Televisión
La educación en la televisión: hacia una necesaria integración

Ignacio Aguaded Gómez

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¿Porqué ven televisión los niños? - Historia de la t

Resumen
La televisión y la educación han vivido en sus últimas décadas una relación de pareja desavenida, más girada al desencuentro y la ignorancia recíproca que a la relación cordial y cooperativa. Pocas confluencias y muchas divergencias han jalonado ésta no siempre intensa relación, llena de recelos y distanciamientos.

Sin embargo, esta constatable realidad no nos impide ser firmes partidarios de la necesidad del -encuentro- entre dos mundos que tienen mucho más en común de lo que inicialmente se puede pensar. Televisión y educación viven espacios compartidos, lo quieran o no, y sus posibilidades de cooperación y enriquecimiento mutuo son tan potenciales como escasas en la realidad.

Si bien es cierto que son tradicionales las resistencias de la educación formal ante el fenómeno televisivo, considerándolo como un subproducto cultural que empaña la labor -educativa- de la escuela, no lo es menos la ignorancia y la desatención que desde el mundo televisivo se hace de la vida escolar.

Para superar esta separación, no consagrada en divorcio, hacemos una propuesta firme y decidida para que las -aulas entren en la televisión-, de la única manera que consideramos válida, esto es, en una síntesis equilibrada de dimensión formativa y lúdica, invitando a romper el triste maleficio que se ha adueñado de la televisión que asocia de forma sistemática la mala calidad con la máxima audiencia.

En este sentido, creemos que es necesario apostar por una televisión educativa de calidad que responda a unos modelos y funciones contextualizados en una educación en medios de comunicación integral y plural.

Las posibilidades didácticas de la televisión educativa y algunas propuestas para una nueva televisión educativa, en especial un área que consideramos prioritaria como la educación para el visionado de la televisión, son algunas pinceladas más que se recogen en este trabajo.

Texto

Confluencias y divergencias

Desde que los primeros televisores comenzaron a entrar en los hogares, se empieza a desarrollar una no siempre fácil relación entre la televisión y la educación, y concretamente entre este medio de comunicación y la institución escolar. La televisión va abarcando cada vez más espacios del saber y la cultura que la escuela había considerado exclusivos, barnizándolos con un tono atractivo y lúdico, ajeno en muchos casos al rigor académico y a la elite cultural de la escuela. De esta forma, ambas esferas comienzan a mantener un difícil equilibrio de relaciones que va a marcar el conocimiento y el ocio del final del siglo XX.

Entre “televisión y educación subyace una base común y muchos rasgos de semejanza, porque comparten una misma forma institucional. La televisión se ha hecho una institución social. Es por ello, aunque no lo aparente, más que una técnica, un lenguaje, un instrumento cultural que es asimilado por los ciudadanos de un modo cultural y, finalmente, una perspectiva sobre el mundo” (Pérez Tornero, 1993: pág. 10). Pero también la educación es una institución específica de transmisión del saber, aunque, como institución, no pivota sobre una tecnología concreta, sino sobre la relación que establecen profesor y alumno. En definitiva, «ambas entidades se ocupan del saber, lo manipulan, lo procesan y lo transmiten asegurando su conservación por medios muy variados». Y es precisamente esta semejanza radical que existe entre ambas instituciones la que provoca el conflicto, ya que “rivalizan” por un mismo espacio social, un mismo público y unas mismas aspiraciones de dominio cultural en la sociedad.

Televisión y educación comparten, en consecuencia, una serie de fines sociales que combinan a un mismo tiempo una relación contradictoria de alianza y enemistad. Ambas trabajan con una materia prima común: la información. Los enfoques que la modelan desde las dos esferas son bien distintos, ya que la escuela se centra más en la tradición, mientras que el medio televisivo incide más en lo actual y cercano. Esta información es a su vez procesada, almacenada y jerarquizada, siendo a su vez divulgada y controlada su difusión. En sendos casos, educación y televisión inciden en los procesos de socialización de las personas y la transmisión cultural del saber, aunque es cierto que los procedimientos empleados no son comparables, estableciéndose ámbitos muy diferenciados, no sólo en los objetivos, sino también en las estrategias.

Como diferencias más significativas que se pueden observar destaca especialmente el carácter espectacular de la televisión, centrada básicamente en el entretenimiento, mientras que la educación tiene un fin más formativo y metódico, y aunque es cierto que determinados programas televisivos aportan valores formativos, la predominancia general del medio se circunscribe a lo espectacular y lo banal. La televisión, además, incide mucho más en el mundo de lo presente y de la actualidad (al menos en el modelo que conocemos hasta ahora), mientras que la educación trabaja tradicionalmente desde una perspectiva histórica, dando prioridad a la evolución y al devenir.

También podemos observar que mientras el público de la televisión es escurridizo, manteniendo una relación con la pequeña pantalla asociada exclusivamente a un interés/placer simultáneo que se puede interrumpir abruptamente; la educación, en cambio, mantiene relaciones formales con sus clientes, más o menos obligatorias, planificadas de antemano y determinadas rigurosamente en el tiempo, estableciéndose criterios precisos para la conservación de la relación.

El lenguaje rápido, fragmentado, sincopado y poco secuencial de la televisión, contrasta con el discurso más razonado, sosegado, progresivo, analítico y conclusivo que impera en la escuela. La emoción se opone en este caso a la razón discursiva. Al mismo tiempo, el vertiginoso ritmo del medio televisivo se contrapone al pausado y lento ritmo de la educación. Por otro lado, la televisión crea constantemente en el espectador una permanente sensación de realidad, de vivencia directa de los acontecimientos; la escuela, por contra, emplea la reflexión y el distanciamiento de los acontecimientos como procedimiento para su apropiación.

