Únicamente la palabra libertad tiene
el poder de exaltarme. Me parece justo y bueno mantener
indefinidamente este viejo fanatismo humano. Sin duda alguna, se
basa en mi única aspiración legítima. Pese a tantas y tantas
desgracias como hemos heredado, es preciso reconocer que se nos ha
legado una libertad espiritual suma. A nosotros corresponde
utilizarla sabiamente. Reducir la imaginación a la esclavitud,
cuando a pesar de todo quedará esclavizada en virtud de aquello que
con grosero criterio se denomina felicidad, es despojar a cuanto uno
encuentra en lo más hondo de sí mismo del derecho a la suprema
justicia. Tan sólo la imaginación me permite llegar a saber lo
que puede llegar a ser, y esto basta para mitigar un poco su
terrible condena; y esto basta también para que me abandone a ella,
sin miedo al engaño (como si pudiéramos engañarnos todavía más).
¿En qué punto comienza la imaginación a ser perniciosa y en qué
punto deja de existir la seguridad del espíritu? ¿Para el espíritu,
acaso la posibilidad de errar no es sino una contingencia del bien?
Queda la locura, la locura que solemos recluir, como muy bien
se ha dicho. Esta locura o la otra... Todos sabemos que los locos
son internados en méritos de un reducido número de actos
reprobables, y que, en la ausencia de estos actos, su libertad (y la
parte visible de su libertad) no sería puesta en tela de juicio.
Estoy plenamente dispuesto a reconocer que los locos son, en cierta
medida, víctimas de su imaginación, en el sentido que ésta le induce
quebrantar ciertas reglas, reglas cuya trasgresión define la
calidad de loco, lo cual todo ser humano ha de procurar saber por su
propio bien. Sin embargo, la profunda indiferencia de los locos dan
muestra con respecto a la crítica de que les hacemos objeto, por no
hablar ya de las diversas correcciones que les infligimos, permite
suponer que su imaginación les proporciona grandes consuelos, que
gozan de su delirio lo suficiente para soportar que tan sólo tenga
validez para ellos. Y, en realidad, las alucinaciones, las visiones,
etcétera, no son una fuente de placer despreciable. La sensualidad
más culta goza con ella, y me consta que muchas noches acariciaría
con gusto aquella linda mano que, en las últimas páginas de
L’Intelligence, de Taine, se entrega a tan curiosas fechorías.
Me pasaría la vida entera dedicado a provocar las confidencias de
los locos. Son como la gente de escrupulosa honradez, cuya inocencia
tan sólo se pude comparar a la mía. Para poder descubrir
América, Colón tuvo que iniciar el viaje en compañía de locos. Y
ahora podéis ver que aquella locura dio frutos reales y duraderos.
No será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar la bandera
de la imaginación.
Después de haber instruido proceso a la actitud materialista, es
imperativo instruir proceso a la actitud realista. Aquélla, más
poética que ésta, desde luego, presupone en el hombre un orgullo
monstruoso, pero no comporta una nueva y más completa frustración.
Es conveniente ver ante todo en dicha escuela bienhechora reacción
contra ciertas risibles tendencias del espiritualismo. Y, por fin,
la actitud materialista no es incompatible con cierta elevación
intelectual.
Contrariamente, la actitud realista, inspirada en el positivismo,
desde Santo Tomás a Anatole France, me parece hostil a todo género
de elevación intelectual y moral. Le tengo horror por
considerarla resultado de la mediocridad, del odio, y de vacíos
sentimientos de suficiencia. Esta actitud es la que ha engendrado en
nuestros días esos libros ridículos y esas obras teatrales
insultantes. Se alimenta incesantemente de las noticias
periodísticas, y traiciona a la ciencia y al arte, al buscar halagar
al público en sus gustos más rastreros; su claridad roza la
estulticia, y está a altura perruna. Esta actitud llega a perjudicar
la actividad de las mejores inteligencias, ya que la ley del mínimo
esfuerzo termina por imponerse a éstas, al igual que a las demás.
Una consecuencia agradable de dicho estado de cosas estriba, en el
terreno de la literatura, en la abundancia de novelas. Todos ponen a
contribución sus pequeñas dotes de «observación». A fin de
proceder a aislar los elementos esenciales, M. Paul Valéry propuso
recientemente la formación de una antología en la que se reuniera el
mayor número posible de novelas primerizas cuya insensatez esperaba
alcanzase altas cimas. En esta antología también figurarían
obras de los autores más famosos. Esta es una idea que honra a Paul
Valéry, quien no hace mucho me aseguraba, en ocasión de hablarme del
género novelístico que siempre se negaría a escribir la siguiente
frase: la marquesa salió a las cinco. Pero, ¿ha cumplido la palabra
dada?
Si reconocemos que el estilo pura y simplemente informativo, del que
la frase antes citada constituye un ejemplo, es casi exclusivo
patrimonio de la novela, será preciso reconocer también que sus
autores no son excesivamente ambiciosos. El carácter
circunstanciado, inútilmente particularista de cada una de sus
observaciones me induce a sospechar que tan sólo pretenden
divertirse a mis expensas. No me permiten tener siquiera la menor
duda acerca de los personajes: ¿será este personaje rubio o moreno?
¿Cómo se llamará? ¿Le conoceremos en verano...? Todas estas
interrogantes quedan resueltas de una vez para siempre, a la buena
de Dios; no me queda más libertad que la de cerrar el libro, de lo
cual no suelo privarme tan pronto llego a la primera página de la
obra, más o menos. ¡Y las descripciones! En cuanto a vaciedad, nada
hay que se les pueda comparar; no son más que superposiciones de
imágenes de catálogo, de las que el autor se sirve sin limitación
alguna, y aprovecha la ocasión para poner bajo mi vista sus tarjetas
postales, buscando que juntamente con él fije mi atención en los
lugares comunes que me ofrece:
La pequeña estancia a la que hicieron pasar al joven tenía las
paredes cubiertas de papel amarillo; en las ventanas había geranios
y estaban cubiertas con cortinillas de muselina, el sol poniente lo
iluminaba todo con su luz cruda. En la habitación no había nada
digno de ser destacado. Los muebles de madera blanca eran muy
viejos. Un diván de alto respaldo inclinado, ante el diván una mesa
de tablero ovalado, un lavabo y un espejo adosados a un entrepaño,
unas cuantas sillas arrimadas a las paredes, dos o tres grabados sin
valor que representaban a unas señoritas alemanas con pájaros en las
manos... A eso se reducía el mobiliario.(1)
No estoy dispuesto a admitir que la inteligencia se ocupe,
siquiera de paso, de semejantes temas. Habrá quien diga que esta
parvularia descripción está en el lugar que le corresponde, y que en
este punto de la obra el autor tenía sus razones para atormentarme.
Pero no por eso dejó de perder el tiempo, porque yo en ningún
momento he penetrado en tal estancia. La pereza, la fatiga de los
demás no me atraen. Creo que la continuidad de la vida ofrece
altibajos demasiado contrastados para que mis minutos de depresión y
de debilidad tengan el mismo valor que mis mejores minutos. Quiero
que la gente se calle tan pronto deje de sentir. Y quede bien claro
que no ataco la falta de originalidad por la falta de originalidad.
Me he limitado a decir que no dejo constancia de los momentos nulos
de mi vida, y que me parece indigno que haya hombres que expresen
los momentos que a su juicio son nulos. Permitidme que me salte la
descripción arriba reproducida, así como muchas otras.
Y ahora llegamos a la psicología, tema sobre el que no tendré el
menor empacho en bromear un poco.
El autor coge un personaje, y, tras haberlo descrito, hace
peregrinar a su héroe a lo largo y ancho del mundo. Pase lo que
pase, dicho héroe, cuyas acciones y reacciones han sido
admirablemente previstas, no debe comportarse de un modo que
discrepe, pese a revestir apariencias de discrepancia, de los
cálculos de que ha sido objeto. Aunque el oleaje de la vida cause la
impresión de elevar al personaje, de revolcarlo, de hundirlo, el
personaje siempre será aquel tipo humano previamente formado.
Se trata de una simple partida de ajedrez que no despierta mi
interés, porque el hombre, sea quien sea, me resulta un adversario
de escaso valor. Lo que no puedo soportar son esas lamentables
disquisiciones referentes a tal o mal jugada, cuando ello no
comporta ganar ni perder. Y si el viaje no merece las alforjas, si
la razón objetiva deja en el más terrible abandono -y esto es lo que
ocurre- a quien la llama en su ayuda, ¿no será mejor prescindir de
tales disquisiciones? «La diversidad es tan amplia que en ella caben
todos los tonos de voz, todos los modos de andar, de toser, de
sonarse, de estornudar...»(2) Si un racimo de uvas no contiene dos
granos semejantes, ¿a santo de qué describir un grano en
representación de otro, un grano en representación de todos, un
grano que, en virtud de mi arte, resulte comestible? La insoportable
manía de equiparar lo desconocido a lo conocido, a lo clasificable,
domina los cerebros. El deseo de análisis impera sobre los
sentimientos(3). De ahí nacen largas exposiciones cuya fuerza
persuasiva radica tan sólo en su propio absurdo, y que tan sólo
logran imponerse al lector, mediante el recurso a un vocabulario
abstracto, bastante vago, ciertamente. Si con ello resultara que las
ideas generales que la filosofía se ha ocupado de estudiar, hasta el
presente momento, penetrasen definitivamente en un ámbito más
amplio, yo sería el primero en alegrarme. Pero no es así, y todo
queda reducido a un simple discreteo; por el momento, los rasgos de
ingenio y otras galanas habilidades, en vez de dedicarse a juegos
inocuos consigo mismas, ocultan a nuestra visión, en la mayoría de
los casos, el verdadero pensamiento que, a su vez, se busca a sí
mismo. Creo que todo acto lleva en sí su propia justificación, por
lo menos en cuanto respecta a quien ha sido capaz de ejecutarlo;
creo que todo acto está dotado de un poder de irradiación de luz al
que cualquier glosa, por ligera que sea, siempre debilitará. El solo
hecho de que un acto sea glosado determina que, en cierto modo, este
acto deje de producirse. El adorno del comentario ningún
beneficio produce al acto. Los personajes de Stendhal quedan
aplastados por las apreciaciones del autor, apreciaciones más o
menos acertadas pero que en nada contribuyen a la mayor gloria de
los personajes, a quienes verdaderamente descubrimos en el instante
en que escapan del poder de Stendhal.
