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3ra parte
1.
CONVERSACIÓN CON EL DELEGADO PROVINCIAL DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA
En Septiembre de 1920 me llamó el delegado provincial de Instrucción
Pública.
Escúchame hermano -me dijo- he oído que andas chillando por ahí...
por que han instalado tu escuela de trabajo... en el local del
Consejo Provincial de Economía.
-¿Cómo no voy a chillar? La cosa no es para chillar solamente: es
para aullar. ¿Qué escuela de trabajo es ésa? Toda ahumada, sucia...
¿Acaso se parece eso a una escuela?
-Sí... Para tu gusto, haría falta construir un edificio nuevo,
colocar nuevos pupitres, y entonces tú te dedicarías a la enseñanza.
El quid no está, hermano, en los edificios; lo importante es educar
al hombre nuevo, pero vosotros los pedagogos, no hacéis más que
sabotearlo todo: el edificio no os gusta y las mesas no son como
deben ser. Os falta eso... ¿sabes qué?... El fuego revolucionario.
¡No necesitáis la raya en los pantalones!
-¡Yo no llevo raya en los pantalones!
-Bueno, tú no la llevas... ¡Intelectuales asquerosos! No hago más
que buscar y rebuscar. La cosa tiene mucha importancia. ¡Hay tantos
ladronzuelos de esos, que es imposible ir por la calle! Además, ya
se meten en las casas. Me dicen que éste es un asunto nuestro, de
Instrucción Pública... ¿Qué te parece?
-¿Qué va a perecerme?
-Pues eso, precisamente, que no quiere nadie: que todos se defienden
con uñas y dientes, que todos dicen: "Nos degollarán". Naturalmente,
os gustaría tener un despachito, libros... ¡Tú te has puesto hasta
gafas!...
Me eché a reír:
-¡Vaya, también las gafas le molestan!
-Es lo que yo digo: que sólo queréis leer; Pero, si se os da un ser
vivo, entonces salís con ésas: "Me degollará" ¡Intelectuales!
El delegado provincial de Instrucción Pública me acribillaba enojado
con sus pequeños ojos negros, y, bajo los bigotes a lo Nietzsche, su
boca expelía insultos contra nuestra casta pedagógica. Pero este
delegado provincial. Instrucción Pública no tenía razón.
-Usted escúcheme...
-¡Qué "escúcheme" ni que "escúcheme"! ¿Qué puedes decirme? Me dirás:
¡si fuera esto como en Norteamérica! Hace poco leí un librito acerca
de eso... alguien me lo dio intencionadamente. Reformadores... O,
¿cómo es? Espera... ¡Ah! Reformatorios. Pero eso no existe todavía
en nuestro país.
-No, usted escúcheme.
-Bien, le escucho.
-También antes de la Revolución se hacía entrar en vereda a esos
vagabundos. Entonces había colonias de delincuentes menores de
edad...
-Esto no es lo mismo, ¿sabes?... lo de antes no sirve.
-Precisamente. Y esto quiere decir que el hombre nuevo debe ser
forjado de un modo nuevo.
-De un modo nuevo; en eso tienes razón. Pero nadie sabe cómo...
-¿Y tú lo sabes?
-Yo tampoco.
-Pues yo tengo en la delegación provincial de Instrucción Pública
gente que sabe...
-Sin embargo, no quieren poner manos a la obra...
-No quieren los infames; en eso tienes razón.
-Y si yo me pongo a ello, me harán imposible la vida. Haga lo que
haga, dirán que no es así.
-Estás en lo justo; lo dirán esos sinvergüenzas.
-Y usted les creerá a ellos y no a mí.
-No les creeré. Les diré: debíais haberlo hecho vosotros mismos.
-Bueno; ¿y si, en realidad, me armo un lío?
El delegado provincial de Instrucción Pública dio un puñetazo sobre
la mesa.
-Pero, ¿por qué vas a armarte un lío?... Bien, pues te armas un lío.
¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Acaso yo no lo comprendo o qué?
Ármate todos los líos que quieras, pero hay que obrar. Después
veremos. Lo más importante es ¿sabes?... no una colonia de menores,
sino una escuela de educación social. ¡Necesitamos, ¿comprendes?,
forjar un hombre nuestro! Y tú eres quien debe hacerlo. De cualquier
forma, todos, tenemos que aprender. Y, por lo tanto, tú también
aprenderás. Me gusta que me hayas dicho francamente: no sé. Eso está
bien.
-¿Y sitio hay? Porque, a pesar de todo, hacen falta edificios.
-Hay sitio, hermano. Un sitio magnífico. Precisamente allí había
antes una colonia de menores. No está lejos, a unas seis verstas. Se
está bien allí. Hay bosque, campo... Podrás criar vacas...
-¿Y gente?
-¿Gente? Enseguida la saco del bolsillo. ¿Tal vez necesitas también,
un automóvil?
-¿Dinero?...
-Dinero hay. Toma.
De un cajón de la mesa sacó un paquete.
-Ciento cincuenta millones. Para toda clase de gastos de
organización. Reparaciones, los muebles que precises...
-¿Y para las vacas?
-Para las vacas tendrás que esperar; allí no hay cristales. Y luego
haces el presupuesto para un año.
-No está bien así. Sería mejor ver antes el sitio.
-Yo lo he visto ya. ¿Es que tú vas a ver mejor que yo? Ve. No hay
más que hablar.
-Bien, de acuerdo -asentí aliviado, porque en aquel momento no había
nada más terrible para mí que las habitaciones del Consejo
Provincial de Economía-.
¡Eres un valiente! -resumió el delegado provincial de Instrucción
Pública-. ¡Manos a la obra! ¡La causa es sagrada!
2.
PRINCIPIO SIN GLORIA DE LA COLONIA GORKI
A seis kilómetros de Poltava, sobre unas colinas arenosas,
extendíase un bosque de pinos como de doscientas hectáreas, y por el
lindero del bosque corría la carretera de Járkov, en la que
brillaban, monótonos y pulcros, los guijarros.
En el bosque había un prado de unas cuarenta hectáreas. En uno de
sus ángulos se alzaban cinco cajas geométricas de ladrillos, que
constituían todas juntas un cuadrilátero perfecto. Esta era la nueva
colonia para menores.
La plazoleta arenosa del patio descendía hacia el extenso claro del
bosque, hacia los juncos de un pequeño lago en cuya orilla opuesta
se hallaban las cercas y las jatas* (*Casas campesinas en Ucrania
(N. de la Edit.)) de un caserío de kulaks. Más allá del caserío se
perfilaba en el cielo una hilera de viejos abedules y dos o tres
tejados de bálago. Eso era todo.
Antes de la Revolución, aquí había una colonia de menores. En 1917
la colonia se disolvió, dejando en pos de sí muy pocas huellas
pedagógicas. A juzgar por estas huellas, conservadas en unos viejos
y rotos cuadernos-diarios, los principales pedagogos eran celadores,
probablemente suboficiales retirados, cuyas obligaciones consistían
en vigilar cada paso de sus educandos, tanto durante el trabajo como
durante el recreo, y en dormir por las noches junto a ellos en la
habitación contigua. De lo que contaban campesinos de la vecindad
deducíase que la pedagogía de esos celadores no brillaba por ninguna
complicación especial. Exteriormente se expresaba por un instrumento
simple como el palo.
Los rastros materiales de la antigua colonia eran todavía más
insignificantes. Los vecinos más inmediatos de la colonia habían
trasladado y llevado a sus depósitos propios todo lo traducible a
unidades materiales: los talleres, almacenes, los muebles. Entre
otros bienes había sido trasladado también hasta el huerto de
árboles frutales. Sin embargo, nada de toda esta historia recordaba
a los vándalos. El huerto no había sido talado, sino excavado y
replantado en algún otro lugar; tampoco los cristales de las casas
habían sido rotos, sino sacados con precaución; las puertas, no
arrancadas por ninguna hacha colérica, habían sido cuidadosamente
desprendidas de sus goznes y los hornos desmontados ladrillo a
ladrillo. Sólo el aparador, en el antiguo domicilio del director,
permanecía en su sitio.
-¿Por qué sigue aquí el armario? -pregunté a un vecino, Luká
Semiónovich Verjola, que había venido desde el caserío para ver a
los nuevos amos.
Pues porque, como usted ve, puede decirse que este armario no sirve
para nuestra gente. Usted mismo juzgará que no vale la pena de
desmontarlo. En las jatas no entrará, tanto por lo alto como por lo
ancho...
En los rincones de los cobertizos se amontonaba la chatarra, pero no
había cosas útiles. Siguiendo las huellas recientes, conseguí
recuperar algunos objetos de valor, sustraídos en los últimos días.
Eran una vieja sembradora corriente, ocho bancos de carpintería, que
apenas se tenían en pie, un caballo merino de treinta años de edad,
que en otros tiempos fuera kirgís, y una campana de cobre.
En la colonia encontré ya a Kalina Ivánovich, el administrador. Me
acogió con esta pregunta:
-¿Usted es el encargado de la parte pedagógica?
Pronto reparé en que Kalina Ivánovich hablaba con acento ucraniano,
aunque no reconocía la lengua ucraniana como una cuestión de
principio. En su léxico abundaban las palabras ucranianas, y siempre
pronunciaba la letra "g" al modo meridional. Pero yo no sé por qué
en la palabra "pedagógica" acentuaba con tanta fuerza esa literaria
"g" rusa, que en él resultaba hasta exagerada.
-¿Usted es el encargado de la parte pedagógica?
-¿Por qué? Yo soy el director de la colonia...
-No -objetó quitándose la pipa de la boca-. Usted será el encargado
de la parte pedagógica y yo el encargado de la administración.
Imaginaos el Pan de Vrúbel, ya completamente calvo, sólo con un
resto de pelo sobre las orejas. Afeitad a este Pan la barba y
cortadle los bigotes como a un arcipreste. Ponedle una pipa entre
los dientes. Y ya no será Pan, sino Kalina Ivánovich Serdiuk. Era un
hombre extraordinariamente complicado para un trabajo tan simple
como la administración de una colonia infantil. Tenía a sus
espaldas, por lo menos, cincuenta años de diferente actividad. Pero
únicamente dos épocas constituían su orgullo: en su juventud había
sido húsar del regimiento de Kexholm de guardias de corps de Su
Majestad y en el año 18, durante la ofensiva de los alemanes, había
dirigido la evacuación de la ciudad de Mírgorod.
Kalina Ivánovich fue el primer objeto de mi actividad pedagógica.
Era una gran dificultad para mí su abundancia en las convicciones
más diversas. Con el mismo placer denostaba contra los burgueses,
los bolcheviques, los rusos, los hebreos, nuestro desaliño y la
meticulosidad alemana. Pero sus ojos azules brillaban con tanto amor
a la vida, tan sensible y dinámico, que no escatimé para él una
pequeña cantidad de energía pedagógica. Y comencé a educarle desde
el primer día, desde nuestra primera conversación:
-¿Cómo es posible camarada Serdiuk, que la colonia no tenga
director? Alguien debe responder de todo.
Kalina Ivánovich se quitó otra vez la pipa y se inclinó cortésmente
hacia mi rostro:
-Entonces ¿usted desea ser el director de la colonia ¿Y que yo sea,
en cierto modo, su subordinado?
-No, eso no es obligatorio. Si usted, quiere, yo seré su
subordinado.
-Yo no he estudiado pedagogía y lo que no me incumbe, no me incumbe.
Usted es joven aún, y quiere que yo, un viejo, sea el chico de los
recados. Esto tampoco está bien. Sin embargo, para ser el director
de la colonia me falta cultura, y además, ¿qué necesidad tengo?
Kalina Ivánovich se apartó con enojo de mí. Se había disgustado.
Anduvo triste todo el día, y al anochecer se presentó en mi cuarto
ya completamente abatido.
-Aquí le he puesto una camita y una mesilla. Lo que he podido
encontrar...
-Gracias.
-No hago más que pensar qué vamos a hacer con esta colonia. Y he
decidido que, naturalmente, vale más que sea usted el director de la
colonia y yo una especie de subordinado suyo.
-No regañaremos, Kalina Ivánovich.
-También yo lo creo así. La cosa no es tan difícil y nosotros,
cumpliremos nuestro deber. Y usted, como hombre culto, será una
especie de director de la colonia.
Nos pusimos a trabajar. Con ayuda de palos conseguimos levantar el
viejo caballo de treinta años. Kalina Ivánovich se encaramó a algo
semejante a una carreta, amablemente cedida por un vecino, y todo
este sistema puso rumbo a la ciudad a una velocidad de dos
kilómetros por hora. Comenzaba el período de organización.
Para este período había sido planteada una tarea muy en su punto: la
concentración de los valores materiales imprescindibles para la
educación del hombre nuevo. Por espacio de dos meses, Kalina
Ivánovich y yo nos pasamos días enteros en la ciudad. Kalina
Ivánovich iba en coche y yo a pie. Él creía que ir a pie rebajaba su
dignidad, y a mí me era imposible resignarme con el ritmo que podía
proporcionar el caballo ex kirguiz.
En el transcurso de dos meses logramos, con ayuda de los
especialistas rurales, poner más o menos en orden uno de los
cuarteles de la antigua colonia: colocamos cristales, reparamos las
estufas, pusimos puertas nuevas. En el dominio de la política
exterior obtuvimos un solo éxito, aunque, en cambio, verdaderamente
notable: a fuerza de solicitudes logramos de la Comisión de
Abastecimiento del Primer Ejército de Reserva ciento cincuenta puds
de harina de centeno. Pero no tuvimos la suerte de poder
"concentrar" otros valores materiales.
Comparando todo eso con mis ideales en el terreno de la cultura
material, vi que, aunque tuviera cien veces más, me faltaría tanto
como ahora para llegar al ideal. A consecuencia de ello tuve que
declarar terminado el período de organización. Kalina Ivánovich,
aprobó mi punto de vista:
-¿Y qué podemos reunir si ellos, los parásitos se dedican a hacer
encendedores? Han arruinado al pueblo y ahora dicen: "Organízate
como puedas". Tendremos que hacer lo mismo que Ilyá Múromets.
-¿Lo mismo que Ilyá Múromets?
-Sí. Hubo en otro tiempo un Ilyá Múromets, tal vez tú lo sepas, y
los parásitos esos han declarado que era un paladín. Pero yo
considero que no era más que un pobretón y un vago. En verano,
¿comprendes?, viajaba en trineo...
-Pues bien: seremos como Ilyá Múromets. Después de todo eso no es
tan malo. ¿Y dónde está el bandido Solovéi?
-Bandidos, hermano, hay todos los que quieras...
Llegaron a la colonia dos educadoras: Ekaterina Grigórievna y Lidia
Petrovna. En mis búsquedas de pedagogos, yo había llegado casi a la
desesperación completa; nadie quería consagrarse a la educación del
hombre nuevo en nuestro bosque, porque todo el mundo temía a los
golfos y nadie confiaba en el fausto final de nuestra empresa. Y
sólo en una conferencia de maestros rurales, en que me vi obligado a
hacer uso de la palabra, encontré a dos personas vivas. Me alegró
que fueran mujeres. Yo creía que la "ennoblecedora influencia
femenina" completaría afortunadamente nuestro conjunto de fuerzas.
Lidia Petrovna era todavía muy joven, una chiquilla. Acababa de
salir del liceo, y aún no había perdido la costumbre de los cuidados
maternos. El delegado provincial de Instrucción Pública me preguntó
al firmar su nombramiento:
-¿Para qué quieres a esa muchachita? Si no sabe nada...