Finalmente, otra diferencia clave que distancia ambos modos de difusión del saber de esta sociedad del nuevo milenio es el empleo de los canales. Mientras que la escuela privilegia, aún en demasía, el código escrito como preponderante lenguaje de transmisión, la televisión es por naturaleza un medio audiovisual que conjuga en una síntesis total las imágenes, los sonidos, las voces, las músicas, etc.

Resistencias de la educación formal ante el fenómeno televisivo

Tradicionalmente las relaciones entre la televisión y la educación no se han caracterizado de una forma global por su compenetración y complementariedad. Tanto desde un ámbito como desde otro, en raras ocasiones se han fomentado los puntos de encuentro. De hecho, desde el medio televisivo cada vez ha ido tomando más fuerza la idea de que la televisión se justifica sola y existe como máximo exponente y vehículo del espectáculo y el entretenimiento, en detrimento de sus potencialidades educativas.

En la escuela tampoco se ha favorecido un acercamiento al medio y su tratamiento en el aula. Desde la sociedad en general, y muy específicamente desde la escuela, han realizado críticas desde muy distintas ópticas. Cabero (1995: 216-217) clasifica estas recriminaciones y miradas críticas en diferentes perspectivas: socio-cultural (la incidencia de los contenidos violentos en los receptores), psicológica (las relaciones entre el consumo del medio y los bajos niveles intelectuales), el enfoque educativo (la interacción entre el visionado de programas y el escaso rendimiento escolar) y posiciones ideológicas, como los ataques, tanto de conservadores (por considerar que envilece a la “cultura” (genuina), como de progresistas (que la identifican como una herramienta del (“gran capital”). Pérez Tornero (1993: págs. 15 y ss.) señala, a su vez, algunos prejuicios que la educación ha mantenido respecto al medio televisivo, como un ámbito “entrometido” en la esfera del saber que ha arrebatado progresivamente parcelas a la propia institución escolar.

En este sentido, se han consolidado opiniones como las que consideran a la televisión un medio de diseminación de la información, que generaliza una cultura denominada por la autoconsiderada elite cultural como baja y chabacana, un saber degradado, que no requiere capacidad intelectual ni sentido crítico para su comprensión global. Por otro lado, la televisión ha privilegiado un lenguaje audiovisual que va más allá de la escritura, superando la cultura logocéntrica que desde hace siglos impera en Occidente. El mundo de la imagen, infravalorado desde el surgimiento de la imprenta, recobra con la televisión de nuevo su esplendor. Es lo que considera la elite cultural como la perversión de la cultura y la entronización del “babelismo” y el barroquismo cultural, ajeno a todo tipo de reflexión y análisis hasta ahora consideradas como las genuinas manifestaciones del saber. La televisión, dentro de esta serie de prejuicios, sólo responde como un medio de evasión de la realidad, que “vende” irrealidad y ficción, y que además se circunscribe, frente a la “cultura elevada”, en lo efímero y lo pasajero (García, 1995: 135). Como indica Pérez Tornero (1993: pág. 18), la televisión, en este sentido, “es vista por muchos como un masaje intelectual”, en referencia a la célebre frase mcluhiana de “el medio es el masaje”.

Por último, los “defensores de la «cultura” achacan a la televisión su carácter manufacturado y empaquetado, propio de una industria rutinaria, dentro del engranaje comercial y capitalista. La televisión es un sucedáneo y un sustituto que sólo puede atender a las “bajas pasiones”.

Es evidente que desde esta óptica de “cultura alta”, la televisión se considera, más que un medio, un obstáculo para el saber y en su entorno ha ido creando un estado de opinión muy asentado, especialmente en la profesión docente, de rechazo o ignorancia de este medio de comunicación por sus nefastas consecuencias para el tradicional fin educativo. Instalados, por ello, en la opinión pública, se ha creado un pensamiento latente que ha impedido que la televisión se haya considerado un medio educativo, en consonancia con sus posibilidades didácticas y su fuerte implantación y significatividad en la sociedad actual.

Sin embargo, Pérez Tornero (1993: pág. 21) subraya no sólo resistencias ideológicas, sino también motivos técnicos que han provocado la ignorancia de este medio en el ámbito educativo. Por un lado, y en consonancia con la poca relevancia que el lenguaje audiovisual tiene dentro de la escuela, todavía hoy día, la televisión no ha sido considerada ni como medio de estudio (auxiliar didáctico), ni como medio de documentación (y fuente de información), ni como objeto de estudio relevante en la sociedad actual. Además, junto a este tipo de resistencias, más o menos didácticas, es conveniente señalar también dificultades de uso de la tecnología audiovisual, bien por desconocimiento de los principios técnicos del medio o bien por la escasez de los mismos en los centros escolares.

En definitiva, la televisión hasta ahora ha sido frecuentemente minusvalorada en el ámbito educativo, y no se han explorado las múltiples conexiones de estas dos esferas del saber contemporáneo que, en sincronía, podrían conseguir una síntesis global de enorme trascendencia en la formación de las nuevas generaciones.

Aulas en la televisión

Frente a la televisión americana, en Europa los canales televisivos surgen como servicio público, y, por tanto, con una nítida vocación formadora, que se conjugará constantemente, al menos en sus orígenes, con la emisión de espacios publicitarios y comerciales, alcanzando así un difícil equilibrio, no siempre logrado, entre lo comercial propagandístico y lo cultural educativo. De hecho, el carácter educativo de la televisión ha tenido siempre que hacer frente a críticas provenientes tanto de una perspectiva sociocultural y psicológica, como desde el ámbito propiamente educativo.