Todavía vivimos bajo el imperio de la lógica, y precisamente a
eso quería llegar. Sin embargo, en nuestros días, los procedimientos
lógicos tan sólo se aplican a la resolución de problemas de interés
secundario. La parte de racionalismo absoluto que todavía
solamente puede aplicarse a hechos estrechamente ligados a nuestra
experiencia. Contrariamente, las finalidades de orden puramente
lógico quedan fuera de su alcance. Huelga decir que la propia
experiencia se ha visto sometida a ciertas limitaciones. La
experiencia está confinada en una jaula, en cuyo interior da vueltas
y vueltas sobre sí misma, y de la que cada vez es más difícil
hacerla salir. La lógica también, se basa en la utilidad inmediata,
y queda protegida por el sentido común. So pretexto de civilización,
con la excusa del progreso, se ha llegado a desterrar del reino del
espíritu cuanto pueda clasificarse, con razón o sin ella, de
superstición o quimera; se ha llegado a proscribir todos aquellos
modos de investigación que no se conformen con los imperantes. Al
parecer, tan sólo al azar se debe que recientemente se haya
descubierto una parte del mundo intelectual, que, a mi juicio, es,
con mucho, la más importante y que se pretendía relegar al olvido. A
este respecto, debemos reconocer que los descubrimientos de
Sigmund Freud
han sido de decisiva importancia. Con base en dichos
descubrimientos, comienza al fin a perfilarse una corriente de
opinión, a cuyo favor podrá el explorador avanzar y llevar sus
investigaciones a más lejanos territorios, al quedar autorizado a
dejar de limitarse únicamente a las realidades más someras. Quizá
haya llegado el momento en que la imaginación esté próxima a volver
a ejercer los derechos que le corresponden. Si las profundidades
de nuestro espíritu ocultan extrañas fuerzas capaces de aumentar
aquellas que se advierten en la superficie, o de luchar
victoriosamente contra ellas, es del mayor interés captar estas
fuerzas, captarlas ante todo para, a continuación, someterlas al
dominio de nuestra razón, si es que resulta procedente. Con ello,
incluso los propios analistas no obtendrán sino ventajas. Pero es
conveniente observar que no se ha ideado a priori ningún método para
llevar a cabo la anterior empresa, la cual, mientras no se demuestre
lo contrario, puede ser competencia de los poetas al igual que de
los sabios, y que el éxito no depende de los caminos más o menos
caprichosos que se sigan.
Con toda justificación, Freud ha proyectado su labor crítica
sobre los sueños, ya que, efectivamente, es inadmisible que esta
importante parte de la actividad psíquica haya merecido, por el
momento, tan escasa atención. Y ello es así por cuanto el
pensamiento humano, por lo menos desde el instante del nacimiento
del hombre hasta el de su muerte, no ofrece solución de continuidad
alguna, y la suma total de los momentos de sueño, desde un punto de
vista temporal, y considerando solamente el sueño puro, el sueño de
los períodos en que el hombre duerme, no es inferior a la suma de
los momentos de realidad, o, mejor dicho, de los momentos de
vigilia. La extremada diferencia, en cuanto a importancia y
gravedad, que para el observador ordinario existe entre los
acontecimientos en estado de vigilia y aquellos correspondientes al
estado de sueño, siempre ha sido sorprendente. Así es debido a que
el hombre se convierte, principalmente cuando deja de dormir, en
juguete de su memoria que, en el estado normal, se complace en
evocar muy débilmente las circunstancias del sueño, a privar a éste
de toda trascendencia actual, y a situar el único punto de
referencia del sueño en el instante en que el hombre cree haberlo
abandonado, unas cuantas horas antes, en el instante de aquella
esperanza o de aquella preocupación anterior. El hombre, al
despertar, tiene la falsa idea de emprender algo que vale la pena.
Por esto, el sueño queda relegado al interior de un paréntesis,
igual que la noche. Y, en general, el sueño, al igual que la noche,
se considera irrelevante. Este singular estado de cosas me induce a
algunas reflexiones, a mi juicio, oportunas:
1. Dentro de los límites en que se produce (o se cree que se
produce), el sueño es, según todas las apariencias, continuo con
trazas de tener una organización o estructura. Únicamente la
memoria se irroga el derecho de imponerlas, de no tener en cuenta
las transiciones y de ofrecernos antes una serie de sueños que el
sueño propiamente dicho. Del mismo modo, únicamente tenemos una
representación fragmentaria de las realidades, representación cuya
coordinación depende de la voluntad (4). Aquí es importante señalar
que nada puede justificar el proceder a una mayor dislocación de los
elementos constitutivos del sueño. Lamento tener que expresarme
mediante unas fórmulas que, en principio, excluyen el sueño. ¿Cuándo
llegará, señores lógicos, la hora de los filósofos durmientes?
Quisiera dormir para entregarme a los durmientes, del mismo modo que
me entrego a quienes me leen, con los ojos abiertos, para dejar de
hacer prevalecer, en esta materia, el ritmo consciente de mi
pensamiento. Acaso mi sueño de la última noche sea continuación del
sueño de la precedente, y prosiga, la noche siguiente, con un rigor
harto plausible. Es muy posible, como suele decirse. Y habida cuenta
de que no se ha demostrado en modo alguno que al ocurrir lo antes
dicho la «realidad» que me ocupa subsista en el estado de sueño, que
esté oscuramente presente en una zona ajena a la memoria, ¿por qué
razón no he de otorgar al sueño aquello que a veces niego a la
realidad, este valor de certidumbre que, en el tiempo en que se
produce, no queda sujeto a mi escepticismo? ¿Por qué no espero de
los indicios del sueño más lo que espero de mi grado de conciencia,
de día en día más elevado? ¿No cabe acaso emplear también el
sueño para resolver los problemas fundamentales de la vida?
¿Estas cuestiones son las mismas tanto en un estado como en el otro,
y, en el sueño, tienen ya el carácter de tales cuestiones? ¿Conlleva
el sueño menos sanciones que cuanto no sea sueño? Envejezco, y quizá
sea sueño, antes que esta realidad a la que creo ser fiel, y quizá
sea la indiferencia con que contemplo el sueño lo que me hace
envejecer.
2. Vuelvo, una vez más, al estado de vigilia. Estoy obligado a
considerarlo como un fenómeno de interferencia. Y no sólo ocurre
que el espíritu da muestras, en estas condiciones, de una extraña
tendencia a la desorientación (me refiero a los lapsus y malas
interpretaciones de todo género, cuyas causas secretas comienzan a
sernos conocidas) sino que, lo que es todavía más, parece que el
espíritu, en su funcionamiento normal, se limite a obedecer
sugerencias procedentes de aquella noche profunda de la que yo acabo
de extraerle. Por muy bien condicionado que esté, el equilibrio del
espíritu es siempre relativo. El espíritu apenas se atreve a
expresarse y, caso de que lo haga, se limita a constatar que tal
idea, tal mujer, le hace efecto. Es incapaz de expresar de
qué clase de efecto se trata, lo cual únicamente sirve para darnos
la medida de su subjetivismo. Aquella idea, aquella mujer, conturban
al espíritu, le inclinan a no ser tan rígido, producen el efecto de
aislarle durante un segundo del disolvente en que se encuentra
sumergido, de depositarle en el cielo, de convertirle en el bello
precipitado que puede llegar a ser, en el bello precipitado que es.
Carente de esperanzas de hallar las causas de lo anterior, el
espíritu recurre al azar, divinidad más oscura que cualquiera otra,
a la que atribuye todos sus extravíos. ¿Y quién podrá demostrarme
que la luz bajo la que se presenta esa idea que impresiona al
espíritu, bajo la que advierte aquello que más ama en los ojos de
aquella mujer, no sea precisamente el vínculo que le une al sueño,
que le encadena a unos presupuestos básicos que, por su propia
culpa, ha olvidado? ¿Y si no fuera así, de qué sería el espíritu
capaz? Quisiera entregarle la llave que le permitiera penetrar en
estos pasadizos.
3. El espíritu del hombre que sueña queda plenamente satisfecho
con lo que sueña. La angustiante incógnita de la posibilidad deja de
formularse. Mata, vuela más de prisa, ama cuanto quieras. Y si
mueres, ¿acaso no tienes la certeza de despertar entre los muertos?
Déjate llevar, los acontecimientos no toleran que los difieras.
Careces de nombre. Todo es de una facilidad preciosa.
Me pregunto qué razón, razón muy superior a la otra, confiere al
sueño este aire de naturalidad, y me induce a acoger sin reservas
una multitud de episodios cuya rareza me deja anonadado, ahora, en
el momento en que escribo. Sin embargo, he de creer el
testimonio de mi vista, de mis oídos; aquel día tan hermoso existió,
y aquel animal habló.
La dureza del despertar del hombre, lo súbito de la ruptura del
encanto, se debe a que se le ha inducido ha formarse una débil idea
de lo que es la expiación.
4. En el instante en que el sueño sea objeto de un examen metódico o
en que, por medios aún desconocidos, lleguemos a tener conciencia
del sueño en toda su integridad (y esto implica una disciplina de la
memoria que tan sólo se puede lograr en el curso de varias
generaciones, en la que se comenzaría por registrar ante todo los
hechos más destacados) o en que su curva se desarrolle con una
regularidad y amplitud hasta el momento desconocidas, cabrá esperar
que los misterios que dejen de serlo nos ofrezcan la visión de un
gran Misterio. Creo en la futura armonización de estos dos
estados, aparentemente tan contradictorios, que son el sueño e la
realidad, en una especie de realidad absoluta, en una sobrerrealidad
o surrealidad, si así se puede llamar. Esto es la conquista que
pretendo, en la certeza de jamás conseguirla, pero demasiado
olvidadizo de la perspectiva de la muerte para privarme de anticipar
un poco los goces de tal posesión.
Se cuenta que todos los días, en el momento de disponerse a dormir,
Saint-Pol-Roux hacía colocar en la puerta de su mansión de Camaret
un cartel en el que se leía: EL POETA TRABAJA.
Habría mucho más que añadir sobre este tema, pero tan sólo me he
propuesto tocarlo ligeramente y de pasada, ya que se trata de algo
que requiere una exposición muy larga y mucho más rigurosa; más
adelante volveré a ocuparme de él. En la presente ocasión, he
escrito con el propósito de hacer justicia a lo maravilloso, de
situar en su justo contexto este odio hacia lo maravilloso
que ciertos hombres padecen, este ridículo que algunos pretenden
atribuir a lo maravilloso. Digámoslo claramente: lo maravilloso es
siempre bello, todo lo maravilloso, sea lo que fuere, es bello, e
incluso debemos decir que solamente lo maravilloso es bello.
En el ámbito de la literatura únicamente lo maravilloso puede dar
vida a las obras pertenecientes a géneros inferiores, tal como el
novelístico, y, en general, todos los que se sirven de la anécdota.
El monje, de Lewis, constituye una admirable demostración
de lo anterior. El soplo de lo maravilloso penetra la obra entera.
