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Almirante, s. Parte de un buque de guerra
que se encarga de hablar, mientras el mascarón de proa se encarga de
pensar.
Altar, s. Sitio
donde antiguamente el sacerdote arrancaba, con fines adivinatorios, el
intestino de la víctima sacrificial y cocinaba su carne para los dioses.
En la actualidad, el término se usa raramente, salvo para aludir al
sacrificio de su tranquilidad y su libertad que realizan dos tontos de
sexo opuesto.
Ambición, s.
Deseo obsesivo de ser calumniado por los enemigos en vida, y
ridiculizado por los amigos después de la muerte.
Ambidextro,
adj. Capaz de robar con igual habilidad un bolsillo derecho que uno
izquierdo.
Amistad, s.
Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a
uno solo en caso de tormenta.
Amnistía, s.
Magnanimidad del Estado para con aquellos delincuentes a los que
costaría demasiado castigar.
Amor, s.
Insania temporaria curable mediante el matrimonio, o alejando al
paciente de las influencias bajo las cuales ha contraído el mal. Esta
enfermedad, como las caries y muchas otras, sólo se expande entre las
razas civilizadas que viven en condiciones artificiales; las naciones
bárbaras, que respiran el aire puro y comen alimentos sencillos, son
inmunes a su devastación. A veces es fatal, aunque más frecuentemente
para el médico que para el enfermo.
Ancianidad, s.
Epoca de la vida en que transigimos con los vicios que aún amamos,
repudiando los que ya no tenemos la audacia de practicar.
Anécdota, s.
Relato generalmente falso. La veracidad de las anécdotas que siguen, sin
embargo, no ha sido exitosamente objetada: Una noche el señor Rudolph
Block, de Nueva York, se encontró sentado en una cena junto al
distinguido crítico Percival Pollard. Señor Pollard --dijo--, mi libro
Biografía de una Vaca Muerta, se ha publicado anónimamente, pero usted
no puede ignorar quién es el autor. Sin embargo, al comentarlo, dice
usted que es la obra del Idiota del Siglo. ¿Le parece una crítica justa?
--Lo siento mucho, señor --respondió amablemente el
critico--, pero no pensé que usted deseara realmente conservar el
anonimato.
El señor W.C. Morrow, que solía vivir en San José,
California, acostumbraba escribir cuentos de fantasmas que daban al
lector la sensación de que un tropel de lagartijas, recién salidas del
hielo, le corrían por la espalda y se le escondían entre los cabellos.
En esa época, se creía que merodeaba por San José el alma en pena de un
famoso bandido llamado Vásquez, a quien ahorcaron allí. El pueblo no
estaba muy bien iluminado y de noche la gente salía lo menos posible de
su casa. Una noche particularmente oscura, dos caballeros caminaban por
el sitio más solitario dentro del ejido, hablando en voz baja para darse
coraje, cuando se tropezaron con el señor J.J. Owen, conocido
periodista:--¡ Caramba Owen! --dijo uno--. ¿Qué le trae por aquí en una
noche como ésta? ¿No me dijo que este era uno de los sitios preferidos
por el ánima de Vásquez? ¿No tiene miedo de estar afuera?
--Mi querido amigo --respondió el periodista con voz
lúgubre-- tengo miedo de estar adentro. Llevo en el bolsillo una de las
novelas de Will Morrow y no me atrevo a acercarme donde haya luz
suficiente para leerla.
El general H.H. Wolherspoon, director de la Escuela de
Guerra del Ejército, tiene como mascota un babuino, animal de
extraordinaria inteligencia aunque nada hermoso. Al volver una noche a
su casa el general descubrió con sorpresa y dolor que Adán (así se
llamaba el mono, pues el general era darwinista) lo aguardaba sentado
ostentando su mejor chaquetilla de gala.
--¡Maldito antepasado! --tronó el gran estratega--
¿Qué haces levantado después del toque de queda? ¡Y con mi uniforme!
Adán se incorporó con una mirada de reproche, se puso en cuatro patas,
atravesó el cuarto en dirección a una mesa y volvió con una tarjeta de
visita: el general Barry había estado allí y a juzgar por una botella de
champán vacía y varias colillas de cigarros, había sido amablemente
atendido mientras esperaba. El general presentó excusas a su fiel
progenitor y se fue a dormir. Al día siguiente se encontró con el
general Barry, quien le dijo:--Oye viejo, anoche al separarme de ti
olvide preguntarte por esos excelentes cigarros. ¿Dónde los consigues?
El general Wotherspoon sin dignarse responder se marchó.
--Perdona por favor --gritó Barry corriendo tras
él--Bromeaba por supuesto. Anda, si no había pasado quince minutos en tu
casa y ya me di cuenta que no eras tú.
Anormal, adj.
Que no responde a la norma. En cuestiones de pensamiento y conducta ser
independiente es ser anormal y ser anormal es ser detestado. En
consecuencia, el autor aconseja parecerse más al Hombre Medio que a uno
mismo. Quien lo consiga obtendrá la paz, la perspectiva de la muerte y
la esperanza del Infierno.
Antiamericano,
adj. Perverso, intolerable, pagano.
Antipatía, s.
Sentimiento que nos inspira el amigo de un amigo.
Año, s. Período
de trescientos sesenta y cinco desengaños.
Apelar, v. i.
En lenguaje forense, volver a poner los dados en el cubilete para un
nuevo tiro.
Apetito, s.
Instinto previsor implantado por la Providencia como solución al
problema laboral.
Aplauso, s. El
eco de una tontería. Monedas con que el populacho recompensa a quienes
lo hacen reír y lo devoran.
Apóstata, s.
Sanguijuela que tras penetrar en el caparazón de una tortuga y descubrir
que hace mucho que está muerta, juzga oportuno adherirse a una nueva
tortuga.
Arado, s.
Implemento que pide a gritos manos acostumbradas a la pluma.
Árbol, s.
Vegetal alto, creado por la naturaleza para servir de aparato punitivo,
aunque por deficiente aplicación de la justicia la mayoría de los
árboles sólo exhiben frutos despreciables, o ninguno. Cuando está
cargado de su fruta natural, el árbol es un benéfico agente de la
civilización y un importante factor de moralidad pública. En el severo
Oeste y en el sensitivo Sur de Estados Unidos, su fruta (blanca y negra
respectivamente) satisface el gusto público, aunque no se coma, y
contribuye al bienestar general, aunque no se exporte. La legítima
relación entre árbol y justicia no fue descubierta por el juez Lynch
(quien, a decir verdad, no lo consideraba preferible al farol o la viga
del puente), como lo prueba este pasaje de Morryster, quien vivió dos
siglos antes: Encontrándome en ese país, fui llevado a ver el árbol
Ghogo, del que mucho oyera hablar; pero como yo dijese que no observaba
en él nada notable, el jefe de la aldea en que crecía me respondió de
este modo:--En este momento el árbol no da fruta, pero cuando esté en
sazón, veréis colgar de sus ramas a todos los que han ofendido a Su
Majestad el Rey. Asimismo me explicaron que la palabra "Ghogo"
significaba en su lengua lo mismo que "bandido" en la nuestra. (Viaje
por Oriente.)
Ardor, s.
Cualidad que distingue al amor inexperto.
Arena, s. En
política, ratonera imaginaria donde el estadista lucha con su pasado.
Aristocracia,
s. Gobierno de los mejores. (En este sentido la palabra es obsoleta, lo
mismo que esa clase de gobierno). Gentes que usan sombreros de copa y
camisas limpias, culpables de educación y sospechosos de cuenta
bancaria.
Armadura, s.
Vestimenta que usa un hombre cuyo sastre es un herrero.
Arquitecto, s.
El que traza los planos de nuestra casa y planea el destrozo de nuestras
finanzas.
Arrepentimiento,
s. Fiel servidor y secuaz del Castigo. Suele traducirse en una actitud
de enmienda que no es incompatible con la continuidad del pecado.
Arruinar, v. t.
Destruir. Específicamente, destruir la creencia de una doncella en la
virtud de las doncellas.
Arsénico, s.
Especie de cosmético a que son afectas las mujeres y que, a su vez, las
afecta grandemente.
Arzobispo, s.
Dignatario eclesiástico un punto más santo que un obispo.
Asilo, s. Todo
lo que asegura protección a alguien en peligro: Moisés y Josué
establecieron seis ciudades de asilo --Beze, Golan, Ramoth, Kadesh,
Schekem y Hebrón-- donde el homicida involuntario podía refugiarse al
ser perseguido por los familiares de la víctima. Este 18 admirable
recurso proveía al matador de un saludable ejercicio, sin privar a los
deudos de los placeres de la caza; así, el alma del muerto era
debidamente honrada con prácticas similares a los juegos fúnebres de la
primitiva Grecia.
Asno, s.
Cantante público de buena voz y mal oído. En Virginia City, Nevada, le
llaman el Canario de Washoe; en Dakota, el Senador; y en todas partes,
el Burro. Este animal ha sido amplia y diversamente celebrado en la
literatura, el arte y la religión de todas las épocas y pueblos; nadie
inflama la imaginación humana como este noble vertebrado. En realidad,
algunos (Ramasilus, lib II, de Clem., y C. Stantatus de Temperamente)
sospechan si no es un dios; y como tal sabemos que fue adorado por los
etruscos y, si hemos de creer a Macrobius, también por los eupasios. De
los únicos dos animales admitidos en el Paraíso Mahometano junto con las
almas de los hombres, uno es la burra de Balaam, otro el perro de los
Siete Durmientes. Esta es una distinción muy grande. Con lo que se ha
escrito sobre esta bestia, podría compilarse una biblioteca de gran
esplendor y magnitud, que rivalizara con la del culto shakespeariano y
la literatura bíblica. En términos generales puede decirse que toda la
literatura es más o menos asnina.
Astucia, s.