Desde una vertiente sociocultural, se ha alegado de forma insistente los valores consumistas y la difusión de contenidos violentos del medio, cuestionando su valor didáctico. En el ámbito psicológico, en detrimento del valor educativo de la televisión, se ha acudido, entre otros razonamientos, a vincular la estrecha relación proporcional del uso del medio con los bajos niveles de inteligencia. Finalmente, desde una perspectiva didáctica, se ha asociado también el consumo del medio con el escaso rendimiento escolar.

A pesar de todas estas críticas, parece evidente la necesidad de considerar la dimensión didáctica de la televisión (Albero, 1987: pág. 12) precisando qué se puede entender por televisión educativa y cuál ha sido su desarrollo desde los inicios de la televisión.

3.1. La televisión educativa

A la hora de conceptualizar la televisión educativa, como tal, es posible encuadrar a los diferentes autores y sus correspondientes definiciones en función del grado de restricción con que se denomine esa modalidad televisiva. Para unos, dentro de un marco pedagógico estrecho y excesivamente “didactista”, la televisión educativa se ceñiría exclusivamente a la transmisión de saberes pedagógicos (Gay-Lord, 1972: pág. 22). Hoy, no obstante, cada vez es más frecuente tender hacia acepciones más amplias y abiertas que encuadran dentro de la televisión educativa no sólo los contenidos formales del currículum, sino también mensajes más culturales y formativos. Pérez Tornero (1993; 1994b) define la televisión educativa como aquélla “que se inscribe instrumentalmente en un proyecto de formación e instrucción”, esto es, lo que él denomina la “televisión educativo-cultural”, que está “destinada a ensanchar la oferta de televisión y a permitir su integración en las tareas de aprendizaje y de dinamización cultural”.

La clásica definición de la televisión educativa la establecía ya en 1963 Henri Dieuzeide (1963: págs. 10-11), manteniéndose ésta como referencia en la literatura científica por su clarificadora separación de las distintas modalidades en función de sus objetivos:

Televisión documental o de enriquecimiento, que sólo pretende facilitar las actividades desarrolladas en clase.

Televisión sustitutiva o paliativa, que ayuda a determinados profesores escasamente preparados en la enseñanza de determinadas materias.

Televisión de extensión o de promoción, que facilita y complementa los conocimientos a los que ya han abandonado las aulas.

Televisión de desarrollo, que sustituye a todo el sistema de enseñanza, constituyéndose en medio de alfabetización. En nuestro contexto, Martínez Sánchez (1992: págs. 77 y ss.), señala que desde una perspectiva amplia, cualquier tipo de televisión “desde un espot a un telediario, pasando por concursos y documentales, tiene una función educadora, función que está presente ya en los emisores y que se manifiesta en sus efectos”. Este autor habla de televisión para la enseñanza, distinguiendo tres tipos, a su parecer, claramente diferenciados en cuanto a sus objetivos, sus contenidos, su tratamiento y su utilización:

Televisión cultural, con un amplio contenido, dentro de la llamada por Umberto Eco, ”cultura mosaico”, que se presentan sin una planificación secuencial en el tiempo y cuyos objetivos fundamentales son la divulgación y el entretenimiento. Sus planteamientos narrativos son los propios del lenguaje televisivo, dentro de la televisión comercial, aunque acercándose al género del reportaje. Los programas de televisión cultural se justifican a sí mismos, sin tener necesidad de materiales que los complementen.

La televisión educativa, entendida ésta, en sentido estricto o bien como televisión escolar. Con respecto a la televisión cultural, la educativa es bien diferente en tres aspectos claves:

Contenidos extracurriculares con relación al sistema escolar, ya que aunque son contenidos dirigidos a la totalidad de la población receptora del medio, aportan conocimientos formativos, que son de indudable interés para el sistema escolar, pero que no están insertos en éste por problemas de tiempo, oportunidad, preparación, etc.

Objetivos pedagógicos, ya que aunque éstos no suelen ser estrictamente pedagógicos, son asimilables para el sistema escolar.

Planteamientos didácticos, puesto que la televisión educativa se “estructura según criterios propios de la didáctica”. Frente al docudrama o el reportaje, géneros propios de la televisión cultural, la televisión educativa programa conforme a criterios educativos explícitos.

Finalmente, se entiende por televisión escolar la que asume la función de sustituir al sistema escolar formal, para aquellos sujetos que, por una u otra causa, no pueden asistir a las aulas convencionales, abarcando tanto los niveles básicos del sistema educativo como incluso la propia Universidad. El aspecto clave que destaca es que aunque pueda “parecer que trata de complementar al sistema escolar, bien porque sus contenidos coinciden con los escolares, bien porque el horario de su emisión pueda inducir a esa percepción, la televisión escolar pretende conscientemente sustituir al sistema escolar”, ya que el complemento corresponde a la televisión educativa. Sus contenidos curriculares son, por ello, los propios del sistema escolar; sus objetivos pedagógicos, idénticos; y finalmente sus planteamientos didácticos, respecto a los contenidos, se reestructuran basándose en los principios de la didáctica de cada una de las materias. Clermont, Martínez y Tiene (citados por Cabero, 1995: pág. 217), por su parte, indican, que bajo la denominación genérica de televisión educativa, se incluyen tres tipos diferentes de televisión: la cultural, la educativa y la escolar, caracterizándolas de la siguiente forma:

La televisión escolar actúa conforme a los objetivos del sistema escolar, intentando utilizar el canal televisivo para transmitir el currículum ordinario, suplantando por ello la función docente y la interacción en el aula, por medio de las ondas. Sus principios básicos de funcionamiento se guían por los contenidos escolares, ofreciéndose unos mensajes audiovisuales muy sistematizados y acordes con la programación didáctica.

