En los últimos 40 años
de este siglo que agoniza, todos y todas fuimos testigos de fantásticas
mutaciones de la sociedad moderna. Entre ellas, una de mayor
significación e impacto es, muy seguramente, expresada por los
encuentros entre hombres y mujeres en la intimidad, desde el cuerpo,
el deseo y la palabra; en efecto, la revolución de la condición
femenina por medio de su inaugural deseo de ser, de existir y de
hablar ha transformado hondamente la manera como hombres y mujeres
se encuentran y se juntan hoy, y ha provocado un cambio más radical
a lo largo de estas cuatro últimas décadas, que durante los dos
mil años que las precedieron. En relación con el amor y la
sexualidad, las normas se trastocaron, muchos códigos se
derrumbaron y nuevas estrategias, cada vez más individuales, se
multiplican a sabiendas de que todas pueden aspirar hoy a una misma
legitimidad y a un mismo reconocimiento social, aun si todavía
estamos lejos de aceptarlo, por lo menos en Colombia.
No obstante, el camino está abierto; este camino hacia el derecho a
ser y sentir lo que uno o una quiere ser y sentir; el derecho a
existir y el derecho a que su palabra sea tomada en serio. Y, como
ya lo anunciaba, si uno de los géneros sabe algo de esto, es el
femenino. Esta mutación la ha luchado, la ha vivido, la vive todavía
día tras día. El hecho de ser mujer, sicóloga y feminista, y en
consecuencia interesarme por los movimientos sociales —específicamente
el movimiento social de mujeres—, me otorga entonces, creo yo,
alguna legitimidad para hablar de la cuestión homosexual. Por otra
parte, feministas y homosexuales compartimos —o deberíamos
compartir— muchas estrategias de lucha, tanto en el campo teórico
como en la militancia cotidiana; en este sentido el movimiento gay y
lesbiano nunca me ha sido indiferente, así que he tratado de seguir
con alguna vigilancia su recorrido. Además creo que hoy en día
nadie, quiero decir ningún ciudadano o ciudadana del mundo moderno,
puede estar alejado de los gays y de las lesbianas. Su misma
visualización colectiva en la cultura urbana por medio de una estética,
de un destape paulatino pero seguro en los espacios públicos, en
los medios, en las calles y en los bares, nos obliga a reflexionar
sobre la cuestión homosexual porque ahí están: amigos o amigas,
hijos o hijas, aunque podríamos decir —y sobre esto volveremos más
adelante— que las homosexualidades se encuentran hoy en todas
partes, menos en la familia... Pero ya nadie puede obviar del todo
su existencia. Alimentan temáticas de cine, de teatro, de novelas,
y de cada uno de los campos de la estética. Ahí están, querámoslo
o no, sin importar si podemos responder a la pregunta de si nacieron
o se hicieron homosexuales. Están, y al igual que para los
heterosexuales el protagonista de su relación es el amor, el mismísimo
amor con todos sus goces y estragos, su sexualidad, exactamente como
la heterosexual, se ha construido subjetiva, histórica y
culturalmente.
Me alegro de que los gays y las lesbianas estén ahí; me alegro
porque vuelven a dar sentido a muchas de las grandes cuestiones de
la ciencia social en este fin de siglo, a muchos de los
interrogantes sobre la modernidad y la posmodernidad; de nuevo le
dan significado a la cuestión del poder y de las especificidades de
la dominación simbólica que se ejerce todavía sobre las mujeres,
y con más fuerza sobre ellos y ellas, los gays y las lesbianas;
vuelven a cuestionar todos los ordenamientos históricos
naturalizados a lo largo de los siglos; vuelven a cuestionar, tal
como lo hicieron los movimientos feministas, lo incuestionable; nos
ayudan a vivir en un mundo en el cual todo lo que pensábamos
imposible se torna posible. En este sentido el movimiento social de
mujeres y el movimiento gay y lesbiano nos devuelven la fe en las
utopías.