Mucho antes de que el autor haya liberado a sus personajes de toda
servidumbre temporal, se nota que están prestos a actuar con su
orgullo carente de precedentes. Aquella pasión de eternidad que les
eleva incesantemente da acentos inolvidables a su tortura y a la
mía. A mi entender, este libro exalta ante todo, desde el principio
al fin, y de la manera más pura que jamás se haya dado, cuanto en el
espíritu aspira a elevarse del suelo; y esta obra, una vez una vez
despojada de su fabulación novelesca, de moda en la época en que fue
escrita, constituye un ejemplo de justeza y de inocente grandeza
(5). A mi juicio pocas son las obras que la superan, y el personaje
de Mathilde, en especial, es la creación más conmovedora que cabe
anotar en las partidas del activo de aquella moda de figuración en
literatura. Mathilde no es tanto un personaje cuanto una constante
tentación. Y si un personaje no es una tentación, ¿qué otra cosa
puede ser? Extremada tentación la de Mathilde. El principio «nada es
imposible para quien quiere arriesgarse» tiene en El monje su máxima
fuerza de convicción. Las apariciones ejercen en esta obra una
función lógica, por cuanto el espíritu crítico no se preocupa de
desmentirlas. Del mismo modo, el castigo de Ambrosio queda tratado
de manera plenamente legítima, ya que a fin de cuentas es aceptado
por el espíritu crítico como un desenlace natural.
Quizá parezca injustificado que haya empleado el anterior ejemplo,
al referirme a lo maravilloso, cuando las literaturas nórdicas y las
orientales se han servido de él constantemente, por no hablar ya de
las literaturas propiamente religiosas de todos los países. Sin
embargo, si así lo he hecho, ello se debe a que los ejemplos que
estas literaturas hubieran podido proporcionarme están plagados de
puerilidades, ya que se dirigen a niños. En un principio, éstos no
pueden percibir lo maravilloso, y, después, no conservan la
suficiente virginidad espiritual para que Piel de Asno les
produzca demasiado placer. Por encantadores que sean los cuentos de
hadas, el hombre se sentiría frustrado si tuviera que alimentarse
sólo con ellos, y, por otra parte, reconozco que no todos los
cuentos de hadas son adecuados para los adultos. La trama de
adorables inverosimilitudes exige una mayor finura espiritual que la
propia de muchos adultos, y uno ha de ser capaz de esperar todavía
mayores locuras... Pero la sensibilidad jamás cambia radicalmente.
El miedo, la atracción sentida hacia lo insólito, el azar, el amor
al lujo, son recursos que nunca se utilizarán estérilmente. Hay
muchos cuentos que escribir con destino a los mayores, cuentos que
todavía son casi azules.
Lo maravilloso no siempre es igual en todas las épocas; lo
maravilloso participa oscuramente de cierta clase de revelación
general de la que tan sólo percibimos los detalles: éstos son las
ruinas románticas, el maniquí moderno, o cualquier otro símbolo
susceptible de conmover la sensibilidad humana durante cierto
tiempo. Sin embargo, en estos cuadros que nos hacen sonreír se
refleja siempre la irremediable inquietud humana, y por esto he
fijado mi atención en ellos, ya que los estimo inseparablemente
unidos a ciertas producciones geniales que están más dolorosamente
influenciadas por aquella inquietud que muchas otras obras. Y al
decirlo, pienso en los patíbulos de Villon, en los griegos de Racine,
en los divanes de Baudelaire. Coinciden con un eclipse del buen
gusto que soportar muy bien, por cuanto considero que el buen gusto
es una formidable lacra. En el ambiente de mal gusto propio de mi
época, me esfuerzo en llegar lejos que cualquier otro. Si hubiese
vivido en 1820 yo hubiera hablado de la «ensangrentada monja», y no
hubiera ahorrado aquel astuto y trivial «disimulemos» de que habla
el Cuisin enamorado de la parodia, y yo hubiese utilizado las
gigantescas metáforas en todas las fases, tal como Cuisin dice, del
curso del «disco, plateado». En los presentes días pienso en un
castillo, la mitad del cual no ha de encontrarse forzosamente en
ruinas; este castillo es mío, y le veo situado en un lugar agreste,
no muy lejos de París. Las dependencias de este castillo son
infinitas, y su interior ha sido terriblemente restaurado, de modo
que no deja nada que desear en cuanto se refiere a comodidades. Ante
la puerta que las sombras de los árboles ocultan, hay automóviles
que esperan. Algunos de mis amigos viven en él: ahí va Louis
Aragón, que abandona el castillo y apenas tiene tiempo para deciros
adiós; Philippe Soupault se levanta con las estrellas, y Paul Eluard,
nuestro gran Eluard, todavía no ha regresado. Ahí están Robert
Desnos y Roger Vitrac, que descifran en el parque un viejo edicto
sobre los duelos; y Georges Auric y Jean Paulhan; Max Morise, quien
tan bien rema, y Benjamin Péret, con sus ecuaciones de pájaros; y
Joseph Delteil; y Jean Carrive; y Georges Limbour, y Georges Limbour
(hay un bosque de Georges Limbour); y Marcel Noll; he ahí a T.
Fraenkel, quien nos saludó desde un globo cautivo, Georges Malkine,
Antonin Artaud, Francis Gérard, Pierre Naville, J.-A. Boiffard,
después Jacques Baron y su hermano, apuestos y cordiales, y tantos
otros, y mujeres de arrebatadora belleza, de verdad. A esa gente
joven nada se le puede negar, y, en cuanto concierne a la riqueza,
sus deseos son órdenes. Francis Picabia nos visita, y, la semana
pasada, hemos dado una recepción a un tal Marcel Duchamp, a quien
todavía no conocíamos. Picasso caza por los alrededores. El
espíritu de la desmoralización ha fijado su domicilio en el
castillo, y a él recurrimos todas las veces que tenemos que entrar
en relación con nuestros semejantes, pero las puertas están siempre
abiertas, y no comenzamos nuestras relaciones dando las gracias
al prójimo, ¿saben ustedes? Por lo demás, grande es la soledad, y no
nos reunimos con frecuencia, porque, ¿acaso lo esencial no es que
seamos dueños de nosotros mismos, y, también, señores de las mujeres
y del amor?
Se me acusará de incurrir en mentiras poéticas; todos dirán que
vivo en la calle Fontaine, y que jamás gozarán de tanta belleza.
¡Maldita sea! ¿Es absolutamente seguro que este castillo del que
acabo de hacer los honores se reduce simplemente a una imagen?
Pero, si a pesar de todo tal castillo existiera... Ahí están más
invitados para dar fe; su capricho es el camino luminoso que a él
conduce. En verdad, vivimos en nuestra fantasía, cuando estamos
en ella. ¿Y cómo es posible que cada cual pueda molestar al
otro, allí, protegidos dos por el afán sentimental, al encuentro de
las ocasiones?
El hombre propone y dispone. Tan sólo de él depende poseerse por
entero, es decir, mantener en estado de anarquía la cuadrilla de sus
deseos, de día en día más temible. Y esto se lo enseña la poesía. La
lleva en sí la perfecta compensación de las miserias que padecemos.
Y también puede actuar como ordenadora, por poco que uno se
preocupe, bajo los efectos de una decepción menos íntima, de
tomársela a lo trágico. ¡Se acercan los tiempos en que la poesía
decretará la muerte del dinero, y ella sola romperá en pan del cielo
para la tierra! Habrá aún asambleas en las plazas públicas, y
movimientos en los que uno habría pensado en tomar parte. ¡Adiós
absurdas selecciones, sueños de vorágine, rivalidades, largas
esperas, fuga de las estaciones, artificial orden de las ideas,
pendiente del peligro, tiempo omnipresente! Preocupémonos tan sólo
de practicar la poesía. ¿Acaso no somos nosotros, los que ya vivimos
de la poesía, quienes debemos hacer prevalecer aquello que
consideramos nuestra más vasta argumentación?
Poco importa que se dé cierta desproporción entre la anterior
defensa y la ilustración que viene a continuación. Antes, hemos
intentado remontarnos a las fuentes de la imaginación poética, y, lo
que es más difícil todavía, quedarnos en ellas. Y conste que no
pretendo haberlo logrado. Es preciso aceptar una gran
responsabilidad, si uno pretende establecerse en aquellas lejanas
regiones en las que, desde un principio, todo parece desarrollarse
de tan mala manera, y más todavía si uno pretende llevar al prójimo
a ellas. De todos modos, el caso es que uno nunca está seguro de
hallarse verdaderamente en ellas. Uno siempre está tan propicio a
aburrirse como a irse a otro lugar y quedarse en él. Siempre hay una
flecha que indica la dirección en que hay que avanzar para llegar a
estos países, y alcanzar la verdadera meta no depende más que del
buen ánimo del viajero.
Ya sabemos, poco más o menos, el camino seguido. Tiempo atrás me
tomé el trabajo de contar, en el curso de un estudio sobre el caso
de Robert Desnos, titulado «Entrada de los médiums» (6), que me
había sentido inducido a «fijar mi atención en frases más o menos
parciales que, en plena soledad, cuando el sueño se acerca, devienen
perceptibles al espíritu, sin que sea posible descubrir su previo
factor determinante». Entonces, intenté correr la aventura de la
poesía, reduciendo los riesgos al mínimo, con lo cual quiero decir
que mis aspiraciones eran las mismas que tengo hoy, pero entonces
confiaba en la lentitud de la elaboración, a fin de hurtarme a
inútiles contactos, a contactos a los que yo era muy hostil. Esto se
debía a cierto pudor intelectual, del que todavía me queda un poco.
Al término de mi vida, difícil será, sin duda, que hable como se
suele hablar, que excuse el tono de mi voz y el reducido número de
mis gestos. La perfección en la palabra hablada (y en la palabra
escrita mucho más) me parecía estar en función de la capacidad de
condensar de manera emocionante la exposición (y exposición había)
de un corto número de hechos, poéticos o no, que constituían la
materia en que centraba mi atención. Había llegado a la convicción
de que éste, y no otro, era el procedimiento empleado por Rimbaud.
Con una preocupación por la variedad, digna de mejor causa, compuse
los últimos poemas de Monte de Piedad, con lo que quiero
decir que de las líneas en blanco de este libro llegué a sacar un
partido increíble.
Estas líneas equivalían a mantener los ojos cerrados ante unas
operaciones del pensamiento que me consideraba obligado a ocultar al
lector. Eso no significaba que yo hiciera trampa, sino solamente que
obraba impulsado por el deseo de superar obstáculos bruscamente.