La televisión educativa, propiamente, abre el horizonte a la escolar, trascendiendo los espacios estrictamente escolares por otros de interés formativo y educativo, que no son ya en sentido nato contenidos curriculares. Este tipo de televisión, frente al carácter divulgativo y de entretenimiento que va a caracterizar a la televisión cultural, pretende influir en el conocimiento, las actitudes y los valores del espectador. Casado (1996: pág. 57) señala que la televisión educativa es aquélla que contribuye a la ampliación de la educación y a la formación de los espectadores, integrándolos en un sistema cultural dinámico. Albero (1987: pág. 13), por su parte, apunta como televisión didáctica a “aquélla que mantiene unos objetivos didácticos que permiten explotar al máximo las posibilidades de la televisión”.

Finalmente, se diferencia, dentro de esta clasificación, a la televisión cultural como la propuesta más genérica, ya que se inserta sin delimitación dentro de la televisión comercial y utiliza como sus géneros televisivos el reportaje y los noticiarios. Destinada al entretenimiento cultural y a la divulgación científica, la televisión cultural trasciende los contenidos escolares, ofreciendo dentro de la programación ordinaria programas de patente valor cultural. No obstante, en los últimos tiempos se han incorporado los partidarios de una televisión educativo- cultural, muy alejada de la concepción tradicional de las “videolecciones” (Gay-Lord, 1970: pág. 20). Casado (1996: pág. 58) incide en que prefiere esta acepción por las siguientes razones: porque este nombre se acomoda mejor a lo dicho hasta ahora, que es una alternativa global a la televisión y no sólo una televisión al servicio del sistema educativo; porque “educativo” suena demasiado a profesor, alumno, escuelas, institutos...; porque si bien en la cultura está incluida la educación, la palabra sola evoca a museos, pinacotecas, archivos... “demasiado polvoriento” y principalmente, porque la televisión es, sin duda, hoy el más importante medio de acceso y difusión de la cultura, tal como es entendida desde la Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales, celebrada en México en 1982: ”Cultura es el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o a un grupo social. Ello engloba además de las artes, letras y ciencias, los modos de vida, los derechos fundamentales y los sistemas de valores”. Por tanto, se trata de crear una televisión educativo cultural sobre la base al servicio de lo que cada grupo social tiene como elementos definidores de su cultura, de manera que se contribuya al desarrollo cultural y educativo de cada pueblo, base fundamental para el progreso en todos los ámbitos. Pérez Tornero defiende también, en esta misma línea, el término de televisión educativo-cultural, porque su finalidad es “contribuir a la formación del telespectador, aumentando sus capacidades críticas, su formación y, sobre todo, ensanchando su conciencia” (1994b: pág. 168). El Informe marco sobre la televisión educativa en España del Ministerio de Educación (García Matilla y otros, 1996: pág. 8), señala que en las televisiones públicas, autonómicas y estatales, de España se han desarrollado experiencias de televisión educativa en cuatro líneas más o menos diferenciadas:

Experiencias de carácter formal reglado, vinculadas al currículum académico, que dan acceso a títulos de reconocimiento oficial.

Experiencias de carácter formal no reglado, que responden a objetivos y contenidos del sistema educativo, que incluso presentan características propias de la educación formalizada, pero que no dan acceso a certificaciones de carácter académico.

Experiencias de carácter no formal o informal que, dentro de los lenguajes y formatos televisivos, infunden y difunden objetivos educativos para la adquisición de conocimientos, el cambio de actitudes, la modificación de hábitos...

Experiencias de programas educativos sin intencionalidad educativa explícita, pero que, por sus mensajes o géneros, provocan en la audiencia influencias positivas o negativas: como las teleseries, los realities shows, etc. Parece evidente que, a partir de las clasificaciones y definiciones anteriores, el concepto de televisión educativa trasciende los tópicos tradicionales que la identificaban exclusivamente con el mundo de la escuela, de los niños, con una silueta formalizada, pobre de imágenes y abstracta en contenidos; en definitiva, el uso de la pantalla electrónica para impartir conferencias curriculares, en las que el propio actor emplea para su discurso el encerado y la tiza. Frente a este modelo trasnochado, estrecho y que falsea la consolidada experiencia de muchos países, la televisión educativa incorpora cada vez más contenidos culturales, y también informativos más amplios, destinados a capas diferenciadas de la población que buscan en la televisión mensajes alejados de las informaciones sensacionalistas, el entretenimiento chabacano y los estereotipos importados ajenos a la cultura y el saber, éstos últimos no necesariamente monopolios de la escuela. En consecuencia, los terrenos específicos que abarca la televisión educativa se centran tanto en los sistemas formales de educación (todos los niveles educativos; tanto presenciales como no presenciales, desde la Educación Infantil hasta la propia Universidad, y desde la enseñanza regulada a la no reglada), y en la educación no formal (educación dentro de las instituciones, empresas, fundaciones, medios de comunicación, actividades educativas para el gran público, etc.). Otra interesante perspectiva supone diferenciar, en el ámbito de la televisión educativa, dos formatos de televisiones que son significativamente diferentes. Por un lado, la televisión educativa a la que nos hemos estado refiriendo en las líneas anteriores; y por otro lado, una acepción más amplia de televisión educativa, esto es, los programas de televisión, que en soporte vídeo y rara vez en directo, son integrados dentro de los diseños curriculares de enseñanza presencial. La televisión se transforma en un medio didáctico, que es capaz de mostrar determinados contenidos, dejando de interesar su peculiar superación de los aspectos espaciales entre profesor y alumno, y manteniendo el interés por los contenidos. La televisión educativa, en esta acepción, no la hace el emisor; la televisión la hace educativa el receptor, el usuario final, independientemente de la estructura y la intencionalidad del emisor. En definitiva, cualquier programa de televisión es un medio didáctico en manos del profesor, si éste decide integrarlo en un diseño curricular concreto, porque la televisión educativa la hace educativa el profesor, el receptor final y no la intencionalidad de los emisores. Sólo en la medida en que exista un profesor y la emplee con esa intencionalidad, la integre dentro de un diseño curricular, la televisión educativa existirá. Por ello, hay que reivindicar la necesidad de convertir en material educativo, no sólo las emisiones de televisión educativa, que hoy desgraciadamente tienen espacios reducidos e inadecuados en las programaciones de las emisoras comerciales de televisión, además de no ser los programas preferidos por los alumnos, sino que es urgente también hacer una apuesta por complementar el uso de la televisión educativa, junto al tratamiento didáctico de la televisión comercial; lo que, sin duda, determinará la necesidad de una alfabetización audiovisual y la importancia de la adquisición progresiva de una competencia comunicativa y, al tiempo, televisiva para comprender mejor los mensajes de los medios de una forma integral (Aguaded, 1998; 1999; 2000).