De lo natural a lo cultural o de la
historicidad de las sexualidades:
Volver al paso de un orden natural a un orden cultural me
parece importante cada vez que necesitamos recordar que la única
naturaleza de los seres humanos es la cultura, o que recurrir a la
ley natural —como lo hacen todos los detractores del feminismo o
de las homosexualidades— no tiene sentido. No existe tal ley
natural y hoy sabemos que, exactamente de la misma manera como no
hay naturaleza femenina o naturaleza masculina, tampoco existe una
ley natural del amor o de la sexualidad. Ni la masculinidad, ni la
feminidad, ni el amor, ni el erotismo son naturales; todos estos
conceptos son constructos culturales e históricos. Volver a la ley
natural como principio de argumentación es retornar al orden de lo
biológico, a la lógica del instinto, de la cópula del macho y de
la hembra que no pueden sino reproducir ciegamente la especie, fuera
de toda ética, fuera de toda historia y, por ende, sin ninguna
posibilidad de trasgresión, que es lo que posibilita la cultura,
la ley y, en general, los dispositivos ideológicos de una sociedad.
En efecto, desde que este extraño «mutante humano», en un proceso
que duró millones de años, se levantó sobre sus dos piernas y
empezó a habitar el mundo, ya no sólo perceptual y sensorialmente
sino también en forma conceptual gracias a la liberación de la
palabra, del símbolo y por tanto del deseo, nunca más volvería a
someterse simplemente a la lógica del instinto o de la pura
necesidad. Desde que el macho y la hembra cedieron el paso al hombre
y a la mujer, seres hablantes, soñadores y constructores de futuro,
seres de memoria y por consiguiente de amores difíciles y a menudo
contrariados, la ley natural del instinto y de la cópula se volvió
insuficiente para explicar la complejidad de lo humano, en
particular en materia de sexualidad, de deseo, de erotismo, de
placeres y de prácticas de sí, conceptos que pertenecen
definitivamente a la cultura.
Poco a poco, y a medida que se alejaban los puros determinismos biológicos
en los cuales están encerradas todas las especies animales, la
naturaleza de lo humano se volvió cultura y se creó un orden de
interpretación ya no sólo biológico sino predominantemente simbólico.
Un orden en el cual —en cuanto al tema que nos interesa hoy— ya
no existe un objeto sexual específico a la necesidad, ni respuesta
exacta a la demanda de amor, porque —como dice Michel Foucault—
se problematizó el sexo en sexualidad, que es mucho más que sexo,
porque pasar de éste a aquélla es pasar del acto puro, sencillo y
aséptico, a la demanda, que es demanda de amor, a la relación que
es palabra, interpretación, construcción de un otro o una otra de
deseo, de un otro u otra fantaseado dentro de un contexto histórico
y ético que son los que precisan, ordenan y disciplinan ahora
nuestros encuentros.
Significa por consiguiente que al perder la respuesta exacta a la
demanda de amor, cualquier objeto sexual puede volverse objeto
posible y que, en materia de opción sexual, la heterosexualidad
representa sólo lo que ha sido más fuertemente normatizado y
disciplinado por una cultura, o dicho en otras palabras, la actitud
más comúnmente adoptada por presión cultural. Nos permite
entonces recordar la historicidad de los dispositivos de la
sexualidad gracias, entre otros, al monumental trabajo de Foucault
sobre el tema.
Sabemos hoy que cada época pensó, moldeó y codificó la
sexualidad según esquemas a veces profundamente distintos; en este
sentido Foucault nos recuerda que cuando nos preguntamos sobre la
legitimidad de la homosexualidad, nos podríamos preguntar así
mismo sobre la legitimidad de la heterosexualidad, sobre su invención
y sobre los discursos que la construyeron e instalaron en cuanto
realidad normativa. Por supuesto sabemos que el confort de la
normatividad nos vuelve particularmente perezosos en el campo
intelectual y por eso preferimos recurrir a una presunta ley
natural. Pero en los Estados Unidos, país que tiene una larga
tradición de movimientos y estudios gays y lesbianos, uno de los
pioneros de estas investigaciones, Jonathan Katz, escribió La
invención de la heterosexualidad, libro que fue seguido de
numerosos trabajos articulados a esta idea de una «invención» o
«construcción» histórica de la heterosexualidad. Además hoy la
sexualidad, gracias a la contracepción y la interrupción
voluntaria de la gestación, por cierto no legalizada todavía en
nuestro país, es un fin en sí misma y se separó radicalmente de
la reproducción. La heterosexualidad así evolucionó hacia una
sexualidad no reproductiva, tal como la homosexualidad; en este
sentido podríamos hablar de un lento pero seguro acercamiento en
los modos de vida de los heterosexuales y los homosexuales, y
preguntarnos de verdad cuál es la gran diferencia entre ellos,
ellas y nosotros.
