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Fuente:
Sexo y Vida -
Revista de Sash, Año IV, N° 1, Noviembre De 1990, Bs. As.;
Revista Argentina de Psiquiatría Forense, Sexología y
Praxis, de La Asociación Argentina de Psiquiatras, Año V, Vol. 3, N° 1,
Julio De 1998, Bs. As
"Sé que nada bueno habita en mí, es decir,
en mi carne; doy mis miembros a otro que está en mí, que está en guerra
con mi ley. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?"
San Pablo, Epístola a los romanos
Summary
It is intented to show
two apparently antithetic poles: Sexuality and Death, in fact
interpenetrate themselves, disguising the fear of death, or the desire to
die, Eros’world. Different expressions of culture are analyzed, especially
the one known as The Profane Time, the time for work, which is
characterized by the submission to interdicts (prohibitions) and, on the
other hand, the Time for Joy or The Sacred Time, characterized by the
transgression of such prohibitions. Its relationship with the interdicts’
violations in the sexual as well as in the death arena is analyzed in
order to connect the human being’s fear in the presence of the unrestraint,
the overflow and the abandonment of the time established for work that
would imply free sexuality. The latter is connected with some conclusions
that could be considered useful in the field of Sexual Therapies, with a
certain critical look at the mechanist settlement applied to those
treatments.
Resumen
Se intenta mostrar
cómo, dos polos aparentemente antitéticos, la muerte y la sexualidad, en
realidad se interpenetran, siendo el temor a la muerte, o el deseo de
ella, el mundo del Eros. Se analizan diversas manifestaciones de la
cultura y en particular lo que se dio en llamar el tiempo profano,
del trabajo, caracterizado por el sometimiento a los interdictos en el
campo del sexo y de la muerte y, por otro lado, el tiempo sagrado
caracterizado por la transgresión de esas prohibiciones. Se conecta luego
el temor del ser humano ante el desborde, el descontrol y el abandono del
tiempo del trabajo que implicaría la sexualidad. Esto se liga con ciertas
conclusiones que pueden ser de utilidad en el campo de las Terapias
Sexuales con una mirada crítica sobre el reduccionismo mecanicista
aplicado a veces a estos tratamientos.
INTRODUCCIÓN
Los poetas antiguos, que dos mil
años de cristianismo han hecho olvidar, sostenían que los dioses habían
ocultado a los hombres la felicidad suprema de la vida: la felicidad de la
muerte. Pero lo que se oculta no queda del todo oculto. A veces la locura
de los sentidos ha señalado el camino, otras veces lo hace el sentido
común, que rechaza la idea de muerte; pero el amor loco (l’amour fou)
a veces la acepta y otras la reclama.
En Francia, en el lenguaje
popular, se denomina como la "pequeña muerte" (la petite morte) al
momento orgásmico donde los amantes se pierden. ¿Qué mujer no ha dicho
alguna vez a su amante: querría morir en tus brazos; qué varón
enamorado no sugirió alguna vez : haz de mí lo que quieras?
Víctimas ejemplares que se abandonan con gozo a la perdición, a ese
misterio atroz y fascinante por el cual los cuerpos someten al ser, lo
embriagan, lo destruyen. La voluntad de poseer por entero al objeto
amoroso, la obsesión de matar a su macho, como lo hace la mantis
religiosa, aparece como una fantasía habitual en muchas mujeres,
ejemplificado también en la figura de la viuda negra. Tal vez nada
pueda halagar al varón como este deseo, aunque también pueda hacerlo huir
de ese ser que le recuerda a su madre, quien le ha dado la vida pero, en
ese mismo instante, lo ha constituido en un ser para la muerte; y es
posible que, en el encuentro sexual, sintamos renacer el horror que en los
mitos antiguos dejaron las religiones femeninas - Kali, Astarté, Ishtar-
donde la muerte y el amor pertenecían a la égida del poder de las mujeres.
Al ser padres le damos a nuestros hijos la alegría de la vida pero también
los condenamos al supremo dolor -al menos tal cual concebimos nosotros a
la muerte como lo Indeseable-; y tal vez nos condenamos nosotros:
bien decía Hegel que el nacimiento de los hijos es la muerte de los
padres (aunque esto puede tener diversas lecturas). Quizás la
eyaculación sea un anticipo del fin: afirma la especie contra el
individuo, en ese embrión se abre el ciclo que culmina con la muerte.