Conseguía hacerme la ilusión de gozar de una posible complicidad, de
la que de día en día me era más difícil prescindir. Me entregué a
prestar una inmoderada atención a las palabras, en cuanto se refería
al espacio que admitían a su alrededor, a sus tangenciales contactos
con otras palabras prohibidas que no escribía. El poema «Bosque
negro», deriva precisamente de este estado de espíritu. Emplee seis
meses en escribirlo, y les aseguro que no descansé ni un día. Pero
de este poema dependía la propia esti?mación en que me tenía, en
aquel entonces, y creo que todos comprenderéis mi actitud, aun
cuando no la consideréis suficientemente motivada. Me gusta hacer
estas confesiones estúpidas. En aquellos tiempos, se intentaba
implantar la seudopoesía cubista, pero había nacido inerme del
cerebro de Picasso, y en cuanto a mí hace referencia debo decir que
era considerado como un ser más pesado que una lápida (y todavía se
me considera así). Por otra parte, no estaba seguro de seguir el
buen camino, en lo referente a poesía, pero procuraba protegerme
como mejor podía, enfrentándome con el lirismo, contra el que
esgrimía todo género de definiciones y fórmulas (no tardarían mucho
en producirse los fenómenos Dada), y pretendiendo hallar una
aplicación de la poesía a la publicidad (aseguraba que todo
terminaría, no con la culminación de un hermoso libro, sino con la
de una bella frase de reclamo en pro del infierno o del cielo).
En esta época, un hombre que, por lo menos era tan pesado como yo,
es decir, Pierre Reverdy, escribió:
La imagen es una creación
pura del espíritu.
La imagen no puede nacer de una comparación, sino del acercamiento
de dos realidades más o menos lejanas.
Cuanto más lejanas y justas sean las concomitancias de las dos
realidades objeto de aproximación, más fuerte será la imagen, más
fuerza emotiva y más realidad poética tendrá...
(7)
Estas palabras, un tanto sibilinas para los profanos, tenían gran
fuerza reveladora, y yo las medité durante mucho tiempo. Pero la
imagen se me escapaba. La estética de Reverdy, estética totalmente
a posteriori me inducía a confundir las causas con los
efectos. En el curso de mis meditaciones, renuncié definitivamente a
mi anterior punto de vista.
El caso es que una noche, antes de caer dormido, percibí,
netamente articulada hasta el punto de que resultaba imposible
cambiar ni una sola palabra, pero ajena al sonido de la voz, de
cualquier voz, una frase harto rara que llegaba hasta mí sin llevar
en sí el menor rastro de aquellos acontecimientos de que, según las
revelaciones de la conciencia, en aquel entonces me ocupaba, y la
frase me pareció muy insistente, era una frase que casi me atrevería
a decir estaba pegada al cristal. Grabé rápidamente la frase
en mi conciencia y, cuando me disponía a pasar a, otro asunto,
el carácter orgánico de la frase retuvo mi atención. Verdaderamente,
la frase me había dejado atónito; desgraciadamente no la he
conservado en la memoria, era algo así como «Hay un hombre a quien
la ventana ha partido por la mitad», pero no había manera de
interpretarla erróneamente, ya que iba acompañada de una débil
representación visual (8) de un hombre que caminaba, partido, por la
mitad del cuerpo aproximadamente, por una ventana perpendicular al
eje de aquél. Sin duda se trataba de la consecuencia del simple acto
de enderezar en el espacio la imagen de un hombre asomado a la
ventana. Pero debido a que la ventana había acompañado al
desplazamiento del hombre, comprendí que me hallaba ante una imagen
de un tipo muy raro, y tuve rápidamente la idea de incorporarla al
acervo de mi material de construcciones poéticas. No hubiera
concedido tal importancia a esta frase si no hubiera dado lugar a
una sucesión casi ininterrumpida de frases que me dejaron poco menos
sorprendido que la primera, y que me produjeron un sentimiento de
gratitud (gratuidad) tan grande que el dominio que, hasta aquel
instante, había conseguido sobre mí mismo me pareció ilusorio, y
comencé a preocuparme únicamente de poner fin a la interminable
lucha que se desarrollaba en mi interior (9).
En aquel entonces, todavía estaba muy interesado en Freud, y
conocía sus métodos de examen que había tenido ocasión de practicar
con enfermos durante la guerra, por lo que decidí obtener de mí
mismo lo que se procura obtener de aquéllos, es decir, un monólogo
lo más rápido posible, sobre el que el espíritu crítico del paciente
no formule juicio alguno, que, en consecuencia, quede libre de toda
reticencia, y que sea, en lo posible, equivalente a pensar en voz
alta. Me pareció entonces, y sigue pareciéndome ahora -la
manera en que me llegó la frase del hombre cortado en dos lo
demuestra-, que la velocidad del pensamiento no es superior a la de
la palabra, y que no siempre gana a la de la palabra, ni siquiera a
la de la pluma en movimiento. Basándonos en esta premisa, Philippe
Soupault, a quien había comunicado las primeras conclusiones a que
había llegado, y yo nos dedicamos a emborronar papel, con loable
desprecio hacia los resultados literarios que de tal actividad
pudieran surgir. La facilidad en la realización material de la tarea
hizo todo lo demás. Al término del primer día de trabajo, pudimos
leernos recíprocamente unas cincuenta páginas escritas del modo
antes dicho, y comenzamos a comparar los resultados. En conjunto, lo
escrito por Soupault y por mí tenía grandes analogías, se advertían
los mismos vicios de construcción y errores de la misma naturaleza,
pero, por otra parte, también había en aquellas páginas la ilusión
de una fecundidad extraordinaria, mucha emoción, un considerable
conjunto de imágenes de una calidad que no hubiésemos sido capaces
de conseguir, ni siquiera una sola, escribiendo lentamente, unos
rasgos de pintoresquismo especialísimo y, aquí y allá, alguna frase
de gran comicidad. Las únicas diferencias que se advertían en
nuestros textos me parecieron derivar esencialmente de nuestros
respectivos temperamentos, el de Soupault: menos estático que el
mío, y, si se me permite una ligera crítica, también derivaban de
que Soupault cometió el error de colocar en lo alto de algunas
páginas, sin duda con ánimo de inducir a error, ciertas palabras, a
modo de título. Por otra parte, y a fin de hacer plena justicia a
Soupault, debo decir que se negó siempre, con todas sus fuerzas, a
efectuar la menor modificación, la menor corrección, en los párrafos
que me parecieron mal pergeñados. Y en este punto llevaba razón
(10). Ello es así por cuanto resulta muy difícil apreciar en su
justo valor los diversos elementos presentes, e incluso podemos
decir que es imposible apreciarlos en la primera lectura. En
apariencia, estos elementos son, para el sujeto que escribe, tan
extraños como para cualquier otra persona, y el que los escribe
recela de ellos, como es natural. Poéticamente hablando, tales
elementos destacan ante todo por su alto grado de absurdo
inmediato, y este absurdo, una vez examinado con mayor
detención, tiene la característica de conducir a cuanto hay de
admisible y legítimo en nuestro mundo, a la divulgación de cierto
número de propiedades y de hechos que, en resumen, no son menos
objetivos que otros muchos.
En homenaje a
Guillermo Apollinaire, quien había muerto hacía
poco, y quien en muchos casos nos parecía haber obedecido a impulsos
del género antes dicho, sin abandonar por ello ciertos mediocres
recursos literarios, Soupault y yo dimos el nombre de SURREALISMO al
nuevo modo de expresión que teníamos a nuestro alcance y que
deseábamos comunicar lo antes posible, para su propio beneficio, a
todos nuestros amigos. Creo que en nuestros días no es preciso
someter a nuevo examen esta denominación, y que la acepción en que
la empleamos ha prevalecido, por lo general, sobre la acepción de
Apollinaire. Con mayor justicia todavía, hubiéramos podido
apropiarnos del término SUPERNATURALISMO, empleado por Gérard de
Nerval en la dedicatoria de Muchachas de fuego (11).
Efectivamente, parece que Nerval conoció a maravilla el espíritu de
nuestra doctrina, en tanto que Apollinaire conocía tan sólo la
letra, todavía imperfecta, del surrealismo, y fue incapaz de dar de
él una explicación teórica duradera. He aquí unas frases de Nerval
que me parecen muy significativas a este respecto:
Voy a explicarle, mi querido
Dumas, el fenómeno del que usted ha hablado con mayor altura. Como
muy bien sabe, hay ciertos narradores que no pueden inventar sin
identificarse con los personajes por ellos creados. Sabe muy bien
con cuánta convicción nuestro viejo amigo Nodier contaba cómo había
padecido la desdicha de ser guillotinado durante la Revolución; uno
quedaba tan convencido que incluso se preguntaba cómo se las había
arreglado Nodier para volver a pegarse la cabeza al cuerpo.
Y como sea que tuvo usted la imprudencia de citar uno de esos
sonetos compuestos en aquel estado de ensueño SUPERNATURALISTA, cual
dirían los alemanes, es preciso que los conozca todos. Los
encontrará al final del volumen. No son mucho más oscuros que la
metafísica de Hegel o los «Mémorables» de Swedenborg, y perderían su
encanto si fuesen explicados, caso de que ello fuera posible, por lo
que te ruego me conceda al menos el mérito de la expresión...
(12).
Indica muy mala fe discutirnos el derecho a emplear la palabra
SURREALISMO, en el sentido particular que nosotros le damos, ya que
nadie puede dudar que esta palabra no tuvo fortuna, antes de que
nosotros nos sirviéramos de ella. Voy a definirla, de una vez para
siempre:
SURREALISMO: sustantivo, masculino. Automatismo psíquico puro por
cuyo medio se intenta expresar verbalmente, por escrito o de
cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un
dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón,
ajeno a toda preocupación estética o moral.
ENCICLOPEDIA, Filosofía: el surrealismo se basa en la creencia en la
realidad superior de ciertas formas de asociación desdeñadas hasta
la aparición del mismo, y en el libre ejercicio del pensamiento.
Tiende a destruir definitivamente todos los restantes mecanismos
psíquicos, y a sustituirlos en la resolución de los principales
problemas de la vida. Han hecho profesión de fe de SURREALISMO
ABSOLUTO, los siguientes señores: Aragon, Baron, Boiffard, Breton,
Carrive, Crevel, Delteil, Desnos, Eluard, Gérard, Limbour, Malkine,
Morise, Naville, Noll, Péret, Picon, Soupault, Vitrac.
Por el momento parece que los antes nombrados forman la lista
completa de los surrealistas, y pocas dudas caben al respecto, salvo
en el caso de Isidore Ducasse, de quien carezco de datos. Cierto es
que si únicamente nos fijamos en los resultados, buen número de
poetas podrían pasar por surrealistas, comenzando por el Dante y,
también en sus mejores momentos, el propio Shakespeare. En el
curso de las diferentes tentativas de definición, por mí efectuadas,
de aquello que se denomina, con abuso de confianza, el genio, nada
he encontrado que pueda atribuirse a un proceso, que no sea el
anteriormente definido.