-Así la he buscado precisamente. De vez en cuando se me ocurre que
los conocimientos no tienen ahora tanta importancia. Esta Lídochka
es un ser purísimo, y yo cuento con ella como con una especie de
vacuna.
-¿No te pasarás de listo? En fin, de acuerdo...
En cambio, Ekaterina Grigórievna era un experto lobo pedagógico. No
había nacido mucho antes que Lídochka pero Lídochka se reclinaba en
su hombro igual que niña juntó a su madre. En el rostro serio y
hermoso Ekaterina Grigórievna resaltaban unas cejas negras, casi
varoniles. Sabía llevar con aseo subrayado vestidos conservaba por
verdadero milagro y Kalina Ivánovich, al conocerla, se expresó
acertadamente:
-Con una mujer así hay que tener mucho cuidado...
En fin, todo estaba dispuesto.
El 4 de diciembre llegaron a la colonia los primeros seis educandos
y me hicieron entrega de un sobre fabuloso, sellado con cinco
enormes lacres... Este sobre contenía "expedientes". Cuatro eran
enviados a la colonia por asalto a mano armada de una casa y tenían
dieciocho años de edad: los otros dos, más jóvenes, eran acusados de
robo. Nuestros educandos estaban espléndidamente vestidos:
pantalones de montar, botas elegantes. Sus peinados eran de última
moda. En ellos no había absolutamente nada de niños abandonados. Los
apellidos de estos primeros educandos eran Zadórov, Burún, Vólojov,
Bendiuk, Gud y Taraniets.
Los recibimos afablemente. Desde por la mañana se estaba
condimentando una comida especialmente sabrosa. La cocinera
deslumbraba con su cofia de impoluto blancor. En el dormitorio,
mesas engalanadas ocuparon el espacio libre entre las camas. No
teníamos manteles, pero sábana nuevas hicieron con buen éxito sus
veces. Aquí se congregaron todos los participantes de la colonia
naciente. También acudió Kalina Ivánovich, que, con motivo de la
solemnidad, había cambiado la sucia chaqueta gris que vestía a
diario por una cazadora de terciopelo verde.
Yo pronuncié un discurso acerca de la nueva vida de trabajo, acerca
de la necesidad de olvidar el pasado y marchar adelante y adelante.
Los educandos oían mi discurso con poca atención, susurraban algo
entre sí, mirando con sonrisas sarcásticas y despreciativas los
catres plegables, recubiertos de edredones que no tenían nada de
nuevos, y las ventanas y las puertas sin pintar. En pleno discurso
Zadórov dijo de pronto en voz alta a uno de sus camaradas:
-¡Por culpa tuya nos hemos metido en este lío!
Dedicamos el resto del día a planear nuestra vida futura. Pero los
educandos escuchaban con cortés negligencia mis propuestas: sólo
querían librarse de mí lo antes posible.
Por la mañana, Lidia Petrovna, toda agitada, vino mi cuarto y me
dijo:
-No sé cómo hablar con ellos... Les digo que hay que ir al lago, por
agua, y uno de ellos, con el pelo todo planchado, que estaba
calzándose, me acerca de repente una bota a la cara y me dice:
"¡Mire usted qué botas tan estrechas me ha hecho el zapatero!"
Durante los primeros días ni siquiera nos ofendían: simplemente no
reparaban en nuestra presencia. Al anochecer se iban tranquilamente
de la colonia y volvían por la mañana, escuchando con discreta
sonrisa mis reconvenciones, inflamadas por el espíritu de la
educación socialista. Una semana más tarde, Bendiuk fue detenido en
la colonia por un agente de investigación: se le acusaba de
asesinato y robo nocturno. Lídochka, mortalmente asustada por este
acontecimiento, lloraba, en su habitación y no salía más que para
preguntarnos a todos:
-Pero, ¿qué es eso? ¿Cómo ha podido matar?
Ekaterina Grigórievna, sonriendo seriamente, fruncía el entrecejo:
-No sé, Antón Semiónovich; de verdad que no lo sé... Tal vez
tengamos que marcharnos sin más ni más... No sé qué tono hay que
emplear aquí...
El bosque desierto en torno a nuestra colonia, las cajas vacías de
los edificios, los diez catres plegables en lugar de camas, el hacha
y la pala como herramientas y la media docena de educandos que
negaban categóricamente no sólo nuestra pedagogía, sino la cultura
humana íntegra, todo eso, a decir verdad, no se ajustaba en absoluto
a nuestra precedente experiencia escolar.
En las largas veladas invernales, la colonia era angustiante. Dos
quinqués la alumbraban, uno en el dormitorio y el otro en mi
habitación. Las educadoras y Kalina Ivánovich tenían velones,
invención de la época de Kii, Schek y Joriv. El cristal de mi
quinqué estaba roto por la parte superior, y el resto se hallaba
todo ahumado, porque Kalina Ivánovich, al encender su pipa, recurría
frecuentemente al fuego de mi lámpara, metiendo para ello medio
periódico en el cristal.
Aquel año las nevascas comenzaron pronto, y todo patio de la colonia
se llenó de montones de nieve. No tenemos a nadie para limpiar los
senderos. Pedí a los educandos que lo hicieran ellos, y Zadórov me
contestó:
-Podemos limpiar los senderos, pero sólo cuando pase el invierno: si
no, los limpiaremos nosotros, y otra vez nevará. ¿Comprende?
Sonrió amablemente y se dirigió, hacia un camarada olvidando mi
existencia. Zadórov procedía de una familia de intelectuales: se
notaba en el acto. Hablaba correctamente, su rostro se distinguía
por ese aspecto lustroso que no tienen más que los niños bien
alimentados. Vólojov era de otro género: boca ancha, nariz ancha,
los ojos muy separados, todo ello acompañado de una peculiar
movilidad de facciones; el rostro de un bandido. Vólojov llevaba
siempre las manos metidas en los bolsillos del pantalón de montar, y
ahora se acercó a mí en esa actitud:
-Bueno, ya le hemos contestado...
Salí del dormitorio, transformando mi cólera en una especie de
piedra pesada dentro del pecho. Pero era preciso limpiar los
senderos, y la cólera petrificada exigía acción. Fui en busca de
Kalina Ivánovich:
-Vamos a limpiar la nieve.
-¿Qué dices? ¿Es que yo he venido aquí de peón? ¿Y los
ruiseñores-bandidos qué? -dijo, señalando los dormitorios.
-No quieren.
-¡Ah, parásitos! Bueno, vamos.
Kalina Ivánovich y yo estábamos terminando de limpiar el primer
sendero cuando en él aparecieron Vólojov y Taraniets, que iban como
siempre, a la ciudad.
-¡Eso está bien! -exclamó alegremente Taraniets.
-Hace tiempo que debían haberlo hecho -le sostuvo Vólojov.
Kalina Ivánovich les cerró el paso:
-¿Qué es eso de que "está bien"? Tú, canalla, te has negado a
trabajar, ¿y piensas que voy a hacerlo yo por ti? Por aquí no pasas,
parásito. Métete en la nieve, que, si no, te daré con la pala...
Kalina Ivánovich alzó la pala, pero un segundo después su pala
volaba hasta un lejano montón de nieve, su pipa iba a parar a otro
lado, y el estupefacto Kalina Ivánovich pudo solamente acompañar con
la mirada a los jóvenes y oír cómo le gritaban, ya desde lejos:
-¡Tendrás que ir tú solito en busca de la pala!...
Entre risas se marcharon a la ciudad.
-¡Me iré al diablo! ¡Yo aquí no trabajo! -exclamó Kalina Ivánovich y
se fue a su habitación, dejando abandonada la pala en el montón de
nieve.
Nuestra vida se hizo siniestra y angustiosa. Cada noche se oían
gritos en la carretera principal de Járkov:
-¡Socorro!
Los aldeanos desvalijados acudían a nosotros y con voces trágicas
imploraban nuestra ayuda.
Conseguí del delegado provincial un revólver para defenderme de los
caballeros salteadores, pero le oculté la situación en la colonia.
Aún no había perdido la esperanza de encontrar la manera de llegar a
un acuerdo con los educandos.
Para mí y para mis compañeros, los primeros meses de nuestra colonia
no fueron sólo meses de desesperación y de tensión impotente:
también fueron meses de busca de la verdad. En toda mi vida había
leído yo tanta literatura pedagógica como en el invierno de 1920.
Esto ocurría en la época de Wrángel y de la guerra contra Polonia.
Wrángel andaba por allí cerca, alrededor de Novomírgorod; muy
próximos a nosotros, en Cherkasy, combatían los polacos; toda
Ucrania estaba plagada batkos* (*Jefes de bandas blancas en Ucrania
(N. de la Edit.)); mucha gente a nuestro alrededor se hallaba
fascinada por las bandas de Petliura. Pero nosotros, en nuestro
bosque, con la cabeza entre las manos, tratábamos de olvidar el
fragor de los grandes acontecimientos y leía libros de pedagogía.
El fruto principal que yo obtenía de mis lecturas era una firme y
honda convicción de que no poseía ninguna ciencia ni ninguna teoría,
de que era preciso deducir la teoría de todo el conjunto de
fenómenos reales que transcurrían ante mis ojos. Al principio, yo ni
siquiera lo comprendía, pero veía, simplemente, que no necesitaba
fórmulas librescas, que de todas suertes, no podría aplicar a mi
trabajo, sino un análisis inmediato y una acción también inmediata.
Con todo mi ser sentía que debía apresurarme, que era imposible
esperar ni un solo día más. La colonia estaba adquiriendo
crecientemente el carácter de una cueva de bandidos. En la actitud
de los educandos frente a los educadores se incrementaba más y más
el tono permanente de burla y de granujería. Ya habían empezado a
referir anécdotas escabrosas en presencia de las educadoras, exigían
groseramente la comida, arrojaban los platos por el aire, jugaban de
manera ostensible con sus navajas y, chanceándose, inquirían los
bienes que poseía cada uno.
-Siempre puede ser útil... ¡en un momento de apuro!
Se negaban resueltamente a cortar leña para las estufas y un día
destrozaron, en presencia de Kalina Ivánovich, el tejado de madera
del cobertizo. Lo hicieron entre risas y bromas:
-¡Para lo que vamos a vivir aquí nos basta!
Kalina Ivánovich desprendía millones de chispas de su pipa y hacia
gestos de desesperación:
-¿Qué vas a decirles a esos parásitos? ¡Gomosos indecentes! ¿Y de
dónde habrán sacado que se puede destrozar las dependencias? Por una
cosa así habría que meter en la cárcel a sus padres. ¡Parásitos!
Y sucedió que no pude mantenerme más tiempo en la cuerda pedagógica.
Una mañana de invierno pedí a Zadórov que cortase leña para la
cocina. Y escuché la habitual contestación descarada y alegre:
-¡Ve a cortarla tú mismo: sois muchos aquí!
Era la primera vez que me tuteaban.
Colérico y ofendido, llevado a la desesperación y al frenesí por
todos los meses precedentes, me lancé sobre Zadórov y le abofeteé.
Le abofeteé con tanta fuerza, que vaciló y fue a caer contra la
estufa. Le golpeé por segunda vez y, agarrándole por el cuello y
levantándole, le pegué una vez más.
De pronto, vi que se había asustado terriblemente. Pálido,
temblándole las manos, se puso precipitadamente la gorra, después se
la quitó y luego volvió a ponérsela. Y probablemente yo hubiera
seguido golpeándole, pero el muchacho, gimiendo, balbuceó:
-Perdóneme, Antón Semiónovich.
Mi ira era tan frenética y tan incontenible, que yo me daba cuenta
de que, si alguien decía una sola palabra contra mí, me arrojaría
sobre todos para matar, para exterminar a aquel tropel de bandidos.
En mis manos apareció un atizador de hierro. Los cinco educandos
permanecían inmóviles junto a sus camas. Burún se arreglaba
precipitadamente algo en el traje.
Me volví a ellos y les conminé, golpeando con el atizador el
respaldo de una cama:
-O vais todos inmediatamente al bosque a trabajar o ahora mismo os
marcháis fuera de la colonia con mil demonios.
Y salí del dormitorio.
En el cobertizo donde guardábamos las herramientas empuñé un hacha y
contemplé, ceñudo, cómo los educandos se repartían las hachas y los
serruchos. Por mi no pasó la idea de que era mejor no ir al bosque
aquel día, no poner las hachas en manos de los educandos, pero ya
era tarde: se habían repartido todas las herramientas. Daba igual.
Yo me sentía dispuesto a todo: había resuelto no entregar
gratuitamente mi vida. Además, tenía el revólver en el bolsillo.
Nos fuimos al bosque. Kalina Ivánovich me dio alcance y,
terriblemente agitado, susurró:
-¿Qué pasa? Dime, por favor: ¿cómo están hoy tan amables?
Yo contemplé distraído los ojos azules del Pan y respondí:
-Mal van las cosas, hermano... Por primera vez en mi vida he pegado
a un hombre.
-Pero, ¿qué has hecho? -se sorprendió Kalina Ivánovich-. ¿Y si se
quejan?
-Eso es lo de menos...
Para mi asombro, todo transcurrió bien. Estuve trabajando con los
muchachos hasta la hora de comer. Cortábamos pinos torcidos. En
general, los muchachos parecían sombríos, pero el aire puro y
helado, el hermoso bosque, que ornaban enormes caperuzas de nieve,
la amistosa colaboración del hacha y el serrucho hicieron su obra.
En un alto, fumamos confusos de mi reserva de majorka*(*Tabaco
ordinario (N. de la Edit.)), y Zadórov, echando humo hacia las copas
de los pinos, lanzó de repente una carcajada:
-¡Menudo! ¡Ja, ja, ja, ja!
Era agradable ver su rostro sonrosado, que agita risa, y yo no pude
dejar de sonreír:
-¿A qué te refieres? ¿Al trabajo?
-También al trabajo, pero ¡hay que ver cómo me ha zumbado usted!
Era natural que Zadórov, un mocetón robusto y grandote, se riese. Yo
mismo me sorprendía de haberme atrevido a tocar a tal gigante.
Lanzó otra carcajada, y, sin dejar de reírse, empuñó el hacha y se
fue hacía un árbol.
-¡Vaya una historia! ¡Ja, ja, ja, ja!
Almorzamos juntos con apetito, bromeando, pero no aludimos más al
suceso de la mañana. Yo, sin embargo, me sentía violento, aunque
estaba dispuesto a no bajar tono y seguí dando órdenes con la misma
firmeza después de la comida. Vólojov sonreía, pero Zadórov se
aproximó a mí con una expresión de lo más seria:
-¡No somos tan malos, Antón Semiónovich! Todo saldrá bien; Nosotros
comprendemos... |
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3.
CARACTERÍSTICA DE LAS NECESIDADES PRIMORDIALES
Al día siguiente dije a los educandos:
-¡El dormitorio debe estar limpio! Es preciso designar responsables
de dormitorio. A la ciudad se puede ir únicamente con mi
autorización. El que se marche sin permiso, que no vuelva, porque no
le admitiré.
-¡Oh, oh! -dijo Vólojov-. Puede que sea algo menos.
-Elegid, muchachos, qué os conviene más. Yo no puedo actuar de otra
manera. En la colonia tiene que haber disciplina. Si no os gusta,
marchaos cada uno a donde queráis. Pero el que se quede aquí,
observará la disciplina. Como gustéis. Aquí no habrá ninguna cueva
con ladrones.