Simone de Beauvoir nos dice que la madre destina al hijo a morir porque
sólo se hace deshaciendo (1).
EROS Y TÁNATOS
Bataille menciona que, en las
religiones de sacrificio, los participantes se confundían uno con el otro
en el curso de la consumación, y ambos se perdían en la continuidad
establecida por ese acto de destrucción (2) . Ya habíamos visto
cómo uno de los amantes desea a veces la desaparición del amado: mejor
matarlo que perderlo; en otros casos, y la crónica policial nos lo
recuerda casi cotidianamente, desea o busca su propia muerte. Si la unión
de los dos amantes es el resultado de la pasión, ésta apela a la muerte,
al deseo de destrucción o al suicidio. En Edipo Rey, el
protagonista, en su búsqueda apasionada por saber, sólo culmina su unión
sexual mediante el asesinato y la automutilación. En la novela de James
Cain -al igual que en sus tres versiones fílmicas- El cartero llama dos
veces, los dos amantes pueden consumar su pasión a través de un
homicidio atroz, con connotaciones casi rituales (hecho que también se
muestra en el film chino Jou Dou). Esta escena aparece con
frecuencia en la gran narrativa norteamericana: en Una tragedia
americana de Theodore Dreiser, llevada al cine con el sugestivo título
-en los países de habla hispana- de Ambiciones que matan, el
protagonista, en complicidad con su amante, ahoga a su esposa en el lago
entremezclando así el homicidio y la pasión, lo que no deja de ser una
vuelta de tuerca de la tragedia de Macbeth o del asesinato del padre de
Hamlet. Un hálito similar recorre las obras de O’Neill como en Deseo
bajo los olmos, drama sobre los desbordes de un amor incestuoso.
Volviendo a Shakeaspeare, observamos que refleja, en La tragedia de
Romeo y Julieta, esa consumación del amor en la muerte: después de
escuchar el canto de la alondra y de yacer ambos en el último lecho de
amor, deberán inmolarse para inmortalizar su pasión. Algo parecido vemos,
en este dramaturgo, en su Antonio y Cleopatra; en el Dante cuando
en sus inolvidables versos -La divina comedia- describe el drama de
Francesca da Rimini; o en la historia real de esos amantes infortunados
que fueron Abelardo y Eloísa que hoy yacen juntos en el cementerio del
Père Lachaise en París.
Lo que realiza Sada con su amante
Kichizo en el film de Oshima, El imperio de los sentidos, basado en
un hecho policial del Japón en 1936, no es otra cosa que convertirse en
una Isolda moderna que sacrifica a su Tristán, en una Ménade que destroza
a su Orfeo, en nombre del imperio de las pasiones. Freud describe a la
horda primitiva (3), y para el caso no importa si ha sido
cierto o no, concluyendo que el deseo de los hijos por el objeto materno
se cierra con la muerte del padre. Para amar con pasión habría que matar,
morir o configurar esa muerte en un sentido aunque más no fuera simbólico
y ritual. Realizadores tan diversos como Chaplin (con su Monsieur
Verdoux), Buñuel, Truffaut, Cronemberg, Cóppola, Bertolucci o
Almodóvar (retomando el mito de la viuda negra en su film
Matador) -entre otros- han sido motivados por este tema. Y quizás
deberíamos pensar en la tenaz persistencia de la leyenda del vampiro (Drácula,
Nosferatu, Vampyr, Elizabeth Bathory -la condesa sangrienta-, Carmilla)
como una conjunción de acendrados tabúes: la sangre, la virginidad, el
erotismo y la muerte.
Para Bataille la sexualidad y la
muerte no serían más que momentos agudos de una fiesta que la naturaleza
celebra y ambas tienen el sentido del despilfarro ilimitado en contra del
deseo de durar que es lo propio de cada ser y afirma que el sentido último
del erotismo es la muerte (2). Hecho que también planteó Freud,
si bien de otra manera -muy discutida y discutible por cierto- cuando
hablaba del instinto de muerte como fin último de la materia viva (3).