3.2. Modelos y funciones de la televisión educativa

Lothar Humburg, citado por Pérez Tornero (1994b: pág. 174; 1993: pág. 38), señala que se han concebido tres modelos distintos de televisión educativa. En primer lugar, cabe hablar de un “modelo de enriquecimiento”, cuya misión fundamental es su auxiliaridad a la tarea del profesor, ya que la televisión educativa lo que hace es complementar la función del profesor en el aula. En consecuencia, este modelo de televisión coincide con la que hemos clasificado como televisión escolar, puesto que su misión es ayudar a motivar a los alumnos, aprovechando su impacto. El “modelo de enseñanza directa” tiene sentido en aquellos casos en que se dificulta la enseñanza presencial, no permitiéndose la interacción docente-discente, por lo que el medio televisivo actuaría como mediador entre el alumno y los contenidos. No se trata de una televisión escolar, según este autor, sino más bien de una “televisión curricular, diseñada educativamente”.

En este sentido, la televisión no actúa en confluencia con otros medios, sino que se erige en el medio excluyente para la formación y la instrucción. En tiempos de optimismo pedagógico, se pensó que este sistema de televisión progresivamente sustituiría la función de los profesores, transformando radicalmente los contextos educativos. Hoy día este modelo de televisión educativa de enseñanza directa está en franca decadencia, en cuanto que sus resultados no se acercan ni con mucho a los esperados, y el contexto educativo se considera cada vez más esencial para el proceso didáctico, que no se reduce a simples contenidos, sino también a interacciones bidireccionales que son ignoradas por un sistema de transmisión electrónica como la emisión televisiva tradicional. Sin embargo, no hay que olvidar que esta modalidad tiene a su favor el progresivo desarrollo de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) y los nuevos canales digitales de transmisión de la información, que favorecen cada vez más la interacción y la simultaneidad de las comunicaciones, al tiempo que los contenidos difundidos por esta modalidad educativa se han ido refinando en sus presentaciones y procesos, y adaptándose cada vez más a las necesidades y los ritmos de aprendizaje de sus audiencias.

Finalmente, el “modelo de contexto” se basa esencialmente en la complementariedad de este tipo de televisión con otros agentes en el proceso formativo de las personas, cada vez más necesitadas en este complejo mundo de actividades formativas. Es, a su vez, un modelo interactivo que conecta el medio televisivo con las nuevas tecnologías y las clásicas fuentes del saber, de modo que redes telemáticas, publicaciones y libros al estilo tradicional se unen para ayudar al telespectador a desarrollar y recorrer su sistema formativo en función de sus propias exigencias y demandas, realizando su propio periplo formativo, educativo y cultural, de modo personalizado y consciente.

Como señala Perceval (1993: pág. 99), este tipo de televisión “oscila entre la educación reglada, pero sin poder atenerse a su horma y la comunicación audiovisual generalista, a la que se somete formalmente, pero liberándose de sus contenidos habituales. Ciertamente se opone un lugar con método –la escuela– y un sitio en desorden programático –la televisión–“.

Una vez establecida la conceptualización de la televisión educativa y cultural, realizadas sus clasificaciones y determinados los modelos básicos que se han ido configurando a lo largo de sus años de desarrollo, es posible determinar cuáles son las características y funciones fundamentales que ha de tener una televisión educativo- cultural. En este sentido, Casado (1996: pág. 57) señala como funciones propias de la televisión educativa; colaborar con las familias en la formación de los niños y niñas, fomentar y promover la formación de personas adultas, facilitar medios y recursos audiovisuales a los centros de educación (colaborar con el profesorado), contribuir permanentemente a la formación ciudadana en todos los aspectos, expandir y difundir ampliamente valores educativos y culturales. Además de otras funciones como; la formación profesional, apoyar al sistema educativo, estimular la creatividad cultural, facilitar la inserción laboral, etc.; es decir, cuantas funciones se crean relevantes en el terreno educativo y cultural para ser desarrolladas por un medio de comunicación tan influyente y seductor como la televisión.

Entre los aspectos más distintivos de la televisión didáctica, pueden considerarse los siguientes, según Albero (1987: pág. 16 y ss.):

La existencia de una audiencia específica, que ha de tenerse presente en cuanto a su nivel de conocimiento previo, la edad, los niveles culturales y el grado de motivación.

La concreción del contexto de utilización de los programas, ya que en la elaboración de una televisión educativa ha de partirse de la audiencia específica a la que va destinada.

Los objetivos didácticos, en la medida en que han de responder al qué, quién, cómo, cuándo y por qué se va a enseñar.