Zadórov me tendió la mano:
-¡Venga la mano! ¡Tiene usted razón! Tú; Vólojov cállate. Todavía
eres demasiado tonto para estos asuntos. Más nos conviene estar
aquí, que ir a la cárcel.
-¿Y es obligatorio asistir a la escuela? -preguntó Vólojov.
-Obligatorio.
-¿Y si yo no quiero estudiar?... ¿Qué falta me hace? ...
-Es obligatorio asistir a las clases. Quieras o no quieras, será
igual. ¿Ves? Zadórov acaba de llamarte tonto. Esto quiere decir que
debes aprender a ser listo.
Vólojov movió burlón la cabeza, repitiendo unas palabras de no sé
qué anécdota ucraniana:
-¡Eso si que es un salto!
En el terreno de la disciplina, el incidente con Zadórov había
señalado un viraje. Y, en honor a la verdad, yo no me sentía
atormentado por ningún remordimiento de conciencia. Sí, había
abofeteado a un educando. Yo experimentaba toda la incongruencia
pedagógica, toda la ilegalidad jurídica de aquel hecho, pero, al
mismo tiempo, comprendía que la pureza de mis manos pedagógicas era
asunto secundario en comparación con la tarea planteada ante mí.
Estaba resueltamente decidido a ser dictador, si no salía adelante
con ningún otro sistema. Al cabo de cierto tiempo tuve un choque
serio con Vólojov, que, estando de guardia, no había arreglado el
dormitorio y se negó a hacerlo después de una observación mía.
Mirándole enfadado, le dije:
-¡No me saques de quicio! ¡Arregla el dormitorio!
-¿Y si no lo arreglo? ¿Me abofeteará usted? No tiene derecho...
Le agarré por el cuello y, acercándole hacia mí, barboté muy cerca
de su rostro con absoluta sinceridad:
-¡Óyeme! Te prevengo por última vez; ¡no te abofetearé, sino que te
dejaré baldado! Después, si quieres, te quejas, y yo iré a la
cárcel. Eso a ti no te importa.
Vólojov se desprendió de mis manos y me dijo con lágrimas en los
ojos:
-No vale la pena de ir a la cárcel por una tontería así. Arreglaré
la habitación, ¡y que el diablo se lo lleve usted!
Troné:
-¿Qué manera de hablar es ésa?
-¿Cómo quiere que hable con usted?... ¡Váyase al...!
-¿Qué? ¡Atrévete!...
Vólojov rompió a reír e hizo un ademán evasivo.
-¡Vaya un hombre, fíjate!... ¡Arreglaré la habitación, la arreglaré,
no chille usted!
Sin embargo, es preciso señalar que yo no pensaba ni por un minuto
haber hallado en la violencia un medio todopoderoso de pedagogía. El
incidente con Zadórov me había costado más caro que al mismo
Zadórov. Tenía miedo a lanzarme por el camino de la menor
resistencia. Lidia Petrovna fue quien me condenó con más franqueza y
más insistencia entre las educadoras. Al anochecer de aquel mismo
día, con el rostro apoyado en los pequeños puños, me dijo machacona:
-Entonces, ¿ha encontrado usted ya el método? ¿Como en el seminario?
-Déjeme, Lídochka.
-No, conteste: ¿tenemos que andar a bofetadas? ¿Y yo también puedo?
¿O sólo usted?
-Lídochka, ya le contestaré más tarde. Por ahora ni yo mismo lo sé.
Espere un poco.
-Bueno, esperaré.
Ekaterina Grigórievna, anduvo varios días con el entrecejo fruncido
y, al hablar conmigo, adoptaba un tono cortésmente oficial. Sólo
cinco días después me preguntó con una sonrisa seria:
-Bueno, ¿cómo se encuentra?
-Igual. Me encuentro muy bien.
-¿Sabe usted qué es lo más triste de toda esta historia?
-¿Lo más triste?
-Sí. Lo más desagradable es que los muchachos refieren su hazaña con
admiración. Están incluso dispuestos a enamorarse de usted, y
Zadórov el primero de todos. ¿Cómo explicarlo? No lo comprendo. ¿La
costumbre de la esclavitud?
Después de reflexionar un poco, contesté a Ekaterina Grigórievna:
-No, aquí no se trata de esclavitud. Aquí hay una cosa distinta.
Analícelo usted bien: Zadórov, más fuerte que yo, podía haberme
mutilado de un golpe. Considere usted, además, que no tiene miedo a
nada, como tampoco tiene miedo a nada Burún y los demás. En toda
esta historia ellos no ven los golpes, sino la ira, el estallido
humano. Comprenden muy bien que igualmente podía no haber pegado a
Zadórov, que podía haberle devuelto como incorregible a la comisión,
que podía ocasionarles muchos disgustos graves. Pero yo no hice eso
y procedí de una manera peligrosa para mí, aunque humana y no
formal. Y, por lo visto, la colonia, a pesar de todo, les hace
falta. La cosa es bastante complicada. Además, ellos ven que
nosotros trabajamos mucho para su servicio. A pesar de todo, son
personas. Y éste es un hecho de suma importancia.
-Tal vez -me respondió, pensativa, Ekaterina Grigórievna.
Sin embargo, no disponemos de mucho tiempo para meditar. Una semana
más tarde, en febrero de 1921, traje en un carromato a quince
muchachos auténticamente abandonados y harapientos. Nos vimos
obligados a trabajar mucho para lavarles, vestirles de algún modo,
curarles la sarna. En marzo teníamos en la colonia a unos treinta
chicos. En su mayoría, estaban muy descuidados, en estado salvaje y
absolutamente inadecuados para la realización del sueño de la
educación socialista. De momento no había en ellos esa capacidad
peculiar de creación, que según se dice, asemeja el modo de razonar
de los niños al de los sabios.
En la colonia aumentó también el número de educadores. Para marzo
contábamos ya con un verdadero consejo pedagógico. La pareja Natalia
Márkovna e Iván Ivánovich Osipov trajo, en medio del asombro de toda
la colonia, un ajuar bastante considerable: divanes, sillas,
armarios, una gran cantidad de ropa y de vajilla. Nuestros colonos,
carentes hasta de lo más indispensable, contemplaban con
extraordinario interés cómo era descargada de los carros toda esa
riqueza a la puerta de la habitación en que debían vivir los Osipov.
El interés de los colonos por los bienes de los Osipov no era, ni
mucho menos, un interés académico, y a mí me asustaba mucho la idea
de que todo ese magnífico transporte hiciera el viaje de vuelta
hacia los mercados urbanos. Una semana más tarde, cuando llegó el
ama de llaves, el interés especial por las riquezas de los Osipov se
entibió un poco. El ama de llaves era una viejecita muy buena,
parlanchina y tonta. Su ajuar, aunque cedía en mucho al de los
Osipov, se componía de cosas muy apetitosas. Había allí mucha
harina, tarros de mermelada y no sé que muchas bolsas cuidadosamente
atadas y numerosos sacos de viaje, a través de los cuales la mirada
de los colonos discernía diversos objetos de valor.
El ama de llaves arregló su habitación con el gusto y el confort de
una persona entrada en años: dispuso sus cajas y los demás bártulos
en despensas, rinconcitos y huecos, dispuestos para ello por la
propia naturaleza, y entabló rápida amistad con dos o tres
muchachos. Esta amistad descansaba sobre principios semejantes a los
de un tratado: ellos le traían la leña y le encenderían el samovar y
ella, como pago, les convidaría a tomar té y a hablar acerca de la
vida. En realidad, el ama de llaves no tenía nada que hacer en la
colonia. A mí me asombraba que nos la hubieran mandado.
En la colonia no necesitábamos ninguna ama de llaves. Nosotros
éramos increíblemente pobres.
Aparte unas cuantas habitaciones destinadas al personal, de todos
los locales de la colonia habíamos conseguido reparar únicamente un
vasto dormitorio con dos estufas. En esta habitación habían sido
colocados treinta catres plegables y tres grandes mesas, en las que
comían y escribían los muchachos. Otro gran dormitorio, el comedor,
dos aulas y la oficina esperaban el momento de la reparación.
Teníamos juego y medio de sábanas y nos faltaba en absoluto otra
clase de ropa. Nuestra actitud ante el problema de la ropa se
expresaba casi exclusivamente en las diversas demandas dirigidas a
la delegación de Instrucción Pública y a otras instituciones.
El delegado de Instrucción Pública que había inaugurado tan
enérgicamente la colonia estaba ahora en otra parte. Su sucesor se
interesaba poco por la colonia: tenía asuntos más importantes que
nosotros.
La atmósfera reinante en la delegación de Instrucción Pública no
favorecía en absoluto nuestros afanes de riqueza. En aquel tiempo,
la delegación era un conglomerado de muchísimas habitaciones,
grandes y pequeñas, y de muchísima gente, pero los verdaderos
exponentes de la obra pedagógica no eran aquí las habitaciones ni la
gente, sino, las mesitas. Vacilantes y deterioradas, bien de
escritorio, bien de tocador o de juego, en otro tiempo negras o
rojas estas mesitas, rodeadas de sillas semejantes, simbolizaban las
diversas secciones, de lo que daban fe los rótulos colgados en las
paredes sobre cada mesita. Una gran mayoría de las mesas estaba
siempre vacía, porque la magnitud complementaria -el hombre- era
esencialmente no tanto encargado de la sección como contable del
distribuidor provincial. Si de pronto alguna figura humana aparecía
detrás de cualquier mesita, los visitantes se precipitaban de todas
partes y abalanzábanse sobre ella. En tal caso, el diálogo se
reducía a poner en claro de qué sección se trataba y de si era ésa
la sección a que debía dirigirse el visitante, y, si era a otra, por
qué y a cuál precisamente; y, si, en efecto, era otra, ¿por qué el
camarada sentado el sábado último ante aquella mesita dijo que era
ésta, precisamente, la sección indicada? Después de resolver todas
estas cuestiones, el encargado de la sección levaba anclas y
desaparecía con rapidez cósmica.
Nuestros pasos inexpertos alrededor de las mesitas no nos llevaron a
ningún resultado positivo. Por ello, en el invierno del año 21, la
colonia se parecía muy poco a una institución educativa. Las
chaquetas destrozadas, a las que cuadraba mucho mejor el nombre de
klift, según el argot bandidesco, apenas cubrían la piel humana; muy
raramente aparecían bajo el klift los restos de alguna camisa, que
se caía en jirones de puro rota. Nuestros primeros educandos, que
habían llegado bien vestidos, se distinguieron poco tiempo de la
masa general: la tala de leña, los trabajos en la cocina y en el
lavadero hacían su obra, aunque pedagógica, fatal para la ropa. En
marzo todos nuestros colonos estaban vestidos de tal modo, que
hubiera podido envidiarles cualquier artista que interpretase el
papel de molinero en la ópera Rusalca.
Muy pocos colonos tenían zapatos: la mayoría usaba peales sujetos
con cuerdas. Pero, incluso con esta clase de calzado, sufríamos
continuas crisis.
Nuestra comida se llamaba kondior, sopa aguada de mijo. La demás
comida era puramente casual. En aquel tiempo existía gran cantidad
de normas de alimentación: había normas corrientes, normas
superiores, normas para débiles y para fuertes, normas para
atrasados mentales, para sanatorios, para hospitales. Por medio de
una activa diplomacia conseguíamos, a veces, convencer, rogar,
engañar, ganarnos la simpatía con nuestro aspecto lamentable,
intimidar agitando la amenaza de una rebelión de los colonos y
entonces se nos pasaba, por ejemplo, a la norma sanatorio. En el
racionamiento de sanatorio había leche, grasas en abundancia y pan
blanco. Esto, claro está, no lo recibíamos, pero se nos daba en gran
cantidad algunos elementos del kondior y pan de centeno. Al cabo de
un mes o dos, experimentábamos una derrota diplomática de y nuevo
descendíamos a la categoría de simples mortales, y otra vez
comenzábamos a poner en práctica la línea cautelosa y oblicua de la
diplomacia secreta y abierta. A veces, conseguíamos ejercer una
presión tan intensa, que hasta lográbamos carne, embutidos,
caramelos, pero nuestra existencia se hacía aún más triste al
demostrarse que a ese lujo no tenían ningún derecho los defectuosos
morales, sino solamente los defectuosos intelectuales.
De vez en cuando, conseguíamos hacer incursiones desde la esfera de
la pedagogía estricta hasta algunas esferas vecinas, como, por
ejemplo, el Comité Provincial de Abastos o la Comisión especial de
abastecimiento del Primer Ejército de Reserva. En la delegación de
Instrucción Pública se nos prohibía rigurosamente tales actos de
"guerrillerismo", y por eso teníamos que efectuar estas incursiones
en secreto.
Para ello era imprescindible armarse de un papel, donde constaran
estas simples y expresivas palabras:
"La colonia de delincuentes menores de edad le ruega ordenar la
entrega de cien puds de harina para la alimentación de los
educandos".
En la propia colonia no empleábamos términos como ese de
"delincuentes", y nuestra colonia nunca se llamó así. En aquel
tiempo se nos llamaba defectuosos morales. Sin embargo, para el
mundo exterior ese nombre era poco adecuado, ya que olía
excesivamente a negociado de educación.
Yo me colocaba con mi papelito en algún lugar del pasillo del
negociado correspondiente, a la puerta del despacho. Por esta puerta
pasaba muchísima gente. A veces, el despacho se abarrotaba de tal
modo, que podía entrar todo el que quisiera. Entonces había que
abrirse paso hacia el jefe por entre los visitantes y deslizar en
silencio el papel bajo su mano.
Los jefes de los negociados en abastos se orientaban con mucha
dificultad en las argucias de la clasificación pedagógica y no
siempre caían en la cuenta de que los "delincuentes menores de edad"
tenían algo que ver con la instrucción. A su vez, el tinte emocional
de ese mismo término "delincuentes menores de edad" era bastante
expresivo. Por eso, raramente los jefes nos miraban con severidad y
nos decían:
-¿Para qué han venido ustedes aquí? Diríjanse a su delegación de
Instrucción Pública.
Lo más frecuente era que el jefe dijera después de reflexionar:
-¿Quién les abastece a ustedes? ¿El negociado de prisiones?
-No, el negociado de prisiones no, porque, ¿sabe usted? son niños..
-¿Pues quién entonces?
-Por ahora no está decidido.
-¿Cómo que "no está decidido"?... Es extraño...
El jefe apuntaba algo en su block de notas y nos invitaba a volver
dentro de una semana.
-En tal caso, denos usted de momento aunque no sean más que veinte
puds.
-Veinte puds no puedo darles; reciban por ahora cinco y, mientras
tanto, ya pondré en claro este asunto.
Cinco puds era poco y, además, la conversación entablada no
correspondía a nuestros propósitos, en los que no entraba, claro
está, ningún esclarecimiento.
Lo único aceptable para la colonia Gorki era que el jefe, sin
preguntar nada, tomara en silencio nuestro papel y escribiera en un
ángulo: "Entréguese".
En este caso, yo, a riesgo de romperme las narices, volaba a la
colonia:
-¡Kalina Ivánovich!... Tenemos una orden... ¡Cien puds! Busca gente
y ve corriendo, que, si no, pueden darse cuenta...
Kalina Ivánovich examinaba radiante el papelito:
-¿Cien puds? ¡Vaya contigo! ¿Y de dónde?
-¿Acaso no lo ves?... Comité Provincial de Abastos de la sección
jurídica provincial...
-¡Cualquiera lo entiende!... Pero, además, nos es igual: ¡aunque
venga del diablo, con tal de que nos salga bien, je, je, je!