Diana Rabinovich agrega que: "La muerte muestra la fragilidad misma del
ser humano, siendo indisociable de la sexualidad -Freud y Lacan lo han
señalado muchas veces-. La sexualidad , para la Antigüedad era, a través
de la procreación, un remedio frente a la muerte, gracias al mantenimiento
de la continuidad de una familia, de un linaje." (4)
El marqués de Sade decía en su
obra Justine que "no hay mejor medio de familiarizarse con la
muerte que aliarla a una idea libertina", y nos propone un hecho
angustioso: que el movimiento del amor, llevado al extremo, es un
movimiento de muerte, y este vínculo no debería ser paradójico ya que el
exceso del que proceden la reproducción y la muerte no pueden ser
comprendidos más que uno con la ayuda del otro. Es interesante ver cómo
los interdictos más antiguos afectan uno a la muerte (no matarás) y
el otro a la sexualidad (no fornicarás, no desearás a la mujer de tu
prójimo, no derramarás la simiente, no yacerás con tus consanguíneos).
"Nada detiene al libertinaje",
profetizaba el divino Marqués, " la verdadera manera de extender y
multiplicar sus deseos es querer imponerle límites...no hay nada que lo
contenga". Es una manera de decir: nada reduce la violencia. Pero la
humanidad se las ha ingeniado una y otra vez para transgredir las
prohibiciones (hecho atractivo en sí mismo): no hay interdicto sin su
prohibición y viceversa. Al interdicto del asesinato ha opuesto la
posibilidad de la guerra, de los sacrificios rituales, de la pena de
muerte, y de la petite morte. El marqués de Sade dedicó sus obras a
la afirmación de valores inaceptables: que la vida es búsqueda de placer y
que este placer era proporcional a la destrucción de la vida. Es decir:
Eros alcanza su mayor grado de intensidad en una negación aterradora de su
principio; y propone vincular la sexualidad con la necesidad de hacer daño
y matar. Otra vez Eros y Tánatos caminando juntos.
TIEMPO PROFANO Y TIEMPO
SAGRADO
Roger Caillois, en El hombre y
lo sagrado, habla de que existirían dos tiempos: uno es el tiempo
profano, que es el tiempo ordinario, el del trabajo, caracterizado por
un respeto de los interdictos y, por otro lado, el tiempo sagrado
que es el de la fiesta, que en el plano del erotismo es, a menudo, el de
la licencia sexual y en el plano propiamente religioso sería el tiempo del
sacrificio que es la trasgresión al interdicto del asesinato (2).
En el plano de nuestra existencia,
el exceso se manifiesta en la medida en que la violencia vence a la razón.
Pero el tiempo del trabajo exige una actitud razonable, en la que los
movimientos exasperados y desbordantes que se liberan en el tiempo de las
transgresiones (la fiesta, el juego) no son admitidos. Desde las eras
remotas en las cuales el hombre se convirtió en homo faber (el
materialismo histórico fue el primero en plantear que el trabajo es el que
nos funda y constituye permitiendo el paso del mono al hombre) el trabajo
introdujo en aquellos tiempos azarosos un momento de sosiego, a expensas
del cual el hombre cesaba de responder al impulso inmediato, que regía el
deseo. La colectividad ha sabido oponerse, en el tiempo reservado al
trabajo, a esos movimientos contagiosos en los cuales no existe más que un
abandonarse al exceso, o sea: a la violencia del deseo. Sin los
interdictos no hubiese llegado a ser -la colectividad humana- ese mundo
del trabajo que en esencia es, ya que el trabajo se opone a la animalidad.
El hecho necesario de
vincular la represión de la sexualidad y el placer con la necesidad de
trabajo alienado coloca en el centro de esta teoría la relación entre el
tiempo del trabajo y la factibilidad de satisfacción sexual, entre ocio y
trabajo alienado. El trabajo no obedece al tiempo del placer, sin embargo
el hombre sólo es instrumento de trabajo durante las jornadas laborales;
el resto sería, en principio, libre por sí mismo. Marcuse dice que una
persona está ocupada por su trabajo unas 10 horas diarias incluyendo los
viajes y los preparativos. Necesita un tiempo equivalente para dormir y
comer. De modo que, sobre las 24 horas le quedan 4 horas libres que podría
emplear para su placer. Pero la alienación del trabajo y la represión de
la sexualidad como fuente de goce sobrepasan el tiempo del trabajo sobre
el tiempo libre. Las extensas horas de labor y la rutina exigen que el
ocio se convierta en un simple descanso, una relajación pasiva y una
reposición de la energía con vistas al trabajo futuro (5) .