Una buena planificación y producción audiovisual, así como con unos óptimos materiales auxiliares, pues una televisión didáctica ha de responder a unas estrategias didácticas, de estímulo, repetición y recuerdo de lo aprendido. En consecuencia, la televisión educativa tiene básicamente, como función esencial, la de “contribuir a la ampliación de la educación y a la formación de los espectadores, integrándoles en un sistema cultural dinámico”. Como tareas más básicas, y dentro de las diferentes modalidades de televisión educativa, se pueden señalar, siguiendo a Pérez Tornero (1994b), las siguientes:

Colaborar con las familias en la formación de los más jóvenes.

Fomentar y promover la formación de adultos.

Facilitar medios y recursos audiovisuales a los centros de educación y enseñanza.

La formación profesional.

Contribuir permanentemente a la formación ciudadana.

Capacitar y promover la participación en el sistema social y político.

Promover el entendimiento y la comunicación entre comunidades y culturas diferentes.

Expandir y difundir ampliamente valores educativos y culturales.

Crear circuitos de información y comunicación entre educadores y padres.

Asegurar el conocimiento cuasi general de determinadas actividades.

Servir de cauce de información estable a la mayoría de las iniciativas de formación.

Aumentar la cobertura y la difusión general de la educación presencial.

Amparar la educación a distancia.

Estimular la creatividad cultural.

Potenciar la participación en actividades y consumos culturales.

3.3. Posibilidades didácticas de la televisión educativa

Parece existir una tendencia predominante en todos los países hacia un modelo de televisión educativa caracterizado por su dimensión cultural y formativa, complementaria de la programación escolar formal, pero no sujeta de forma estricta al currículum oficial y abierta a otros sectores sociales que demandan formación no ya escolar, sino de preparación para el mundo del trabajo, dentro de la denominada ”formación permanente”. Este tipo de televisión se ha ido desarrollando tanto dentro de las cadenas generalistas –normalmente aquéllas con un claro sentido de servicio público, que no necesariamente coincide con su carácter de propiedad pública–, que han dedicado parte de sus programaciones a estos espacios educativos, como en la progresiva creación de canales específicos que ha ido en aumento en la medida que se han ido generalizando los canales temáticos y la posibilidad de aumentar la oferta televisiva a través de nuevos sistemas de transmisión, como el cable, los satélites, e incluso el aumento de los canales por ondas hertzianas tradicionales.

Esta televisión educativo-cultural sigue conviviendo con la llamada televisión escolar o instructiva, vinculada al currículo oficial por su carácter reglado y formal.

Ya en la década de los ochenta, el Grupo Mixto MEC/RTVE (Aguilera y otros, 1982: págs. 87-92) establecía ya esa doble diferenciación a la hora de determinar las prioridades de un posible plan de acción para el desarrollo de la televisión educativa en España. Así, como grandes temas educativos, la televisión tendría como finalidad la concienciación del gran público en los temas educativos, la información sobre la evolución científico-tecnológica y el desarrollo del nivel cultural de la población... Y, finalmente, incluía un objetivo que tiene una especial relevancia, pues una de las metas que la televisión debería marcarse a nivel general es el “sensibilizar para una mentalización de la utilización adecuada y coherente de los medios en orden a la autoformación”, esto es, que la televisión sirviera como adecuado sistema para el conocimiento del propio medio, reto que se ha planteado como una tarea prioritaria, tal como hemos reflexionado y propuesto en otros trabajos (Aguaded, 2000; 1999; 1998; 1997).

Pero junto a estas aspiraciones generales, se establecían otras finalidades a las que debía aspirar una óptima televisión educativa, centrada especialmente –como era lógico en estos años– en el sistema escolar de la enseñanza. Así la educación preescolar, la educación de adultos, etc. Pero de una manera especial se centra en un aspecto que nosotros consideramos esencial; la formación del profesorado, entendiéndolo en un doble sentido como “asistencia al profesor en el aula’: Ofreciéndole documentos, complementándole conocimientos de las distintas áreas, favoreciendo la interconexión y globalización de las disciplinas, supliendo al profesor para audiencias especiales...; y, por otro lado, en el sentido de “formación, y actualización y perfeccionamiento del profesorado”, ya que, en consonancia con los actuales parámetros de la sociedad en que vivimos, se considera que el profesorado ha de replantearse su forma de enseñanza a partir de los medios de comunicación, que indudablemente generan una nueva dinámica de aula. Por ello, la nueva televisión educativa ha de asumir como objetivo prioritario la concienciación sobre la trascendencia de los medios en su función educadora.

En línea con lo anterior, la televisión educativa tendría que capacitar al profesorado para una mejor explotación de los medios, y ello ya fue puesto en evidencia en los años ochenta con el trabajo de la Comisión Mixta, coordinado por Aguilera y otros (1982: págs. 62-63), aún de una vigorosa actualidad. Se indica que “el hecho medial no puede considerarse como una mera ampliación de los recursos didácticos a disposición del profesorado en las tareas convencionales, ya que los mensajes de los medios engloban factores cognitivos, abstractos, auditivos, icónicos, simbólicos, actitudinales y conductuales”. Por ello, la capacitación del profesorado, dentro de una televisión educativa ideal, ha de superar miras estrechas y entender que son válidos en el aula, “no sólo los programas de los medios realizados y emitidos con fines explícitamente educativos, sino también los no específicos y generales”. Por ello, y de acuerdo con ideas que ya hemos expuesto (Aguaded, 1998; 1999), el Grupo Mixto de RTVE/MEC de la década de los ochenta ya defendía la potencialidad de la programación convencional, porque sería la que alimente la curiosidad, el ocio o el tedio de la población.

En este sentido, como líneas óptimas para una televisión educativa que tienda a la capacitación del profesorado, es preciso considerar de forma básica los siguientes puntos:

La formación específica para la adecuada interpretación de los lenguajes tecnológicos y para la explicitación y crítica de los códigos ideológicos y axiológicos subyacentes a los diversos mensajes y modelos de conducta que los medios ofrecen.