La necesidad primordial del hombre es la comida. Por eso, la
cuestión de la ropa no nos angustiaba tanto como la cuestión de los
víveres. Nuestros educandos tenían siempre hambre, y esto complicaba
sensiblemente su reeducación moral. Con ayuda de medios privados
conseguían calmar los colonos sólo cierta parte, no grande, de su
apetito.
Uno de los aspectos fundamentales de la industria privada de la
alimentación era la pesca. Durante el invierno, la cosa era muy
difícil. El método más sencillo consistía en vaciar las redes en
forma de pirámides tetraédricas tendidas por los vecinos del caserío
en el riachuelo próximo y en nuestro lago. El sentido de auto
conservación y la sensatez económica inherente al hombre hacían
abstenerse a nuestros muchachos del robo de las redes, pero, entre
los colonos hubo uno que infringió esa regla de oro.
Fue Taraniets. Tenía dieciséis años, descendía de una vieja familia
de ladrones y era esbelto, picado de viruelas, alegre, ingenioso,
organizador magnífico y hombre emprendedor. Pero no sabía respetar
los intereses colectivos. Un día robó varias redes en la orilla del
río y se las trajo a la colonia. Tras él se presentaron también los
dueños de las redes y el asunto concluyó en un gran escándalo.
Después de este incidente, los vecinos del caserío comenzaron a
tener cuidado de sus redes, y nuestros cazadores raras veces
lograban atrapar algo. Pero al cabo de cierto tiempo Taraniets y
otros colonos se hicieron con sus propias redes, regaladas por "un
conocido de la ciudad". Gracias a estas redes propias, la pesca
empezó a desarrollarse rápidamente. Al principio, el pescado era
consumido en un pequeño círculo de personas, pero, a finales del
invierno, Taraniets decidió, sin ninguna prudencia, incluirme a mí
también en el círculo.
Un día trajo a mi habitación un plato de pescado frito.
- Este pescado es para usted.
- No lo acepto.
- ¿Por qué?
- Porque no está bien lo que hacéis. Hay que dar el pescado a todos
los colonos.
- ¿A santo de qué? -enrojeció de rabia Taraniets-. ¿A santo de qué?
Yo he conseguido las redes, yo soy quien pesca, quien se moja en el
río, ¿y encima tengo que dar a todos?
- Pues, entonces, llévate tu pescado: yo no he conseguido nada ni me
he mojado.
- Pero si es un regalo que le hacemos...
- No, no estoy de acuerdo. A mí esto no me gusta. Y, además, no es
justo.
- ¿En qué está aquí la injusticia?
- Pues en que tú no has comprado las redes. Te las han regalado, ¿no
es verdad?
- Sí, me las han regalado.
- ¿A quién? ¿A ti o a toda la colonia?
- ¿Por qué a "toda la colonia"? A mí...
- Sin embargo, yo pienso que también a mí y a la colonia. ¿Y las
sartenes de quiénes son? ¿Tuyas? No. Son de todos. Y el aceite que
habéis pedido a la cocinera ¿de quién es? De todos. ¿Y la leña, y el
horno, y los cubos? ¿Qué puedes decir? Y si yo te quito las redes,
se habrá concluido todo. Pero lo más importante es que eso que
hacéis no es de camaradas. No importa que las redes sean tuyas. Tú
hazlo por los camaradas. Todos pueden pescar.
- Está bien -accedió Taraniets-, que sea así. Pero, de todas
maneras, tome usted el pescado.
Tomé el pescado. A partir de entonces la pesca pasó a ser un trabajo
que se hacía por turno, y el producto se entregaba a la cocina.
El segundo método de obtención privada de víveres eran los viajes al
mercado de la ciudad. Cada día, Kalina Ivánovich enganchaba al
Malish, el caballo kirguiz, y se iba a buscar los víveres o a
recorrer las instituciones. Se le sumaban dos o tres colonos que
tenían necesidad de la ciudad para algún asunto: el hospital, los
interrogatorios en la comisión o, simplemente, para ayudar a Kalina
Ivánovich a cuidar del Ma1ish. Todos estos felices mortales solían
regresar ahítos de la ciudad y siempre traían algo para los
compañeros. No hubo un solo caso de alguien que fuera "pescado" en
la plaza. Los resultados de estas campañas tenían una apariencia
legal: "Una conocida me lo ha dado"... "Me encontré a un amigo"...
Yo me esforzaba por no agraviar al colono con turbias sospechas y
siempre daba crédito a sus explicaciones. Pero, además, ¿a dónde
podía llevarme la desconfianza? Los colonos, sucios y hambrientos,
correteando en busca de comida, me parecían un objetivo ingrato para
la prédica de cualquier mercancía moral con un motivo tan baladí
como el robo en el mercado de una rosquilla o de un par de suelas.
Nuestra extraordinaria pobreza tenía, sin embargo un aspecto bueno,
que después ya no existió jamás. Igual de pobres y de hambrientos
éramos también nosotros, los educadores. Entonces casi no
percibíamos salario, nos contentábamos con el mismo kondior y
andábamos casi tan andrajosos. Durante todo el invierno yo anduve
sin suelas, las botas, siempre con algún trozo de peal fuera. Sólo
Ekaterina Grigórievna lucía vestidos limpios y planchados.
4.
OPERACIONES DE CARÁCTER INTERNO
En febrero desapareció de mi cajón un fajo entero de billetes:
aproximadamente mi salario de seis meses.
Por aquel tiempo en mi habitación estaban la oficina, la sala de los
maestros, la contaduría y la caja, porque yo compaginaba en mi
persona todas esas obligaciones. El fajo de billetes nuevecitos
había desaparecido de mi cajón cerrado sin la menor huella de
fractura. Por la noche hablé de ello con los muchachos y les pedí
que me fuera reintegrado el dinero. Yo no estaba en condiciones de
demostrar que había sido robado, y podrían acusarme libremente de
malversación. Los muchachos me oyeron sombríos, y se dispersaron.
Después de la reunión, dos de ellos -Taraniets y Gud- se me
acercaron en el patio oscuro cuando me dirigía a mi habitación. Gud
era un adolescente pequeño y ágil.
-Nosotros sabemos quién ha cogido el dinero -susurró Taraniets-,
sólo que no podemos decirlo delante de todos: no sabemos dónde lo ha
escondido. Y si declaramos lo que sabemos, el ladrón alzará el
vuelo, llevándose el dinero.
-¿Quién ha cogido el dinero?
-Uno de aquí.
Gud miraba con el entrecejo fruncido a Taraniets. Por lo visto, no
aprobaba plenamente su política.
-¡Hay que zumbarle! -gruñó-. ¿A qué viene perder el tiempo hablando
aquí?
-¿Y quién va a zumbarle? -preguntó Taraniets, volviéndose hacia él-.
¿Tú? Te hará picadillo.
-Vosotros decidme quién ha cogido el dinero. Yo hablaré con él -les
propuse.
-No, eso no podemos hacerlo.
-Taraniets insistía en el secreto. Yo me encogí de hombros:
-Bueno, como queráis.
-Me fui a dormir.
Por la mañana, Gud encontró el dinero en la cuadra.
Alguien lo había arrojado por el estrecho ventanuco de la
caballeriza, y los billetes se habían esparcido por todo el local.
Temblando de alegría, Gud vino corriendo a mí en las dos manos traía
los billetes arrugados y en desorden.
Gud bailaba de alegría por la colonia; todos los muchachos,
resplandecientes, irrumpían en mi habitación para verme. Sólo
Taraniets andaba presumiendo con la cabeza erguida. Ni a él ni a Gud
les interrogué acerca de su conducta después de nuestro diálogo.
Dos días después alguien descerrajó la puerta de la cueva y se llevó
unas cuantas libras de tocino, que constituían toda nuestra riqueza
en grasas. También desapareció el candado. Al día siguiente alguien
rompió la ventana de la despensa, y desaparecieron los caramelos que
guardábamos para las fiestas de la Revolución de Febrero y varias
latas de lubrificantes para ruedas, que eran como oro para nosotros.
Kalina Ivánovich llegó a adelgazar aquellos días: aproximaba su
rostro pálido a cada colono y, echándole a los ojos el humo de la
majorka, trataba de convencerle:
-¡Pero pensadlo un poco! Todo es para vosotros hijos de perra. ¡Os
robáis a vosotros mismos, parásitos!
Taraniets sabía más que nadie, pero observaba una actitud evasiva.
Por lo visto, no entraba en sus cálculos esclarecer este asunto. Los
colonos hablaban mucho de robos, aunque entre ellos prevalecía un
interés puramente deportivo. No admitían en absoluto la idea de que
los robados fueran, precisamente, ellos mismos.
En el dormitorio yo gritaba, iracundo:
-Pero ¿qué sois? ¿Sois personas o?...
-Somos ladronzuelos -sonó una voz desde un lejano.
-¡Ladronazos!
-¡Qué vais a ser ladronazos! ¡Sois rateros vulgares! ¡Os robáis a
vosotros mismos! Ahora, por ejemplo, no tendréis tocino, ¡y que el
diablo os lleve! Y pasaréis las fiestas sin caramelos: Nadie nos
dará más. ¡Fastidiaos!
-Pero, ¿qué podemos hacer, Antón Semiónovich? Nosotros no sabemos
quién los ha cogido. Ni usted lo sabe, ni tampoco nosotros.
Yo, dicho sea de paso, había comprendido desde el principio que mis
palabras eran superfluas. Robaba alguno de los mayores temido por
todos los demás.
Al día siguiente fui en compañía de dos muchachos a gestionar una
nueva ración de tocino. Tuvimos que ir vario días, pero logramos la
nueva ración. También nos dieron caramelos, aunque nos reprendieron
mucho por no haber sabido conservarlos. Por las noches referíamos
prolijamente nuestras andanzas. Al fin, trajimos el tocino a la
colonia lo guardamos en la cueva. La primera noche fue también
robado.
A mí incluso me alegró esta circunstancia. Esperaba que ahora
hablaría el interés colectivo, común, y que él obligaría a todos a
tomar con más afán la cuestión de los robos. Efectivamente, todos
los muchachos se apenaron, pero no hubo entre ellos excitación
alguna, y, una vez disipada la primera impresión, el interés
deportivo volvió a apoderarse de todos: ¿quién podría obrar con
tanta habilidad?
Unos días más tarde desapareció de la cuadra la collera del caballo,
lo que nos impedía incluso ir a la ciudad. Nos vimos obligados al
principio a pedir prestada una collera en el caserío.
Los robos sucedíanse ahora a diario. Cada mañana se descubría que en
uno o en otro lugar faltaba algo: un hacha, un serrucho, vajilla,
sábanas, los arreos, las riendas, víveres. Probé a no dormir de
noche y a vigilar, armado de mi revólver, en el patio, pero,
naturalmente, no pude resistir más de dos o tres noches. Pedí a
Osipov que montase él la guardia una noche; sin embargo, tuvo tanto
miedo, que no volví a hablarle de ello.
Yo sospechaba de bastantes muchachos, entre ellos también de
Taraniets y de Gud. Pero no tenía ninguna prueba y me veía obligado
a guardar en secreto mis sospechas.
Zadórov, riéndose a carcajadas bromeaba:
-¿Y usted creía, Antón Semiónovich, que, por tratarse de una colonia
de trabajo, aquí no habría más que trabajar y trabajar, sin ninguna
diversión? ¡Espérese, que aún las verá más gordas! ¿Y qué hará usted
al que pesque?
-Le meteré en la cárcel.
-Eso no es nada. Yo pensaba que le pegaría.
Una noche salió vestido al patio.
-Voy a acompañarle.
-Ten cuidado, no sea que los ladrones se metan contigo.
-No, ellos saben que hoy monta usted la guardia no saldrán a robar.
Además ¿qué hay de particular en esto?
-Confiesa, Zadórov, que les tienes miedo.
-¿A quiénes? ¿A los ladrones? Claro que les tengo miedo, pero no se
trata de eso: es que delatar no está bien. ¿No cree usted lo mismo,
Antón Semiónovich?
-¡Pero si están robándonos!
-¡A mí qué van a robarme! Yo no tengo aquí nada mío.
-Pero si todos vivís aquí.
-¿Qué vida es ésta, Antón Semiónovich? ¿Acaso puede llamarse vida a
esto? No sacará usted nada en limpio de la colonia. Está
esforzándose en vano. Ya verá como, después de saquear la colonia,
los ladrones se escaparán. Vale más que contrate a dos buenos
guardas y que les dé fusiles.
-No, no contrataré a ningún guarda ni les daré fusiles.
-¿Por qué? -se sorprendió Zadórov.
-A los guardas hay que pagarles, y nosotros somos bastante pobres,
pero lo principal es que vosotros debéis ser aquí los amos.
La idea de que eran precisos guardas pertenecía también a otros
muchos colonos. En el dormitorio se había entablado una verdadera
discusión con tal motivo.
Antón Brátchenko, el mejor representante de la segunda partida de
colonos, demostraba:
-Cuando haya un guarda, nadie saldrá a robar. Y si sale, se le puede
meter, en salva sea la parte, una descarga de sal. Después de andar
un mes con sal, ya no tendrá ganas de robar.
Le refutaba Kostia Vetkovski, un apuesto muchacho, cuya especialidad
"en la libertad" eran los registros con mandatos falsos. Durante
estos registros ejecutaba papeles secundarios; los principales
pertenecían a los mayores. El propio Kostia -este hecho figuraba en
su expediente- jamás había robado nada, atraído exclusivamente por
el lado estético de la operación. Su actitud respecto a los ladrones
había sido siempre despectiva. Ya hacía algún tiempo que yo había
advertido la naturaleza delicada y compleja de este muchacho. Lo
que, sobre todo, me sorprendía en él era lo bien que se llevaba con
los muchachos menos sociables y su autoridad, unánimemente
reconocida, en las cuestiones políticas.
-¡Antón Semiónovich tiene razón! -decía Kostia- ¡Ni hablar de
guardas! Por ahora no nos damos cuenta pero, dentro de poco, todos
comprenderemos que en la colonia no se debe robar. Incluso muchos lo
comprenden ya ahora. Pronto vigilaremos nosotros mismos. ¿Verdad
Burún? - preguntó, volviéndose inesperadamente hacia Burún.
-¿Y qué? Si hay que vigilar, vigilaremos -repuso Burún.
En febrero nuestra ama de llaves dejó de trabajar en la colonia: yo
había conseguido su traslado a un hospital. Un domingo el Malish se
acercó al umbral de su casa, todos los amigos y participantes de sus
tés filosóficos comenzaron a instalar cuidadosamente los múltiples
sacos y maletines en el trineo. La buena viejecita, balanceándose
apaciblemente en lo alto de su tesoro, salió al encuentro de su
nueva vida a la rapidez habitual de dos kilómetros por hora.
El Malish regresó tarde, pero con él volvió también la viejecita,
que, entre gritos y sollozos, irrumpió en mi habitación: había sido
desvalijada por completo. Sus amigos ayudantes no habían colocado
sólo en el trineo todos su sacos, maletines y bártulos, sino,
además, en otro sitio: el robo era insolente. Desperté en el acto a
Kalina Ivánovich a Zadórov y a Taraniets y procedimos a un registro
general en toda la colonia. Lo robado era tanto, que seguramente no
habrían tenido tiempo de ocultarlo bien. Entre los matorrales, en
las buhardillas de los cobertizos, bajo las escaleras de la
terracilla, simplemente debajo de las camas y detrás de los armarios
dimos con todos los tesoros del ama de llaves. La viejecita era,
efectivamente, muy rica: encontramos una docena aproximada de
manteles nuevos, muchas sábanas y toallas, cucharas de plata, unos
jarritos, un brazalete, pendientes y muchas menudencias.