Ilegitimidad, clandestinidad y discreción:
Esta nueva mirada (nueva para
nosotros, porque es importante recordar que sobre la cuestión y los
estudios homosexuales las universidades colombianas y la sociedad en
general se muestran tan reticentes hoy como lo fueron frente a los
estudios feministas hace algunos años) nos explica en parte por qué
hoy se habla frecuentemente de Queer Studies o Estudios Queer para
designar los estudios que buscan desnaturalizar las categorías
tradicionales de la sexualidad. Queer, palabra que significa
originalmente «raro», «anormal», «extraño», se utiliza
entonces para designar todas las sexualidades. Todas: gays, lésbicas,
bisexuales, travestis, transexuales, heterosexuales, son queer; todo
lo que podía parecer natural también es queer. Nosotros y
nosotras, los tan sanos heterosexuales, también somos queer por el
simple hecho de que no somos ni más ni menos naturales que los
homosexuales. Esto, por supuesto, no nos autoriza a soñar todavía.
Si esta mirada que nos centra en la historicidad de todos los
dispositivos de la sexualidad y nos permite relativizar la posición
de las homosexualidades, la forma particular de dominación simbólica
que conoce la comunidad homosexual, gay y lésbica, es aún muy
arraigada y resistente, más en un país como el nuestro en el cual
apenas existe un movimiento organizado militante y en el que
cualquier existencia legítima, pública y reconocida es todavía prácticamente
imposible a pesar de alguna visualización que aceptamos y
toleramos, siempre y cuando ésta se quede en el campo de la
discreción.
Y como lo muestra el sociólogo francés Pierre Bourdieu, en uno de
sus trabajos sobre la cuestión, la discreción solicitada a la
comunidad gay es exactamente la violencia simbólica. La discreción
consiste en recordarles hasta el cansancio a los y las homosexuales
que sigue existiendo una sexualidad legítima dominante, y unas
sexualidades ilegítimas toleradas. En general es cuando los gays y
lesbianas reivindican visibilidad, que vuelve a solicitárseles, en
el mejor de los casos, discreción o disimulación. Sin embargo
Christine Delphy, en un artículo titulado «El humanitarismo
republicano en contra de los movimientos homo», opina lo siguiente:
«La discreción es la doble vida, la clandestinidad en tiempo de
paz. Pero ¿sí puede existir tiempo de paz para mujeres y hombres
que viven siempre al acecho y en peligro, que temen ser
desenmascarados o desenmascaradas, estigmatizados o estigmatizadas,
cuando no agredidos tan pronto son desenmascarados? Y, puesto que
nadie se esconde cuando nada tiene que disimular, los y las homos
terminan por creer que están haciendo algo mal. La discreción es
también estar solo; es mentir un poco, mucho, en acción, en omisión.
Aun a sus amigos, a sus amigas. La autoestima no resiste mucho a
este tratamiento. Vivir en el miedo, en la mentira, en la soledad,
en el desprecio de sí. Esto es lo que imponen a los y las homos los
liberales progresistas que piden discreción».
Todos nosotros, tan progresistas, tan liberales y especialmente tan
sanos heterosexuales, es lo que les pedimos día tras día a los
gays y a las lesbianas.