Cualidad que distingue a un animal o persona débil de otro fuerte.
Acarrea a su poseedor gran satisfacción intelectual, y gran adversidad
material. Un proverbio italiano dice: "EI peletero consigue más pieles
de zorro que de burro".
Audacia, s. Una
de las cualidades más evidentes del hombre que no corre peligro.
Ausente, adj.
Singularmente expuesto a la mordedura de la calumnia; vilipendiado;
irremediablemente equivocado; sustituido en la consideración y el afecto
de los demás.
Ausentista,
adj. Dícese del propietario lo bastante precavido para alejarse del
territorio de sus exacciones.
Australia, s.
País situado en los Mares del Sur, cuyo desarrollo industrial y
comercial, se ha visto increíblemente demorado por una funesta disputa
entre geógrafos sobre si es un continente o una isla.
Autoestima, s.
Evaluación errónea.
Autoevidente,
s. Evidente para uno mismo y para nadie mas.
Averno, s. Lago
por el cual los antiguos entraban en las regiones infernales. El erudito
Marcus Ansello Scrutator sostiene que de ahí deriva el rito cristiano
del bautismo por inmersión. Lactancio, sin embargo, ha demostrado que
esto es un error.
Avestruz, s.
Ave de gran tamaño, a quien la naturaleza (sin duda en castigo de sus
pecados) negó ese dedo posterior en el que tantos naturalistas piadosos
han visto una prueba manifiesta de un planeamiento divino. La ausencia
de alas que funcionen no es un defecto, porque, como se ha señalado
ingeniosamente, el avestruz no vuela.
Ayer, s.
Infancia de la juventud, juventud de la madurez, el pasado entero de la
ancianidad.
B
Baal, s.
Antigua deidad muy venerada bajo distintos nombres. Como Baal era
popular entre los fenicios; como Belus o Bel tuvo el honor de ser
servido por el sacerdote Berosus, quien escribió la célebre crónica del
Diluvio; como Babel, contó con una torre parcialmente erigida a su
gloria, en la Llanura de Shinar. De Babel deriva la expresión "blablá".
Cualquiera sea el nombre con que se lo adora, Baal es el dios Sol. Como
Belzebú, es el dios de las moscas, que son engendradas por los rayos
solares en el agua estancada.
Baco, s. Cómoda
deidad inventada por los antiguos como excusa para emborracharse.
Bailar, v. i.
Saltar a compás de una música alegre, preferiblemente abrazando a la
esposa o la hija del vecino. Hay muchas clases de bailes, pero todos los
que requieren la participación de ambos sexos tienen dos cosas en común:
son notoriamente inocentes y gustan mucho a los libertinos.
Baño, s.
Especie de ceremonia mística que ha sustituido al culto religioso. Se
ignora su eficacia espiritual.
Barba, s. El
pelo que suelen cortarse los que justificadamente abominan de la absurda
costumbre china de afeitarse la cabeza.
Barómetro, s.
Ingenioso instrumento que nos indica qué clase de tiempo tenemos.
Basilisco, s.
Cocatriz. Especie de serpiente empollada en el huevo de un gallo. El
basilisco tenía un mal ojo y su mirada era letal. Muchos infieles niegan
la existencia de este ser, pero Semprello Aurator vio y tuvo en sus
manos uno que había sido cegado por un rayo por haber fatalmente
contemplado a una dama de alcurnia a quien Júpiter amaba. Más tarde Juno
devolvió la vista al reptil y lo escondió en una cueva. Nada está tan
bien atestiguado por los antiguos como la existencia del basilisco, pero
los gallos han dejado de poner.
Bastonada, s.
Arte de caminar sobre madera sin esfuerzo. (Recuérdese que bastonada es
una especie de tormento que consiste en golpear con un bastón las
plantas de los pies.)
Batalla, s.
Método de desatar con los dientes un nudo político que no pudo desatarse
con la lengua.
Bautismo, s.
Rito sagrado de tal eficacia que aquel que entra en el cielo sin haberlo
recibido, será desdichado por toda la eternidad. Se realiza con agua, de
dos modos: por inmersión o zambullida, y por aspersión o salpicadura. Si
la inmersión es mejor que la aspersión, es algo que los inmergidos y los
asperjados deben resolver consultando la Biblia y comparando sus
respectivos resfríos.
Bebé, s. Ser
deforme, sin edad, sexo ni condición definidos, notable principalmente
por la violencia de las simpatías y antipatías que provoca en los demás,
y desprovisto él mismo de sentimientos o emociones. Ha habido bebés
famosos, por ejemplo, el pequeño Moisés, cuya aventura entre los juncos
indudablemente inspiró a los hierofantes egipcios de siete siglos antes
su tonta fábula del niño Osiris, salvado de las aguas sobre una flotante
hoja de loto.
Beber, v. t. e.
i. Echar un trago, ponerse en curda, chupar, empinar el codo, mamarse,
embriagarse. El individuo que se da a la bebida es mal visto, pero las
naciones bebedoras ocupan la vanguardia de la civilización y el poder.
Enfrentados con los cristianos, que beben mucho, los abstemios
mahometanos se derrumban como el pasto frente a la guadaña. En la India
cien mil británicos comedores de carne y chupadores de brandy con soda
subyugan a doscientos cincuenta millones de abstemios vegetarianos de la
misma raza aria. ¡Y con cuánta gallardía el norteamericano bebedor de
whisky desalojó al moderado español de sus posesiones! Desde la época en
que los piratas nórdicos asolaron las costas de Europa occidental y
durmieron, borrachos, en cada puerto conquistado, ha sido lo mismo: en
todas partes las naciones que toman demasiado pelean bien, aunque no las
acompañe la justicia.
Belladona, s.
En italiano, hermosa mujer; en inglés, veneno mortal. Notable ejemplo de
la identidad esencial de ambos idiomas.
Belleza, s. Don
femenino que seduce a un amante y aterra a un marido.
Benefactor, s.
Dícese del que compra grandes cantidades de ingratitud, sin modificar la
cotización de este artículo, que sigue al alcance de todos.
Beso, s.
Palabra inventada por los poetas para que rime con "embeleso".Se supone
que designa, de un modo general, una especie de rito o ceremonia que
expresa un buen entendimiento, pero este lexicógrafo desconoce la forma
en que se realiza.
Bestia, s.
Miembro de la dinastía reinante en las letras y la vida. La tribu de los
Bestias llegó con Adán, y como era numerosa y fuerte, infestó el mundo
habitable. El secreto de su poder es su insensibilidad a los golpes;
basta hacerles cosquillas con un garrote para que se rían con una
perogrullada. Originariamente los Bestias procedían de Beocia, de donde
los desalojó el hambre, pues su estupidez esterilizó las cosechas.
Durante algunos siglos infestaron Filistea, y por eso a muchos de ellos
se les llama filisteos hasta hoy. En la época turbulenta de las Cruzadas
salieron de allí y se extendieron gradualmente por Europa, ocupando casi
todos los altos puestos de la política, el arte, la literatura, la
ciencia y la teología. Desde que un pelotón de Bestias llegó a
Norteamérica en el Mayflower, junto con los Padres Peregrinos, (o
Pilgrim Fathers fundaron la primera colonia de Nueva Inglaterra, origen
de los Estados Unidos.); su proliferación por nacimiento, inmigración y
conversión ha sido rápida y constante. Según las estadísticas más dignas
de crédito, el número de Bestias adultos en los Estados Unidos es apenas
menor de treinta millones, incluyendo a los estadísticos. El centro
intelectual de la raza está en Peoria, lllinois, pero el Bestia de Nueva
Inglaterra es el más escandalosamente moral.
Bigamia, s. Mal
gusto que la sabiduría del futuro castigará con la trigamia.
Blanco, adj.
Negro.
Boca, s. En el
hombre, puerta de entrada al alma; en la mujer, vía de salida del
corazón.
Boda, s.
Ceremonia por la que dos personas se proponen convertirse en una, una se
propone convertirse en nada, y nada se propone volverse soportable.
Bolsillo, s.
Cuna de los nativos, tumba de la conciencia. En la mujer, este órgano
falta; en consecuencia, actúa sin motivo, y su conciencia, desprovista
de sepultura, queda siempre viva, confesando los pecados de otros.
Botánica, s.
Ciencia de los vegetales, comestibles o no. Se ocupa principalmente de
las flores, que generalmente están mal diseñadas, tienen colores poco
artísticos y huelen mal.
Boticario, s.
Cómplice del médico, benefactor del sepulturero, proveedor de los
gusanos del cementerio.
Brahma, s.
Creador de los hindúes, que son preservados por Vishnu y destruidos por
Siva; división del trabajo más prolija que la que encontramos en las
divinidades de otras naciones. Los abracadabrenses, por ejemplo, son
creados por el Pecado, mantenidos por el Robo y destruidos por la
Locura. Los sacerdotes de Brahma, como los de Abracadabra, son hombres
santos y sabios, que jamás incurren en una maldad.
Bruja, s. (1)
Mujer fea y repulsiva en perversa alianza con el demonio. (2) Muchacha
joven y hermosa, en perversa alianza con el demonio.
Brujería, s.
Antiguo prototipo de la influencia política. Gozaba, sin embargo, de
menos prestigio, y a veces era castigada con la tortura y la muerte.
Augustine Nicholas cuenta que un pobre campesino acusado de brujería fue
sometido a tortura para que confesara. Tras los primeros castigos, el
pobre admitió su culpa, pero preguntó ingenuamente a sus verdugos si no
era posible ser un brujo sin saberlo.
Bruto, s. Ver
Marido.
Bueno, adj.
Sensible, señora, a los méritos de este autor. Advertido, señor, de las
ventajas de que lo dejen solo.
Bufón, s.