La viejecita lloraba en mi despacho. Mientras tanto la habitación se
iba llenando de detenidos: sus antiguos amigos y simpatizantes.
Al principio, los muchachos negaban, pero yo les chillé y se despejó
el horizonte. Los amigos de la viejecita habían sido los principales
desvalijadores. Ellos se habían limitado a llevarse algún recuerdo,
como una servilleta, un azucarero. Se puso en claro que el
protagonista de todo este suceso era Burún. El descubrimiento
sorprendió a muchos y, en primer lugar, a mí. Desde el primer día
Burún me había parecido el más firme de todos los muchachos. Siempre
serio y afable sin exceso, era quien estudiaba con más aplicación e
interés en la escuela. El volumen y la envergadura de su actividad
me dejaron estupefacto. Burún había escondido fardos enteros de
bienes de la viejecita. Estaba fuera de duda que los restantes robos
producidos en la colonia eran también obra de sus manos.
¡Por fin había llegado hasta el verdadero mal! Sometí a Burún al
juicio de un tribunal popular, el primer juicio en la historia de
nuestra colonia.
En el dormitorio, sobre las camas y las mesas, se instalaron los
jueces negros y harapientos. Un débil quinqué alumbraba los rostros
agitados de los colonos y la cara pálida de Burún, pesadote y lento,
con el cuello grueso, parecido a MacKinley, el presidente de los
Estados Unidos.
Con acentos vigorosos y coléricos describí a los muchachos el
delito: robar a una anciana, cuya única felicidad residía en esos
pobres trapos, robarla, aunque nadie en colonia trataba con más
cariño que ella a los muchachos, robarla cuando pedía ayuda,
significaba no tener realmente nada de humano, significaba no ser ni
siquiera un reptil, sino un reptilillo. El ser humano debía
respetarse, debía de ser fuerte y altivo y no arrebatar a las
viejecillas débiles sus últimos trapos.
Bien porque mi discurso produjo gran impresión en los colonos, bien
porque estaban ya rabiosos contra Burún sin necesidad de discursos,
el caso es que todos cayeron unánime y apasionadamente sobre él. El
pequeño y melenudo Brátchenko tendió los dos brazos hacia Burún.
-Y qué? ¿Tú qué dices a eso? Hay que meterte en barrotes, encerrarte
en la cárcel. Por culpa tuya hemos pasado hambre y tú eres quien
robó el dinero de Antón Semiónovich.
Burún protestó de repente.
-¿El dinero de Antón Semiónovich? ¡A ver: demuéstralo¡
-¡Claro que lo demostraré!
-Demuéstralo.
-¿Lo niegas? ¿Dices que no fuiste tú?
-¿Yo?
-Claro que tú.
-¿Que fui yo quien cogió el dinero de Antón Semiónovich? ¿Quién
puede demostrarlo?
Resonó atrás la voz de Taraniets:
-Yo lo demostraré.
Burún quedó atónito. Se volvió hacia Taraniets con intención de
decir algo, pero después se encogió de hombros:
-Bueno, aunque sea así. ¿Es que no lo he devuelto? En respuesta los
muchachos rompieron a reír inesperadamente. Les gustaba este
atractivo diálogo. Taraniets tenía un aire de héroe. Dio un paso
adelante.
-Pero no hay que expulsarle de aquí. A cualquiera puede sucederle.
Lo que sí hay que hacer es darle en los morros como es debido.
Todos guardaban silencio. Burún paseó lentamente su mirada por el
rostro picado de viruelas de Taraniets.
-¡No has crecido todavía bastante para darme en los morros! ¿Por qué
te esfuerzas? De todas formas tú no serás nunca el director de la
colonia. Si es preciso, Antón me abofeteará; pero ¿tú qué tienes que
ver con eso?
Vetkovski saltó de su asiento:
-¿Cómo? Muchachos ¿tenemos que ver con eso nosotros o no?
-Claro que sí -gritaron los muchachos-. Nosotros te hincharemos los
morros mejor que Antón.
Alguno se había lanzado ya contra él. Brátchenko vociferaba,
agitando las manos junto al mismo rostro de Burún.
-¡Azotarte, eso es lo que deberíamos hacer: azotarte!
Zadórov me susurró al oído:
-Lléveselo usted de aquí: si no, le pegarán.
Aparté a Brátchenko de Burún. Zadórov apartó a dos o tres más.
Difícilmente sofocamos el escándalo.
-¡Que hable Burún! ¡Que hable! -Gritó Brátchenko.
Burún bajó la cabeza:
-No tengo nada que decir. Todos tenéis razón. Dejadme con Antón
Semiónovich; que él me castigue como sabe.
Silencio. Fui hacia la puerta, temiendo verter el mar de ira feroz
que me llenaba hasta los bordes. Los colonos se apartaron a un lado
y a otro, dejándonos pasar a mí y a Burún. Atravesamos en silencio
el patio oscuro, entre los montones de nieve: yo delante, él detrás.
Mi estado de ánimo era pésimo. Burún me parecía el último detritus
que podía producir el basurero humano. No sabía qué hacer con él.
Había llegado a la colonia por su participación en una banda de
ladrones, cuyos miembros mayores de edad habían sido fusilados casi
todos. Tenía diecisiete años.
Burún permanecía sin decir palabra junto a la puerta. Yo, sentado a
la mesa, me contenía a duras penas para terminar la conversación
arrojando contra él algún objeto pesado.
Por fin, Burún alzó la cabeza, me miró con fijeza a los ojos y
despacio, recalcando cada palabra, conteniendo difícilmente las
lágrimas, habló:
-Yo... jamás... volveré a robar.
-¡Mientes! ¡Eso se lo has prometido ya a la comisión!
-¡Una cosa es la comisión y otra es usted! ¡Castígueme como quiera,
pero no me eche de la colonia!
-¿Y qué es lo que te interesa en la colonia?
-Aquí estoy a gusto. Aquí se estudia. Yo quiero estudiar. Y si he
robado es porque siempre tengo hambre.
-Bueno. Permanecerás tres días bajo cerrojo, a pan y agua. Y ni
tocar a Taraniets.
-Está bien.
Burún pasó tres días en la pequeña habitación contigua al
dormitorio, donde, en la antigua colonia, vivían los celadores. No
le encerré porque me dio palabra de que no saldría sin mi permiso.
El primer día le envié, efectivamente, pan y agua. El segundo sentí
lástima y dispuse le llevaran la comida. Burún quiso renunciar
altivamente, pero yo le chillé:
-¿Es que encima vas a hacer paripés?
Sonriendo, se encogió de hombros y tomó la cuchara.
Burún cumplió su palabra: nunca volvió a robar nada ni en la colonia
ni en otro lugar.
I PARTE
5.
ASUNTOS DE IMPORTANCIA ESTATAL
Mientras nuestros colonos adoptaban una actitud casi de indiferencia
respecto a las propiedades de la colonia habían fuerzas ajenas qué les
concedían profunda atención.
El núcleo más importante de estas fuerzas se hallaba dislocado en la
carretera principal de Járkov. Apenas había noche sin que alguien fuese
desvalijado allí. Convoyes íntegros de carros campesinos eran detenidos
por el disparo de un retaco, y los atracadores, sin perder tiempo en
palabras, hundían las manos libres del retaco en el corpiño de las
mujeres sentadas en los carros, mientras los maridos, llenos de
confusión, golpeaban con sus látigos las cañas de las botas y se
asombraban:
-¿Quién podía pensarlo? Escondimos el dinero en el corpiño de las
mujeres porque creíamos que era el sitio más seguro, y los malditos han
ido a buscarlo directamente allí.
Este tipo de asalto colectivo, por llamarlo así, casi nunca era
sangriento. Los labriegos, ya recobrados del susto, acudían a la colonia
después de permanecer en el lugar del robo todo el tiempo señalado por
los desvalijadores y nos describían expresivamente el suceso. Yo reunía
a mi ejército, lo armaba de estacas, empuñaba personalmente el revólver,
nos dirigíamos a todo correr a la carretera y husmeábamos largo tiempo
por el bosque. Pero sólo una vez nuestras pesquisas se vieron coronadas
por el éxito: a media versta de la carretera descubrimos a un grupo de
gente, agazapado tras un montón de nieve. Aunque respondieron con un
disparo a los gritos de los muchachos y se dispersaron, conseguimos
apresar a uno y traerlo a la colonia. No encontramos en su poder ni el
retaco ni ningún objeto robado, y negaba todo lo divino y lo humano.
Entregado por nosotros a los agentes de investigación criminal resultó,
sin embargo, un bandido famoso, y tras él fue detenida la banda entera.
El Comité Ejecutivo Provincial expresó su gratitud a la colonia Gorki.
Pero tampoco después de eso disminuyeron los asaltos en la carretera. A
finales del invierno los muchachos comenzaron a encontrar ya huellas de
sangrientos sucesos nocturnos. Entre los pinos veían, de pronto, un
brazo asomando en la nieve. Se escarbaba la nieve y aparecía una mujer,
muerta de un tiro en el rostro. En otro lugar, cerca del mismo camino,
entre la maleza, un hombre vestido de cochero con el cráneo hendido. Una
buena mañana, descubrimos al despertarnos que desde el lindero del
bosque nos contemplaban dos ahorcados. Mientras llegó el juez estuvieron
colgados un par de días, mirando con sus ojos desorbitados la vida de la
colonia.
Los colonos no experimentaban ante estos sucesos pizca de temor, sino,
un sincero interés. En primavera cuando se fundió la nieve, buscaban en
el bosque cráneos roídos por los zorros y, ensartándolos en un palo, los
traían a la colonia únicamente para asustar a Lidia Petrovna. Los
educadores no tenían necesidad de ello para vivir horrorizados, y por
las noches temblaban en espera que irrumpiese en la colonia una banda de
saqueadores y diera comienzo la matanza. Los más asustados de todos eran
los Osipov, que, según la opinión general, tenían qué perder.
A finales de febrero, nuestra carreta, que, arrastrándose a la velocidad
habitual, venía de la ciudad con algunos bienes, fue detenida al
anochecer cerca del mismo recodo antes de llegar a la colonia. En la
carreta había cebada y azúcar en polvo, cosas que, por motivos ignorados
no sedujeron a los saqueadores. En poder de Kalina Ivánovich no
encontraron ningún objeto de valor, a excepción de la pipa. Esta
circunstancia despertó entre los asaltan una justa ira: golpearon a
Kalina Ivánovich en la cabeza y el viejo cayó en la nieve, donde
permaneció mientras los salteadores se daban a la fuga. Gud, que era
quien cuidaba siempre del Malish en la colonia, fue un simple testigo.
Ya en la colonia, tanto Kalina Ivánovich como, Gud se desahogaron en
largos relatos. Kalina Ivánovich describía el suceso con tintes
dramáticos; Gud, con tintes cómicos. Pero la decisión adoptada fue
unánime: enviar siempre al encuentro de nuestra carreta a un
destacamento de colonos.
Así procedimos durante dos años. Estas campañas tenían en nuestro léxico
un nombre militar: "Ocupar el camino"
Enviábamos a unas diez personas. A veces, yo también formaba parte del
destacamento, ya que tenía un revólver. No podía confiárselo a cualquier
muchacho, y, sin revólver, nuestro destacamento parecía débil. Tan sólo
Zadórov recibía a veces el revólver y se lo colgaba orgullosamente sobre
sus guiñapos.
Montar la guardia en la carretera era una ocupación muy interesante. Nos
emplazábamos a lo largo de la carretera en una extensión de kilómetro y
medio, desde el puente sobre el río hasta el mismo recodo antes de
llegar a la colonia. Los muchachos, transidos de frío, daban saltos en
la nieve, llamándose para no perder el contacto entre sí, y en la
penumbra creciente eran como la amenaza de una muerte segura en la
imaginación del viajero rezagado. De vuelta de la ciudad, los campesinos
apaleaban a sus caballos y en silencio se deslizaban veloces ante
aquellas figuras, que se repetían rítmicamente con el aspecto más
criminal. Los dirigentes de los sovjoses y las autoridades volaban en
trepidantes "tachankas" y exhibían ostensiblemente a los colonos sus
escopetas de dos cañones y sus retacos; los que iban a pie deteníanse
junto al puente en espera de otros peatones.
Delante de mí, los muchachos jamás se conducían mal ni asustaban a los
viajeros, pero cuando yo no estaba, hacían travesuras, y muy pronto
Zadórov incluso renunció al revólver y exigió obligatoriamente mi
presencia. En lo sucesivo, yo salía cada vez que se formaba el
destacamento, pero seguí dando el revólver a Zadórov para no privarle de
un placer merecido.
Al aparecer nuestro Malish, le recibíamos gritando:
-¡Alto! ¡Manos arriba!
Pero Kalina Ivánovich se limitaba a sonreír y fumaba con particular
energía su pipa.
Nuestro destacamento torcía gradualmente detrás del Malish y entraba
como un alegre tropel en la colonia, interrogando a Kalina Ivánovich
sobre las diversas novedades relacionadas con el capítulo de abastos.
Aquel mismo invierno emprendimos otras operaciones, no ya limitadas a la
colonia, sino de importancia estatal. Un guarda forestal se presentó en
la colonia y nos pidió que vigiláramos el bosque: había muchos
infractores y el personal de que él disponía no era suficiente para
poner coto a las talas furtivas.
La custodia de un bosque perteneciente al Estado, tarea que nos elevó
mucho ante nuestros propios ojos, debía proporcionarnos un trabajo
extraordinariamente ameno y, además, considerables ventajas.
Es de noche. Pronto amanecerá, pero la oscuridad es todavía completa. Me
despierta un golpe en la ventana. Miro: a través del cristal advierto
entre los dibujos del hielo una nariz aplastada y una cabeza de híspida
cabellera.
-¿Qué pasa?
-¡Antón Semiónovich, están talando en el bosque!
Enciendo el quinqué, me visto apresuradamente y salgo después de coger
el revólver y la escopeta. En la puerta me aguardan los mayores
aficionados a las andanzas nocturnas: Burún y Shelaputin, un muchachito
pequeño, diáfano, completamente puro.
Burún toma la escopeta de mis manos y llegamos al bosque.
-¿Dónde es?
-Escuche.
Hacemos alto. Al principio, no oigo nada; después comienzo a distinguir
los sordos golpes de un hacha, que se escuchan apenas entre los
imperceptibles sonidos nocturnos y los latidos de nuestros corazones.
Avanzamos inclinados; las ramas de los pinos jóvenes arañan nuestros
rostros, me arrancan las gafas y nos salpican de nieve. A veces, cesan
los golpes del hacha, y nosotros, sin orientación, nos detenemos y
aguardamos pacientes. Otra vez resuena el hacha, pero ahora más fuerte y
más próxima.
Hay que acercarse imperceptiblemente para no alertar al ladrón. Burún se
balancea con la agilidad de un oso tras él, avanza a saltitos el pequeño
Shelaputin, arrebujándose en su klift, y yo cierro la procesión.
Por fin, estamos frente al objetivo. Nos escondemos detrás del tronco de
un pino. Un árbol alto y esbelto se estremece, y junto a él surge una
silueta ceñida por un cinto. La silueta golpea varias veces sin fuerza y
sin decisión, hace un alto, se yergue, mira en torno suyo y vuelve a
golpear con el hacha. Nosotros estamos a unos cinco, pasos. Burún
mantiene la escopeta hacia arriba y me observa sin respirar. Shelaputin,
oculto detrás de mí, musita colgado de mi hombro:
-¿Se puede? ¿Ya se puede?
