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Homosexualismos
y Fin de Siglo
Florence Thomas

Sexualidad Humana /
Human Sexuality

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99 - "Si es difícil vivir, es aún más difícil explicar nuestra vida". Marguerite Yourcenar

"Gay is okey"
Consigna homosexual
 

En los últimos 40 años de este siglo que agoniza, todos y todas fuimos testigos de fantásticas mutaciones de la sociedad moderna. Entre ellas, una de mayor significación e impacto es, muy seguramente, expresada por los encuentros entre hombres y mujeres en la intimidad, desde el cuerpo, el deseo y la palabra; en efecto, la revolución de la condición femenina por medio de su inaugural deseo de ser, de existir y de hablar ha transformado hondamente la manera como hombres y mujeres se encuentran y se juntan hoy, y ha provocado un cambio más radical a lo largo de estas cuatro últimas décadas, que durante los dos mil años que las precedieron. En relación con el amor y la sexualidad, las normas se trastocaron, muchos códigos se derrumbaron y nuevas estrategias, cada vez más individuales, se multiplican a sabiendas de que todas pueden aspirar hoy a una misma legitimidad y a un mismo reconocimiento social, aun si todavía estamos lejos de aceptarlo, por lo menos en Colombia. 

No obstante, el camino está abierto; este camino hacia el derecho a ser y sentir lo que uno o una quiere ser y sentir; el derecho a existir y el derecho a que su palabra sea tomada en serio. Y, como ya lo anunciaba, si uno de los géneros sabe algo de esto, es el femenino. Esta mutación la ha luchado, la ha vivido, la vive todavía día tras día. El hecho de ser mujer, sicóloga y feminista, y en consecuencia interesarme por los movimientos sociales —específicamente el movimiento social de mujeres—, me otorga entonces, creo yo, alguna legitimidad para hablar de la cuestión homosexual. Por otra parte, feministas y homosexuales compartimos —o deberíamos compartir— muchas estrategias de lucha, tanto en el campo teórico como en la militancia cotidiana; en este sentido el movimiento gay y lesbiano nunca me ha sido indiferente, así que he tratado de seguir con alguna vigilancia su recorrido. Además creo que hoy en día nadie, quiero decir ningún ciudadano o ciudadana del mundo moderno, puede estar alejado de los gays y de las lesbianas. Su misma visualización colectiva en la cultura urbana por medio de una estética, de un destape paulatino pero seguro en los espacios públicos, en los medios, en las calles y en los bares, nos obliga a reflexionar sobre la cuestión homosexual porque ahí están: amigos o amigas, hijos o hijas, aunque podríamos decir —y sobre esto volveremos más adelante— que las homosexualidades se encuentran hoy en todas partes, menos en la familia... Pero ya nadie puede obviar del todo su existencia. Alimentan temáticas de cine, de teatro, de novelas, y de cada uno de los campos de la estética. Ahí están, querámoslo o no, sin importar si podemos responder a la pregunta de si nacieron o se hicieron homosexuales. Están, y al igual que para los heterosexuales el protagonista de su relación es el amor, el mismísimo amor con todos sus goces y estragos, su sexualidad, exactamente como la heterosexual, se ha construido subjetiva, histórica y culturalmente. 

Me alegro de que los gays y las lesbianas estén ahí; me alegro porque vuelven a dar sentido a muchas de las grandes cuestiones de la ciencia social en este fin de siglo, a muchos de los interrogantes sobre la modernidad y la posmodernidad; de nuevo le dan significado a la cuestión del poder y de las especificidades de la dominación simbólica que se ejerce todavía sobre las mujeres, y con más fuerza sobre ellos y ellas, los gays y las lesbianas; vuelven a cuestionar todos los ordenamientos históricos naturalizados a lo largo de los siglos; vuelven a cuestionar, tal como lo hicieron los movimientos feministas, lo incuestionable; nos ayudan a vivir en un mundo en el cual todo lo que pensábamos imposible se torna posible. En este sentido el movimiento social de mujeres y el movimiento gay y lesbiano nos devuelven la fe en las utopías.