Sin contar que otras circunstancias han llevado a la banalización del
sexo: libros, revistas, films y el bombardeo publicitario de una sociedad
aparentemente permisiva como la actual, han logrado que actitudes y deseos
por ella promovidos se consuman como propios. Creo que esta sexualidad
obligatoria que ha impuesto un erotismo ficticio también contribuye a
debilitar la energía erótica configurando lo que Marcuse llama "desublimación
represiva" , es decir: "una liberación de la sexualidad en sus
modos y formas que debilita la energía erótica. En ese proceso, la
sexualidad se extiende a áreas hasta hace poco consideradas tabúes; sin
embargo en lugar de recrear estas relaciones a imagen del placer, es la
tendencia opuesta la que se afirma, el principio de realidad afirma su
poder sobre Eros" (5). Esta preponderancia de una "desublimación
de gran alcance -nos sigue diciendo Marcuse- ¿acaso significa la
preponderancia de Eros, que conserva y exalta la vida sobre su adversario
fatal?" (6), agregando que "en la concepción freudiana
el conflicto entre la sexualidad (en tanto fuerza del principio del
placer) y la sociedad (como instinto del principio de realidad) desempeña
un papel central". Un erotismo que nace de sexualidades
estereotipadas, que se ajustan a la media y a las estadísticas y que rara
vez llegan a un encuentro. Quizás el verdadero erotismo, como nos propone
el film de Oshima, nace de la diferencia. Cuando la pareja sea capaz de
moldearse a su propia imaginación diferenciadora podrá hallar la libertad
del rito amatorio.
Cabría preguntarse
entonces si las constantes transgresiones a las prohibiciones no estarían
negando estos enunciados. Bien dice Bataille que el interdicto está allí
para ser violado: el tabú nos incita a su violación. La trasgresión no
niega el interdicto sino que dialécticamente lo completa y supera; jamás
la prohibición aparece sin la revelación del placer ni jamás el tiempo de
la fiesta sin el sentimiento de la interdicción.
Si hemos sostenido que
el hombre es por esencia homo faber, y que se somete al trabajo,
debe renunciar por esa causa a una parte de su sexualidad. Por eso debemos
pensar que no hay nada de arbitrario en las prohibiciones sexuales:
cualquier ser humano posee una cantidad de energía limitada y si dispone
de una parte para el trabajo lo hará a expensas del consumo erótico,
sacrificará su anhelo de exuberancia en aras de la productividad y el
esfuerzo, quedando reducido el erotismo a una mínima parte. Para Bataille
la "animalidad", que es el movimiento del desborde, del exceso sexual, es
en nosotros aquello por lo que no podemos ser reducidos a cosas. En cambio
la "humanidad", en lo que tiene de específico en el tiempo laboral, tiende
a hacer de nosotros cosas, a expensas de la exuberancia sexual. Por eso el
amor de Sada y Kichizo se va centrando cada vez más en sí mismo: las
relaciones de la pareja con el entorno se van haciendo cada vez más
escasas. Sólo se interesarán por la adoración de sus cuerpos como una
búsqueda de lo absoluto, de lo sagrado a través del erotismo ritual. Pero
esa clase de amor elegido los irá arrastrando también al sacrificio: la
trasgresión constante del interdicto sexual los llevará a la violación del
interdicto del asesinato, ambos se enaltecerán, y glorificarán su sexo con
la disolución de sus cuerpos. Kichizo dirá mientras experimenta la
cercanía de la "pequeña muerte" y de su propia destrucción: siento que
me pierdo en ti, que me inunda un gran mar de sangre.
Si el ser humano se
definió como homo faber regido por la conciencia y la razón, debió
desconocer o moderar y a veces condenar en sí mismo el exceso sexual ya
que éste se halla fuera de la razón vinculante con la noción de trabajo.