Antiguamente, funcionario adscripto a la corte de un rey, cuya función
consistía en divertir a los cortesanos mediante actos y palabras
ridículas, cuyo absurdo era atestiguado por sus abigarradas vestiduras.
Como el rey, en cambio, vestía con dignidad, el mundo tardó varios
siglos en descubrir que su conducta y sus decretos eran lo bastante
ridículos como para divertir no sólo a su corte sino a todo el mundo. Al
bufón se le llamaba comúnmente "tonto" ("fool"), pero los poetas y los
novelistas se han complacido siempre en representarlo como una persona
singularmente sabia e ingeniosa. En el circo actual, la melancólica
sombra del bufón de la corte deprime a los auditorios más modestos con
los mismos chistes con que en su época de esplendor ensombrecía los
marmóreos salones, ofendía el sentido del humor de los patricios y
perforaba el tanque de las lágrimas reales.
C
Caaba, s.
Piedra de gran tamaño ofrecida por el arcángel Gabriel al patriarca
Abraham, que se conserva en La Meca. Es posible que el patriarca le haya
pedido al arcángel un pedazo de pan.
Cabezas Redondas,
s. Miembros del partido parlamentario en la guerra civil inglesa,
llamados así por su costumbre de usar el cabello corto, mientras que sus
enemigos, los Caballeros, los llevaban largos. Había otras diferencias
entre ellos, pero la moda en el peinado constituía la causa fundamental
de sus reyertas. Los Caballeros eran realistas porque su rey, un
individuo indolente, prefería dejarse crecer el pelo antes que lavarse
el cuello. Los Cabezas Redondas, en su mayoría barberos y fabricantes de
jabón, consideraban eso como un insulto a su profesión; es natural que
el cuello del monarca fuese el objeto de su particular indignación. Hoy,
los descendientes de los beligerantes se peinan todos igual, pero las
brasas del odio encendido en aquel antiguo conflicto siguen ardiendo
bajo las cenizas de la cortesía británica.
Cabo, s. Hombre
que ocupa el último peldaño de la escalera militar; cuando un cabo cae
en combate, el golpe es menor.
Cagada de mosca,
s. Prototipo de la puntuación. Observa Garvinus que los sistemas de
puntuación usados por los distintos pueblos que cultivan una literatura,
dependían originalmente de los hábitos sociales y la alimentación
general de las moscas que infestaban los diversos países. Estos
animalitos, que siempre se han caracterizado por su amistosa
familiaridad con los autores, embellecen con mayor o menor generosidad,
según los hábitos corporales, los manuscritos que crecen bajo la pluma,
haciendo surgir el sentido de la obra por una especie de interpretación
superior a, e independiente de, los poderes del escritor. Los "viejos
maestros" de la literatura, --es decir los escritores primitivos cuya
obra es tan estimada por los escribas y críticos que usan luego el mismo
idioma-- jamás puntuaban, sino que escribían a vuelapluma sin esa
interrupción del pensamiento que produce la puntuación. (Lo mismo
observamos en los niños de hoy, lo que constituye una notable y hermosa
aplicación de la ley según la cual la infancia de los individuos
reproduce los métodos y estadios de desarrollo que caracterizan a la
infancia de las razas.). Los modernos investigadores, con sus
instrumentos ópticos y ensayos químicos, han descubierto que toda la
puntuación de esos antiguos escritos, ha sido insertada por la ingeniosa
y servicial colaboradora de los escritores, la mosca doméstica o "Musca
maledicta". Al transcribir esos viejos manuscritos, ya sea para
apropiarse de las obras o para preservar lo que naturalmente
consideraban como revelaciones divinas, los literatos posteriores copian
reverente y minuciosamente todas las marcas que encuentran en los
papiros y pergaminos, y de ese modo la lucidez del pensamiento y el
valor general de la obra se ven milagrosamente realzados. Los autores
contemporáneos de los copistas, por supuesto, aprovechan esas marcas
para su propia creación, y con la ayuda que les prestan las moscas de su
propia casa, a menudo rivalizan y hasta sobrepasan las viejas
composiciones, por lo menos en lo que atañe a la puntuación, que no es
una gloria desdeñable. Para comprender plenamente los importantes
servicios que la mosca presta a la literatura, basta dejar una página de
cualquier novelista popular junto a un platillo con crema y melaza, en
una habitación soleada, y observar cómo el ingenio se hace más brillante
y el estilo más refinado, en proporción directa al tiempo de exposición.
Cagatintas, s.
Funcionario útil que con frecuencia dirige un periódico. En esta función
está estrechamente ligado al chantajista por el vínculo de la ocasional
identidad; en realidad el cagatintas no es más que el chantajista bajo
otro aspecto, aunque este último aparece a menudo como una especie
independiente. El cagatintismo es más despreciable que el chantaje, así
como el estafador es más despreciable que el asaltante de caminos.
Caimán, s.
Cocodrilo de América, superior, en todo, al cocodrilo de las decadentes
monarquías del Viejo Mundo. Herodoto dice que, el Indus es, con una
excepción, el único río que produce cocodrilos; estos, sin embargo,
parecen haberse trasladado al Oeste, y haber crecido con los otros ríos.
Calamidad, s.
Recordatorio evidente e inconfundible de que las cosas de esta vida no
obedecen a nuestra voluntad. Hay dos clases de calamidades: las
desgracias propias y la buena suerte ajena.
Camello, s.
Cuadrúpedo ("Palmipes Jorobidorsus") muy apreciado en el negocio
circense. Hay dos clases de camellos: el camello propiamente dicho y el
camello impropiamente dicho. Este último es el que siempre se exhibe.
Camino, s. Faja
de tierra que permite ir de donde uno está cansado a donde es inútil ir.
Candidatear, s.
Someter a alguien al más elevado impuesto político. Proponer una persona
adecuada para que sea enlodada y abucheada por la oposición.
Candidato, s.
Caballero modesto que renuncia a la distinción de la vida privada y
busca afanosamente la honorable oscuridad de la función pública.
Cangrejo, s.
Pequeño crustáceo parecido a la langosta, aunque menos indigerible. En
este animalito está admirablemente figurada y simbolizada la sabiduría
humana; porque así como el cangrejo se mueve sólo hacia atrás, y sólo
puede tener una mirada retrospectiva, no viendo otra cosa que los
peligros ya pasados, así la sabiduría del hombre no le permite eludir
las locuras que asedian su marcha, sino únicamente aprender su
naturaleza con posterioridad.
Caníbal, s.
Gastrónomo de la vieja escuela, que conserva los gustos simples y la
dieta natural de la época preporcina.
Cáñamo, s.
Planta con cuya corteza fibrosa se hacen collares, que suelen usarse al
aire libre en una ceremonia precedida de oratoria; el que se pone uno de
esos collares, deja de tener frío.
Cañón, s.
Instrumento usado en la rectificación de las fronteras.
Capacidad, s.
Conjunto de dotes naturales que permiten realizar una pequeña parte de
las ambiciones más mezquinas que distinguen a los hombres capaces de los
muertos. En último análisis, la capacidad consiste, por lo general, en
un alto grado de solemnidad. Es posible, sin embargo, que esta notable
cualidad sea apreciada a justo título; ser solemne, no es tarea fácil.
Capital, s.
Sede del desgobierno. Lo que provee el fuego, la olla, la cena, la mesa,
el cuchillo y el tenedor al anarquista, quien sólo contribuye con la
desgracia antes de la comida.
Carcaj, s.
Vaina portátil en que el antiguo estadista y el abnegado aborigen
transportaban su argumento más liviano.
Carnada, s.
Preparado que hace más apetitoso el anzuelo. La belleza es la mejor de
las carnadas.
Carne, s.
Segunda Persona de la Trinidad secular.
Carne de gusano,
s. Producto terminado del que somos la materia prima. Contenido del Taj
Mahal, el Monumento a Napoleón y el Grantarium. La estructura que la
alberga suele sobrevivirle, aunque también ella "ha de irse con el
tiempo". Probablemente la tarea más necia que puede ocupar a un ser
humano es la construcción de su propia tumba; el propósito solemne que
lo anima en tales casos acentúa por contraste la previsible futilidad de
su empresa.
Carnívoro, adj.
Dícese del que cruelmente acostumbra devorar al tímido vegetariano, a
sus herederos y derechohabientes.
Carro fúnebre,
s. Cochecito de niños de la muerte.
Cartesiano,
adj. Relativo a Descartes, famoso filósofo, autor de la célebre
sentencia "Cogito, ergo sum", con la que pretende demostrar la realidad
de la existencia humana. Esa máxima podría ser perfeccionada en la
siguiente forma: "Cogito, cogito, ergo cogito sum" ("Pienso que pienso,
luego pienso que existo"), con lo que se estaría más cerca de la verdad
que ningún filósofo hasta ahora.
Casa, s.
Estructura hueca construida para habitación del hombre, la rata, el
escarabajo, la cucaracha, la mosca, el mosquito, la pulga, el bacilo y
el microbio. "Casa de corrección": lugar de recompensa por servicios
políticos o personales. "Casa de Dios": edificio coronado por un
campanario y una hipoteca. "Perro Guardián de la Casa": bestia
pestilente encargada de insultar a los transeúntes y aterrar a los
visitantes. "Sirvienta de la Casa": persona joven, del sexo opuesto, a
quien se emplea para que se muestre variadamente desagradable e
ingeniosamente desalineada en la situación que el bondadoso Dios le ha
dado.
Castigo, s.
Lluvia de fuego y azufre que cae sobre los justos e igualmente sobre los
injustos que no se han protegido expulsando a los primeros.
Celo, s. Cierto
desorden nervioso que afecta a los jóvenes e inexpertos. Pasión que
precede a una prosternación.
Celoso, adj.
Indebidamente preocupado por conservar lo que sólo se puede perder
cuando no vale la pena conservarlo.
Cementerio, s.