De lo natural a lo cultural o de la historicidad de las sexualidades:

Volver al paso de un orden natural a un orden cultural me parece importante cada vez que necesitamos recordar que la única naturaleza de los seres humanos es la cultura, o que recurrir a la ley natural —como lo hacen todos los detractores del feminismo o de las homosexualidades— no tiene sentido. No existe tal ley natural y hoy sabemos que, exactamente de la misma manera como no hay naturaleza femenina o naturaleza masculina, tampoco existe una ley natural del amor o de la sexualidad. Ni la masculinidad, ni la feminidad, ni el amor, ni el erotismo son naturales; todos estos conceptos son constructos culturales e históricos. Volver a la ley natural como principio de argumentación es retornar al orden de lo biológico, a la lógica del instinto, de la cópula del macho y de la hembra que no pueden sino reproducir ciegamente la especie, fuera de toda ética, fuera de toda historia y, por ende, sin ninguna posibilidad de trasgresión, que es lo que posibilita la cultura, la ley y, en general, los dispositivos ideológicos de una sociedad.

En efecto, desde que este extraño «mutante humano», en un proceso que duró millones de años, se levantó sobre sus dos piernas y empezó a habitar el mundo, ya no sólo perceptual y sensorialmente sino también en forma conceptual gracias a la liberación de la palabra, del símbolo y por tanto del deseo, nunca más volvería a someterse simplemente a la lógica del instinto o de la pura necesidad. Desde que el macho y la hembra cedieron el paso al hombre y a la mujer, seres hablantes, soñadores y constructores de futuro, seres de memoria y por consiguiente de amores difíciles y a menudo contrariados, la ley natural del instinto y de la cópula se volvió insuficiente para explicar la complejidad de lo humano, en particular en materia de sexualidad, de deseo, de erotismo, de placeres y de prácticas de sí, conceptos que pertenecen definitivamente a la cultura. 

Poco a poco, y a medida que se alejaban los puros determinismos biológicos en los cuales están encerradas todas las especies animales, la naturaleza de lo humano se volvió cultura y se creó un orden de interpretación ya no sólo biológico sino predominantemente simbólico. Un orden en el cual —en cuanto al tema que nos interesa hoy— ya no existe un objeto sexual específico a la necesidad, ni respuesta exacta a la demanda de amor, porque —como dice Michel Foucault— se problematizó el sexo en sexualidad, que es mucho más que sexo, porque pasar de éste a aquélla es pasar del acto puro, sencillo y aséptico, a la demanda, que es demanda de amor, a la relación que es palabra, interpretación, construcción de un otro o una otra de deseo, de un otro u otra fantaseado dentro de un contexto histórico y ético que son los que precisan, ordenan y disciplinan ahora nuestros encuentros. 

Significa por consiguiente que al perder la respuesta exacta a la demanda de amor, cualquier objeto sexual puede volverse objeto posible y que, en materia de opción sexual, la heterosexualidad representa sólo lo que ha sido más fuertemente normatizado y disciplinado por una cultura, o dicho en otras palabras, la actitud más comúnmente adoptada por presión cultural. Nos permite entonces recordar la historicidad de los dispositivos de la sexualidad gracias, entre otros, al monumental trabajo de Foucault sobre el tema. 