Las Noches de Young son surrealistas de cabo a rabo;
desgraciadamente no se trata más que de un sacerdote que habla, de
un mal sacerdote, sin duda, pero sacerdote al fin.
Swift es surrealista en la maldad.
Sade es surrealista en el sadismo.
Chateaubriand es surrealista en el exotismo. Constant es surrealista
en política.
Hugo es surrealista cuando no es tonto.
Desbordes-Valmore es surrealista en el amor.
Bertrand es surrealista en el pasado.
Rabbe es surrealista en la muerte.
Poe es surrealista en la aventura.
Baudelaire es surrealista en la moral.
Rimbaud es surrealista en la vida práctica y en todo.
Mallarmé es surrealista en la confidencia.
Jarry es surrealista en la absenta.
Nouveau es surrealista en el beso.
Saínt-Pol-Roux es surrealista en los símbolos. Fargue es surrealista
en la atmósfera.
Vaché es surrealista en mí.
Reverdy es surrealista en sí.
Saint-John Perse es surrealista a distancia.
Roussel es surrealista en la anécdota.
Etcétera.
Insisto en que no todos son siempre surrealistas, por cuanto
advierto en cada uno de ellos cierto número de ideas preconcebidas a
las que, muy ingenuamente, permanecen fieles. Mantenían esta
fidelidad debido a que no habían escuchado la voz surrealista,
esa voz que sigue predicando en vísperas de la muerte, por encima de
las tormentas, y no la escucharon porque no querían servir
únicamente para orquestar la maravillosa partitura. Fueron
instrumentos demasiado orgullosos, y por eso jamás produjeron ni un
sonido armonioso (13).
Pero nosotros, que no nos hemos entregado jamás a la tarea de
mediatización, nosotros que en nuestras nosotros que en nuestras
obras nos hemos convertido en los sordos receptáculos de tantos
ecos, en los modestos aparatos registradores que no quedan
hipnotizados por aquello que registran, nosotros quizá estemos al
servido de una causa todavía más noble. Nosotros devolvemos con
honradez el «talento» que nos ha sido prestado. Si os atrevéis,
habladme del talento de aquel metro de platino, de aquel espejo, de
aquella puerta, o del cielo. Nosotros no tenemos talento.
Preguntádselo a Philippe Soupault:
Las manufacturas anatómicas y las habitaciones baratas destruirán
las más altas ciudades.
A Roger Vitrac:
Apenas hube invocado al mármol-almirante, éste dio media vuelta
sobre sí mismo como un caballo que se encabrita ante la Estrella
Polar, y me indicó en el plano de su bicornio una región en la que
debía pasar el resto de mis días.
A Paul Eluard:
Es una historia muy conocida esa que cuento, es poema muy célebre
ese que releo: estoy apoyado en un muro, verdeantes las orejas, y
calcinados los labios.
A Max Morise:
El oso de las cavernas y su compañero el alcaraván, la veleta y
su valet el viento, el gran Canciller con sus cancelas, el
espantapájaros y su cerco de pájaros, la balanza y su hija el fiel,
ese carnicero y su hermano el carnaval, el barrendero y su monóculo,
el Mississipi y su perrito, el coral y su cántara de leche, el
milagro y su buen Dios, ya no tienen más remedio que desaparecer de
la faz del mar.
A Joseph Delteil:
¡Sí! Creo en la virtud de los pájaros. Y basta una pluma para
hacerme morir de risa.
A Louis Aragon:
Durante una interrupción del partido, mientras los jugadores se
reunían alrededor de una jarra de llameante ponche, pregunté al
árbol si aún conservaba su cinta roja.
Y yo mismo, que no he podido evitar el escribir las líneas locas y
serpenteantes de este prefacio.
Preguntad a Robert Desnos, quien quizá sea el que, en nuestro grupo,
está más cerca de la verdad surrealista, quien, en sus obras todavía
inéditas (14) y en el curso de las múltiples experiencias a que se
ha sometido, ha justificado plenamente las esperanzas que puse en el
surrealismo, y me ha inducido a esperar aún más de él. En la
actualidad, Desnos habla en surrealista cuando le da la gana. La
prodigiosa agilidad con que sigue oralmente su pensamiento nos
admira tanto cuanto nos complacen sus espléndidos discursos,
discursos que se pierden porque Desnos, en vez de fijarlos, prefiere
hacer otras cosas más importantes. Desnos lee en sí mismo como en un
libro abierto, y no se preocupa de retener las hojas que el viento
de su vida se lleva.
SECRETOS DEL ARTE MÁGICO DEL SURREALISMO
Composición surrealista escrita, o primer y último chorro
Ordenad que os traigan recado de escribir, después de haberos
situado en un lugar que sea lo más propicio posible a la
concentración de vuestro espíritu, al repliegue de vuestro espíritu
sobre sí mismo. Entrad en el estado más pasivo, o receptivo, de que
seáis capaces. Prescindid de vuestro genio, de vuestro talento, y
del genio y el talento de los demás. Decíos hasta empaparos de ello
que la literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a
todas partes. Escribid deprisa, sin tema preconcebido, escribid lo
suficientemente deprisa para no poder refrenaros, y para no tener la
tentación de leer lo escrito. La primera frase se os ocurrirá por
sí misma, ya que en cada segundo que pasa hay una frase, extraña a
nuestro pensamiento consciente, que desea exteriorizarse.
Resulta muy difícil pronunciarse con respecto a la frase inmediata
siguiente; esta frase participa, sin duda, de nuestra actividad
consciente y de la otra, al mismo tiempo, si es que reconocemos que
el hecho de haber escrito la primera produce un mínimo de
percepción. Pero eso, poco ha de importaros; ahí es donde radica, en
su mayor parte, el interés del juego surrealista. No cabe la menor
duda de que la puntuación siempre se opone a la continuidad absoluta
del fluir de que estamos hablando, pese a que parece tan necesaria
como la distribución de los nudos en una cuerda vibrante. Seguid
escribiendo cuanto queráis. Confiad en la naturaleza inagotable del
murmullo. Si el silencio amenaza, debido a que habéis cometido una
falta, falta que podemos llamar «falta de inatención», interrumpid
sin la menor vacilación la frase demasiado clara. A continuación de
la palabra que os parezca de origen sospechoso poned una letra
cualquiera, la letra l, por ejemplo, siempre la 1, y al imponer esta
inicial a la palabra siguiente conseguiréis que de nuevo vuelva a
imperar la arbitrariedad.
Para no aburrirse en sociedad
Eso es muy difícil. Haced decir siempre que no estáis en casa para
nadie, y alguna que otra vez, cuando nadie haya hecho caso omiso de
la comunicación antedicha, y os interrumpa en plena actividad
surrealista, cruzad los brazos, y decid: «Igual da, sin duda es
mucho mejor hacer o no hacer. El interés por la vida carece de
base. Simplicidad, lo que ocurre en mi interior sigue siéndome
inoportuno.» 0 cualquier otra trivialidad igualmente indignante.
Para hacer discursos
Inscribirse, en vísperas de elecciones, en el primer país en el que
se juzgue saludable celebrar consultas de este tipo. Todos
tenemos madera de orador: colgaduras multicolores y bisutería de
palabras. Mediante el surrealismo, el orador pondrá al desnudo la
pobreza de la desesperanza. Un atardecer, sobre una tarima, el
orador, solito, descuartizará el cielo eterno, esa Piel de Oso. Y
tanto prometerá que cumplir una mínima parte de lo prometido
consternará. Dará a las reivindicaciones de un pueblo entero un
matiz parcial y lamentable. Obligará a los más irreductibles
enemigos a comulgar en un deseo secreto que hará saltar en pedazos a
las patrias. Y lo conseguirá con sólo dejarse elevar por la palabra
inmensa que se funde en la piedad y rueda en el odio. Incapaz de
desfallecer, jugará el terciopelo de todos los desfallecimientos.
Será verdaderamente elegido, y las más tiernas mujeres le amarán con
violencia.
Para escribir falsas novelas
Seáis quien seáis, si el corazón así os lo aconseja, quemad unas
cuantas hojas de laurel y, sin empeñaros en mantener vivo este débil
fuego, comenzad una novela. El surrealismo os lo permitirá; os
bastará con clavar la aguja de la «Belleza fija» sobre la «Acción»;
en eso consiste el truco. Habrá personajes de perfiles lo bastante
distintos; en vuestra escritura, sus nombres son solamente una
cuestión de mayúscula, y se comportarán con la misma seguridad con
respecto a los verbos activos con que se comporta el pronombre «il»,
en francés, con respecto a las palabras «pleut», «y a», «faut», etc.
Los personajes mandarán a los verbos, valga la expresión; y en
aquellos casos en que la observación, la reflexión y las facultades
de generalización no os sirvan para nada, podéis tener la seguridad
de que los personajes actuarán como si vosotros hubierais tenido mil
intenciones que, en realidad, no habéis tenido. De esta manera,
provistos de un reducido número de características físicas y
morales, estos seres que, en realidad, tan poco os deben, no se
apartarán de cierta línea de conducta de la que vosotros ya no os
tendréis que ocupar. De ahí surgirá una anécdota más o menos sabia,
en apariencia, que justificará punto por punto ese desenlace
emocionante o confortante que a vosotros os ha dejado ya de
importar. Vuestra falsa novela será una maravillosa simulación de
una novela verdadera; os haréis ricos, y todos se mostrarán de
acuerdo en que «lleváis algo dentro», ya que es exactamente dentro
del cuerpo humano donde esa cosa suele encontrarse.
Como es natural, siguiendo un procedimiento análogo, y a condición
de ignorar todo aquello de lo que debierais daros cuenta, podéis
dedicaros con gran éxito a la falsa crítica.
Para tener éxito con una mujer
que pasa por la calle
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Contra la muerte
El surrealismo os introducirá en la muerte, que es una sociedad
secreta. Os enguantará la mano, sepultando allí la profunda M
con que comienza la palabra Memoria. No olvidéis tomar felices
disposiciones testamentarias: en cuanto a mí respecta, exijo que me
lleven al cementerio en un camión de mudanzas. Que mis amigos
destruyan hasta el último ejemplar de la edición de Discurso
sobre la Escasez de Realidad.