Terreno suburbano aislado donde los deudos conciertan mentiras, los
poetas escriben contra una víctima indefensa y los lapidarios apuestan
sobre la ortografía. Los siguientes epitafios demuestran el éxito
alcanzado por estos juegos olímpicos: "Sus virtudes eran tan notorias
que sus enemigos, incapaces de pasarlas por alto, las negaron, y sus
amigos, refutados por ellas en sus vidas insensatas, las arguyeron por
vicios. Esas virtudes son aquí conmemoradas por su familia, que las
compartió." "Aquí en la tierra nuestro amor prepara. Un lugarcito a la
pequeña Clara. Que todos compadezcan nuestro duelo Y el arcángel Gabriel
la lleve al cielo."
Cenobita, s.
Hombre que piadosamente se encierra para meditar en el pecado; y que
para mantenerlo fresco en la memoria, se une a una comunidad de atroces
pecadores.
Centauro, s.
Miembro de una raza de personas que existió antes que la división del
trabajo alcanzara su grado actual de diferenciación, y que obedecían la
primitiva máxima económica. "A cada hombre su propio caballo". El mejor
fue Quirón, que unía la sabiduría y las virtudes del caballo a la
rapidez del hombre.
Cerbero, s. El
perro guardián del Hades, que custodiaba su entrada, no se sabe contra
quién, puesto que todo el mundo, tarde o temprano, debía franquearla, y
nadie deseaba forzarla. Es sabido que Cerbero tuvo tres cabezas, pero
algunos poetas le atribuyeron hasta un centenar. El profesor Graybill,
cuyo erudito y profundo conocimiento del griego da a su opinión un peso
enorme, ha promediado todas esas cifras, llegando a la conclusión de que
Cerbero tuvo veintisiete cabezas; juicio que sería decisivo si el
profesor Graybill hubiera sabido: a) algo de perros y b) algo de
aritmética.
Cerdo, s. Ave
notable por la uníversalidad de su apetito, y que sirve para ilustrar la
universalidad del nuestro. Los mahometanos y judíos no favorecen al
cerdo como producto alimenticio, pero lo respetan por la delicadeza de
sus costumbres, la belleza de su plumaje y la melodía de su voz. Esta
ave es particularmente apreciada como cantante: una jaula llena, puede
hacer llorar a más de cuatro. El nombre científico de este pajarito es
Porcus Rockefelleri. El señor Rockefeller no descubrió el cerdo, pero se
lo considera suyo por derecho de semejanza.
Cerebro, s.
Aparato con que pensamos que pensamos. Lo que distingue al hombre
contento, con "ser" algo del que quiere "hacer" algo. Un hombre de mucho
dinero, o de posición prominente, tiene por 32 lo común tanto cerebro en
la cabeza que sus vecinos no pueden conservar el sombrero puesto. En
nuestra civilización y bajo nuestra forma republicana de gobierno, el
cerebro es tan apreciado que se recompensa a quien lo posee eximiéndolo
de las preocupaciones del poder.
Cerradura, s.
Divisa de la civilización y el progreso.
Cetro, s.
Bastón de mando de un rey, signo y símbolo de su autoridad.
Originariamente era una maza con que el soberano reprendía a su bufón y
vetaba las medidas ministeriales, rompiendo los huesos a sus
proponentes.
Cimitarra, s.
Espada curva de extremado filo en cuyo manejo ciertos orientales
alcanzan extraordinario virtuosismo, como ilustra el incidente que
narraremos, traducido del japonés de Shushi Itama, famoso escritor del
siglo trece: Cuando el gran GichiKuktai era Mikado, condenó a la
decapitación a Jijiji Ri, alto funcionario de la Corte. Poco después del
momento señalado para la ceremonia, ¡cuál no sería la sorpresa de Su
Majestad al ver que el hombre que debió morir diez minutos antes, se
acercaba tranquilamente al trono! --¡Mil setecientos dragones!-- exclamó
el enfurecido monarca--. ¿No te condené a presentarte en la plaza del
mercado, para que el verdugo público te cortara la cabeza a las tres? ¿Y
no son ahora las tres y diez?--Hijo de mil ilustres deidades --respondió
el ministro condenado--, todo lo que dices es tan cierto, que en
comparación la verdad es mentira. Pero los soleados y vivificantes
deseos de Vuestra Majestad han sido pestilentemente descuidados. Con
alegría corrí y coloqué mi cuerpo indigno en la plaza del mercado.
Apareció el verdugo con su desnuda cimitarra, ostentosamente la floreó
en el aire y luego, dándome un suave toquecito en el cuello, se marchó,
apedreado por la plebe, de quien siempre he sido un favorito. Vengo a
reclamar que caiga la justicia sobre su deshonorable y traicionera
cabeza. --¿A qué regimiento de verdugos pertenece ese miserable de
negras entrañas?--Al gallardo Nueve mil Ochocientos Treinta y Siete. Lo
conozco. Se llama SakkoSamshi. --Que lo traigan ante mí --dijo el Mikado
a un ayudante, y media hora después el culpable estaba en su Presencia.
--¡Oh, bastardo, hijo de un jorobado de tres patas sin pulgares! --rugió
el soberano-- ¿Por qué has dado un suave toquecito al cuello que debiste
tener el placer de cercenar? --Señor de las Cigüeñas y de los
Cerezos--respondió, inmutable, el verdugo--, ordénale que se suene las
narices con los dedos. Ordenólo el rey. Jijiji Ri sujetóse la nariz y
resopló como un elefante. Todos esperaban ver cómo la cabeza cercenada
saltaba con violencia, pero nada ocurrió. La ceremonia prosperó
pacíficamente hasta su fin. Todos los ojos se volvieron entonces al
verdugo, quien se había puesto tan blanco como las nieves que coronan el
Fujiyama. Le temblaban las piernas y respiraba con un jadeo de terror.
--¡Por mil leones de colas de bronce! --gritó-- ¡Soy un espadachín
arruinado y deshonrado! ¡Golpeé sin fuerza al villano, porque al florear
la cimitarra la hice atravesar por accidente mi propio cuello! Padre de
la Luna, renuncio a mi cargo. Dicho esto, agarró su coleta, levantó su
cabeza y avanzando hacia el trono, la depositó humildemente a los pies
del Mikado.
Cínico, s.
Miserable cuya defectuosa vista le hace ver las cosas como son y no como
debieran ser. Los escitas acostumbran arrancar los ojos a los cínicos
para mejorarles la visión.
Circo, s. Lugar
donde se permite a caballos, "ponies" y elefantes contemplar a los
hombres, mujeres y niños en el papel de tontos.
Cita, s.
Repetición errónea de palabras ajenas.
Clarinete, s.
Instrumento de tortura manejado por un ejecutor con algodón en los
oídos. Hay instrumentos peores que un clarinete: dos clarinetes.
Cleptómano, s.
Ladrón rico.
Clérigo, s.
Hombre que se encarga de administrar nuestros negocios espirituales,
como método de favorecer sus negocios temporales.
Clio, s. Una de
las Nueve Musas. La función de Clio era presidir la Historia. Lo hizo
con gran dignidad. Muchos de los ciudadanos prominentes de Atenas
ocuparon asientos en el estrado cuando hablaban los señores Jenofonte,
Herodoto y otros oradores populares.
Cobarde, adj.
Dícese del que en una emergencia peligrosa piensa con las piernas.
Cociente, s.
Número que expresa la cantidad de veces que una suma de dinero
perteneciente a una persona está contenida en el bolsillo de la otra; la
cifra exacta depende de la capacidad del bolsillo.
Col, s.
Legumbre familiar comestible, similar en tamaño e inteligencia a la
cabeza de un hombre. La col deriva su nombre del príncipe Colius, que al
subir al trono nombró por decreto un Supremo Consejo Imperial formado
por los ministros del gabinete anterior y por las coles del jardín real.
Cada vez que una medida política de Su Majestad fracasaba rotundamente,
se anunciaba con toda solemnidad que varios miembros del Supremo Consejo
habían sido decapitados, y con esto se acallaban las murmuraciones de
los súbditos.
Cola, s. Parte
del espinazo de un animal que ha trascendido sus limitaciones naturales
para llevar una existencia independiente en un mundo propio. Salvo en el
estado fetal, el hombre carece de cola, privación cuya conciencia
hereditaria se manifiesta en los faldones de la levita masculina y la
"cola" del vestido femenino, así como en una tendencia a adornar esa
parte de su vestimenta donde debería estar -- indudablemente estuvo
alguna vez-- la cola. Esta tendencia es más observable en la hembra de
la especie, en quien ese sentimiento ancestral es fuerte y persistente.
Los hombres coludos que describe Lord Monboddo son, según se cree ahora,
el producto de una imaginación extraordinariamente susceptible a
influencias generadas en la edad dorada de nuestro pasado piteco.
Comer, v. .i.
Realizar sucesivamente (y con éxito) las funciones de la masticación,
salivación y deglución.
--Me encontraba en mi salón, gozando de la
cena...--dijo un día BriSavarin, comenzando una anécdota.
--¡Qué! --interrumpió Rochebriant-- ¿Cenando en el
salón?-- Le ruego observar, señor, --explicó el gran gastrónomo--, que
yo no dije que estaba cenando, sino gozando de la cena. Había cenado una
hora antes.
Comercio, s.
Especie de transacción en que A roba a B los bienes de C, y en
compensación B sustrae del bolsillo de D dinero perteneciente a E.
Comestible,
adj. Dícese de lo que es bueno para comer, y fácil de digerir, como un
gusano para un sapo, un sapo para una víbora, una víbora para un cerdo,
un cerdo para un hombre, y un hombre para un gusano.
Complacer, v.
t. Poner los cimientos para una superestructura de imposiciones.