Afirmo con la cabeza. Shelaputin tira a Burún de la manga.
Suena el disparo como una terrible explosión y se difunde largamente por
los ámbitos del bosque.
El hombre del hacha se agacha instintivamente. Silencio. Nos acercamos a
él. Shelaputin conoce sus obligaciones. El hacha está ya en sus manos.
Burún saluda alegremente:
-¡ Ah, Musi Kárpovich, buenos días!
Da unas palmaditas en la espalda de Musi Kárpovich pero Musi Kárpovich
no se halla ahora en condiciones de pronunciar una sola palabra de
saludo. Le domina un pequeño temblor y se sacude mecánicamente la nieve
de su manga izquierda.
Yo le pregunto:
-¿El caballo está lejos?
Musi Kárpovich sigue sin hablar y es Burún quien responde por él:
-¡Pero si el caballo está aquí! ¡Eh! ¿Quién anda ahí? ¡Da la vuelta!
Solamente ahora distingo entre los pinos los morros del caballo y el
arco.
Burún coge a Musi Kárpovich por un brazo:
-Haga el favor, Musi Kárpovich, de tomar asiento en la ambulancia de
urgencia.
Musi Kárpovich comienza a dar, por fin, señales de vida. Quitándose el
gorro, se atusa el pelo y balbucea sin mirar a nadie:
-¡Ah! ¡Dios mío, Dios mío!
Vamos hacia el trineo.
El trineo arranca lentamente y avanzamos por unas huellas profundas y
blandas. Un muchachuelo como de catorce años, con un gorro enorme y
botas altas, guía el caballo, moviendo tristemente las riendas. No hace
más que sorberse la nariz y, en general, se le nota disgustado. Nosotros
guardamos silencio.
Ya en el lindero del bosque, Burún toma las riendas en sus manos.
-¡Eh! ¿A dónde vas? Si tuvieras carga, irías allí, pero, para llevar al
padre, hay que ir allá...
-¿A la colonia? -pregunta el muchacho-, y Burún, sin devolverle ya las
riendas, obliga a torcer al caballo hacia nuestro camino. Está empezando
a amanecer.
Musi Kárpovich, por encima de la mano de Burún hace parar súbitamente al
caballo y con la otra mano se quita el gorro.
-¡Antón Semiónovich, suélteme usted! ¡Es la primera vez!... No tengo
leña... ¡Déjeme marchar!
Burún, descontento, desprende de las riendas las manos de Musi
Kárpovich, pero no arrea al caballo, en espera de mi decisión.
-No, eso no vale, Musi Kárpovich -digo yo-. Hay que levantar un acta;
usted mismo comprende que se trata de un asunto de Estado.
-Y tampoco es verdad que sea la primera vez -dice Shelaputin, recibiendo
con su timbre argentino de contralto el amanecer-. No es la primera vez,
sino la tercera. Una vez sorprendimos a su Vasili y la otra...
Burún interrumpe la música del contralto argentino con su voz ronca de
barítono:
-¿Qué hacemos aquí parados? Tú, Andréi, vuelve a casa, que tienes poco
que pintar en este asunto. Dile a la madre que el padre ha dado un mal
paso y que prepare algo de comer para enviárselo.
Andréi, atemorizado, salta del trineo y vuela al caserío. Nosotros
seguimos adelante. A la entrada de la colonia nos recibe un grupo de
muchachos.
-¡Oh! Y nosotros pensábamos que os habían matado allí y ya nos
disponíamos a ir a salvaros.
Burún rompe a reír:
-La operación se ha efectuado con un éxito vertiginoso.
En mi habitación se reúne gran cantidad de gente. Musi Kárpovich,
abrumado, está en una silla frente a mí; Burún, junto a la ventana,
vigila con el revólver; Shelaputin musita a sus camaradas la historia
espeluznante de la alarma nocturna. Dos muchachos han tomado asiento en
mi cama y lo mismo que los restantes, sentados en los bancos, siguen con
atención el levantamiento del acta.
El documento es redactado con desgarradores detalles.
-¿Tiene usted doce desatinas de tierra? ¿Tres caballos?
-¡Pero qué van a ser caballos! -gime Musi Kárpovich-. Tengo una yegüita
que no pasa de dos añitos...
Tres, tres -insiste Burún, golpeando cariñosamente a Musi Kárpovich en
un hombro.
Yo sigo escribiendo:
-"...el tajo del árbol mide 36 centímetros".
Musi Kárpovich alza los brazos:
-Pero, ¿qué dice usted? ¡Por Dios, Antón Semiónovich! ¡Qué va a ser
tanto! ¡Ni siquiera veinticinco centímetros!
Shelaputin interrumpe su relato, señala con las manos algo parecido a
medio metro y, mirando fijamente a Musi Kárpovich, dice con una risa
descarada:
-¿Era así? ¿Así? ¿Verdad?
Musi Kárpovich hace un ademán como sacudiéndose de su risa y sigue
dócilmente los movimientos de mi pluma.
El acta está concluida. Musi Kárpovich con un aire de persona agraviada
me da la mano para despedirse y tiende igualmente la mano a Burún como
al mayor de todos los chicos.
-En vano hacéis esto, muchachos. Todos tenemos que vivir.
Burún se inclina en una gentil reverencia.
-¡Naturalmente, y nosotros estamos siempre dispuestos a ayudar!
De improviso recuerda:
-¡Ah, Antón Semiónovich! ¿Y qué hacemos con árbol?
Quedamos pensativos. El árbol, en efecto, está casi talado, y de seguro
mañana acabarán de talarlo y se lo llevarán. Burún no espera nuestra
decisión y se dirige a la puerta. De paso, lanza al apenado Musi
Kárpovich:
-Le llevaremos el caballo; no se preocupe. Muchachos, ¿quiénes vienen
conmigo? Bueno, seis bastan. ¿Tiene usted mucha cuerda, Musi Kárpovich?
-Está en el trineo.
Todos se dispersan. Una hora más tarde los muchachos traen un alto pino.
Es el premio a la colonia. Además, el hacha, conforme a una vieja
tradición, pasa a ser propiedad nuestra. Mucha agua correrá desde
entonces pero los colonos, al arreglar sus cuentas mutuas, todos
hablarán así largo tiempo:
-Había tres hachas. Yo te he dado tres hachas y ahora no hay más que
dos. ¿Dónde está la tercera?
-¿Qué "tercera"?
-¿Cómo qué "tercera"? La que quitamos entonces a Musi Kárpovich.
Más que las convicciones morales y que la ira, fue esta lucha
verdaderamente práctica e interesante lo que originó los primeros brotes
de un buen ambiente colectivo. Al reunirnos por las tardes, discutíamos,
y reíamos, fantaseábamos sobre nuestras peripecias, nos sentíamos
hermanados por la lucha, nos fundíamos en un todo único que se llamaba
colonia Gorki.
6. LA CONQUISTA DEL TANQUE METÁLICO
Mientras tanto, nuestra colonia había comenzado a desarrollar poco a
poco su historia material. La pobreza elevada al último extremo, los
piojos y los pies helados nos impedían soñar con un futuro mejor. Aunque
treinta años de nuestro Malish y nuestra vieja sembradora nos hacían
confiar poco en el desarrollo de la agricultura, nuestros sueños se
orientaron, precisamente, en esa dirección. Pero se trataba únicamente
de sueños. El Malish era un motor tan poco adecuado para la agricultura,
que sólo mentalmente se podía uno representar al Malish tirando de un
arado. Además, en la colonia no sólo pasaban hambre los colonos: también
la pasaba el Malish. Con un gran trabajo conseguíamos paja y, a veces,
heno. Durante casi todo el invierno lo que hacíamos con el Malish, más
que viajar, era sufrir, y a Kalina Ivánovich le dolía siempre el brazo
derecho de agitar continuamente el látigo para amenazar al caballo, sin
lo cual nuestro Malish se detenía por las buenas.
Y, por último, tampoco el territorio en que estaba enclavada la colonia
servía para la agricultura. Era un suelo arenoso, que formaba dunas al
menor vientecillo.
Todavía hoy no comprendo plenamente cómo, en las condiciones descritas,
emprendimos la evidente aventura que, sin embargo, debía permitirnos
levantar la cabeza.
La cosa comenzó por una anécdota.
Inesperadamente la suerte nos sonrió: recibimos una autorización para
recoger leña de roble. Era preciso traerla directamente del lugar de la
tala. Este lugar se hallaba en los límites de nuestro Soviet rural, pero
nosotros, antes de ello, no habíamos andado nunca por allí. Nos pusimos
de acuerdo con dos vecinos nuestros del caserío y nos dirigimos en sus
trineos a, ese país ignoto. Mientras los conductores de los trineos
daban vueltas por el lugar de la tala, cargando gruesos troncos de roble
y discutiendo si la carga se sostendría o no en los trineos durante el
trayecto, Kalina Ivánovich y yo reparamos en una fila de álamos que se
alzaban sobre los cañaverales de un río helado.
Cruzamos por el hielo, subimos un sendero empinado y nos encontramos en
el reino de la muerte. Hasta una decena de casas grandes y pequeñas,
cobertizos y jatas, corrales y otras dependencias se encontraban allí,
en escombros. Todos estos edificios eran iguales en su destrucción:
montones de arcilla y de ladrillos, cubiertos de nieve, en lugar de las
estufas; los pavimentos, las puertas, las ventanas, las escaleras habían
desaparecido. Muchos tabiques y techos estaban igualmente rotos; en
bastantes sitios, habían sido ya desmontados los muros de ladrillo y los
cimientos. De una enorme cuadra no quedaban más que dos muros
longitudinales de ladrillo, y sobre ellos, emergía, triste y estúpido,
un magnífico tanque metálico que parecía haber sido pintado
recientemente. Este tanque era lo único en toda la hacienda que daba la
impresión de algo vivo: todo lo demás parecía ya cadáver.
Pero el cadáver era rico: a un lado se alzaba una casa de dos pisos,
nueva, todavía, sin revocar, con ciertas pretensiones de estilo. En sus
habitaciones, altas y espaciosas, se conservaban aún las molduras de los
techos y los alféizares de mármol. En el otro extremo del patio había
una cuadra nueva de hormigón. Incluso los edificios destruidos, vistos
más de cerca asombraban por su construcción sólida, por su recia armazón
de roble, por la seguridad musculosa de sus ensambladuras, por la
elegancia de sus soportes, la precisión de sus líneas perpendiculares.
El poderoso organismo no había sucumbido de enfermedad o de senectud: se
trataba, de una muerte violenta, en pleno florecimiento de sus fuerzas y
de su salud.
Kalina Ivánovich no hacía más que carraspear, contemplando toda esta
riqueza:
-¡Fíjate en lo que hay! ¡Ahí tienes el río y el jardín y mira qué
prados!...
El río rodeaba la finca por tres lados, circundando una colina bastante
alta, casual en nuestra llanura. El jardín descendía hacia el río en
tres terrazas: en la terraza superior había guindos; en la segunda,
manzanos y perales, y, en la tercera, plantaciones íntegras de casis.
En el segundo patio funcionaba un gran molino cinco pisos. Por los
trabajadores del molino supimos que la finca había pertenecido a los
hermanos Trepke. Al marcharse con el ejército de Denikin, los Trepke
dejaron casas llenas de objetos de valor. Todos estos bienes han sido
trasladados hacía tiempo a la vecina aldea de Gonchárovka y a los
caseríos próximos. El mismo camino estaban siguiendo ahora las casas.
Kalina Ivánovich estalló en un verdadero discurso:
-¡Salvajes! ¿Comprendes? ¡Son unos canallas, unos idiotas! ¡Aquí tienen
tantos bienes, casas amplias, caballerizas! Y, en vez de vivir aquí,
cuidando de la hacienda y bebiendo tranquilamente café, los muy
miserables destrozan a hachazos un marco como este, hijos de perra. ¿Y
por qué? ¡Porque tienen que hacer la comida y no quieren molestarse en
cortar leña!... ¡Así se os atragante la mida, memos, idiotas! Y lo mismo
que nacieron, estirarán la pata: ninguna revolución puede ayudarles...
¡Ah! ¡Miserables, malditos babiecas! ¿Qué puedes decir a esto? -Kalina
Ivánovich se dirigió a uno de los trabajadores del molino-: dígame, por
favor, camarada; ¿de quién depende obtener aquel tanque? El que está
sobre la cuadra. De todas formas, aquí va a perderse sin ningún
provecho.
-¿Aquel tanque? ¡El diablo lo sabe! Aquí manda el Soviet rural...
-¡Ah! Eso está bien -terminó Kalina Ivánovich y emprendimos el viaje de
vuelta.
De regreso, Kalina Ivánovich, que marchaba tras los trineos de nuestros
vecinos por el caminó apisonado en que ya se anunciaba la primavera,
empezó a soñar: estaría bien conseguir aquel tanque, trasladarlo a la
colonia, instalarlo en la buhardilla del lavadero y convertir así el
lavadero en baño.
Por la mañana, cuando nos disponíamos a ir otra vez en busca de leña,
Kalina Ivánovich me agarró de un botón:
-Escríbeme, querido, un papelito para el Soviet rural. A ellos les hace
tanta falta el tanque como un bolsillo lateral a un perro, y nosotros,
en cambio, podemos tener baño...
Para complacer a Kalina Ivánovich, escribí el papel. Al anochecer,
volvió furioso.
-¡Vaya unos parásitos!... No consideran las cosas más que de un modo
teórico, sin ponerse en lo práctico. Dicen, el diablo se los lleve, que
el tanque es propiedad del Estado. ¿Has visto idiotas semejantes?
Escribe, que iré al Comité Ejecutivo del distrito.
-Pero ¿a dónde vas a ir? Si está a veinte verstas... ¿Cómo piensas hacer
el viaje?
-Aquí hay uno que se dispone a ir; yo le acompañaré.
El proyecto de Kalina Ivánovich de construir un baño encantó sobremanera
a todos los colonos, pero nadie creía en la posibilidad de obtener el
tanque.
-Vamos a organizarlo sin el tanque ese. Se puede colocar uno de madera.
-¡Bah! ¡No entiendes nada! La gente hacía tanques de hierro y eso quiere
decir que comprendía por qué. Pero lo que es el tanque ese se lo
arrancaré a esos parásitos y, si es preciso, con su carne...
-¿Y cómo va a traerlo usted? ¿A lomos del Malish?
-¡Ya lo trasladaremos! Si hay artesa, habrá cerdos...
Kalina Ivánovich regresó todavía más rabioso del Comité Ejecutivo del
distrito y se olvidó de todas las palabras, a excepción de las
denigrantes.
Durante toda la semana, bajo la risa de los colonos, estuvo corriendo
tras de mí:
-Escríbeme un papel para el Comité Ejecutivo de la comarca -imploraba.
-Déjame, Kalina Ivánovich; hay asuntos más importantes que tu tanque.
-Escribe; ¿a ti qué te cuesta? ¿Es que te da lástima gastar papel?
Escribe ya verás cómo lo traigo.
Y escribí el papel. Al guardárselo en el bolsillo, Kalina Ivánovich
sonrió por fin.
-No es posible que rija una ley tan estúpida: se piden cosas de valor, y
nadie piensa en ello. ¡No estamos en época del zar!