Sabemos hoy que cada época pensó, moldeó y codificó la sexualidad según esquemas a veces profundamente distintos; en este sentido Foucault nos recuerda que cuando nos preguntamos sobre la legitimidad de la homosexualidad, nos podríamos preguntar así mismo sobre la legitimidad de la heterosexualidad, sobre su invención y sobre los discursos que la construyeron e instalaron en cuanto realidad normativa. Por supuesto sabemos que el confort de la normatividad nos vuelve particularmente perezosos en el campo intelectual y por eso preferimos recurrir a una presunta ley natural. Pero en los Estados Unidos, país que tiene una larga tradición de movimientos y estudios gays y lesbianos, uno de los pioneros de estas investigaciones, Jonathan Katz, escribió La invención de la heterosexualidad, libro que fue seguido de numerosos trabajos articulados a esta idea de una «invención» o «construcción» histórica de la heterosexualidad. Además hoy la sexualidad, gracias a la contracepción y la interrupción voluntaria de la gestación, por cierto no legalizada todavía en nuestro país, es un fin en sí misma y se separó radicalmente de la reproducción. La heterosexualidad así evolucionó hacia una sexualidad no reproductiva, tal como la homosexualidad; en este sentido podríamos hablar de un lento pero seguro acercamiento en los modos de vida de los heterosexuales y los homosexuales, y preguntarnos de verdad cuál es la gran diferencia entre ellos, ellas y nosotros. 

Ilegitimidad, clandestinidad y discreción:
 

Esta nueva mirada (nueva para nosotros, porque es importante recordar que sobre la cuestión y los estudios homosexuales las universidades colombianas y la sociedad en general se muestran tan reticentes hoy como lo fueron frente a los estudios feministas hace algunos años) nos explica en parte por qué hoy se habla frecuentemente de Queer Studies o Estudios Queer para designar los estudios que buscan desnaturalizar las categorías tradicionales de la sexualidad. Queer, palabra que significa originalmente «raro», «anormal», «extraño», se utiliza entonces para designar todas las sexualidades. Todas: gays, lésbicas, bisexuales, travestis, transexuales, heterosexuales, son queer; todo lo que podía parecer natural también es queer. Nosotros y nosotras, los tan sanos heterosexuales, también somos queer por el simple hecho de que no somos ni más ni menos naturales que los homosexuales. Esto, por supuesto, no nos autoriza a soñar todavía. Si esta mirada que nos centra en la historicidad de todos los dispositivos de la sexualidad y nos permite relativizar la posición de las homosexualidades, la forma particular de dominación simbólica que conoce la comunidad homosexual, gay y lésbica, es aún muy arraigada y resistente, más en un país como el nuestro en el cual apenas existe un movimiento organizado militante y en el que cualquier existencia legítima, pública y reconocida es todavía prácticamente imposible a pesar de alguna visualización que aceptamos y toleramos, siempre y cuando ésta se quede en el campo de la discreción. 
Y como lo muestra el sociólogo francés Pierre Bourdieu, en uno de sus trabajos sobre la cuestión, la discreción solicitada a la comunidad gay es exactamente la violencia simbólica. La discreción consiste en recordarles hasta el cansancio a los y las homosexuales que sigue existiendo una sexualidad legítima dominante, y unas sexualidades ilegítimas toleradas. En general es cuando los gays y lesbianas reivindican visibilidad, que vuelve a solicitárseles, en el mejor de los casos, discreción o disimulación. Sin embargo Christine Delphy, en un artículo titulado «El humanitarismo republicano en contra de los movimientos homo», opina lo siguiente: 
«La discreción es la doble vida, la clandestinidad en tiempo de paz. Pero ¿sí puede existir tiempo de paz para mujeres y hombres que viven siempre al acecho y en peligro, que temen ser desenmascarados o desenmascaradas, estigmatizados o estigmatizadas, cuando no agredidos tan pronto son desenmascarados? Y, puesto que nadie se esconde cuando nada tiene que disimular, los y las homos terminan por creer que están haciendo algo mal. La discreción es también estar solo; es mentir un poco, mucho, en acción, en omisión. Aun a sus amigos, a sus amigas. La autoestima no resiste mucho a este tratamiento. Vivir en el miedo, en la mentira, en la soledad, en el desprecio de sí. Esto es lo que imponen a los y las homos los liberales progresistas que piden discreción». 
Todos nosotros, tan progresistas, tan liberales y especialmente tan sanos heterosexuales, es lo que les pedimos día tras día a los gays y a las lesbianas. 