Cómplice, s. El
que con pleno conocimiento de causa se asocia al crimen de otro; como un
abogado que defiende a un criminal, sabiéndolo culpable. Este punto de
vista no ha merecido hasta ahora la aprobación de los abogados, porque
nadie les ofreció honorarios para que lo aprobaran.
Comprometido,
adj. Provisto de un aro en el tobillo para sujetar la cadena y los
grilletes.
Compromiso, s.
Arreglo de intereses en conflicto que da a cada adversario la
satisfacción de pensar que ha conseguido lo que no debió conseguir, y
que no le han despojado de nada salvo lo que en justicia le
correspondía.
Compulsión, s.
La elocuencia del poder.
Condolerse,
v.r. Demostrar que el luto es un mal menor que la simpatía.
Conferencista,
s. Alguien que le pone a usted la mano en su bolsillo, la lengua en su
oído, y la fe en su paciencia.
Confidente, s.
Aquél a quien A confía los secretos de B, que le fueron confiados por C.
Confort, s.
Estado de ánimo producido por la contemplación de la desgracia ajena.
Congratulaciones,
s. Cortesía de la envidia.
Congreso, s.
Grupo de hombres que se reúnen para abrogar las leyes.
Conocedor, s.
Especialista que sabe todo acerca de algo, y nada acerca de lo demás. Se
cuenta de un viejo ebrio que resultó gravemente herido en un choque de
trenes; para revivirlo, le vertieron un poco de vino sobre los labios.
"Pauillac, 1873", murmuró, y expiró.
Conocido, s.
Persona a quien conocemos lo bastante para pedirle dinero prestado, pero
no lo suficiente para prestarle. Grado de amistad que llamamos
superficial cuando su objeto es pobre y oscuro, e íntimo cuando es rico
y famoso.
Consejo, s. La
más pequeña de las monedas en curso.
Conservador,
adj. Dícese del estadista enamorado de los males existentes, por
oposición al liberal, que desea reemplazarlos por otros.
Cónsul, s. En
política americana, persona que no habiendo podido obtener un cargo
público por elección del pueblo, lo consigue del gobierno a condición de
abandonar el país.
Consultar, v.l.
Requerir la aprobación de otro para tomar una actitud ya resuelta.
Controversia,
s. Batalla en que la saliva o la tinta reemplazan al insultante cañonazo
o la desconsiderada bayoneta.
Convencido,
adj. Equivocado a voz en cuello.
Conventillo, s.
Fruto de una flor llamada Palacio.
Convento, s.
Lugar de retiro para las mujeres que desean tener tiempo libre para
meditar sobre el vicio de la pereza.
Conversación,
s. Feria donde se exhibe la mercancía mental menuda, y donde cada
exhibidor está demasiado preocupado en arreglar sus artículos como para
observar los del vecino.
Corazón, s.
Bomba muscular automática que hace circular la sangre. Figuradamente se
dice que este útil órgano es la sede de las emociones y los
sentimientos: bonita fantasía que no es más que el resabio de una
creencia antaño universal. Sabemos ahora que sentimientos y emociones
residen en el estómago y son extraídos de los alimentos mediante la
acción química del jugo gástrico. El proceso exacto que convierte el
bistec en un sentimiento (tierno o no, según la edad del animal); las
sucesivas etapas de elaboración por las que un emparedado de caviar se
transmuta en rara fantasía y reaparece convertido en punzante epigrama;
los maravillosos métodos funcionales de convertir un huevo duro en
contrición religiosa o una bomba de crema en suspiro sensible: todas
estas cosas han sido pacientemente investigadas y expuestas con
persuasiva lucidez por Monsieur Pasteur. (Ver también mi monografía
"Identidad Esencial de los Afectos Espirituales con Ciertos Gases
Intestinales Liberados en la Digestión" págs. 4 a 687). En una obra
titulada según creo Delectatio Demonorum (Londres 1873) esta teoría de
los sentimientos es ilustrada de modo sorprendente; para más información
se puede consultar el famoso tratado del profesor Dam sobre "El amor
como producto de la Maceración Alimentaria".
Coronación, s.
Ceremonia de investir a un soberano con los signos externos y visibles
de su derecho divino a ser volado hasta el cielo por una bomba.
Corrector de pruebas,
s. Malhechor que nos hace escribir tonterías. Afortunadamente el
linotipista las vuelve ininteligibles.
Corporación, s.
Ingenioso artificio para obtener ganancia individual sin responsabilidad
individual.
Corsario, s.
Político de los mares.
Costumbre, s.
Cadena de los libres.
Cremona, s.
Violín de alto precio fabricado en Connecticut.
Cristiano, s.
El que cree que el Nuevo Testamento es un libro de inspiración divina
que responde admirablemente a las necesidades espirituales de su vecino.
El que sigue las enseñanzas de Cristo en la medida que no resulten
incompatibles con una vida de pecado.
Crítico, s.
Persona que se jacta de lo difícil que es satisfacerlo, porque nadie
pretende satisfacerlo.
Cruz, s.
Antiguo símbolo religioso cuya significación se atribuye erróneamente al
más solemne acontecimiento en la historia de la Cristiandad, pero que en
realidad es anterior en milenios. Muchos la han creído idéntica a la
"crux ansata" del viejo culto fálico, pero su origen se ha rastreado
mucho más lejos, hasta los ritos de los pueblos primitivos. En nuestros
días tenemos la Cruz Blanca, símbolo de castidad y la Cruz Roja, emblema
de benévola neutralidad en tiempos de guerra.
Cuadro, s.
Representación en dos dimensiones de un aburrimiento que tiene tres.
Cuartel, s.
Edificio en que los soldados disfrutan de parte de lo que
profesionalmente despojan a otros.
¿Cui bono?
(Expresión latina). ¿De qué me serviría, "a mí"?
Cupido, s. El
llamado dios del amor. Esta creación bastarda de una bárbara fantasía
fue indudablemente infligida a la mitología para que purgara los pecados
de sus dioses. De todas las concepciones desprovistas de belleza y de
verdad, esta es la más irracional y ofensiva. La ocurrencia de
simbolizar el amor sexual mediante un bebé semiasexuado, de comparar los
dolores de la pasión con flechazos, de introducir en el arte este
homúnculo gordito para materializar el sutil espíritu y la sugestión de
una obra, todo esto es digno de una época que, después de darlo a luz,
lo abandonó en el umbral de la posteridad.
Curiosidad, s.
Reprensible cualidad de la mente femenina. El deseo de saber si una
mujer es, o no, víctima de esa maldición, es una de las pasiones más
activas e insaciables del alma masculina.
D
Datario, s.
Alto dignatario de la Iglesia Católica Romana, que tiene la importante
función de estampar sobre las bulas papales las palabras "Datum Romae".
Goza de un sueldo principesco y de la amistad de Dios.
Deber, s. Lo
que nos impulsa inflexiblemente en la dirección del lucro, por la vía
del deseo.
Deber, v. t.
Tener (y conservar) una deuda. Antiguamente la palabra no significaba
deuda sino posesión; en la mente de muchos deudores existe todavía una
gran confusión entre ambas cosas. (En inglés "to owe" (deber, adeudar) y
"to own" (poseer) se pronuncian de modo parecido).
Debilidad, s.
Facultad innata de la mujer tiránica que le permite dominar al macho de
la especie, sujetándolo a su voluntad y paralizando sus energías
rebeldes.
Decálogo, s.
Serie de diez mandamientos: número suficiente para permitir una
selección inteligente de los que se quiere observar.
Decidir, v. t.
Sucumbir a la preponderancia de un grupo de influencias sobre otro grupo
de influencias.
Defeccionar, v.
i. Cambiar bruscamente de opinión y pasarse a otro bando. La defección
más notable de que haya constancia es la de Saulo de Tarso, quien ha
sido severamente criticado como tránsfuga por algunos de nuestros
periódicos políticos.
Degenerado,
adj. Menos admirable que sus antepasados. Los contemporáneos de Homero
eran notables ejemplos de degeneración; hacían falta diez de ellos para
alzar una roca o promover un motín que cualquier héroe de la guerra
troyana habría alzado o promovido con facilidad.
Degradación, s.
Una de las etapas del progreso moral y social que lleva de la humilde
condición privada al privilegio político.
Dejeuner, s. El
desayuno de un norteamericano que ha estado en París. Hay varias
pronunciaciones.
Delegado, s.
Pariente de un funcionario. El delegado es, por lo general, un bello
joven con una corbata roja y un intrincado sistema de telarañas que
bajan de su nariz a su escritorio. Cuando el ordenanza lo golpea
accidentalmente con la escoba, despide una nube de polvo.
Deliberación,
s. Acto de examinar el propio pan para saber de qué lado tiene manteca.
Dentista, s.
Prestidigitador que nos pone una clase de metal en la boca y nos saca
otra clase de metal del bolsillo.
Dependiente,
adj. Dícese del que confía en la generosidad de otro cuando no puede
abusar de sus temores.
Derecho, s.
Autoridad legítima para ser, hacer o tener; verbigracia el tener derecho
a ser rey, hacer trampas al prójimo o tener el sarampión.
Desagravio, s.
Reparación sin satisfacción. Entre los anglosajones, el súbdito que se
creía ofendido por el rey, y demostraba la ofensa, podía azotar una
imagen de bronce del ofensor con una vara que luego era aplicada a su
espalda desnuda. Este rito era oficiado por el verdugo, lo que
garantizaba que el ofendido eligiese una vara de tamaño razonable.
Desgracia, s.
Enfermedad que se contrae al exponerse a la prosperidad de un amigo.
Desmemoria, s.
Don que otorga Dios a los deudores, para compensarlos por su falta de
conciencia.
Desobedecer, s.
Celebrar con una ceremonia apropiada la madurez de una orden.
Desobediencia,
s. Borde plateado de una nube de servidumbre.
Desposada, s.
Mujer que tiene a su espalda una brillante perspectiva de felicidad.
Desprecio, s.