Y ni hablar de las familias, puesto que si el discurso público
cambia, éstas siguen siendo el lugar de más resistencia y fuente
de más dramas; anunciar una sexualidad diferente a sus padres sigue
siendo una catástrofe, un cataclismo de enormes proporciones. La
familia continúa siendo el escenario, el lugar de más violencias
simbólicas por ser todavía portadora y reproductora de los valores
más tradicionales de la sociedad; en relación con la familia, la
homosexualidad significa, más que en ningún otro lugar,
aislamiento y soledad. Como lo expresa de manera tan contundente
Frederic Martel en su libro Lo rosado y lo negro, todos los
homosexuales tuvieron un día la experiencia de «no sentirse en
casa en su casa». La familia y, en menor grado hoy, la sociedad
obligan a una verdadera esquizofrenia de las prácticas de vida de
los homosexuales. Algunos no lo soportan y cortan todos los puentes
familiares para vivir en guetos; otros se enferman o adoptan
comportamientos sexuales de enormes riesgos. Sin embargo, nada de
esto figura como temas de estudio ni para la psicología ni para la
sociología, por lo menos en nuestras universidades.
Y a propósito de esto es interesante anotar que los estudios gays y
lésbicos conocen más o menos la misma historia que los estudios
feministas. Muchas interrogaciones son las mismas, muchas
resistencias vienen de los mismos lugares y se expresan casi de
igual manera. El feminismo todavía figura como una especie de
sarampión contagioso y subversivo, y el homosexualismo como otra
enfermedad vergonzosa que bien podría estar en el mismo saco de las
plagas de fin de siglo. Incluso desde la universidad, desde el saber
académico, los muros de contención a estas temáticas son de una
solidez a toda prueba, o casi... y si tenemos hoy una maestría en
estudios de género en la Universidad Nacional (por supuesto nos tocó
llamarla así para no asustar a los patriarcas del saber... si la
hubiéramos llamado «Estudios feministas», nos habría tocado
luchar siete años más, ¡y teníamos afán!), ¿por qué no pensar
entonces que pronto, dependiendo de la fuerza del movimiento social
de gays y lesbianas, podrán abrirse módulos o cursos relacionados
con los estudios gays?
Se trata, ni más ni menos, de hacer progresar el saber en cuanto
realidades que existen y siempre existieron, pero que fueron
desconocidas o subestimadas por la investigación. Y contrariamente
a lo que puede pensarse, no se intenta crear una cultura gay o lésbica,
pues ésta siempre existió. Se trata entonces de hacerla visible
para el saber por medio de estudios históricos, sociológicos,
antropológicos o sicológicos, a sabiendas de que este campo de
investigación y de reflexión se refiere al conjunto de saberes
sobre la sexualidad en una cultura dada y su profunda interrelación
con los discursos jurídicos, políticos, médicos, pedagógicos,
estéticos. Interesarse por la sexualidad es interesarse
obligatoriamente por las homosexualidades y por todos los discursos
relacionados con ella, de la misma manera como interesarse por la
historia de la humanidad era obligatoriamente interesarse por las
mujeres y visualizar su particular condición histórica; sin
embargo, hubo que esperar varios siglos para que el feminismo y el
movimiento social de mujeres lograran fracturar un saber patriarcal
autosuficiente y sordo a una realidad que habitaba en su mismo corazón
desde siempre: lo femenino. Y si mal no recuerdo, esta historia es
por dar valor y tenacidad a los gays y a las lesbianas.
La lucha es dura y larga, pero en este fin de siglo de escenarios y
sujetos inesperados, el camino está ya entreabierto tanto para las
mujeres como para los gays y las lesbianas, aunque —obviamente—
tendrán que superar muchos obstáculos; a este respecto la
organización Amnistía Internacional publicó recientemente un
informe sobre violencias y persecuciones contra los gays y las
lesbianas en todos los países del mundo en el que concluye que
ellos y ellas representan una comunidad en peligro. Los problemas
por resolver son muchos y entrañan enormes retos: preguntarse sobre
el sentido de la comunidad gay, sobre su guetización o no guetización,
su militantismo, sus luchas políticas, académicas, jurídicas, de
visualización, sus luchas afectivas desgarradoras, prácticas de sí
novedosas; todos estos deben ser tema.
Fuente
La Espía del Sur