Y ni hablar de las familias, puesto que si el discurso público cambia, éstas siguen siendo el lugar de más resistencia y fuente de más dramas; anunciar una sexualidad diferente a sus padres sigue siendo una catástrofe, un cataclismo de enormes proporciones. La familia continúa siendo el escenario, el lugar de más violencias simbólicas por ser todavía portadora y reproductora de los valores más tradicionales de la sociedad; en relación con la familia, la homosexualidad significa, más que en ningún otro lugar, aislamiento y soledad. Como lo expresa de manera tan contundente Frederic Martel en su libro Lo rosado y lo negro, todos los homosexuales tuvieron un día la experiencia de «no sentirse en casa en su casa». La familia y, en menor grado hoy, la sociedad obligan a una verdadera esquizofrenia de las prácticas de vida de los homosexuales. Algunos no lo soportan y cortan todos los puentes familiares para vivir en guetos; otros se enferman o adoptan comportamientos sexuales de enormes riesgos. Sin embargo, nada de esto figura como temas de estudio ni para la psicología ni para la sociología, por lo menos en nuestras universidades. 

Y a propósito de esto es interesante anotar que los estudios gays y lésbicos conocen más o menos la misma historia que los estudios feministas. Muchas interrogaciones son las mismas, muchas resistencias vienen de los mismos lugares y se expresan casi de igual manera. El feminismo todavía figura como una especie de sarampión contagioso y subversivo, y el homosexualismo como otra enfermedad vergonzosa que bien podría estar en el mismo saco de las plagas de fin de siglo. Incluso desde la universidad, desde el saber académico, los muros de contención a estas temáticas son de una solidez a toda prueba, o casi... y si tenemos hoy una maestría en estudios de género en la Universidad Nacional (por supuesto nos tocó llamarla así para no asustar a los patriarcas del saber... si la hubiéramos llamado «Estudios feministas», nos habría tocado luchar siete años más, ¡y teníamos afán!), ¿por qué no pensar entonces que pronto, dependiendo de la fuerza del movimiento social de gays y lesbianas, podrán abrirse módulos o cursos relacionados con los estudios gays? 

Se trata, ni más ni menos, de hacer progresar el saber en cuanto realidades que existen y siempre existieron, pero que fueron desconocidas o subestimadas por la investigación. Y contrariamente a lo que puede pensarse, no se intenta crear una cultura gay o lésbica, pues ésta siempre existió. Se trata entonces de hacerla visible para el saber por medio de estudios históricos, sociológicos, antropológicos o sicológicos, a sabiendas de que este campo de investigación y de reflexión se refiere al conjunto de saberes sobre la sexualidad en una cultura dada y su profunda interrelación con los discursos jurídicos, políticos, médicos, pedagógicos, estéticos. Interesarse por la sexualidad es interesarse obligatoriamente por las homosexualidades y por todos los discursos relacionados con ella, de la misma manera como interesarse por la historia de la humanidad era obligatoriamente interesarse por las mujeres y visualizar su particular condición histórica; sin embargo, hubo que esperar varios siglos para que el feminismo y el movimiento social de mujeres lograran fracturar un saber patriarcal autosuficiente y sordo a una realidad que habitaba en su mismo corazón desde siempre: lo femenino. Y si mal no recuerdo, esta historia es por dar valor y tenacidad a los gays y a las lesbianas.

La lucha es dura y larga, pero en este fin de siglo de escenarios y sujetos inesperados, el camino está ya entreabierto tanto para las mujeres como para los gays y las lesbianas, aunque —obviamente— tendrán que superar muchos obstáculos; a este respecto la organización Amnistía Internacional publicó recientemente un informe sobre violencias y persecuciones contra los gays y las lesbianas en todos los países del mundo en el que concluye que ellos y ellas representan una comunidad en peligro. Los problemas por resolver son muchos y entrañan enormes retos: preguntarse sobre el sentido de la comunidad gay, sobre su guetización o no guetización, su militantismo, sus luchas políticas, académicas, jurídicas, de visualización, sus luchas afectivas desgarradoras, prácticas de sí novedosas; todos estos deben ser tema.

Fuente La Espía del Sur

 

 

 

 

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