Sentimiento que experimenta un hombre prudente ante un enemigo demasiado
temible para hacerle frente sin peligro.
Destino, s.
Justificación del crimen de un tirano; pretexto del fracaso de un
imbécil.
Desvencijado,
adj. Perteneciente a cierto orden arquitectónico también llamado
Americano Normal. La mayoría de los edificios públicos de los Estados
Unidos pertenecen al Orden Desvencijado. Los recientes agregados a la
Casa Blanca de Washington pertenecen a Theodórico orden eclesiástica de
los dorios... Son muy hermosos y cuestan un centenar de dólares por
ladrillo.
Detener, v. t.
Arrestar a alguien acusado de conducta insólita. "Dios hizo el mundo en
seis días y se detuvo el séptimo" (Versión No Autorizada de la Biblia)
Devoción, s.
Reverencia por el Ser Supremo basada en su presunta semejanza con el
hombre.
Deuda, s.
Ingenioso sustituto de la cadena y el látigo del negrero.
Día, s. Período
de veinticuatro horas en su mayor parte desperdiciado. Se divide en el
día propiamente dicho y la noche o día impropiamente dicho; el primero
se consagra a los pecados financieros y la segunda a los otros pecados.
Estas dos clases de actividad social se complementan.
Diafragma, s.
Tabique muscular que separa los trastornos del tórax de los trastornos
intestinales.
Diagnóstico, s.
Pronóstico de enfermedad que realiza el médico tomando el pulso y la
bolsa del paciente. ( En inglés hay un juego de palabras: "the patient's
pulse and purse")
Diamante, s.
Mineral que suele encontrarse debajo de un corset. Soluble en solicitato
de oro.
Diana, s. Señal
que se da a los soldados dormidos para que dejen de soñar con campos de
batalla, se levanten y pongan en fila las narices para ver si falta
alguna.
Diario íntimo,
s. Registro cotidiano de aquellos episodios de la vida que uno puede
contarse a si mismo sin sonrojo.
Diccionario, s.
Perverso artificio literario que paraliza el crecimiento de una lengua
además de quitarle soltura y elasticidad. El presente diccionario, sin
embargo, es una obra útil.
Dictador, s.
Mandatario de un país que prefiere la pestilencia del despotismo a la
plaga de la anarquía.
Difamar, v. t.
Atribuir maliciosamente a otro vicios que no hemos tenido la oportunidad
ni la tentación de practicar.
Difamar, v. t.
Decir mentiras sobre otro. Decir verdades sobre otro.
Digestión, s.
Conversión de vituallas en virtudes. Cuando el proceso es imperfecto,
nacen vicios en lugar de virtudes. De esta circunstancia infiere
maliciosamente el doctor Jeremiah Blenn que las damas son las que más
sufren de dispepsia.
Diluvio, s. El
primero y más notable de los experimentos de bautismo, que lavó todos
los pecados (y los pecadores) del mundo.
Dinero, s. Bien
que no nos sirve de nada hasta que nos separamos de él. Indicio de
cultura y pasaporte para una sociedad elegante. Posesión soportable.
Diplomacia, s.
Arte de mentir en nombre del país.
Discriminar, v.
t. Señalar los aspectos en que una persona o cosa es, si cabe, más
criticable que en otros.
Disculparse, v.
i. Sentar las bases para una ofensa futura.
Discusión, s.
Método de confirmar a los demás en sus errores.
Disimular, v.
t. e i. Poner camisa limpia al carácter.
Distancia, s.
Único bien que los ricos permiten conservar a los pobres.
Disuadir, v. t.
Proponer a otro un error mucho más grande que el que está por cometer.
Diversión, s.
Cualquier clase de entretenimiento cuyas incursiones se detienen, por
simple tristeza, a corta distancia de la muerte.
Dolor, s.
Estado de ánimo ingrato, que puede tener una base física, o ser
puramente mental y causado por la felicidad ajena.
Doncella, s.
Joven del sexo desagradable, de conducta imprevisible y opiniones que
incitan al crimen. El género tiene una amplia distribución geográfica:
se encuentra a la doncella dondequiera se la busque, y se la deplora
dondequiera se la encuentre. No es totalmente ingrata a la vista ni
(prescindiendo de su piano y de sus ideas) insoportable al oído, aunque
en punto a belleza es netamente inferior al arco iris, y en lo que toca
a su parte audible no admite comparación con el canario, que por
añadidura es más portátil. Dos veces, adv. Una vez de más.
Dragón, s.
Soldado que une el arrojo a la calma en proporciones tan iguales, que
avanza a pie y huye a caballo.
Dramaturgo, s.
Dícese del que adapta obras del francés.
Druidas, s.
Sacerdotes de una antigua religión céltica, que no desdeñaban la humilde
ofrenda del sacrificio humano. En la actualidad se sabe muy poco de los
druidas y de su fe. Plinio dice que su religión, originada en las Islas
Británicas, se extendió hacia el este hasta Persia. César afirma que los
que deseaban estudiar sus misterios iban a Britania. El propio César fue
a Britania, pero no parece haber obtenido una posición muy elevada en la
Iglesia Druídica, a pesar de su talento en materia de sacrificios
humanos. Los druidas practicaban sus ritos en los bosques, y no sabían
nada de hipotecas eclesiásticas, ni del sistema de abono pago a un
reclinatorio del templo. Eran, en suma, paganos e inclusive, según un
distinguido prelado de la iglesia anglicana, disidentes.
Duelo, s.
Ceremonia solemne previa a la reconciliación de dos enemigos. Para
cumplirla satisfactoriamente, hace falta gran habilidad; si se practica
con torpeza, pueden sobrevenir las más imprevistas y deplorables
consecuencias. Hace mucho tiempo, un hombre perdió la vida en un duelo.
E
Economía, s.
Compra del barril de whisky que no se necesita por el precio de la vaca
que no se tiene.
Educación, s.
Lo que revela al sabio y esconde al necio su falta de comprensión.
Ecuanimidad, s.
Disposición de soportar ofensas con humilde compostura, mientras se
madura un plan de venganza.
Efecto, s. El
segundo de dos fenómenos que ocurren siempre en el mismo orden. Se dice
que el primero, llamado Causa, genera al segundo. Sería igualmente
sensato, para quien nunca hubiera visto un perro persiguiendo un conejo,
afirmar que el conejo es la causa del perro.
Egoísta, s.
Persona de mal gusto, que se interesa más en sí mismo que en mí.
Egoísta, adj.
Sin consideración por el egoísmo de los demás.
Ejecutivo, s.
Rama del gobierno que hace cumplir los deseos del legislativo hasta que
el poder judicial los declara nulos y sin efecto. Damos a continuación
un extracto de un viejo libro titulado "El Selenita Perplejo" (Pfeiffer
& Co., Boston, 1803): Selenita.--Entonces, cuando vuestro Congreso ha
aprobado una ley, ¿va inmediatamente a la Suprema Corte para que
dictamine si es constitucional? Terráqueo.--¡Oh no! la ley no necesita
la aprobación de la Suprema Corte. A veces pasan años antes de que un
abogado la objete en nombre de su cliente. Si el presidente la aprueba,
entra en vigor en el acto.
Selenita-- Ah, el poder ejecutivo es parte del
legislativo. ¿Y la policía también debe aprobar los edictos que hace
cumplir? Terráqueo.-- Todavía no... En términos generales, sin embargo,
todas las leyes exigen la aprobación de aquellos a quienes se proponen
reprimir.
Selenita.-- Ya veo. La sentencia de muerte no es
válida hasta que no la firma el asesino.
Terráqueo.-- Amigo mío, usted exagera. No somos tan
coherentes.
Selenita-- Pero este sistema de mantener una costosa
maquinaria judicial que sólo se pronuncia sobre la validez de las leyes
mucho después de que han empezado a ejecutarse, y sólo en el caso de que
un ciudadano particular las someta a la Corte, ¿no provoca una gran
confusión? Terráqueo-- Así es, en efecto.
Selenita-- ¿Por qué entonces no hacer convalidar las
Ieyes por la Suprema Corte, antes que por el presidente? Terráqueo--
Porque ese sistema no tiene precedente.
Selenita-- ¿Qué es un precedente? Terráqueo-- Algo que
ha sido definido por trescientos juristas a razón de tres volúmenes cada
uno. ¿Cómo podríamos saberlo? Elector, s. El que goza del sagrado
privilegio de votar por un candidato que eligieron otros.
Electricidad,
s. Fuerza causante de todos los fenómenos naturales a los que no se
puede atribuir otra causa. Es la misma cosa que el rayo, y su famosa
tentativa de fulminar al doctor Franklin es uno de los más pintorescos
incidentes en la carrera de ese hombre grande y bueno. La memoria del
doctor Franklin es justamente venerada, sobre todo en Francia, donde
recientemente se exhibió una efigie de cera que lo representaba, con
esta conmovedora reseña de su vida y sus servicios a la ciencia:
Monsieur Franklin, inventor de la electricidad. Este ilustre sabio,
después de realizar varios viajes alrededor del mundo, murió en las
Islas Sandwich y fue devorado por los salvajes, sin que jamás se
recuperase de él un solo fragmento. La electricidad parece destinada a
jugar un papel importantísimo en las artes y la industria. El problema
de su aplicación económica a ciertos fines aún no está resuelto pero se
ha probado que impulsa un tranvía mejor que un pico de gas, y da más luz
que un caballo.
Elegía, s.
Composición en verso, donde sin emplear ninguno de los métodos del
humorismo, el autor intenta producir en la mente del lector la más
profunda depresión. El ejemplo inglés más célebre empieza más o menos
así: El perro anuncia el moribundo día, La grey mugiendo hacia el redil
se aleja, A casa el sabio el lento paso guía Y el mundo a mis
estupideces deja. (Parodia de la "Elegía en un Cementerio de Aldea", de
Thomas Gray, que en la traducción castellana de Miralla dice: La esquila
toca el moribundo día, la grey muriendo hacia el redil se aleja, A casa
el labrador sus pasos guía, Y el mundo a mí y a las tinieblas deja.)
