.
Ayudar en la autoestima del adolescente, que aprenda a estimarse; es
la etapa más difícil, el adolescente quiere demostrar su autoridad,
su rebeldía, debemos ayudar conversándole, asintiendo a lo que dice
pero mostrándole que nos duele mucho su comportamiento, que su
actitud es errónea, con amor, por supuesto.
El saber valorarse y estimarse, logrará que el adolescente madure,
que acepte su sexualidad sin tabúes y que pueda disfrutarla al
máximo con una buena pareja.
Hay que reflexionar sobre la sexualidad sin ningún tipo de tabúes,
porque en esta sociedad nos han enseñado que el sexo es malo, hay
que disfrutar con esa persona buena, que nos respeta, con la que
compartes un buen espacio, de disfrute.
La intimidad es fundamental en la adolescencia, los padres deben
darles espacio a sus hijos, deben tener capacidad de cambio, el
hogar no puede ser el mismo si hay un adolescente; no hay que
presionar, es importante el entendimiento, pues no hay que permitir
que nuestros hijos cometan los mismos errores que nosotros.
En la adolescencia se afrontan dos grandes dramas, el primero en
torno a los cambios físicos, del cuerpo. La aparición de vellos en
el cuerpo, los cambios hormonales, todo es una incertidumbre en
torno al cuerpo. El segundo drama es la sexualidad, sobre si uno es
mujer, es hombre u homosexual. Ésta es una duda constante entre los
adolescentes, lo que deberían saber y que muchos padres no dicen, es
que esta duda la tenemos todos los adultos, junto con el miedo de si
estamos o no locos.
Cuando una madre ha sido equilibrada y el padre medianamente
acertado las dudas sobre la sexualidad disminuyen. De lo contrario
surgen diversas dudas en cuanto a la sexualidad, por ejemplo, cuando
en un hogar la ausencia del padre ha sido sentida por el hijo varón,
un abrazo un beso, ese hijo cuando crezca, buscará afecto de una
figura masculina, ser tocado de alguna forma sin tener que llegar a
la intimidad o afirmando realmente que se es homosexual.
Lo mismo ocurre en el caso de homosexualidad en mujeres, el
lesbianismo, que, por falta de afecto de la madre, lo busca en otra
mujer.
Esto no quiere decir que sean homosexuales pero si que, por falta de
afecto en la niñez, se busca una compensación en la adultez.
Las hijas, cuando ven que la madre prefiere al varón, piensan que no
valen nada y renuncian a su condición de mujeres, porque ya no
quieren serlo, es por eso que se ven a mujeres que buscan mujeres
tan sólo para que las acaricien, es una respuesta a la rabia que
sienten, porque creen que no tuvieron madre.
No se está insinuando que, cuando un joven llegue a la adolescencia
y haga homosexualidad, sea un enfermo. Sino que ha tomado el camino
más doloroso porque ha tenido miedo a seguir el camino más sencillo.
Así, es en el hogar, y especialmente en la niñez, es donde se puede
lograr que la adolescencia y la mayoría de sus conflictos se
aminoren.
Lo único que les queda a los padres es acompañarlos y quitarse la
idea trastornada que todo va a ser como antes. Se recomienda
disfrutar de la sexualidad, y si no se ha disfrutado aún, nunca es
tarde, lo importante es saber si hay un problema y buscar la forma
de corregirlo.
Consejos
Mantener una buena comunicación con los hijos, saber qué es lo que
los inquieta, sus deseos y costumbres.
Recordar que, aunque no se llegará a tener una íntima amistad,
siempre hay que hacerles saber que estamos para apoyarlos.
Comprensión, no escandalizarnos con sus actos, mantener la
compostura y recordar que fuimos alguna vez jóvenes.
Darles amor, es importantísimo, amarlos pero sin llegar a
asfixiarlos.