Kalina Ivánovich regresó del Comité Ejecutivo de comarca ya avanzada la
noche y ni siquiera apareció por mi habitación o por el dormitorio. Sólo
por la mañana entró en mi cuarto. Frío y altivo, aristocráticamente
rígido miraba por la ventana hacia algún sitio lejano.
-No se conseguirá nada -dijo lacónico y me tendió el papel.
Atravesando el texto detallado de nuestra solicitud, había una palabra
breve, enérgica y ofensivamente rotunda, escrita con tinta roja:
"D e n e g a r".
Kalina Ivánovich sufrió larga y apasionadamente. Durante un par de
semanas desapareció su alegre y senil vivacidad.
Un domingo de marzo, cuando la primavera se burlaba ya cruelmente de los
últimos restos de nieve, invité a algunos muchachos a dar un paseo por
los alrededores. Consiguieron ropa de abrigo y nos encaminamos... a la
finca de los Trepke.
¿Qué os parecería si instaláramos aquí nuestra colonia? -pregunté,
soñando en voz alta.
-¿Dónde "aquí"?
-Pues en estas casas
-Pero, ¿cómo? Aquí no se puede vivir...
-Las repararemos.
Zadórov se echó a reír y, haciendo cabriolas giró por el patio.
-Tenemos todavía por reparar tres casas. En todo el invierno no hemos
podido ponernos a ello.
-Pero, bueno, ¿y si, a pesar de todo, reparásemos estas casas?
-¡Oh, en ese caso si que sería una colonia! ¡Río, jardín, molino!
Trepábamos por los escombros y soñábamos: aquí los dormitorios; aquí el
comedor; allí, un magnífico club; éstas serían las aulas.
Regresamos cansados y llenos de energía. En el dormitorio discutimos
ruidosamente los detalles de la futura colonia. Antes de separarnos,
dijo Ekaterina Grigórievna:
-¿Sabéis una cosa, muchachos? No está bien soñar cosas imposibles. Eso
no es de bolcheviques...
En el dormitorio se hizo un silencio embarazoso.
Yo miré rabiosamente a Ekaterina Grigórievna y di un puñetazo sobre la
mesa:
-Pues yo le digo que, dentro de un mes; la finca será nuestra. ¿Esto
será de bolcheviques?
Los muchachos rompieron en una carcajada y gritaron: "¡Hurra!" También
yo me eché a reír y conmigo se rió Ekaterina Grigórievna.
La noche entera se me fue redactando un informe para el Comité Ejecutivo
Provincial.
Siete días más tarde me llamó el delegado provincial de Instrucción
Pública.
-Habéis tenido una buena idea. Vamos a ver la finca.
Otra semana después nuestro proyecto era discutido en el Comité
Ejecutivo Provincial. Resultó que las autoridades llevaban bastante
tiempo sin saber qué hacer con la finca. Y yo tuve la oportunidad de
describir la pobreza, la falta de perspectivas, el abandono de nuestra
colonia, en la que había nacido ya una colectividad llena de vida.
El presidente del Comité Ejecutivo Provincial resolvió:
-Necesitamos un dueño para la hacienda, y aquí tenemos a unos dueños sin
hacienda. Que se queden con la finca.
Y ahora tengo en mis manos la autorización para ocupar la finca de los
Trepke, más unas sesenta desiatinas de tierra de labor anejas a ella y
el presupuesto aprobado para los gastos de la reparación. Estoy en el
-centro del dormitorio y me cuesta trabajo creer que no se trata de un
sueño. Alrededor de mí, veo una multitud de colonos emocionados, un
remolino de entusiasmo y de manos tendidas.
-¡Déjenos ver la autorización!
Entra Ekaterina Grigórievna. Los muchachos se abalanzan a su encuentro
con borboteante fogosidad y se oye la voz cantarina de Shelaputin:
-¿Es o no de bolcheviques? ¡Conteste usted ahora!
-¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?
-¿Es de bolcheviques? ¡Mire, mire!...
El que más se alegró de todos fue Kalina Ivánovich.
-Eres un águila, porque, como se dice entre los curas, el que busca
encuentra y el que llama a alguna puerta acaba consiguiendo que le
den...
En el testuz -interrumpió Zadórov.
-¿Cómo en el "testuz"?. -Se volvió hacia él Kalina Ivánovich-. Ahí
tienes la autorización.
Usted es el que anduvo "llamando" cuando lo del tanque y entonces le
dieron en el testuz. Pero, en cambio ésta es una cosa que el Estado
necesita y no nos la dan porque nosotros la hayamos suplicado...
-Tú eres joven aún para poder interpretar las escrituras -bromeó Kalina
Ivánovich, ya que en aquel momento no podía enfadarse.
El primer domingo, Kalina Ivánovich, conmigo y una multitud de colonos,
fue a recorrer nuestra nueva posesión. Su pipa humeaba triunfalmente a
la vista de cada ladrillo de la finca de los Trepke. Dándose
importancia, pasó cerca del tanque.
-¿Cuándo vamos a trasladar el tanque, Kalina Ivánovich? -preguntó en
serio Burún.
-¿Y para qué vamos a trasladarlo? También aquí servirá. ¿Acaso no
comprendes que la cuadra está montada según la última palabra de la
técnica extranjera?
7. "NO HAY PULGA MALA"
Tardamos bastante en traducir al lenguaje de los hechos nuestro
entusiasmo por la conquista de la herencia de los hermanos Trepke.
Diversas causas retrasaron la entrega del dinero y de los materiales.
Pero el principal obstáculo era el Kolomak, un riachuelo pequeño, aun
maligno, que separaba nuestra colonia de la finca de los Trepke. Este
río se condujo en abril como un representante muy respetable de los
elementos naturales. Al principio, se desbordaba lento y tenaz, y
después volvía con mayor lentitud aún a sus humildes riberas y dejaba a
sus espaldas una nueva calamidad: un barro intransitable, por el que no
podía pasar nadie.
Por eso "Trepke" como entre nosotros llamábamos a la nueva adquisición,
siguió todavía mucho tiempo en ruinas. Todo este tiempo los colonos
estuvieron entregándose a efusiones primaverales. Por las mañanas,
después del desayuno, esperando la llamada al trabajo, se instalaban
cerca del cobertizo y se calentaban al sol, ofreciendo sus vientres a
los rayos solares y tirando despreciativamente sus klifts por el patio.
Podían permanecer horas enteras al sol, resarciéndose de los meses
invernales, en que era difícil entrar en calor hasta dentro de los
dormitorios.
La llamada al trabajo les obligaba a levantarse. Entonces iban con
desgana a sus puestos, pero, incluso en pleno trajín encontraban
pretextos y posibilidades técnicas para seguir tomando el sol.
A principios de abril se escapó Vaska Poleschuk. No era un colono
envidiable. En diciembre, me encontré con este cuadro en la delegación
de Instrucción Pública: un grupo numeroso de gente rodeaba junto a una
mesita a un chicuelo sucio y harapiento. La sección de deficientes le
había reconocido como anormal y quería enviarle a una casa de atrasados
mentales. El harapiento protestaba, llorando y gritando que él no estaba
loco, que le habían llevado con artimañas a la ciudad cuando, en
realidad, le habían prometido llevarle a una escuela de Krasnodar.
-¿Por qué gritas? -le pregunté yo.
-Pues, porque me toman por loco...
-Ya, lo he oído. Deja de llorar y ven conmigo.
-¿Y cómo vamos a ir?
-Montados en nuestras piernas. Ensilla.
-¡Ji, ji, ji!. .
La fisonomía del harapiento, desde luego, no era la fisonomía de una
persona inteligente. Pero una energía poderosa desprendíase de él y yo
me dije: "Es igual, no hay pulga mala..."
La sección de deficientes se desembarazó con alegría de su cliente y
emprendimos animosos el camino a la colonia. Durante el trayecto el
muchacho me refirió la historia de costumbre, que empezaba con la muerte
de los padres y con la mendicidad. Se llamaba Vaska Poleschuk. Según sus
palabras, sabía ya lo que era estar herido: había participado en la toma
de Perekop.
Al día siguiente de llegar a la colonia enmudeció, y ni los educadores
ni los muchachos conseguían hacerlo hablar. Por lo visto, semejantes
fenómenos habían impelido a los peritos a considerarle loco.
Los muchachos, interesados por su mutismo, me pidieron permiso para
aplicarle no sé qué método especial: era preciso asustarle y entonces
rompería a hablar en el acto. Lo prohibí categóricamente. En general,
lamentaba haber traído a este "mudo" a la colonia.
De repente Poleschuk empezó a hablar, a hablar sin motivo alguno. Era
simplemente un maravilloso día primavera, tibio, que olía a tierra
secándose y a sol. Poleschuk rompió a, hablar enérgicamente, a gritos,
acompañando sus palabras de risas y de saltos. Se pasaba enteros sin
separarse de mí, hablándome de los encantos de la vida en el Ejército
Rojo y del jefe Zubati.
-¡Qué hombre! Tenía unos ojos azules, que parecían negros y que, cuando
miraban, se sentía frío hasta en la barriga. Cuando estuvo en Perekop,
incluso los nuestros tenían miedo.
-¿Por qué hablas tanto de ese Zubati? -le preguntaban los muchachos-.
¿Conoces su dirección?
-¿Qué dirección?
-La dirección para escribirle. ¿Tú la conoces?
-No; no la conozco. Pero ¿para qué escribirle? Iré a Nikoláiev y allí
daré con él.
-¿Y si te echa?.
-No me echará. Fue otro quien me echó. Decía no se debía -perder tiempo
con un bobo. ¿Es que yo soy bobo?
Poleschuk se pasaba el día íntegro hablándonos a todos de Zubati, de su
postura, de su intrepidez y de que nunca blasfemaba.
Los muchachos le preguntaban a boca de jarro:
-¿Te dispones a largarte?
Poleschuk, pensativo, se quedaba mirándome. Meditaba largo tiempo y,
cuando los muchachos se olvidaban ya de él y pasaban a tratar
apasionadamente otro tema, zarandeaba de repente al que le había hecho
la pregunta:
-¿Antón se enfadará?
-¿De qué?
-Si me largo.
-¿Y tú crees que no? ¡Valía la pena de perder el tiempo contigo!...
Vaska se quedaba pensativo otra vez.
Y un día, después del desayuno, Shelaputin vino corriendo hacia mí.
-Vaska no está en la colonia... Y no ha desayunado. Se ha largado. Se ha
ido con Zubati.
Los muchachos me rodearon en el patio. Tenían interés por saber qué
impresión me había producido la fuga de Vaska.
-A pesar de todo, Poleschuk se ha escapado...
-El olor a la primavera...
-Se habrá ido a Crimea.
-A Crimea no: a Nikoláiev...
-Si fuésemos a la estación, podríamos echarle el guante...
Y, aunque Poleschuk no era un colono envidiable, su fuga me produjo una
impresión muy penosa. Me amargaba como una ofensa que, sin querer
aceptar nuestro pequeño sacrificio, se hubiera marchado en busca de algo
mejor. Pero, al mismo tiempo, yo sabía que la indigencia de nuestra
colonia era incapaz de retener a nadie.
-¡Que se vaya al diablo! -les dije a los muchachos-. Se ha ido, y no hay
más que hablar. Tenemos asuntos más importantes.
En abril Kalina Ivánovich comenzó a arar. Este acontecimiento cayó sobre
nosotros de manera completamente imprevista. La comisión encargada de
los asuntos relacionados con los menores de edad había detenido a un
pequeño cuatrero. El delincuente había sido enviado no sé a dónde, pero
con el dueño del caballo no se pudo dar. La comisión pasó una semana
entre terribles tormentos: no estaba acostumbrada a tener en su poder
una prueba material tan incómoda como un caballo. Un día que fue a la
comisión, Kalina Ivánovich -enterado de los tormentos y de la triste
vida del inocente caballo, recluido en un patio pavimentado de
guijarros- empuñó las riendas del animal sin decir nada a nadie y se lo
trajo a la colonia. Tras él volaron los suspiros de alivio de los
miembros de la comisión.
En la colonia Kalina Ivánovich fue recibido con gritos de entusiasmo y
de asombro. Gud tomó en sus manos trémulas de emoción las riendas que le
entregó Kalina Ivánovich y guardó en lo más hondo de su alma el sermón
del viejo:
-¡Ten cuidado! Al caballo no hay que tratarle como os tratáis aquí
vosotros. Es un animal, que no sabe hablar y que no puede decir nada. Ya
comprenderéis que no está en condiciones de quejarse. Pero, si le
molestas y te larga una coz en la cabezota, no se te ocurra ir a Antón
Semiónovich. Llores o no llores, yo, de todas formas, daré contigo y te
partiré la cabeza.
Nosotros rodeábamos a aquel grupo solemne, y alguno protestó contra los
espantosos peligros que se cernían sobre la cabeza de Gud. Kalina
Ivánovich sonreía, resplandeciente, a través de su pipa, pronunciando un
discurso tan terrorífico. El caballo era de pelaje rojizo, todavía no
viejo y bastante bien cuidado.
Durante varios días Kalina Ivánovich trabajó con muchachos en el
cobertizo. Con ayuda de martillos, destornilladores, de simples trozos
de hierro y, en fin, con ayuda de muchos discursos didácticos, logró
reconstruir los diversos restos inútiles de la vieja colonia algo que se
parecía a un arado.
Y vimos un cuadro inefable: Burún y Zadórov arando. Kalina Ivánovich,
que iba a su lado, les decía:
-¡Vaya parásitos! ¡No sabéis, ni, arar! Aquí tenéis un blanco, y aquí
otro, y otro...
Los muchachos refunfuñaban bonachones:
-Debería enseñarnos usted, Kalina Ivánovich. Pero, seguramente, usted no
ha arado nunca.
Kalina Ivánovich se quitaba la pipa de la boca y procuraba dar a su
rostro una expresión feroz.
-¿Cómo? ¿Que yo no he arado nunca? Pero, ¿qué falta hace que uno mismo
are? Aquí lo que hace falta es comprender. Yo comprendo que tú has hecho
blancos, y tú no le comprendes.
A un lado iban Gud y Brátchenko. Gud espiaba a los labradores por si
maltrataban al caballo, mientras Brátchenko se limitaba a contemplar
embelesado al Pelirrojo. Se había ofrecido a Gud como ayudante
voluntario en los trabajos de la cuadra.
En el cobertizo, algunos de los muchachos mayores se afanaban junto a la
vieja sembradora. Sofrón Golován les imprecaba, asombrando sus almas
impresionables con la erudición de cerrajero y de herrero que poseía.
Sofrón Golován estaba dotado de algunos rasgos muy notables, que le
destacaban de los demás mortales: hombre de estatura gigantesca, lleno
de alegría de vivir, eternamente bebido y jamás borracho, tenía acerca
de todas las cosas una opinión propia que dejaba siempre estupefacta a
la gente por su ignorancia. Golován era una monstruosa amalgama de kulak
y de herrero: poseía dos jatas, tres caballos, dos vacas y una fragua.
Pero, con todo, era un buen herrero, y sus manos parecían
incomparablemente más listas que su cabeza. La fragua de Sofrón estaba
en la carretera de Járkov junto a una posada, y en esta posición
geográfica residía el secreto del enriquecimiento de la familia Golován.
Sofrón vino a la colonia invitado por Kalina Ivánovich. En nuestros
cobertizos había aparecido algún que otro instrumental de forja. La
propia fragua estaba semiderruida, pero Sofrón nos propuso traer su
yunque y su hornillo, añadir algún otro instrumental y trabajar con
nosotros como instructor. Incluso se comprometió a reparar la fragua por
su cuenta. A mí me sorprendió tanto afán de ayudarnos.