La profundización en el factor de interdisciplinariedad e interculturalidad, característico de la programación convencional de los medios y de su utilización didáctica.

El adiestramiento para la participación activa del profesor en la programación, superando la mera capacidad pasiva de lectura e interpretación.

El ejercicio, al nivel posible, de la actividad investigadora de carácter pedagógico y didáctico, acerca de las relaciones entre medios y educación, tanto dentro como fuera del aula. Al mismo tiempo, el perfeccionamiento para el uso y comprensión de los medios incluiría no sólo un aprendizaje de destrezas para una correcta utilización y manejo de los medios, sino ante todo, una mentalización sobre sus posibilidades y riesgos en el amplio marco de la comunicación interpersonal y social.

El despertar de una imaginación participativa en la elaboración de los modelos de estrategias de aprendizaje, basados en su utilización. El Informe marco del Ministerio de Educación (García Matilla y otros, 1996: 147 y ss.) establece también un cuadro de prioridades que debe contemplar la televisión educativa: Apoyo al sistema educativo en general, y a la labor docente del profesorado de los diversos niveles educativos en particular, con especial hincapié en el desarrollo de una metodología didáctica innovadora.

Desarrollo de estrategias comunicativas que modifiquen hábitos de riesgo entre la juventud.

Atención a las necesidades de desarrollo educativo y cultural de los sectores de población más necesitados.

Promoción y divulgación de manifestaciones artísticas, expresivas y comunicativas que constituyen nuestro acervo cultural.

Fomento de programas que promuevan un mayor conocimiento e interacción entre el mundo de la educación y la sociedad.

Desarrollo de procesos de formación en el lenguaje, las técnicas y las formas de aprovechamiento social, educativo y cultural de las tecnologías audiovisuales, con especial incidencia en los más modernos desarrollos de la televisión, los servicios interactivos y los multimedia.

Promoción y fomento en la sociedad de los valores presentes en la reforma del sistema educativo.

Consolidación de un modelo de educación permanente.

Al mismo tiempo, en el Informe se establecen las líneas generales que debe desarrollar la televisión educativa en sus diferentes ámbitos, tanto la educación formal reglada, no reglada y la educación no formal. En cuanto a los programas de actuación de una televisión educativa que gire en torno a las prioridades que se han marcado más arriba, es evidente que ha de atender de una manera especial al sistema educativo formal. Si bien, este marco se encuadra más bien dentro de una visión de televisión educativo-cultural –como hemos conceptualizado en páginas anteriores–, la atención a las diferentes etapas educativas es una necesidad básica. Así, en el marco del nuevo sistema educativo español, la televisión educativa ha de centrar sus espacios desde la educación infantil hasta la educación de adultos.

En educación infantil es básico que la televisión sirva de acompañamiento, guía y estímulo para el desarrollo de las primeras experiencias educativas del niño. Si desde las primeras edades se visionan altas dosis de consumo televisivo, centrado inicialmente en las imágenes, es fundamental que éstas sirvan para su desarrollo social, cognitivo, lingüístico y motor, de una forma planificada y conforme a unos objetivos marcados. En educación primaria la televisión educativa tiene también un papel esencial en esta prolongada etapa de iniciación a la cultura. Éste es el período que las estadísticas marcan como de mayor consumo, coincidente con el momento evolutivo del crecimiento; por ello, una televisión educativa ha de contrarrestar los efectos negativos de la cantidad y de la calidad de muchos de los programas de la televisión comercial dirigidos a este alumnado. La educación secundaria es un período clave en el sistema educativo. Los alumnos y alumnas viven un singular momento; el paso de la niñez a la adolescencia, con todos los descubrimientos que conlleva el camino hacia la vida adulta. Todo ello hace que la televisión educativa pueda cumplir una función principal en las distintas áreas del currículum, pero además puede y debe también atender otras temáticas más globalizadas en cuanto a los valores de la ciudadanía, el respeto a las distintas creencias, el diálogo, la tolerancia, etc. En este crucial período de formación de la personalidad, las disciplinas básicas han de estar complementadas con conocimientos más transversales que atiendan otras dimensiones esenciales en la formación de las personas. Aquí es donde tiene sentido la televisión educativa, dado que los chicos y chicas de estas edades han alcanzado ya la madurez suficiente para saber juzgar y valorar, criticar y ensalzar, descubrir los valores ocultos... Es por ello el momento de iniciarlos en el conocimiento del lenguaje de la televisión, enseñarles a ver este medio de comunicación con sus códigos y discursos propios. La televisión educativa puede asumir un crucial papel en la educación para la adquisición de la competencia televisiva; esto es, la capacitación para la comprensión y producción de mensajes televisivos de forma creativa y lúdica (Aguaded, 1999; 2000).

Durante el bachillerato, período ya postobligatorio, la televisión debe seguir profundizando en las distintas disciplinas y en los ejes transversales en la línea ya iniciada en la Secundaria, pero incidiendo en los aspectos más especializados, dada la consolidación de la madurez intelectual del alumnado. El posible ingreso en la Universidad o en el ámbito laboral han de marcar también las tendencias de este período. Al igual que en el bachillerato, en la nueva formación profesional –entendida como el eslabón previo a la iniciación en el mundo del trabajo–, la televisión educativa tiene un papel clave en el acercamiento a las posibilidades del mundo de la empresa en el desarrollo de las personas (Aguaded y Martínez-Salanova, 1998). La enseñanza de idiomas ha sido también uno de los ejes centrales de la clásica televisión educativa. Por las potencialidades que ofrece el medio para la adquisición de destrezas lingüísticas, ésta ha de potenciar este tipo de programas, incluyendo el componente lúdico y la adecuada programación didáctica, aunando a la calidad de los programas, en esa síntesis mágica que han conseguido en los últimos tiempos varias series de notable éxito de público.