El ser voluptuoso se burla del trabajo porque prescinde de las
consecuencias: el "mundo del hampa" lo llama Bataille analizando
los trabajos de Kinsey, quien encuentra mayor desborde sexual en este
mundo marginal. En el momento del desborde sexual dilapidamos nuestras
fuerzas sin medida ni control y evoca en nosotros un verdadero desorden.
Pero, en realidad, también malgastamos nuestra energía en otras
situaciones no tan placenteras alienándolas en lo que Bataille define como
esos simulacros que se llaman los demás, Dios, el ideal (2)
y, por cierto, el trabajo.
El matrimonio, si bien
en sus comienzos tuvo el sentido de una trasgresión, entraría, hoy en día,
en el campo de lo permitido como parte del tiempo del trabajo. Es posible
que, como piensa Levy-Strauss, el matrimonio haya sido una consecuencia
del interdicto del incesto: el varón (padre-hermano) que hubiera podido
disfrutar libremente de las mujeres (hija-hermana) realizaba una donación
(7). Esa donación de las mujeres fue tal vez el sustituto del
acto sexual, convirtiéndose en un compromiso entre el respeto y la
actividad erótica, y si bien vemos que el matrimonio conserva, como
pasaje, algo de aquella trasgresión también naufraga en el universo de las
madres, de las hermanas y de las hijas, neutralizando, de alguna manera,
los posibles excesos. Ese movimiento, que el cristianismo tiñó de pureza,
que es la pureza de la madre, de la hermana, de la virgen María, pasa
lentamente a la esposa convertida en madre. Entonces se entiende la
afirmación de Bataille de que el estado matrimonial salvaguarda la
posibilidad de llevar una vida humana en el camino del respeto por los
interdictos opuestos a la libre satisfacción de nuestras necesidades
animales. "Incluso para San Pablo", cita Rabinovich, "la
sexualidad matrimonial, el matrimonio mismo, era una defensa contra el
deseo, un mal menor, en el que incurría quien no podía ser
célibe...necesario en la medida en que algunos no podían acceder a la
renuncia total al deseo sexual. El matrimonio era pues una situación
intermedia, un antídoto contra el deseo sexual". (4)
Si
concluimos con que el tiempo profano debía aceptar de entrada la
existencia del mundo del trabajo; la libre sexualidad por un lado y el
homicidio, la guerra, la muerte por el otro, constituyen en relación con
aquel tiempo serias contradicciones, y no es para asombrarse que lo sexual
haya sido reprimido y censurado de una manera casi universal y colectiva.
CONCLUSIONES: SU RELACIÓN CON
LA CLÍNICA
Sostengo que las
Terapias Sexuales se mueven en una zona que va del interdicto a la
trasgresión y no siempre se pasa con fluidez de un estado al otro: en ese
tramo que va del interdicto a su violación deberíamos estar algo
precavidos para no caer en el facilismo reduccionista de creer que los
pacientes cumplirán con alguna prescripción o tarea con sólo darles el
permiso, que muy sencillamente podrán aceptar otras pautas que den por
tierra con siglos de prohibiciones. Pienso en un cierto anclaje de lo
ancestral, lo arquetípico, lo transmitido de cultura en cultura, haciendo
sentir en algunos una peligrosa cercanía entre el placer sexual y una
cierta vivencia de muerte. Pero no digo que siempre haya que conservar
ídolos y mitos sino que no deberíamos esperar que sean tumbados con una
mera prescripción. En muchas personas se palpa ese miedo arcaico de ligar
el desenfreno sexual con el abandono de sí mismo, con la idea de muerte o
destrucción, con el sentimiento de descontrol, de locura, y por supuesto
también esa ligazón entre trabajo alienado y disminución del deseo. Hay,
por otro lado, una llamativa repetición en el relato de mujeres que
pensaban que si tenían relaciones sexuales con penetración serían
despedazadas, mutiladas o incluso asesinadas. Que si eran demasiado
fogosas o tenían orgasmos intensos caerían irremisiblemente en el
"mundo del hampa" (la prostitución) o en la locura. O en varones con
claras fantasías de castración ante la idea de la penetración vaginal
(8).