Mi perplejidad quedó disipada con el "informe nocturno" de Kalina
Ivánovich. Metiendo un papel en el cristal de mi quinqué para encender
su pipa, Kalina Ivánovich me dijo:
-Ese parásito de Sofrón no viene en vano a trabajar con nosotros. Los
mujiks le presionan, ¿sabes?, y tiene miedo a que le quiten la fragua.
En cambio, trabajando aquí, tendrán que considerarle como si estuviera
sirviendo a los Soviets.
-Y entonces, ¿qué vamos a hacer con él? -pregunté a Kalina Ivánovich...
-¿Qué vamos a hacer? ¿Quién querrá venir aquí? ¿De dónde podemos sacar
una fragua? ¿Y las herramientas? Casa tampoco tenemos y, si aparece
alguna covachuela, de todas formas deberemos llamar a los carpinteros.
¿Y sabes una cosa? - Kalina Ivánovich entornó párpados-. ¿A nosotros qué
más nos da? "Sea bizca, sea jorobada, con tal de que sea bien dotada"
¡Da lo mismo que sea un kulak! De todas formas, trabajará como es
debido.
Kalina Ivánovich, meditativo, llenaba de humo mi habitación y, de
pronto, dijo, sonriendo:
-Los mujiks, esos parásitos, acabarán quitándole la fragua. ¿Y qué van a
sacar con ello? De todas formas no harán nada. Más vale, entonces, que
tengamos nosotros nuestra fragua, porque, pase lo que pase, Sofrón está
perdido. Esperaremos un poquito y después le daremos la patada: nosotros
somos una institución soviética, y tú, hijo de perra, eres una
sanguijuela que bebe sangre humana, ¡je, je, je!
Habíamos recibido ya parte del dinero presupuesto para la reparación de
la finca, pero era tan poco que exigía de nosotros una habilidad
extraordinaria. Todo debíamos hacerlo con nuestras propias manos. Para
ello, la fragua era imprescindible, así como un taller de carpintería.
Teníamos los bancos. En ellos, aunque difícilmente se podía trabajar:
habíamos comprado herramientas. Poco después apareció en la colonia el
instructor carpintero. Bajo su dirección, los muchachos se dedicaron
enérgicamente a serrar las tablas traídas de la ciudad y a ensamblar las
puertas y ventanas de la nueva colonia. Por desgracia, los conocimientos
profesionales de nuestros carpinteros eran tan insignificantes, que el
proceso de fabricación de puertas y ventanas para la vida futura fue
doloroso en los primeros tiempos. Los trabajos en la fragua -y eran
muchos- tampoco nos alegraban al principio. Sofrón no se distinguía por
el afán de terminar rápidamente el período de reconstrucción en el
Estado soviético. Su jornal de instructor se expresaba en cifras
insignificantes: los días de pago, Sofrón enviaba, ostensiblemente todo
el dinero por un muchacho a alguna mujer que fabricaba aguardiente:
-Tres botellas de aguardiente -ordenaba.
Tardé en saberlo. En general, yo estaba como hipnotizado por esa
relación: garfios, bisagras, argollas, pestillos. Y como yo, todo el
mundo sentíase arrebatado por el trabajo en vías de franco desarrollo.
Entre los muchachos se destacaban ya carpinteros y herreros; el dinero
comenzó a sonarnos en los bolsillos.
Nos entusiasmaba la animación que la fragua había traído consigo. A las
ocho de la mañana, resonaba ya en la colonia el alegre sonido del
yunque. En la fragua había siempre risas, y junto a su amplio portón,
abierto de par en par, constantemente aguardaban dos o tres aldeanos que
discurrían de sus quehaceres, de los impuestos en especie de Verjola, el
presidente del Comité de campesinos pobres, del forraje, de la
sembradora. Herrábamos los caballos del lugar, colocábamos llantas de
hierro en las ruedas, reparábamos los arados. A los campesinos pobres
les cobrábamos únicamente la mitad de la tarifa, y aquí nacieron
interminables discusiones acerca de la justicia y la injusticia social.
Sofrón se ofreció a construirnos una carreta. En los cobertizos de la
colonia, dónde había, en cantidad inagotable, toda clase de trastos,
encontramos la caja de un carro. Kalina Ivánovich trajo de la ciudad dos
ejes, sobre los que estuvieron golpeando por espacio de dos días los
machos y los martillos de la fragua. Por fin, Sofrón declaró que la
carreta estaba ya lista, pero que faltaban las ballestas y las ruedas.
No teníamos ni lo uno ni lo otro. Durante mucho tiempo yo rebusqué por
la ciudad, implorando ballestas viejas, y Kalina Ivánovich emprendió un
largo viaje al interior del país. Viajó una semana entera y trajo
consigo dos pares de llantas nuevas y unos cuantos centenares de
impresiones diversas, entre las cuales la principal era ésta:
-¡Qué gente tan inculta son esos mujiks!
Sofrón nos trajo del caserío a Kósir. Kósir tenía cuarenta años y se
persignaba a cada oportunidad. Apacible y cortés, tenía siempre una
animación sonriente. Hacía poco tiempo que había salido de un manicomio
y temblaba mortalmente sólo de oír el nombre de su propia esposa,
culpable del diagnóstico erróneo de los siquiatras provinciales. Kósir
hacia ruedas de carros. Cuando le pedimos que nos hiciese cuatro ruedas,
se alegró extraordinariamente. Las peculiaridades de su vida familiar y
sus brillantes dotes de asceta le impulsaron a hacernos una proposición
puramente práctica:
-¿Saben una cosa, camaradas? Ya que, loado sea el Señor, han llamado al
viejo, ¿saben lo que voy a decirle? Que me quedaré a vivir aquí.
-Aquí no hay dónde.
-No importa, no importa; ustedes no se preocupen, yo encontraré dónde, y
Nuestro Señor me ayudará. Ahora estamos en verano. Para el invierno ya
los arreglaremos de algún modo. Yo me acomodaré en ese cobertizo. Me las
compondré bien.
-Bueno, quédese usted.
Kósir se persignó y pasó inmediatamente a desarrollar el aspecto
práctico de la cuestión:
-Conseguiremos llantas. Kalina Ivánovich no sabe encontrarlas, pero yo
si sé. Los propios mujiks nos las traerán. Ya verán ustedes cómo no nos
deja abandonados Nuestro Señor.
-Pero si ya no nos hacen falta más llantas.
-¿Cómo que no nos hacen falta? ¡ Dios nos libre! No les hacen falta a
ustedes, a la gente sí le hacen falta ¿Cómo puede pasarse el mujik sin
ruedas? Ustedes las venden y así sacan dinero; con ello saldrán ganando
muchachos.
Kalina Ivánovich apoyó, riéndose, la petición de Kósir:
-¡El diablo sea con él! Que se quede. En la naturaleza, ¿sabes?, todo
está tan bien dispuesto, que hasta cada hombre sirve para algo.
Kósir pasó a ser pronto el preferido de todos los colonos. Los muchachos
consideraban su religiosidad como una forma especial de demencia, muy
desagradable para el enfermo, pero nada peligrosa para quienes le
rodean. Más aún: Kósir desempeñó un papel positivo, pues contribuyó a
despertar en los muchachos un sentimiento de aversión por todo lo
religioso.
Se instaló en una habitación pequeña, junto al dormitorio. Aquí se
sentía bien guarecido contra los actos a agresivos de su esposa, que
poseía, en efecto, un carácter verdaderamente demencial. Los muchachos
experimentaban un auténtico placer defendiendo a Kósir de los vestigios
de su vida pasada. La mujer de Kósir se presentaba en la colonia siempre
entre gritos y maldiciones. Exigiendo el retorno del marido al hogar
familiar, nos culpaba a todos nosotros -los colonos, el Poder soviético,
"ese granuja" de Sofrón y yo- del hundimiento de su felicidad doméstica.
Los muchachos le demostraban con ironía manifiesta que Kósir no tenía
para ella ninguna utilidad como marido, que la fabricación de ruedas era
algo mucho más importante que la felicidad doméstica. Mientras tanto, el
propio Kósir, escondido en su habitación, esperaba, paciente, que el
ataque fuera definitivamente rechazado. Y sólo cuando la voz de la
esposa ofendida resonaba tras el lago y de sus maldiciones llegaban
únicamente retazos sueltos "hijos de... que... os... vuestra cabeza...",
Kósir aparecía en escena:
-¡Hijitos! ¡Sálvame, Jesucristo! Una mujer tan poco ordenada...
A pesar de un medio tan hostil, el taller de fabricación de ruedas
comenzó a rendir beneficios. Kósir, textualmente con ayuda de una
persignación, sabía hacer excelentes negocios comerciales; la gente nos
traía llantas sin que nosotros las buscásemos e incluso no nos exigía el
pago inmediato. Se trataba, en efecto, de un espléndido constructor de
ruedas, y la fama de su trabajo había rebasado en mucho los límites de
nuestro distrito.
Nuestra vida se hizo más complicada y más alegre. A pesar de todo,
Kalina Ivánovich consiguió sembrar en nuestro prado unas cinco
desiatinas de avena; el Pelirrojo caracoleaba en la cuadra, en el patio
lucía la carreta, cuyo único defecto era su altura sin igual: se alzaba
más de dos metros sobre el suelo, y el pasajero sentado en su cesta
tenía siempre la impresión de que el caballo que tiraba de la carreta
iba no sólo delante, sino también muy debajo.
Desarrollamos una actividad tan intensa, que comenzamos ya a sentir
falta de manó de obra. Tuvimos que reparar a toda prisa un dormitorio
más, y pronto nos llegaron refuerzos. Fueron de un tipo completamente
nuevo.
Por aquel tiempo había sido liquidado un gran número de atamanes y de
batkos, y todos los menores de edad pertenecientes a las diversas bandas
de las Lévchenko y de las Marusias, cuyo papel militar y bandidesco no
había rebasado las obligaciones de cocheros o de pinches, eran enviados
a la colonia. Gracias, precisamente, a esta circunstancia histórica
aparecieron en la colonia los nombres de Karabánov, Prijodko, Golos,
Soroka, Vérshnev, Mitiaguin y otros.
8. CARÁCTER Y CULTURA
La llegada de nuevos colonos debilitó sensiblemente nuestra poco firme
colectividad, y de nuevo adquirimos aspecto de una cueva de malhechores.
Nuestros primeros educandos se habían formalizado únicamente para las
necesidades más imprescindibles. Los adeptos del anarquismo patrio eran
todavía menos partidarios de someterse a cualquier orden. Debe hacerse
constar, sin embargo, que en la colonia jamás volvieron a aparecer la
franca resistencia y la grosería respecto al personal educativo. Cabe
suponer que Zadórov, Burún, Taraniets y los demás supieron comunicar a
los novatos la breve historia de los primeros días de la colonia Gorki.
Tanto nuevos colonos como los viejos demostraron siempre convicción de
que el personal educativo no era una fuerza hostil a ellos. La causa
principal de esta convicción residía sin género de dudas, en el trabajo
de nuestros educadores tan manifiestamente abnegado y difícil, que
inspiraba respeto natural. Por esto, los colonos, salvo alguna otra rara
excepción, estuvieron siempre en buenas relaciones con nosotros,
aceptando la necesidad de trabajar y de estudiar en la escuela y
comprendiendo con bastante claridad que todo ello se desprendía de
nuestros intereses comunes. La pereza y la falta de voluntad de pasar
privaciones revestían entre nosotros formas "puramente zoológicas y
jamás adquirieron la forma de una protesta.
Nosotros comprendíamos que todo ese bienestar era una forma puramente
externa de la disciplina y que en ella no se encerraba ninguna clase de
cultura, ni siquiera la más primitiva.
La razón de que nuestros colonos siguieran viviendo en medio de nuestra
indigencia y de nuestro bastante rudo trabajo, la razón de que no
huyesen de la colonia no debía ser buscada únicamente, claro está, en el
terreno pedagógico. El año 1921 no ofrecía nada de envidiable para la
vida en la calle. Aunque nuestra provincia no figuraba entre las
hambrientas, en la propia ciudad se sufrían bastantes privaciones e
incluso hambre. Además, en los primeros años, no recibimos casi a
auténticos niños abandonados, hechos a vagar por la calle. La mayoría de
nuestros educandos procedían de familias con las que acababan de romper.
Nuestros, muchachos constituían, como término medio, una amalgama de
rasgos muy brillantes de carácter y un nivel bajísimo de cultura.
Precisamente estos muchachos eran los que se procuraba enviar a nuestra
colonia, destinada especialmente a los educandos difíciles. En su enorme
mayoría tratábase de semianalfabetos o de analfabetos totales. Casi
todos estaban acostumbrados a la suciedad y a los piojos, y frente a los
demás había ido formándose en ellos una actitud permanente, entre
defensiva y amenazadora, de heroísmo primitivo.
Destacaban de toda esa masa algunos muchachos de nivel intelectual más
elevado, como Zadórov, Burún, Vetkovski, Brátchenko y, entre los nuevos,
Karabánov y Mitiaguin. Los demás asimilaban gradualmente y con
extraordinaria lentitud la cultura humana, con mayor lentitud aun porque
éramos pobres y pasábamos hambre.
Durante el primer año, nos abatía particularmente su continuo afán de
reñir entre sí, la terrible debilidad de sus vínculos colectivos, que se
rompían a cada momento y por cualquier nimiedad. Esto ocurría en grado
considerable no ya por animadversión, sino por esa misma postura
heroica, que no atenuaba ningún sentimiento político. Aunque bastantes
muchachos habían estado en campos de clases hostiles, ninguno de ellos
tenía la menor sensación de pertenecer a una u otra clase. Entre los
educandos no había casi hijos de obreros. El proletariado era para ellos
algo lejano e ignoto; la mayoría observaba un profundo desprecio por el
trabajo campesino, desprecio que no se refería tanto al trabajo en sí
como a la vida de los campesinos y a su sicología. Por lo tanto, les
quedaba un amplio margen para toda clase de arbitrariedades, para la
manifestación de una personalidad, que en su aislamiento llegaba al
salvajismo.
El cuadro, en general, era penoso, pero, de todas suertes, los brotes de
vida colectiva crecidos durante el primer invierno germinaban
calladamente en nuestra sociedad, y era preciso salvarlos fuera como
fuera, sin permitir que les ahogase la llegada de los refuerzos. Yo creo
que mi mérito principal radica en haber sabido comprender esta
importante circunstancia y haberla valorado exactamente. La defensa de
esos primeros brotes fue luego un proceso tan increíblemente difícil,
tan infinitamente largo y penoso, que, de haberlo sabido antes, es
seguro que me hubiera intimidado y habría renunciado a la lucha. Por
fortuna, me sentía siempre como en vísperas del triunfo, aunque para
esto hacía falta ser un optimista incorregible.
En cada jornada de mi vida de entonces había obligatoriamente fe,
alegría, y desesperación.
Todo, al parecer, marcha bien. Por la noche, los educadores han
concluido su trabajo, han leído algún libro, simplemente han charlado o
jugado, y, después de dar las buenas noches a los muchachos, se han
retirado a sus habitaciones. Los muchachos, aparentemente tranquilos, se
disponen a acostarse. En mi habitación va cesando de latir el pulso del
día de trabajo. Todavía permanece con Kalina Ivánovich, dedicado, con
arreglo a su costumbre, a alguna generalización; cerca de nosotros da
vueltas un colono curioso; junto a la puerta, Gud y Brátchenko se
disponen al ataque cotidiano contra Kalina I | |