El idioma ha sido dado al hombre para que lo use de manera
surrealista. En la medida en que al hombre es indispensable
hacerse comprender, consigue expresarse mejor o peor, y con ello
asegurar el ejercicio de ciertas funciones consideradas como las más
primarias. Hablar o escribir una carta no presenta verdaderas
dificultades siempre que el hombre no se proponga una finalidad
superior a las que se encuentran en un término medio, es decir,
siempre que se limite a conversar (por el placer de conversar) con
cualquier otra persona. En estos casos, el hombre no sufre ansiedad
alguna en lo que respecta a las palabras que ha de pronunciar, ni a
la frase que seguirá a la que acaba de pronunciar. A una pregunta
muy sencilla será capaz de contestar sin la menor vacilación. Si no
está afecto de tics, adquiridos en el trato con los demás, el hombre
puede pronunciarse espontáneamente sobre cierto reducido número de
temas; y para hacer esto no tiene ninguna necesidad de devanarse los
sesos, ni de plantearse problemas previos de ningún género. ¿Y quién
habrá podido hacerle creer que esta facultad de primera intención
tan sólo le perjudica cuando se propone entablar relaciones verbales
de naturaleza más compleja? No hay ningún tema cuyo tratamiento le
impida hablar y escribir generosamente. Los actos de escucharse y
leerse a uno mismo sólo tienen el efecto de obstaculizar lo oculto,
el admirable recurso. No, no, no tengo ninguna necesidad urgente
decom prend erme (¡Basta! ¡Siempre me comprenderé!). Si tal o cual
frase mía me produce de momento una ligera decepción, confío en que
la frase siguiente enmendará los yerros, y me cuido muy mucho de no
volverla a escribir, ni corregirla. Únicamente la menor falta de
aliento puede serme fatal. Las palabras, los grupos de palabras que
se suceden practican entre sí la más intensa solidaridad. No
es función mía favorecer a unas en perjuicio de las otras. La
solución debe correr a cargo de una maravillosa compensación, y esta
compensación siempre se produce.
Este lenguaje sin reserva al que siempre procuro dar validez,
este lenguaje que me parece adaptarse a todas las circunstancias de
la vida, este lenguaje no sólo no me priva ni siquiera de uno de mis
medios, sino que me da una extraordinaria lucidez, y lo hace en el
terreno en que menos podía esperarlo. Llegaré incluso a afirmar
que este lenguaje me instruye, ya que, en efecto, me ha ocurrido
emplear surrealistamente palabras cuyo sentido había olvidado. E
inmediatamente después he podido verificar que el uso dado a estas
palabras respondía exactamente a su definición. Esto nos induce a
creer que no se «aprende», sino que uno no hace más que
«re-aprender». De esta manera he llegado a familiarizarme con giros
muy hermosos. Y no hablo únicamente de la conciencia poética de
las cosas, que tan sólo he conseguido adquirir mediante el
contacto espiritual con ellas, mil veces repetido.
Las formas del lenguaje surrealista se adaptan todavía mejor al
diálogo. En el diálogo, hay dos pensamientos frente a frente;
mientras uno se manifiesta, el otro se ocupa del que se manifiesta,
pero ¿de qué modo se ocupa de él? Suponer que se lo incorpora
sería admitir que, en determinado momento, le sería factible vivir
enteramente merced a aquel otro pensamiento, lo cual resulta
bastante improbable. En realidad, la atención que presta el
pensamiento segundo es de carácter totalmente externo, ya que
únicamente se concede el lujo de aprobar o desaprobar, generalmente
desaprobar, con todos los respetos de que el hombre es capaz. Este
modo de hablar no permite abordar el fondo de la cuestión. Mi
atención, fija en una invitación que no puede rechazar sin incurrir
en grosería, trata el pensamiento ajeno como si fuese un enemigo: en
las conversaciones corrientes, el pensamiento fija y «conquista»
casi siempre las palabras y las oraciones ajenas, de las que luego
se servirá; el pensamiento me pone en situación de sacar partido de
estas palabras y oraciones en la réplica, gracias a desvirtuarlas.
Esto es especialmente cierto en ciertos estados mentales patológicos
en los que las alteraciones sensoriales absorben toda la atención
del enfermo, quien, al responder a las preguntas que se le formulan,
se limita a apoderarse de la última palabra que ha oído, o de la
última porción de una frase surrealista que ha dejado cierto rastro
en su espíritu:
¿Qué edad tiene usted?» - «Usted» (Ecoísmo). «¿Cómo se llama
usted?» - «Cuarenta y cinco casas»
(Síntoma de Ganser o de las respuestas marginales)
No hay ninguna conversación en la que no se dé cierto desorden. El
esfuerzo en pro de la sociabilidad que las preside y la costumbre
que de sostenerlas tenemos son los únicos factores que consiguen
ocultarnos temporalmente aquel hecho. Asimismo, la mayor debilidad
de todo libro estriba en entrar constantemente en conflicto con el
espíritu de sus mejores lectores, y al decir mejores quiero
significar los más exigentes. En el brevísimo diálogo que
anteriormente he improvisado entre el médico y el enajenado, es,
desde luego, este último quien lleva la mejor parte, ya que mediante
sus respuestas domina la atención del médico -y, además, no es él
quien formula las preguntas-. ¿Cabe afirmar que su pensamiento es el
más fuerte de los dos en aquel instante? Quizá. Al fin y al cabo, el
paciente goza de la libertad de no tener en cuenta su nombre ni su
edad.
El surrealismo poético, al que consagro el presente estudio, se
ha ocupado, hasta el actual momento, de restablecer en su verdad
absoluta el diálogo, al liberar a los dos interlocutores de las
obligaciones impuestas por la buena crianza. Cada uno de ellos
se dedica sencillamente a proseguir su soliloquio, sin intentar
derivar de ello un placer dialéctico determinado, ni imponerse en
modo alguno a su prójimo. Las frases intercambiadas no tienen la
finalidad, contrariamente a lo usual, del desarrollo de una tesis
por muy insustancial que sea, y carecen de todo compromiso, en la
medida de lo posible. En cuanto a la respuesta que solicitan debemos
decir que, en principio, es totalmente indiferente en cuanto
respecta al amor propio del que habla. Las palabras y las imágenes
se ofrecen únicamente a modo de trampolín al servido del espíritu
del que escucha. Este es el modo en que se ofrecen las palabras y
las imágenes en Los campos magnéticos, primera obra puramente
surrealista, y especialmente en las páginas bajo el común título de
«Barreras», en donde Soupault y yo nos comportamos como
interlocutores imparciales.
El surrealismo no permite a aquellos que se entregan a él
abandonarlo cuando mejor les plazca. Todo induce a creer que el
surrealismo actúa sobre los espíritus tal como actúan los
estupefacientes; al igual que éstos crea un cierto estado de
necesidad y puede inducir al hombre a tremendas rebeliones.
También podemos decir que el surrealismo es un paraíso harto
artificial, y la afición a este paraíso deriva del estudio de
Baudelaire, al igual que la afición a los restantes paraísos
artificiales. El análisis de los misteriosos efectos y, de los
especiales goces que el surrealismo puede e, n, , , , g, en, drar no
puede faltar en el presente estudio, y es de advertir que, en muchos
aspectos, el surrealismo parece un vicio nuevo que no es
privilegio exclusivo de unos cuantos individuos, sino que, como el
haxis, puede satisfacer a todos los que tienen gustos refinados.
1. Hay imágenes surrealistas que son como aquellas imágenes
producidas por el opio que el hombre no evoca, sino que «se le
ofrecen espontáneamente despóticamente, sin que las pueda apartar de
sí, por cuanto la voluntad ha perdido su fuerza, y ha dejado de
gobernar las facultades» (15). Naturalmente, faltaría saber si las
imágenes, en general, han sido alguna vez «evocadas». Si nos
atenemos, tal como yo hago, a la definición de Reverdy, no parece
que sea posible aproximar voluntariamente aquello que él denomina
«dos realidades distantes». La aproximación ocurre o no ocurre, y
esto es todo. Niego con toda solemnidad que, en el caso de Reverdy,
imágenes como:
Por el cauce del arroyo fluye una canción
o
El día se desplegó como un blanco mantel
o
El mundo regresa al interior de un saco
comporten el menor grado de premeditación. A mi juicio, es erróneo
pretender que «el espíritu ha aprehendido las relaciones» entre dos
realidades en él presentes. Para empezar, digamos que el espíritu no
ha percibido nada conscientemente. Contrariamente, de la
aproximación fortuita de dos términos ha surgido una luz especial,
la luz de la imagen, ante la que nos mostramos infinitamente
sensibles. El valor de la imagen está en función de la belleza de la
chispa que produce; y, en consecuencia, está en función de la
diferencia de potencia entre los dos elementos conductores. Cuando
esta diferencia apenas existe, como en el caso de las comparaciones
(16), la chispa no nace. A mi juicio, no está en la mano del hombre
el poder de conseguir la aproximación de dos realidades tan
distantes como aquellas a que antes nos hemos referido, por cuanto a
ello se opone el principio de la asociación de ideas, tal como lo
entendemos. De lo contrario, sólo nos quedaría el recurso de volver
a adoptar un arte de carácter elíptico, que Reverdy condena, tal
como yo lo condeno. Fuerza es reconocer que los dos términos de la
imagen no son el resultado de una labor de deducción recíproca,
llevada a cabo por el espíritu con el fin de producir la
chispa, sino que son productos simultáneos de la actividad que yo
denomino surrealista, en la que la razón se limita a constatar y a
apreciar el fenómeno luminoso.
Y del mismo modo que la duración de la chispa se prolonga cuando
se produce en un ambiente de rarificación, la atmósfera surrealista
creada mediante la escritura mecánica, que me he esforzado en poner
a la disposición de todos, se presta de manera muy especial a la
producción de las más bellas imágenes.
Incluso cabe decir que, en el curso vertiginoso de esta escritura,
las imágenes que aparecen constituyen la única guía del espíritu.
Poco a poco, el espíritu queda convencido del valor de realidad
suprema de estas imágenes. Limitándose al principio a sentirlas, el
espíritu pronto se da cuenta de que estas imágenes son acordes con
la razón, y aumentan sus conocimientos. El espíritu adquiere plena
conciencia de las ilimitadas extensiones en que se manifiestan sus
deseos, en las que el pro y el contra se armonizan sin cesar, y en
las que su ceguera deja de ser peligrosa. El espíritu avanza,
atraído por estas imágenes que le arrebatan, que apenas le dejan el
tiempo preciso para soplarse el fuego que arde en sus dedos. Vive en
la más bella de todas las noches, en la noche cruzada por la luz del
relampagueo, la noche de los relámpagos. Tras esta noche, el
día es la noche.
Los innumerables tipos de imágenes surrealistas exigen una
clasificación que, por el momento, no voy a pretender efectuar.