Elíseo, s. País
imaginario y encantador que los antiguos neciamente creían habitado por
las almas de los buenos. Esta fábula ridícula y maliciosa fue barrida de
la superficie de la tierra por los primeros cristianos: ¡que sus almas
sean felices en el Cielo!
Elocuencia, s.
Arte oral de persuadir a los tontos de que lo blanco es blanco. Incluye
el don de hacer creer que cualquier color es blanco.
Elogio, s.
Tributo que pagamos a realizaciones que se parecen a las nuestras sin
igualarlas.
Emancipación,
s. Cambio por el que un esclavo trueca la tiranía de otro por el propio
despotismo.
Embalsamar, v.
t. Defraudar a la vegetación, aprisionando los gases de que se alimenta.
Embalsamando sus muertos y, en consecuencia, perturbando el equilibrio
natural entre vida animal y vegetal, los egipcios convirtieron un país
fértil y poblado en otro estéril e incapaz de alimentar a sus escasos
habitantes. El moderno sistema de entierro en un ataúd metálico es un
paso en la misma dirección, y más de un hombre muerto que, a estas
horas, convertido en árbol, debería estar ornando el parque del vecino,
o enriqueciendo su mesa en forma de rabanitos, se ve condenado a una
larga inutilidad. Si sobrevivimos y esperamos un poco, conseguiremos
aprovecharlo, pero entretanto la violeta y la rosa languidecen por falta
de un mordisco de su "glutoeus maximus".
Embuste, s.
Mentira que no ha cortado los dientes. La mayor aproximación a la verdad
de un mentiroso consuetudinario en el perigeo de su órbita excéntrica.
Emoción, s.
Enfermedad postrante causada por el ascenso del corazón a la cabeza. A
veces viene acompañada de una copiosa descarga de cloruro de sodio
disuelto en agua, proveniente de los ojos.
Empalamiento,
s. Enfermedad postrante causada por el ascenso del arma que permanece
fija en la herida. Esto, sin embargo es inexacto, empalar es,
propiamente, dar muerte introduciendo en el cuerpo de la víctima, que
está sentada, una estaca recta y puntiaguda. Era una forma común de
castigo en muchas naciones de la antigüedad, y sigue estando en boga en
China y otras partes de Asia. Hasta comienzos del siglo xv fue
extensamente empleada para catequizar a herejes y cismáticos. Wolecraft
la llama el "banquillo del arrepentimiento", y entre el vulgo se decía
jocosamente que el empalado "cabalgaba el caballo de una sola pata".
Ludwig Salzmann nos informa que en el Tibet el empalamiento se considera
el castigo más apropiado de los crímenes contra la religión; y aunque en
China se usa a veces para penar delitos seculares, casi siempre se
reserva para casos de sacrificio. Pero al que en la práctica sufre el
empalamiento le importa poco establecer qué clase de disidencia, civil o
religiosa, le vale semejante incomodidad; aunque indudablemente
experimentaría cierta satisfacción si pudiera contemplarse transfigurado
en gallo de veleta sobre la cúpula de la Verdadera Iglesia.
Empujón, s. Una
de las dos cosas que llevan al éxito, especialmente en política. La otra
es el tirón.
Encomio, s. Una
clase especial (aunque no particular) de mentira.
Entendimiento,
s. Secreción cerebral que permite a quien la posee distinguir una casa
de un caballo, gracias al tejado de la casa. Su naturaleza y sus leyes
han sido exhaustivamente expuestas por Locke, que cabalgó una casa, y
por Kant, que vivió en un caballo.
Entrañas, s.
Estómago, corazón, alma y otros intestinos. Muchos investigadores
eminentes no clasifican el alma como una entraña, pero el agudo y
prestigioso observador Dr. Gunsaulus está convencido de que nuestra
parte inmortal es ese misterioso órgano llamado spleen. Por lo
contrario, el profesor Garret P. Servis sostiene que el alma del hombre
es esa prolongación de la médula espinal o de su nocola; y para probar
su teoría, señala confiadamente el hecho de que los animales con cola
carecen de alma. Frente a ambas teorías, lo mejor es suspender el juicio
dando crédito a las dos.
Entusiasmo, s.
Dolencia de la juventud, curable con pequeñas dosis de arrepentimiento y
aplicaciones externas de experiencia.
Envidia, s.
Emulación adaptada a la capacidad más ruin.
Epicúreo, s.
Adversario de Epicuro, filósofo abstemio que, sosteniendo que el placer
debía ser la meta principal del hombre, no perdió el tiempo en
gratificar sus sentidos.
Epigrama, s.
Dicho breve y agudo, en prosa o en verso, que a menudo se caracteriza
por su acrimonia, y a veces, por su sabiduría. He aquí algunos de los
epigramas más notables del erudito e ingenioso doctor Jamrach Holobom:
Conocemos mejor nuestras necesidades que las ajenas.
Servirse a sí mismo, es economía administrativa.
En cada corazón humano hay un tigre, un cerdo, un
asno, y un ruiseñor.
La diversidad de los caracteres, se debe a lo desigual
de su actividad.
Existen tres sexos: los hombres, las mujeres y las
muchachas.
La belleza en las mujeres y la distinción en los
hombres se parecen en que el irreflexivo las toma por una prueba de
sinceridad.
En el amor, las mujeres se avergüenzan menos que los
hombres.
Tienen menos de qué avergonzarse.
Cuando un amigo te toma afectuosamente ambas manos,
estás a salvo; puedes vigilárselas.
Epitafio, s.
Inscripción que, en una tumba, demuestra que las virtudes adquiridas por
la muerte tienen un efecto retroactivo.
Ermitaño, s.
Persona cuyos vicios y locuras no se ejercen en sociedad.
Escarabajo, s.
Insecto sagrado de los antiguos egipcios. Presuntamente simbolizaba la
inmortalidad y el hecho de que sólo Dios supiera por qué, le daba su
peculiar santidad. Es posible que la costumbre de incubar sus huevos en
una hoja de estiércol le haya granjeado el favor del clero, y que algún
día le procure devoción similar entre nosotros. Es cierto que el
escarabajo norteamericano es un escarabajo inferior, pero el sacerdote
norteamericano también es inferior.
Escarificación,
s. Forma de penitencia practicada por los devotos medievales. El rito se
efectuaba a veces con un cuchillo, a veces con un hierro caliente, pero
(dice Arsenius Asceticus) siempre era aceptable si el penitente no se
ahorraba dolor ni mutilación inofensiva alguna. La escarificación, como
otras groseras penitencias, ha sido actualmente reemplazada por la
beneficencia. La fundación de una biblioteca o un donativo a una
universidad, infligen al penitente, según se dice, un dolor más agudo y
perdurable que el cuchillo o el hierro, y son, pues, un medio más seguro
de alcanzar la gracia. Como método penitencial, empero, tiene dos graves
inconvenientes: el bien que hace y la mácula de la justicia.
Escriba, s.
Escritor profesional de opiniones antagónicas a las nuestras.
Escrituras, s.
Los sagrados libros de nuestra santa religión, por oposición a los
escritos falsos y profanos en que se fundan todas las otras religiones.
Espalda, s.
Parte del cuerpo de un amigo que uno tiene el privilegio de contemplar
en la adversidad.
Espejo, s.
Plano vítreo sobre el que aparece un efímero espectáculo dado para
desilusión del hombre. El rey de Manchuria tenía un espejo mágico, donde
el que miraba, veía, no su imagen, sino la del rey. Cierto cortesano que
durante mucho tiempo había gozado del favor real y en consecuencia se
había enriquecido más que cualquier otro súbdito, dijo al monarca:
"Dame, te lo ruego, tu maravilloso espejo, para que cuando me encuentre
apartado de tu augusta presencia pueda, a pesar de todo, rendir homenaje
ante tu sombra visible, postrándome día y noche ante la gloria de tu
benigno semblante, cuyo divino esplendor nada supera, ¡Oh Sol Meridiano
del Universo!".Halagado por el discurso, el rey ordenó que el espejo
fuese llevado al palacio del cortesano. Pero un día en que fue a
visitarlo sin anuncio previo, encontró al espejo en un cuarto lleno de
basura, nublado por el polvo y cubierto de telarañas. Esto lo encolerizó
tanto, que golpeó el espejo con el puño, rompiendo el cristal y
lastimándose cruelmente. Más enfurecido aún con esta desgracia, ordenó
que el ingrato cortesano fuera arrojado a la cárcel, y que el espejo
fuese reparado y conducido a su propio palacio. Y así se hizo. Pero
cuando el rey volvió a mirarse en el espejo, no vio su imagen, como
antes, sino la figura de un asno coronado, con una venda sangrienta en
una de las patas: que era lo mismo que siempre habían visto los autores
del artificio, y los meros espectadores, sin atreverse a comentarlo.
Tras recibir esa lección de sabiduría y caridad, el rey puso en libertad
al cortesano, hizo instalar el espejo en el respaldo del trono y reinó
largos años con justicia y humildad. Y al morir mientras dormía sentado
en el trono, toda la corte vio en el espejo la luminosa figura de un
ángel, que sigue allí hasta hoy.
Espiar, v. i.
Escuchar secretamente un catálogo de los crímenes y vicios de otro, o de
uno mismo.
Erudición, s.
Polvillo que cae de un libro a un cráneo vacío.
Esotérico, adj.
Abstruso en forma muy particular, y consumadamente oculto. Las
filosofías antiguas eran de dos clases: "exotéricas", o sea aquellas que
los propios filósofos podían comprender en parte; y "esotéricas", o sea
las que nadie podía comprender. Estas últimas son las que han afectado
más profundamente el pensamiento moderno y las que han tenido mayor
aceptación en nuestro tiempo.