Trato de mostrar con
esto que no es solamente un aspecto individual de unos espíritus
perturbados sino que se remonta a situaciones históricas y estructurales,
que algunos pueden vencer y superar mientras otros sucumben y se someten.
A estos últimos son a los que nosotros podríamos acompañar en el camino de
su mejoría, evitando la idealización del Sexólogo que es el que sabe, el
que detenta el poder y la verdad, el que señala el camino, el que permite
las transgresiones porque él mismo las ha superado.
En cierta manera son
vanas las triviales afirmaciones de que el interdicto sexual es un simple
prejuicio del que ha llegado la hora de deshacerse como de una vieja
prenda: sería lo mismo que afirmar que deberíamos arrasar con todo y
volver a los tiempos de la animalidad, de la libre devoración y de la
indiferencia por las inmundicias (7). Y no hablo de esto dando
un juicio de valor negativo: en muchas fantasías apocalípticas -verdaderas
cosmogonías invertidas- de la ciencia-ficción, nos encontramos con estos
hechos regresivos, desbordados, canibalísticos. Tal vez sea cierto cuando
la ciencia-ficción nos dice, al igual que Bataille, que la humanidad
resulta de movimientos de horror seguidos de la fascinación que ese horror
nos provoca.
Para graficar esas
afirmaciones triviales de las que hablaba antes, voy a mencionar frases
sueltas que, debido al simplismo de creer que sólo con su permiso
estandarizado las personas se librarán de todas las prohibiciones
pretéritas, configuran verdaderos mitos antimíticos:
-
¿No entiendo
cómo, si Ud. no funciona con su esposa desde hace tanto tiempo, no se
separa?
-
¿Qué lugar le dejamos al sexo?
-
Las
prohibiciones y tabúes no cuentan: son simples prejuicios producidos por
la falta de información.
-
No debe haber
limitaciones para el sexo: todo vale.
-
Hay que poner
más pasión en nuestras vidas.
-
Si tiene mejores
relaciones sexuales será feliz.
-
El mejor afrodisíaco es el
amor.
Estas
sentencias conllevan claramente un afán voluntarista, una apelación
inefable al sentido común y a lo que se supone que "debe ser", pero no
tienen en cuenta los miedos y ansiedades, que yo relaciono con la idea de
muerte o similares: locura, castración, animalidad, abandono y perdición,
que tiene raíces muy hondas y que no son solamente producciones neuróticas
individuales, aunque también lo sean. Hay que bucear más lejos, en lo
antropológico, en los modelos culturales, en los mitos (9) (10),
en el paso de la animalidad a la cultura, en la Historia. Será una mejor
manera de entender que lo que llamamos interdictos o prohibiciones tiene
una fuerte raigambre y no es tan sencillo, aunque no imposible, de
desarmar: es preciso algo más que una mera y sentenciosa indicación;
aunque desde un supuesto saber nos creamos, tan siquiera en nuestro rol de
terapeutas curadores, casi todopoderosos.
BIBLIOGRAFÍA
1- Beauvoir, S. de : El segundo
sexo. Ediciones Siglo XX, Bs. As., 1984
2- Bataille, G: El erotismo.
Tusquets Editores, Barcelona, 1979
3- Freud, S.: Obras completas.
Ediciones Amorrortu, Bs. As., 1981
4- Rabinovich, D. S.: Modos
lógicos del amor de transferencia. Ediciones Manantial, Bs. As., 1992
5- Münzer, Th.: "Sexualidad y
trabajo", en Sexualidad y represión. Carlos Pérez Editor, Bs. As.,
1969
6- Marcuse, H.: "El envejecimiento
del psicoanálisis", en Sexualidad y represión. Carlos Pérez Editor,
Bs. As., 1969
7- Levy- Strauss, C.: Las
estructuras elementales del parentesco. Paidós, Bs. As., 1985
8- Sapetti, A.: Los varones que
saben amar. Editorial Galerna, Bs. As., 1986
9- Campbell, J.: El poder del
mito. Emecé Editores, Barcelona, 1988
10- Jung, C.G.: El hombre y sus símbolos.
Luis de Caralt Editor, Barcelona, 1984
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