Agrupar estas imágenes según sus afinidades particulares me llevaría
demasiado lejos; esencialmente, quiero tan sólo tener en
consideración sus excelencias comunes. No voy a ocultar que para
mí la imagen más fuerte es aquella que contiene el más alto grado de
arbitrariedad, aquella que más tiempo tardamos en traducir a
lenguaje práctico, sea debido a que lleva en sí una enorme dosis de
contradicción, sea a causa de que uno de sus términos esté
curiosamente oculto, sea porque tras haber presentado la apariencia
de ser sensacional, se desarrolla después débilmente (que la imagen
cierre bruscamente el ángulo de su compás), sea porque de ella se
derive una justificación formal irrisoria, sea porque pertenezca a
la clase de las imágenes alucinantes, sea porque preste de un modo
muy natural la máscara de lo abstracto a lo que es concreto, sea por
todo lo contrario, sea porque implique la negación de alguna
propiedad física elemental, sea porque dé risa. He aquí unos cuantos
ejemplos de imágenes correctas:
Los rubís del champaña. Lautréamont.
Bello como la ley de paralización del desarrollo del pecho de los
adultos cuya propensión al crecimiento no guarda la debida relación
con la cantidad de moléculas que su organismo produce.
Lautréamont.
Una iglesia se alzaba sonora como una campana. Philippc
Soupault.
En el sueño de Rrose Sélavy hay un enano salido de un pozo, que
come pan por la noche. Robert Desnos.
Sobre el puente se balanceaba el rocío con cabeza de gata.
André Breton.
Un poco a la izquierda, en mi divino firmamento, percibo -aunque
sin duda es tan sólo un vapor de sangre y asesinatos- el brillante
despintado de las perturbaciones de la libertad. Louis Aragon.
En el interior del bosque incendiado
Frescos los leones se han quedado. Roger Vitrac.
El color de las medias de una mujer no es obligatoriamente la
imagen de sus ojos, lo cual ha inducido a decir a un filósofo, cuyo
nombre es inútil hacer constar: «los cetalópodos tienen más razones
que los cuadrúpedos para odiar el progreso» . Max Morise.
1. Tanto si se quiere como si no, ahí hay materia para satisfacer
muchas necesidades del espíritu. Todas estas imágenes parecen
atestiguar que el espíritu ha alcanzado la madurez suficiente para
gozar de más satisfacciones que aquellas que por lo general se le
conceden. Este es el único medio de que dispone para sacar partido
de la cantidad ideal de acontecimientos de que está preñado (17).
Estas imágenes le dan la medida de su normal disipación y de los
inconvenientes que ésta le comporta. No es malo que estas imágenes
acaben por desconcertar al espíritu, ya que desconcertarle equivale
a situarle ante un camino errado. Las frases que he citado
contribuyen grandemente a ello. Pero el espíritu que sabe
saborearlas obtiene de ellas la certidumbre de hallarse en el
buen camino; el espíritu, por sí mismo, jamás se declarará
culpable de emplear sutilezas idiomáticas; nada tiene que temer por
cuanto, además, se fortifica con la búsqueda total.
2. El espíritu que se sumerge en el surrealismo revive
exaltadamente la mejor parte de su infancia. Al espíritu le
ocurre un poco lo mismo que a aquel que, próximo a morir ahogado,
repasa, en menos de un minuto, su vida entera, en todos sus
agobiantes detalles. Habrá quien diga que esto no es demasiado
incitante. Pero no me interesa en absoluto incitar a quien tal
digan. De los recuerdos de la infancia y de algunos otros se
desprende cierto sentimiento de no estar uno absorbido, y, en
consecuencia, de despiste, que considero el más fecundo entre
cuantos existen. Quizá sea vuestra infancia lo que más cerca se
encuentra de la «verdadera vida»; esa infancia, tras la cual, el
hombre tan sólo dispone, además de su pasaporte, de ciertas entradas
de favor; esa infancia en la que todo favorece la eficaz, y sin
azares, posesión de uno mismo. Gracias al surrealismo, parece que
las oportunidades de la infancia reviven en nosotros. Es como si uno
volviera a correr en pos de su salvación, o de su perdición. Se
revive, en las sombras, un terror precioso. Gracias a Dios, tan sólo
se trata del Purgatorio. Se atraviesan, sintiendo un
estremecimiento, aquellas zonas que los ocultistas denominan
paisajes peligrosos. Mis pasos suscitan la aparición de
monstruos que me acechan, monstruos que todavía no me tienen
demasiada malquerencia, debido a que les temo, por lo que todavía no
estoy perdido. Ahí están «los elefantes con cabeza de mujer y los
leones voladores» cuyo encuentro nos hacía temblar de miedo, a
Soupault y a mí; ahí está el «pez soluble» que todavía me da un poco
de miedo. ¡PEZ SOLUBLE, no, no soy yo el pez soluble, yo nací bajo
el signo de Acuario, y el hombre es soluble en su pensamiento! La
fauna y la flora del surrealismo son inconfesables.
3. No creo en la posibilidad de la próxima aparición de un
pontífice surrealista. Las características comunes a todos los
textos del género, entre ellos los que acabo de citar, así como
muchos otros que por sí solos nos podrían proporcionar un riguroso
desglose analítico lógico y gramatical, no impiden una cierta
evolución de la prosa surrealista, al paso del tiempo. Prueba
irrefragable de ello lo son las historietas que vienen a
continuación, en este mismo volumen, historietas escritas después de
gran cantidad de ensayos a cuya elaboración me entregué con la
finalidad antes dicha durante cinco años, y que tengo la debilidad
de juzgar, en su mayoría, extremadamente desordenadas. No estimo que
esas historietas sean, en virtud de lo que de ellas he expresado, ni
más ni menos capaces de poner de relieve ante el lector los
beneficios que la aportación surrealista puede proporcionar a su
conciencia.
Por otra parte, es preciso dar mayor envergadura a los medios
surrealistas. Todo medio es bueno para dar la deseable espontaneidad
a ciertas asociaciones. Los papeles pegados de Picasso y de Braque
tienen el mismo valor que la inserción de un lugar común en el
desarrollo literario del estilo más laboriosamente depurado. Incluso
está permitido dar el título de POEMA a aquello que se obtiene
mediante la reunión, lo más gratuita posible (si no les molesta,
fíjense en la sintaxis) de títulos y fragmentos de títulos
recortados de los periódicos diarios:
POEMA
Una carcajada
de zafiro en la isla de Ceilán
Las más hermosas escamas
TIENEN MATIZ AGOSTADO
BAJO LOS CERROJOS
en una granja aislado
DE DIA EN DIA
se agrava
lo agradable
Un camino de carro
os conduce a los límites con lo ignoto
el café
predica las loas de su santo
EL COTIDIANO ARTIFICE DE VUESTRA
BELLEZA
SEÑORA
un par
de medias de seda
no es
Un salto en el Vacío
UN CIERVO
El amor ante todo
Todo podría solucionarse
PARIS ES UNA GRAN CIUDAD
Vigilad
Los rescoldos
LA ORACIÓN
Del buen tiempo
Sabed que
Los rayos ultravioletas
han culminado su tarea
Breve y beneficiosa
El PRIMER DIARIO BLANCO
DEL AZAR
Rojo será
El cantor vagabundo
¿DÓNDE ESTÁ?
en la memoria
en su casa
EN EL BAILE DE LOS ARDIENTES
Hago
bailando
Lo que se hace, lo que se hará
Y se podrían dar muchos más ejemplos.
También el teatro, la filosofía, la ciencia, la crítica,
conseguirían volver a encontrarse a sí mismos. Debo apresurarme a
añadir que las futuras técnicas surrealistas no me interesan.
Ya he dado a entender con suficiente claridad que las
aplicaciones del surrealismo a la acción me parecen poseer una
importancia muy diferente (18). Ciertamente, no creo en el valor
profético de la palabra surrealista. «Mis palabras son palabras de
oráculo» (19). Sí en la medida que yo quiera, porque ¿acaso
no se es oráculo ante uno mismo? (20) La piedad de los hombres no me
engaña. La voz surrealista que estremeció a Cumas, Dodona y Delfos
es la misma que dicta mis discursos menos iracundos. Mi tiempo no
puede ser el suyo, ¿y por qué ha de ayudarme esta voz a resolver el
infantil problema de mi destino? Por desgracia, parezco actuar en un
mundo en el que, para llegar a tener en cuenta sus sugerencias,
estoy obligado a servirme de dos clases de intérpretes, unos me
traducirán sus frases, y los otros, que es imposible hallar,
comunicarán a mis semejantes la comprensión que yo haya
alcanzado de estas frases. Este mundo en el que yo sufro lo que
sufro (mejor será que no lo sepáis), este mundo moderno, este mundo,
en fin... ¡diabólico! Bueno, pues ¿qué queréis que yo haga en él? La
voz surrealista quizá se extinga, no puedo yo contar mis
desapariciones. Yo no podré estar presente, ni siquiera un poco, en
el maravilloso descuento de mis años y mis días. Seré como Nijinski,
a quien el año pasado llevaron a los ballets rusos y no pudo
comprender qué clase de espectáculo era aquel al que asistía.
Quedaré solo, muy solo en mí, indiferente a todos los ballets del
mundo. Os doy todo lo que he hecho y todo lo que no he hecho.
Y, desde entonces, siento unos grandes deseos de contemplar con
indulgencia los sueños científicos que, a fin de cuentas, tan
indecorosos son desde todos los puntos de vista. ¿Los sin hijos?
Bien. ¿La sífilis? Igual me da. ¿La fotografía? Nada tengo que
oponer. ¿El cine? ¡Vivan las salas oscuras! ¿La guerra? ¡Que risa!
¿El teléfono? ¡Diga! ¿La juventud? ¡Encantadores cabellos blancos!
Intentad hacerme decir «gracias»: «Gracias». Gracias... Si el
vulgo tiene en gran estima eso que, propiamente hablando, se
denomina investigaciones de laboratorio, se debe a que gracias a
ellas se ha conseguido construir una máquina o descubrir un suero en
los que el vulgo se cree directamente interesado. No duda ni por un
instante que con ello se ha querido mejorar su suerte. No sé con
exactitud cuál es el ideal de los sabios con tendencias
humanitarias, pero me parece que de él no forma parte una gran
cantidad de bondad. Entendámonos, hablo de los verdaderos sabios, no
de los vulgarizadores de cualquier tipo, en posesión de un título.
En este terreno, como en cualquier otro, creo en la pura alegría
surrealista del hombre que, consciente del fracaso de todos los
demás, no se da por vencido, parte de donde quiere y, a lo largo de
cualquier camino que no sea razonable, llega a donde puede. Puedo
confesar tranquilamente que me es absolutamente indiferente la
imagen que el hombre en cuestión juzgue oportuno utilizar para
seguir su camino, imagen que quizá le procure la pública estimación.