Eterno, adj.
Dícese de lo que dura para siempre. Es con mucha timidez que me atrevo a
ofrecer esa breve y elemental definición, pues no ignoro la existencia
de un enorme volumen del ex obispo de Worcester titulado "Definición
Parcial de la Palabra Eterno, Tal Como se Usa en la Versión Autorizada
de las Santas Escrituras". Este libro gozó antaño de mucho prestigio en
el seno de la Iglesia Anglicana, y creo que todavía se lo estudia con
placer para el intelecto y provecho para el alma.
Etnología, s.
Ciencia que estudia las distintas tribus del Hombre: por ejemplo,
ladrones, asaltantes, estafadores, burros, lunáticos, idiotas y
etnólogos.
Eucaristía, s.
Fiesta sagrada de la secta religiosa de los Teófagos. En esta secta
surgió una vez una infortunada disputa acerca de lo que comían. Dicha
controversia ha causado ya la muerte a quinientas mil personas, sin que
la cuestión se haya aclarado.
Evangelista, s.
Portador de buenas nuevas, particularmente (en sentido religioso) las
que garantizan nuestra salvación y la condenación del prójimo.
Excentricidad,
s. Método de distinción tan vulgar que los tontos lo usan para acentuar
su incapacidad.
Excepción, s.
Cosa que se toma la libertad de diferir de las otras cosas de su clase,
como un hombre honesto, una mujer veraz, etc. "La excepción prueba la
regla", es un dicho que está siempre en boca de los ignorantes, quienes
la transmiten como los loros de uno a otro, sin reflexionar en su
absurdo. En latín, la expresión "Exceptio probat regulam" significa que
la excepción "pone a prueba" la regla y no que la confirma. El malhechor
que vació a esta excelente sentencia de todo su sentido, substituyéndolo
por otro diametralmente opuesto, ejerció un poder maligno que parece ser
inmortal.
Exceso, s. En
moral, indulgencia que hace cumplir, mediante penas apropiadas, la ley
de la moderación.
Exceso de trabajo,
s. Peligrosa enfermedad que afecta a los altos funcionarios que quieren
ir de pesca.
Exhortar, v. t.
En materia religiosa, poner la conciencia de otro en asador y dorarla
hasta que su incomodidad se manifieste en un tono pardo de nuez.
Exiliado, s. El
que sirve a su país viviendo en el extranjero, sin ser un embajador.
Éxito, s. El
único pecado imperdonable contra nuestros semejantes.
Experiencia, s.
Sabiduría que nos permite reconocer como una vieja e indeseable amistad
a la locura que ya cometimos.
Expulsión, s.
Remedio eficaz para la enfermedad de la charlatanería. Muy usado también
en casos de extrema pobreza.
Extinción, s.
Materia prima con que la teología creó el estado futuro.
Extremidad, s.
Rama de un árbol o pierna de una mujer norteamericana.
Extremo, s. La
posición más alejada, en ambas direcciones del interlocutor.
F
Famoso, adj.
Notoriamente miserable.
Fanático, adj.
Dícese del que obstinada y ardorosamente sostiene una opinión que no es
la nuestra.
Fantasma, s.
Signo exterior e invisible de un temor inferior. Para explicar el
comportamiento inusitado de los fantasmas, Heine menciona la ingeniosa
teoría según la cual nos temen tanto como nosotros a ellos. Pero yo
diría que no tanto, a juzgar por las tablas de velocidades comparativas
que he podido compilar a partir de mi experiencia personal. Para creer
en los fantasmas, hay un obstáculo insuperable. El fantasma nunca se
presenta desnudo: aparece, ya envuelto en una sábana, ya con las ropas
que usaba en vida. Creer en ellos, pues, equivale no sólo a admitir que
los muertos se hacen visibles cuando ya no queda nada de ellos, sino que
los productos textiles gozan de la misma facultad. Suponiendo que la
tuvieran, ¿con qué fin la ejercerían? ¿por qué no se da el caso de que
un traje camine solo sin un fantasma adentro? Son preguntas
significativas, que calan hondo y se aferran convulsivamente a las
raíces mismas de este floreciente credo.
Faro, s.
Edificio elevado sobre una playa, donde el gobierno mantiene un farol y
un recomendado político.
Favor, s. Breve
prólogo a diez volúmenes de exacción.
Fe, s. Creencia
sin pruebas en lo que alguien nos dice sin fundamento sobre cosas sin
paralelo.
Fealdad, s. Don
de los dioses a ciertas mujeres que pueden ser virtuosas sin ser
humildes.
Felicidad, s.
Sensación agradable que nace de contemplar la miseria ajena.
Felón, s.
Persona de más empuje que discreción, que al aprovechar una oportunidad
ha elegido mal sus cómplices.
Ferrocarril, s.
El principal entre los medios mecánicos que nos permiten alejarnos de
donde estamos hacia donde no estaremos mejor.. El optimista lo prefiere
por su rapidez.
Fiador, s.
Tonto que poseyendo bienes propios se hace responsable de los que otro
confía a un tercero. Felipe de Orleans, queriendo designar para un alto
cargo a uno de sus favoritos --un noble disoluto--, le preguntó qué
garantía podía ofrecer. "No necesito fiador" --repuso el noble-- "puesto
que puedo daros mi palabra de honor". Divertido, preguntó el Regente:
"eso, ¿cuánto vale?" Repuso el noble: "Señor, vale su peso en oro".
Fidelidad, s.
Virtud que caracteriza a los que están por ser traicionados.
Fiesta, s.
Celebración religiosa generalmente caracterizada por la glotonería y la
ebriedad, que suele realizarse para honrar a alguien que se distinguió
por ser un santo y un abstemio. En la liturgia católica hay fiestas
móviles y fijas, pero los celebrantes se quedan invariablemente fijos a
la mesa, hasta que se han saciado. En su estadio primitivo, estos
entretenimientos asumían la forma de festividades en honor de los
muertos; fueron celebradas por los griegos con el nombre de "Nemesia", y
también por los aztecas y los incas, y en tiempos modernos son populares
entre los chinos; aunque se cree que los muertos de la antigüedad, como
los de hoy, comían poco. Entre las numerosas fiestas de los romanos, se
encontraban las "Novemdiale", que según Tito Livio, se celebraban cada
vez que llovían piedras del cielo.
Filántropo, s.
Anciano caballero, rico y generalmente calvo, que ha aprendido a sonreír
mientras su conciencia le roba los bolsillos.
Filibustero, s.
Pirata de poco bordo, cuyas anexiones, carecen del mérito santificante
de la magnitud.
Filisteo, s.
Aquel cuya mente es producto de su medio, y cuyos pensamientos y
sentimientos están dictados por la moda. A veces es culto, a menudo
próspero, generalmente limpio y siempre solemne.
Filosofía, s.
Camino de muchos ramales que conduce de ninguna parte a la nada.
Finanzas, s.
Arte o ciencia de administrar ingresos y recursos para la mayor
conveniencia del administrador.
Fisonomía, s.
Arte de determinar el carácter de otro por las semejanzas y diferencias
entre su rostro y el nuestro, que es el criterio de la excelencia.
Folletín, s.
Obra literaria, generalmente una historia que no es verdadera y que se
prolonga insidiosamente en varios números de un periódico o una revista.
Cada entrega suele venir precedida de un "resumen de lo publicado", para
los que no la han leído, pero sería más necesario un "resumen de lo que
sigue", para los que no piensan leerlo. Lo mejor sería un resumen de
todo. El difunto James F. Brown estaba componiendo un boletín para un
semanario en colaboración con un genio cuyo nombre no ha llegado a
nosotros. Trabajaban, no conjunta sino alternativamente: una semana
Brown escribía un capítulo, a la semana siguiente escribía su amigo, y
de este modo pensaban seguir hasta el fin de los tiempos.
Infortunadamente se enemistaron, y un lunes por la mañana, cuando Brown
leyó el periódico para poder continuar la historia, descubrió que esta
había sido interrumpida de un modo calculado para sorprenderlo y
herirlo. Su colaborador había embarcado a todos los personajes del
relato en un buque y los había hundido en lo más profundo del Atlántico.
Folklore, s.
Sabiduría popular que abarca mitos y supersticiones. En la obra de
Baring Gould, Curiosos Mitos de la Edad Media, el lector encontrará el
camino recorrido por muchos de ellos, a través de diversos pueblos y en
líneas convergentes hacia un común origen en la remota antigüedad. Uno
de los más generales y antiguos de esos mitos es el de "Alí Babá y los
Cuarenta Rockefellers".
Fonógrafo, s.
Juguete irritante que devuelve la vida a ruidos muertos. Forma pauperis,
(expresión latina). "En carácter de pobre", forma de presentación ante
un juez que permite a éste fallar sin remordimiento contra quien carece
de dinero para pagar un abogado.
Fotografía, s.
Cuadro pintado por el sol sin previo aprendizaje del arte. Es algo mejor
que el trabajo de un apache, pero no tan bueno como el de un indio "cheyenne".
Frenología, s.
Ciencia de alivianar el bolsillo a través del cráneo. Consiste en
localizar y explotar el órgano con que uno es un tonto.
Frontera, s. En
Geografía política, línea imaginaria entre dos naciones que separa los
derechos imaginarios de una, de los derechos imaginarios de la otra.
Funeral, s.
Ceremonia mediante la que demostramos nuestro respeto por los muertos
enriqueciendo al sepulturero, y refirmamos nuestra congoja mediante
gastos que ahondan nuestros gemidos y duplican nuestras lágrimas.
Futuro, s.
Época en que nuestros asuntos prosperan, nuestros amigos son leales y
nuestra felicidad está asegurada.
A/F -
G/O - P/Z |