Finalmente, dentro de la enseñanza reglada, la televisión educativa ha tenido y debe seguir teniendo un papel clave en la enseñanza a distancia, tanto universitaria, como no universitaria. Como hemos ido viendo en las distintas experiencias internacionales, las necesidades de apoyo y refuerzo que necesita el autoaprendizaje pueden encontrar en este medio un sistema adecuado, siempre que la planificación del mismo responda escrupulosamente a un diseño especialmente pensado para esta población específica. Por último, el Informe citado establece también como tendencias necesarias de la televisión educativa la atención a programas de educación formal no reglada, como formación de profesores, los módulos de garantía social, así como la temática de especial interés como es la formación de telespectadores críticos.

Dentro de la educación no formal, la televisión, en general, y específicamente la televisión educativa –bien como canal autónomo, bien como un espacio dentro de una emisora que tenga vocación de servicio público– tiene una misión especial en la difusión de programas educativos y culturales que fomenten la formación de todas las capas sociales.

Propuestas para una nueva televisión educativa

El Informe marco del Ministerio de Educación (García Matilla y otros, 1996: 158 y ss.) finaliza su estudio con una serie de propuestas que fundamentan un modelo de televisión educativa en España. Asumiendo la dispersión y falta de continuidad que han caracterizado en general las experiencias españolas, pues a excepción de La aventura del saber, no han existido en los canales estatales espacios propiamente educativos que se hayan consolidado en las pantallas –incluso durante la década de los ochenta, cuando la televisión educativa alcanzaba ya un fuerte auge en el mundo, en España no se contaba con ningún espacio–, es necesario tender hacia canales exclusivamente educativos, que atiendan a planes globales, estructurados por niveles, prioridades temáticas, géneros y formatos diversos y audiencias específicas. Sin embargo, este Informe reconoce cómo esta medida en el panorama de las transformaciones televisivas es ya insuficiente. Hoy constatamos que sería necesario intervenir en diferentes frentes, de manera que:

Las televisiones, con una cierta vocación de servicio público, debieran ofrecer espacios educativos. En este sentido, tanto las emisoras estatales, especialmente las públicas, como los canales autonómicos, deben contar con programaciones con una cierta entidad, cuyo fin esencial sea la difusión de programas educativos, que no estén relegados a horas de escasa audiencia y con presupuestos raquíticos. Por otro lado, un campo aún no suficientemente explorado, y que tiene desde el ámbito educativo unas amplias posibilidades de desarrollo, son las televisiones locales, que podrían complementar parte de sus horarios con programas educativos y culturales, dirigidos al mundo escolar.

Se solicita asimismo que existan canales temáticos, vía satélite o cable, no sólo educativos, sino también de documentales, históricos, de música, de idiomas, etc. La actual tendencia a la televisión temática favorece esta especialización, y por ende, estos canales que, sin ser específicamente educativos, pueden ser idóneos para la explotación didáctica.

4.1. Un área prioritaria: la educación para el visionado de la televisión

Uno de los principales ejes que debe estar presente en el nuevo desarrollo de la televisión educativa es la formación del telespectador. Cada día es más evidente que el simple consumo de televisión no garantiza la comprensión global de sus mensajes (Aguaded, 1999; 2000). Por ello, como se indica en el Informe marco del Ministerio de Educación, uno de los campos prioritarios que ha de tener la televisión educativa es la formación de los telespectadores para el conocimiento de los medios de comunicación y, muy específicamente, de la televisión. La educación en materia de comunicación, considerada en la actualidad como un tema transversal en los currículos docentes, es una de las asignaturas pendientes de la televisión. Ésta ha de verse estrechamente vinculada con una formación crítica general del individuo.

El desarrollo de programas y series televisivas contribuirá a un conocimiento sistemático de los medios, desde los más artesanales a los más modernos, tal como está previsto en los distintos niveles educativos. Como objetivo último, habrá de propiciarse una recepción más crítica y un conocimiento de los grandes grupos de comunicación, de las relaciones de poder existentes, de las mediaciones, de los lenguajes, las técnicas y las formas de expresión y de su aprovechamiento didáctico. Todo ello habrá de influir en un mejor desarrollo de los procesos de comunicación social. Uno de los objetivos de estos programas será el experimentar formas de interactividad que rompan con la actual recepción pasiva que caracteriza a las audiencias de televisión. El conocimiento del medio televisivo y de las nuevas tecnologías informáticas y telemáticas permitirá la formación de espectadores más selectivos y, por otra parte, fomentará también un mejor aprovechamiento educativo de los programas de televisión en general» (García Matilla y otros, 1996: pág. 156).

En suma, incrementar el sentido crítico de la audiencia e impartir una cultura de los medios audiovisuales que enseñe a descifrar los códigos televisivos, debe ser una de las tareas prioritarias de una televisión pública. Hay que sembrar en la audiencia la necesidad de una reflexión crítica ante el fenómeno de la televisión (Francés, 1997: págs. 113-114). Para ello es fundamental la enseñanza del uso adecuado de la televisión, esto es, la formación de un televidente crítico y activo desde la televisión.

Esta línea de la formación de telespectadores críticos, es, en definitiva, una de las vertientes con más posibilidades de desarrollo dentro de la televisión educativa y que hemos defendido en otros foros (Aguaded, 1997; 1999; 2000; 2002), dado que la adquisición de lo que llamamos «competencia televisiva» no es una responsabilidad exclusiva de la escuela y de la familia, sino también de la propia televisión, y en este sentido, la televisión educativa tiene, sin duda, el papel protagonista.

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