Tampoco me importa el material del que necesariamente tendrá que
proveerse: sus tubos de vidrio o mis plumas metálicas... En cuanto
al método de tal hombre lo considero tan bueno como el mío. He visto
en plena actuación al descubridor del reflejo cutáneo plantar; no
hacía más que experimentar sin tregua en los sujetos objeto de su
estudio, no era un «examen», ni mucho menos, lo que hacía;
resultaba evidente que había dejado de fiarse de todo género de
planes. De vez en cuando formulaba una observación, con aire de
lejanía, sin abandonar por ello su aguja, mientras que su martillo
actuaba constantemente. Encargó a otros la trivial tarea de tratar a
los enfermos. Se entregó por entero a su sagrada fiebre.
El surrealismo, tal como yo lo entiendo, declara nuestro
inconformismo absoluto con la claridad suficiente para que no se le
pueda atribuir, en el proceso el mundo real, el papel de testigo de
descargo. Contrariamente, el surrealismo únicamente podrá
explicar el estado de completo aislamiento al que esperamos llegar,
aquí, en esta vida. El aislamiento de la mujer en Kant, el
aislamiento de los «racimos» en Pasteur, el aislamiento de los
vehículos en Curie, son a este respecto, profundamente sintomáticos.
Este mundo está tan sólo muy relativamente proporcionado a la
inteligencia, y los incidentes de este género no son más que los
episodios más descollantes, por el momento, de una guerra de
independencia en la que considero un glorioso honor participar.
El surrealismo es el «rayo invisible» que algún día nos permitirá
superar a nuestros adversarios. «Deja ya de temblar, cuerpo».
Este verano, las rosas son azules; el bosque de cristal. La tierra
envuelta en verdor me causa tan poca impresión como un fantasma.
Vivir y dejar de vivir son soluciones imaginarias. La existencia
está en otra parte.
NOTAS
(1) Dostoiewsky: Crimen y
castigo.
(2) Pascal.
(3) Barrès, Proust.
(4) Es preciso tener en cuenta el espesor del sueño. En general, tan
sólo recuerdo lo que hasta mí llega desde las más superficiales capas
del sueño. Lo que más me gusta considerar de los sueños es aquello que
quede vagamente presente al despertar, aquello que no es el resultado
del empleo que haya dado a la jornada precedente, es decir, los sombríos
follajes, las ramificaciones sin sentido. Igualmente, en la «realidad»
prefiero abandonarme.
(5) Lo más admirable de lo fantástico es que lo fantástico ha dejado de
existir. Ahora sólo existe realidad.
(6) Véase Pasos perdidos, editado por la N. R. F.
(7) “Nord-Surd”, marzo de 1918.
(8) Si hubiera sido pintor, esta representación visual hubiera sin duda
predominado sobre la otra. Probablemente mis facultades innatas
decidieron las características de la revelación. Desde aquel día, he
concentrado voluntariamente la atención en parecidas apariciones, y me
consta que, en cuanto a precisión, no son inferiores a los fenómenos
auditivos. Provisto de papel y lápiz, me sería fácil trazar sus
contornos. Y ello es así por cuanto no se trataría de dibujar, sino de
calcar. De este manera, podría representar un árbol, una ola, un
instrumento musical, infinidad de cosas que, en este momento sería
incapaz de representar gráficamente, ni siquiera mediante el más somero
esquema. Si lo intentara, me perdería, con la certidumbre de volver a
topar conmigo mismo, en un laberinto de líneas que, a primera vista, no
parecerían representar nada. Y, al abrir los ojos, tendría la fuerte
impresión de hallarme ante algo «nunca visto». La prueba de lo que digo
ha sido efectuada muchas veces por Robert Desnos; para comprobarlo basta
con hojear el número 36 de Hojas libres, que contiene abundantes
dibujos suyos («Romeo y Julieta», «Un hombre ha muerto esta mañana»,
etc.) que la revista creyó eran dibujos realizados por locos, y que como
publicó con la mayor buena fe.
(9) Knut Hamsun considera que el hambre es el determinante de
este tipo de revelación que me obsesionó, y quizá esté en lo cierto.
(Debo hacer constar que en aquella poca no todos los días comía.) Y no
cabe duda de que los siguientes síntomas que Hamsun relata coinciden con
los míos:
El día siguiente desperté temprano. Todavía era de noche. Hacía largo
rato que tenía los ojos abiertos, cuando oí las campanadas de las cinco,
dadas por el reloj de pared del piso superior al mío. Intenté volver a
dormir, pero no lo logré, estaba totalmente despierto, y mil ideas me
bullían en la cabeza.
De repente se me ocurrieron algunas frases buenas, muy adecuadas para
utilizarlas en un apunte, en un folletón; súbitamente, y como por azar,
descubrí frases muy hermosas, frases más bellas que todas las por mí
escritas anteriormente. Me las repetí lentamente, palabra por palabra, y
eran excelentes. Las frases no dejaban de acudir, una tras otra. Me
levanté y cogí papel y lápiz, en la mesa que tenía detrás de la cama. Me
parecía que se hubiera roto una vena en mi interior, las palabras se
sucedían, se situaban en su justo lugar, se adaptaban a la situación,
las escenas se acumulaban, la acción se desarrollaba, las réplicas
surgían en mi cerebro, y yo gozaba de manera prodigiosa. Los
pensamientos acudían tan velozmente, y seguían fluyendo con tal
abandono, que desdeñé una multitud de detalles delicados, debido a que
el lápiz no podía ir con la debida velocidad, pese a que procuraba
escribir de la mano siempre en movimiento, sin perder ni un segundo. Las
frases brotaban en mi interior y estaba en plena posesión del tema.
Apollinaire aseguraba que De Chirico había pintado sus primeros cuadros
bajo la influencia de alteraciones cenestési?cas (dolores de cabeza,
cólicos...)
(10) Cada día creo más en la infalibilidad de mi pensamiento en relación
conmigo mismo, lo cual es naturalísimo. De todos modos, en esta
escritura del pensamiento, en la que uno queda a merced de cualquier
distracción exterior, se producen fácilmente «lagunas». No hay razón
alguna que justifique el intento de disimularlas. El pensamiento es, por
definición, fuerte e incapaz de acusarse a sí mismo. Aquellas evidentes
deficiencias deben atribuirse a las sugerencias procedentes del
exterior.
(11) También por Thomas Carlyle, en Sartor Resartus (capítulo
VIII: «Supernaturalismo natural»), 1833-34.
(12) Véase asimismo, el Ideorrealismo de Saint-Pol-Roux.
(13) Lo mismo podría decir de algunos filósofos y de algunos pintores;
de estos últimos tan sólo citaré a Uccello, entre los de la época
antigua, y, entre los de la época moderna, a Seurat, Gustave Moreau,
Matisse (en «La música», por ejemplo), Derain, Picasso (el más puro, con
mucho), Braque, Duchamp, Picabia, Chirico (admirable durante tanto
tiempo), Klee, Man Ray, Max Ernst y, tan próximo a nosotros, André
Masson.
(14) «Nuevas Hébridas», «Desorden formab, «Duelo por duelo».
(15) Baudelaire.
(16) Imagen de Jules Renard.
(17) No olvidemos que, según la fórmula de Novalis, «hay ciertas series
de acontecimientos que se producen paralelamente con los acontecimientos
reales. Por lo general, los hombres y las circunstancias modifican el
curso ideal de los acontecimientos de tal manera que éste toma
apariencias de imperfección y sus consecuencias son también imperfectas.
Así ocurrió con la Reforma: en vez del Protestantismo produjo el
Luteranismo».
(18) Séame permitido formular algunas reservas acerca de la
responsabilidad, en general, y de las consideraciones médico-jurídicas
pertinentes en orden a determinar el grado de responsabilidad de un
individuo, a saber, responsabilidad plena, irresponsabilidad y
responsabilidad limitada (sic). Pese a lo muy difícil que me resulta
admitir el principio de cualquier tipo de responsabilidad, me gustaría
saber de qué manera serán juzgados los primeros actos delictuosos de
naturaleza indudablemente surrealista. ¿El acusado será absuelto o
solamente se apreciará la concurrencia de circunstancias atenuantes? Es
una verdadera lástima que los delitos de prensa hayan dejado casi de ser
perseguidos, pues de lo contrario no tardaría en llegar el momento en
que podríamos asistir a un proceso del siguiente tipo: el acusado ha
publicado un libro atentatorio a la moral pública; a querella de algunos
de sus «más honorables» conciudadanos es también acusado de difamación;
contra él se formulan acusaciones de todo género, igualmente
aplastantes, cual insultos al ejército, inducción al asesinato, apología
de la violación, etc. Por su parte, el acusado se muestra enteramente de
acuerdo con los acusadores, a fin de poder desvirtuar las ideas por él
expresadas. En su defensa, se limita a proclamar que él no se considera
autor del libro en cuestión, ya que éste tan sólo puede considerarse
como una producción surrealista que excluye todo género de
consideraciones acerca del mérito o demérito de quien lo firma, ya que
el firmante no ha hecho más que copiar un documento, sin expresar sus
opiniones, y que es tan ajeno a la obra nefasta cual pueda serlo el
mismísimo presidente del tribunal que le juzga.
Y lo que cabe decir de la publicación de un libro podrá decirse también
de una infinidad de actos de diferente naturaleza el día en que los
métodos surrealistas comiencen a gozar del favor del público. Entonces
será preciso que una nueva moral sustituya a la moral usual, causa de
todos nuestros males.
(19) Rimbaud.
(20) De todos modos, DE TODOS MODOS... Mejor será descargar la
conciencia. Hoy, día 8 de junio de 1924, hacia la una, la voz me ha
susurrado: «Béthune, Béthune...» ¿Qué quería decir? No conozco Béthune,
ni tengo la menor idea de la situación en que se encuentra en el mapa de
Francia, Béthune nada me evoca, ni siquiera una escena de Los tres
mosqueteros. Hubiera debido emprender viaje hacia Béthune, en donde
quizá me esperaba algo; aunque en realidad hubiera sido ésta una
solución demasiado simplista. Me han contado que en un libro de
Chesterton se refiere el caso de un detective que para encontrar a
alguien a quien busca en una ciudad sigue el método de inspeccionar,
desde el sótano al tejado, todas las casas en cuyo exterior advierte un
detalle ligeramente anormal. Este sistema es tan bueno como cualquier
otro.
De parecido modo, Soupault, en 1919, entró en gran número de inmuebles
improbables para preguntar a la portera si allí vivía Phillippe Soupault.
Creo que no se hubiera sorprendido si le hubieran dado una respuesta
afirmativa. Ello se hubiera debido a que Soupault habría entrado en su
propia casa. |